31 de enero de 2014

Viejo amigo

PASADO EN CLARO
                      "Adonde por lo menos, cuando oprima
                      nuestro cuerpo la tierra, dirá alguno:
                           "Blanda le sea", al derramarla encima".

                                                          Fernández de Andrada: Epístola Moral

LOS pasos de mi abuelo eran muy lentos.
Me enseñaba los nombres de los astros y las constelaciones:
Osa Mayor, Menor, Orión, El Arquero,
Venus siempre brillante.
El negro terciopelo del campo de Sevilla en mitad de la noche
y un anciano y un niño cogidos de la mano.
¿Qué pensaba aquel viejo de la vida?
Andan mis hijas junto a mí.
Hablan de sus deseos y memorias.
Absorto en mis problemas
quizá les hablo para no escucharlas.
Rito que se renueva, a veces las escucho
y contesto como el anciano
con palabras pausadas de un oculto sentido.
Qué importan las palabras; lo que importa es el tono
y atender a quien pone su vida en nuestras manos.
Mi padre, un pobre hombre,
por pequeñas cuestiones acosado,
hubo de solventarlas para darme la vida,
y yo lo despreciaba.
Su muerte fue tan gris como sus días.
Disipados los sueños, destruida la fe,
quizá tú únicamente, padre mío,
rodees, sabiendo, con tus brazos mis hombros.
Blanda nos sea.
Esa mujer fue dulce
y siempre creyó en mí –era mi madre–.
Cantaba por las tardes con una voz suave.
A la hora de la siesta 
se dormía a sus pies el aire del verano.
Murió gritando, la razón perdida.

Perdida la esperanza, quebrada ya la fe,
permanecen los nombres de los astros y las constelaciones.
Un anciano y un niño cogidos de la mano.

                                        Fernando Ortiz (Vieja amiga. Madrid, Trieste, 1984)


Fernando Ortiz, Vieja amiga. Trieste, Madrid, 1984. Cubierta: Triana, fragmento de una pintura de Joaquín Sáenz. Tela editorial y sobrecubierta.





30 de enero de 2014

¿Va a durar mucho este 2014?


QUIEN no tenga una idea más o menos precisa de “la cuestión catalana” acaso no la tenga tampoco de “la cuestión española”. Recordar este entrecomillado de Azaña es como mentar la soga en casa del ahorcado, que es lo que parece vienen haciendo los políticos secesionistas, ponerse una soga en el cuello de Cataluña. Claro que Cataluña no deja de ser el cuello de España.
Podríamos formular lo que sigue de tres maneras: 1. De qué estamos hablando: 2. De qué vamos a hablar; y 3. Ya está todo hablado. En realidad hemos llegado a un punto en que muchos, tanto si desean hablar de la “cuestión catalana” en un sentido o en otro, a favor de la famosa consulta o en contra, prefieren mezclar las tres cuestiones, con excitante confusión.
1. De qué estamos hablando. Hablamos de que una parte de España ha decidido por su cuenta separarse del todo. Si no lo ha entendido uno mal, los secesionistas lo han presentado de la manera más ventajosa para ellos: como un divorcio. ¿Qué ventajas tiene presentarlo de ese modo? La principal es la de hacer creer que se trata de dos partes, más o menos simétricas y soberanas. Cataluña podría, así, al fin, mirar de tú a tú a España, incluso, ¿por qué no?, por encima del hombro. Hace uno o dos meses un jerarca catalán que exportaba el congreso España contra Cataluña a Holanda, afirmó en una de sus universidades que la cultura catalana actual era ya, a día de hoy, muy superior a la española. Lo hizo después de afirmarse allí que Cataluña había sufrido desde 1714 media docena de atropellos violentos. Se trae esto a la colada, porque una vez que se ha admitido que estamos ante un divorcio, la vía más rápida para justificarlo es la de los malos tratos sufridos, presentando al consorte, la España plural, como Una (Grande y Libre), hidra franquista a la que podrá cortársele la cabeza de un solo tajo. 

