30 de septiembre de 2014

Félix Ovejero y el emperador

FÉLIX Ovejero ha escrito un libro importante y necesario, El compromiso del creador. Ética de la estética (Galaxia Gutenberg). Tras una presentación del profesor Jesús Carrillo, su autor habló ayer de la obra en la librería Central del Museo Reina Sofía. Mi presencia en aquel acto, como sparring, obedecía a mi amistad con el autor y a mi condición de aficionado a esos asuntos, oyente siempre en sus clases de ética y estética.
Harto, como tantos, de ver el jardín en el que nos han metido, Ovejero se ha tomado la molestia de estudiarlo para saber, más que nada, si se puede salir de él o si estaremos condenados de por vida a sufrirlo. Y, como decía Pla, preguntando a cada paso quién lo paga. Pues jardín, o más bien berenjenal, es el arte contemporáneo y tantos que pululan en él, artistas, galeristas, crtíticos y estetólogos aplaudiendo rabiosos a quien entre todos ellos han hecho el traje más a medida que nadie podría hacerle a un emperador: el de su estupidez. Ovejero, profesor de filosofía política, se ha colado en ese jardín y ve las cosas con la inocencia del niño del Retablo de las maravillas, que Andersen universalizó en su cuento. 
Y como Ovejero es inocente, pero no cándido, y está harto también de tantos charlatanes, va acopiando de manera implacable los excesos de un mundo del arte que empezó a desquiciarse en dos momentos fundacionales: el día en que Duchamp llevó su urinario a la sala de arte y aquel otro en que le pintó bigotes a la Monalisa con la consiguiente advertencia de que él, Duchamp, podía reírse de la Monalisa, pero no toleraría que nadie se riera de Duchamp. Las consecuencias fueron en cierto modo trágicas, si no cómicas: en arte quedaban inauguradas las micciones secas (en palabras de Gaya "entienden de lo que no comprenden") y, muerto el Dios de Nietzsche, se había dado paso a una nueva secta sin Dios trascendente, con sus museos-catedrales, galerías-iglesias y el nutrido e integrista beaterio propio de cualquier secta, con sus papas, sínodos, encíclicas-manifiestos y demás. Sólo por el sistemático e implacable acopio de los excesos, ridiculeces, contradicciones, arbitrariedades, palabrería del arte contemporáneo de los que se ocupa en la primera parte, este libro es ya una joya. Pero aún queda la segunda, que como suele decirse, es la más interesante. 
Ovejero es consciente de que el positivismo no está habilitado para comprender la naturaleza misteriosa de acto creador, de la creación artística. La ciencia, que tiende a huir de la mixtificación y del misterio, no podría desentrañar, sin destruirlo, lo que es propio del arte, su centro misterioso. Ni siquiera entra en el propósito de su estudio definir qué es o no es arte, en la medida que no forma parte de la ciencia el sentimiento, el único instrumento que se nos ha dado a los hombres para crear, y sirve esto tanto para el creador propiamente dicho como para quien ha de reconocer y apreciar lo creado por otros. Pero si no estamos capacitados para decidir qué es o no arte (en este apartado recordar el arco que va de Kant, para quien ejemplo de lo bello artificial era el papel pintado, a Heidegger, que escribió sobre Chillida), acaso sí lo estemos para sospechar qué no lo es o negar que lo sea aquello que nos presentan como tal. En ese momento tenemos la obligación de estudiar las consecuencias éticas que se derivan de esa decisión (por ejemplo: si prescribimos que "lo bello" son los papeles pintados, estaremos haciendo un grandísimo favor a los fabricantes de papeles pintados, o al revés, nosotros, fabricantes de papeles pintados, contaremos con un prescriptor de cámara que diga que los papeles pintados, etc). Esa es la ética de la que se ocupa Ovejero. La otra, la inherente al arte, la ética estética de la estética, de la que se ocupan, entre otros JRJ, no forma parte de este estudio, y sigue dejándola en manos de los creadores que han decidido que el arte nunca será cosa mental, sino algo relacionado con la vida, naturaleza más que cultura.

Curioso, inteligente, humilde, Ovejero no dejará rincón sin escudriñar en las relaciones del artista, sedicente o auténtico, con sus contemporáneos, y del arte con la sociedad, el mercado o el Estado, para llegar a una conclusión: los instrumentos de que disponemos para acercarnos a la belleza y a la verdad siguen siendo rudimentarios y los mismos de que dispuso Keats, curiosidad, inteligencia, humildad, no muy diferentes de los que también dispone la ciencia. Y sentimiento, algo que, como hemos dicho, distingue a la belleza y al arte de la ciencia. A sabiendas, se me olvidaba decir, de que por la belleza y la verdad hace lo menos cien años que nadie da un céntimo en el mundo del arte contemporáneo, porque, nos aseguran, también han dejado de existir. Aunque también sepamos con un saber precientífico que haberlas, haylas.
Busca, amigx, este libro, que habla no solo a convencidos sino a aquellos que piensan que en ciencia y en arte sigue estando en vigor aquel sapere aude: atrévete a saber... y a decir: sí, el emperador está desnudo, como todos los que le han vestido.


29 de septiembre de 2014

Entre tú y yo


ESTO no es sólo literatura.  Como acaso sepa el lector de esta página, lleva uno publicados dieciocho tomos de una obra que para muchos son diarios, para el autor una novela en marcha y para algunos otros una diarivela, ya saben, como la bacía de aquel barbero que don Quijote y Sancho acordaron llamar baciyelmo para tener la fiesta en paz. También sabrá ese lector  que no es uno dado a confidencias sentimentales aquí ni a hablar de sus propios libros, ni de esos que algunos especialistas etiquetan como “literatura del yo”, ni de ningún otro suyo. No sería extraño tampoco que ese lector haya enviado alguna vez una carta al Magazine preguntando por qué uno habla de sí mismo como “uno” y no como “yo”. Quizá me entienda si digo que me gusta ese “uno” porque es la mínima expresión del yo, en realidad algo a medio camino entre el tú y el yo, para no cansarme a mí de yo, ni a ti de mí.

El yo es un mal invento, acaso uno de los más peligrosos del romanticismo, como la dinamita, y su mal uso nos mete de lleno en egolatrías y egoísmos devastadores. Principalmente cuando el romanticismo se embarca en la construcción de un yo identitario, colectivo, llamado pueblo, en cuyo nombre no dudará en hacer saltar por los aires la convivencia y la solidaridad. Es entonces, para justificar sus voladuras, cuando el romanticismo echa mano de la Historia, proyectada hacia el Futuro en base a pasados idílicos tan fiables como nuestros recuerdos de la paradisíaca estancia en el útero materno. 

