29 de enero de 2017

Carlos Pujol

CUANDO usted lea esto, ya se habrán celebrado en la Universidad Internacional de Cataluña unas jornadas de estudio dedicadas a Carlos Pujol. De los escritores que uno ha conocido era sin duda el que tenía más virtudes y menos defectos. Para empezar, Carlos Pujol era catalán, pero no se le notaba nada. Cierto que también era español, y tampoco se le notaba, aunque escribiera en castellano. Cuando uno lee o relee alguno de sus libros no piensa jamás: “es catalán” o “es español”, sino, “qué maravilla, un libro como si lo hubiera escrito Stendhal, a quien, por cierto, tampoco se le notaba nada lo de ser francés”.

Uno de los últimos suyos lo dedicó a su ciudad, Barcelona y sus vidas lo tituló. Es tan asombrosamente bueno como un cuarteto de Beethoven, y suena lo mismo, música de cámara llena de sorpresas y melodías inauditas, íntimas, prodigiosas. Lo componen unos cortos capítulos dedicados a barrios, personajes, rincones, edificios, paseos, leyendas. “No es una guía práctica, ni se adorna de carácter histórico, costumbrista o descriptivo; por no tener, no tiene ni orden ni sistema, es arbitrario y soñador, errabundo y disperso”, dice de él su autor en el prologuillo que les puso. Los publicó en la sección local del periódico menos circulado de su ciudad en el momento acaso menos oportuno, quiero decir en uno de los más ruidosos. Cuando reunió aquellos artículos en un libro, las grandes editoriales se lo rechazaron porque las grandes editoriales buscan obras sinfónicas con ganancias en estéreo. Acabó apareciendo en una pequeña editorial de Granada y no tuvo la menor repercusión, siendo acaso el libro más fino que pueda leerse hoy sobre Barcelona. No hay página suya que no nos haga sonreír, atento su autor al impagable principio de enseñar ­deleitando. Intentamos en su día darlo a conocer por lo menos a sus vecinos barceloneses, pero las autoridades culturales catalanas, al estar escrito en español, lo encontraban poco catalán, y las españolas, muy catalán, al tratar de Barcelona. Y de la crítica y de los suplementos literarios, mejor ni hablamos.

Yo lo he leído cuatro veces completo y muchas más abriéndolo al azar y paseando por él una o dos horas. Y agradezco que la Barcelona que pinta no sea ni catalana ni española, sino como la Roma o el Nápoles de Stendhal, de cualquier época y de cualquier lector libre, sobre todo de prejuicios.

   [Publicado el 29 de enero de 2017 en el Magazine de La Vanguardia]