Pero más que de un divorcio parecería que se trata de un pro indiviso, España, de la que forman parte otros muchos propietarios e inquilinos, andaluces, vascos, castellanos, navarros, gallegos, etc, cada cual con sus problemas propios y su idiosincrasia. Para ser exactos, 17+2. En vez de pensar en un matrimonio, pensemos en un inmueble. Un inmueble que hemos levantado entre todos. Los políticos secesionistas han pensado que Cataluña, que por razones históricas y económicas no siempre equitativas y otras justificadísimas ocupa de ese inmueble zonas privilegiadas (algunos de los locales comerciales más codiciados, acceso exclusivo a zonas verdes, la sede del club náutico y, por supuesto, una buena porción de la planta noble), puede quedarse con ellas, dejando al resto de los propietarios por su mala cabeza y su haraganería la escalera de servicio, pisos superiores, buhardillas y, naturalmente, el tejado, con el tácito mandato de que cuiden de las goteras.
 Es comprensible, dentro de la ficción que es todo nacionalismo, que alguien crea que, por el hecho de haber usado en exclusividad esas partes de la casa durante muchos años, estas le pertenecen. Pero habrá de convencer al resto de los propietarios de ello. No estando aquí ante un problema de pareja, pues, sino en una comunidad de vecinos, lo importarte no es quererse (aunque desde luego es bonito ir repartiendo besos en el ascensor cada vez que se entra en él), sino llevarse lo mejor posible. Ahora, arrebatar parte del inmueble, el uso de algunas zonas comunes y el derecho a decidir sobre el conjunto sólo porque “Cataluña no se siente querida” y afirmar que, puesto que “no me quieren, me maltratan”, no deja de ser una forma romántica de entender la propiedad privada y sobre todo la ajena.
2. De qué vamos a hablar. En un primer momento se hizo de asuntos fiscales, o sea de gastos comunitarios, derramas y esas cosas de las que se habla en las juntas de comunidad. Como había una gran disparidad de criterios entre los propietarios, dieron en creer los nacionalistas catalanes, o en hacer creer, que se les atropellaba no en tanto que vecinos, sino en tanto que catalanes, y sólo entonces empezaron a circular su identidad y a tirar de manual de agravios, pero al hacerlo, se tropezaron con un gran escollo, los Estatutos de la Comunidad, conocidos también con el nombre de Constitución, un río que había sido hasta ese momento navegable para todos, incluidos ellos.
Los secesionistas urgieron, pues, cambiar la Constitución, y poner este cambio en el orden del día, antes que otros asuntos acaso más acuciantes e importantes para todos, incluidos ellos: paro, corrupción política, recortes… y en tanto llegara ese día, poner en dique seco el barco, o sea Cataluña. Convencidos de que un barco como ese, de tan grandísimo calado, merece aguas más profundas y océanos que lo lleven lejos, empezaron a echar cientos de mensajes en botellas al Mare nostrum, (nostrum, nostrum, parece que oigamos), tal vez sin pensar en la ponzoñosa melancolía que podría sobrevenirles si esos mensajes no obtenían respuesta.
Pero no sólo hablan de la Constitución los secesionistas, sino otros que no lo son en absoluto y que se encuentran, como suele decirse, entre dos aguas. Viendo estos últimos todo ese lío del barco y tratando de persuadirles de que no larguen velas, empezaron a hablar de mejoras por lo demás deseables: drenar el fondo del río de los lodos acumulados, etc. (ahorremos al lector los pormenores de la metáfora). Inútil. Así se lo han hecho saber los secesionistas: “Llegáis tarde. Agradecemos vuestra buena voluntad federal, pero tenemos ya el aparejo presto; sólo esperamos que suba la última gran marea popular para poder zarpar. ¿Adónde? Ya se irá viendo”.
3. Ya está todo hablado. Se supone que en este apartado se encuentran únicamente aquellos que, frente a los pilotos de altura y los marineros de agua dulce, no quieren cambiarla en absoluto, por encontrarse cómodamente en una tierra tan firme como la Constitución. Aunque es cierto que estos papistas de la Constitución tienen un buen argumento (¿Cómo vamos a hablar de la Constitución con quienes han decidido prescindir de ella?), esa tierra es engañosamente firme: basta reconocer la creciente desafección popular hacia la monarquía. Sin embargo hay algo en todo esto que no parece cuadrar: ¿por qué los secesionistas, que también parecen tenerlo ya todo hablado entre sí, reclaman con tanta insistencia una reunión de vecinos, o ni siquiera, una reunión sólo con el presidente de la comunidad, al margen de los vecinos? No es posible que crean o esperen que España firme de mil amores los famosos papeles de su divorcio, o lo que presentan como tal, dando por bueno el originalísimo reparto de gananciales que presumiblemente podrían presentar. ¿Entonces? “En privado, Mas admite que la consulta no se hará”, acaba de afirmar una de las contramaestres constiturreformistas. ¿Será todo acaso un vodevil?
Y aquí estamos los pobres desgraciados que creemos que la gran cultura catalana no puede ser superior a la española, ni al revés, porque nada puede ser superior o inferior a sí mismo. Claro que asistimos atónitos al espectáculo, encogidos por no saber si será de los que acaban en vísperas sicilianas o en la función del bombero torero. ¿Qué ocurrirá cuando Cataluña, subida a una banqueta, despierte de ese sueño real o fingido? ¿Qué, cuando los 17+2 adviertan que pueden dejar de respirar si finalmente Cataluña pierde pie? No lo sabe nadie, pero si no fuese porque no habla uno en nombre propio, sino en el de aquellos que tienen derecho a heredar lo que se construyó entre todos, le entrarían a uno ganas de dejar su parte infinitesimal y usufructuaria de buhardilla y lanzarse a vivir a la intemperie, libre de estos enconos eviternos, agotadores y bastante mezquinos.
[Publicado en El País el 29 de enero de 2014]


Ilustración de Raquel Marín. El País. Hecha en una escala que podría prestarse a confusión, pues si el tamaño de la casita-cataluña es equiparable a otras casitas del conjunto, no lo son en absoluto su aderezo ni alhajamiento, por decirlo con palabras del siglo XVI. Y eso ha podido ser así, aunque no sea esa la única razón, porque algunas de las otras casitas no pasan de ser simpáticas chabolillas de arrabal.


29 de enero de 2014

Nada sin sombra (1)

SE recordaron ayer aquí algunas leyendas de relojes de sol. De todos los relojes, los de sol tienen algo especial.
Los mecánicos hechos de giros, con su tic tac implacable y un tanto asmático, parecen recordarnos no una suma de instantes, sino la resta de ellos. No sé, ese tic tac tiene mucho del toc toc de los pasos de la solitaria muerte que llega.
Los de arena... los de arena son aún más terribles, con toda esa arena formando en la ampolla el túmulo funerario. No sé si esta imagen procede del libro de Jünger o de una greguería de Gómez de la Serna. Al no haber ningún reloj de arena tan grande que dure más allá de unos minutos, ni el estar dándole la vuelta cada poco es cosa práctica, se diría que los relojes de arena fueron pensados sólo para medir lo que se acaba o ha de acabarse de forma irremediable. El de arena es el reloj de los verdugos.
No he visto nunca una clepsidra, seguramente serán bonitas, el agua que corre lo es, pero... demasiado frías: agua, ahogados.
Los digitales tienen todos algo de antipáticos cronómetros, pensados para un mundo en el que nos han lanzado a una loca carrera que te obligan a correr como los 100 metros siendo una maratón.
Sólo los relojes de sol parecen recordarnos el instante apacible, el infinito juego de la vida entre la luz y su sombra. Sólo ellos parecen decirnos: tú eres la medida de tu tiempo.
                                                                                         
                                                                                             (Continuará mañana)

