23 de abril de 2018

Una ciudad sin argumento

Prólogo a La catedral y el niño, de Eduardo Blanco-Amor. Libros del Asteroide, Barcelona, 2018))

Hace unos años, en uno de los puestos más cochambrosos del Rastro (atendido por un viejo expresidiario que respondía entre nosotros al nombre de El Pederasta), aparecieron unas cuantas postales y cartas dirigidas al escritor y editor Fernando Baeza, hijo de Ricardo Baeza. Entre ellas una de Eduardo Blanco-Amor, que compró Juan Manuel Bonet. Es una postal de los años sesenta y en ella el escritor gallego se queja del ambiente que ha encontrado en España, adonde había regresado de Buenos Aires en 1966. Todo se le hace pequeño aquí, le cuenta a su amigo, y le anuncia que, tras arreglar unos asuntos, se sacudirá el polvo de las sandalias y saldrá de España, harto de la vida mezquina que se tropieza a todas horas. Se refiere sin duda, entre otros que desconozco, a los sinsabores que le trajo su novela Los miedos, presentada a un premio Nadal que le dejó de finalista. El escritor José María Castroviejo, carlista, también gallego, colaborador de Cunqueiro y autor él mismo de un libro precioso, El pálido visitante, la denunció ante las autoridades por pornográfica, y eso le ocasionó a Blanco-Amor problemas con la censura (y el azar, un tanto sarcástico, quiso que los libros de uno y otro, antes de conocer esta historia, estuvieran juntos en mi biblioteca). Estos problemas a los que me refiero, los había tenido antes otras veces Blanco-Amor, pero para entonces, cerca ya de sus setenta años, se ve que estaba cansado. Tenía razones para estarlo, si repasamos su vida.
Había nacido en Orense, en el año 1897 (se quitaba dos; le hacía ilusión decir que él había “nacido con el siglo”). Su padre, barbero, les abandonó por otra mujer a él, a sus dos hermanos y a su madre, florista en el mercado, cuando Eduardo tenía siete años. Al protagonista de La catedral y el niño también le abandona el suyo ( y lo saca como un tarambana). Esta novela, como otras de las llamadas novelas de formaciónnco-Amor﷽﷽iguas. Todas con su m de La Barraca, y de conocer esta historia, estal que asisten casiisas, antiguas. Todas con su m , es la historia de un abandono y el relato de la supervivencia. “Mi niñez fue triste, muy triste, en un pueblo triste: Orense”.
Como tantos gallegos (y para no entrar en quintas), muy joven aún, en 1916, emigró a Buenos Aires, donde se fue abriendo camino poco a poco hasta desembocar en el mundo del periodismo, que ya conocía de antes.
Regresó a España en 1929, hasta el 31, como corresponsal de La Nación, que lo volvió a enviar a Madrid en 1933, esta vez para dos años, hasta pocos meses antes del estallido de la guerra civil, en 1936. Si el primer viaje le permitió conocer y colaborar con los próceres galleguistas, empezando por su paisano Vicente Risco, y siguiendo por Otero Pedrayo y Castelao, del que llegará a escribir un ensayo y en cuya revista Nos empezó a colaborar entonces, la segunda estancia le permitió trabar amistades fundamentales en su vida, como la que mantuvo con García Lorca, a quien animó a escribir los seis poemas gallegos, dedicados a un muchacho gallego de La Barraca, que prologó, y de cuya edición se ocupó el propio Blanco-Amor.
La guerra le sorprendió en Buenos Aires, y se puso de inmediato a las órdenes de las autoridades consulares republicanas, que lo emplearon en diversos trabajos de agitación y propaganda. Pese a ello, y a diferencia de otros gallegos que llegarían al poco tiempo, Blanco-Amor, o su amigo el pintor Luis Seoane, emigrante y tan netamente republicano como él, siguieron teniendo siempre más la consideración de emigrantes que la de exilados.  En cierta ocasia nativitateue los gallegos son barrocos "as te no es autobiogrmonias, Blanco-Amor rememora escenas y pinturas de su niñez provión se definió como un “emigrante de tercera y autodidacta”. Pero no había duda: “Yo me siento rojo hasta las cachas”, dirá en 1977.
En el tiempo del exilio Blanco-Amor se sumó al grupo de exiliados gallegos de Carlos Maside y Rafael Dieste. La labor editorial que hicieron allí fue extraordinaria, las colecciones poéticas (Dorna, A Terra) y las revistas que trataban de mantener unida a la emigración (dirigió Céltica y Galicia, esta con cubiertas espectaculares de Seoane) son un hito en el trabajo misionero que ejercieron entre el elemento emigrado (Buenos Aires: 400.000 gallegos, más que ninguna ciudad gallega), al modo del que Dieste había realizado con las Misiones Pedagógicas. Todas estas publicaciones tienen un aire secreto, de otro mundo, tranquilo y silencioso, como suele ser habitual en los gallegos.
Cuando Blanco-Amor regresó a España en 1966 tenía casi setenta años. Ya había tenido lugar el episodio de Los miedos. No sé de dónde se ha sacado la gente (en internet lo repiten muchos) que le dieron el Premio Nacional de Literatura por esa novela. No. La postal del Rastro no es la que escribe un hombre al que agasajan y respetan, sino la de alguien que ha llegado a la vejez y se encuentra solo, sin tener dónde ir.
