26 de noviembre de 2017

No son trapos

LOS que hayan leído algo a Cervantes recordarán ese momento, tan bien descrito por él: los pasajeros de un barco avistan otro en alta mar. No se ve aún el pabellón que ondea en su palo mayor, pero advierten que esa nave ha aprorado hacia ellos. La angustia crece en el pasaje. Algunos rezan para que no sean piratas berberiscos. En cuanto distingan la bandera conocerán su suerte, su destino de libertad o cautiverio. Las banderas no son trapos, son símbolos, y en ellos está cifrado de una manera sucinta y exacta cuanto representan.

En este misma pagina escribió uno, hace ya años, lo absurdo que era enarbolar una bandera como la republicana que, sobre ser anticonstitucional, no representaba ya nada bueno que no se hubiese alcanzado bajo la actual bandera del reino de España.

El uso de esta última, sin embargo, suscita  entre muchas almas bellas  rechazo y suspicacias. Los que quieren racionalizarlo, arguyen con un subterfugio: “Yo no soy de banderas”, o “Para mí todas las banderas son iguales”. ¿De verdad creemos que son iguales la nazi y la francesa en el París de 1940? ¿La del bajel del arráez Dali Mami y la de una galeota veneciana? Preguntado de otro modo: quienes repudian la bandera española, ¿están, de veras, negando lo que ella representa, una libertad y prosperidad como jamás se han conocido en España y, desde luego, la Constitución democrática que las ha hecho posibles? Claro que al ser las banderas una abstracción, se prestan a veces a lucubraciones y mentiras, más o menos literarias, y puede alguien, por fantasía, tener en su casa una bandera confederada, pero ha que saber que esa también fue la de los esclavistas y la que sigue usando el KKK. Oímos a veces en un arranque melancólico: “Es que de la bandera española se ha apropiado la derecha”. Pues nada, es hora de compartirla, como compartimos la Constitución, las playas, la lengua o la paella. Lo escamante es que los que no han objetado jamás nada a la proliferación de banderas ilegales, se inquieten en cuanto ven una sola legal. A mí me pasa lo que a los personajes de Cervantes: cuando veo en lontananza una bandera pirata, sé que lo probable es que  perderé mi libertad y mis derechos, y eso con la española, no me ha sucedido. Tampoco con la europea, la señera o los pendones de Castilla. Al menos hasta hoy.  Más bien al contrario, recupero el sosiego.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de noviembre de 2017]

18 de noviembre de 2017

Pásalo (un panfleto de FSavater)

EN la reseña de este librito de Savater (Contra el separatismo, Ariel, 2017), no se hace mención, por razones de oportunidad y de espacio, a este pasaje del prólogo ni a la dedicatoria: "A mi chica lista de Hospitalet: libre, española, cosmopolita". Vale la pena reproducirlo entero:

"Finalmente, voy a revelarles el motivo para escribir estas páginas, sobre cuya eficacia pueden creer que no me hago ilusiones y que, en cambio, me han costado un muy real esfuerzo. Es una conversación en el Hospital Clínico de Madrid, una de esas noches interminables en que se va desvaneciendo en sufrimiento la vida, y la muerte se asoma a la habitación cada cierto tiempo vestida de enfermera para cambiar el gota a gota. Quien ha pasado por esas veladas infinitas cree sin esfuerzo en el infierno eterno, pero se le hace difícil imaginar una bienaventuranza capaz de compensarlo. Teníamos la televisión encendida, bajito el volumen, y se repetían sin cesar las noticias del canal 24 Horas. De pronto, alguien mencionó un suceso ocurrido en Hospitalet y ella dijo con su pobre voz rota por las sondas en la garganta, esa voz que había sido tan noble y decidida: «¡Mira, Hospitalet! De ahí soy yo...". En ese momento postrero escogió esa patria, ella que había nacido en la más pobre de las Islas Canarias, para acabar después en San Sebastián, a mi lado. Porque vivió en Hospitalet, también en un barrio humilde, durante el final de su infancia y adolescencia, cuando recorría las Ramblas vendiendo helados para pagarse los estudios y, de paso, ayudar a la familia. Tan hermosa, tan indomable. «¡De allí soy yo!», me dijo. Sí, era una chica de Hospitalet, una mujer íntegra y valiente de la España que no se resignaba a vivir sin libertades. Nadie la echará nunca de allí, ni a ella ni a los que son como ella, mientras yo pueda seguir luchando".