Reloj de sol de la Villa delle Ginestre, en Torre del Greco, donde vivió Leopardi. 26 de septiembre de 2010

28 de enero de 2014

Las mil y una noches

CON la de hoy han sido mil y una noches. 
Durante mil y un días he llegado a este almanaque, unas veces con algo y otras con poco.
Cada una de esas mil y una noches ha visto nacer una hoja. La mayor parte se las ha llevado el tiempo; otras esperan acaso formar parte de otras hojas nuevas. 
Sé y no sé a quién hablo, y para no confundirme me hablo a mí mismo, que de todos los extraños soy el que tengo más a mano.
Para quienes han venido aquí cada noche a oír a esta Sherezade del Torío, incluso para aquellos que lo hacían con el propósito sultán de cortarme el pescuezo si no andaba fino esa velada, sólo puedo tener inmensa gratitud.
Hace muchos años publicó El País Semanal un reportaje sobre Michael Ende, un autor que acababa de descubrirse entonces en España y gozaba de gran popularidad. Hablaba el reportero de la casa en la que vivía el novelista, me parece que en Roma, y mencionaba cierto reloj de sol de su jardín, cuya leyenda era: "Sólo marco las horas apacibles". Tiempo después encontré la leyenda en latín, Horas non numero nisi serenas, y otras parecidas.   
Siempre me han gustado mucho los relojes de sol, y cuanto ellos dicen, porque lo dicen en silencio, porque lo dicen claramente y porque lo dicen con una sombra sólo. 
Muchas de esas leyendas son melancólicas, algunas incluso truculentas. Unamuno y Baroja citaron mucho una famosísima de cierto reloj que estaba en la torre de una iglesia vascongada: Omnes vulnerant, ultima necat, "Todas hieren, la última mata".
Desde el primer día, en realidad desde la primera de estas mil y una noches, ha tratado uno de que este Almanaque, por ser las de muchos, no sólo las mías, notase sólo las horas apacibles. Y no herir, ni mucho menos matar, a nadie.
Y en eso seguimos.
Para decirlo con otra de esas leyendas, que he visto citada alguna vez en Azorín como su preferida: Festina lente, "Apresúrate despacio".


Las mil y una noches, cuentos árabes por Galland. Establecimiento tipográfico de D.F. de P. Mellado, Madrid, 1845. Escrita ya esta hoja del almanaque, se tropezó uno este domingo pasado con los tres tomos de esta rara edición romántica profusamente ilustrada. Y no digo más, aunque el hecho, qué duda cabe, daría para mucho.

27 de enero de 2014

Ver pasar

HAY un momento decisivo en la vida del niño, ese día en que  descubre que las ostras están buenas y besar con la lengua no da asco. Al admitir alborozado que no todo son los macarrones ni tirar de las trenzas a las  niñas, ha dejado el mundo de la infancia y se adentra en el de los adultos, cruel, pero espumoso.

En la vida intelectual del adulto hay también un día que señala su mayoría de edad, ese en que descubre que Azorín no es el escritor soporífero que le habían dicho. Así como la mayor parte de lxs humanos llega en algún momento y por sus propios medios a los besos con lengua, a lo de Azorín no llega más que un 0,00001% de la población. Y sin embargo es raro no encontrar algo valioso, quiero decir, algo vivo y cercano en todo lo suyo.

Releyendo El buen Sancho, un librito en el que vienen unas cuantas recreaciones y secuelas cervantinas, nos encontramos con este pasaje: "La finca del Rosalejo, adonde íbamos, se halla a nueve kilómetros de la capital; se emplean en recorrerlos en galera dos horas; cada ocho minutos se anda un kilómetro. ¿Y para qué ansiaremos caminar más deprisa? ¿Y qué haremos cuando, con la prisa, lleguemos antes? La lentitud en el caminar  pone sosiego en los ademanes; el no saber las noticias sino muy tarde, cuando hace ya un mes o dos que ha ocurrido el suceso, impregna de prudencia nuestro espíritu y hace que las pasiones no se encrespen. Si hace tanto tiempo que ha sucedido lo que acabamos de saber, lo que el correo acaba de traernos, ¿para qué vamos a gastar palabras vanas e imprudentes en comentarios?".

Si alguien puede avalar las palabras de Azorín serían los vagabundos y mendigos. Vagabundos y mendigos se parecen mucho de siglo en siglo, de país a país. No tienen ellos acucia, en todas partes les espera la misma ciudad y la certidumbre de que el mundo entero cabe en su corazón. Han aprendido a ser pacientes y eso les hace sabios. Los niños por el contrario quieren conocer el desenlace de las cosas antes de tiempo. “¿Cuándo llegamos?”, es su pregunta predilecta. Incapaces de disfrutar del viaje, antes de salir ya querrían haber llegado. “El concepto de independencia lo veo anticuado y un poco oxidado”, decía Artur Mas a Rafael de Ribot en 2002. Habrá quienes quieran llegar ya a 2015 para saber qué pasó en 2014. Otros preferirán encogerse de hombros para no gastar palabras vanas en comentarios, porque “vivir es ver pasar”, (otra vez Azorín). ¿Hay algo más actual que esto? “¡Las cosas que hemos visto!”, lo resumió también Falstaff, vagabundo famoso del clan de los mendigos.
    {Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de enero de 2014]

26 de enero de 2014

El fuelle de la Historia

“La historia es como la ceniza de un incendio”, escribe Miguel-Anxo Murado, glosado por José Andrés Rojo en un sobresaliente trabajo de síntesis sobre Las historias de la Historia, y sigue Murado: “No es el incendio, ni siquiera un resto del fuego, sino tan solo un vestigio de los efectos del incendio. El viento sopla constantemente, dispersándola”. 
Y aunque es difícil explicarlo mejor, acaso más que de viento conviniese hablar de fuelle. El famoso "viento de la Historia" no anda dando vueltas errático y sin amo ni se sopla a sí mismo, lo sopla siempre alguien, álguienes, para avivar los fuegos, propagar los incendios, resucitar las brasas.