Blanco-Amor sobrevivió esos años del tardofranquismo como pudo, modestamente, llevando una vida descolorida, viviendo de sus colaboraciones periodísticas y una pensión mísera que se había traído de Argentina que lo tuvo al borde de la desnutrición (lo remedió la Fundación Barrié de la Maza en 1976 con otra vitalicia y decorosa), aunque algunas de sus obras, como La parranda, habían tenido un gran éxito (Gonzalo Suárez la llevaría al cine en 1977). El propio Blanco-Amor, y muchos estudiosos, hicieron responsables de aquella vida difícil al Régimen, lo que seguramente era cierto, pero también lo es que el Régimen no hizo mucho más por escritores “suyos” como Cunqueiro, Torrente Ballester, Otero Pedrayo, Eugenio Montes o el gran Vicente Risco. Las vidas de todos ellos eran poco más o menos igual de grises y de arrastradas y el número de libros vendidos allá se andaban los de unos y otros, los ganadores y los perdedores de la guerra. Ha dicho uno otras veces que los escritores que ganaron la guerra perdieron los manuales de literatura. Eso rige para el resto de España. En Galicia en esos años en asuntos literarios no ganó nadie.
La muerte de Franco prendió en Blanco-Amor la ilusión de la regeneración civil y aún se le pudo ver en algún mitin, acompañado de Rafael Alberti (otro de los amigos bonaerenses), denunciando el caciquismo. Empezó a publicar artículos en El País. Los recuerdo. Tenían todos unas gotas de humor galaico, pero eran también los de un hombre, como los de Cunqueiro, que va de retirada. Murieron casi a la vez, con un año de diferencia. En el primero de aquellos artículos de Blanco-Amor denunciaba precisamente el caciquismo gallego de siempre, encastado con el falangismo que había sufrido España aquellos últimos cuarenta años.
Murió de un ataque cardiaco en 1979, a la edad de ochentaidós años, y la necrológica de su propio periódico está llena de errores biográficos y bibliográficos y confusiones de bulto, lo que nos indica que era un hombre del que incluso en vida suya se sabía poco (y del que acaso se tenía también poco interés en saber más). Las necrológicas de otros periódicos, buscadas ahora en internet, no son más fiables. En ninguna de esas notas biográficas, como tampoco en Wikipedia, aparece su condición homosexual (“sexos intermedios”, dijo alguna vez, con su sentido del humor), pero ese dato acaso ayude a comprender la hipersestesia y orfandad del protagonista de La catedral del niño, criado y educado entre mujeres, cercana a Proust o, entre nosotros, a Juan Gil-Albert. Digamos, por último, que Blanco-Amor escribió en gallego y en castellano, dependiendo no sé de qué (él tampoco lo aclaró mucho). Algunas de sus obras las tradujo él mismo del gallego al castellano, como A esmorga (La parranda).
Vayamos ya a la novela. En un artículo que rememoraba unas largas vacaciones en Montevideo, “mis días más entrañables  y «logrados»”, añadía: “escribí allí casi toda mi poesía, cinco libros, en las dos lenguas que maltrato. Y allí también fue mi estreno en la novela: La catedral y el niño, ahora aquí reeditada, con sus casi cuatrocientas páginas para que la cantidad supliese a la calidad”.
Era el tono de su autor. Años antes, en el prólogo a la tercera edición, primera española, 1977 (la primera fue, en Buenos Aires, en 1948; hoy una rareza bibliográfica), escribió: “Lo que voy a poner aquí no es para que se me perdone el haber escrito semejante mamotreto”.
Cualquiera podrá descubrir en ese “las lenguas que maltrato” y en eso de que “la cantidad supliese a la calidad”  y en lo de “mamotreto” un par de rasgos de la personalidad de Blanco-Amor como persona y como escritor. Desde luego el humor, o si se quiere decir en gallego, la retranca. Pero también la orfandad de alguien que no está seguro de nada, de alguien que se ve a sí mismo de paso incluso en las lenguas que habla y en las novelas que escribe. Alguien que sale a escena pidiendo la benevolencia de los lectores.
En el prólogo aludido cuenta la génesis de esta novela. Le ofrecen a su autor en Buenos Aires un banquete a finales de los años cuarenta. Asisten a él casi mil personas, entre ellas muchos de la emigración y otros del exilio, entre estos los Alberti, los Casona, el doctor del Río Hortega, Margarita Xirgu, Seoane y Dieste, y acaso “el querido gran poeta y amigo Juan Gil-Albert”. No lo recuerda bien. Al responder en su discurso a Alejandro Casona, maestro de ceremonias, Blanco-Amor rememora escenas y recuerdos de su niñez provinciana en la siempre soñada y añorada Orense (“siempre tuve la maleta debajo de la cama, para el regreso”). Encandila a los oyentes.
Al día siguiente del banquete Casona le anima a que pase a novela todo aquello.
Blanco-Amor no había escrito nunca una novela, tenía cincuenta años y no sabía cómo hacerla. Sabía contar historias ((Blanco-Amor, como tantos gallegos, Cunqueiro, Torrente, Carlos Casares, tuvo el don de saber contar de viva voz), pero jamás las había escrito. Casona le anima: “Ayer lo dijiste: una catedral como juguete indestructible y enigmático”.
Empezó a escribirla y lo hizo durante tres años, en Uruguay. Se fueron sucediendo las estampas, amontonándose los recuerdos. Habla Blanco-Amor de “documento”. La novela tiene mucho de ello. Y para evitar falsas atribuciones, asegura que no es autobiográfica exactamente, que él narrando es el niño, el padre, la madre, las tías. Ya. Cambió, desde luego, el ambiente: la familia de la novela, aunque venida a menos, es linajuda, al contrario que la suya. Es una de las cosas que le deben muchos a Proust (a Gil-Albert, por ejemplo), los ha redimido de su pasado por otro hecho a medida de sus ensoñaciones aristocráticas.
La catedral y el niño es una novela, decíamos, de formación, lo que los profesores llaman con palabra alemana bildungsroman, y además de Proust, Blanco-Amor parece tener presente a Mann (Los Buddenbrook) y a Eça de Queiroz (Los Maia).
Transcurre en su ciudad nativa, Ourense, que él en esta novela y otras transformó en Auria (como en Clarín Vetusta, aunque Blanco-Amor confesó que al escribir La catedral y el niño no había leído aún La Regenta).
