30 de noviembre de 2014

Insondables, inagotables maestros

ES posible que si hubieran escrito de esos asuntos, lo encontráramos interesante, pero lo cierto es que en lo que escribieron nadie echa en falta que Cervantes no lo hiciese de sexo, ni San Juan de la Cruz de mitología griega, ni Baroja de gastromonía, ni JRJ de vinos ni Antonio Machado o Azorín de fútbol, ni Unamuno de música. Ni siquiera echamos de menos que ninguno de ellos escribiera más de sí mismo. La intimidad de todos ellos hay que buscarla en lo que pusieron a la vista, a menudo insondable e inagotable. Y dar gracias por ello.
* * *
LE sucede a la novela lo que a los actores y actrices; cuanto mejor finge, más real parece, y siendo más real, más verdadera, y cuanto más verdadera, más triste sin dejar de ser alegre, y alegre sin dejar de ser triste.

Las Salesas y Santa Bárbala, 26 de noviembre de 2014

29 de noviembre de 2014

El diálogo está sobrevalorado


EL diálogo está sobrevalorado: casi nunca lleva a ninguna parte. El silencio, en cambio, es muchísimo mejor interlocutor.
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EL idiota destiñe por donde va.
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EL niño se hace adulto el día en que empieza a sospechar que los buenos ejemplos sólo son ejemplos, y que lo que importa, importa por incomparable.
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NUNCA los ejemplos son a gusto de todos.

Cartel visto ayer en la caseta de El Asilo del Libro en la Feria del Libro Anciano del Hotel Miguel Ángel de Madrid. Maravilloso ejemplo de tipografía canalla del siglo XIX.





28 de noviembre de 2014

El espejo y la novela


EL espejo y la novela. La imagen de Stendhal es bien conocida. El novelista es un ser errante. Lleva consigo su espejo, y su novela, a lo largo del camino, y no se detiene en ningún lugar. No podría. La novela es un itinerario en el espacio y en el tiempo, por dentro y por fuera. El cronista es otra cosa. Vive en una ciudad. También se ha hecho él un espejo. Lo instala en medio de una plaza, como los feriantes, y basta que alguien ponga un espejo en una plaza para que todos sus paisanos sientan una gran curiosidad por mirarse en él. Pero no es gratis. Cobra la entrada a quienes quieran verse reflejados. Lo que ven, ecos de sociedad también, no puede gustarles más. El espejo como elogio de las masas. El dueño de ese espejo lo llama también novela, convencido de que lo sustancial de la novela no es el camino, sino su espejo.

Vara del Rey, 12 de octubre de 2014

27 de noviembre de 2014

No le faltaba razón


LO cierto es que ni por las venas de Remigio VIII, trigésimo segundo rey de la dinastía de los Esquilos, ni por la misma estirpe de los Esquilos, corría ya una sola gota de sangre de su fundador el conde Laurentino. El fluido azul se había interrumpido ya con la reina Vitila, zíngara de la que se encaprichó uno de los primeros esquilos, Crisanto II, elevándola a la dignidad real. 
Tuvo Vitila la paciencia que tuvo hasta que la tuvo. Dio a luz a trece niñas, para desesperación de su esposo Remigio IV, que aguardaba en vano un heredero. Furioso, la tomó primero con Vitila y luego con la venatoria y las doncellas de sus dominios, a las que no dio reposo. Harto de las frecuentes ausencias depredatorias del rey, buscó la buena de Vitila una tarde loca consuelo en los brazos de un zíngaro, de paso, él y el oso, por el castillo. De resultas de aquellos secretos y pasajeros abrazos, nació al fin el delfín a quien llamó Crispín. La alegría de Remigio IV fue desbordante y más cuando todos le aseguraban que Crispinito era su vivo retrato. Del IV al VIII de los Remigio otras tres reinas inyectaron en la sangre del zíngaro la de un marqués, la de un confesor y la de un notario mayor del reino, lo que no quitó, porque lo cortés no quita lo valiente, para que Remigio VIII, que conocía estos extremos, como todo el mundo, ordenara el día de su coronación acuñar moneda con su efigie y la leyenda “Remigio VIII por la Gracia de Dios”. Y en cierto modo no le faltaba razón.
Y a buen entendedor, etc.

El Rastro, 16 de noviembre de 2014


26 de noviembre de 2014

Hechos de sociedad

CUANDO Cervantes metió en la segunda parte del Quijote un ejemplar real, recién editado, de la primera, dio entrada, como es sabido, a un juego infinito de espejos: el espejo que refleja otro espejo. Desde entonces las palabras ficción y realidad empezaron a bailar en la literatura como la bolita de papel en la mesa de los trileros. Nunca está bajo el naipe o el cubilete que creemos. Pero lo que en Cervantes era naturalidad, corre el riesgo en nuestras manos, fatigadas y mucho más torpes, de acabar siendo un aburrido y formalista manierismo. 
Porque con tantas idas y venidas, podemos pasarnos de rosca. La ficción puede constituirse en hecho, pero los hechos no son una ficción. Entre los hechos y la ficción hay una tenue, sutil línea ética que se puede saltar (qué no se puede saltar), pero no es un acto inane. Don Quijote, un personaje de ficción es, ontológicamente, más firme que Cervantes, pero no por ello Cervantes ha dejado de ser real, con los mismos derechos que cualquier persona mortal. 
Ayer mismo leíamos la noticia de quienes dicen haber descubierto la base real de don Quijote. Incluso aunque fuese exacto lo que esos investigadores aseguran, el camino que tienen que recorrer unos hechos hasta poder recibir el noble nombre de novela no es menos corto que el que tiene una novela de convertirse en un hecho significativo, como el Quijote, con capacidad de transformar la realidad y nuestra visión del mundo. Lo habitual es que las obras que se quedan demasiado pegadas a la realidad hagan honor al nombre que en francés reciben la películas o crónicas testimoniales: faits de societé, "hechos de sociedad", una manera generosa, la mayor parte de las veces, de decir "ecos de sociedad".