El Rastro, 24 de diciembre de 2013


25 de enero de 2014

La niña del caracol

HACE unos meses encontró uno este no muy lucido ejemplar de La niña del caracol (1933), el primer libro de Agustín de Foxá, libro del que podría decirse, con todo, que es inencontrable (no había visto hasta entonces ningún otro a la venta). Lo editó, supongo que a expensas del autor, Manuel Altolaguirre, quien dejó en él una piadosa procesión de erratas y faltas de ortografía, por las que sentía debilidad.
Es una colección de romances que llevan la impronta de los de Lorca (a quien dedicó, por cierto, un ejemplar de El toro, la muerte y el agua días antes de que el poeta granadino dejara Madrid para reunirse con el toro, la muerte y la sangre, en Julio de 1936; y en Julio de 1936 está dedicado también el ejemplar que tengo de El toro, la muerte y el agua, en este caso al escritor asturiano Casimiro Cifuentes).
Nos hemos ido un poco lejos. Los romances de La niña del caracol están en su mayor parte dedicados a amigos, parientes, maestros. Las dedicatorias desaparecieron en la edición que hizo el propio Foxá de sus poemas en 1948, pero volvieron en la edición póstuma que se hizo de sus obras. 
Entre esas dedicatorias (a Juan Ramón Jiménez, a Ramón Gómez de la Serna o a Gutiérrez-Solana, a este un romance muy solanesco y funéreo), llama la atención la que figura en el romance de Alfonso XII a... María Zambrano. Lo que pudo haber debajo de esa dedicatoria (ironía, simple amistad, complicidad acaso en un momento en que la República había mandado al romancear a Alfonso XIII y la propia Zambrano mantenía lazos de amistad con monárquicos, falangistas y futuros sublevados, lazos que llevaron a José Bergamín a aconsejarla en los primeros meses de la guerra a marchar a Chile una temporada mientras en Madrid los memoriosos dejaban de acosarla por su pasado político), lo que pudo haber debajo de esa dedicatoria, decía, sería una más de las historias que nos ayudarían a comprender mejor lo que ocurrió entonces en España. 
Y claro, habría que poner junto a ella lo que diría Foxá de María Zambrano en Madrid de Corte a cheka, cuando ya nada tenía remedio.




24 de enero de 2014

Libro de horas

FUERON durante la Edad Media y el Renacimiento devocionarios colmados de loores a la Virgen María. Libro de horas es este brevísimo Magníficat (Cálamo, Palencia, 2014), de Carlos Pujol. Y qué extraño y triste se nos hace recibir estos libros sin la dedicatoria de su autor. Claro que no falta en ellos su voz. En ninguno está tan presente como en estos libros últimos suyos que su generosidad va dándonos después de su muerte, como da la tempestad un arcoiris.
En este Magníficat María habla en poemas que "van por dentro", llenos algunos de ironía y finura, y en otros habla el poeta, asombrado siempre ante el milagro de la vida. Hoy las dos voces son una.
Van aquí unos cuantos, el último de los cuales, que cierra el libro, es un breve autorretrato. Al modo de esos devotos oferentes que aparecían en algunas pinturas del medievo, aparece en una esquinita, para no llamar la atención. ¿Hizo acaso otra cosa distinta mientras vivió?

NICÉFORO Calixtos,
un venerable autor del siglo onceno,
me describió con buena voluntad
y un sinfín de detalles
de origen ignorado:
"Mediana la estatura,
trigueña de color y los cabellos
muy rubios, ojos vivos y que tienen
pupilas aceituna,
nariz un poco larga, hermosos labios,
el rostro más bien largo que redondo".
No seré yo quien vaya a desmentirle,
se agradece en su exceso de fervor
ese retrato mío imaginario.


NUESTRA Señora de los Buenos Libros
puede verse en León, las manos juntas
pidiendo sin cesar 
por los que leen y escriben;
con la cara de niña
(¿quién va a tenerte miedo?,
se te harían más bien fiestas y mimos)
la corona de reina
y ángeles a sus pies como escabel.
El papel se redime
de las oscuridades de su historia,
escribir y leer, quiere decirnos,
pueden ser oraciones.


ME comparó con aire
porque es lo que permite respirar,
cosas de los poetas.
El Padre Hopkins Ese Jota fue
un hijo muy querido,
de fiel y atormentado corazón,
siempre buscando a Dios en las palabras,
a las que sometía a exigentes torturas en sus versos:
"Aquella que no solo acogió a Dios,
que fue dar acogida al infinito
en forma de aquel Niño, para darle
vida y leche como una madre más,
sino también todas las gracias
que los hombres podemos recibir...
María Inmaculada, una mujer".
La verdad, me parece muy bien dicho,
no sé si alguien podría mejorarlo.


ÉRASE un niño muy zarandeado
en un tiempo de guerras y más guerras.
Es posible que guarde en la memoria
demasiado estropicio y fantasía,
muchas contradicciones y la música
que parece imposible del ayer.
Ahora ha escrito para mí estos versos.

Morales, Virgen gitana.








23 de enero de 2014

Un abismo estrellado

PODRÍA pensarse, leyendo ayer el admirable escrito de Félix de Azúa sobre el Libro de los pasajes, que nos halláramos ante el final de la poesía, de la poesía romántica. Cuando en cierto modo en ella seguimos (¿hay otra?)
No sólo como crónica de unas ruinas, tal y como recuerda Azúa citando a Agamben, sino ruina él mismo (nadie puede sospechar qué habría salido de allí de haber podido su autor darle fin). Pero basta reabrir ese libro por cualquier parte (puede hacerse), para darse cuenta de que este es tal vez unos de los grandes poemas de la modernidad (Azúa cita igualmente a Joyce). Late la poesía de tal modo en él y con tan fuertes pulsos, que en cada una de sus páginas parece estar esperando una novela. Y así nos lo dicen estas palabras de Victor Hugo, citadas por WB. en una esquinita: Et moi, je sens le gouffre etoilé dans mon âme ("Y yo, yo siento en mi alma un abismo estrellado". 
Eso es exactamente el libro de WB. y eso somos acaso cada uno de nosotr*s, un abismo estrellado que nunca podrá ser ni leído ni escrito del todo.