No deja de tener su punto de ironía (gallega, por supuesto) que una de las ciudades más sombrías, provincianas y melancólicas (y bonitas también que era un escritor mñas y dem,santas compañas y dem,sta las fuentes romemperie se llena de murgo y de verdicia lluve mucho, y) de toda Galicia (lo cual es apuntar muy alto) sea una cuyo nombre hace referencia al oro. Y, dentro de lo que cabe, esta novela de Blanco-Amor es dorada toda ella, porque es una novela barroca, y el barroco tiende a lo litúrgico, las candilejas doradas, los bordados, la orfebrería y todo eso. Aunque en esto del barroco de Blanco-Amor hay que soltar mucho hilo a la cometa.
“El barroquismo es la forma congénita de la expresión gallega”, dirá, y sostiene que los gallegos son barrocos “a nativitate” y todo cuanto hacen, desde la torre Berenguela de Santiago a feriar una res, les sale barroco. Es verdad. Pero el barroco gallego es especial.
Lo gallego es siempre especial, se va fuera de los cánones. El barroco gallego, al estar tallado en granito, sigue siendo un poco románico. El granito es una piedra humilde, que se deja tallar mal y se presta poco al detalle y la filigrana. En el granito los parecidos son todos a ojo de buen cubero y a cierta distancia no sabe uno si lo que lleva Nuestra Señora en la mano, en la fachada de la iglesia, es una rana o una azucena. El barroco romano, por el contrario, en duro mármol blanco, nos muestra detalles sutiles, incluso comprometedores (en el rostro de Santa Teresa de Bernini, por ejemplo). Por si fuera poco, en Galicia llueve mucho, y si a algo se le dan muchas facilidades allí es al musgo y al verdín. Las estatuas, las fachadas, los cruceros, todo lo que se deje a la intemperie del puerto de Manzaneda en adelante se llena de musgo y de verdín a los cinco minutos, contribuyendo con ello a que el barroco gallego tenga que ver definitivamente más con el románico que con cualquier otro estilo, incluido el propio barroco.
En literatura sucede algo parecido. Blanco-Amor, en el susodicho prólogo, teoriza sobre el barroco de su novela y sus “apelmazamientos, ringorrangos y arrequives”. No tiene demasiado interés, son teorizaciones de autodidacta, justificaciones una vez más. Lo cierto es que el escultor de granito tiene más de cantero que de artista. Blanco-Amor se llama a sí mismo artesano.
Acaso hayas oído hablar de un escritor llamado Valle-Inclán. Me dirijo al lector de este prólogo, que no tiene por qué conocerlo. Valle-Inclán sí era un escritor barroco, él sí era un escritor más que litúrgico arzobispal, aunque fuera sólo de misas negras, aparecidos, santas compañas y demás. Se ha dicho que después de Valle-Inclán todos los novelistas gallegos le debieron un poco: Cela, Torrente Ballester, Dieste, Blanco-Amor, Fole, Cunqueiro, Castroviejo… No estoy de acuerdo, en unos casos sí y en otros no, pero estos distingos literarios no llevan a ninguna parte.
La catedral del mar es barroca, desde luego, pero no se parece en nada a Valle. En la novela de Blanco-Amor los personajes hablan como los orensanos de principios del siglo XX (ese de transcribir el habla de entonces fue una preocupación suya). En las novelas de Valle-Inclán los personajes hablan todos como Valle-Inclán, lo mismo el gañán que el señor del pazo. Y en todo caso Blanco-Amor, al que se le ve siempre con una preocupación estilística, si algo quiere es que se le note cuanto menos el estilo. No renuncia a él, pero no se recrea en ese atavismo galaico.
Orense, la Auria de Blanco-Amor, en los tiempos en que transcurre la novela, era una ciudad de quince mil habitantes: una catedral, una Audiencia, mucho clero, militares, el agro metido por todos los rincones, fuerzas vivas, gentes de orden y un puñado de liberales para dar colorido. Está todo visto y contado por un niño. El niño, más o menos enmadrado, como el Marcel de la Recherche, es sensible a las puestas en escena, vestuarios y decorados. Es también un niño, como el de Proust, puntilloso, y la presencia de la catedral, a dos pasos de su casa, le resulta imponente, amenazante, misteriosa, como insoslayable era para Marcel la vida social. En Orense y en los burgos levíticos españoles el faubourg era la catedral. La catedral es también aquí algo simbólico (su autor, monaguillo y del coro de la catedral, es anticlerical como se puede ser anticlerical en Galicia, donde el que más o el que menos tiene un tío cura).
Aparecen al principio historias como tantas, costumbrismo. Tíos, tías, historias de criadas, pazos y claro, ruinas y calaveras (reales y en sentido figurado). Unos doscientos personajes. Todo tiene un ritmo. Parece que no sucede nada. Al principio creemos que son sólo palabras, palabras raras, precisas, antiguas. Frases castizas, populares, vivísimas. Todas con su música especial. No nos damos cuenta y ya estamos prendidos del anzuelo. Como el bordón de una gaita, y viene luego la melodía: los hechos precisos, todo lo que el niño no se ha atrevido a contar de su vida, lo contará por Blanco-Amor en esta novela.
Se ha dicho que la patria de un niño es la infancia (Rilke). Gaya sostenía que lo mejor del hombre es su madurez. Acaso se pudiera hacer un a síntesis diciendo que lo mejor de cualquier vida es su niñez, revivida por el hombre maduro. Y es lo que hizo Blanco-Amor aquí, un niño injertado en hombre maduro, o al revés, recuerda una ciudad que no tenía argumento, y él se la dio. Cuando nos vamos de Ourense, de Auria, la ciudad vuelve a ser, como reconoce uno de los personajes de esta novela, una ciudad sin argumento. El argumento es siempre la novela, el contar. Como Serezade. Y la ciudad también, si está en un libro como este.

