24 de julio de 2017

Entre ermitaños

EL verano propicia descubrimientos maravillosos. Conocido gracias a la invitación de un amigo, acabamos de volver de  uno de los lugares más idílicos que nadie pueda imaginar. Se encuentra, cómo no, en el inagotable Portugal, entre árboles centenarios y el canto concertado de los pájaros. Fue São Paulo en el siglo XVIII un importante monasterio. La prosperidad multiplicó sus construcciones y realzó la magnificencia de claustros, fuentes y patios con miles de azulejos portentosos en los que se glosa la vida de algunos ermitaños...
Hasta ese paraje remoto y escondido entre fragas poco accesibles y convertido hoy en hotel de lujo, llegan de todas partes algunos viajeros buscando apartamiento y un poco de reposo. La primera representación mural con la que nos tropezamos a la entrada fue, precisamente, la de un monje. Se lleva el índice a los labios y “Silentio” es la palabra latina que sale de ellos como una mariposa. Paredes encaladas, lajas de pizarra, dinteles de mármol rosa de Villaviçosa han sido respetados con escrupuloso mimo. La ilusión de seguir en el siglo XVIII acaba pronto, sin embargo. A los apenas veinte huéspedes que pueden disfrutar de aquellos vastos y laberínticos dominios, lo primero que acaso les sorprenda es el contraste: la vida rigurosa de los antiguos eremitas ha dado paso al aire acondicionado, televisiones de plasma, wifi, sábanas y manteles de hilo, piscinas de aguas transparentes, sazonados bastimentos y vinos escogidos en las mejores bodegas del Alentejo servidos por discreta y esmerada servidumbre, y las celdas que ayer conocieron ayunos, cilicios y disciplinas hoy acunan hedonistas abrazos.
Alguien, incluso, ha querido ir más lejos: a la vista de todos han colgado un cuadro dizque pop de grandes dimensiones. En él una mujer desnuda se entrega a ensoñaciones voluptuosas, allí, se diría, un tanto inadecuadas. Cerca, en los azulejos, escenas  conocidas de Onofre, de María Egipciaca, de Antonio Abad. En esta el demonio tienta al padre del desierto por medio de una mujer que sale huyendo. Hace años que los viejos monasterios se vaciaron de monjes y parece que de no llenarlos con turistas, muchos de ellos se vendrían abajo. Todo esto es cierto, pero vamos a menos. Ya no hay santos que desalojen de nuestra vida los cuadros malos. 

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de julio de 2017]

8 de julio de 2017

En una gran ciudad

¿CÓMO serán nuestras ciudades dentro de cincuenta años?  La mayor parte de las predicciones que oímos de niños quedaron muy lejos de la realidad. Recordemos únicamente cuatro de las utopías más circuladas entonces: nos alimentaríamos, como los cosmonautas, con píldoras, erradicándose así el hambre en el mundo; nuestras ropas estarían confeccionadas con tejidos   indestructibles que nos defenderían tanto del frío como del calor; la amenaza de las invasiones marcianas uniría a las naciones del nuestro en una federación idílica y, por último, en veinte o treinta años a más tardar, los coches volarían. Sin embargo, en lo que respecta a estas anticipaciones, lanzadas desde laboratorios y universidades, seguimos como en la Edad Media, y hambrunas, dislocamientos climáticos y guerras devastadoras siguen campando por sus respetos, y nos pasamos la vida en los atascos. ¿Y las ciudades? ¿Cómo se pensaba que serían?

Estaban llamadas a convertirse en lugares donde sería fácil ganarse el pan y gastarse el excedente de los salarios de forma divertida y excitante. Pero en este punto  sucedió lo imprevisto, y apareció el teocrático, belicoso, hostil Islam. Hasta entonces los países árabes, que salían de la tutela colonial, apenas eran otra cosa que decorados de Lawrence de Arabia. Desde hace apenas diez años no hay estadio de fútbol, discoteca, bulevar concurrido, mercado, metro, tren o templo, donde uno o varios fanáticos no puedan sembrar el terror.

Ignacio Echeverría, el joven que perdió su vida tratando de salvar la de una mujer atacada por unos islamitas, se había mudado a Londres hacía un año atraído por las promesas que ofrece una metrópolis. Lo que le convierte en héroe fue que corrió hacia el peligro, en defensa de una desconocida, en vez de huir de él. El primer impulso de los que no tenemos su valor sería acaso buscar refugio en pueblos, villas y despoblados y dejar nuestras ciudades a merced de quienes querrían convertirlas en menos aún que las ruinas de Palmira. Pero ahí estaba ese muchacho dispuesto a defender con su vida estadios, discotecas y mercados, pero también museos, teatros, bibliotecas y todo aquello que da sentido a la nuestra, esas cosas que sólo son posibles en una gran ciudad y sólo en una gran ciudad.
   
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de julio de 2017)

2 de julio de 2017

El sino de los tiempos

LA célebre frase de d’Ors a propósito de las conferencias se ha hecho real incluso en las pequeñas capitales de provincia: cada tarde, o la da uno o se la dan a él. Con frecuencia tienen lugar en sótanos tristísimos que parecen refugios antiaéreos, pero también en auditorios amplios y suntuosos. En todas, sin embargo, hay algo común: el público. El 90% de los asistentes a una conferencia tiene más de sesenta años, sólo un 0,5% son menores de treinta, y el 70%  son mujeres. Más o menos. 

Los organizadores se desesperan, porque querrían atraer a los jóvenes a esas actividades, les parece un crimen que no se aprovechen del conocimiento que se les brinda casi siempre de forma gratuita, y para ello recurren en ocasiones a reclamos estúpidos, de feria barata: la última, la del Rijksmuseum, hace unas semanas, permitiendo al visitante número diez millones dormir una noche frente a la Ronda nocturna de Rembrandt, en cama puesta para la ocasión frente al cuadro, con mesilla y botella de champán, como en un meublé), que únicamente sirven para degradar la inteligencia y el esfuerzo de los mejores. Es el sino de los tiempos.

La novela se ha ocupado a menudo de ese personaje que percibe su época como un tiempo en declive, y a sí mismo como un superviviente. En unos casos este se rebelará contra tal aciago sino, tratando unas veces  de restaurar la edad dorada, tal y como le sucede a don Quijote,  y otras, por el contrario, como a Nikolái Andréievich, el viejo príncipe Bolkonski de Guerra y paz, que se recluyó en su palacio, de espaldas al mundo, sólo para esperar su muerte. A la mayoría de los mortales que vamos llegando a esa edad que  llaman provecta, nos acometen, sin duda por falta de una personalidad definida, ambos sentimientos contradictorios: unos días se revolvería furioso uno contra el desorden de las cosas, tratando de restablecer la armonía del universo, y otros se encoge de hombros y desea que ese mismo mundo desordenado se ahogue en su propia estupidez  como el Titanic en las aguas heladas del océano. ¿Qué hacen, mientras, todos los que no son ese 0,5%? De momento siguen, arrobados, como corresponde a su edad, al famoso flautista de Hamelín, conocido también como Diablo Cojuelo. Por eso, debería cuidarse más a ese  0,5%, que son la inmensa minoría, la única que importa.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 2 de julio de 2017]