26 de diciembre de 2016

¿Sueño o pesadilla?

HACE cien años, allá en el siglo pasado, 1995, nos invitaron a quince o veinte escritores españoles a visitar La Habana. En aquel momento el régimen  comunista tenía tres grandes ideales. Los ideales de un régimen comunista son inapelables. Aquellos tres ideales eran además tres grandes problemas: desayuno, comida y cena. La población no comía. Se pasaban la vida haciendo colas en economatos vacíos o en mercados adonde sólo llegaban casquerías pestilentes, manos de cerdo y unas achicorias buenas, decían, para las purgas. O sea, todo simbolismo. Claro que el comunismo aprieta pero no ahoga, porque la gente tampoco tenía dientes. No he visto tantas bocas  desdentadas  en ninguna otra parte del mundo, llamativas, para mí al menos, en tantas mujeres y hombres sobre todo jóvenes. La Revolución pasó entonces de mamar de la teta del rublo a la del dólar, tras parasitar unos años la del bolívar.

Los escritores españoles de aquella expedición formamos dos grupos: a favor de Fidel (lo llamaban así, con familiaridad un tanto repulsiva y servil), y en contra de Castro. Entre los que estaban a favor los había de dos clases: los fanáticos (divididos a su vez en cínicos y siniestros) y los desengañados, como un escritor catalán. Había visitado la isla en los años sesenta con otros escritores, y el régimen les pagó el fervor con eufemismos: la prostitución se nacionalizó con el nombre de amor libre, y  les metieron gratis las prostitutas en la cama. Ese hombre se pasó gimoteando quince días. Daba pena: “Pero Fidel ha hecho algunas cosas buenas por los cubanos”. Claro, y por los escritores e intelectuales de izquierdas en visita oficial... 

“Desde luego que ha hecho algunas cosas buenas... morirse”, habría dicho Cabrera Infante. Recordó cada día que vivió a aquellos millones de exiliados cubanos, como él y su mujer, que esperaban en vano a que Castro muriera (incluso en su cama, como Franco), para poder morir ellos donde nacieron, donde no se les dejó vivir. Los periódicos españoles han contado la notica: “Ha muerto Fidel Castro, símbolo del sueño revolucionario”.  ¿Por qué se le llama sueño a lo que ha sido una de las más sórdidas pesadillas del siglo XX? Este es un ejemplo más de cómo el blanqueo de la Historia suele empezar escogiendo con mimo las palabras. Y del oportuno olvido al oportunismo hay sólo un paso. Como vemos también aquí.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de diciembre de 2016]

22 de diciembre de 2016

Niño dios

ACABA JMBonet de enviarnos el crismas de una galería de Sâo Paulo. "De lo mejor que he visto suyo", nos dice. Fue nuestro amigo quien hace años le descubrió a uno Masao Yamamoto, una de cuyas fotos aparece en la cubierta del libro de Pre-Textos Nosotros los solitarios. No se me ocurre una manera mejor de desearles a lxs lectores de Hflexia un feliz Año. En el original paulino, al pinchar en la foto, aparece un pequeño prodigio. Yo ese milagro no sé hacerlo aquí, pero sí poner el enlace: 
http://galeriamarceloguarnieri.us8.list-manage1.com/track/click?u=b1474c4e799dcdf0c3055287f&id=8ef9f3247d&e=a872e2b3c9

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12 de diciembre de 2016

El premio que me tienes prometido

CADA año el Ministerio de Cultura concede unos cuantos premios nacionales a escritorxs y artistas, y estos, en general, los estiman en mucho. Han recaído a veces en obras y personas que los merecían y otras muchas más en quienes no, en la misma proporción que se da en la naturaleza lo bueno, lo malo y lo mediocre. Cuando el premio se lo han dado a alguien a quien estimo, me he alegrado, pero  nunca he creído que  el cometido del Estado fuera decretar qué obras literarias son mejores que otras, por lo mismo que no hay premios nacionales al mejor funcionario, médico o jornalero. El Estado, que no tiene competencias estéticas, está para aplicar buenas políticas en sanidad o en transportes públicos, no para hacer de espejito de la madrastra de Blancanieves.

“Pero hay un jurado que lo decide”, arguyen. Sí, nombrado por el Estado, que  es como si en un juicio el jurado lo nombrara el señor Lynch: lo probable es que a ese acusado lo acabaran linchando. Este año el Ministerio se ha retractado y ha desposeído al carmelita Luis de Baraizarra, miembro de la Real Academia de la Lengua Vasca, del premio nacional que acababan de concederle por su traducción de las obras de Santa Teresa al vascuence. Las bases dicen que las traducciones han de serlo de una lengua extranjera a una lengua nacional, el castellano es una lengua nacional, ergo...  Sólo uno de los  jueces, miembro también de la Academia Vasca y compañero del premiado, sabía vascuence. ¿Qué dirían de esto los otros miembros y miembras del jurado? ¿Y cuántos vascos leerán ese libro en vascuence, o dicho de otro modo: cuántos vascos no podrían leerlo en castellano? No piensa uno hoy en si esos premios son legítimos, necesarios o de alguna utilidad pública. Hoy sólo pienso en ese reverendo carmelita. Ha comentado sentirse “como un niño al que se quita un caramelo”, y añadió: “Tenía que pasarme esto a mí”. Me imagino al buen fraile repitiendo los versos de nuestra santa: “No me mueve, mi Dios, para quererte / el premio que me tienes prometido... Pero, caramba, eso no se me hace a mí”. Durante años fue uno bastante beligerante reclamando  la supresión de estos premios. Ahora ya no. Ahora tiende uno a verlos como juego de niños, porque incluso cundo tienen, como aquí, un lado esperpéntico, despiertan un poco de ternura.