Postal. Paris... en flânant. Notre-Dame de Paris. Détail de la façade Ouest. Chimère (le stryge). À gauche la tour St.-Jacques

22 de enero de 2014

El mayor hurto

ACASO el mayor hurto que ha sufrido quien vive en las ciudades modernas, y me atrevería a decir que cualquier criatura que viva en ellas, ha sido el de la luna a manos del progreso. La tristeza secular de l*s que viven en las ciudades procede en buena parte de esa orfandad en la que han quedado.
Y no tanto porque no la veamos a veces pasearse sobre nuestras calles, plazas y jardines como una melancólica y solitaria Helena a lo largo de las murallas de Troya, sino porque llegándonos su imagen nítida y subyugante, nada nos llega de su luz. A quienes tantas veces han recibido en su rostro ese resplandor misteriosísismo suyo en medio de los campos o al lado del mar, en una playa retirada, ese silencio de la luna urbana, les encoge el corazón.
Con todo, qué felicidad el día en que caminando por la ciudad la descubrimos allá en lo alto, entre dos edificios, pues suele ocurrir también que la ciudad nos la oculta y hace que nos olvidemos de ella. ¡Cuántas veces ha venido a llamar a los cristales de nuestras ventanas y nuestro sordo afán diario no ha oído su luz muda!
Ya hace unos años, desde que el progreso nos dio para resarcirnos los móviles modernos, el amigo E. y yo nos enviamos las lunas llenas, y unas veces van en una dirección o en otra, y otras se cruzan por el camino.
Ayer nos llegó esta desde Mazarrón, mientras volvíamos a casa. Tratamos de mirar aquí y allá, por si estaba cerca, y sabiendo que estaba, no la hallamos. 


Foto: Eloy Sánchez Rosillo. Mazarrón, 20 de enero de 2014

21 de enero de 2014

El gran silencio (Emilio Gavilanes)

LA luz pasa a través de un libro de haikus como podría hacerlo a través de una hoja de alabastro. Quiero decir que crea dentro de nosotros un misterioso espacio que propicia el recogimiento y el silencio. Así sucede en este bellísimo libro de un autor que ya publicó en La Veleta su primer libro, de haikus también: Salta del agua un pez. Figura igualmente en la Antología de haiku en español, de Benet y Soriano, Un viejo estanque, que acaba de publicarse.
Como en los casos anteriores, el azar ha elegido por nosotros estos tres poemas. La cubierta de este es para mí una de las cinco más bonitas de toda La Veleta, aunque no sé si está bien que yo diga una cosa así.

Se rompió el hilo.
Cada vez más lejanos
cometa y niño 

Ermita en ruinas.
Un minúsculo insecto
se come al santo.

En la hoja seca
que arrastra el río
viaja una hormiga.


20 de enero de 2014

Baile de leyes

LO que no está roto, no lo arregles, dice el refrán inglés. Los estadounidenses tienen no sólo una moneda fuerte sino unos billetes de banco únicos. Desde un punto de vista gráfico son perfectos, y quizás por eso apenas los han retocado desde que existen, hace más de cien años: pequeños, manejables, con una tipografía clara e invariables color, timbres e iconos: su tono verde y  la efigie de los presidentes y fundadores de los Estados Unidos los hacen inconfundibles, no antiguos, sino clásicos. Quiere decirse que aunque esos billetes se utilicen  para el bien o para el mal, los hombres cuyos rostros figuran en ellos, esos Lincoln, Franklin o Whasington están ya por encima del bien y del mal, y a nadie se le ocurriría sustituirlos por los de otros presidentes, incluso más populares. No se habla aquí ahora del ídolo-dinero como bien supremo (consagrado en ese extemporáneo “En Dios confiamos”  que figura en todos ellos), sino sólo del templo-billete en el que se ha sustanciado ese valor, y esos billetes, como artefacto, resultan, qué duda cabe, insuperables; por eso siguen siendo los mismos desde hace un siglo, al margen de cualquier “mejora”.

Exactamente lo contrario de lo que ha sucedido y sucede  entre nosotros con el nombre de las calles. En un primer momento fueron los reyes, duques, generales y papas (o sus secuaces) quienes retitularon las calles y bulevares de nueva planta,  pero al poco tiempo eso fue insuficiente para colmar la vanidad de miles de próceres y caciques de segunda fila, agiotistas, políticos y clero en general (rastacueros de amplio espectro los llamaba Baroja) los que las despojaron de sus nombres, algunos de los cuales los llevaban desde la Edad Media, para ponerles en su lugar uno que a los diez minutos ya no le dice nada a nadie. ¿Quién demonios será, nos preguntamos, ese conde de Xiquena que ve uno en su Dni y en todas las cartas que llegan a esta casa? 