Del yo, el menos. Decía Antonio Machado que lo esencial en la poesía no era tanto el yo como el tú, un tú que él llamó precisamente “esencial”, suma de todas las personas del verbo. En el poema estamos todos igualmente representados, el poeta y el lector, pero también cuantos no leen poesía por ignorancia, por falta de medios, por desprecio. Y al igual que sucede en la poesía, debía constituirse todo en este mundo, individuos, comunidades de vecinos, ciudades, naciones, alrededor del tú, no del ombligo. La distancia que media entre el tú y el yo es la que hay entre “todo es de todos”  y “¿qué hay de lo mío?”. Lo más chistoso (es un decir) es que los partidarios del “¿qué hay de lo mío?” suelen serlo también de “lo mío, mío, y lo tuyo, a medias”. En muchos casos, claro, agitando la bandera del “nosotros, el pueblo”, y poniendo su yo a buen recaudo en una caja fuerte. ¿No lo crees así? Ya somos dos.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de septiembre de 2014]

28 de septiembre de 2014

Por ejemplo


LOS EJEMPLOS son siempre un mal ejemplo.
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CLARO y difícil, no hay otra.
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“LO que no está roto, no lo arregles”. Romper lo que no estaba roto, para hacer creer que se va arreglar, es la ficción de la que parte cualquier nacionalismo.

Aldaba (Mariano Benlliure) de una casa mirobrigense. 19 de septiembre de 2014







27 de septiembre de 2014

Flores (aforismos)


LA lluvia pone sus flores en los charcos.

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LO que más duele es el miedo.
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QUÉ excelsos horizontes se ven en cuanto deja uno de tener los pies en el suelo. 
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JRJ es tanto que entran ganas de escribir JRJRJ.


El Rastro, 14 de septiembre de 2014






26 de septiembre de 2014

Como exPresident

Como exPresident vuestro que soy, os debo una explicación y esa explicación que os debo, os la voy a dar, como exPresident vuestro que soy... os debo una explicación  y esa explicación que os debo.... (Riguroso directo)

Secreto poder

UNO de los muchos prodigios que ha propiciado el Quijote, y desde luego no menor, no es que de él se hayan dicho y escrito más cosas que de ningún otro libro, si dejamos a un lado la Biblia, sino el hecho de que en casi todas ellas lata una verdad y hallemos en casi todas el rastro de una profunda emoción, incluidas naturalmente aquellas erudiciones inanes y disparatadas que también se han ocupado .de aquel hombre, más de carne y hueso que de papel. Quiero decir, que no hay nadie que no se haya acercado a ese libro y que no se haya mejorado por su secreto poder taumatúrgico. Así se siente, al menos, uno. Como uno de aquellos cojos que después de ser curados por Jesús, salen corriendo, las muletas por alto y haciendo castañetas con los talones. Y si algunos de ellos ni siquiera volvieron a darle las gracias, no fue por ingratitud, como se nos dice en el evangelio, sino por haberse transtornado pasajeramente con el prodigio y hallarse ya a muchísimas leguas del lugar cuando al fin detuvieron su carrera.
* * *
SE hablaba ayer de algunas palabras que se nos pierden, y ayer mismo aquí se nos daban algunas que merecerían guardarse. No acaso petricor, pero sí herrete, recazo o fosfenos, utilísimas, por no hablar de tenesmo, a cierta edad cosa muy seria, aunque en este caso uno prefiere la de siempre, pujo, como por no salir del campo asociado uno prefiere portañuela a la que usamos.

Foto: Rafael Trapiello, 2014



25 de septiembre de 2014

Horas non numero

EN otro lugar quedó contado cómo buscó uno durante años una palabra perdida. La había encontrado en un relato de Unamuno, tan preciso siempre. Nombraba él esos hilos de tela de araña que van sueltos por el aire, como lianas de una selva inconsútil. La busqué mil veces en aquel libro y en otros suyos, donde creí poder hallarla, pregunté a unamunistas célebres y filólogos. Nadie la conocía. La empleaba Unamuno en una expresión popular, para indicar que alguien lleva a otro tan dócilmente que basta ese hilo sutil para conducirlo. Por fin, un día, volviendo al libro originario, comencé a buscar por el final (hasta entonces la impaciencia le hacía desistir a uno antes de terminarlo), y allí, en la última página precisamente, estaba: baba de buey. No era una palabra, sino tres.
Algo parecido me ha sucedido estos últimos años con la inscripción latina Horas non numero nisi serenas (Sólo marco las horas apacibles), que se lee en algunos relojes de sol. ¿Dónde la vio uno por primera vez hace más de veinte años? Ayer, releyendo Le piéton de Paris con el fin de escribir un prólogo para su edición española, se aclaró el misterio. En el capítulo dedicado al Jardin des Plantes nos dice Léon-Paul Fargue que esa es la inscripción que figura en el dintel de la puerta de entrada de ese jardín botánico. De golpe me ha venido a la memoria cómo, cuándo y en qué edición de ese libro la leí por primera vez, y sí, he dormido tranquilo, como el que ha logrado domar su propio caos. Hasta que  vuelva uno a perder de nuevo dónde y cuándo y de nuevo el azar, con una baba de buey, me lleve otra vez a ese pasaje.

El Rastro, 21 de septiembre de 2014

24 de septiembre de 2014

La española neta

POR lo mismos años en que Gavarni encandilaba a los franceses con sus amables estampas galantes (de las que nos habla con admiración el muy católico Sánchez Mazas, saltándose la cadena de mando vaticana), Galdós perfilaba uno de los definitivos caracteres de la España profunda: Doña Perfecta, la temible. 
Puede resultarnos difícil hoy, acaso, comprender a aquellos espíritus libres que aseguraban ahogarse en esta parte de los Pirineos (Galdós entre ellos), y necesitar ventilarse de vez en cuando en la otra. Puede resultarnos difícil, decía, pero no cuando vemos esa estampa de Gavarni, de uno de sus álbumes de vida parisina, y la otra, sacada de un libro curioso, Las españolas pintadas por los españoles (1871), en el que escribió,  por cierto, un jovencísimo Galdós, a quien le cupo hacer en él el retrato de "La mujer del filósofo". 
La figura de la muchacha de Gavarni y el misal que sostiene "La española neta". Lo que separa a ambas figuras no es desde luego los Pirineos, sino el modo de mostrarse y mostrar su trasero en sociedad. 
Ambas se encontraron en el arroyo del Rastro y, acaso, las dos se reconocieron.