  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia  el 11 de diciembre de 2016]

8 de diciembre de 2016

El artista y la mamá

CON apenas dos días de diferencia, han llegado a uno estos dos enlaces. Uno, un artículo. Como hacía lo menos quince años que no leía nada de su autor, lo primero que pensé es que se trataba de una parodia, porque se me había olvidado que alguien pudiera escribir así.
El segundo enlace remite a una entrevista en la que ese hombre dice: "Quizá una de las personas que de forma más vil trató de hacerme daño en aquella juventud fue Andrés Trapiello, que me ridiculizaba en sus diarios de todas las maneras habidas y por haber. Aun así, encajé aquello deportivamente, hasta que un día llegó a hacer un retrato esperpéntico de mi madre, a la que no conocía de nada y vio un día fugazmente porque nos encontramos con él en la calle… Le debió de parecer una paleta, una señora provinciana. Hizo de ella un retrato repugnante"
Para que yo hubiera tenido interés en hacerle daño a alguien tendrían que haber pasado cosas muy graves, y aun así no creo que me dedicara a ese menester. Para que hubiera querido hacérselo en especial a ese hombre, tendría que haberme vuelto completamente idiota, porque no creo que nadie pudiera perjudicarle más de lo que se perjudica él mismo con toda esa gran prosa que escribe. ¿Y por qué querría perjudicarle? Comprendo que Umbral perdiera el sueño para siempre, cuando advirtió que había llegado alguien que lo desbancaría, y Cela, incluso Paul Newman. Ahora, ¿yo, más allá de pasear el despejo a lo largo del camino? En cuanto a su madre, la conocí no en la calle, como dice, sino en el piso que había sido de RGaya, y no recuerdo de ella nada que justificara el dedicarle un minuto de atención, más allá de ese minuto.  Estuve con ella y su hijo lo menos dos horas, que en ese caso no valieron lo que un minuto. Sólo eso, una pérdida de tiempo.  Como todo el mundo sabe, esos que algunos llaman diarios son una novela, y quizá a lo que se refiere ese hombre es a este fragmento de Siete moderno, publicado en 2003 y referido a hechos de 1998. Y por supuesto, como lo que sigue es una novela, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. 
Alguna vez más me he ocupado del personaje, creo, pero pocas, y hace lo menos diez años. No da para mucho. Me parece que sus recuerdos se refieren a un solo día, como el surrealista Bloomsday. Yo no sé como novela qué valor tienen esos libros; ahora, en este caso, como crónica no es muy buena; la realidad, si no recuerdo mal, fue bastante más increíble, incluida aquella buena señora a quien el piso en que RG. había vivido algunos años y pintado centenares de obras obras parecía una "cochiquera de mala muerte". Era un piso modesto, cierto, pero con muchísimo encanto en una casa humilde y popular de finales del XVII. La verdad es que podía haber hecho uno del artista y de aquella señora un "retrato" (no llega ni a esquicio) más sombrío, incluso esperpéntico, como dice su hijo, pero, acaso por contagio de Gaya, todo quedó en una acuarela bastante respetuosa, para lo que fue. Y no, a mí las mujeres de la provincia me han gustado siempre mucho (mi propia madre lo es), y no sé si esa mujer era o no paleta, ni me importa lo más mínimo. Su hijo sabrá, si lo dice. 

