25 de mayo de 2015

Primavera portátil

 Dicen que el título de un libro es la mitad de su futuro. No sé. Guerra y paz es un título anodino; El rojo y el negro y Don Quijote también lo son, si no estuvieran ya unidos para nosotros a dos grandes novelas. A medida que fue pasando el tiempo los lectores no se conformaban con tan poco y empezaron a pedir en el título un poco más de concreción y del espíritu de la obra:  Grandes expectativas (o Grandes esperanzas, como se tradujo en español), Los miserables y Cumbres borrascosas cumplían desde luego todas las expectativas en este sentido, hasta desembocar en títulos que, según se tomen, pueden resultar filosóficos o prestarse al márketing de la peor ralea: En busca del tiempo perdido. 

Hay también una gran cantidad de libros con títulos prodigiosos que no tuvieron la menor fortuna ni cuando se publicaron ni después. Pocos habrá con un título tan adecuado para unos poemas de vanguardia como Primavera portátil. Además, al ser vanguardista no importa tampoco mucho que no sepamos qué quiso decir con él su autor, Adriano del Valle. Pero la idea es bonita: la posibilidad de llevar con nosotros siempre una primavera. La misma idea de portátil sugiere que podemos resignamos a sacrificar algo del original con tal de conservar una esencia suya, crucial, capaz incluso de salvarnos la vida. Una cantimplora es una fuente portátil; una caracola, con su oleaje pegado a nuestra oreja, es un mar portátil; la brújula es una estrella polar portátil del mismo modo que el reloj de pulsera es nuestro sol portátil... El hombre se ha pasado la vida fabricando objetos portátiles que pudiera llevar encima como hacen los vagabundos con su botella de vino, su compañía portátil.

De esta, en la que acaso ya no piensas, le habría gustado a uno hacer también algo plegable y secreto, como esa carta que llevamos en la cartera por si alguna vez se nos olvida la dicha: el olor del heno verde recién segado, secándose al sol, el del azahar, el de las rosas, el de la bosta, todos mezclados, como en la retorta de un perfumista, solo que libres, flotando en el aire tépido, sedante, de mayo; el zumbido de abejas y abejorros; el canto de los pájaros que vinieron del África, las hojas verdes, nuevas, naciendo sin esfuerzo,  y la sensación de haber dejado atrás el invierno. Antes de que sea demasiado tarde y para los días en que creas que la próxima primavera está todavía demasiado lejos.

   

Vagabundos, Aguirre, vagabundos

¿Qué le dirán en misa a Esperanza Aguirre que son los pobres? Por los mismos días en que el Frente Nacional francés se dirigía a los extranjeros sin papeles (“Dejad nuestra tierra”), Aguirre les pedía lo mismo a los pobres de Madrid: “Dejad nuestras calles”. Ante el escándalo producido, esa mujer improvisó otra idea aún más... profiláctica: recogerles en pisos de protección oficial (¿y por qué no en seminarios e iglesias, que están vacíos?). Sí, al fin supimos que no se trata para ella tanto de albergar a quien no tiene donde posar y reposar, como eliminarlos de la circulación, por “el mal efecto” que hace verlos tirados sobre unos cartones o tumbados en alguno de esos bancos en los que también han empezado a colocar una como divisoria, para evitar que ningún mendigo pueda hacerlo. ¿En qué están pensando los curas, que no echan a patadas del templo a esos gobernantes, tal y como hacían en  los buenos tiempos del poverello Francesco, aquel que fundó precisamente una orden de frailes mendicantes? Y la creó así, porque creía de veras que entre los pobres estaba precisamente el reino de Dios, ese Dios en cuyo nombre esos políticos convocan manifestaciones multitudinarias contra esto o lo otro, pero jamás contra los abusos de la riqueza, no siempre ilegales pero siempre obscenos, imperdonables.