* * *

CADA época en España, desde Quevedo, ha tenido su gran libelista. De los últimos: Unamuno, Bergamín, García Calvo. El de la nuestra es Savater. “No se llamen a engaño: esto es un panfleto. (…) Según la definición de la Rae: «Libelo difamatorio. Opúsculo de carácter agresivo». Me quedo sin duda con la segunda acepción, aunque no niego que pueda haber bastante de la primera”, se sincera en la primeras líneas. Todo buen panfleto es breve, claro, ágil. Este lo es. Como una sucesión de síncopas. Cada una de sus palabras percute sobre la idea precisa y arranca de ella una nota vibrante. Un panfleto ha de llegar también en el momento oportuno. Escrito, como quien dice, en la trinchera, y buscando sacudir, agitar, movilizar. ¿Cómo? Repensando los lugares comunes, arrostrando las mentiras y posverdades, restableciendo la racionalidad. Es decir, uniendo lo que los separatismos diabólicos (del griego dia-bolo, separar)  tratarán de desgarrar, lanzando lejos los despojos.

“Contra el separatismo, no contra el nacionalismo”, aclara también Savater. Importa mucho esta distinción, insistirá. El nacionalismo, constituido por rasgos afectivos (los derivados del concepto “patria chica” o de las secreciones sentimentales), puede incurrir en “la moral del pedo” a la que se refería Ferlosio y a la que alude Savater (“ese hálito que no nos molesta salvo cuando es ajeno”), pero es más o menos inocuo. Por sí mismo, si no muta en separatismo como el virus de la peste, no causa mayores quebraderos de cabeza. El independentismo es otra cosa: narcisista, tóxico, xenófobo.

El buen panfletista va al grano sin perder de vista la paciencia. De las dotes pedagógicas de Savater hay ejemplos sobrados: Ética para Amador, millones de lectores en todo el mundo. Claro que los adolescentes, lábiles y versátiles por naturaleza, suelen ser más receptivos que los separatistas. Savater, que ha sido además un activista ejemplar contra el terror etarra, parte en su diserto del hombre en la caverna (individuos “diferentes, nunca idénticos”), para llevarlo a la Grecia del demos (el pueblo frente a la polis como institución de lo político), donde aún estamos, donde debiéramos estar como ciudadanos demócratas, libres e iguales: “en la isonomnía, la aceptación de la ley igual para todos, junto al ser capaces de persuadir y ser persuadidos”.

La de la conquista de la libertad y la igualdad es una historia larga. Lo cuenta él de una manera a la que no hay que cambiarle ni una coma: “La democracia nos fue liberando de los condicionamientos que la naturaleza, el azar o la historia habían proyectado sobre nosotros. Eso es lo que quiere decir que los humanos nacemos libres e iguales: que nacemos igualmente destinados a la ciudadanía, con los deberes y garantías inherentes a ella y especialmente con idéntico derecho a decidir la gestión de la sociedad, sea cual fuere nuestra genealogía, nuestra raza, nuestro lugar natal, nuestro sexo, nuestras habilidades, nuestra religión o ausencia de ella (…) Una vez aceptada la ley común, llámese Constitución o como fuere, cada cual es libre de buscar la excelencia o la felicidad como desee”.