DE SIETE MODERNO, 2003

CON el dinero del premio quería comprarse una casa en Madrid, dejar para siempre *** y empezar aquí su nueva y fulgurante carrera de escritor profesional. Los jóvenes de provincias quieren conquistar la capital, como los escritores latinoamericanos aspiran a rendir París, a ser posible con la ayuda de un carguito en la embajada de su país.
Como suele hacerse en tales casos, preguntó el joven a unos y otros si tenían noticia de alguna casa en venta, y uno le habló de cierto piso, en la calle de Cuchilleros, que los G. habían dejado deshabitado y puesto a la venta hace unos meses. 
Yo pensaba que, de ese modo, si lo compraba X, acaso pudiera uno visitar un lugar en el que tan buenos momentos ha pasado estos años, y donde se han pintado algunos de los más hermosos cuadros de este tiempo.
Es un piso precioso, en el Madrid antiguo, en esa calle donde las cosas que pasan salen en Galdós, frente a Botín, el restaurante de cochinillos góticos. Las reformas que hubiera que hacer en él son mínimas, pues se ha puesto a la venta ya obrado y con la pintura todavía fresca en paredes y puertas.
Guarda uno de aquella casa muchos y gratos recuerdos. Está en una de esas viejas y humildes casas del Madrid castizo, que parecen sostenerse apoyándose en la que tienen al lado, no por falta de salud, sino por exceso de coquetería, como esos ancianos que en cuanto ven a una joven bonita cerca, la toman del brazo con la excusa de asegurar sus pasos.
S. M., el músico amigo de R. G., decía que la escalera, cuyos peldaños tienen todos alturas y anchos diferentes, era una “escalera cromática”, atonal, porque es, en escaleras, lo más parecido a una escala de Stravinsky. 
X me encareció que le acompañara a verlo. Después de lo que le dijo a uno X, de que iba poniéndole a uno verde por ahí, no pudo por menos que preguntarse lo que Protágoras: ¿Cuánto de lo que vemos es real? Así que decidí, mientras tanto, no dar más crédito que a lo que veían mis ojos, y aun esto, para ponerlo en entredicho. Así que allí se fue uno, al apartamento de la calle de Cuchilleros.
Al entrar en él y hallarlo vacío, tuvo uno una extraña reacción: los recuerdos suplieron la falta de muebles, de cuadros, de libros, y aquellos cuartos vacíos, olorosos a limpio, se saturaron de todos los sen­­ti­mientos recientes y lejanos. Era como una parábola del mundo ver que algo en lo que había tanto de la vida pasada, se desvanecía ante mis propios ojos, y que se deshacía de una manera ordenada, sin drama, sin aspavientos, oliendo a detergente, a agua limpia, a temple recién puesto en las paredes.
Con X venía su madre, y allí, viéndoles juntos, parecían el artista y la mamá. En la casa nos esperaba T. Mientras los posibles compradores inspeccionaban la casa con sus propios ojos, buscando pros y contras conforme a sus gustos y necesidades, uno se dedicó a pasear por las habitaciones vacías con la cabeza puesta en los días pasados. Se diría que ensoñaba el pasado. Madre e hijo llevaban todo el día mirando pisos. Yo creo que la mirada la traían acaso confusa, empastada, como las paletas de los pintores inexpertos. A la mujer le escandalizaban mucho los precios de los pisos en Madrid, si los comparaba con los de su vieja y levítica ciudad de provincias. Con el dinero que allí serviría para mercar uno holgado y hermoso, nuevo, “a estrenar”, y echaba mano de esta expresión como quien ha de despedirse de El Dorado, en Madrid no le dan a uno más que “cochiqueras de mala muerte”, sentenció con pena.Y en eso tiene razón. Pero la carrera del hijo se ve que exige notables sacrificios, y todos estarán bien empleados si consiguen hacer de él una gloria nacional, un nuevo Cela, un nuevo Umbral, y, por qué no, qué o quién nos estorbará soñar, un flamante académico de la Lengua y, mañana, un premio Nobel. 
De vez en cuando la señora le miraba a uno bastante intrigada. Inspeccionaba también con atención todos los rincones. T. y yo supimos, desde el primer momento, que no se quedarían con él. Mientras seguían mirando, yo hablaba con T. T. fue la que crió a G. y, en parte, a R., y ahora trabaja con los G. Somos, como quien dice, una pequeña familia.
Para que no se sintieran espiados, les dejábamos todo el tiempo solos. Entraban ellos en una habitación, y salíamos nosotros. Fue como uno de esos bailes de gran salón. Aparecían ellos por una puerta, y nos esfumábamos por otra, y de ese modo completamos dos o tres rondas. Los cuchicheos iban por el fondo, con su roce de insectos.
La señora estaba muy agitada, quizá pensaba que el hijo se había comprometido demasiado. Uno les recordaba, eh, sin compromiso. Y ellos decían, ya, pero no estaban cómodos. El hijo procuraba mantenerse al margen, dejando a la mamá como coronela de las operaciones. La mujer yo creo que trataba de descubrir la martingala, segura de que la había, y volvió a observarle a uno, para saber si me llevaba comisión en la venta, y cuánto. Quizá hubiera sido muy largo de explicar que a uno le habría gustado únicamente que X empezase a vivir su vida en aquel piso, tan bonito, con su leyenda.
Pero como la amistad es eso precisamente, la liberalidad y dejar que cada cual aprenda por su cuenta, salimos todos de allí, y en el portal mismo nos despedimos, tratando de olvidarnos de aquella hora empleada inútilmente en una empresa equivocada de partida, puesto que lo que la mamá buscaba para el niño, como dijo, era algo... “más nuevo”, sin saber que se hallaba entre gentes que lo nuevo y original suelen encontrarlo en lo más viejo.
Ha transcurrido desde entonces un mes. Ese viejo piso de la calle de Cuchilleros ha pasado a manos de quienes descubrieron, en cuanto lo vieron, su valor intrínseco. Es, creo, una pareja de jóvenes músicos, violinistas, o así. Gente sensible, qué le vamos a hacer. Sí, debieron oír la música callada que estaba encerrada entre aquellas cuatro paredes, en la dodecafonía de la escalera. La vida se ve que no siempre se tuerce, y que sigue su curso, también en lo mejor.
Pero a la vida tienen igualmente derecho los sordos, y X se ha comprado también otro piso. Le ha llamado a uno para que lo viera, teniendo en cuenta las molestias que se tomó uno en su día. Yo creo también que el otro día se dio cuenta de la reserva y la frialdad de uno, y como es listo, habrá comprendido que sus comentarios me han llegado a los oídos , y querrá parchear un poco sus indiscreciones o deslealtades. Pero cuando se empieza así, malo.
Acabo de venir de verlo hace un rato. Está en la calle Leganitos, una de las calles más siniestras de Madrid, estrecha e insalubre. Por triste, es triste hasta esa cuesta que la hace antipática, porque va uno caminando hacia Santo Domingo, y a medio trayecto ya se va preguntando, ¿y para qué?, o peor, sin esperanzas, ¿cuánto tiempo durará esto?
Es perpendicular al callejón donde A. tiene su oficina de tipógrafo. Ah, éste en cambio, con encontrarse al lado, no tiene nada que ver. En el de A. se hallan, lo ha dicho uno siempre, los metros cuadrados más neoyorquinos de Madrid. Nunca le estará uno lo bastante agradecido a A. por permitirle tener que relacionarse tan a diario con la Gran Vía, la verdadera expendeduría de modernidad de nuestro pueblo. La Gran Vía es a Nueva York lo que Valdepeñas a la eternidad. Leganitos, en cambio, no es nada. En Leganitos no se expenden nada más que caspa de japoneses y ladillas colombianas, que vienen a buscar los coleccionistas casposos españoles y los ladilleros manchegos, así como de otros lugares del extranjero. Su momento de gloria lo vivió, abstracción pura, cuando alguien la incluyó en el juego del palé, y se compraba y se vendía a pelo de puta, que es como aseguraba un librero de viejo que compraba él los libros en la posguerra, o a hullo de vaca, que es como todavía los vocea un gitano del Rastro, en su lengua de germanía. Está toda llena de esa clase de bares en los que desayunan y almuerzan los albañiles que operan por la zona, localejos malamente sostenidos, con suelos de terrazo, barras en las que se muestran siempre unas crecidas cazuelas de callos con la grasa roja coagulada, como la sangre del Cristo de Medinaceli, y unas ollas de chorizos a los que les pasa lo mismo, que han sido aprisionados en su manteca helada como sir Mathew J. Evans en su bloque de hielo en la expedición al Polo Norte. Por lo demás son bares en los que escriben el menú en el cristal del escaparate y lo repiten luego en el espejo de dentro, con blanco de España, raciones y aranceles que, enfrentados, recuerdan la mítica disputa entre aqueos y troyanos. A todos ellos, por atención al turista, les han puesto aire acondicionado, de manera que de sus puertas y ventanales sobresale la corcova negra del aparato, lo que hace que, en verano, sea también la calle más calurosa de España. Por si fueran poco estos locales, existen en la calle cinco o seis fotocopisterías que son, en lo que se refiere al campeonato de depresiones, medalla de plata, porque el oro se le reservará siempre a las comisarías de policía, una de las cuales, acaso la más letal de todas, la más triste, metida en un abracadabrante edificio de los sesenta, se encuentra, cómo no, en Leganitos. Una de esas comisarías que parecería haber sido levantada no tanto para perseguir el delito como para justificarlo, y que atiende los casos más raros de España, pues la han emplazado en un lugar en cuyos redores mueren más colombianos, filipinos, saharianos y amerindios que en toda la madre patria.