                Madrid, 10 de enero de 2018








14 de abril de 2018

Ese era su encanto

TRAS una tentativa fallida en tierras leonesas, mi país nativo,  dimos, al fin, hace ya treintaicinco años, con una casa en la que se convertiría  nuestra tierra de adopción, Extremadura. La casa de la vida. La buscábamos en un pueblo y pequeña, pero resultó grande, vieja y en mitad del campo. En realidad era una ruina, más que grande era destartalada y, sí, era solitaria. Pero no tanto como para no tener a menos de un kilómetro a un vecino que vivía en otra no menos vieja, grande y solitaria, celada por olivos y seculares alcornoques, como también la nuestra. Aquel vencidaje fue providencial y una de las mejores cosas que nos haya sucedido. 

Muy desde el principio comprendimos que aquel hombre  era una persona especial. Cautivaba, en primer lugar, su idioma. Claro que la sintaxis sólo tiene valor, al menos para mí, si se sustenta en sólidos y nobles principios humanos, como los de Sancho y don Quijote. Nuestro vecino se parecía también a ellos dos en su amor a las historias y al coloquio. El que hemos mantenido con él durante estos años, un precioso regalo del azar, ha llegado a su fin. Cuando en una ocasión le confesé que anotaba en una libreta muchas de las palabras que decía, sus giros y refranes, le chocó sobremanera: “Para los dicharachos que digo...”. Le extrañaba que alguien como yo se interesara por alguien que, como él, apenas había pasado por la escuela: “Cuando me puse con mi padre con la yunta tenía once o doce años, y no era quién a poner el cabezal a las bestias”. El último verdadero hombre de campo que hayamos conocido, Manuel Gómez Bonilla, acaba de morir y podrían decirse de él todas y cada una de las virtudes que Jorge Manrique enumeró en sus célebres Coplas con ocasión de la muerte de su padre.  

Siendo un hombre estricto para consigo mismo, su inclinación era la de comprender a todos. De su propio padre decía “que tenía el vicio de fumar, ese era su encanto” (lo que le encantaba). Hojeo ahora esa libreta, y me digo: su idioma vivísimo y actual, tan expresivo y primitivo, nos salvará. “La vida es un engaño manifiesto”, solía repetir también ante las grandes desgracias, pero lo cierto es que su encanto fue la vida, el ser cabal como el descabalado don Quijote y el ser dicharachero como Sancho, y así lo prueba el amor que le tuvo a las palabras.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 15 de abril de 2018]

Foto: Rafael Trapiello

9 de abril de 2018

Hola y adiós

CADA domingo, a las ocho de la mañana, dan por Radio Clásica un programa dedicado al canto gregoriano. No sé cuántos oyentes tendrá, pero siento no poder oírlo nunca completo, porque a esa hora está uno ya en el Rastro. Hay domingos, no obstante, en que la lluvia o alguna  otra circunstancia me retrasan, y puedo oír unos minutos de esa música, mientras conduzco. Siempre me maravilla: “¿Cómo no escucharé gregoriano más a menudo?”, me pregunto, y me apena, llegado al parquin de la Puerta de Toledo, tener que irme y dejar a aquellos monjes cantando viriles melodías de una belleza incuestionable. 

El gregoriano era, musicalmente, un idioma vivo hasta la reforma del concilio Vaticano segundo. Se oía en las iglesias, de pueblo o de ciudad, en las procesiones multitudinarias organizadas por el nacionalcatolicismo o cantado por media docena de beatas que ni siquiera comprendían el latín que repetían de una manera adulterada y mecánica. Cualquiera de las personas de cierta edad podrá recordarlo. Pero, de un día para otro, el gregoriano, en muy pocos años, desapareció de la faz de la tierra como otras muchas cosas materiales e inmateriales, lenguas, especies animales y botánicas, tradiciones y vestimentas, las canciones de gesta o las sangrías. Fuera de conventos y monasterios, el gregoriano ha pasado a la historia y uno, una persona que se siente vagamente melómana, no lo oye más que, nunca mejor dicho, de Pascuas a Ramos, cuando llego con retraso al Rastro.

Los melismas escuchados esta mañana eran especialmente más emocionantes, sobrios y medievales que de costumbre, y evocaban con gran viveza las naves vacías de un templo cisterciense, la fragilidad de la vida y la puerta entornada de la muerte, la clausura y los ayunos, el temor y la esperanza en una vida mejor que aquella de pestes y barbarie. Sin embargo, en cuanto dejé el coche y salí del parquin comprendí que por nada del mundo habría querido volver a los siglos en los que aquella música era prácticamente la única que se oía a diario. Respiré hondo el aire libre, frío y limpio de la mañana. Nuestra vida está hecha de adioses cuyo recuerdo nos hace tanto bien como nos encoge el corazón. Ha sucedido de nuevo este domingo con cierto Dies irae. Hola y adiós, hasta la próxima. Yo sigo mi camino.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 8 de abril de 2018]