23 de septiembre de 2014

Institut vs. Instituto

EN esta carta al director de Punt Diari Javier Cercas relata unos hechos que no por haber llegado a ser ordinarios en Cataluña son menos graves. Diríamos incluso que lo son más, precisamente por ello.
En la carta menciona, no obstante, algo que merece ser matizado. Alude a cierto acto celebrado en París el año 2013 a propósito del Cuadern gris de Josep Pla, en el que él intervino, invitado por el Institut Ramon Llull. Al decir a continuación que "el Instituto Cervantes y el Estado español en general, por ejemplo, deberían contribuir mucho más de lo que lo hacen en la difusión de la lengua y la literatura catalana como deberían hacer con las otras lenguas y literaturas de España", podría entenderse que aquel acto estuvo organizado únicamente por el Institut. Lo cierto es que lo estuvo también por el Instituto Cervantes (ya saben, a pachas, lo que traducido a lenguaje nacionalista es más o menos un "lo mío, mío y lo tuyo a medias"). Yo también participé en él. Subsanado ese pequeño malentendido, estoy de acuerdo con JCercas en que el Instituto Cervantes en particular y el Estado español en general deberían contribuir más de lo que lo hacen a la difusión de la lengua y cultura catalana... y gallega, vascongada, bable, castúa, leonesa, castellana, andaluza, melillense, canaria, etc, como lo viene haciendo desde su creación el Institut Ramon Llull con los escritores catalanes, tanto los que escriben en catalán como con aquellos que lo hacen en castellano, mostrando por estos incluso mayor amor maternal si cabe que con aquellos, dada la precariedad nacional en la que han quedado. 
Aunque como editor ha publicado uno en los últimos treinta años siete u ocho libros originales de Carlos Pujol y cinco de Eugenio d'Ors, en castellano, y entre otros, traducidos del catalán, alguno de Valentí Puig, Marià Manent o José Janés sin que haya jamás sentido en la espalda una palmada de ese Institut ni de ningún otra institución cultural catalana, ni tengo conocimiento de que estos autores hayan recibido tampoco la menor ayuda, estoy convencido de que esto cambiará en el momento en que los nacionalistas catalanes culminen al fin su LMSR (Larga Marcha Sobre Roma).


Rastro, 21 de septiembre de 2014


22 de septiembre de 2014

Más con menos


AUNQUE sólo sea como hipótesis, demos por bueno que la crisis económica ha tocado fondo en España. No se ven en absoluto brotes verdes, ni mucho menos lo que aseguran desde el gobierno: raíces profundas, “montañas lejanas, banderas al aire”. Como don Quijote, la mayor parte de nosotros repetimos con desánimo cada día: “hasta ahora no sé qué conquisto a fuerza de mis trabajos”. Pero, en fin, concedamos lo que nos cuentan los telediarios: la crisis ha tocado fondo, frase que les gusta a los políticos tanto como la del “marco incomparable”. Aceptemos, pues, que nos hallamos de nuevo en el marco incomparable de la recuperación económica. Esta, además, traerá de la mano, dicen, la regeneración democrática. Ya hemos dejado atrás los años de austeridad, atrás queda la amarga memoria del austericidio. Vuelven las vacas gordas, tras siete años de vacas flacas, y podemos de nuevo empezar a llenar de trigo nuestros silos. Es hora, sí, de preguntarse:  y de esta crisis, ¿qué hemos aprendido?

Pensemos por un momento que volvemos a tener el dinero que teníamos hace diez años, que los créditos fluyen, que los que emigraron regresan porque en España hay trabajo para ellos y para todos los que no lo tenían, que los padres ya no han que ayudar a sus hijos, sino más bien al contrario, que son estos quienes contribuyen con sus cotizaciones a las pensiones, y que los jóvenes han esponjado de nuevo sus pechos, esperanzados. Durante la crisis aprendimos a vivir con menos. Acaso descubrimos las virtudes cuáqueras de la moderación y la solidaridad. Los vínculos familiares se estrecharon y retomamos esa actividad humana tan saludable de pensar y debatir  los asuntos importantes entre todos, afirmando nuestra condición de ciudadanos. Descubrimos cosas muy buenas que antes despreciábamos sólo porque las teníamos a mano o eran baratas, como quedarse en casa leyendo un libro o llevar tres años la misma ropa. 

Mira uno  el futuro con desaliento. Volveremos a las andadas, a aquel irracional modo de vida, a este “consumo igual a crecimiento, igual a desarrollo, igual a bienestar” que tiene a este planeta al borde del colapso? Dedicó Stendhal La Cartuja de Parma “a los pocos felices”. Había en esta dedicatoria, claro, un vago sarcasmo, pero no en lo que subyace en ella: sólo llegarán a ser felices quienes aprendan a vivir más con menos.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 21 de septiembre de 2014]

21 de septiembre de 2014

Águeda

Alguna vez se ha traído ya aquí este "lígrimos, lánguidos, íntimos", de resonancias tan épicas como virgilianas, y uno de los octosílabos más hermosos del romancero castellano, preludiado por el esdrújulo del Águeda. Es el tercero del romance "Durium, Duero, Douro". Su autor, consciente de lo que ese romance era, lo rescribió hasta tres veces.

     "Arlança, Pisuerga e aun Carrión
     gozan de nombres de ríos, enpero
     después que juntamos llamámoslos Duero
     fazemos de muchos una relación"
         Juan de Mena, El laberinto de fortuna (estrofa 162)

Arlanzón, Carrión, Pisuerga,
Tormes, Águeda, mi Duero.
Lígrimos, lánguidos, íntimos...


Aun recuerda uno recitar estos versos a Rafael Sánchez Ferlosio como los hubiera podido recitar un secretario de ayuntamiento, sólo para no dejar traslucir la honda emoción que le despertaban. Pero también estará bien que se los oigas decir a don Miguel de Unamuno, pulsando aquí.