Es difícil que una calle no tenga, como una mujer o como un ni­­ño, un pequeño detalle que la redima de todo lo suyo malfor­mado o atravesado, algo, un destello en una cornisa, una es­qui­na, una pañolito en un balcón que disipe en nosotros la a­­­­­­­­ni­­mosidad primera. Es difícil, hasta que no se ha conocido la ca­lle de Leganitos. 
No me resultó fácil encontrar la casa, porque se trataba de una hecha por el mismo arquitecto que proyectó la comisaría, caso notable y que fue muy comentado hace veinte años, porque en cuanto acabaron de construirla, lo dejaron allí detenido, para juzgarlo por el crimen. La casa de X la han levantado, con ladrillo visto, hace dos o tres años. Han tirado la antigua, amparados en la vieja teoría según la cual la cuchillada en un cadáver no es una puñalada asesina, sino artística, y han le­van­tado la nueva, en ladrillo visto y rejas modernas, con tiradores y perendengues de metal rutilante, así como algunos adornos en granito, que es material noble y sencillo, pues lo mismo vale para el Monasterio de San Lorenzo del Escorial que para los bordillos municipales. 
Abrió la puerta X. Cordialidad, pero no inenarrable. Parecía franquearle a uno la entrada más que a un apartamento, a toda su literatura, más generosa con él y en menos tiempo que con la mayoría de los escritores, que mueren de viejos y debajo de una escalera, como Cernuda.
El apartamento, angosto y sombrío, siendo “a estrenar”, olía todavía a yeso fresco y lechada de cemento, o sea, de cementerio, uno de esos cementerios nuevos donde no están a gusto ni las metamorfosis. Como sin duda las proporciones son exiguas, en vez de uno, se ha tenido que comprar dos apartamentos, propincuo uno del otro, exactamente iguales, y los ha unido, con lo cual, en cien metros cuadrados disfruta de dos cuartos de baño, dos cocinas, dos cuartos de estar, dos pasillitos, y dos angostos dormitorios
¿Qué, qué te parece?, me preguntó un poco seco. Bien, muy bien, muy nuevo todo, le respondía uno sin titubeos.
El ornato entraba en lo que podríamos denominar Rea­lismo Extremo. Lo más llamativo era un mueble. Creo que el nombre que recibe en las tiendas de muebles pret à porter es boissérie, o sea, algo inefable cubierto con un maque duro, pulido y rutilante. Ocupaba toda una pared, la más visible de esa habitación, frente a la que se había dispuesto, a un metro escaso, un auténtico tresillo, con el fin de contemplarla en toda su magnificencia. Se trataba, desde luego, de un mueble aparatoso, acristalado en su mayor parte, para la exposición de objetos suntuarios y viejos bibelots de familia dispuestos a interpretar a dúo las más famosas melodías de la felicidad conyugal, en plan Rock Hudson y Doris Day. Pero en ese mueble no había ni chinerías ni abanicos ni figuritas de porcelana, sino una apabullante colección de trofeos literarios que hablaban al mismo tiem­po del ingenio prolífico de su dueño y de sus apoteosis y, sobre todo, del pasmo que era haberlos conseguido todos sin salir de su asombrosa juventud. De ahí que al rea­lismo de esta estampa pudiera llamársele igualmente fiero. Había allí encerradas toda clase de placas, medallas y copas, platitos, cucharillas, y diferentes esculturas en los estilos más repertoriados, abstractos o concretos, que nos hablaban con e­mo­cionado timbre de Burgos, de Villarrábanos, de Tarrasa, del Elpidio González Tapia de Relatos Breves de Tomelloso, provincia de Ciudad Real, del Castellón de la Plana de Novelas Cortas, del Mataró al Gitano Antón, para rumbas en prosa... Allí estaban todos ellos para hablarnos de lo pedregosa y áspera que es la ascensión al Monte Ego, con sus alpacas, platas sobredoradas, bronces, metales nobles o fementidos, oros gañines o coronados, y otros de endemoniada aleación a los que les empezaba a salir una pátina alienígena que los enaltecía más aún con el laurel inmarcesible del tiempo.
Era difícil mirar aquellos trofeos sin decir nada al anfitrión, pero los dioses que le protegen a uno pusieron en mis labios la palabra adecuada: Caramba.
Yo creo que antes de leer un libro debería serles permitido a los lectores entrar en la casa de un escritor, o sentarse a su mesa y verle comer, y lo que come, o reír, y de qué.
No debíamos de estar demasiado cómodos, porque ni nos sentamos en todo el tiempo que duró la visita, ni me ofreció un refresco. Sólo quedaba el trámite de las despedidas. Estábamos en su despacho, un cuartillo diminuto sin libros. Se excusó por lo que debía considerar un pobre bagaje en la casa de un escritor, en la que había más premios que libros. Estaban de camino, informó, desde la provincia. 
Encima de su mesa había un folleto con el escudo de la Real Academia. Lo deslizó por la mesa, hasta ponerlo a mi alcance. Mira esto, dijo X con indiferencia. Era el discurso de ingreso en la Academia de un tal Gregorio Salvador. Quién será Gregorio Salvador. Lee, ordenó. “A X, para que vaya preparando el suyo.” Había otro discurso académico al lado. El nombre de este académico resultaba incluso más extraño, y ya lo ha olvidado uno. La dedicatoria, en cambio, no. Resultaba igualmente estimulante: “A Fulano, al que esperamos pronto en este lado”. 
X se encogió de hombros. Cuando no se han cumplido los treinta años uno ve la Academia como unas simpáticas ladillas, inherentes al trasiego venusino con la lengua. Puso cara de “qué se le va a hacer”, con esa fatalidad de quien acabará haciendo algo que no era del todo de su agrado, pero a lo que no podrá negarse, teniendo en cuenta que los señores académicos se empeñan con tanto afán. 
Y en ese momento sonó el teléfono. Primero una vez, y a continuación otra. Por lo que se coligió, dos mujeres.
Habló con ambas de una manera desenvuelta, como un conquistador un poco aburrido ya de tener que mantener a tanta admi­radora. “Te amo, querida”, les aseguró a las dos, a modo de des­­pe­dida. De la segunda, al mismo tiempo que le endosaba el consabido “me tienes loco, cariño”, le informó a uno, tapando con la mano el aparato y separándolo un poco de su barbilla, para que no se oyera el aparte, con gesto de fastidio y complicidad: “Ésta es lesbiana”.
Ah, pronunciaron las cejas de uno en perfecta consonancia con la confidencia. A ambas les cortó la cháchara con un expeditivo, “cariño, ahora no puedo atenderte. Yo te llamaré, amor”. Ya libre del acoso, declaró con verdadera desolación: “Las mujeres son la hostia; el éxito, el poder, las vuelve locas. Lo que les pone cachondas es el dinero y el triunfo”. 
Quizá pensó X que se había excedido, y trató de pulir un poco la frase: “El dinero, el triunfo, y que son muy putas”. 
Creo que lo dijo con verdadero pesar, porque le habría gustado que las mujeres hubieran sido algo más idealistas y poéticas, para estar a su altura, y sin perder la esperanza de poder encontrar en la especie, pese a todo, la criatura pura y desinteresada que un día acaso sea la compañera de su vida y la madre de sus hijos.
Cuando salí a la calle, se había hecho de noche. La calle de Leganitos es siempre el extranjero, pero de noche no, de noche sólo puede ser España. La España negra.
Volví caminando a casa. La vida de uno parece que no pasara en otra parte del mundo más que en la Gran Vía. Pero algunos días, esa vida es distinta, porque la conciencia de la realidad nos la cambia.
Regresaba con la sensación de que todo lo ocurrido en la casa de ese muchacho, siempre en los términos de la cortesía y de la cordialidad, había sido la escenificación de un alejamiento moral definitivo. No sólo por la larva de la insidia o de la calumnia. Aseguraría que no ha ocurrido nada, pero ha ocurrido ya todo lo que tenía que ocurrir, aquella vitrina escaparate con las medallas, el piso, las llamadas de aquellas pobres mujeres que desde luego no sospecharán los comentarios con los que fueron coronadas. Y me decía que esa breve relación fue la interpolación de estas dos infaustas circunstancias: un engaño y una mentira; nos engañamos con él y nos mintió, respecto de lo que era y quería llegar a ser. Nada más, y ha sido muy grave el error.
Iba pensando también en aquello de que el éxito siempre le llega a uno a destiempo, por lo mismo que el fracaso, por suerte, si es de ley, suele hacerlo a su hora, con puntualidad británica.
Podría uno intentar la redención del gusto de la gente, pensé, pero esa misión la encuentra uno imposible a estas alturas. Que cada cual se salve como pueda, y mientras tanto pidamos a la vida salud y buenos alimentos.