Puertollano (desde el tren), 13 de noviembre de 2014

25 de noviembre de 2014

Hechos, sólo hechos: un selfie

SE han publicado al mismo tiempo estos tres libros: El impostor, Como la sombra que se va y El final de Sancho Panza y otras suertes
Los dos primeros son biografías de personajes históricos: Enric Marco, que se hizo pasar por víctima del nazismo, el primero, y James Earl Ray, asesino de Martin Luther King, el segundo. Aun admitiendo lo que tienen de periodismo y crónica, sus autores reivindican para ellos la condición de novelas, y no sólo por huir del estigma que persigue a los libros de "no ficción", y aun al periodismo, a la hora de vender libros, como reconoce uno de ellos. El tercero narra la vida de los personajes de una novela, pero su autor ha querido presentarlos bajo esta cita de Dickens: "Hechos, sólo hechos". Los que han escrito una crónica, sostienen que se trata de una novela, y el que ha escrito una novela, se jacta de que sea una crónica. Pasa algo.
* * *
PERO ningún caso más extraordinario de Ficción/No ficción que la fotografía que se publica aquí. 
Se trata de un selfie, probablemente el primero del mundo que se haya hecho mientras su autor dormía profunda, plácidamente (como queda acreditado). 
No se conocen casos de nada parecido, y menos en un tren a su paso por la estación de Córdoba. 
Viajaba uno ese día solo, tras la presentación, precisamente, de la novela de marras. Cuando llegué a casa descubrí el selfie en mi móvil. Alguien podría pensar que un extraño (aunque si fuese así, preferiría decir extraña) me hizo la fotografía mientras dormía, pero para ello ese alguien tendría que: 1/ haber metido su mano en el bolsillo de mi pantalón vaquero, cosa harto dificultosa incluso para mí en esa postura, 2/ rozar, aun sin querer, esas partes sensibles que tienen los hombres en tanto aprecio, 3/ sacarla (la mano), 4/ sacarla (la foto) y 5/ volver a dejar el móvil en su sitio volviendo a meterla (la mano). Que yo sepa eso tampoco ha ocurrido jamás en la Renfe ni tiene uno noticia de ello. Y prueba de que no se trata de un montaje, ni siquiera paranormal, es el hecho de que la foto haya salido no en color, como salen siempre, sino en blanco y negro, como los sueños, único abismo donde todo es verdadero, que es, como sabes muy bien, lo que va más allá de la ficción y de la realidad.


En un tren (Sevilla-Madrid), 13 de noviembre de 2014

24 de noviembre de 2014

Y además... horteras

¿SE puede decir algo más  a propósito de la corrupción y los corruptos, algo nuevo y distinto de lo que hemos venido oyendo o leyendo estos últimos meses? Se puede.

Veamos. Empecemos por el asunto de esas tarjetas de las que hicieron uso los consejeros y directivos de Bankia, antes Caja Madrid, pertenecientes, como es sabido, a políticos de todo  el espectro, representantes de las oligarquías financieras y empresariales o militantes sindicalistas, socialistas y comunistas. Gracias a que todo está informatizado podemos conocer incluso cuándo, dónde y cómo fueron utilizadas estas tarjetas de crédito, es decir, en qué se empleó el dinero que se obtuvo con ellas, a veces en abultadísimas cantidades: lencería fina, vinos de miles de euro la botella, restaurantes exclusivos, coches de lujo, vacaciones en el Caribe, joyerías... No se ha dado el caso, hasta donde sepamos, de nadie que haya empleado ese dinero en, no sé, la compra de unos aguafuertes de Goya, de una primera edición rara, de un abono a la ópera de Salzburgo, incluso de Bayreuth, de un piano. Ni siquiera en algo como un tratamiento médico fuera de España o en los estudios de un hijo en una universidad extranjera... Cabría incluso la posibilidad de que, tratándose de políticos, alguno hubiese necesitado ese dinero para llevar a cabo alguna obra que remediara deficiencias o tardanzas de la administración y mirando al bien común: unas becas para licenciados en paro, la restauración de cierta iglesia románica, un comedor social, la dotación de un laboratorio de i+d... De haber sucedido algo así, nuestra indignación no sería acaso tan furibunda y sostenida.

Pues, al fin y al cabo, tanto como la implacable y patética rapiña del dinero público  abruma y descorazona ver en qué lo emplean. Y se deprime uno aún más, si cabe, porque ve que todos esos tipejxs sin escrúpulos, barcinos, erésicos o pujolos, que tratan de incorporarse aceleradamente al  mundo de los ricos, en realidad no están haciendo nada que no haga la inmensa mayoría de estos, comprarse sus mismos coches, la lencería y las joyas que ellos regalan en secreto, cazar nuestros elefantes y viajar a los mismos hoteles de lujo saudí donde se imparten cursos acelerados para destruir lo poco decente que le queda todavía a este mundo... Es decir, que tan tóxica como su ética, nos resulta esa estética suya de horteras irredentos.
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de noviembre de 2014]