21 de enero de 2017

Ferlosio: por la calle de en medio

EL papel que tuvieron Unamuno y Ortega en la vida pública española y en el debate de ideas lo ha desempeñado en cierto modo durante los últimos cuarenta años Rafael Sánchez Ferlosio. Sin embargo, este reduce a Unamuno prácticamente a un puñado de ripios y a Ortega a unos cuantos ortegajos, palabra que él puso de moda y que no por jocosa es menos injusta. ¿No encuentra en ellos nada de valor? Por supuesto que sí. Esto es parte de su complejidad como intelectual. Porque, aunque no esté él muy de acuerdo, Ferlosio es un intelectual, alguien que se ha tomado en serio lo de pensar, un pensar que no necesariamente desemboca en la acción. De hecho, si de algo sospecha Ferlosio es de la acción, y si algo evita él con cautela es la acción.
La del intelectual es una categoría diferente de la del escritor o la del filósofo. La mayor parte de los filósofos seguramente considerarían a Ferlosio un escritor, pero no está claro que la comunidad de los escritores lo tenga por uno de los suyos, siquiera como venganza (Ferlosio ha confesado muchas veces que dejó de escribir ficción –novelas y cuentos que gozaron al mismo tiempo del éxito de verdad y del succès d’estime–, cuando decidió tempranamente no seguir interpretando “el bochornoso papelón del literato”).
Pero el suyo es un caso parecido al de Unamuno y Ortega. A Unamuno, autor de importantes textos filosóficos, lo consideramos más un escritor, y Ortega, autor de notables piezas literarias, sigue siendo para la mayoría un filósofo. ¿Y Ferlosio? ¿Cómo hemos de leerle, como escritor, como filósofo del lenguaje? Él tiró por la calle de en medio al describirse como “plumífero”.
Tenemos ante nosotros los dos voluminosos tomos recién publicados, con sus ensayos y escritos de no-ficción. Muchos de ellos aparecieron en los periódicos y contaron con un apreciable número de lectores, que los leía con verdadera devoción, insuficiente a menudo para desmigar su hermetismo. La culpa la tenía en parte el estilo, y eso que Ferlosio es todo lo contrario de un estilista. Nos referimos a la hipotaxis a la que su autor se ha referido en tantas ocasiones, esa capacidad que tiene un texto de implementarse en oraciones subordinadas, paréntesis y meandros que amenazan con estancar o colapsar el propio texto y dejar sin oxígeno al lector. Con los años ha reconocido que las responsables de su barroquismo fueron las anfetaminas, y que eso de la hipotaxis es en el fondo una presuntuosa bobada. Pero le cuesta no dejar de admirarla en ocasiones: “En la hipotaxis la frase ha de doblar limpiamente el cabo de Hornos, sin meterse por el estrecho de Magallanes”, ha dicho. O sea, el texto como un imponente bergantín a todo trapo.
Pero esa majestad de su prosa que ha admirado a unos, también ha desanimado a muchos. ¿Vale la pena leerlo?, se preguntan estos. Aunque el propio Ferlosio haya respondido a esto con bastante humor (“Yo estoy sobrevalorado” ha declarado alguna vez también, y a Arcadi Espada le hacía este autorretrato: “Yo tengo unas lecturas demasiado superficiales y demasiado pobres para hablar seriamente y con competencia de muchos autores que cito. No soy un hombre culto. Yo no soy más que un ilustrado a la violeta. He leído por encima. A veces acierto y digo las cosas bien. Pero sólo eso”), sí, yo creo que merece mucho la pena leerlo. Desde luego ha valido la pena haberlo leído, día a día, durante estos cuarenta años.
En primer lugar por estar en presencia de alguien que ha pensado con una libertad inusitada y sobre todo tipo de asuntos peregrinos, en el sentido que se daba antiguamente a esta palabra. El punto de partida, como si dijéramos, la metodología, ha sido siempre el mismo, aplicar a las palabras la filosofía de la sospecha: las carga el diablo y conviene mirar sus costuras, porque es en ellas donde suelen anidar los piojos que infectan todos los lenguajes, principalmente los del poder.
Eso le ha llevado a escribir con escrupulosa precisión, como quien redacta prospectos de medicamentos. En cuanto al tono que emplea, ese tono tonante, valga el retruécano, esa imprecación, furia e indignación suyas con las que parece sermonear a sus lectores (La homilía del ratón tituló a uno de sus libros, él, que tiene aspecto de león viejo), hay que tomárselo más bien como otro rasgo de humor, pero no de mal humor. Es, digamos, su carácter, lo que lo hace característico, como a Charlot sus andares.
Y aunque los temas que le han ocupado sean numerosos, podríamos resumirlos en estos: contra la identidad y las patrias, empezando por España, y, por extensión, contra el Progreso, origen de la violencia y las expiaciones a que da lugar; contra la guerra, presentada como instrumento divino, y, por tanto, contra el Estado (“si aceptas el Estado, aceptas la razón de Estado”) y contra la épica, aunque, paradójicamente, por contagio acaso, su prosa tiene a menudo un empaque épico; contra las religiones que niegan el principio de realidad a favor de la trascendencia; y contra todo aquello que sustente cualquiera de las identidades, por insignificante que parezca, y de ahí que Ferlosio acabe disparando a todo lo que se mueve con el nombre de rock, Walt Disney, deportes, publicidad, museos, procesiones, cultura de masas, televisión; y, en fin, contra la literatura (sus caladeros son preferentemente extraliterarios y preliterarios, se llamen Plutarco, Bernal Díaz o don Pascual Madoz).
No es necesario tampoco que el lector muestre su acuerdo con todas y cada una de las tesis ferlosianas, para empezar porque el propio Ferlosio no parece precisar nuestro acuerdo ni lo contrario, pues se diría que escribe para aclararse él mismo esas cuestiones. La experiencia es única. Y cuando asistimos a  su pensar sin la mediación de la hipotaxis (como en la fascinante conversación que mantiene con Miguel Delibes hijo a propósito del fuego y de la naturaleza, publicada en uno de esos tomos, o cuando ha mantenido una entrevista con un interlocutor de altura, sean Azúa o Espada, o en la dedicatoria a su hija Marta, “quien más he querido en este mundo”, que le recuerda una “campanita de convento”, o en tal o cual pecio), entonces, es algo único. Nadie tan fino para descubrir el habla viva en los libros viejos o en la calle (su injusta denostación de El Jarama ha de verse como un rasgo de su dandismo, porque se nos olvidaba decir: Ferlosio ha sido y es, incluso con zapatillas de orillo y ese destartale indumentario suyo, uno de los hombres más elegantes de España, espiritualmente hablando me refiero) ni nadie tan sagaz como él para poner al descubierto las trampas sutiles del lenguaje. Podrá comprobarlo cualquiera en estos tomazos que ha editado Ignacio Echevarría, quien los ha dotado de unas oportunas y utilísimas notas. Si como Pirrón de Elis, el primer elitista de verdad, no practica la acción (“lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere”, decía en uno de sus célebres aforismos), tratándose de él tampoco es grave.