4 de diciembre de 2016

Esplendor americano

YA se conocen, claro, los resultados de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, pero yo, cuando empiezo a escribir este artículo, no los conozco aún. Podría esperarme unos días,  y escribirlo entonces, pero acaso no haga falta. Durante el mes de octubre pasamos un par de semanas en Nueva Inglaterra y comarcas limítrofes. Oímos hablar mucho allí esos días de Trump y Clinton. Era llamativo lo siguiente: los clintianos vivían la victoria  hipotética de Trump  como algo catastrófico, con miedo y tristeza. Decían: ¿adónde nos llevará ese hombre, en qué convertirá nuestro país? Pero lo cierto es que el país ya se había convertido en algo que explicaba la irrupción de Trump y la aceptación de una candidata como Clinton, que a pocos de sus votantes satisfacía, tras el recuerdo de un presidente de leyenda como Obama. 

Una de las leyes de Murphy (“las cosas siempre pueden ir a peor”), inclinaba la balanza hacia Trump, pero eso no era lo peor, sino esta constatación desoladora, extensible a todos los líderes populistas que en el mundo han sido y son: ninguno de sus seguidores es mejor que su jefe de filas. Por eso a los trumpianos no parecía importarles ver saltar por los aires el sistema, incluso el planeta. “¿Cambio climático?”, se preguntaba Trump: “Propaganda de los comunistas”, respondía sardónico, al tiempo que hablaba de devolver a su país el perdido esplendor americano. 

Es curioso. Cuando oímos a Trump hablar del esplendor americano no nos fijamos tanto en sus palabras, sino en el pelo injertado color panocha que se le desborda de la frente como un portaviones. Nos decimos: esa es la idea que tiene ese hombre del esplendor americano y aun del esplendor humano; ese injerto, que trata de hacer pasar por auténtico, lo extenderá a toda su política social, militar, comercial, medioambiental y económica norteamericana. Hitler, a quien millones de alemanas encontraban atractivo y seductor, probablemente inició la segunda guerra mundial para someter a todos aquellos que encontraban ridículo su bigote. Tanto si Trump pierde o como si gana, el problema hoy es que hay ya millones de norteamericanos deseando ser sometidos por ese tupé patriótico o algo parecido.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el día 4 de diciembre de 2016]

Ayer y hoy

Linterna de la cúpula de las Góngoras, ayer, y ninfeas de la calle del Almirante, hoy

28 de noviembre de 2016

¿Piedra, papel o tijera? o poli bueno, poli malo

LA enfermedad infantil del comunismo, por utilizar el conocido título del libelo de Lenin, es precisamente el populismo, y la enfermedad infecciosa del populismo adulto de izquierdas, es precisamente el comunismo. (En recuerdo del  ilustre finado del día)


27 de noviembre de 2016

Humanidades populistas

SORPRENDE a algunos que el populismo haya salido en España de la universidad. Una de las primeras cosas que suelen denunciar los estudiantes es la mala calidad de la enseñanza que reciben. En mis tiempos al menos, ancien régime de verdad, puro y duro, lo más gracioso era ver que quienes exigíamos una mayor calidad en la enseñanza, tratando de movilizar a los estudiantes para llevarlos a la huelga, nos pasábamos la vida en la cafetería, metidos de hoz y coz (y nunca mejor dichas ambas palabras) en la agitprop, sin abrir un solo libro. Las carreras técnicas y cienfícas son, claro, de otra naturaleza, y en ellas todo es más sencillo: dos más dos son cuatro. En una carrera de letras (Literatura, por ejemplo, lo que yo conozco algo mejor), es al revés, hemos de desconfiar de las soluciones (lo peor de una solución si se la busca es que se la encuentra, dice Ferlosio). Si las carreras técnicas o científicas resultan imprescindibles en el progreso y bienestar humanos, y miden su importancia por criterios de eficacia, ¿para que sirven las humanidades? La mayor parte de la gente ni siquiera sabe a ciencia cierta qué encierra esta palabra y qué queremos decir con ella: ¿filosofía, lenguas muertas, poesía y literatura, finas artes?

No pretendía uno hacer hoy aquí su defensa (¿para qué sirven, si no podemos probar su eficacia?), sino de cómo los criterios de eficacia han acabado contaminando aquello cuya utilidad está fuera de toda duda, aunque no pueda probarse. Sí, sabemos que son útiles para pensar, pero eso parece insuficiente o peor, peligroso. Aunque a alguien se le ha ocurrido que podría probarse si no su utilidad sí su popularidad, preguntando a los alumnos, dándoles voz y voto, coz y voto, podríamos decir también. A ningún futuro ingeniero se le preguntaría si le parece bien o no estudiar resistencia de materiales. A uno de letras puede invitársele a confeccionar el temario de la asignatura y después a evaluar a sus profesores. La plaga, que empezó en universidades norteamericanas, parece estar llegando a Europa. Y algunos profesores, desde luego, se prestan al reseteado (¿quién puede resistir la tentación de ser considerado guay por sus jóvenes alumnos?): la cultura de tapas o los criterios de género en el comic han sustituido al estudio de la obra de Pirandello o del conde Lucanor. Decimos que el populismo sale hoy de la universidad, y no lo decimos todo. Sale de allí, sí, porque llevaba allí ya mucho tiempo.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de noviembre de 2016]