Río Águeda a su paso por Ciudad Rodrigo, 19 de septiembre de 2014
Fábrica en el río Águeda, a su paso por CRodrigo
Campo del Trigo, Ciudad Rodrigo, 19 de septiembre de 2014

20 de septiembre de 2014

Palabras de un juez

ASÍ tituló Carlos Pujol el que acaso fue su último escrito, prólogo de este libro al que por tantas razones estuvo unido sus últimos años, y en el que tanta ilusión como su autor hemos puesto el propio CPujol, Juan Marqués, Alfónso Meléndez y yo mismo. 
"Estas memorias son un testimonio único: sin engolamiento, sin retórica, sin poses. Es un gran libro que trae mucho aire fresco a la literatura y a la vida españolas. Nadie escribe así ni nadie cuenta lo que él. Es alguien genuino de verdad, como sólo supo serlo Solana" dice uno en el marcapáginas que lo acompaña. Buscad, amigxs, este libro si queréis estar cerca de un hombre justo y bueno y tener en las manos un libro bueno y justo: literatura en su estado más puro y primitivo, vida en su expresión más alta, por triste que aquí comparezca tantas veces.
* * *
PALABRAS DE UN JUEZ
(Prólogo de Carlos Pujol para
La Audiencia va de caza, de Miguel Ángel del Arco Torres)

Hay un dicho latino de origen medieval que acude a la memoria leyendo estas experiencias de un juez: “No hay verdadera justicia sin bondad” (“Nulla iustitia est vera sine bonitate”). ¡La verdadera justicia, casi nada! Algo inalcanzable, y en cualquier caso temerariamente incierto. “No juzguéis y no seréis juzgados”, se dice en los Evangelios, pero ¿qué pasa cuando uno está en esta vida, profesionalmente hablando, para juzgar, cuando se juzga por obligación porque se es juez?
¿Se espera de él que sea como una máquina de dispensar sentencias —es tentador el uso aquí del verbo despachar— pulsando las teclas de los códigos legales que corresponden a cada asunto? A tal delito probado, tal castigo, quizá con un tanto por ciento de descuento por los atenuantes que establece la ley; o al revés, con mayor pena por premeditación, nocturnidad, alevosía, etc. Todo previsto y regulado, bien medido, sin posible error ni alternativa.
O los jueces no deberían serlo sin bondad, administrando justicia, por así decirlo, después de consultar con su corazón. Sistema tan subjetivo que no permitiría dar sentencias sólidas, con base legal. Entre los dos extremos, la impasibilidad (que en latín significa, ay, ser incapaz de sentir) y la efusión del sentimiento, los jueces parecen condenados por sí mismos a desdoblarse dramáticamente en dos personas antitéticas, tal vez inconciliables.
Al leer estas páginas de Miguel Ángel del Arco Torres se revive este conflicto interior que no tiene solución. “Dura lex”, se suele decir, pero hay que atenerse a ella, y en medio de la intrincada selva de casos judiciales que se nos describen, no es posible dejar de sentir compasión por tantas víctimas de la justicia ciega, y quizá no siempre hecha en beneficio de los más débiles. Y es inevitable pensar que cuando uno de éstos va a ser aplastado por la maquinaria de las leyes, ¿por qué no saltárselas a la torera prestando oídos a la conciencia?
En el capítulo cuarenta y dos de la segunda parte de El Quijote el caballero da unos consejos a Sancho para que sea buen juez en el gobierno de su ínsula; máximas de oro, llenas de bondad y sentido común, como “no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo”, o “si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia”, término este último que remite etimológicamente a un corazón que se apiada.
Cervantes, tan humano, que sufrió penas de prisión, por lo que creemos saber a causa de jueces demasiado severos, sugiere que hay que ser bueno, y el príncipe Hamlet viene a decir lo mismo cuando recuerda a Polonio que hay que tratar a los demás mejor de lo que se merecen, ya que si los tratamos según sus méritos, “¿quién se iba a librar de unos azotes?”. Estamos hablando de una novela, de una obra de teatro, es decir, ficciones, mentiras, aunque muy significativas, pero en la vida cotidiana es dudoso que pueda hacerse lo mismo. Dudoso y muy difícil.
En cada página de este libro de Miguel Ángel del Arco Torres se advierte un desgarramiento moral, preguntas que no tienen respuestas claras, siempre el desánimo y la desazón de vivir unas situaciones que casi nunca admiten una salida digna. Aquí Su Señoría (por cierto, un pomposo título, prácticamente nobiliario, para personas puestas en el fiel de la balanza) se despoja de su toga y comparte con nosotros sus dudas, su inquietud, a menudo su dolor ante todo lo que pasa por sus manos. En forma de papeles, aunque en cada uno de ellos hay vidas.
Es quien tiene que “administrar esta cosa sutilísima, invisible, casi fantástica, que se llama Justicia, y que los hombres aseguran que no existe sobre la tierra”, según palabras de Azorín (y hay que ver qué adjetivos tan certeros encuentra el escritor). Como si manejara a golpe de fórmulas legales personas de carne y hueso, y él, con temor y temblor, tuviera que decidir su destino, haciéndose responsable de lo que será de ellos.
Antes los jueces se veían como un poder oculto y casi inaccesible, proverbialmente se decía de alguien que tenía cara de juez cuando se mostraba adusto y catoniano; parecían como una emanación de la abstracta Justicia; en el cine los veíamos como la última palabra que zanjaba nuestros conflictos, severos, inflexibles, ¿eran de este mundo? Y de ellos se hablaba muy poco, parecían lejanos, impersonales.
