30 de junio de 2013

Astillas

LA lectura de un librito reciente de Rosa Chacel, Astillas, que reúne textos inéditos recopilados por Ana Rodríguez Fisher y publica la colección Obra Fundamental de la Fundación BS, nos lleva a un escrito en el que Chacel recuerda cómo el título de su novela La sinrazón estaba tomado de aquellas palabras de Feliciano de Silva que don Quijote "encontraba de perlas" ("la razón de la sinrazón que a mi razón se hace..." etc.). En ese texto o en otro vecino Chacel recordaba, con elogio, el de Maeztu a propósito de Cervantes, y eso hizo que a uno le entraran ganas también de acercarse al de Maeztu, visitado hace ya muchos años, y refrescarse la memoria.
Quede para otro lugar la impresión de esta nueva lectura del escrito de Maeztu, pero no la cita que este hace de un pasaje de Nieztsche: "Ver la verdad por la óptica del artista, pero el arte por la óptica de la vida".

Pollo de rabúo. Las Viñas, 22 de junio de 2013.

29 de junio de 2013

El buque fantasma (1992)

APARTE de que a algunos se les atragantara de esa novela que se dijese en ella que habían hecho más por los parias-del-mundo-uníos las hermanitas de los pobres y demás monjitas de la caridad, que todos los soviets juntos, aparte de eso, creo que molestó mucho su desafortunada y fea cubierta, encargada a una agencia de publicistas. En ella se veía a Lenin sacando la lengua. Más que una lengua parecía un pimiento del piquillo. Yo creo que habría sido mejor esta que se reproduce aquí, que hice yo por mi cuenta, sin que nadie me la hubiese pedido y que rechazaron acaso sólo por eso. No es gran cosa, pero era más divertida, aunque sólo fuese para molestar a los del PCCh, aún en el poder. (Las tipografías, ni que decir tiene, venían impuestas, quiero decir que eran las habituales de aquella casa). 
Acaba de aparecerle a uno en una carpeta con papeles viejos. La creía perdida. Estaba hecha a partir de la foto de un guardia rojo interpretado por un bailarín de la Ópera de Pekín (folleto oficial), y las piernas de una vedette norteamaricana, para no salirnos del mundo del espectáculo. Los colores del guardia rojo eran de revista porno años sesenta, en cambio las piernas de la vedette eran, cómo decirlo, de lo más convincentes.