23 de noviembre de 2014

El peatón de París


SI alguien os pregunta si es posible compendiar en un pequeño tomo La comedia humana y En busca del tiempo perdido, como pretendía aquel niño queriendo meter el mar de Cartago en un hoyo de la playa, respondedle sin titubeos:
–Sí, si ese libro es El peatón de París.
Es uno de los más hermosos que se hayan escrito sobre una ciudad, obra maestra y dechado de sucesivos y asombrosos hallazgos de todo tipo: verbales, poéticos, literarios, históricos, narrativos, humorísticos… A un tiempo acorde y arpegio. Je ne me fie pas trop à l’inspiration, dirá su autor en una de sus primeras páginas. Lo dice por cortesía: encuentra más discreto y elegante hablar de trabajo que de musas. Y sí, no se fía demasiado de la inspiración, pero acaso sea uno de los libros más inspirados que hayamos leído.
Dicho esto además de una ciudad como París, categórica en sí misma, que contó aquellos años con tantos escritores, y tan extraordinarios algunos, como pintores y artistas hubo en la Italia del Renacimiento. Muchos de ellos aparecen aquí, a veces meros comparsas, pero otras con retratos sagaces y sumarios: Proust, por encima de todos en su estima, Paul Valéry y Larbaud, con los que fundó la revista Commerce, y Morand, Cendrars, Philippe, Radiguet, Mac Orlan, Satie o Ravel, de quien fue amigo íntimo, entre una multitud de gentes de toda laya, hoteleros, músicos, aristócratas, rufianes, artistas, poetas, sastres, entretenidas, bohemios, millonarios, todos y cada uno con su nombre y apellidos propios y señalados en una calle, esquina, plaza, barrio precisos, La Capilla, el Cuartel Latino, Nación, el Monte de los Mártires, los Muelles, la Marisma, San Germán de los Prados, San Miguel, cuando no bares, bistrós, restaurantes, hoteles, salones, cabarés, teatros, cines, antros…
Este es un libro que habría entusiasmado a Stendhal, perpetuo homenaje a los detalles exactos. Épico y moderno. En tal sentido es una obra que sólo pudo haber escrito alguien que había dejado atrás hacía mucho su medio siglo, destilación de toda una vida, al igual que À la recherche es destilación de la de Proust. Como en el caso de Proust podría afirmarse incluso que Léon-Paul Fargue no hizo otra cosa en su vida que prepararse para escribir El peatón de París; toda su existencia, todas sus experiencias humanas y literarias, todos sus libros desembocan en estas trescientas páginas (podrá observarlo el lector de esta edición leyendo D’après Paris, que los editores han tenido el buen acuerdo de dejar para el final, pese a ser anterior; las prosas de ese libro, poéticas y a menudo atemporales, no hacían en absoluto presagiar el todo armónico en su diversidad de El peatón de París, pero leyéndolas después de El peatón no podemos dejar de verlas ya como sus precursoras).
Fargue, que había nacido en 1876 en París (de una modesta costurera y un ingeniero e industrial de la vidriera que tardó años en reconocerle, lo que para alguno de sus escoliastas explicaría la melancolía de sus obras; bah), escribe la mayor parte de El peatón de París en 1938 para publicarlo un año después. Tenía entonces sesentaitrés y apenas llevaba diez casado. Hasta ese momento había sido un hombre libre. Un hombre libre en aquel París a caballo de esos dos siglos, XIX y XX, no quiere decir lo mismo que en otras partes y en otros tiempos. Para que se comprenda de qué hablamos: Fargue asiste de muchacho en el instituto a las clases de Bergson por la mañana y a la tarde se pasa por la tertulia que se celebra en casa de Mallarmé. Si en esta página pudiera linkearse la palabra Mallarmé veríais abrirse la fronda de quienes asistían a aquellos célebres martes y que hoy se nos antojan olímpicos. En fin, la evocación du temps passé no es uno de los menores encantos de este libro.
Como los franceses, y especialmente los parisinos, tienen una predisposición genética para encajar en salones literarios, tertulias y redacciones de periódicos y revistas, ya encontramos a Fargue, antes de cumplir los treinta, en el núcleo de fundadores del que sería bastión de los simbolistas, y con el tiempo, una de las grandes aportaciones francesas a la literatura universal: la Nouvelle Revue Française. Y de ahí, del simbolismo de Mercure de France y de la poesía, no se moverá Fargue en su vida, siempre al lado de Valéry, de Gide, de Claudel… Y siempre fino y sutil, ligero pero nunca superficial.
Esta fidelidad le trajo algunos problemas con los surrealistas, a los que no tomó nunca demasiado en serio y que acaso por eso lo hubieran querido asesinar, que es, como se sabe, la secreta vocación de todo buen surrealista. A Fargue no sólo no le importó, sino que hizo gala de tales desdenes, pues con toda esa melancolía que atraviesa sus escritos no dejó nunca de ser alguien jovial. La prueba la tenemos en esto: la coña y distancia con la que observaba las sucesivas voladuras de la vanguardia no le impidieron aprovecharse de alguno de sus procedimientos más acreditados: síncopas, vértigo, ligereza, humor, destellos… Este libro está lleno de ellos: hablando de la irrupción del cine en la vida cotidiana nos dirá: “la explosión del grisú cinematográfico”. La palabra grisú nos lleva de la mano a un mundo subterráneo, negro, mineral que estalla a cada momento. Tenía fama de dejar esperando a los taxis en sus recados y visitas (Brassaï le vio junto a uno de ellos en memorable retrato), olvidándose a menudo que los había dejado allí desangrando sus economías: “el contador del taxi cocía a fuego lento”, dirá; recordando… Basta, podríamos encontrar tres ejemplos más por página.
Y fue entonces cuando todo sucedió. 1938. Su carrera literaria había sido muy parecida a la de otros muchos de aquellos hombres de letras que tenían París verdaderamente congestionada de literatura. Pues no contento París con tener una media de tres artistas por metro cuadrado, empezó a recibirlos de todas las partes del mundo en oleadas abrumadoras, en muchos casos en estado lamentable de desnutrición y en otros, con mecenas, inversionistas y publicistas millonarios incluidos, principalmente norteamericanos.
La batahola iba en aumento. El estrépito de las bombas de la Gran Guerra hizo guardar a todos silencio durante un rato, claro, pero pasada la primera impresión, volvieron a la carga y se redoblaron los gritos y el paroxismo de todo lo que llevara una x, incluido paroxismo, se apoderó de París, de los parisinos y en especial de los artistas: el sexo libre, los saxos de las jazz band y los cláxones. París declaraba inaugurados los felices años veinte, los de la plenitud de Léon-Paul Fargue.
La fama de Fargue se debía, desde luego, a sus poemas, en verso y en prosa. Incluso cuando escribía ensayos o relatos, Fargue lo hacía como suelen hacerlo los poetas, con extrema pulcritud y precisión, pero acaso sin olvidarse de sí mismo, de los versos, de la prosa. A fin de cuentas los hombres de letras están para hacer literatura. Y sí, entonces sucedió: Fargue tomó su pluma, contuvo el aliento y no respiró hasta terminar El peatón de París. Un libro que es mucho más que literatura. Acababa de meter en él, a su manera, la Comedia humana y En busca del tiempo perdido. Un soplo de vida y la vida en un soplo. Se diría incluso que lo escribió en un rapto, acaso porque todo el libro parece un único y modulado plano secuencia. O si se prefiere, una melodía. Pour la musique es el título de uno de sus libros de poemas, él, que contó con la amistad de Ravel o Satie, que musicaron algunos de ellos. Secuencia y melodía, sí. Unas veces más rápido, otras más lento, pero sin corte, sin desmayo, sin tropiezo, como a menudo vemos en La ronda de Max Ophüls. Todo fluye en él. También como un calidoscopio que no dejara de girar. Sí, Fargue fue el inventor de un calidoscopio que sintetizó por primera vez simbolismo y cubismo. El mundo lo mira un simbolista y lo cuenta un cubista. La cuadratura del círculo. Claro que no se trata de un simbolismo tétrico, sino también vital. Saint-John Perse, que prologó sus poesías completas, lo advirtió muy bien: “ningún anatema contra la existencia ni tentativa de despreciar la vida, a la manera de los simbolistas”. Es decir, como decía Nietzsche: ningún falso testimonio contra la vida, por mal que vengan dadas.
Y con esa disposición vital el plano secuencia dura, el calidoscopio gira y gira en este libro: la eterna novedad del mundo ( “me siento nacido a cada instante a la eterna novedad del mundo”, decía Alberto Caeiro; y porque viene al caso, recordar que el Libro del desasosiego, el otro gran libro del XX sobre una ciudad, es a Lisboa y a la melancolía, lo que El peatón es a París y a la alegría de vivir; y que los dos son parte de una misma moneda), la eterna novedad el mundo, decíamos, no es en Fargue otra cosa que la novedosa eternidad de la vida.
Podrá decirse que el París del que nos habla Fargue ya no existe, que han muerto todos sus actores, que aquel tiempo pasó, que no queda con vida ninguna de aquellas novedades. Pero esa es precisamente la novedad del mundo, que nada hay nuevo bajo el sol y que nada sea igual nunca. “Heme aquí al término de mi viaje sentimental y pintoresco por un París que ya no existe”, confesará Fargue con humildad, “un París cuyos ecos ya sólo nos llegan adoptando la forma de recuerdos cada día más desvaídos o de noticias desgarradoras: la muerte de un amigo muy querido, el fin de una familia hasta hace no mucho prometedora, la demolición de una casa antaño elegida para celebrar reuniones de buen gusto”.
En esta frase se compendia a su vez lo que Fargue escribió en esa larga tirada, conteniendo el aliento: memoria sentimental de la ciudad y de sí mismo, de lo que vio, de lo que ya no existe, amigos, familias enteras con su novela, casa, barrios, plazas. Todo ello saliendo del punto del plumín de su estilográfica con la menor cantidad posible de estilo literario. Digámoslo ya: si Fargue nos gusta tanto es porque no quiere tener mucho que ver con sus colegas los escritores, y prefiere conceder “el noble título de poeta” a los carreteros, vendedores de bicicletas, tenderos y hortelanos, pero no se lo niega al aristócrata o gran burgués, si lo merece. Atget o Proust son la misma moneda, la única que le permite circular libremente por París.  Aunque no es un ingenuo y sabe que “escribir es saber desnudar los secretos que hace falta aún transformar en diamantes”, este flâneur incomparable no pierde de vista lo esencial: el poeta es aquel que está en “perpetuo estado de ósmosis”. ¿Qué quiere decir eso? En su caso “llegar a no tener necesidad de mirar para ver”. Para escribir de París, como Fargue lo hará, era necesario llevar antes París en el corazón. “Llevo toda una sociedad en mi cabeza”, dijo Balzac. Sabido esto, ni siquiera hubiese sido necesario salir a la calle, hubiera podido escribir su Peatón en un cuarto en penumbra, como Proust À la Recherche.
Todo esto es este libro. Desde su publicación gozó de la mayor de las consideraciones. Todos comprendieron y admiraron el fulgor y brío de un libro que se presentaba, como el buen simbolismo, atenuado y  discreto. Hasta los escépticos tuvieron que admitir que Fargue tal vez no había inventado la pólvora (inventada acaso por Baudelaire en su Spleen de París, que inauguró un género, el de los libros sobre París; la lista sería interminable: Apollinaire y Le flâneur des deux rives,  Benjamin y su Libro de los pasajes, la Nadja de Breton, el París de Green, los libros de Mallet, Modiano, y, claro, el trabajo de fotógrafos como Izis, Brassaï. Doisneau, Cartier Bresson, Luc Dietrich, Plossu, Moï Ver o Kertesz que tanto han contribuido a fijar la “idea” de París) pero sí algo mejor, aplicada a París: la epilírica, género enteramente moderno, mitad romántico, mitad clásico, simbolismo y vanguardia. Fargue podía despedirse de esta vida tranquilo y satisfecho, con el deber cumplido.
Lo que le restaba de ella, nada menos que la ocupación, la pasó como pudo, sobreviviendo: encontramos su nombre en el segundo plano de revistas y periódicos poco recomendables, Combats, La Légion, Patrie (al fin y al cabo la mayor parte de sus amigos eran simpatizantes de Vichy, como lo habían sido del bando franquista en la guerra de España, en Occident se publicó la lista de adhesiones; y porque viene a cuento, recordar el pasaje de El peatón donde Fargue, hablando del hotel en el que vive, el Palace, habla de quienes lo comparten con él unos días, son los del Congreso en Defensa de la Cultura, Pasternak, Malraux, Bloch, Aragon y… Carranque de Ríos).
Aquí tienes, lector, una ciudad y un libro ideales. Si lees con atención en una y otro advertirás que el París de Fargue y el París de hoy no han cambiado tanto.
“Los cafés han cambiado de aspecto, pero los amores fugaces permanecen”, nos había dicho Fargue. Y no digamos los amores eternos, como Paris o Fargue.
          (Prólogo a El peatón de París de Léon-Paul Fargue. Ed. Errata Naturae, Madrid, 2014)

