14 de mayo de 2017

La estafeta romántica

UNO de los cuarenta y seis Episodios Nacionales se titula así: La estafeta romántica. La novela está contada a través de las cartas que una docena de personajes se cruzan por media España. Es fascinante la novela y asombrosa, genial, la pericia de Galdós  para embelesarnos, como si nos llevara embebidos o con baba de buey (que así se les llamaba en Castilla a esos hilillos de araña que andan flotando por el aire, dando a entender que llevar a alguien con ronzal tan sutil es conducirlo sin esfuerzo).

Y lo primero que se nos viene a la memoria son aquellos tiempos en que la gente escribía cartas que tardaban días, semanas, meses en llegar. Internet ha hecho del presente  algo abrumador, invasivo. “En vivo y en directo” es lema de periódicos e informativos, casi una caricatura. En el momento en que los personajes de esa novela galdosiana rasgan el sobrescrito y leen la carta, todo lo que se cuenta en ella puede ser ya historia, agua pasada. Los hechos tienen, pues, la importancia relativa que tienen y los corresponsales aprovechan para expresar en ellas sentimientos, ideas, temores y esperanzas intemporales, a las que no atropellen las circunstancias. Busquen, lean y admírense de las Cartas privadas de emigrantes de Indias que hace años recopiló Enrique Otte. Las escribieron a finales del siglo XVI y principios del XVII indianos a los que se les desgarraba el corazón pensando en sus lejanos seres queridos.  No menos románticas que las novelescas de Galdós, están sembradas de informaciones veraces, exactas, preciosas de la realidad. Son, con el Quijote, el gran tesoro de la lengua castellana por su emoción y naturalidad, sentimientos que tienen que ver más con la vida que con la literatura, o si prefieren, que nos enseñan a hacer que la literatura sea algo más que literatura, por lo mismo que las cartas galdosianas hacen que pensemos, sobre todo, que la literatura vale poco si no es vida.Va leyendo uno La estafeta romántica y estas cartas de indianos. No podemos dejar de sentir cuántas cosas nos ha dado internet, y cuántas nos ha quitado. A nuestro móvil llegan por whatsapp, puntuales, perentorios, los sucesos, pero paradójicamente estos nos hacen sentir nostalgia de aquellas largas cartas que llegando con días, semanas, meses de retraso, traían un providencial alijo de palabras imperecederas.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de mayo de 2017]

6 comentarios:

  1. Certero. Leo el artículo a las 7:12 y sé que me ayuda a encauzar el día que comienza. No sabe cómo lo agradezco, antes conducir hasta el trabajo.

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  2. Las cartas tienen algo especial que ni el teléfono ni internet alcanzan. Lo que se dice permanece y quien la escribe sabe de antemano la repercusión del mensaje y mide las palabras que a viva voz podrían en cambio haber originado malos entendidos, omisiones inoportunas o memorias tergiversadas, si el interlocutor decide hacer trampa. En el papel la huella de la escritura se mantiene indefinidamente y permite repasar y buscar nuevas interpretaciones, sondear matices insinuados que en la primera lectura no se descubrieron, soñar, incluso, con lo que no se nos dice explícitamente y la intuición se obstina en especular, como si en un último momento razones externas hubieran obligado a renunciar al remitente a unos renglones explicativos que hubiéramos necesitado.

    De la novela "La semilla inglesa" (José Cancio)

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  3. Me dan ustedes envidia, seguro que don Benito Pérez Galdós fue un buen escritor, pero nunca supe disfrutar de él y por más que lo intento se me cae de las manos. Y lo peor es que no sé si esto es natural o me lo han influido, con tanto hablar del "garbancero" y de su vulgaridad. Un contador de historias, ya sé, pero eso también lo era mi abuelo, cuando yo era niña, sentado al borde de la cama. Bueno, soy terca, insistiré hasta conseguir esa iluminación... o renunciar.