2 de abril de 2018

Como te dé la gana

ESTA entrevista es especial porque se la hace una amiga a un amigo. Están los dos de acuerdo en casi todo, menos en algo esencial: el feminismo y la lucha de las mujeres, y el modo en que esta se lleva a cabo, por la igualdad. Son dos personas inteligentes, decididas, acostumbradas a opinar contracorriente. Demócratas, por supuesto, y liberales. La mujer es joven, y el hombre le dobla en edad. Se podría pensar que la mujer adopta las posiciones feministas y que el hombre las cuestiona o pone en entredicho. Pues no. El hombre, Mario Vargas Llosa, se muestra desde el primer momento decidido defensor de las luchas feministas, al tiempo que la entrevistadora, Cayetana Álvarez de Toledo, hace de antagonista como sucede en los diálogos de Platón. Teniendo en cuenta que Álvarez de Toledo firmó un  manifiesto contra el manifiesto que convocó la huelga de mujeres del pasado 8 de marzo, la pregunta con la que inician su conversación (búsquenla en internet: una lección por ambas partes), no podía ser otra que esta: “¿Por qué apoyó la huelga del 8-M?” “Porque es verdad que hay un machismo terrible, una grave discriminación de la mujer, sobre todo en el mundo nuestro”. 

Desde ese momento el escritor va desgranando su credo liberal y su entrevistadora y amiga va poniéndole objeciones, muy razonables por lo demás, que, a mi modo de ver, Vargas Llosa resuelve satisfactoriamente y de modo ejemplar. No tiene desperdicio.
Por los mismos días otra mujer, demócrata desde luego, y socialdemócrata, escribió un largo artículo que tituló: “Sé feminista como te dé la gana”, harta de que los hombres y medios de comunicación dizque progresistas le digan cómo tiene que ser el feminismo de las mujeres. Sale en él en defensa de las mujeres que, como Álvarez de Toledo y en cierto modo ella misma, no se sienten representadas por un manifiesto que trataba de dividir más que de unir. Búsquenlo también. Su autora hace un repaso en él de todos los tics machistas y paternalistas en las filas de los partidos políticos de izquierda. Causa bochorno sólo repasarlos. “Las cosas no se cambian poniendo una “a” detrás de una palabra”, recuerda. Su nombre, Rosa Díez. Su lucha valerosa por la igualdad entre españoles (y entre españoles y españolas) le llevó al ostracismo político, y en él sigue.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de abril de 2018]

25 de marzo de 2018

Hacer escándalo

CUANDO se habla de arte contemporáneo suele ser por una de estas dos razones: los precios altísimos que alcanza y los escándalos. Ha vuelto a suceder: un juez de Nueva York ha condenado al propietario de  un inmueble a pagar a unos grafiteros siete millones de dólares por haberles borrado sus grafitis, y en Madrid el director de Arco pidió a una galerista que descolgara cierta obra en la que figuraban los retratos de algunos políticos presos catalanes, presentados como presos políticos.

Ambos asuntos se han sustanciado bajo un mismo aspecto: la defensa de la obra de arte y la libertad de expresión. Es de suponer que el propietario del inmueble recurra una sentencia que el juez basó en el dictamen de unos expertos, acreditando el testimonio de otros que cuestionarán la condición artística de los grafitis y el derecho de nadie a invadir su propiedad. No le será difícil encontrarlos. El caso recuerda la historia de la limpiadora de una galería que tiró a la basura unas “obras de arte”, creyéndolas parte de la basura, y a la que el juez exoneró de cualquier responsabilidad, obligando a la demandante compañía de seguros a indemnizar al galerista.

Lo de Arco es de otra naturaleza. Como es poco creíble que la dirección de Arco censurara unas fotos y lazos que circulan hoy en España y Bélgica sin mayores problemas, hay que pensar que se ha tratado únicamente de una añagaza hábilmente urdida por el artista y su galerista, a quien Arco acabó pidiendo disculpas. Preguntada poco después la galerista, no pudo disimular su euforia. No me extraña: “El artista está feliz, porque ha vendido la obra y ha hecho un escándalo”, dijo. Naturalmente sucedió al revés. Porque hizo un escándalo, vendió una obra, cuyo único “valor” no es el tema, como decía Juan Bonilla, no son los políticos presos sino el propio escándalo, provocarlo para poder vivir de él.  Y yo, qué quieren que les diga, me alegro de que les haya salido bien la combinación, porque tengo una concepción kantiana del asunto. Confío en que tarde o temprano este “arte” se autodestruya: ¡Booom! Por los aires, hecho pedacitos.  Y esto sí que será dadaísmo del bueno, una verdadera provocación, la gran obra maestra de la que está necesitado el arte contemporáneo: el definitivo “the end” de la película.

[Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de marzo de 2018]

13 de marzo de 2018

Próximamente

En unas semanas.


NOTA de la portadilla de la página 7: 

Buena parte de estos poemas se escribieron en una casa situada entre dos caminos. Semejan la v de una horquilla. Desde la terraza vemos cómo se juntan allá abajo, frente a nosotros, antes de proseguir su curso formando una y
El título de un libro de poemas obedece a razones de todo género, que su autor encuentra, por lo general tras laboriosas cavilaciones, acertadísimo. Comprendo que el de este, la mínima expresión de un título, pueda a primera vista resultar desconcertante, pero no querría que se tomara por una audacia novedosa. Es homenaje únicamente a ese solitario rincón del campo extremeño. 
El que la y sea además, cuando aparece aislada, la letra que designa en castellano unión y sucesión, ha inclinado la balanza a su favor, pero más aún el hecho de que así podrían también haberse titulado y titularse todos los libros, pues es como decir, a imitación de las novelas por entregas, (Con­tinuará). AT.