21 de noviembre de 2016

Donaires cervantinos. Claves

ES sabido que a Cervantes le gustan muchísimo los refranes y tiene un don especial para traerlos a pelo de lo que se esté tratando. Como Sancho Panza. El de enhebrarlos unos detrás de otros es la característica del habla sanchesca, para desesperación –y envidia– de don Quijote, quien acabará confesando con humildad que, al revés de lo que le sucede a su escudero, él se las ve y se las desea para acordarse de alguno. A Sancho, por el contrario, es lo primero que se le celebra: “Los refranes de Sancho, aunque son más que los del Comendador Griego, no por eso son de estimar menos”, dirá la duquesa, y en el Persiles aparece un caballero del que se cuenta que tiene el propósito de escribir un libro que titulará precisamente Flor de aforismos peregrinos, proyecto acaso del propio Cervantes.
No hay duda de que este leyó o conoció de oídas la Filosofía vulgar de Juan de Mal Lara o los de Núñez Pinciano, que sumados a los que oyó de viva voz en sus infinitos viajes (muchos de los cuales acopiarían poco después Covarrubias o Gonzalo de Correas en su Vokabulario de refranes) forman un corpus fascinante. Cervantes los puso en boca de Sancho, desde luego, y de otros personajes, o los utilizó él mismo, pero lo que acaso no sospechara es que un buen número de frases suyas –principalmente del Quijote– acabaría el tiempo troquelándolas como refranes, aforismos y sentencias, y poniéndolas en boca de gentes que aún las utilizan sin saber la fuente de donde proceden, como el célebre “con la Iglesia hemos topado”, mal citado casi siempre.
Aquí van algunos, espigados de sus libros. ¿Son todos estrictamente suyos? El concepto que se tenía entonces de la originalidad era muy diferente, y la cosa da igual, para lo que tratamos. Los refranes, como decía Machado de las coplas, son del pueblo, nacen de él, y las mejores, aunque sean originales de este o del otro, vuelven a él también, anónimas. Y desde luego Cervantes, es, con mucho, el escritor más citado por los hispanohablantes, incluidos aquellos que no lo han leído.
Frases como “Paciencia y barajar” o “Amanecerá Dios y medraremos”, que se reiteran tanto, son ejemplo de esto que decimos, y muchas otras, familiares para los lectores de Cervantes (“Que vale el peor concierto / más que el divorcio mejor”, “Desnudo nací, desnudo me hallo, ni pierdo ni gano”), quien no teme tampoco glosar refranes clásicos (“Es menester que el que vea la mota en el ojo ajeno vea la viga en el suyo, porque no se diga por él: apartóse la muerte de la degollada) o hacer variaciones graciosas (“Nadie tienda más la pierna de cuanto fuere larga la sábana”).
Se incluyen dos o tres frases que se entienden mejor conociendo el contexto, pero que sueltas forman parte ya de nuestro “léxico familiar”, y dos o tres van puestas en castellano actual, aunque sé muy bien que la mayoría de los cultísimos lectores de Claves no tienen necesidad de esta gollería.

* * *

SÉ breve en tus razonamientos, que ninguno es gustoso si es largo.

HABLA, por tu vida, a lo moderno y de modo que te entienda, y no te encarames donde no te alcance.

PARÉCEME que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la misma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice: “Donde una puerta se cierra, otra se abre”.

LAS tonterías del rico son sentencias.

NO es un hombre más que otro si no hace más que otro.

NINGÚN camino hay malo como no se acabe.

EL que no sabe gozar de la ventura cuando le viene no se ha de quejar, si se le pasa.

EN las cortesías antes se ha de perder por carta de más que de menos.

HAZ gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te apure decir que vienes de labradores, porque viendo que no te avergüenzas, ninguno se pondrá a avergonzarte, y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio

YO llamo vulgo no solamente a la gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en el número de vulgo.

HALLEN en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no mas justicia, que las informaciones del rico.

SI acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.

LAS aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.

LLANEZA, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala.

NINGUNA historia es mala como sea verdadera.

POR la calle del Ya voy se va a la casa del Nunca.

LA mejor salsa del mundo es el hambre; y como esta no falta a los pobres, siempre comen con gusto.

LOS historiadores que de mentiras se valen habían de ser quemados, como los que hacen moneda falsa.

DONDE hay música no puede haber cosa mala, si la música lo es, y no cencerrea.

DOS linajes sólo hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al de tener se atenía.

–LA libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, tanto como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

–¡DICHOSA edad y dichosos siglos aquellos a los que los antiguos pusieron nombre de dorados! Y no porque en ellos el oro, que tanto se estima en esta nuestra edad de hierro, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que vivían en ella ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío.

ES preferible la tiranía del gato a la equidad de la rata.

JAMÁS te pongas a disputar de linajes, a lo menos comparándolos entre sí, pues, por fuerza, en los que se comparan uno ha de ser el mejor, y del que abatieres serás aborrecido, y del que levantares, en ninguna manera premiado.

TANTO peca el que dice latines delante del que los ignora, como el que los dice ignorándolos.

LO que se sabe sentir, se sabe decir.

YO nací libre, y para poder vivir libre escogí la libertad de los campos.

NO entiendo que, por razón de ser amado, lo que es amado por hermoso esté obligado a amar a quien le ama. Y además, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir “Te quiero por hermosa: me has de amar aunque sea feo”.

No está bien que se haga con los soldados viejos lo que suelen hacer los que libran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no pueden servir, y echándolos de casa con título de libres los hacen esclavos del hambre, de la que no piensan librarse sino con la muerte.

LOS hombres famosos por sus ingenios, los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre o las más veces, son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particular entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propios a la luz del mundo.

QUE no está en la elegancia / y modo de decir el fundamento / del verdadero cuento: / que en la pura verdad tiene su asiento.

EL que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.

TODA abundancia y todo horror te sobre.

ENTRE el sí y el no de la mujer no me atrevería yo a poner una punta de alfiler, porque no cabría.

SI a los oídos de los príncipes llegara la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían.

¿LEONCITOS a mí? ¿A mí leoncitos y a tales horas?

NO hay poeta que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo.

LA casa es una imagen de la guerra: hay en ella estratagemas, astucias, insidias, para vencer a su salvo al enemigo.

LA abundancia de las cosas, aunque sean buenas, hace que no se estimen; y la carestía, aun de las malas, se estima en algo.

YO imagino que es muy bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado.

HACER el bien a villanos es echar agua en la mar.

LA más discreta figura de la comedia es la del bobo, porque no la ha de ser el que quiera dar a entender que es simple.

ME pareció propio y natural oficio de los perros guardar ganado, que es obra donde se encierra una virtud grande, como es amparar y defender de los poderosos y soberbios los humildes y los que poco pueden –dice el perro Berganza, quién dirá también que “No sólo no me maravillo de lo que hablo, sino que me espanto de lo que dejo de hablar”.