28 de junio de 2013

Jot Down

AYER presentamos Félix de Azúa y este su humilde servidor de ustedes el número cuatro en papel de Jot Down en la librería Alberti, en compañía de dos jóvenes, Guadalupe de la Vallina y Ricardo Jonás, redactores de la revista. Se dedica el número de manera monográfica al viaje. Es un número, como los anteriores, voluminoso, con un diseño potente y sobrio de riguroso blanco y negro e infinidad de colaboraciones entre las que puede leerse una mía, sobre la carretera secundaria y aun cuaternaria que une Lugo y La Fervenza. Jot Down es la demostración de que todo cuanto habían vaticinado los gurús a propósito de la literatura y el periodismo en papel, de las revistas culturales y de la falta de interés de los más jóvenes por la lectura era una pequeña filfa.  
Ayer también empezaba mi colaboración en el Jot Down digital con el escrito que va a continuación, y hace unas semanas este mismo Jot Down publicaba este responsorio al preguntorio de los también jóvenes Marcos Abal y Ernesto Baltar, que colaboran también en ese número cuatro.
En lo que concierne a mi persona, no es este desde luego un gran paso para la humanidad, pues sigo en, de, con zapatillas, pero se siente uno bien, porque a cierta edad ya no busca uno sino un rincón donde le dejen estar tal como es. Si es, como ocurre en Jot Down, una revista de jóvenes y con futuro, que nos dejen con nuestro propio pasado y la fuerza del pasado, sin tener que disimular que hace ya mucho que dejamos de ser jóvenes. Porque lo que de veras importa, jóvenes, viejos, raramente se mide con minutos, horas, años.
* * *
LOS PAPELES ROTOS DE LAS CALLES 
Nadie ha descrito mejor la afición a la lectura que Cervantes. Lo  hizo, como es sabido, en el capítulo noveno del Quijote. No dijo por qué le gustaba tanto leer ni tampoco por qué escribía, a menudo en condiciones adversas. Tan sólo nos informa de su extrema afición a leer. Debió de leer también en condiciones poco gratas, en casas modestas, pequeñas y ajetreadas, calurosas en verano y heladoras en invierno, cuando no en ventas o posadas, colonizadas por gentes de paso que son, por naturaleza, las más escandalosas, o en carro o sobre una caballería. Sólo así se alcanza a comprender el entusiasmo y devoción con los que Cervantes nos habla en el Quijote de la casa del Caballero del Verde Gabán y del “maravilloso silencio” y sosiego que reinaban siempre en ella. ¿Pero si la afición a leer está bien arraigada no es cierto que puede uno abstraerse? ¿No vemos a diario a cientos de gentes que viajan en metro, abismadas en la lectura, ajenas al estrépito ensordecedor de hierros viejos, a las sacudidas violentas, al trajín de viajeros que entran y salen o a las megafonías que anuncian el nombre de las estaciones con el mismo énfasis que ponen las azafatas aviadoras para anunciarnos que estamos llegando felizmente a un remoto confín del orbe?
Claro que internet no es un vagón de metro, ni siquiera uno de tren o un avión; se parece más a uno de esos platillos volantes que llevan a la gente en teletransportaciones súbitas sin pasos intermedios, y acaso por eso la persona que ha empezado a leer estas líneas, ahora ya está en otro lugar, por arte de magia, urgido no tanto por una tarea concreta, sino sólo por la magia, al igual que esos millones de turistas a quienes nada reclama en ese remoto confín, sino sólo la necesidad de comprobar que se puede llegar a él y que son ellos precisamente, gentes a menudo demasiado comunes y sedentarias, quienes pueden hacerlo.
Y como habrá constatado también quien aún siga leyendo estas líneas, uno también puede teletransportarse en este artículo donde quiera, ir y volver. Claro que no al buen tuntún, sino con un fin preciso, como verá quien continúe leyendo y llegue a su término.
Y que Cervantes leyó y escribió en condiciones penosas, decíamos, no hay que dudarlo. Él mismo confesó que había empezado su Quijote en “una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”. A ella le había llevado su mala suerte, mala suya y buena nuestra,
porque sin esa circunstancia acaso no habría empezado él su libro y hubiese seguido dedicándose a sus negocios, esos precisamente por los que le acusaron de malversación y apropiación indebida de fondos públicos. Únicamente cuando se vio expulsado de la Administración para la que trabajaba, Cervantes, que había llegado a la Administración tras fracasar como novelista y autor de comedias, volvió a agarrarse a la literatura como a un clavo ardiendo. Durante todos los años que estuvo alejado de la péñola (digámoslo así en honor de Cide Hamete, que colgó la suya, “matando” a don Quijote en el último capítulo, para evitar, qué ingenuo, cualquier secuela), todo el tiempo que estuvo sin coger la pluma, decía, Cervantes leyó, y leyó mucho, a su manera, sin demasiado orden y todo género de obras, tal y como haría hoy cualquiera de los lectores llamados compulsivos.
Tiempo tenía de sobra. Se pasó media vida de aquí para allá, solo, viviendo, decíamos, en ventas y posadas, sin contar los cinco pasados en el cautiverio de Argel y casi otros tantos acogido a la milicia, acuartelado o en el hospital, reparándose de las heridas que lo dejaron manco, o los meses que pasó en Esquivias, el poblachón manchego, recién casado él y soñando en la manera de salir de allí como fuese. En todos esos lugares le sobrarían ocasiones y momentos para dedicarlos a la lectura y hacer más liviana su soledad y sentir que su vida estaba un poco más viva de lo que en realidad lo estaba cuando la dedicaba a negocios que tampoco le interesaban lo más mínimo. ¿No leemos todos a veces por esa misma razón, porque nuestra vida, empleada en trabajos tediosos o irritantes, nos resulta insuficiente y tratamos de meter en ella algo de las vidas ajenas, como cuando entra una persona, una ciudad o una novela que nos iluminan de pronto?