Todo ha cambiado, ahora en la prensa y en la televisión hay muchas noticias de jueces, conocemos su nombre, su semblante, los casos en que se ocupan, si entran o salen de un juzgado les asedian periodistas y fotógrafos, y las cámaras registran su aire esquivo y superior, siempre con prisas, sin rebajarse a contestar a lo que les preguntan. Algunos son verdaderas vedettes, y su nombre es casi tan popular como el del más célebre de los futbolistas.
La carrera judicial les viene estrecha, no ocultan su ambición, escalan puestos, entran y salen de la vida política, quieren ser por lo menos ministros, si no más, y no le harían ascos a juzgar desde altísimos sitiales a los hombres más malos del mundo entero. Sus sentencias son controvertidas y más o menos inexplicables, manifiestamente reciben consignas de los que mandan, retrasan años y años los asuntos que conviene retardar, sin dar explicaciones...
El juez que se confiesa en este libro no es de ésos. Es un hombre que ha visto y padecido muchas cosas, desde la posguerra hasta hoy, de origen modesto y a quien nadie le ha regalado nada; tiene una larga experiencia de inocentes atropellados por la ley, de sinvergüenzas, de casos de abuso y venalidad, de situaciones que no se pueden resolver. También de hombres justos que han hecho lo posible: cumplir con su deber.
Porque en el laberinto del mundo judicial no faltan las personas buenas, con rectitud de criterio, conscientes, ejemplares. También ellos son la Justicia, aunque a menudo parezcan menos visibles, porque lo monstruoso llama más la atención. Alguien dijo que con los buenos sentimientos se hace la mala literatura y tal vez se equivocó por el afán de hacer una frase cínica.
Pero lo cierto es que en la historia de la novela se recuerdan más las caricaturas atroces que las visiones más ponderadas. Seguimos leyendo El primo Pons de Balzac, La casa desolada de Dickens, El proceso de Kafka… Atropellos, injusticia, venalidad, horrores… Miguel Ángel del Arco Torres no es precisamente el primero en denunciar estas lacras, el lado oscuro de la ley, pero si algún lector quiere equilibrar la balanza contando experiencias muy distintas, se le agradecerá la puntualización.
Como suele decirse, cada cual habla de la feria según le ha ido. Y este juez que ha vivido mucho ¿qué puede hacer? Pues contarlo, con pasión y humildad, sin escándalo, evitando los nombres propios, pero con todos los detalles, para que no quepa la menor duda. Seriamente, porque los temas son serios, pero también con mucho humor, que es la sal de la vida, con un sinfín de pormenores chuscos y disparatados que configuran una magnífica crónica de la vida judicial. A veces con fantasías irónicas, otras descendiendo a descarnadas anécdotas, siempre ameno, expresivo, claro, para que le entienda todo el mundo, para que sepamos cómo se puede ser juez y sobrevivir a esos duros trances.
En ocasiones narrando episodios de pura chanza, porque en la vida hay de todo, a menudo con sucesos terribles que dejan un poso de amargura, porque no siempre se pueden resolver los problemas con la ley en la mano; sin olvidar evocaciones personales, historias agridulces, fantasías divertidamente reveladoras (como la del “juez de la horca”, que el cine ha hecho imperecedera y que podremos leer en la segunda parte de estas memorias), paradójicas situaciones (“El mecanógrafo pensante”) que nos hacen descubrir el envés de las sentencias más solemnes. También se nos habla de personajes —testigos y peritos falsos, confidentes o soplones— que son el lado oscuro, y puede que necesario, de la Justicia.
Miguel Ángel del Arco Torres sabotea el abstruso ritual del lenguaje forense —secreto para los profanos, es decir, para casi todo el mundo, no sea que alguien pueda entenderlo y discutirlo— y, con tacto y una fina sensibilidad, rehúye las moralejas, no quiere teorizar, dejando que los hechos hablen por sí mismos; se sitúa pulcramente al margen de las trifulcas políticas, más que presumir de tener razón, quiere poner al descubierto la verdad de los dramas que ha vivido. No aspira a demostrar nada, la realidad no se demuestra, sólo se hace visible. Para que entendamos.
La Justicia, así, con mayúscula, se ha representado mil veces en la historia del arte; fijémonos en una de sus alegorías: en la basílica de San Pedro al admirable Bernini se debe el monumento al papa Urbano VIII. El Pontífice, en bronce, levanta la mano derecha para bendecir —quizá también para imponer su autoridad, no se sabe—, a sus pies el sepulcro, del que sale una figura alada de la muerte, y a ambos lados, apoyándose en el sarcófago, en mármol blanco, el Amor (Caritas), la mayor de las virtudes cristianas según san Pablo, y la Justicia, la principal de las virtudes cardinales.
La Justicia lleva una enorme espada, símbolo de su autoridad y poder, pero no la empuña, la deja descansar sobre el hombro; a diferencia del Amor, que sonríe dando el pecho a un niño, parece pensativa, ensimismada, en lo que alguien ha llamado “un éxtasis de tristeza” que tal vez busca inspiración en las alturas o dentro de sí misma. Un amorcillo juega entre los pliegues de su manto, como podría hacer un niño travieso, porque la vida cotidiana no le puede ser ajena.
Y desde luego no tiene ninguna venda ante los ojos, es muy posible que lo que haya visto no fuera halagüeño, somos así, no cabe la menor duda, y reflexiona cavilosamente. Antes de echar mano al espadón hay que pensárselo bien, y, por qué no, dar testimonio de lo vivido. Señoría, gracias por estas palabras doloridas y exigentes que no sólo hablan de una profesión muy difícil (“imposible” la considera Azorín), sino que también retratan la condición humana y nuestras contradicciones.