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  4. Está hoy fuera de duda que tanto con Ariadna como con Ifigenia tuvo don Benito relación duradera y trato asiduo, aunque de muy distinta índole. Hijas del millonario marchante parisino Ferdinand d'Eauxbonnes (aunque de distinto matrimonio), gozaban ambas de excedentes de ocio y capital que dedicar generosamente a su amigo Galdós (palabra que en la lengua catalana equivale a nuestro adjetivo "penoso"). Mientras que la seria, culta, morena, relamida y locuaz Ariadna contaba su infancia y juventud a don Benito en largas tardes de té y brasero, estimulando el venero narrativo del escritor, a la rebelde y rubia Ifigenia, algo mayor que su hermana espuria, la dormían las dicharacheras consejas de don Bendito (así lo llamaba con sorna benévolamente aceptada por el motejado) y no buscaba en él otra cosa que estimular su rijo y arrastrarlo a coyundas que ella hacía siempre convulsivas y violentas, con pérdida del habla articulada y del control muscular, haciendo gala en ellas de un joder vengativo y rencoroso en el que parecía reivindicarse de ofensas masculinas tan inveteradas como el pecado original. Don Benito solía salir de aquellos encuentros marcado con magulladuras y lesiones contusas o inciso-contusas que, dolorido pero jactancioso, no se molestaba en ocultar y que no vacilaba en considerar en su fuero interno como una categoría nada desdeñable de episodios nacionales.

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  5. “Y lo primero que se nos viene a la memoria son aquellos tiempos en que la gente escribía cartas que tardaban días, semanas, meses en llegar. […] Busquen, lean y admírense de las Cartas privadas de emigrantes de Indias que hace años recopiló Enrique Otte. Las escribieron a finales del siglo XVI y principios del XVII indianos a los que se les desgarraba el corazón pensando en sus lejanos seres queridos. No menos románticas que las novelescas de Galdós, están sembradas de informaciones veraces, exactas, preciosas de la realidad. Son, con el Quijote [y, disculpen, las muchas páginas de Ferlosio vivo], el gran tesoro de la lengua castellana por su emoción y naturalidad, sentimientos que tienen que ver más con la vida [viva, cuando aún no se le había ocurrido a ningún científico dataísta la teoría explicativa, inmensamente sórdida y probablemente veraz, de que ésta, la vida y nosotros, no pasamos de ser putos algoritmos] que con la literatura, o si prefieren, que nos enseñan a hacer que la literatura sea algo más que literatura, por lo mismo que las cartas galdosianas hacen que pensemos, sobre todo, que la literatura vale poco si no es vida. […] A nuestro móvil llegan por whatsapp, puntuales, perentorios, los sucesos, pero paradójicamente estos nos hacen sentir nostalgia de aquellas largas cartas que llegando con días, semanas, meses de retraso, traían un providencial alijo de palabras imperecederas [con sustancia, no como la insípida inmensa morralla algorítmica de ahora; y, con todo, no quiero dejar de decirlo, prevalece aún veraz cierto optimismo racional e ilustrado, nada romántico. Todo complicadísimo].”

    P.S.: Hablando de cartas. Acaban de reeditar el precioso librito `Cartas desde el dolor´, ahí aún ofrece Mounier razones románticas, aunque, paradójicamente, veraces contra los sórdidos algoritmos que llegan.

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  6. Diga lo que diga ese Aquiles sin Iliada, Galdós era magistral y convincente creando caracteres, aunque su lenguaje sea algo insulso.
    No diré que me agrada lo que ha escrito Achille, pero los he visto peores. Al menos no recurre al cliché de la tonta obediente. Quiere ser grosero, escandalizar, poner por escrito sus fantasías. Sé poco de la vida de Galdós, pero supongo que esas dos hermanas nunca existieron. La biografía y el documental falsos son un género concurrido. Me acuerdo del muy brillante Zelig de Woody Allen.

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