Parecido trajín lo vemos en las leyes. Llegan unos, y cambian las anteriores, y nos atizan las suyas propias,  a menudo contra el interés y sentir generales. Ha vuelto a suceder con la ley Wert o la delirante ley Gallardón (ya no se conforman con calles, y rotulan leyes), “arreglando” las que en absoluto estaban rotas. Como uno es optimista antropológico, espera que antes pronto que tarde podamos devolver a su estado primitivo lo que funcionaba bien, y logremos que lo que nos afecta a todos, salud, educación o fisco, se ponga de una vez por todas por encima del bien y del mal, y acordemos entre todos aquello que debiera durar más de lo que dura un baile.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 19 de enero de 2014]

19 de enero de 2014

Silencios escogidos (José Mateos)

EL segundo libro de La Veleta que comparece aquí, Silencios escogidos, de aforismos, es de José Mateos, de quien ya otras veces se ha hablado en este almanaque, siempre con el mayor elogio. ¿Podría ser de otro modo? Los aforismos que nos hacen pensar o nos conmueven o nos arrancan una sonrisa legítima,  son como puntas de iceberg, que llevan debajo de lo que vemos una masa infinitamente más grande que lo que está a la vista, mientras se desplazan majestuosos por el mar helado del pensamiento, un mar que los templa al tiempo que ellos lo enfrían. Ese equilibrio. De no ser así, los aforismos vienen a ser como pompas de jabón o luces de bengala, en el mejor de los casos.
Como ayer hicimos con la antología del haiku en español, abrimos al azar este hondísimo libro por unos cuantos sitios, tal y como solemos hacer en la librería con el libro del desconocido, antes de llevárnoslo con nosotros. ¿Alguien devolvería este libro a su anaquel después de leer estos cuatro aforismos? ¿Podría alguien no querer llevárselo para leerlo en casa en el mayor y escogido de los silencios? "Maravilloso silencio" acostumbra a decirnos Cervantes cuando un silencio está lleno de vida, y así diríamos de estos.

CUANDO no hay Dios, la más dura y peligrosa de las tareas humanas es la necesidad de agradecer.
* * *
TODOS los poemas posibles están escritos dentro de cada lector; el poeta sólo se los despierta.
* * *
EL alma que agradece, ¿qué podrá mancharla? 
* * *
SIN fragilidad no hay, no puede haber belleza.


18 de enero de 2014

Haiku contemporáneo en español

DESPUÉS de un tiempo demasiado largo, aparecen cinco libritos de La Veleta, de los que se dará cuenta sucinta aquí.
El primero de todos, esta Antología del haiku contemporáneo en español, Un viejo estanque, que prepararon con tesón y esperaron ver publicada con infinita paciencia Susana Benet y Frutos Soriano. Cientocincuenta autores españoles e hispanoamericanos y más de quinientos haikus. 
La antología tiene a mi modo de ver sólo un defecto: entre esos quinientos haikus no hallará el lector ninguno de los autores de la antología, a quienes debemos algunos de los más hermosos haikus que se hayan escrito es español.
Elijo uno abriendo el libro por la mitad, el primero que me encuentro. Riguroso azar, podríamos decir: Antonia Martínez García, Chinchilla, Albacete (España), leemos en el encabezamiento:

          A la perdiz
          la siguen sus polluelos
          buscando sombra.

De una postal del Rastro. Gibraltar. Reflectores en Acción. Lights in Action. L.Rosin, fot.

17 de enero de 2014

Troppo vero

ACABA de aparecer en la colección Austral Troppo vero con la misma fotografía que figura en la cubierta de la primera edición. El proceso de las cubiertas del Spp no responde a un patrón único, y a menudo son fruto de todo un poco, casualidades, apremios y prisas de última hora.
Recuerdo que estábamos en la terraza de Las Viñas, donde fue tomada la fotografía, y andaba uno bastante acuciado buscando ilustración para el título, decidido desde hacía tiempo, cuando de pronto se me apareció esa cara. No sé qué pasa en Las Viñas que se producen muchas y providenciales apariciones que compensan por suerte algunas pocas y no menos providenciales desapariciones. 
Lo digo porque ninguno de aquellos a los que he preguntado, había advertido ese perfil que se dibuja en el crepúsculo, con su tupé y la frente, su ceja, un ojo al que no le faltan ni las pestañas, su nariz, boca y barbilla. Recuerdo que aquella tarde, al reconocerla, me dio un vuelco al corazón: aquel rostro se parecía al de todos nosotros, que estamos aquí un breve tiempo antes de desurdirnos y transformarnos en otra nueva y más robusta vida.
(Envío a Pablo A., que se publica también como comentario: Nadie habla del más allá, sino del más acá, de ese tierno sarmiento que deshará su perfil apenas en unas horas, para ser, mañana, aquí, robusta rama. Todos nosotros somos vida fuerte de los venideros, como lo somos de los pasados. Y aquí, aquí, no allá) 

Las Viñas, Rama de glicino, 7 de septiembre de 2008

16 de enero de 2014

Lo que duran las rosas, las violetas

RECORDABA ayer en este almanaque un anónimx (¿y no sería mejor, amigx, poderle llamar ahora por su nombre, y agradecérselo?), al hilo del poema de Marià Manent, el Cementerio Inglés de Málaga, y cierto "Epitafio para una muchacha", de María Victoria Atencia.
En ese mismo cementerio se halla uno de los más hermosos y conmovedores epitafios que puedan verse, escrito sobre la tumba de una niña de nombre Violette, que apenas vivió un mes: 

                     "Ce que vivent les violettes".

Quien mandó ponerlo conocía acaso esta otra historia:
En su poema –tan conocido– "Consolation à Monsieur du Perier", Malherbe, plañendo la muerte de la hija de Perier, amigo suyo, compara a esa niña a una rosa:
       
                    "Et Rosette a vecu ce que vivent les roses".

Pero el marmolista no puso esto, y la errata mejoró maravillosamente el verso:

                     "Et rose, elle a vecu ce que vivent les roses".

Leo esto último en uno de los artículos de Azorín que ha recopilado Francisco Fuster en Bibliofilia, nuevo y precioso libro para el que anda uno estos días escribiendo un prologuillo.


