6 de marzo de 2017

Un par de zapatos

HA tenido uno que tirar a la basura su mejor par de zapatos. Eran de una piel excelente, ennoblecida por betunes de gran calidad y el cuidado que dispensamos a tesoros que tememos perder por demasiado expuestos. Les evité en lo posible lluvias, lodos y malos caminos, pero cuando tuvieron que arrostrar unas y otros se condujeron con una lealtad y abnegación propias sólo de servidores ejemplares. Me llevaron por medio mundo y de no haber sobrevenido un hecho insólito, habría creído que durarían otros veinte años. ¿Qué ha sucedido entonces? 

En 1886 Van Gogh pintó dos botas viejas, deformadas por el uso, pero cargadas de significaciones simbólicas y sentimentales. Tituló su cuadro “Un par de zapatos”. A esa pintura dedicó Heidegger un conocido ensayo sobre la obra de arte. El filósofo las creyó de una labradora, pero esta atribución errónea no desvió el tino de sus intuiciones. Hoy sabemos que las botas eran del propio Vincent, y nos conmueve el amor, el cuidado, la delicadeza con que las retrató, pues de un verdadero retrato hablamos. No hubiera puesto Van Gogh en el de un príncipe o una joven más amor, cuidado y delicadeza: reconocía pintándolas todo lo que les debía, todo lo que le acompañaron cuando, tras días duros de trabajo y de inclemencias, a la intemperie, las dejaba junto a su angosto lecho. Allí habían de parecerle dos viejos gatos tan desvalidos y reumáticos como él, dándose compañía, lo más humano en aquel cuarto de pensión barata.

El primer zapatero remendón al que llevé los míos, lo advirtió: “Yo le pego la suela, pero no servirá de nada”. Acertó. El segundo, un hombre de ciencia, dio la explicación adecuada: las suelas de goma del calzado actual están  sujetas a una obsolescencia programada, y llegado el momento, los polímeros se desintegran.  ¿Y cosiendo, acaso, como se hacía antiguamente, antes de que hubiera polímeros en el mundo? Vea usted, mis zapatos están nuevos, imploraba. Nada que hacer. Ha sido la nuestra una despedida tristísima. Sentí vergüenza por no estar a la altura de los servicios que me habían prestado, y puedo asegurar que antes de darlos a la basura, mis zapatos me miraron fijamente, como ese perro fiel y leal al que su dueño va abandonar con manifiesta cobardía en una carretera solitaria.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 5 de marzo de 2017]

13 comentarios:

  1. Cuántas injusticias cometemos con las cosas, los objetos que nos sirven -y el hecho de ser inertes no nos justifica-. El coche de mi vida, en que viajaron mis hijas primero en sillitas de bebé y luego en alzadores; el coche que me llevaba a trabajar y al campo y a la playa y a mil sitios sin fallarme nunca hasta el final; el coche en cuya trasera viajaba alegremente mi perra; el coche fiel que por mí desafió tormentas y nevadas y soles implacables..., a ese amigo lo llevé la semana pasada al (¡da vergüenza escribirlo!)... desguace.

    ¿Cabe mayor injusticia?

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  2. Mis zapatos me acompañan en los avatares de la vida. Son el símbolo de la empatía que siento por mí misma. Tengo suerte, mis pies y mi forma de caminar son agradecidos, así que, tras miles y miles de pasos y algún remozado en "Mr Perfect" (remendón elegante,con ínfulas de maitre de hotel de lujo),mis zapatos van a otros pies, otras vidas caminan dentro de ellos.

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  3. No solo zapatos, ahora el cuero es falso y el paño también, tengo ropa de hace 20 años que ya no se encuentra, todavía conservo dos pares de Camper de hace 10 años que tengo como oro en paño, son de verano y espero duren lo que me quede de vida.
    Lo mismo pasa con la lana, todo lo que va a contenedores de Caritas se vende para reciclar, no va a los pobres, el algodón también se recicla, así que compras un jersey de lana de 100€ y te dura 3 meses, si quieres un jersey buene tienes que gastarte 400 € en uno de cachemir, cerca de donde vivo hay una granja de vicuñas que es un camelido que da una lana excelente pero desconozco el precio, así que las prendas de lana antiguas las dosifico.
    En Barcelona se que hay unos artesanos de botines que venden a los artistas y vip, te las hacen a medida y molan , vivimos un fake que no es normal, y marcas de confianza de siempre te venden basura como si fuera excelente.
    Una gabardina Burberry de las que estuvieron de moda hace 40 años vale 3000 €, yo tenia un reloj Omega que me costo 80000 pesetas, mire hace poco uno similar y costaba 3500 €, el low cost es de usar y tirar, las cosas buenas han subido una barbaridad
    Los coches son más baratos y mejores que hace 30 años, pero ya no llevan cromados y han cambiado acero por plástico no siempre fino.

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  4. En fin, Andrés, ante una pieza como ésta sólo nos queda a los lectores dar, también, las gracias.

    David Fdez.