La Veleta, 2014 (de venta ya en librerías)

19 de septiembre de 2014

Dulces sueños

SE podrá decir más claro, pero no más alto:
Cada paso que se dé en el movedizo territorio a donde quieren conducirnos los nacionalismos mesiánicos, será a costa de una pérdida de derechos de ciudadanía, o lo que es lo mismo, merma de libertad, de igualdad y de solidaridad. No se puede construir Europa, el proyecto político más noble y ambicioso de nuestro presente político, agujereándola por todos lados como un gruyer, hasta dejarla en nada, un agujero negro y sin gruyer.
Escocia a esta hora hace recuento y Europa contiene la respiración. Dentro de unas horas lo sabremos. Me voy a la cama. Si gana el no, brindaremos. No con scotch, como sería lógico, sino con cava catalán (por seguir con lo que estábamos, y no mezclar). Si sale sí, en Europa no habrá nada que celebrar. Dulces sueños.

18 de septiembre de 2014

Todos somos esx y esx es todos


SE inauguró ayer en la Galería Guillermo de Osma una magnífica exposición que lleva por título "Retratos. De Toulouse Lautrec a Eduardo Arroyo". Figuran en ella obras, además de las de los dos citados, de Vázquez Díaz, Man Ray, Picasso, Solana, Gaya, Ricardo Baroja, Bores, Torres García, Alberto García Alix, Dis Berlín o Carlos García-Alix, entre otros muchos. Abre el catálogo este escrito.
* * *
De todos los pintores acaso sea Velázquez el retratista por antonomasia. Nadie parece haber llegado tan lejos. Ortega y Gasset, en el estudio que le dedica, sostiene que la pintura es esencialmente arte de retratar y este, “la primera gran revolución (…) que hace que la pintura toda fuese retrato”. Se alude con ello quizá a la capacidad del arte del retrato para traer a un mismo plano lo real y lo que está más allá de lo real, ya que en todo verdadero retrato hay siempre algo metafísico; dicho de otro modo: un retrato hace visible lo invisible.
Aunque la historia nos hable de épocas en las que las gentes parecieron sentir predilección por otros predicados de la pintura (las naturalezas muertas en los siglos XVI y XVII, la mitología en el siglo XVIII, los paisajes en el XIX o los enredos estéticos en el XX), no ha habido ninguna en la que no se haya considerado el arte de retratar como el más excelso, sofisticado y valioso de cuantos instrumentos tiene el hombre a su alcance para conocer y recordar, es decir, para ahondar en el secreto que trae consigo a este mundo el ser humano y para perpetuar su memoria en aquellos otros que habrán de sucederle.
Siguiendo la idea orteguiana, Ramón Gaya, que tantas páginas memorables nos ha dejado sobre el pintar, recuerda que “se ha pensado –en ese vivir por fuera que se acostumbra– que el “retrato” es un... género, como se ha pensado que lo es también el “paisaje” y eso otro que suelen llamar “naturaleza muerta”; pero el retrato no es un género, un género especial dentro de la pintura, un apartado suyo, ni siquiera un tema suyo; el retrato es tan sólo un fragmento de esa totalidad que viene a ser la naturaleza real viva; una naturaleza que no podemos abarcar de una vez y afrontaremos por lo tanto poco a poco, trozo a trozo, sin que por esto ella deje de ser única, sola, indivisible”.
La contemplación del mar o del fuego o la de tal o cual paisaje sublime o la de ese misterioso rincón de nuestra existencia cotidiana nos llena a menudo el alma de admiración y gratitud inefables. Puede incluso exaltarla hasta extremos desconocidos. Pero ninguna contemplación tan misteriosa y perturbadora, sin embargo, como la de un rostro humano. La intriga y la fascinación que nos produce y su fragilidad ha llevado a los artistas a tratar de fijarlo de una manera categórica, ejemplar, y para ello tan importante es que la apariencia del retrato se aproxime razonablemente a la del retratado, como que el fondo del retrato se nos dé en toda su complejidad. A poca verdad que haya en él, todo en nosotros despierta. Nos preguntamos: ¿quién es?, ¿qué quiere de nosotros?, ¿qué podemos hacer nosotros por él? Y todas ellas son preguntas que no acabarán jamás de responderse de una manera perentoria. Quiero decir que si el retrato responde a su propósito de darse por entero mediante el parecido (el retratado es también un autorretratado que se mira en el espejo del artista) y la revelación (dándonos lo que estando a la vista no era visible), seguirá eternamente vivo, y como vivo, con su misterio a cuestas, perfecto e imperfecto, que decía Juan Ramón Jiménez, completándose eternamente.
Pero sucede que no siempre nuestra vida, acelerada y distraída, “por fuera”, nos permite detenernos con todos y cada uno de esos rostros vivos que pasan a nuestro lado, como tampoco los demás podrían detenerse ante el nuestro. De ahí la importancia de los retratos de los artistas, tanto los que hacen ellos a otras gentes como los que se hacen a sí mismos. Viene a suceder con ellos algo extraño y feliz: detienen el tiempo y muestran toda la minuciosa urdimbre no sólo de esa vida que representan, sino la nuestra misma. Si “El niño de Vallecas”, la desvalida criatura velazqueña, subyuga a tantos es no sólo por descubrir nosotros en ella su expresión angélica en un cuerpo inhábil y una mente devastada, sino por mostrarnos lo cerca que se encuentran la pureza y la dicha de la animalidad, de lo irracional, y, por tanto, por recordar que nada hay tan humano como aquello que está a punto de perder su naturaleza humana, perpetuamente amenazada.
Cuando un pintor o un fotógrafo en su expresión más alta y noble nos dan testimonio de un rostro, están sacando, pues, a la luz no sólo lo que de personal y genuino tiene ese ser, haciendo visible lo invisible de él, sino todo aquello invisible nuestro, aquello que nos hermana a ese ser extraño, como si, finalmente, todos y cada uno de los rostros fueran el mismo rostro. Así lo percibimos en el caso excepcional del aludido niño de Vallecas: él representa a toda la Humanidad, y por tanto, está hablando en nombre de ella.
Por eso, viendo un gran retrato de alguien, no importa el estilo o el siglo en que fue realizado, sentimos en lo más hondo que todos somos esx, y que esx es todos, tanto si hablamos de Inocencio X o de Gertrude Stein, del Baudelaire de Nadar o de la mujer que Dorothea Lange vio durante la Gran Depresión americana. En todos los casos también ellxs nos están interpelando: ¿quién eres?, ¿qué quieres de nosotros?, ¿qué podemos hacer por ti?. Andrés Trapiello.


Ricardo Baroja, Autorretrato. Acuarela.




17 de septiembre de 2014

Un abrecartas (5)

ESTE, que era modesto hace 120 años, despierta la mirada del niño ante un tesoro: no hay mapa que no lance por delante nuestra imaginación. Sus dorados colores y la compañía que lo hizo seguramente para regalo de sus clientes, The Easter Extension Telegraph Company, con oficinas en el 50 y 11 de Old Broad St., de Londres, nos llevan hasta Kipling y con él a tiempos en los que la palabra lealtad valía por sí lo que ningún imperio. 
En su mango figura un calendario, 1895. Todos aquellos días son hoy ya muy lejanos. Este en que los escoceses tienen ante ellos, intonso aún por veinticuatro horas, el libro de su futuro, la ventura o desventura que les deparará mañana su triste referéndum, este, decía, también será lejano día para hombres y mujeres acaso más felices que nosotros porque habrán aprendido a no jugarse la vida a cara o cruz, lanzando una moneda al aire en nombre de la mitología y de la Historia.


Septiembre de 2014. Otras entradas de abrecartas: 12 y 3

16 de septiembre de 2014

Andrestopol

AYER salió hacia Barcelona desde este mismo ordenador El final de Sancho Panza y otras suertes, y ayer vio uno por primera vez en su pantalla, sacada de un fbook, esta cubierta. Se ve que ya circula. La dibujó Guillermo Trapiello, y pocas veces se habrá recogido mejor el espíritu de la letra. No es el momento de decir muchas más cosas, amigxs, sino esta sensación de haberse quedado uno también un poco huérfano. 
¿Ahora qué harás?, me pregunto después de estos diez años de trabajo, sin acabar de hacerme a la idea de estar solo de nuevo, sin todos esos personajes y en esta vieja estación de tren que se llama Andrestopol por la que me parece, hoy al menos, que no va a pasar ningún tren en mucho tiempo. Si miro las vías veo incluso que ya han empezado a crecer las primeras hierbas en el balasto. Ya sabéis, esas hierbas vagabundas, valientes y sin nombre que sólo reconocen por reina a la amapola.