Editorial Errata Naturae. En librerías a partir del 17 de noviembre.


22 de noviembre de 2014

El trasnochado

RARAMENTE se ha ocupado uno en este almanaque de lo que otros dicen de él. Lo de hoy, siendo festivo, no debería contabilizar ni siquiera como réplica.
Me envía una amiga el enlace de alguien que titula que uno "revela como mínimo una pose de escritor trasnochado". 
Al glosar ese hombre mi artículo sobre el drae y la definición de ruiseñor que viene en él, pensé que lo de trasnochado iba por ahí, ya que el ruiseñor no sólo canta maravillosamente, sino que es el pájaro trasnochado por excelencia: canta todo el día, pero se le oye principalmente de noche, por trasnochar él como ningún otro.
Pero no, el articulista, se agarra a la frase en la que dice uno no acordarse del nombre del secretario de la rae. "¿Pero cómo no va acordarse?", parece decir indignado. "Nada más sencillo. Hubiera bastado con haber entrado en internet y allí habría encontrado no sólo cómo se llama, sino que es una eminencia mundial...". 
Vamos con mi frase: "Pero sucedió algo importante en la vida de cualquier ser humano… cierto día conoció uno al secretario de la rae. Fue hará cosa de un año, en una cena. Ya no recuerdo su nombre, pero sí que me pareció persona importante". 
En un primer momento me dije: "Esto va a ser la decadencia, Andrés; la gente ya no advierte la ironía de tus escritos. Si no se entiende que ese "ya no me acuerdo de su nombre" lleva la misma coña que aquel "de cuyo nombre no quiero acordarme", apaga y vámonos". Pero luego, leyendo la cartela que aparece debajo de la foto del articulista, me quedé más tranquilo: catedrático de álgebra, exrector de la universidad de La Coruña y, a tenor de la indignación que le ha producido que no recuerde uno ese nombre y el entusiasmo que pone él en recordarlo, primo turiferario del secretario de la rae, de cuyo nombre sigo sin acordarme. Ni para catedrático ni para rector ni para primo de un académico, incluso ni para académico, se necesita sentido del humor; ahora, si se escribe, no estorba tenerlo.