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  5. ¿Sólo hechos?, de acuerdo; cuánta impostura y a cuántos impostores nos quitaríamos de encima si procediéramos así de fácticos. La razón se quedaría donde debe, en su prioritario lugar, en el papel crucial que en todo lo humano siempre está destinada a tener, y nunca se ensoberbecería hasta el ridículo de no reconocer sus límites, aceptaría pues siempre su límite hasta el “milagro” de llegar a cuestionarse a sí misma, y no confundiría tampoco nunca con los hechos las meras hipótesis ni las fantasiosas teorías que tan fácil circulan por los cerebros jacobinos como si no hubiera existido nunca Galileo. Muchas palabras no coinciden nunca con los hechos, ni con las cosas. Junto a la del dolor del amor y la vida, que decía la semana pasada FS, ésta es otra de las cosas que hay que decirles lo antes posible a los adolescentes para que no se amarguen la vida ni el amor. Las cosas, pues, y las palabras; nunca al revés, que se acaba mal. Pero dicho esto, algunas veces, las de la verdad, las cosas se hacen aún más verdaderas con las palabras. En cuestión de zapatos, yo ya nunca puedo quitarme de la cabeza nuestro origen puesto de manifiesto por aquella verdad de los años cincuenta que le leí a Emmanuel Mounier en los noventa: “Nuestros abuelos, siempre con tierra en los zapatos.”
    Onagro

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  6. Le acompaño en el sentimiento zapateril, pero doy por bien empleada la pérdida: me parece que es uno de sus mejores artículos vanguardistas. Gracias.
    J. Ángel Gómez

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  7. Mis zapatos los compré hace más de treinta años y fueron un portaminas negro que desde entonces conduce mis manos por el papel, como los zapatos llevan a los pies por las aceras. Nunca tuve que reponerle los cordones ni necesitó medias suelas ni ha estado expuesto a la impericia de zapateros precipitados. Su cuidado solo consiste en no olvidarlo en una mesa ajena, lo cual es muy poca exigencia para tanta fidelidad.

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  8. Un réquiem precioso a unos zapatos leales que se lo merecían.

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  9. Charlot (el personaje) era muy pobre para tirarlos a la basura. Cuando ya no le servían para andar, se los comía.

    Incluidos los cordones, como si fueran espagueti.

    Y aparte, fingía dos danzarines zapatitos usando suculentos panecillos. Aunque eso sólo era en sus sueños...

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  10. Cuando los primates empiezan a perder pelo y nudosidades en las extremidades, en su evolución hacia H. sapiens, resuelven algunos problemas, como el de deambular frescos por la sabana y mantener a raya a los parásitos corporales, pero crean otros no menos serios: la sensibilidad y el dolor de los pies al caminar sobre ramas desgajadas y guijarros. Los zapatos son nuestra base, nuestro pedestal en el mundo y también nuestro aislamiento de él. Los primeros usuarios de zapatos debieron ser los germánicos y nórdicos que sólo embolsando sus pies en trozos de pellejo de reno o de oso podían vivir sobre el hielo muchos meses al año. Estas bolsas fueron el precursor del zapato. Los pueblos mediterráneos no tenían un problema tan grave. El crecido callo era suficiente para tolerar las irregularidades del terreno. A principios del Neolítico el calzado estaba generalizado en todo el mundo conocido, aunque en climas benévolos solo las clases dirigentes los usaban, como está documentado en Egipto. Pero el embolsamiento de los pies en pieles animales debe datar al menos de -15.000 años.
    En nuestros delicados pies actuales, sin nudosidades, pelos ni callos, el material del zapato ha de ser recio, puesto que duros y hostiles son las piedras, los terrones y los pinchos vegetales. Pero si el material es recio también puede causar rozaduras y heridas molestas. De ahí que un par de zapatos bien hechos, firmes, duraderos y que no molestan son una bendición que merece perdurar. Se comprende perfectamente el aprecio del señor Trapiello por los suyos, ahora que afortunadamente no necesitamos ser faraones ni saderdotisas de Cnossos para servirnos de ellos. (Por cierto, creo que es importada la expresión "ponerse en los zapatos de otro", por "ponerse en su lugar").

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  11. “No nos sostiene tanto la fe en el futuro como la que tengamos en los recuerdos. Un escritor [y un hombre verdadero] lo fía todo a lo que recuerda. Se ha dicho que la patria de un hombre es su infancia. No, hoy lo sé: el único lugar en que está a salvo es en sus recuerdos, la única ciudadela por donde puede él circular libremente, sin pasaporte y sin temor a las invasiones bárbaras.” SPP 20, pág. 95.

    Aquí van unos corolarios y razones de apoyo a esa de arriba que tengo por verdad axiomática:
    -El alma de los recuerdos son las separaciones.
    -De ahí pues la prioridad del dolor, con su incapacidad sustantiva para las posturitas, sobre el gozo, en el que, por el contrario, tanto proliferación las falaces fantasías. .
    -Ergo la dominancia del pasado sobre el futuro.
    -De todo ello, se infiere que se recuerda justo para poder volver; para llevar el futuro al pasado; poder pagar allí alguna antigua deuda y que el recuerda vuelva a vivirse mejorado.
    -Ahí ancla también la mejor religión, y esa creo que es la única razón vital para creer en Dios. Poder volver con más MISERICORDIA a la vida.

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  12. King Xerxes, con tu explicación, nos acabas de dejar a la altura del betún.

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  13. En Cuba hace 15 años escuché la expresión "Te quiero más que a mis zapatos viejos", que en España dejó de utilizarse y que allí quedó de la época colonial.

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