Las Viñas, 29 de diciembre de 2013




15 de enero de 2014

Marià Manent, miel secreta

FUE Marià Manent del linaje de los silenciosos, un hombre finísimo y alguien a quien la poesía en español debe tonos inauditos que libó en THardy, WBYeats o EDickinson, entre otros muchos. De él acaba de aparecer una pequeña, cuidada y bellísima antología de sus propios poemas, escogidos y traducidos sobriamente por JMuñoz, publicados por la fundación Ortega Muñoz en una colección que dirigen ÁValverde y JDoce y tipografiados por JRodríguez.
"Poeta de lo microscópico", dice JMuñoz, "observador minucioso de los aspectos menos perceptibles de la naturaleza". 
Venga aquí este poema de aquel que todo quiso decírnoslo, obra y vida, "con la voz apagada".

ENTIERRO DE UNA JOVEN EN SALLAGOSA

Esperaba oírte, canto de codorniz,
impreciso y seguro,
y ver, cómo el alma en invierno,
los pequeños neveros lejanos
dorados por los vapores de julio,
y el brillo del río en la montaña,
y la alondra extasiada en su canto
encima de los huertos.

Pero en la quietud del pueblo la muerte
no esperaba encontrar.
Y te llevan, oculta en la madera,
hombres con alegres flores;
y este silencio habla de ti,
mi desconocida. Se te borran el canto
de la codorniz y la nieve, pero te trae
la Eternidad miel secreta. Y, abeja dormida,
a la celda te ajusta.

              (De La ciutat del temps, 1961; Trad. de JMuñoz) 


           

14 de enero de 2014

Sin dejar la risa


“DÍJELE que me la dijese, y él, sin dejar la risa, dijo”, es una de las cientos de frases del Quijote por las que, supongo, los críticos antiguos empezaron a circular la especie de que Cervantes estilaba mal. 
Algunos críticos de ahora (Mengano, Zutano, Beltrano) lo piensan también, a tenor de cómo escriben ellos sus atestados, y aunque no tienen los arrestos de salir a la palestra a decir lo "mal" que escribía Cervantes, se desquitan fieramente con algunos escritores pequeños de ahora afeándoles los que a su entender son gravísimos descuidos, cosa que, a decir verdad, tampoco le permite a uno dejar la risa.


Del sastre del Retablo de las maravillas. Foto cortesía de un amigo.


13 de enero de 2014

Humor negro

SUELE ocurrir que la muerte de personas que han tenido una larga agonía se recibe con alivio, y más si se trata de ancianos que han visto cumplida la vida. En este caso, en medio de la tristeza, su muerte se vive no como una interrupción, sino como una culminación ejemplar. Así parece haber ocurrido con Nelson Mandela: la gente acudió a su funeral cantando y bailando, con ánimo bien diferente al que habría tenido de haber sido, por ejemplo, el de un joven malogrado.

No es tampoco infrecuente que en los entierros sucedan cosas chuscas y esperpénticas. Quizá sólo nos lo parecen por contraste, y porque en un entierro no es fácil estar a la altura del muerto. Por esa razón en los entierros, si no tiene uno que permanecer en las primeras filas, la gente busca instintivamente las últimas, y es un hecho que en algunos de ellos, 1, se cierran grandes tratos y negocios; 2, se cuentan los mejores chistes o se entera uno de las historias más increíbles, y 3, much*s sienten, en cuanto salen del cementerio, un deseo irracional de aparearse, bien con su pareja habitual, bien con cualquier otra persona de las presentes. Pasados los años la gente, que acaso ha olvidado al finado, sigue recordando la historia que le contaron en su entierro, el trato que hizo allí y, en fin, lo demás, si lo hubo.

El funeral de Mandela se recordará, 1, por el gran Thamsanga Tantjie (el tipo que nadie sabe cómo llegó a la tribuna de los líderes mundiales y fingió traducir sus discursos al lenguaje de los sordos), y 2, por esa instantánea en la que se ve a tres de estos líderes, Cameron, Obama y  Thorning-Schmidt, en el momento en que se hacen un selfie en plan Folies Bergère, ella en el centro flanqueada por sus boys, mejillas con mejillas. La jovialidad de sus rostros sugiere, 1, que acaban de contarse un gran chiste, 2, que han cerrado un buen trato, y 3, que piensan vagamente en lo demás, tal como delata el ceño de la señora Obama, convidada de piedra. En Sudáfrica muchos creen que Thamsanga Tantjie (un perturbado, acusado de asesinato hace años) ha sumido al país en el ridículo, y en el mundo se cree que esos tres líderes no estuvieron tampoco a la altura del funeral de un hombre como Mandela (para salir del paso y hacérselo perdonar, Cameron ha sugerido subastar el selfie para una causa benéfica, reinsertar a Thamsanga Tantjie, supongo). No sería uno tan severo con ninguno de ellos, sin embargo, porque son cosas que suceden en los funerales. Bien al contrario, si Mandela era como dicen que fue, sabría que charlotadas y  sicalipsis son propias de los entierros, y humanísimas, y habría sonreído.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de enero de 2014]

12 de enero de 2014

Beneficencia (dos columnas)