    [Publicado en Culturas de La Vanguardia el 21 de enero de 2017]



15 de enero de 2017

Ni sustos ni baratos

AUNQUE Abc tituló la notica de forma llamativa, esta pasó sin pena ni gloria: “Precio récord de la obra Mierda de artista: 275.000 euros en una subasta de Milán”. A Piero Manzone, su autor, un artista conceptual (gran oxímoron), se le ocurrió lo propio en noventa latitas de conserva, ponerles una etiqueta (Mierda de artista. Conservada al natural en mayo de 1961) y sacarlas al mercado valorando su peso (30 gramos) al precio que tenía el oro en ese momento. 

Dejando de lado algunas consideraciones (¿qué significa ese “al natural"? ¿Baño maría, pasteurizada, sin conservantes?) y dando por hecho que contenga lo que declara (una gran humorada de Manzone, que murió joven, en 1962, antes de cumplir los treinta, habría sido que hubiese puesto en cada lata no sus propias heces, sino las de su gato, abriendo un debate interesante, a saber, que desde Duchamp aquí todo el mundo es artista, hasta el gato, aunque probablemente este último extremo no se sabrá nunca, porque no sabemos que nadie haya “destruido” una sola de esas latas para saber qué hay dentro), dejando estas consideraciones de lado, decía, se nos plantean otras no menos interesantes.

Hace treinta años pensaba uno con gran ingenuidad que el arte conceptual se evaporaría como otros mil “ismos” de las vanguardias artísticas. Resulta patente que estaba uno muy equivocado. Hace ocho o nueve que el Premio Velázquez, el más importante de las llamadas artes plásticas, se concede a gentes que no utilizan pinceles ni lienzos ni caballetes ni nada que recuerde el oficio del pintor. ¿Y por qué el arte conceptual triunfa tanto hoy? José Luis Pardo, en Estudios del malestar, su último libro, alude a los dirigentes populistas reunidos en el Museo Reina Sofía de Madrid para discutir estrategias políticas mientras el director del Museo y Toni Negri se pasean por él. Sí, nos sugiere Pardo, a los museos y al arte ha llegado un nuevo populismo, el que nos promete que cualquiera capaz de excretar (cagar) es un artista en potencia si tiene audacia y sobre todo ganas (noventa latas no son cualquier cosa). Hace años, Gaya acuñó para esta clase de “manifestaciones artísticas” lo de “sustos baratos”. El tiempo le ha quitado también la razón a él: han dejado hace mucho de ser sustos y ya no son baratos. A día de hoy cotizan a 275.000 euros.

      [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 15 de enero de 2017]

8 de enero de 2017

Patria, tal cual

He leído Patria, la novela de Fernando Aramburu. A pesar de sus seiscientas páginas, quiere uno llegar al final, saber qué les sucede a todos y cada uno de sus personajes. Como acaso sepan, la novela va del País Vasco y la protagonizan dos familias amigas que viven en un pueblo pequeño. En las dos se habla vascuence y en las dos se hacen las mismas cosas:  los vascos, salir al monte y andar a setas, montar  en bici,  y comer en los txocos... Y las vascas... Las mujeres de la novela van a misa, se pasan el día murmurando y son las que llevan los pantalones... Con estos mimbres habría sido difícil tramar una novela, pero eso lo arregla la realidad de un tiro: el hijo etarra de una de las dos familias participa en el asesinato del padre de la otra, un empresario, que, para más inri, lleva al día los pagos revolucionarios a la banda. Y a partir de esto... el infierno: el odio, el miedo, el desprecio, las sevicias, la división, el encabronamiento de todos contra todos...