El separartismo tratará, no obstante, de arrebatarnos “la ciudadanía que nos faculta para decidir junto a los demás”, con el fin de instaurar, basado en un pasado de “leyendas ancestrales”, un futuro utópico, donde lo identitario se manifiesta como totalitario. Para ello no dudará en servirse de la propaganda (TV3, Catalunya Radio, RAC1 y periódicos afines y condescendientes), de la política lingüística y del adoctrinamiento en escuelas, institutos y universidades. “El separatismo es, sí, un movimiento fundamentalmente antimoderno”, dirá Savater, lo que en palabras de Daniel Gascón quedaría más o menos así:  “La caspa ha cambiado de bando”. Del orden político al psicoanalítico, de la avilantez y la insaciabilidad predatoria (del “España nos roba” al “nos vamos a quedar con todo lo vuestro, empezando por el 3%”), al narcisismo, que es la salida al mar del complejo de inferioridad y su consecuencia inmediata, el resentimiento, Savater no deja un solo rincón en su “donoso escrutinio”. Al fin y al cabo a los independentistas les mueve más que su sedicente amor a Cataluña o a Euzkadi su odio a España y todo lo español.

Y a modo de resumen, como buen pedagogo, este cuadro sinóptico con el que abrochará su panfleto: 1. El independentismo es antidemocrático: “Los portadores de derechos son los ciudadanos, no los territorios”. 2. Es retrógrado: “Porque plantea una ciudadanía basada en el terruño, en la identidad étnica, en la lengua única”. 3. Es antisocial: “El Estado social debe ser fuerte para no admitir más privilegios locales que los que pueden revertir en mayor bienestar para todos”. 4. Es dañino para la economía: En Japón una estampida de bancos y empresas como la que se produjo en Cataluña tras la DUI habría dado lugar al sepuku de todo el gobierno responsable. 5. Es desestabilizador: A río revuelto ganancia de los populistas, antisistemas y Putin. 6. Crea amargura y frustración: “El que pierde a sus compatriotas sufre algo más que un daño administrativo”. 7. Crea un peliogroso precedente: Sí, es Europa la que está en juego.

No es fácil reseñar un panfleto. Su fuerza está tanto en los hechos e ideas que expone como en el modo sucinto de defenderlas. Este, que se lee con avidez y gratitud, reclama de nosotros la acción. Por eso no se me ocurre otra manera mejor de terminar esta reseña que con una sola palabra: Pásalo.

    [Publicado en El País (Babelia) el 18 de noviembre de 2017)

17 de noviembre de 2017

La matraca

SE publica hoy en El País, y aquí, con un pequeño añadido en el último párrafo que llegó tarde para la edición de papel.

“Henos aquí de Pravia”, se dice en La venganza de don Mendo en un juego de palabras que los más jóvenes probablemente ya no entiendan. “Henos aquí de nuevo, donde dijimos”, podríamos decir nosotros en la astracanada que han urdido el Govern y su mojiganga. Pero aunque comprende uno que cuesta no tomarse a broma todo esto, es preciso dejar que las chirigotas y murgas de Cádiz hagan su trabajo, que en los próximos carnavales promete ser glorioso.

Tratemos el asunto con seriedad. No hubo choque de trenes, como anunciaban los agoreros, sino un solo tren embistiendo ciego contra los topes de la Constitución. No hubo algaradas sangrientas, no hubo multitudes impidiendo a la Guardia Civil desalojar al President y a sus consellers, no ardió Cataluña por encarcelar a nadie ni aplicar el 155, ni siquiera los tractoristas han metido la reja del arado en el asfalto de las autopistas, como deseaban. No ha pasado nada de esto, nada de todo aquello con lo que amenazaban si se hacía cumplir la ley. Sólo hemos visto un rosario de actos grotescos, churroreferendos, recuento de votos en las iglesias mientras la feligresía cantaba meliflua el himno de la Moreneta, votaciones secretas en el Parlament, alcaldes levantando sus varas como en un musical del Paralelo, “butifarradas por la dignidad” y, como final de traca, la huida de Puigdemont y parte de su gobierno a Bélgica con el propósito de fundar allí no se sabe si la República de Saló o la corte de Carlos VII. Les han dejado solos incluso quienes los empujaron a este formidable ridículo (bancos, grandes empresas y medios de comunicación afines y mediopensionistas), y a estas horas buscan desesperadamente cómo olvidarse y hacer olvidar su responsabilidad y su propio ridículo. ¿Cómo? Con frases de repertorio: “El poble de Catalunya”, “Todas las ideas son legítimas” y “La culpa de todo es de Puigdemont y Mariano Rajoy”. Ni hay “poble de Catalunya” (a día de hoy contamos al menos con dos “pobles”), ni todas las ideas son legítimas ni la misma responsabilidad tiene el que incumple la ley que el que la hace cumplir.