LA boca sin muelas es como un molino sin piedras, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante.

AUN entre los demonios hay unos peores que otros, y entre muchos malos hombres suele haber alguno bueno.

YO querría que, ya que me llaman comilón, como vuesas mercedes dicen, no me llamasen también borracho.

NO son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que valgan, si son con daño a terceros.

NO eran caballeros los que solamente lo eran de su patria, que era menester serlo también en las ajenas.

TIENES que desconfiar del caballo, por detrás de él; del toro, cuando estés de frente, y de los clérigos, de todos los lados.

LAS obras que se hacen aprisa, nunca se acaban con la perfección que requieren.

POCOS o ninguno de los famosos varones que pasaron dejó de ser calumniado de la malicia.

NO hay cosa más excusada y aun perdida que contar el miserable sus desdichas a quien tiene el pecho colmo de contentos.

SI has de vestir seis pajes, viste tres y otros tres pobres, y así tendrás pajes para el cielo y para el suelo.

HAY mucha diferencia de dar lo que se posee y se tiene en las manos, a dar lo que está en esperanzas de poseerse.

AL culpado que cayere bajo tu jurisdicción considérale hombre digno de misericordia, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto esté de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente, porque aunque los atributos de Dios son todos iguales, más resplandece y campea a nuestro modo de ver el de la misericordia que el de la justicia.

COME poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago.

TODOS los principios, amigo, son dificultosos, y los del amor, dificultosísimos.

LAS comparaciones que se hacen de ingenio a ingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura, y de linaje a linaje, son siempre odiosas y mal recibidas.

MÁS vale la pena en el rostro que la mancha en el corazón.

HAY algunos que se cansan de saber y averiguar cosas que después de sabidas y averiguadas no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.

BIEN predica quien bien vive, y yo no sé teologías.

NUNCA dijo bien la crueldad con la valentía.

QUE donde hay fuerza de hecho / se pierde cualquier derecho.

LAS grandes venturas que vienen de improviso siempre traen consigo alguna sospecha.

SÉ templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra.

NO cargues todo el rigor de la ley al delincuente, que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.

VALE más buena esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga.

–TODO es malo –dijo Tránsila–. Cada cual, por su camino, va a parar a su perdición.

OFICIO que no da de comer a su dueño no vale dos habas.

EL soldado luce mejor muerto en la batalla que libre en la huida

ESTA que llaman fortuna, de quien yo he oído hablar muchas veces, de la cual se dice que quita y da los bienes cuándo, cómo y a quien quiere, sin duda alguna debe ser ciega y antojadiza, pues a nuestro parecer levanta los que habían de estar por el suelo, y derriba los que están por los montes de la luna.

PROCURE vuestra merced llevarse el segundo premio, pues el primero siempre se lo lleva el favor o la mucha importancia de la persona, y el segundo la pura justicia, así que el tercero viene a ser segundo, y el primero, por esta cuenta, el tercero, igual que en las licenciaturas que se dan en las universidades; pero, con todo, gran personaje es el nombre de primero.

NO todas las cosas que suceden son buenas para contarlas, y podrían pasar sin serlo y sin quedar menoscaba la historia: acciones hay que por grandes deben callarse, y otras que por bajas no deben decirse.

LIGERAS horas del ligero tiempo, / para mí perezosas y cansadas…

DURE la vida, que con ella todo se alcanza.

TANTO se pierde por carta de más como por carta de menos.

–METAFÍSICO estáis… –Es que no como.

NUNCA voló la humilde pluma mía / por la región satírica, bajeza / que a infames premios y desgracias gruía.

Y luego, incontinente, / caló el chapeo, requirió la espada, / miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

LA verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira, como el aceite sobre el agua.

ENTRE el agravio y la afrenta hay esta diferencia: la afrenta viene de parte de quien la puede hacer; el agravio puede venir de cualquier parte sin que afrente (…) Un bastonazo recibido en la espalda sólo es una ofensa, mas si se recibe por delante es una afrenta.

ES grandísimo el riesgo que se pone al imprimir un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal que satisfaga y contenten a todos los que lo leyeren.

VENTUROSO aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligado de agradecerlo a otro que al mismo cielo.

LA mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía.

SIGUE con tu canto llano, y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sutiles.

AYER me dieron la Extremaunción, y hoy escribo esta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan (…) Mi vida se va acabando y al paso de las efemérides de mis pulsos, que a más tardar acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida (…) ¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!

      [Publicado en Claves de la Razón Práctica, número 249, nov/dic 2016]

13 de noviembre de 2016

Bienes escasos

Acaba de celebrarse un importantísimo congreso de geógrafos de todo el mundo y la primera conclusión a la que han llegado es desoladora, pero no desconocida: el planeta se ha transformado mucho más de 1950 a nuestros días que lo que había hecho desde el siglo XIII a 1950. Agua, carbón, petróleo y recursos energéticos, especies animales desprotegidas y minerales codiciados... Estos son algunos de los bienes escasos que suelen ocupar las páginas de los periódicos o los minutos televisivos. Aquí hablaremos de otros bienes que tal vez estén en relación directa con el despilfarro de los que acabamos de citar. 

El mayor bien y el más escaso en las obesas y ruidosas sociedades del primer mundo, incluso en las rurales, es el silencio. No oír otro sonido que el nacido directamente de la naturaleza. Recuerdo que en el pequeño burgo donde viví mi infancia nos despertaba el canto de los gallos, y el perfume de los huertos y prados se apoderaba en otoño de sus calles, y poniendo atención podían incluso oírse las fases de la luna. Sí, el planeta es otro muy diferente al que conocieron treinta generaciones humanas. Han bastado sólo dos para desfigurarlo por completo. Algunas veces lo ha formulado uno de este modo: España, sus pueblos  y caminos, sus ciudades y sus gentes, fue cervantina hasta el Plan de Estabilización de 1959. “¿Qué se hicieron?”. Después vino esto.