Editorial Destino. De próxima publicación (noviembre de 2014)

15 de septiembre de 2014

El carlismo no se cura

SIEMPRE hay algo en Baroja de eso que los franceses llaman pétillant, el grato pellizco que producen las burbujas del champán en la lengua y el paladar. Claro que los maliciosos podrán decir que en Baroja ese picorcillo no lo produce el champán, ni siquiera el agua de Vichy,  sino la castiza gaseosa. Como quieran, pero en orden a burbujas todas son una maravilla, como las estrellas, a las que tanto se parecen. A la debida distancia, no hay estrella fea ni  una burbuja por cuyas venas no corra el mismo aristocrático gas cárbonico, todas son de gas azul. Pero Baroja,  que atinó tantas veces con apotegmas que son ya del acerbo universal  (“El psicoanálisis es el cubismo de la medicina” o “El Pensamiento Navarro. O es pensamiento o es navarro”), se equivocó en el que acaso es el más famoso de los suyos, “El carlismo se cura viajando”. Entendía por carlismo todo lo cerril, oscurantista e intransigente. Pues bien, en esta ocasión el tiempo ha quitado la razón al liberal don Pío: el carlismo no se cura ni viajando. De hecho algunos viajan para acreditárselo y subirlo de punto.

Y no se dice aquí por  el carlismo rampante de Eta en tournée permanente por Argelia o Venezuela ni por esos 2500 europeos que han viajado hasta Siria e Irak para cortar cabezas en las hordas yihadistas. Ni siquiera hablamos de esas otras hordas turísticas que viajan desde el Norte para arrasar el Sur con sus descerebrados  modos de entender el esparcimiento. Piensa uno ahora en un carlismo local no por incruento menos desolador. Vienen a doctorarse en él, nos dicen, de todas partes del mundo. Hablamos, cómo no, de la célebre “tomatina de Buñol”, esa bacanal en la que unos miles de enajenados irreversibles, crónicos y accidentales se rebozan como salvajes en un vómito tomatil de color rojo carlista por las calles del pueblo. Acostumbrados a las protestas ciudadanas por las corridas de toros, no se entiende cómo nadie ha pedido aún el indulto de los pobres tomates de Buñol, siquiera por razones de salubridad mental. Tampoco hace falta viajar mucho para saber que 120 toneladas de tomates tratados así son un serio problema moral (“más de mil millones de seres humanos padecen hambre en el mundo”) y un serio problema estético. Pero como diría Baroja, es difícil acabar con el carlismo en un país de “curas, moscas y carabineros”. Los curas de hoy se llaman concejales y los carabineros prescriben el  calibre de los tomates. Por suerte las moscas siguen siendo las mismas.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de septiembre de 2014]

14 de septiembre de 2014

Decíamos ayer

DECÍAMOS ayer que acaso cuánto mejor, en estas fechas, irse a nadar a la piscina, tal como escribió Kafka en su diario precisamente la mañana en que Alemania declaraba la guerra al mundo.
También parecerán dentro de unos años estos días que vivimos con incertidumbre y una vaga angustia, lejanísimos. Y sin la menor duda, algunos los podrán ver con indiferencia y sin dolor, libres de veras. Felices ellos. La luna les acompañará entonces, como nos acompaña, y su felicidad nos ayuda a pasar mejor estas jornadas, y la vergüenza.
Volvamos, pues, a la lengua de pájaros, rosas y lunas, la que ellos seguirán hablando, más allá de la Historia; volvamos, sí, a su misterio arcano, tan actual, tan vivo, tan presente.


3 de septiembre de 2014

13 de septiembre de 2014

Una confidencia

VIENDO las cosas que están pasando, nadar en la piscina quizá sea la última esperanza, como se dice en aquella anotación de Kafka. Ya hemos visto que la solución no son los bárbaros. Los tenemos en casa, y nada ha mejorado.

El Rastro, 31 de mayo de 2009

12 de septiembre de 2014

"La gran vergüenza"

TAMBIÉN en la Plaza de Oriente de Madrid se congregaban, hasta 1975, millones de unánimes, uniformes, uniformados, idénticos.
Al mismo tiempo que se trazaba ayer la gran V, "la gran vergüenza", unos cientos de personas asistieron en Madrid a la lectura de un discurso político. Una lección de historia, de memoria histórica. Fue, desde luego, espléndido, acaso uno de los mejores que se hayan oído en muchos años, a cargo de la historiadora y diputada Cayetana Álvarez de Toledo y en nombre de LibreseIguales. 
De obligada audición o lectura aquí, allí, en todas partes. 
Lee y difunde.

Italia, años veinte. Cartolina Postale Italiana, comprada en el rastro de Padua hace diez años. 

11 de septiembre de 2014

Fiestas nacionales

DESPUÉS de 1975 y durante algunos años, al llegar el 18 de Julio, que naturalmente había dejado de ser fiesta nacional, uno se preguntaba: ¿Durante cuánto más recordaremos en España lo que fue el 18 de Julio estos años pasados? No sé cuándo sucedió, pero un año nadie habló de aquella fecha, y el 18 pasó a ser como el 17 o el 19. La felicidad. Esta, como todas las grandes efemérides, no tiene fecha cierta. Volvió a suceder algo parecido con el 20 de noviembre. Los primeros años, en todos los periódicos y televisiones, se recordaba el de 1975 por lo que había sucedido en él, claro que en las calles quedaban quienes aún se empeñaban en recordarlo y recordárnoslo a todos con violencia, banderas y un sinfín de himnos patrióticos. Pero también las manifestaciones del 20N fueron disminuyendo de año en año, y aquellos 20 de noviembre acabaron pareciéndose mucho al 19 y al 21. No se está diciendo aquí que se borraran solos de nuestra memoria suavemente ni que se diluyeran en el curso del tiempo, pues lo cierto es que muchas gentes trabajaban entonces con tenacidad para que aquellas fechas no se recordaran ya más, sin olvidarlas, haciendo bueno aquello que decía Nietzsche de que un exceso de memoria daña la vida.
Ha vivido uno tranquilo sin fiestas nacionales, himnos, banderas, manifestaciones patrióticas ni representaciones sindicales muchos años. Podría convivir con ellas, desde luego, y aun participar, si no fueran molestas para una parte, si fueran fiestas de todos para todos. Ahora, si van a ser para recordar que nuestra parte es mejor que las otras, preferible quedarse en casa trabajando con tenacidad para que ese día señalado llegue a ser igual a cualquier otro.