No, no quieren acabar con la pobreza, sino con los mendicantes y vagabundos. No comprenden tampoco que lo último que nos queda a todos en lo más recóndito, lo más sagrado nuestro, diríamos, es precisamente la libertad de vestirnos unos harapos y dejarlo todo y hacernos vagabundos, como Tolstoi. Vagabundos, Aguirre, vagabundos. Muchos de ellos no quieren albergues, ni asilos, ni un pisito. Sólo cielo, sol, estrellas, ir tirando aquí, allá, en esta plaza o en aquella, sentirse dueños del mundo precisamente porque no tienen ni siquiera donde caerse muertos. ¿Que muchos padecen una enfermedad mental? Sí, ¿y? El derecho a ser mendigo es aún más legítimo que el derecho a ser rey. Vean la historia, tan temible acaba siendo la guillotina contra los ricos, como la eugenesia contra los pobres por razones... estéticas. No sé, yo desconfiaría de un lugar en el que no nos tropezáramos con ningún mendigo y de un mundo sin vagamundos. Si nos quitan el derecho a  la locura, ¿que nos queda? ¿De qué les sirve desenterrar a Cervantes si están sepultando al mismo tiempo a don Quijote? 

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de mayo de 2915]

18 de mayo de 2015

Nueve años

LE ha impresionado a uno mucho, como a todo el mundo, la historia de María José Carrascosa, la abogada que, víctima de la saña de un exmarido vesánico, ha pasado nueve años en la cárcel, acusada por la justicia norteamericana de secuestrar a una hija cuya custodia le había concedido previamente la justicia española. Incluso su ex, a buenas horas, pidió la libertad para ella hace un año. Lo primero que esa mujer dijo cuando se vio libre, exonerada de los cargos que pesaban sobre ella, fue: “Tengo que ponerme los zapatos de mi vida. Durante nueve años he llevado los zapatos de una vida que no era la mía”. La periodista que la entrevistó a las puertas de la prisión le preguntó si creía en la justicia americana. María José Carrascosa se tomó su tiempo antes de responder, y al final lo hizo no como quien acaba de salir de la cárcel, sino como quien no puede abandonar aún los EU: “Sí, creo en la justicia norteamericana”. Cree tanto en ella que ha desaconsejado a su hija, de quince años, que viaje hasta allí para visitarla, por si le impiden luego salir del país.

Esa mujer que cree en la justicia norteamericana, ha hablado de vejaciones y maltrato físico y psicológico durante los años que ha pasado cautiva. Entró en la cárcel siendo una joven sana y ha salido envejecida, con el pelo blanco, y enferma. Le esperaban a la salida únicamente un cura que ha hecho de buen samaritano, un cámara de televisión y la periodista que la entrevistó. Pese a ser éstos dos desconocidos, se abrazó a ellos, efusiva. Ni un cónsul, ni un político de su pueblo, ni la tuna, nadie. La mujer solo acertaba a repetir una y otra vez llevándose las manos a la boca, tratando de ahogar los sollozos de dicha: “No puedo creer que sea verdad”. Siendo española, ni siquiera se le acercará un productor para proponerla llevar su historia al cine. Asistimos a las primeras palabras entre madre e hija, en el coche que la alejaba del infierno. La madre preguntó desconcertada e incrédula: ¿Qué es eso? Skipe, le respondieron. Las lágrimas apenas les permitían hablar a ninguna de las dos. Aunque llevan ya los zapatos de sus propias vidas, ambas arrastran aún una abultada bola de hierro encadenada a su tobillo. La justicia que apresó a la madre por secuestro, la secuestró a ella nueve años más, y, de paso, los mejores de la hija, esos que nadie le devolverá. Si la vida fuese una novela, esta merecería una segunda parte, como El conde de Montecristo.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia e 17 de mayo de 2015]

10 de mayo de 2015

Quítame la mano del cogote

PODRÍAMOS decir también: “Sic transit gloria mundi”. Esa fotografía hace pensar. Así se ve en el célebre cuadro de Valdés Leal. El fin de Rodrigo Rato, uno de los hombres más poderosos de España, que lo fue también del mundo, empezó seguramente hace años y no terminará sino pasados algunos otros, pero la foto ha fijado de manera implacable en una sola imagen lo que el personaje era y lo que es. Quién te ha visto y quién te ve, se podría decir también. Recoge un instante fugaz. Todos lo son, pero no todos son igual de significativos: un policía agarra del cogote (¡del cogote!) al gran hombre, y lo empuja para meterlo en el coche que lo llevará detenido, acusado de fraude fiscal, levantamiento de bienes y otros delitos económicos graves.