La novela, un fresco monumental de la sociedad vasca, pinta tan bien la cobardía, el cinismo y la desvergüenza de una buena parte de los vascos y vascas, que parece inverosímil. Por eso ha preguntado uno a un amigo. El amigo se llama Txema Urquijo. Urquijo estuvo muchos años en Gesto por la paz denunciando, primero, el terrorismo etarra, y tratando, después, de restañar las heridas, procurando que el famoso triángulo, paz, justicia, olvido, fuese lo más equilátero posible, para no crear nuevas víctimas ni vejar más a las antiguas. Ahora coordina y asesora al Comisionado de la Memoria Histórica de Madrid. De eso lo trata uno. Es un hombre ponderado, y sigue viviendo allí. A Urquijo le preguntamos: ¿Es todo tan nauseabundo y deprimente como cuenta Aramburu, sucedieron así las cosas, suceden ahora como él las cuenta? Y Urquijo ha respondió con ese laconismo del que ya dio cuenta Cervantes: “Tal cual”.

Yo, claro, no voy a desvelarles el final de la novela, pero Aramburu acaso escriba una segunda parte. Empezaría con Arnaldo Otegui diciendo que Francia y España quieren impedir el desarme de Eta por detener, hace unas semanas, a quienes querían destruir a escondidas las armas con las que se cometieron algunos de los trescientos asesinatos no esclarecidos aún. No hay nada más novelesco e inverosímil que la realidad.   

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 8 de enero de 2017]

2 de enero de 2017

Depende de nosotros

A excepción en mi caso de cuatro o cinco, no le llaman a uno la atención las casas donde vivieron los artistas, escritores y músicos famosos del pasado, convertidas en museo, ni las tumbas donde reposan, quizá porque de algunos de los que más admiramos no se conservan ni casa ni tumba, y otras son una mixtificación, como “la casa” de Shakespeare o “la sepultura” de Cervantes. Y el mismo sentimiento lo ha tenido uno también con algunos contemporáneos. Con sólo haber hecho cola en la Feria del Libro podría haber saludado a Borges, estrechado su mano y obtenido de él una dedicatoria (o algo parecido), pero en el último momento, viéndole balbucear palabras más o menos vacías a sombras más o menos ciegas, me compadecía de él, y seguía mi camino. Hace años tuvimos a Federico Fellini sentado al lado durante una hora, en una  mesita de una terraza de la Plaza del Olmo, en Roma. Todo ese tiempo estuvo solo. Me habría gustado haberle dicho “gracias”, pero tampoco tuve valor. Hoy, por escrito, me atrevo más: Gracias, Daniel Barenboim. 

A él le debemos algunos de los mejores momentos de nuestra vida, pocos han pulsado teclas tan íntimas, ni arrancado del alma notas más misteriosas e insondables.  Anda ahora de gira con un piano especial que se ha hecho fabricar, a imitación de uno de Liszt. Le hacían una entrevista en Radio Clásica. Si Barenboim habla, nunca habla sólo de música. El que sólo sabe de música, tampoco sabe de música.  Decía: “Cuando empiezas a estudiar una obra, has de ser muy humilde, y si no, es mejor que lo dejes; pero cuando sales al escenario, tienes que saber quién eres, y eso implica un poco de soberbia, pues das por hecho que mereces estar en un escenario, que la gente se gaste el dinero de la entrada en ti y que después te aplauda... O sea, que si no eres humilde, mal, pero si te falta algo de soberbia luego, esto no funciona”. Lo explicaba mucho mejor que yo ahora, y con una gran naturalidad, y acto seguido se puso a tocar el piano. En ese momento desapareció la humildad y la soberbia no hizo aún acto de presencia. Era sólo la música. La música de la vida, sonando en voz muy baja. Al final del año o al principio de él, igual los doce meses. Sonaba así: “Si abolimos la escarcha/ será siempre verano; / que existan estaciones / depende de nosotros”.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de enero de 2017]