Córdoba (desde el tren). 12 de noviembre de 2014



21 de noviembre de 2014

Guzmán de Alfarache / Don Quijote de la Mancha


LA picaresca (Mateo Alemán) está tan cerca de la literatura (Cervantes), que a veces pueden confundirse. Pero nada más contrario a esta que aquella, por lo mismo que lo bueno es enemigo de lo mejor.
* * *
EL pícaro (Guzmán de Alfarache) vive de los demás; el héroe de sí mismo (don Quijote), vive y deja vivir, norma que sólo rompe cuando ve a alguien que trata de explotar a los demás, niño, viuda, pobre, galeote. 
* * *
Guzmán de Alfarache, claro ejemplo del sí, pero no, y del no, pero sí.

Cáceres, 8N de 2014



20 de noviembre de 2014

... y Sevilla

EL olor de la bosta caliente de los caballos, tan familiar e irreductible, es lo único genuinamente cervantino que le queda a las calles de Sevilla. Y las campanas...
* * *
LAS campanas hablan distinto en cada sitio. En Sevilla hablan sevillano, y al caer la tarde lo hacen con un deje... castellano. Esa mezcla de voz y de acento evoca a Cervantes como ninguna otra cosa.
* * *
Y desde luego, ninguna fragancia superará nunca la de la primavera sevillana: a bosta, azahar y cirios. Cada uno de esos olores potencia los otros dos. Ah, si se pudiera meter en un pomo que hiciera menos triste la lejanía.

Desde el la habitación del hotel. Sevilla, 18 de noviembre de 20

19 de noviembre de 2014

Leales

DE estas dos o tres semanas en las que uno está de aquí para allá como un viajante de comercio de sí mismo, acaso lo mejor sean los reencuentros de los viejos amigos. Hace años tal vez que no se ven, pero apenas llevan cinco minutos juntos, la conversación se retoma con la misma cordialidad y reposo que si se hubiera suspendido la víspera. Sucedió anteayer en Ávila, David, Fernando, y volverá a suceder una y mil veces porque así ha sucedido desde los tiempos de Aquiles, tal y como atestigua el nombre de esta calle. ¿Hay otro motor más seguro para la marcha del mundo que el de la lealtad? El libro que trata de su historia, habla precisamente de esa virtud que mantuvo unidos a don Quijote y Sancho mucho más allá de la muerte del primero... y de la del segundo.

Ávila, 17 de noviembre de 2014

18 de noviembre de 2014

Lo que es de nadie

SE encuentra uno en una libreta estos versos escritos quién sabe hace cuántos años, ¿quince, veinte? Son míos y de todos y de nadie, variaciones de los temas tradicionales. ¿Hay algo que no sea una variación? Porque acaso sólo podamos imprimirle a las cosas nuestro acento. La voz es de todos.

En cada rincón del aire
se ha deshojado una rosa
y el aire, que es como el alma,
se satura de un aroma
tan delicado y extremo
que hasta el alma se deshoja.

Madrid, 2 de noviembre de 2014



17 de noviembre de 2014

Caso perdido

YA se habló aquí en años pasados de un hecho singular: a partir de un momento el diccionario de la Real Academia suprimió de la voz “ruiseñor” la condición que le distingue a este pájaro de todos los demás: su melodioso y arrebatado canto. No ocurre así en los diccionarios más importantes del mundo, antiguos o modernos, donde el ruiseñor nos sigue cautivando con él. Esa fue la razón por la cual llamó uno entonces la atención sobre esa anomalía, con la ilusión de que alguien le restituyera al ruiseñor en el drae lo que era suyo. Cierto que la esperanza de que mi escrito llegara a manos adecuadas era muy pequeña, porque es cosa sabida que los académicos, al tener que leer unos de otros las obras inmortales que escriben de continuo, no tienen tiempo material para nada más, y las ediciones del diccionario siguieron apareciendo sin esa restitución. Pero sucedió algo importante en la vida de cualquier ser humano: cierto día conoció uno al secretario de la Rae.

Fue hará cosa de un año, en una cena. Ya no recuerdo su nombre, pero sí que me pareció persona importante, razón por la cual, y al hilo de los bombos que se echaba a cuenta del drae, se atrevió uno a interceder por el ruiseñor. Me escuchó atentamente y aunque no conocía él los pormenores del caso, aventuró mil razones científicas del canticidio, y prometió informarse. Pero como sabe uno que los académicos tienen tantísimas cosas en la cabeza, saqué una tarjeta y escribí al dorso la palabra ruiseñor todo lo grande que pude, para que le sirviera de recordatorio. Se la guardó sin mirarla y dijo lo que suelen decir los secretarios a los pobretes: algo entre “Veré qué puedo hacer” y “Dios le ampare, hermano”. Como se comprenderá, lo primero que ha hecho uno ahora ha sido salir corriendo a mirar en el nuevo drae la palabra ruiseñor. Sigue como estaba. Caso perdido. Lo extraño es que en las viejas ediciones el drae mencionaba su “delicioso canto” o “su dulce y concertada voz”. No sabemos por qué, pero se ve que a los académicos les joden los ruiseñores. “Me jode Homero”, dijo en su lecho de muerte cierto célebre catedrático que había entregado su vida al estudio de La Ilíada. En la definición vigente, aparte de sus tarsos, se habla del color de su plumaje, y esto sí que es raro, porque así como es difícil no oír y escuchar a un ruiseñor, si canta, resulta imposible verlo ni cantando, tanto se esconde, indiferente a academias y palabras, incluidas estas.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 16 de noviembre de 2014]

16 de noviembre de 2014

Nosotros los solitarios


PODEMOS es a la política lo que todo a cien.
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¡QUÉ sería de nosotros los solitarios sin las estadísticas!
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UNA de las pocas ventajas de hacerse viejo, viejuno, es que apenas queda nada que pueda desengañarte o producirte una gran decepción.
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NO hay nada a la intemperie sobre lo que no se pose el rocío de la mañana, ni rocío al que el sol no arranque un arpegio jovial.
* * *
"ESTO va a ser sicosomático" fueron sus últimas palabras.
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NO todo el mundo ha tenido esa suerte: Fulano nunca ha elogiado nada tuyo. 