El silencio (¡un día sin oír ningún ruido que no manara de los cuatro elementos en estado puro, fuego, aire, agua y tierra!) llegará a ser privilegio sólo de reyes y señores feudales como lo fueron en sus siglos las músicas concertadas. Y bien escaso será poder vivir acompasados con el sol y las estrellas, ser velados durante el sueño por un ruiseñor y despertarnos con la alondra. ¡Noches sin vatios! Otro bien escaso, ente nosotros, es el hambre, un hambre que va más allá del pan. Entiéndase bien esto: levantarnos de la mesa no saciados, no tener a nuestro alcance todo aquello que una vez obtenido ya nos sobra, no desear nada que no necesitemos, para no despilfarrar lo que no necesitábamos, no destruir los alimentos que no pudimos comer. “Lo malo es que no sabemos para qué sirve la sed”, decía Machado, pero más triste que sed sin agua es agua sin sed, vida sin deseo y un planeta sin suelo ni cielo.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 13 de noviembre de 2016]

9 de noviembre de 2016

Trump: "Ya hemos pasao"

1. LOS populistas no tienen empacho en parasitar los eslóganes de sus contrarios. Es fácil imaginar hoy la jactancia de los trumposos: Yes, we can, que traducido a nuestra áspera lengua recuerda a la réplica de Celia Gámez de aquel famoso "No pasarán": "Ya hemos pasao". 

2. A tres bandas. Trump fue el primero en celebrar el Brexit. Putin el primero en celebrar a Trump y Tsipras (y con él Podemos,Yes, we can) el primero en celebrar a Putin.

3. Este es el triunfo del resentimiento y la mentira. El resentimiento: el sueño americano está hoy más en Europa que en los Estados Unidos. Y la mentira: "Yo os devolveré el antiguo esplendor americano…",  gran oxímoron, antiguo y esplendor. Se habla con nostalgia a veces del ancien règime (Chateaubriand) precisamente porque ese régimen no era antiguo, sino muerto.

4. Pero lo más desolador de todo es que ni uno solo de los casi sesenta millones que han votado por Trump es mejor que él.

6 de noviembre de 2016

Caídas libres

EL resultado del referendo que debía aprobar o reprobar los acuerdos de La Habana para poner fin a medio siglo de guerra con las Farc ha sumido a muchos en el mayor desconcierto y desconsuelo. Contra todo pronóstico, los colombianos han rechazado los acuerdos. Los partidarios del ‘no’ han ganado a los del ‘sí’, y el expresidente Uribe se ha impuesto al presidente Santos, a quien endulzaron su derrota con un premio Nobel de la Paz.

En España algunos preguntaron: ¿qué habría ocurrido aquí si se hubiera presentado un acuerdo parecido para los terroristas de Eta, a saber, impunidad, un sueldo durante dos años, escaños parlamentarios garantizados...? 

Dejemos a un lado estos hechos relevantes: Eta ha sido derrotada policial, política y judicialmente; las Farc no. Eta era una banda terrorista; las Farc, un ejército bien pertrechado y con saneados ingresos del narcotráfico al que no han podido derrotar ni siquiera los trescientos mil soldados de las Fuerzas Armadas del mandato de Uribe. Los paramilitares, un ejército tan temible, sanguinario y corrupto como las Farc, fueron amnistiados con Uribe en pactos no menos injustos que estos, y los territorios donde ha vencido el ‘sí’ están sometidos a las Farc, y al contrario, el ‘no’ prepondera en zonas alejadas del terror, hecho que no es ni paradójico.

La primera reacción de los gerifaltes de las Farc, incluso de su soldadesca (y acaso muchos hayan votado ‘no’ viendo la arrogancia con que se han conducido durante el proceso, tratando de presentar los acuerdos como un empate, cuando ha sido una derrota ideológica en toda regla, y sus crímenes como algo “que ninguno pudimos evitar”), ha sido decir que ellos están dispuestos a seguir negociando... Y ahí es donde Uribe acaso tenga razón: si las Farc están dispuestas a seguir negociando, es que las negociaciones se habían cerrado en falso. ¿Y ahora? Como antes del referendo, tiene uno sus dudas, y las dudas nos llevan de nuevo a preguntar al amigo Héctor Abad. Teme él lo peor, no barrunta nada bueno. Ya ni siquiera se trata de los acuerdos, sino de referendos y plebiscitos: la gente parece sentir un placer irracional arrojándose al vacío, ayer en Inglaterra, hoy en Colombia, mañana en Trump, algo que podríamos resumir con sarcasmo como “caídas libres”.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 6 de noviembre de 2016]

30 de octubre de 2016

Tatuaje

ALTA, delgada, joven y de piel  muy blanca. En un semáforo. No llamaban la atención tanto los confusos tatuajes de sus brazos como uno, pequeño, llamativo, inquietante, en su cuello. Tenía un cuello muy bonito, largo; de garza lo llamaban los poetas renacentistas. Ella debía de saber que era bonito, porque lo realzaba despejándose la nuca con un moño alto. Quienes se tatúan, si acaso no lo hacen sólo por moda, quieren proclamar algo a los demás y recordárselo a sí mismos.  ¿Qué quería decirnos aquella muchacha? Porque es obvio que, habiéndoselo mandado tatuar en el cuello, a la vista de todos, donde ella ni siquiera podía verlo como no fuera en un espejo, quería decirnos algo...  Pero ¿qué?

Don Juan de Borbón, lobo de mar, solía aparecer en público con los antebrazos cubiertos, incluso a bordo de su yate. En persona tan principal los tatuajes no resultaban apropiados. Hasta fechas relativamente recientes sólo se tatuaban marinos, hampones, presidiarios, legionarios y psicópatas, como Robert Mitchum, el falso predicador de La noche del cazador; hizo célebre uno,“odio” y “amor” en sus nudillos, la Biblia en dos palabras. Algo serio. Porque quienes se tatuaban trataban a menudo de comprimir su idea de la vida, su filosofía, como si dijéramos, en símbolos o palabras no por sencillos menos elocuentes, tal y como los canteros románicos trataban de encerrar una compleja controversia teológica en el capitel de un monasterio. Durante treinta años hemos visto a una amiga llenarse el cuerpo de tatuajes y oído de sus labios su significado más o menos esotérico, y esta confesión: ya no puede parar. ¿Se quedará antes sin ideas o sin espacio para tatuarlas? Empezó a hacérselos cuando casi nadie se los hacía aquí. Al poco proliferaron en futbolistas analfabetos que llenaron sus bíceps de ideogramas chinos y coronas de espinas. La banalización absoluta triunfó cuando la técnica permitió a una actriz borrar el nombre del “amor de mi vida”, tatuado en su hombro diez años antes... ¿Cómo será la muchacha del semáforo dentro de veinte? ¿Seguirá en su cuello el tatuaje de esa horca y el ahorcado, garabato negro, que pendía de la soga? El semáforo se puso verde y aquella muchacha de piel muy  blanca siguió camino con su horca a cuestas, al encuentro acaso de quien esa misma noche la estrecharía en sus brazos, llenándole el cuello de apasionados besos.

     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de octubre de 2016]