Viñeta: Miguel Galano, 2018




11 de marzo de 2018

Ministerio de la Soledad

EL mes pasado Gran Bretaña nombró su primer “ministro de la soledad”, a quien se le encarga abordar lo que la primer ministro Theresa May llamó la “triste realidad de la vida moderna”. Así pudo leerse la noticia en varios periódicos ingleses.

De inmediato los responsables de la sanidad inglesa se apresuraron a elogiar la idea, porque no sólo “la soledad es psíquicamente dolorosa, sino por  tener consecuencias médicas graves: enfermedades cardíacas, cáncer, depresión, diabetes y suicidio”. Así lo prueban abundantes estudios epidemiológicos y clínicos (que algunos, todo hay que decirlo, cuestionan). Es decir, que combatiendo la soledad podrían ahorrársele a las arcas públicas ingentes cantidades del dinero, destinadas ahora al tratamiento de esas enfermedades. Entre los estudios asociados, se menciona uno según el cual la soledad reduce la esperanza de vida tanto como fumar quince cigarrillos diarios, lo cual, supongo, no les importa gran cosa a los solitarios, pues muchos de ellos, para sobrellevar su soledad, son fumadores y alcohólicos.

“Más personas que nunca viven  y envejecen solas”, se dice también en el informe, acaso porque las expectativas de vida se han multiplicado por dos, al tiempo que las nuevas tecnologías y el entretenimiento enlatado (seriales, cine, videojuegos, móviles, tabletas, internet) propician la soledad. Por lo demás nada dicen tales estudios de todos aquellos que precisamente porque son viejos, pobres, desdichados, fracasados o tímidos, se ven abocados a ella contra su voluntad, pues su espíritu es jovial, generoso, emprendedor y afable, y eso aún les produce un mayor desasosiego.

Hannah Arendt distinguía entre “hacerse compañía uno mismo” o “solitud” (solitude), y la “soledad” (loneliness), donde “uno se encuentra solo, pero privado de la compañía humana y también de la propia compañía”. Ambas palabras figuran en nuestro diccionario académico, pero sin matiz, como seudónimas. El trabajo que tiene por delante el nuevo Ministerio de la Soledad es, pues, ímprobo. ¿Cómo combatirá esta epidemia del siglo XXI? ¿Qué medidas higiénicas adoptará? ¿Sabrán que aquí sólo se mostrará eficaz la homeopatía? Quiero decir, que a la soledad, como sabemos los solitarios, sólo se la vence con solitud. 

    Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de marzo de 2018] 
  

4 de marzo de 2018

La princesa cautiva

LA imagen se habrá quedado fijada en tu memoria: una niña escucha, arrobada y con ejemplar compostura, las palabras que le dice su padre. La ocasión es solemne. El salón, palaciego y de techos desmesuradamente altos. La concurrencia  escogida, apenas unas docenas, se trenza de familia y Estado. El padre es rey; la niña, princesa. Una princesa de cuento, trece años, rubia, ojos azules, distinguida, encantadora sonrisa. Un día, quién sabe, ella misma será reina. ¿Sí? El futuro es incierto para todos. El rey va a imponer a su hija la más alta distinción que pueda concederse a nadie, el Toisón de oro.

Quienes reprocharon a  Jesús ser ungido por el costoso perfume de Magdalena, volvieron a la carga (“es una vergüenza gastarse cincuenta mil euros, habiendo tantos pobres”), sin saber que ese Toisón no le ha costado nada a nadie: lo hereda de su bisabuelo y, a su muerte, sus herederos habrán de devolverlo. El demagogo echó entonces mano de la insidia: “De acuerdo, pero ¿qué méritos tiene esa niña? ¿Se le habría otorgado de no ser ella quien es?”. No, desde luego. Mérito ninguno, y además sale perdiendo: en aquella solemne ceremonia se estaba formalizando un hecho  insólito: la privación de libertad de un ser humano. A partir de ahora, esa niña se parecerá cada día menos a aquellos con los que habrá de compartir (eso le pidió su padre que hiciera) alegrías y pesares, anhelos y temores. Ni siquiera le estará permitido hacer las cosas que todos ellos hacen tratando de ser felices. ¿Será desdichada, pues? Tiene, para serlo, más probabilidades que tú y que yo. Pregúntalo de otro modo: ¿Desearías ese destino para un hijo?

La ilustración sólo puede ser republicana: todos nacemos libres, nadie está predestinado. “Podría abdicar”, vuelve el venenoso a intervenir. ¿Seguro? Probablemente, cuando pueda hacerlo, ya no sabrá cuál es el camino que lleva a ello. Y con todo, hoy, no es extraño que muchos permaneciéramos con el corazón encogido al lado de esta niña, repitiendo las palabras de Savater: “Preferimos ser ciudadanos sin república a republicanos sin ciudadanía”. Ni siquiera le han dado a elegir: el reino y el Toisón a cambio de su vida y en defensa de la tuya. De eso le habló su padre. De defender los principios ilustrados, el ser todos libres e iguales, menos ella. 

   [Publicado el 3 de marzo de 2018 en el Magazine de La Vanguardia]  

25 de febrero de 2018

Céline, Sade y la cigarrera

POR los mismos días en que el editor Gallimard decidía no publicar los panfletos antisemitas de Luis-Ferdinand Céline, el Estado francés, para evitar que saliera a subasta (precio estimado: entre cuatro y seis millones de dólares), declaraba “tesoro nacional” el  por lo demás espectacular manuscrito de la novela del marqués de Sade Los 120 días de Sodoma, y se estrenaba una “versión” de la ópera Carmen, de Bizet, en la que la cigarrera acaba de una puñalada con su novio, y no al revés, tal y como escribió Próspero Merimée. Tres bolas de billar en el tapete de este artículo con las que trataremos de dibujar un esquicio costumbrista.