LA escena es un clásico: unxs señores de la alta sociedad se acercan a un comedor de pobres a darles el rancho, llevándose consigo al fotógrafo. Lxs ricos siempre han encontrado muy fotogénicos a lxs pobres.
Esta foto es del gran Santos Yubero, y la ha enviado al periódico correspondiente. Allí alguien ha hecho un encuadre diferente, tirando dos líneas que dejarán lo sobrante fuera. Tal vez el mismo operario que ha trazado esas líneas, ha escrito en el dorso "Beneficencia" y ha retocado a pluma alguna de las líneas: en el gabán del limosnero, en las gafas de uno de los presentes, en el sombrero de la señora que pone el plato en la mesa, en la pobre mujer de negro que parece sufrir la impertinencia de los caritativos tanto como esa raya que le sombrea el bozo.
La mujer del sombrero, que tiene porte de obús, se ha puesto el mandil sobre el abrigo de astracán. Fue el astracán, junto con el caracul, tan de posguerra, un sucedáneo del visón y luto de las viudas tristes. 
En esta foto podría empezarse un pequeño relato, qué digo uno, un sartal de ellos, tantos como personas figuran en la escena. 
Yo empiezo el mío por el joven que está de espaldas. Va mal vestido, hay lampos de grasa en su gabardina, sus pantalones muestran remiendos mal echados y las botas, sucias de barro, denotan su vida vagabunda.  
Sigue este joven al jerarca del gabán y a la salida del cotarro le roba la cartera aprovechando la confusión de los adioses. En la cartera del jerarca viene una carta. Es carta de mujer. Sirvió en otro tiempo como cocinera en la familia de ese hombre. La mujer pide socorros. Sobre su marido, que lleva en la cárcel desde 1939, penden dos condenas terribles, dos penas de muerte. Si no se interviene pronto, se le fusilará. El  mozo que ha robado la cartera conoce la cárcel, conoce la angustia de los condenados a muerte, y no sabe qué hacer con esa carta. Tras muchas cavilaciones, decide devolverla. Tal vez esté en sus manos salvar la vida de ese hombre. Es una misión expuesta. Se acerca al domicilio del jerarca. Vive este en una buena casa, en un barrio de orden, burgués e incuestionable. El portero advierte algo sospechoso en ese joven que merodea por la calle, sin decidirse a entrar. Deja el portero la portería y sale a su encuentro. Lo aborda en el mismo portal, lo interroga. Las respuestas del joven, atropelladas y evasivas, despiertan recelo en el portero. Es este un hombre resuelto a quien han dado esa colocación sus heridas de guerra, y le echa el guante. Protesta vivamente el joven, que trata de zafarse. Basta que el joven forcejee, para que el caballero mutilado se afiance en sus sospechas y agarre su presa con más fuerza. Se arma un pequeño revuelo, acude la gente, viene un guardia. El portero lo acusa de ladrón que ha venido a preparar un golpe. El joven se defiende, y se aventura con la verdad: ha venido a entregar una carta en cuyo sobre figura esa dirección. Algunos de los curiosos que se han acercado, piden que lo muestre. Quieren creerle, que se resuelva ese altercado y que el mundo siga su curso pacífico. Las buenas gentes están cansadas de la guerra, de muertes, de violencias. No conoce al señor, no le ha visto nunca, aclara el joven. Ha creído que su obligación era traer la carta, que ha encontrado tirada en una acera. Tenían que estarle agradecido. "Me pasa por ser buena persona", manifiesta sin mucha convicción. Los curiosos respiran tranquilos, satisfechos de que la escena se haya resuelto de ese modo. El portero, responsable del altercado, no quiere quedar como un inicuo, y porfía. Sube el tono de sus acusaciones, lo llama abiertamente ladrón, y exige del guardia que lo registre. Así lo hace éste, y junto a la carta, en la cartera del joven, halla quinientas pesetas. Los presentes prorrumpen en exclamaciones de asombro, de incredulidad. El portero, al ver confirmadas sus sospechas y su sagacidad, sonríe satisfecho, y proclama triunfal: "¡Las ha robado!". Llaman al jerarca, que baja de su casa, metido en un batín. El guardia le entrega la carta. Confirma el jerarca que esa mañana le ha sido robada la cartera, y con ella esa carta. El guardia, revestido de autoridad, pregunta si en la cartera había dinero. Los presentes, que ya conocen la verdad, siguen el diálogo como si fuera de teatro. Sí había, afirma el hombre, quinientas pesetas, ni una más ni una menos. Repara el hombre en el joven por primera vez y dice: "Lo conozco. Lo he visto esta mañana en el refugio de los pobres". Los circunstantes vuelven a prorrumpir en exclamaciones de asombro, y en muchos de indignación. No van a perdonar fácilmente haberse dejado engañar por el aspecto desamparado de ese joven. "No te puedes fiar", y los mismos que pedían hace un minuto piedad, exigen que caiga sobre él el peso de la ley. Devuelve el guardia a su dueño las quinientas pesetas y la carta, rogándole pase cuando pueda por comisaría, y se lleva detenido al ratero. El jerarca, ante ese golpe inesperado de suerte, se retira risueño, no sin antes entregar un billete de veinticinco pesetas al portero, recompensa por su buena acción, y le ruega tire a la papelera aquella carta, que le entrega distraído, al tiempo que se mete en el ascensor.
La novela, qué duda cabe, no ha acabado aquí para ese joven.

Foto: Santos Yubero. Encontrada en el Rastro, 20 de octubre de 2013

11 de enero de 2014

Del aburrimiento de FGonzález


LEE uno escandalizado esta noticia: Felipe González ha decidido dejar Gas Natural "no porque haya incompatibilidades, sino porque es muy aburrido". El asombro que causa la frivolidad de estas palabras en un país con seis millones de parados y diez por debajo del umbral de la pobreza se corresponde al asombro que produjo en uno que el socialista FG. aceptara formar parte (y pillar de paso unos eurillosde ese Consejo de Administración por razones no muy diferentes a las que dio en su día cierto político valenciano del Pp: "Yo he entrado en política para forrarme". Cuánta razón llevaba FG. al sustanciar uno de sus más profundos pensamientos: "La misma mierda".
Denota, en todo caso, esta frase "in bellezza" de FG. uno de los rasgos principales de su carácter, la soberbia, que le permitió arrostrar hechos gravísimos como los del Gal o la corrupción, determinantes en sus mandatos como Presidente de Gobierno, con el mayor cinismo. Claro que en su caso ha podido ser cínico sólo porque ha gozado de impunidad.
Recuerda uno con vago resentimiento aquellos años en los que tantos intelectuales y escritores españoles acudían en masa a la famosa bodeguiya a darle coba y escuchar sus latosísimas logorreas, y lo que no habría dado uno por haber sido invitado a aquellas zambras para haber dicho que no. O mejor aún, para haber dicho que sí, y haberlo podido contar luego.
Claro que a día de hoy este desahogo mío no vale nada ni como brindis al sol.

El Rastro, 20 de octubre de 2013