Madrid, 9 de noviembre de 2014


15 de noviembre de 2014

Zenobia/Juan Ramón

DECÍAMOS ayer... que la actualidad nos apartó momentáneamente de cierta historia relativa a Juan Ramón Jiménez. Al hilo del prólogo que escribía para la edición facsímil que prepara el diario Abc de Platero y yo, tuvo uno que consultar la antología para niños que hizo Zenobia con poemas y prosas de JRJ. Conociendo a este hay que suponer que la antología fuese tanto de uno como de otra. 
En nuestra biblioteca hay dos ejemplares de esa edición de Signo, de 1932, regalo uno de ellos de nuestro amigo José Muñoz Millanes, que vive, escribe y enseña literatura en la Universidad de Nueva York. Allí fue vecino de casa, y de universidad, de la también profesora Soledad Carrasco Urgoiti. A la muerte de esta (Elorza escribió una preciosa necrológica), sus herederos, antes de deshacer casa y biblioteca le invitaron a que tomara de esta los libros que deseara, en atención a tantos años de una relación que acabó teniendo más de familiar que vecindaria, y JM., pensando en uno, tomó ese ejemplar de la antología de JRJ, que yo agradecí infinito. Cierto que estaba mucho más deteriorado que el mío, con algunas hojas y el lomo desprendidos, pero tenía algo que lo hace precioso: está firmado por Zenobia, en lápiz negro, y por JRJ, que añadió la fecha en su característico lápiz rojo de esos años: enero del 33. Probablemente fuese un regalo de navidad a aquella niña que entonces tenía once.
Que el ejemplar estaba firmado por los dos era algo que recordaba, pero hasta el otro día no descubrí los dos papelitos que había dentro, guardados sin duda por la propietaria, que conservó ese libro toda su vida. Un recorte de un periódico con la noticia de la muerte de Zenobia y una nota en un papelito. El "suelto" puede serlo de uno de los periódicos que el hermano mayor de Zenobia tenía en NY (lo sugiere esa mezcla de castellano e inglés del titular) y el papelito, una ficha de trabajo de la estudiosa Soledad Carrasco. Lo encabeza la palabra "Justicia", y sigue: "C.171. La justicia de Peralbillo que después de ahorcado el hombre le leen la sentencia del delito".
En un momento y con todas esas pistas delante, sintió uno la llamada de los paleontólogos, la de reconstruir un pasado tan lejano como hermético a partir sólo de dos o tres sordos destellos, y la necesidad de recordar aquí con el mayor afecto a una mujer que ni siquiera llegó uno a ver en vida, aunque sí la esté viendo ahora, ante mí, como una niña de once años, con ese libro nuevo que le acaban de regalar dos personas del lejano mundo de los adultos.
Ni que decir tiene que coloqué en su sitio la hoja con las firmas de JRJ y Zenobia y metí de nuevo en el libro esos dos papelitos que alguien volverá a exhumar quién sabe en qué trasmundo.





14 de noviembre de 2014

Viejunos

SE publicó ayer este artículo en El País, y a él cabría añadir estas consideraciones apresuradas que deberían elaborarse:  
Una de las tareas más urgentes es exigir respeto para aquellos que defienden los argumentos unionistas. En el debate secesionista se hace patente algo que nos diferencia de otras democracias más maduras, como la británica. En Gran Bretaña se han llevado a cabo discusiones y confrontaciones dentro de un clima del mínimo respeto entre los adversarios que defienden posiciones antagónicas a favor y en contra de la independencia de Escocia. 
En cambio en el caso del conflicto planteado por el gobierno catalán, los argumentos del nacionalismo han calado en el discurso de la opinión pública hasta el extremo de que las posiciones unionistas son etiquetadas como de extrema derecha. Esta consideración es un supuesto generalizado en la izquierda que parece haberse olvidado de que la defensa de la unidad del Estado se basa entre otras cosas en el concepto de ciudadanía formulado a partir de la Revolución Francesa y derivado de los principios kantianos de la Ilustración. Un concepto que tuvo un papel fundamental en la lucha contra la esclavitud propugnada por los unionistas en la Guerra de Secesión norteamericana. Principios que han sido los de la izquierda clásica durante los siglos XIX y XX, pero que parecen haberse olvidado. 
Y a esto se ha llegado con la colaboración de gran parte de los medios de comunicación que han creado un estado de opinión contrario a la posición unionista, en el que se tilda de fascistas a aquellos ciudadanos que se atreven a declarar en público sus opiniones favorables a la unidad de España. 
Ante esta estigmatización la reacción comprensible de los partidarios de la unidad es un silencio que tiene graves consecuencias para la libertad de expresión,  porque hay mucha gente contraria a la secesión que no se atreve a decir en público lo que piensa en privado. Este déficit democrático dificulta las condiciones para lograr un estado de opinión pública que refleje lo que piensan los ciudadanos.

* * *

VIEJUNOS
Se emplea esta palabra, viejunos, sacada del argot de los jóvenes, no porque la encuentre apropiada o bonita. Tampoco, claro, lo son los adjetivos viejuno/a. En realidad resultan términos bastante irritantes por todo el desprecio que parece venir larvado en ellos. La experiencia nos dice, sin embargo, que las palabras de cualquier argot se quedan viejas pronto y se olvidan. Basta echar una ojeada, por ejemplo, al Diccionario cheli de Francisco Umbral. La mayor parte de las que aparecen en él, que circularon y se celebraron tanto por ingeniosas hace treinta años, nos resultan hoy ininteligibles, sin gracia y estúpidas, cochambrosas y llenas de abolladuras como los cascos y corazas que los extras de una película de romanos arrojan al cesto de mimbre al acabar el rodaje. Así que si se emplea hoy aquí la palabra viejuno, es por sentirse uno también como un casco de atrezzo con la crinera apolillada.

