26 de octubre de 2015

¿Eres feliz?

¿QUÉ habrán pensado los paraguayos de la encuesta Gallup, según la cual ellos serían, pese a vivir en uno de los países con mayor injusticia, corrupción y desigualdad, los seres más felices de la tierra? ¿Qué pensaremos nosotros? ¿Deberíamos emigrar al Paraguay?

En cuanto se conoció la noticia, muchas gentes trataron de dilucidar algo tan paradójico, aclarando en primer lugar qué se entiende por felicidad y computando los factores que la aumentan o disminuyen. Las conclusiones a las que parecen haber llegado son: a/ no hay una sola clase de felicidad,  b/ es relativa y c/ es circunstancial. Dos de las preguntas que se les hicieron a los paraguayos y que les llevaron a lo alto del pódium fueron estas: “¿Se sintió bien descansado ayer? ¿Fue tratado con respeto durante todo el día ayer?”. Las demás eran parecidas, y para mí casi siempre desconcertantes, porque conozco a personas que descansan mal y son felices y muchos nos sentimos maltratados por los políticos (principalmente aquellos que confunden la política con estar cómodos o ser felices), y pese a ello somos aceptablemente felices. La primera pregunta no tendría, pues, el mismo sentido hacerla en el Puerto de Santa María o en Calcuta, y las respuestas a la segunda serían muy diferentes en Noruega y en Mali.

Este verano el CIS dio a conocer una encuesta sobre el Quijote. Los resultados eran desoladores: ocho de cada diez españoles no lo han leído y de los dos que aseguraban que sí lo habían hecho, sólo un 16% pudo decir el nombre de don Quijote (Alonso Quijano) y menos de un 10 el de Dulcinea (Aldonza Lorenzo). No sé por qué la última pregunta de aquella encuesta era esta: “¿Se siente usted feliz o infeliz?”. Y los resultados eran aún más desalentadores. Sólo un 11% de los españoles se declaraba enteramente feliz, en tanto que más de un 70% se declaraba infeliz, en diversos grados (aunque no creo que fuese por no haber leído el Quijote). ¿Son en verdad los paraguayos tan felices, somos los españoles tan infelices? ¿Tendrán algún valor esas encuestas o serán únicamente parte de estadísticas recreativas? Porque “no, no venimos a ser felices ni desdichados, sino a cumplir con nuestro deber”, decía Nietzsche. Y no porque la felicidad no exista o sea inalcanzable o dañina de algún modo, sino porque a ella sólo se llega, precisamente, cumpliendo con nuestro deber, “dichosos si logramos saber cuál es”.

     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de octubre de 2015]

21 de octubre de 2015

La gloria

HACE unos días, dos personas para mí desconocidas u olvidadas, Juan de la Sota y Blanca Sáinz, enviaron al correo de mi página web esta fotografía que ni siquiera sabía que existiese, recuerdo del día que visité el Pórtico de la catedral de Santiago. De la Sota formaba parte de los equipos que lo restauraban a las órdenes de José María Cabrera, y se ve que hizo esa foto, que le agradezco encarecidamente. Yo no conocía esa ni ninguna otra foto de aquel día, en verdad único. De lo que allí sucedió se dio cuenta en uno de los tomos del Spp. No recuerdo cuál. Corría el año 1993 y yo tenía cuarenta años. No miento si digo que aquél fue el momento en que estuve más cerca de la Gloria. Breve pero memorable.

AT. Pórtico de la Gloria, Santiago de Compostela, 1993.

19 de octubre de 2015

Cine español

YO creo que soy la persona que más películas malas ha visto en España, algunas incluso dos veces o más, porque no tengo memoria. Durante los últimos cuarenta años he visto una al día, por la noche, en la televisión, la que echen, me da igual, bastante cansado ya de toda la jornada. La mayor parte de esas películas han sido extranjeras, principalmente norteamericanas y en versión original. Aunque sólo fuera por eso, a estas alturas debería hablar inglés perfectamente o por lo menos entenderlo. De todas esas películas, que yo recuerde, españolas han sido muy pocas, en unos casos por patriotismo, para no subir una media tan alta de malas, y en otros, porque tampoco me han dado a escoger. 

Sin embargo a mí, según cuáles, me gustan mucho las películas españolas. En general las de antes de que el cine español cayera en el destape y el “landismo” que siguen practicando Almodóvar y muchos otros con total impunidad.

Cierta noche, después de venir de cenar con unos amigos, enchufamos la televisión  cuando empezaban a dar Con el viento solano. En ese momento no sabíamos de quién era ni de qué iba, sólo que la protagonizaba Antonio Gades y que se titulaba igual que un relato de Ignacio Aldecoa. Pese a la hora tardía, la vimos fascinados. Mario Camus, su director, contaba sin tremendismo la historia de un crimen, y la realidad que se veía en ella, remota y al mismo tiempo intacta, nos era muy familiar. Estar frente a aquella España, tan negra, ni siquiera hacía daño, al contrario: Camus la había mirado con el amor que en España han solido tener sus artistas para con la realidad, desde Cervantes. Parecida fascinación viene uno sintiendo desde hace dos o tres meses por el buen acuerdo que alguien de la 2 de Tve ha tenido en rescatar un montón de viejas películas desconocidas si acaso no despreciadas. Y se refiere uno no sólo a aquellas pequeñas joyas de El crimen de la calle Bordadores o El último caballo, de Neville. Cuando hace unas semanas vimos Los ojos dejan huellas, de Sáenz de Heredia, o La guerra de Dios, de Rafael Gil, pensamos: qué extraño es todo, esas películas no estaban ni tan alejadas de las que hacían Howard Hawks o Ford, ni eran peores, aunque se hicieran en el tremebundo franquismo, sorteando la censura. Desde hace unos meses, pues, la media de películas malas que uno ha visto ha bajado muchísimo, gracias al cine del que injustamente menos esperábamos.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 18 de octubre de 2015] 

16 de octubre de 2015

Acaso no lo adviertas aún

HOY defiende Miriam Moreno su tesis doctoral, "Ramón Gaya: otra modernidad", en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. Acaso no lo adviertas aún, pero yo sé, con firmeza, quiero decir, apenas con palabras, que hoy el mundo es mucho más hospitalario.
(...) 17 de oct. de 2015.
Estuvo bien, mejor que bien.