Pájaro solitario en la cocina

10 de septiembre de 2014

No hay razones (en nueve palabras)

DE esta estupenda entrevista con Juan Bonilla (y gracias, claro) parece oportuno subrayar una de sus respuestas. Se le pregunta si le gusta España y qué razones tiene para vivir en ella. Dice Bonilla: "Sólo tengo razones sentimentales, o sea no tengo razones".
Todo Hannah Arendt en nueve palabras. Se puede decir en estas entrañables fechas más alto, pero no más claro: No hay razones.


Otra luna murciana de ESRosillo, esta de ayer.




9 de septiembre de 2014

Plus jamais ça

AYER llegó a las librerías francesas Ayer no más en traducción de Catherine Vasseur  y en la colección Quai Voltaire, de la editorial La Table Ronde, que dirige Alice Déon.
Si misterioso es el momento en que le llega a uno el libro nuevo en la lengua en que lo escribió, cuando viene vestido en otra, qué extraño todo. Por un momento sentimos que el libro es otro, desnudo, y uno mismo también. Y eso no puede ser comparado con nada ni la palabra gracias expresar todo lo que sentimos.



8 de septiembre de 2014

Magdalena Enríquez

AUNQUE un día llegáramos a saber de las vidas de Homero, Shakespeare o Cervantes todo cuanto nos intriga de ellos, sus obras no serían mejores ni peores. ¿Por qué, sin embargo, recibimos con una colosal alegría tal o cual noticia de ellos acabalada por estudiosos  tenaces y quijotescos? Acaba de suceder hace unas semanas: el archivero de La Puebla de Cazalla ha dado a conocer cuatro documentos, tres de los cuales arrojan algo de luz sobre la azarosa existencia de Cervantes y otro un poco más de sombra. Pero respondamos antes: ¿Qué persiguen esos investigadores que dedican su vida a fatigar la quimera de un gran descubrimiento que por lo general no llega nunca? Recuerdan un poco a esos viejos buscadores de oro del Oeste, a los que se les va la vida tras su sueño. ¿Y por qué valoramos tanto la pepita, cuando llega?

Creo que en ellos y nosotros es un modo de expresar la gratitud inmensa que sentimos hacia quienes nos han dado tanto con sus novelas, cuadros, músicas. Como decir: “Todo mi tiempo es poco si contribuyo a la memoria de estos creadores ejemplares”. Nuestro archivero, que tiene el cervantino nombre de José Cabello, nos ha dado tres probanzas o recibos de los tiempos en los que Cervantes acabalaba también él trigo, aceite y vino como comisario de abastos para los galeones de la Armada y la carrera de Indias. Pero es el otro documento el que a todos los secuaces de Cervantes les habrá dejado pensativos: un poder que se otorga a Magdalena Enríquez para que esta cobre en nombre del escritor una importante suma de dinero. ¿Quien fue esta Magdalena? No se conocen muchas mujeres en la vida de Cervantes, aparte de algunas pocas  amigas o saludadas: dos hermanas, una sobrina, una  hija natural y su mujer. Las cinco vivían con él en Valladolid cuando un lance de espadas fortuito y escandaloso en el que no tenían que ver, las llevó a la cárcel con Miguel a la cabeza. El juez, que los puso en libertad a los dos días, quiso también dejar constancia del mote ultrajante con el que aquellas mujeres eran conocidas: “las Cervantas”. 

¿De qué naturaleza fueron los tratos con Magdalena Enríquez, bizcochera de la Armada, con Cervantes? ¿Amorosos, mercantiles? ¿Llegaremos a conocerlos? Poco probable. En todo caso, bienvenida a casa y gracias por recordarnos una vida de la que Cervantes jamás levantó ni un falso testimonio, pese a ser a menudo tan desdichada. Al contrario. La celebró de mil modos, y todos nobles.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de septiembre de 2014]

7 de septiembre de 2014

Escatologías con variaciones contrastadas

TAN misterioso es, en orden a la armonía, que los planetas sean esféricos como que los asteroides sean tubérculos.
* * *
AQUELLOS que van por la vida con la nariz remangada como si olieran mierda, suelen ser los mismos que se tiran pedos por encima de su propio culo.
* * *
VARIACIÓN contrastada del anterior: Aquellos que van por la vida con la nariz remangada como si olieran mierda, suelen ser los mismos que hallan un raro placer en oler sus propios pedos.
* * *
LOS asteroides, qué duda cabe, son los patitos feos del universo.

Luna murciana enviada por ESRosillo el mes pasado





6 de septiembre de 2014

Yo al revés

EN el curso nuevo vuelven las viejas rutinas. Entre ellas la de leer una o dos páginas cada día del Diario de Léon Bloy, del que alguna vez se ha hablado aquí
Viene ocurriendo así, con algunos periodos de alejamiento, desde hace un año. Ha de ser la lectura en dosis homeopáticas, para evitar la septicemia. Y siempre con el diccionario a mano, porque no ha visto uno mayor número de denuestos, insultos y palabras gordas, la mayoría en desuso (le encanta asno o borrico y hacer incursiones en la zoología: cucaracha, liendre, garrapata, ladilla, víbora, y derivados como pelagatos, y los clásicos imbécil, chuloputas, bellaco). Si algo queda pronto fuera de la circulación es la mala sangre. Paradójicamente, pasado el tiempo, el mal humor exagerado acaba teniendo algo cómico. Cultivaba Bloy el don del insulto con mucha afición, pero también, por suerte, le debemos un gran número de observaciones sagacísimas que nos hacen olvidar la pobre literatura a la que dedicó su vida convencido de ser nada menos que Léon Bloy.
Hoy, estos dos apuntes: "Ciencia moderna. En vez del Fiat Lux!, leer esto: ¡La electricidad funciona!". Y "Somos aquello que creemos ser, pero al revés, en el espejo".
Este que ves aquí es, mon semblable, yo al revés.