La víspera del 9N acudí como protagonista al primero y último acto político público al que he asistido y asistiré probablemente en mi vida: la lectura en la plaza mayor de Cáceres de un manifiesto a favor de la libertad e igualdad de todos los españoles frente a quienes al día siguiente iban a atentar contra una y otra en Cataluña. Pues sabíamos todos o teníamos indicios de que ese atentado se perpetraría al margen de la ley y de los dictámenes del Tribunal Constitucional. Lo que ni sabía ni podía sospechar nadie era que el atentado se llevaría a cabo no sólo con impunidad sino con jactancia: “Aquí estoy yo para lo que quiera la Fiscalía”, retó provocador Mas el mismo 9N. Su famoso órdago le estaba saliendo gratis, es un decir, porque probablemente nunca se sabrá cuánto le ha costado a los catalanes ese guateque al que finalmente no acudieron dos tercios. Además el Estado y la Historia parecían darle la razón: como había prometido, en Cataluña el 9N se habían sacado las urnas a la calle, contra lo que había asegurado el presidente del gobierno de España, tenían al Estado a sus pies y la Historia la estaban escribiendo ellos.

El manifiesto que iba a leer era breve y claro, sin énfasis, sin retórica. Creo sinceramente que ningún demócrata hubiera dejado de suscribirlo. Lo había redactado un hombre, Fernando Savater, a quien debe tanto en su lucha decidida contra el terror, los liberticidas y toda forma de matonismo un Estado de Derecho que puede permitirse el lujo de tirarlo también a un cesto de mimbre, por viejuno.

No digo que viajásemos mi mujer y yo a Cáceres pensando que acudiría una multitud a oír el manifiesto, pero no esperábamos aquello, que tenía algo de chaplinesco: los únicos que habían acudido al llamamiento eran dos muchachos de la Televisión de Extremadura, enviados por sus jefes. Era difícil no tener la sensación de haber estafado a la prensa prometiéndoles un hecho, y por tanto, una noticia, que no iba a producirse, y les dije que entendería que se marcharan, y acto seguido subí dos o tres escalones de esa plaza, para que se me viera desde Portugal, donde tal vez le hicieran a uno un poco más de caso, y pedí a mi mujer que se pusiera delante, resuelto a leerle el manifiesto a ella sola. En ese momento se acercaron tímidamente tres personas, luego una más, luego otras dos. Se quedaron aquí y allá, en la explanada vacía de los Foros de los Balbos, sueltas, donde caían, como cuentas de un collar roto. Contando a los reporteros, que tuvieron a bien hacernos la caridad de quedarse, fuimos trece. Al terminar, di la mano y las gracias a los congregados, uno por uno, antes de dispersarnos en silencio, abismado cada cual en estoicas  misantropías. Ni siquiera la presencia de los reporteros ni la de otro joven consiguió rebajar la media de edad de los allí reunidos, todos viejunos.
Lo extraño es que en ese mismo momento y en la misma ciudad, a unos cientos de metros, estaba reunido el Partido Popular en pleno, el extremeño y el nacional, con la mayor parte del gobierno de España y su presidente a la cabeza. Parece que habían montado aquello para hablar de la corrupción, pero la realidad les había jugado otra mala pasada: un par de días antes había estallado el “escándalo de los  viajes” del presidente regional extremeño, cuyo desarrollo esperpéntico deja a Valle-Inclán en el Padre Coloma. Al no dedicarse uno a la agitprop pensé, ingenuo, que en algún momento de nuestro acto cívico aparecería alguien del Pp excusando presencia. A mí, personalmente, me habría dado lo mismo, pero tampoco sucedió. No vino nadie tampoco del Psoe ni de ningún otro partido político o entidad cultural, universitaria, profesional que quisiera sumarse a trece ciudadanos que pedían, a quienes se suponía tenían en su mano hacerlo, que se cumpliese la Constitución…
De hecho, a esa misma hora también, no muy lejos de Extremadura, en Sevilla, Pedro Sánchez, líder de los socialistas, hablaba de ella. En realidad, de su reforma. Viene haciéndolo desde hace meses como un mantra, para “encajar” a unos secesionistas que a estas alturas ya están desencajados y no sienten el menor interés ni respeto por ella ni por el estado federal. Como Sánchez sabe que ni la Constitución ni la ley ni el estado federal solucionarán el problema de los independentistas, y menos aún una reforma de la Constitución, como queremos tantos, que acabe de una vez por todas con los privilegios, fueros, cupos y ventajas fiscales o electorales que han favorecido las desigualdades y la insolidaridad entre regiones, como no cree, decía, que nada de eso ayude mucho a “hacer política”, otro mantra, Sánchez recurrió al catalán macarrónico, de película de romanos, para gritar una declaración patética de amor: “Cataluña, te queremos; catalanes, os queremos”. Estuvo a la altura de aquel famoso cup of coffee de la alcaldesa Botella. “Yo no amo al pueblo judío ni a ningún otro pueblo; yo sólo amo a mis amigos”, dijo Hannah Arendt, y desde luego no resulta fácil tener por amigos a quienes tratan de privarte de tu ciudadanía y de tus derechos de ciudadano (y de paso, si pudieran, de un 20% del pib que es de todos), desprecian las leyes que te obligan a cumplir y se quieren separar precisamente porque se sienten mejores y superiores a ti, creyéndote parte de una nación viejuna como España, sin el futuro de su futuro país, aunque el suyo sea nonato aún y no sepa nadie si dará en criatura sana y rolliza o en aborto.
Después de ver lo que sucedió en Cataluña el 9N, donde el independentismo logró en doce horas lo que no logró el terrorismo de Eta en treinta años, liquidar el Estado, las opiniones de Jiménez Villarejo o Francesc de Carreras, publicadas en este periódico, y las de tantos más, no se pueden ventilar tachándolas de “conservadoras”, “fachas” o “inmovilistas”. Claro que echa uno cuentas, y ha de concluir que por inteligentes que sean, se trata siempre de viejunos. Albert Rivera podría rebajar también la media de edad, o Upyd subir la media moral y política del país tras denunciar ante la Justicia a Mas por prevaricación en el mismo momento en que la cometía, pero son a todas luces insuficientes. ¿Los justicieros de Podemos? Estos ni están ni se les espera: “perfil bajo” tituló este periódico en relación a su postura en el 9N, sabiendo que los podemistas, tan jóvenes y gimnásticos, quieren acabar a un tiempo, también por viejunos, con un Régimen y una Constitución que tienen, sin embargo, la misma edad que la mayoría de sus dirigentes: treinta y cinco años.
En fin. Lo que empezó para uno la víspera de manera tan desangelada, terminó igual el 9N: el presidente del gobierno, se nos dijo en la tele, seguía desde Moncloa atentamente el transcurso de la jornada en Cataluña. Era fácil imaginarle la tarde de ese domingo viendo los telediarios con un transistor pegado a la oreja, oyendo “Carrusel Deportivo”. Se sintió uno uno de aquellos viejunos apátridas de Baroja, que van sin afeitar y con su lema a rastras, repitiéndose sarcásticos “nunca pasa nada, y cuando pasa, no importa”: de todos los españoles, Rajoy era tal vez el único que ese día estaba feliz y más pendiente de la quiniela que de los resultados inanes del ensayo general de referéndum.