Pero volver a enzarzarse en las respuestas nos haría perder el tiempo, y de tiempo es precisamente de lo que ahora no andamos sobrados. Dentro de cuarenta días los catalanes están llamados a votar en unas elecciones autonómicas. Estas elecciones son cruciales, tanto que los golpistas han decidido concurrir a ellas, dejando en papel mojado su “matraca” (el presidiario que aplicó esta palabra al “procés” merecería el indulto por ello).

Podría suceder, desde luego, que en estas elecciones vuelva a ganar el independentismo. Entra dentro de lo posible, porque los que han  sostenido durante años ideas tan insolidarias, xenófobas, jactanciosas, tóxicas y narcisistas, blindados en instituciones y dinero público, no es probable que vayan a tener ahora una iluminación subitánea. En unos días no acabará lo que ha sido obra empeñada y tenaz de años. Al contrario. Es posible que algunos independentistas, al menos los más cínicos (o encanallados), reconozcan el desastre social y económico de sus políticas; es posible que otros, la facción de agrarios cejijuntos, alcancen al menos a avergonzarse del papelón que han hecho sus gobernantes capitalinos; y es posible que la mayoría haya respirado aliviada por salir del bucle: al fin y al cabo, a falta de uno o dos muertos el 1-O, el 155 y media docena de presos son una salida esperanzadora. Por todo ello, seguirán votando lo que han venido votando hasta hoy. Saben, desde luego, como Tejero, Armada o Milans, que han perdido, pero acaso sólo piensen en una política de tierra quemada. Parecen estar diciendo: “De acuerdo: no ha sido posible nuestra República, pero ahí os dejamos una Cataluña sin empresas, las familias rotas, la sociedad dividida y dos generaciones de escolares emponzoñadas”. Más o menos como Giménez Caballero al entrar en Barcelona con las tropas de Franco en 1939: “¿Cataluña? La maté porque era mía”. Porque lo que hoy por hoy han demostrado los independentistas, más que su amor a Cataluña, es su aborrecimiento a España y todo lo español (siempre les quedará el Camp Nou).

Oímos, no obstante, argüir por todas partes: “Si se encarcela a los golpistas (o no se libera a los encarcelados), será un error”. Una vez más “la estrategia del apaciguamiento” (AEspada), llevada al absurdo: si no favorecemos al nacionalismo, este se hará más fuerte. Lo cierto es, por el contrario, que hasta hoy el único diálogo que ha dado sus frutos ha sido el mantenido entre el juez Llarena y la señora Forcadell. Nunca la palabra cárcel ha sido tan persuasiva.

A raíz de las célebres cargas policiales del 1 de octubre en Barcelona, algunas personas “que no pensaban votar”, bajaron a hacerlo al ver las imágenes por televisión, como si se hubieran cargado de razón al verlas. ¿De razón? Alguien está viendo en telivisión, en directo, el saqueo del súper de su barrio. Eso exactamente estaba sucediendo en Cataluña el 1 de octubre, un numero elevado de ciudadanos estaba saqueando la democracia española, a manos llenas, felices con el botín. Nada ni nadie se les oponía: “¡Esto es una fiesta! ¡Lo estamos haciendo pacíficamente!”. Era cierto. Robar salía barato y podía hacerse sin riesgo. Al rato aparecieron, pocos para tanta turba, quienes trataron de impedir, con órdenes judiciales en la mano, los saqueos. Indignados, los saqueadores, se enfrentaron a ellos. Se negaban a interrumpirlos. Una anciana recibió un porrazo en la cabeza, un padre puso entre él y un policía a su hijo de dos años. Y la persona que miraba la televisión, horrorizada por ese niño (no por el padre), por la anciana (no por el delito que ella ayudaba a cometer), decidió bajar a la calle en ese instante y ponerse no del lado de los que pasaban apuros defendiendo la ley, sino de los saqueadores, saqueando él un poquito también, nada, una micra, como recuerdo. 

