30 de enero de 2018

Granada, la Bella

GRANADA es una ciudad bellísima. ¿Lo duda alguien? Fue también, en los años del desarrollismo del siglo pasado, una de las que los caciques destruyeron con jactancia metódica. Sucedió lo mismo en Murcia y Valladolid. No obstante, a diferencia de estas dos desdichadas urbes, que la acompañan en el podio del matonismo urbanístico, en Granada no les dio tiempo a concluir su magna obra y el Albaicín y el Realejo, aparte de la Alhambra, lograron salvarse, uno casi por entero y el otro a medias. Al fin y al cabo se trataba de dos barrios de calles empinadas y estrechas en las que los buldozers y excavadoras no trabajan todo lo cómodamente que requiere la voracidad especuladora. Además en aquel tiempo el Albaicín y el Realejo los ocupaban, aparte de cármenes, gitanos, pobres y jipis, o sea, gentes con las que es muy difícil ponerse de acuerdo a la hora de progresar. Gracias a los gitanos, los pobres y los jipis el Albaicín entero y el Realejo a medias, se salvaron, confirmándose el viejo principio según el cual la riqueza destruye y la pobreza preserva. Es sabido: los menos conservadores han sido siempre los ricos, nadie ha destruido tanto como ellos en tan poco tiempo y de una manera tan desenvuelta.

Fue en aquellos años lejanos cuando yo la visité por primera vez, cuando yo mismo era medio gitano, medio jipi y pobre del todo. He vuelto a Granada esta Nochebuena. Entre aquella primera vez y esta he estado allí docenas de veces, pero sólo esta  última hemos percibido, con creciente desasosiego, que Granada está a punto de desaparecer. Personalmente no querría volver a aquellos años, pero lo  que no daría uno por diez minutos en el mirador de San Nicolás solo, como entonces, sin horda alrededor haciéndose selfis, llenándolo todo de decibelios. Sí, Granada la Bella ha dejado de existir. Como Ganivet, que la llamó de ese modo, se está suicidando. Belleza y silencio son sinónimos. Ganivet se suicidó dos veces. Se arrojó una primera a las aguas heladas del Dvina, en Riga. Lograron rescatarlo. Cuando lo reanimaban, en un descuido de sus salvadores, volvió a lanzarse al río. En cualquier momento Granada, que estuvo a punto de desaparecer en los años sesenta del siglo pasado, como tantas otras ciudades, acabará suicidándose definitivamente, si no la defendemos  de  los bárbaros, de mí y de ti, mon frère...

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de enero de 2018]

1 comentario:

  1. Entre los logros de la democracia que tanto nos envanece desde hace cuarenta años no está el de habernos infundido a nosotros mismos el convencimiento de que el progreso es incompleto si no se respeta a la historia. La insensibilidad ciudadana sigue siendo escandalosa.

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