Trujillo desde la carretera de Cáceres, 8N de 2014




13 de noviembre de 2014

En la bolsa de Hamburgo, 1962

HAY cosas que sólo se llegan a revelar con el paso del tiempo. Las fotografías nos ayudan a ver cosas que pasaron por alto los contemporáneos, no sutiles, como se creería, sino de bulto. Este libro, de Thomas Grebe, de 1962, contiene muy buenas fotografías de Hamburgo, principalmente las de su puerto, e incluye esta de la bolsa de Hamburgo. Algo llama la atención en ella de pronto, como cuando, en el cine, en una película antigua, vemos a un médico fumando mientras pasa consulta con su bata blanca y su fonendo colgándole del cuello. Sí, no hay ni una sola mujer entre tantos hombres. Lo extraño es que si la foto se hiciera hoy, cincuenta años después, probablemente fuera la misma, lo que nos ayuda no ya a no reconocer el mundo que recoge la fotografía, sino el nuestro propio.


12 de noviembre de 2014

EL final de Sancho

SE presenta hoy en Sevilla. 
La espera, como todas las esperas, se ha hecho larga, cuando estaba lejos, corta, cuando llegó. 
Copio de la contracubierta los dos primeros párrafos:

Esta novela cuenta la búsqueda de fortuna de un grupo de amigos nada comunes. Poco bueno esperan ya de su patria, así que se ilusionan con un viaje que les cambie la vida. Sansón confía en la promesa de unas minas de oro y plata, fantasía desatinada donde las haya. Antonia le sigue por amor, pues empezar de nuevo es el único deseo legítimo y posible. A Quiteria le parece una locura y Sancho se embarca porque no se resigna a olvidar la vida errante.
El Nuevo Mundo es de los audaces, como se verá en esta vertiginosa y siempre inesperada sucesión de "hechos, sólo hechos", que no van a desvelarse en esta contracubierta por respeto a los lectores. En Al morir don Quijote se relató lo sucedido al famoso caballero y El final de Sancho Panza y otras suertes da cuenta del desenlace de sus propias vidas, que son las nuestras. Como sus personajes, también hoy siguen algunos empeñados en la noble tarea de reencantar el mundo.

En efecto; se vio el otro día en Cáceres, donde tuvo uno que habérselas con molinos de viento sin molinos y aun si le apuran a uno mucho, sin viento, tan solos estuvimos.

Cubierta: Guillermo Trapiello.
Presentación en Sevilla, 12 de noviembre, en la Biblioteca Pública Infanta Elena, 19:30, a cargo de MLuisa Chamorro.
Presentación en Madrid,  2 de diciembre, Librería Central de Callao, 19:30.

11 de noviembre de 2014

Carlos Vélez

SU mayor encanto, en un mundo lleno de vanidad y de egotismos a menudo ridículos como es el de la televisión y el de la literatura, fue la discreción. Y su mayor talento, rodearse de gentes que él consideraba con un talento superior al suyo, sin importarle que en su equipo hubiese excepciones a esta regla (yo mismo). 
Había nacido en 1930 en León (“nadie es perfecto”, decía), hijo de un jerarca local del Movimiento caído en desgracia por hedillista, y la Falange eterna y el Sindicato pusieron en sus manos, años cincuenta, Acento cultural, una revista en la que colaboraban muchos futuros defensores de la memoria histórica, ma non troppo. Sin salirnos del número dedicado a Antonio Machado: Garciasol, Caballero Bonald, José Agustín Goytisolo, López Pacheco, Moreno Galván, Luis de Pablo, García Hortelano, Alfonso Sastre, Juan Goytisolo o Isaac Montero, a los que han de sumarse Castellet, López Salinas, Celaya, Crémer o Blas de Otero como colaboradores habituales. Es decir: que ni las cosas son lo que parecen, blancas o negras, ni se suelen recordar como fueron. Con ese porte de hombre culto y tolerante llegó Carlos Vélez a finales de los setenta a dirigir el único programa de literatura en la televisión, en un país que contaba entonces sólo con una, la española, y dos cadenas. 
En la segunda, minoritaria, empezó sus Encuentros con las artes y las letras, que pasaría a ser un año después, Encuentros con las letras. Dos horas seguidas de literatura que Vélez puso a disposición de, entre otros, Daniel Sueiro, Esther Benítez, Miguel Bilbatúa, Jesús Torbado, José Luis Jover y el que pronto sería su colaborador más brillante, un Fernando Sánchez Dragó todavía ágrafo y acaso quien mejores entrevistas acabó haciendo en ese medio, largas y en profundidad. En cinco o seis años pasaron por los platós de Prado del Rey o se les fue a ver a su casa Italo Calvino, Borges, Giorgio Bassani, Michael Ende, Mújica Láinez, Severo Sarduy, Cortázar, Rulfo, Caro Baroja, Alberti, Larrea, Dámaso Alonso, Savater... La lista sería interminable. Si no fuese una estupidez enunciar algo así en literatura, podría decirse: todo el mundo. 
Carlos Vélez oía con atención las propuestas de sus redactores y por lo general les daba curso sin cortapisas, generoso y austero, más cómodo siempre en el segundo que en el primer plano, como un discípulo aplicado de Juan de Mairena (sus poetas predilectos eran Machado y César Vallejo). Comprendió que la tarea de hacer de España algo mejor, pasaba por el hecho de hacerla entre todos, dándoles la palabra a famosos y desconocidos, viejos y jóvenes, progresistas y conservadores. Es decir, lo único en blanco y negro entonces era la televisión. Cada Encuentros se esperaba como un soplo de aire fresco y los amantes de los libros lo seguían desde todos los rincones de España (o casi, quedaban todavía muchos donde no llegaba la señal) con una atención y respeto que hoy se nos antojan irrecuperables. Mientras duró, cinco o seis años, hasta que las intrigas acabaron con él, Vélez fue un hombre feliz, orgulloso de su trabajo. Tenía sobradas razones para serlo.
      [Publicado en El País el 8 de noviembre de 2014]