Ramón Gaya y Miriam Moreno. Roma, 1990.

11 de octubre de 2015

La raya invisible

HASTA hace no mucho Europa estaba llena de fronteras. Los de mi generación recordarán la angustia que producía, en tiempos de la dictadura, cruzar la que separaba Francia de España y el temor que muchos sentían de ser detenidos por tal o cual libro, revista o panfleto metido de matute aquí, camuflado entre la ropa. Las fronteras entre el Este y el Oeste eran aún más peligrosas, porque los que decidían cruzarlas, a menudo no se jugaban una confiscación o unas horas en la comisaría de la aduana, sino la vida. Hoy la mayor parte de las fronteras en Europa son rayas invisibles. Ese es el título, La raya invisible, de cierta exposición que puede verse estos días en Lisboa, sobre la frontera y los pasos fronterizos que hubo entre Portugal y España, abandonados y ruinosos, como viejos fortines inservibles. 

“El mundo es un Bilbao más grande”, decía Unamuno. Europa hoy es una casa común, y aspiramos a que se rija por  las mismas leyes que tratamos de aplicar en la nuestra. Aún debiera ser más generosa y solidaria, pero Europa ha hecho acaso más por los refugiados y migrantes que llegan a ella huyendo de la guerra o la pobreza que todos aquellos que tratan de levantar entre nosotros más fronteras. Estos últimos son los mismos, por cierto, que no dejarían jamás puesta la llave en la  cerradura de su propio piso, al tiempo que denuncian por inicuos los tratados de la Unión. 

Recordemos a Osama Abdul Mohsen. Su caso dio la vuelta al mundo: una reportera húngara, mientras filmaba una carga policial en la frontera serbia, lo derribó de una zancadilla miserable, a él y al niño que llevaba en brazos, con el solo propósito de fabricar la realidad y la noticia a su medida. El resto de la historia es conocido: el representante de una asociación de entrenadores de fútbol, conmovido por las imágenes y el pasado de quien era entrenador de fútbol en su país, decidió traérselo a Getafe, alojarlo a él y a su familia y darle trabajo. Asistimos hoy en Europa al auge de movimientos populistas que tratan de reactivar las viejas fronteras o de levantarlas nuevas, incluso para sus propios ciudadanos. Lo sucedido con cientos de miles de refugiados es esperanzador. Si Osama Abdul está aquí es porque antes había llegado a Munich, y pudo llegar a Getafe sin salir de casa. La suya y la de todos, diciéndose acaso: “Allí donde estoy bien, está mi patria”.

4 de octubre de 2015

Campeonatos

EN mi familia pasamos unos años, los de la infancia del menor de nuestros hijos, haciendo campeonatos. Nos decía él: “¿Cuáles son tus tres postres favoritos?”, o “¿a qué tres ciudades volverías o a qué tres, de las que no conoces, te gustaría viajar?”. Sus preguntas acabaron haciéndose comprometidas: “¿De tus hermanos, a qué tres quieres más?”.

Exacerbó esa clase de pódiums en cuanto aprendió a leer. Como todos los niños en sus primeros pasos por el alfabeto, se pasaba el día leyendo los rótulos de las tiendas, desde la ventanilla del coche. Al principio, entre semáforo y semáforo, caían dos o tres “Zapatería”, “Confitería La Duquesita”, “Alimentación Santos”. El aprendizaje dio paso a exhibiciones abrumadoras, extenuantes, porque no había manera de hacerle callar: en un trayecto mediano podía leer cincuenta rótulos, otros tantos anuncios de las vallas publicitarias y todas las traseras de las camionetas de reparto que se cruzaban en nuestro camino. Cuando  dominó la lectura, vino con su pregunta: “¿Cuáles son tus tres palabras favoritas?”. Desde luego siempre que preguntaba algo parecido era porque él ya había elegido las suyas, después de escrupulosísimos escrutinios. Lo malo es que cada cierto tiempo venía con algunas remociones: “¿Os acordáis de que hace dos meses os dije que mis tres pelis favoritas eran esta, esta y esta? Pues quitad la última, y poned esta: la vi ayer y es la mejor película que he visto en mi vida”.

Con los años la costumbre se atemperó, y para él ya sólo hay “el mejor” o “la mejor”, pero por suerte esos “el mejor” o “la mejor” no excluyen a otros, ya que en el curso de una conversación (durante un almuerzo en un restaurante, por ejemplo), puede mencionar diez vinos o platos que son, cada uno de ellos en particular, “el mejor que he probado nunca”. Eso lo ha extendido a ciudades, libros, edificios, paisajes, personas. Lo más admirable es que todo “lo mejor” está siempre donde él está en ese momento, en su ciudad o en otras, en el rincón extremeño donde pasamos tanto tiempo o en Japón, Méjico, Italia o Madrid, o entre sus amigos. Ha aprendido a ver lo mejor de lo demás sin advertir acaso que lo mejor de lo otro y de los otros es lo mejor de sí mismo, quiero decir, sin darle importancia a eso. Y lo vive con una gratitud inmensa: sabe que  lo mejor lo es en parte porque lo comparte con lo mejor, con los mejores.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de octubre de 2015]