En estos años hemos visto entrar en la cárcel, entre otros muchos, a un ministro del Interior (jaleado por su expresidente de gobierno, quien le dijo en aquella ocasión lo que años después le diría otro presidente a su extesorero, también encarcelado: “Sé fuerte”) y a un banquero a quien meses antes el rey había proclamado doctor honoris causa por la UAM (Universidad Autónoma de Monipodio). Pero ninguna de aquellas  imágenes iguala a esta, en la que un policía, que acaso tiempo atrás se le cuadraría, agarra a un Rato pálido y sin resuello del pescuezo, y lo mete sin remilgos en un coche.

Hay mucha justicia poética en todo esto, desde luego. ¿Quién no recuerda la soberbia de aquel hombre, fundada más en el poder que tenía que en su jaleada inteligencia (si hubiese sido tan “inteligente” acaso habría eludido la justicia, por lo que, como mínimo, hemos de convenir en que, como tantos honorables, “se pasó de listo”), diciendo que haría cumplir las leyes que él mismo ha conculcado? Todo ello es cierto, pero ¿era necesaria esa mano en su cogote ni en el cogote absolutamente de nadie? Esto dice don Quijote a Sancho, cuando su escudero  va camino de la ínsula a ser gobernador: “Al que has de castigar con obras no lo trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones”. Bah, literatura, dirán algunos, y otros creerán que dice uno todo esto por piedad. Y la verdad es otra: no quiere uno pasar por ser mejor de lo que es, sólo que cuando se nos hace testigos de una vejación, nos meten de paso por el cogote en la chusma plebeya, si lo consentimos, y nos hacen peores de lo que somos.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de mayo de 2015]

4 de mayo de 2015

Los jetas

DOS meses después de que una dirigente de Podemos pidiera un referéndum para acabar con la  Semana Santa de Sevilla, se celebró en Madrid el primer encuentro de Espiritualidad Progresista Podemos. Sigue uno con atención y curiosidad  todas las cosas que dicen y hacen en esa plataforma, por impredecibles.

¿Puede ser progresista la espiritualidad, puede serlo conservadora? La proposición “Dios es de izquierdas” tiene el mismo fundamento que la de “Dios es de derechas”. Hablar de una espiritualidad de izquierdas, o de derechas, es una de esas hipérboles de las que gusta tanto la mala poesía:  “El cielo fascista de Madrid”.

Al encuentro ese de la espiritualidad progresista, celebrado en la parroquia de Santo Tomás, acudió Monedero, dirigente de Podemos. También echó mano de la poesía (mala) para explicarnos las cosas: “Yo no tengo nada de oído musical para el dios del miedo. Pero intuyo la música con el dios de la Esperanza. El papa Francisco sí ha llevado a Dios al otorrino”. Conociendo su proverbial modestia, podemos imaginar quién es para Monedero el otorrino de Dios  (¿o dios?). Podemos.

Una de las más nobles  luchas del hombre moderno en pos de su emancipación fue la de separar religión y Estado, lo que pertenece estrictamente al ámbito de lo privado, es decir, aquello que se refiere a las creencias del individuo, de aquello otro propio del ciudadano y de las leyes. Los principios de igualdad y libertad se asientan en esa separación. Dos de los regímenes políticos en los que la religión está más presente son Venezuela e Irán.  Irán lo gobiernan desde hace más de treinta años unos curas siniestros, y Venezuela,  Maduro, que aseguró hace poco estar convencido de que la  Divina Providencia es chavista (por no hablar de Chávez y sus matracas de telepredicador, con un ejemplar del evangelio en una mano y su constitución en la otra). Aunque ahora lo nieguen, la admiración de los podemistas por Venezuela está ya sobradamente acreditada, y su gratitud a Irán también. Pero este artículo no trata de ese asunto, ni siquiera de la actitud de quien confiesa que “su relación íntima con la religión es escasa”, pero no le importa inaugurar un encuentro de espiritualidad. De lo que aquí se hablaba es de dar al Estado lo que es del Estado dejando en paz a Dios, y a cuantos creen de verdad en él, no sólo de oídas, como los jetas.

  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de mayo de 2015]