10 de diciembre de 2017

El mapa del tesoro

PUEDE visitarse estos días en la Biblioteca Nacional una exposición fascinante. Volveré a verla cuantas veces me sea posible. La han titulado “Cartografías de lo desconocido”. Es una exposición prodigiosa de mapas, el mundo en toda clase de mapas con toda clase de representaciones en toda clase de tamaños y soportes. Pasar a un papel un país o un continente fue en tiempos tanto o más arduo que la creación de ese país o el descubrimiento de ese continente. Hasta llegar a los caballeros del punto fijo (aquellos  científicos que cargados de toesas y teodolitos recorrieron América fatigando la invisible línea del Ecuador), el hombre  necesitó de toda su capacidad de abstracción para representar en dos dimensiones lo que tiene tres. Un milagro no menor que el del niño que quería, ante la mirada perpleja de Agustín de Hipona, meter con una venera todo el mar de Cartago en un hoyo de la playa.

Decía Unamuno, cuando romanceó los ríos castellanos, que los nombres “geográficos y los toponímicos llevan un paisaje, y a veces basta sólo con oír la palabra para adivinar lo que pueda ser la tierra que recibió aquel nombre”. Esto mismo lo sabía bien Emily Dickinson. Nació, vivió y murió en Amherst, pequeño pueblecito de Nueva Inglaterra, y acaso por ello mismo necesitó viajar en sus poemas al Teide y al mar Caspio, al Himalaya y a Italia, sinónimos para ella de dicha y libertad.

Me recuerdo de niño (y el recuerdo lo comparten otros) leyendo en el dial del viejo aparato de radio familiar los nombres que para mí se asociaron desde entonces a melismas especiados (Tánger, El Cairo), a lenguas de pedernal (Sofía, Helsinki) y a otras musicales (Lisboa, Roma, San Marino). A aquel niño le bastaba el nombre de cualquiera de esas ciudades para transportarse hasta allí como en un cuento de Las Mil y una noches. En esa exposición están los mapas que contienen todos los nombres imaginables, incluidos los de las islas Baratarias que en el mundo han sido, advirtiendo de paso que el mejor amigo del hombre es un mapa. Cuántas expediciones, peligros y fracasos detrás de cada uno de ellos. Miramos absortos, fascinados, minuciosos. Gracias, cartógrafos, por recordarnos que el mapa del tesoro es casi siempre más valioso que el tesoro y el mapa mismo tanto o más hermoso que el país que representa.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de diciembre de 2017]

6 comentarios:

  1. Más de una vez he escuchado que la historia la cuentan mejor los novelistas que los historiadores. Habrá que incluir a los cartógrafos, si aceptamos que su trabajo es puro testimonio de lo ocurrido, pues sin sus mapas y documentos, puros lazarillos, las expediciones hubieran sido muchas menos.

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  2. "...Amherst, pequeño pueblecito de Nueva Inglaterra..."

    Dos observaciones:

    - hay un triple pleonasmo en esa frase: pueblo, pequeño y pueblecito.

    - y Amherst no era en absoluto un "pueblecito" en la época de Emily Dickinson, sino una pequeña ciudad con estación de tren y dos universidades (el Amherst College - privada - y la Universidad de Massachusetts - pública -).

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    1. me parece que cuando vivía Emily Dickinson tenía unos dos mil habitantes, el núcleo urbano era de unas docenas de casas y la suya estaba rodeada de prados. de su casa al centro se tardaba andando diez minutos. en esos colegios había pocos alumnos, privilegiados de la clase alta. "pueblecito pequeño", azorín. llámelo como quiera. yo me entiendo.

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    2. “Era, el suyo, un pueblecito pequeño y retraído y vulgar. Las casas eran de piedra, con galerías abiertas y colgantes de madera, generalmente pintadas de azul”. Delibes (El camino).

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  3. El Amherst College fue fundado en 1821 y era, es cierto, para los hijos de la clase alta. Pero no la Universidad de Massachusetts, que fue fundada en 1863.

    La estación de tren de Amherst fue construida en 1853, gracias, entre otros, al padre de Emily Dickinson, que era abogado y juez, además de diputado y senador (otra prueba de que Amherst no era un pueblo).

    Lo que usted llama el núcleo urbano tenía 3.250 habitantes según el censo de 1880. Y Emily Dickinson (que murió en 1886) vivía en plena ciudad, puesto que le gustaba ver desde la ventana de su habitación a la gente que pasaba por la Main Street. Por esa misma ventana daba a los niños de su calle los bizcochos que hacía, colgándolos de una cuerda.

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    1. mire, estuve allí el año pasado y sé de lo que hablo. Amherst era en 1862 un pueblecito pequeño de unos dos mil habitantes, su casa estaba y está algo apartada del centro y no acabo de entender qué hago yo perdiendo el tiempo hablando con un desconocido.

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