Veamos. Los panfletos. Mea culpa, Bagatelas para una masacre, Escuela de cadáveres. Su venta no está prohibida en Francia (¿a quién quieren confundir?: en internet están todos disponibles), pero su autor se negó,  después de 1945, a reeditarlos. ¿Por mala conciencia? Ja. La línea argumental de su autodefensa, en el juicio que se siguió contra él tras la guerra, fue la de un cínico megalómano: “De haber tenido algo que ver con las deportaciones de judíos, eso se habría hecho mejor”. ¿Son en verdad estos panfletos tan corrosivos como trató Céline que fueran? Bernanos se los tomó a risa: “Esta vez Céline se ha equivocado de urinario”. Yo los he leído, claro que hace treinta años, en una Europa sin nazis,  cincuenta después de ser escritos,  y me parecieron ya entonces sólo una vomitona demencial. En todo caso Céline no es, en relación a los judíos, menos reprobable que Sade en relación a las mujeres, dijera lo que dijera a este respecto Simone de Beauvoir, y diga lo que diga la correcta opinión de los franceses que consideran a Céline el mejor escritor del siglo XX, junto a Marcel Proust. Si Los 120 días de Sodoma es un “tesoro nacional”, ¿qué impide que lo sean esos panfletos? Una mezcla de hipocresía, oportunismo y no haber entendido la lección: “en arte, la ética precede a la estética”.

Y aquí llega la bola de billar a Carmen. Han adulterado su argumento no, como aseguran sus perpetradores, tan vivales y cínicos, por razones éticas, sino sólo, Oprah Winfrey,  por una frivolidad estética igual de hipócrita, oportunista y... teatral. Frente a eso, es comprensible que los adultos, Catherine Deneuve, reclamen su derecho a creer que los niños no vienen de París. 

    [Publicado el 25 de febrero de 2018 en el Magazine de La Vanguardia]

22 de febrero de 2018

La historia del Huérfano

COMO las aventuras del capitán Alonso de Contreras, para las que Ortega y Gasset escribió un memorable prólogo, la historia de este Huérfano resulta fascinante. No todos los días se publica por primera vez una obra como esta, inédita desde que se escribió a comienzos del siglo XVII. Tiene uno la sensación de que se nos ha franqueado la puerta trasera de un mundo intonso.

Compró el manuscrito hace cien años el señor Huntington, el millonario norteamericano que se dejó su fortuna en la fundación de la Hispanic Society, y la muerte súbita o en extrañas circunstancias de algunos de los que intentaron editarlo lo envolvió en cierto malditismo. Por suerte para nosotros su editora, la peruana Belinda Palacios, no parece supersticiosa y nos ha entregado una obra llamada a ser un clásico de la literatura biográfica en la época virreinal.

Palacios le da mucha importancia a dilucidar el género al que pertenece: ¿una falsa novela?, ¿una falsa biografía?, ¿unas memorias camufladas? Ella también recurre a la solución del baciyelmo: “una biografía ficticia”. Estas cuestiones preocupan mucho a los académicos, pero quizás den un poco lo mismo. Por ejemplo: ¿no es el Quijote una biografía rigurosa de los dos últimos años de Alonso Quijano, escrita por Cervantes? ¿Cambia eso algo nuestra perspectiva al leerlo?

La historia del Huérfano es la de un muchacho granadino, escrita por un fraile de nombre Martín de León, que la dejó lista para su publicación bajo el seudónimo de Andrés de León. Parece que la vida del protagonista se asemeja bastante a la de su autor. Como a nosotros nos da igual que uno y otro sean o no la misma persona, juzguemos únicamente lo que leemos.

Todo empieza a los catorce años de la vida del Huérfano, que pasa entonces a las Indias, y allí tras breve vida de soldado, se hace fraile. Es testigo de algunos hechos relevantes como la derrota del corsario Francis Drake en Puerto Rico, y el saco de Cádiz (“era como un dedal”) por los ingleses, hasta dar su autor, ya viejo, en arzobispo y capitán general del reino de Sicilia, a las órdenes del Rey. Es, pues, un libro de la cruz y la espada, contado por uno de la cruz que, como don Quijote, considera más importante la espada, ya que sin esta no hay cruz que valga.