Sí, los resultados de estas elecciones son inciertos. Josep Borrell ha afirmado que si alguna vez en Cataluña el independentismo llega al 75%, tendremos un problema que habrá que resolver con un referéndum pactado. Admitamos que votamos todos los españoles. No lo duden: como en ese referéndum el resultado sería irrelevante para los independentistas (Cataluña es y será de por vida el 8% de los votantes de España), estos y cuantos esperan “cargarse de razón”, sintiéndose víctimas de la estadística, votarían por la independencia, convencidos de que un “ 60% de independentistas catalanes sería suficiente para arrastrar a nuevas fronteras al 40% restante, mientras que un 90% de españoles no lo es para mantener dentro de las de todos a un 2% de separatistas”, como dice FOvejero. Y por eso, aunque sepan que el independentismo es xenófobo, tóxico y por suerte inviable, en Cataluña votarán por él “incluso los que no pensaban hacerlo”, con tal de causar el mayor daño posible a España. Una vez más. Y lo harán, desde luego, pacíficamente, porque hasta hoy causar ese daño les ha salido gratis. Y eso acaso ocurra en las próximas elecciones.

Y henos de nuevo aquí, con la matraca.


12 de noviembre de 2017

El impostor

SIEMPRE he querido hacerlo, pero nunca me he atrevido. Al llegar a un aeropuerto y traspasar las puertas de la zona restringida, nos damos de bruces con la multitud de los que esperan, parientes, amigos, empleados... Esas puertas van bombeando, como olas, pasajeros de diferentes vuelos. A veces, la gente, cansada de esperar, pregunta con impaciencia a los que llegan: “¿Vienen ustedes de Nueva York, de Tel Aviv, de Buenos Aires?”. Entre esas gentes que esperan suele haber tres, cuatro, cinco que levantan un folio o una cartela donde se leen en bien visibles letras una siglas, una empresa, el nombre de una persona: “Mr. Fraser”, “TCC”, “Hotel Ritz”, “Señor Moltó”... Visten por lo general estos chóferes o subalternos trajes oscuros  a tono con la persona que vienen a buscar, que probablemente creerá ser, puesto  que vienen a recogerlo, muy importante.

La idea se me ocurrió hace años, en un viaje a París. Había ese día una huelga de taxis y transportes y el caos en el Charles De Gaulle era completo. En la zona de espera vi varios de esos tipos y entre ellos uno con un “Sr. García”. Me dije: “Mira por dónde alguien me va a llevar al centro; siempre podré decir que a mí también me esperaban para llevarme al hotel”. Entonces se me ocurrió: así podría empezar una novela, alguien llega a una ciudad y se hace pasar por otro y quienes lo esperan lo toman por quien no es, y el enredo continúa. El cine abordó este argumento en una película hilarante, Bienvenido Mr. Chance (Peter Sellers). En ella un simple jardinero acaba de consejero del presidente de los Estados Unidos, quien lo toma por un hombre prudente y sagaz, aunque sólo es un hombre medio tonto, cuya única virtud es hablar poco, no decir nada y dejar que los demás se lo interpreten.

Bien, yo nunca me he atrevido a hacerme pasar por una de esas personas a las que esperan en los aeropuertos, no he tenido esa audacia. Pero hoy sé que otros lo han hecho, otros lo hacen de continuo, mientras los interpretamos. No hay duda. La mitad de los que ocupan un cargo de responsabilidad son unos impostores. Se han presentado diciendo ser los que no son, y todos les creemos. Sólo así puede explicarse su contumaz incompetencia, blindada en la sangre fría con la que llevan a cabo su sostenida estafa, imperturbables.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de noviembre de 2017]