Los detalles exactos aquí son todos de buena ceca. El mundo de la carrera de Indias y de la flota está tan minuciosa y admirablenente descrito como en una novela de Conrad, y su mirada nos parece a menudo la de Adán dando por vez primera nombre a las cosas. Felices tiempos en que bastaba con contar los hechos. La parte de Perú, Nueva Granada y Panamá (mi preferida: navegación, encomiendas, trabajos de indios, asaltos, intrigas)  no tiene nada que envidiar a ninguna crónica de la región, de Pedro de Cieza a Agustín de Zárate, y sus prisiones le harán decir, como el Cautivo: “con la libertad todo sobra”.
Cierto que a veces su relación se diría más que la de alguien que ha perdido a sus padres, la de uno que no tenía tampoco abuela, prendado de sus propias prendas y “siendo único en cualquier agilidad y gallardía, en todo lo cual nunca en las Indias halló competidor, por ser tan general en todo”.  Cuanto emprende lo borda: vigüela, jineta, esgrima, poesía, correr la anilla o lancear un toro. No importa. Incluso los lindos sermoncicos que nos endosa de vez en cuando también se le pasan por alto. En otro tal vez cargarían un poco, pero hallamos tantos fulgores expresivos y la lengua (en realidad el idioma) sigue siendo todavía tan nueva y certera, que excusamos lo demás: “Se cayó la ciudad tan a destajo, con riguroso temblor”, dirá de un terremoto, “que en tres credos estaba asolada toda ella”. Puede incluso arrancarnos una sonrisa, como cuando lo vemos navegando Magdalena arriba camino de Santafé, “sin tener más deleite que mucho y buen pescado, especialmente unas que llaman doncellas, tan sabrosas que son dignas de tal nombre”. Hay que decir que en esa ocasión el fraile iba de incógnito.
El personaje, como tantos que nacieron sin fortuna en aquel tiempo, trata de mejorarse. ¿Cómo? Juntándose al poderoso, y sin acabar de saber cuánto tendrán sus actos de serviciales o serviles. Pero para haber llegado tan alto no se le ve una mala persona, “mediando paces y templando odios”. Poco importa que el Huérfano Martín/Andrés de León no diga toda la verdad de sí mismo. La dice de otras muchas cosas, más importantes (el penoso bordo de Portobello a Callao, con vientos contrarios, o los caminos de Italia, por ejemplo).
Leamos lo que nos da, que es mucho; eso juzgamos, en una lengua que la nuestra, sedienta y exhausta, le agradece como un trago largo de agua fresca.

    [Publicado en El País el 22 de febrero de 20


19 de febrero de 2018

Negocios pendientes

Se dice uno con aprensión y desconfianza: ¿Cómo será esto que escribí hace diez, veinte, treinta años?
Si el libro que hemos de releer es una novela o un largo ensayo, la congoja será mayor, porque el juicio no admitirá resquicio, y salvándolos o condenándolos, salvará o condenará a menudo años enteros de torturas, fatigas y trabajos. Nadie, salvo un autor, conoce tanta desolación como cuando, leyendo una obra antigua suya, no puede escamotear la verdad a su conciencia y ha de reconocer con entereza: «¡Dios santo, qué bodrio!» (Incluso, si es más piadoso consigo mismo: «¡Qué disparate!». En cualquiera de los dos casos quedará aniquilado durante un tiempo, hasta que la ilusión de una nueva obra, que desbarate esa triste pintura de sí mismo, haga renacer la ilusión de escribir algo que lo rehabilite a ojos de los lectores, pero, sobre todo, a su propia mirada).
Con los artículos nos queda, sin embargo, la esperanza de encontrar alguno que pudiéramos salvar de la quema.
De los que van en este libro repaso todos sus títulos, pero la mayoría no me dicen gran cosa ni me indican de qué tratan. Un título no es nada. Un título está al alcance de cualquiera, y recorren el mundo grandes obras que andan metidas en títulos insignificantes, y al revés, grandes títulos que no son más que vainas de guisantes vanas, dentro de las cuales no hay sino... eso, vanidad, por no hablar de esos otros libros vestidos con pomposos trajes Luis XIV o desplegados en cinemascope. Si pudiera dar a la prensa estos artículos sin volver a leerlos lo haría, pero sería absurdo posponer ese famoso juicio perentorio del que acabamos de hablar. Terrible sería encontrárnoslos ya impresos y circulando de nuevo por culpa de nuestra desidia.
Va uno, pues, leyéndolos ahora, y poco a poco empiezo a recordar las circunstancias y razones que me movieron a escribirlos cada domingo. Se escribieron como todos los de esta serie para el Magazine de La Vanguardia y aparecieron bajo el título que figura también aquí. Para mí ya son como mirar fotografías viejas guardadas en una caja de zapatos. Vemos esas fotografías y no se queda uno con ninguna en especial, y todas van pasando entre los dedos unos instantes, mientras reconocemos a los que aparecen allí y los lugares donde fueron hechas. Todas forman un mundo de proporciones provinciales y una tonalidad apagada, benigna, de modesto voltaje. Así miro yo ahora estos artículos. En algunos, sin embargo, no acaba uno de reconocer del todo a las personas, anécdotas, libros, citas y datos que se mencionan en ellos. Me digo: no sé quién es ese de quien hablo con tanta convicción, ¿yo leí ese libro, como parece confirmar la cita que he traído a la página?, ah, es verdad, yo estuve en esa fecha en tal o cual ciudad, pero ya no me acuerdo...
¿La impresión general de su lectura es buena, es mala? Uno no busca ya a estas alturas impresiones literarias de su vida. La literatura... quién sabe qué es eso. ¿Creemos que la idea que tenemos hoy de literatura será la misma que tengan dentro de ochenta años? ¿Tenemos nosotros la misma que tenían hace cien nuestros maestros?
Voy leyendo estos artículos de nuevo. Será la última vez que lo haga. Para mí son ya barcos que se han cruzado en mi vida y que no volveré a ver nunca más. Contemplo durante unos instantes su estampa, su hechura, cuento los mástiles de cada uno, advierto sus condiciones marineras, en unos el velamen desplegado, en otros la crinera negra que traza en el cielo su chimenea...
Y cuando ya los he perdido de vista, esto puedo decir de casi todos: llevaban en sí, aunque parecieran dictados por la realidad más circunstancial, una semilla. Una semilla poética. No sé si ha germinado o si germinará alguna vez, pero en ellos puse una semilla. De eso me acuerdo perfectamente, estoy seguro. Y como en aquel soneto célebre, en el que su autor confesaba haberse arrancado el corazón, que después enterró en un surco por ver si germinaba un día, también yo quiero enterrar estos artículos aquí, con la esperanza de verlos germinar, el verdadero negocio pendiente.


              [Prólogo de Negocios pendientes, La Veleta, 2017]