El lector o la lectora que está leyendo estas líneas lo hace en un soporte que se parece poco a un papel, a un libro. Yo mismo las escribo en esta pantalla en la que puedo borrar y escribir, como en un viejo palimpsesto, sin dejar huella de las probaturas, y sin embargo se siente hoy uno igual que Cervantes confesó sentirse en ese capítulo nueve al que nos referíamos. Después de haber seguido los primeros pasos del Quijote, Cervantes, que seguramente no pensaba escribir una novela demasiado larga, debió de considerar que la cosa daba para mucho más, que sería una lástima dejar aquello en otra de sus novelas ejemplares, y así, sin saber muy bien cómo continuar ni por dónde tirar, nos fue contando al mismo tiempo la historia de don Quijote y la historia de su novela, cómo iba haciéndola. Quiero decir que contaba la historia de don Quijote y en cierto modo la suya propia como novelista, sin ocultarnos nada, y así el lector del Quijote asiste entre admirado y divertido a cómo Cervantes se pregunta a cada paso: ¿y cómo voy a salir yo ahora de esto, qué voy a hacer con este hombre, lo mando a Zaragoza o a Barcelona, hago que muera o le dejo vivir un poco más?
En el capítulo octavo ya había decidido que don Quijote siguiera un poco más, pero necesitaba contarnos cómo y dónde se encontró el resto de la historia. Eso lo contará en el noveno, cuando relata que se fue al zocodover o plaza principal de Toledo, donde se celebraba el mercado, buscando información sobre don Quijote, y allí quiso la casualidad que asistiera a una escena bien curiosa: vio cómo un chaval le traía a un sedero unos cuantos “cartapacios y papeles viejos”, y, añade, “como yo soy aficionado a leer aunque sea los papeles rotos de las calles, llevado de esta mi natural inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con caracteres que conocí ser arábigos”. Pero la afición a leer de Cervantes era tanta, que el que estuvieran escritos en caracteres arábigos, no le desanimó, y buscó por allí cerca alguno que los conociese, cosa harto fácil, nos dice, pues en Toledo quedaban muchos que leían esa lengua, y aun la hebraica.
Dejemos de lado que aquellos papeles fuesen los que Cervantes iba buscando, donde se proseguía la historia de don Quijote (si no ocurren tales hallazgos fabulosos en una novela, ¿dónde, si no, podrían ocurrir?), y centrémonos en eso de los papeles rotos (y mucho le cuesta a uno no hablar ahora de los “papeles viejos” y de la afición de Cervantes a comprarlos donde se los encontraba, colándose incluso en los tratos, como aquí, para hacerse con el objeto codiciado sin el menor escrúpulo ni respeto por las leyes tácitas que rigen los negocios del baratillo y el regateo). Hablemos, sí, sólo de los papeles rotos de las calles.
¿Qué puede haber de interesante en ellos como para pararse a leerlos? ¿Cervantes detiene su camino porque acaso halló alguna vez en alguno de ellos algo que resultó primordial en su vida? ¿Le sucedió tal vez lo que sólo sucede en las novelas, a saber, que uno de esos papeles rotos le condujo a un tesoro, alguno que mejoró su vida tal vez o que la amenizó, al menos? Quien como Cervantes se para a leer los papeles rotos de las calles es alguien a quien, seguramente, le gustan mucho la vida y sus gentes, aunque espere ya muy poco de ellas, como prueba el hecho de cifrar en leerlos quién sabe qué momentáneas ilusiones. No nos imaginamos a un duque ni a un comendador ni a ningún personaje principal leyendo papeles rotos en la calle, ni siquiera los imaginamos caminando por la calle (esos, diríamos, sólo leen ejecutorias y papeles orlados y timbrados y actas académicas o el Boletín Oficial del Estado, y de ir por la calle, lo hacen en coche o en carroza o con un séquito apresurado), y sí en cambio veremos en la calle detenido ante uno de esos papeles al tipo curioso, sin oficio ni beneficio, como suele decirse, que mira en ellos como por una ventana abierta a lo desconocido.
Y ¿qué es lo desconocido y el deseo y el impulso de conocerlo sino la naturaleza misma del ser humano? De hecho el estar más o menos vivo se relaciona estrechamente con estar más o menos reclamado por lo que desconocemos, y, al contrario, nadie más muerto que aquel que cree conocerlo todo y estar de vuelta, aquel para quien los papeles rotos de las calles no son nada ni pueden decirnos nada que no sepamos.
Bien, ¿pero qué tiene que ver todo esto con nosotros, dónde están hoy los papeles rotos de las calles?
Creo que, en el sentido en el que habla Cervantes, están aquí, en esta pantalla en la que tú lees y en la que yo escribo. Internet, que es la calle por excelencia, los sirve a millares, más aún que nuestras sucias calles reales, infectados de papeles rotos y sucios por todas partes. En internet saltamos de unos a otros con una aceleración inimaginable, a la velocidad de la luz, como los ovnis. Leemos un papel roto aquí y otro allá, y a menudo ni los terminamos de leer, urgidos por lo desconocido, sí, pero acaso no tanto por el deseo de conocerlo y desvelarlo, como de curiosearlo por encima antes de seguir nuestra carrera, que no camino, hacia otro de esos destellos o lampazos de la pantalla de nuestro ordenador.
Porque, y aquí queríamos llegar, Cervantes nos confiesa que le gusta mucho leer, “aunque” sean los papeles rotos de las calles. Es decir, que lee en ellos cuando no tiene otros mejores y completos que echarse a los ojos, que esos papeles rotos no son sino aperitivos o entremeses o postres, si se quiere, de los verdaderos papeles que están esperándole siempre, aquellos en los que tratará de averiguar la razón por la que lee y por la que escribe, aquellos en los que tratará de averiguar por qué el que está roto por dentro es siempre el lector que necesita reposo, “maravilloso” silencio, tiempo dilatado y tranquilo para descubrir el sentido desconocido de la vida.


Félix de Azúa y Andrés Trapiello. Foto: Guadalupe de la Vallina, 27 de junio de 2013. Librería Alberti.

27 de junio de 2013

Huellas (y 2)

NO sólo es el momento estelar de ese libro, sino uno de los más asombrosos de la historia de la novela y aun de la literatura: Robinson Crusoe, tras años de soledad despiadada en la isla, descubre en la playa las huellas de un hombre al que acabará llamando Viernes (y lo que habríamos deseado conocer La novela de Viernes). El lector siente en ese momento el misterio como algo real, y comprende que lo visible y lo invisible son parte de la misma realidad.
Pocas cosas nos fascinarán tanto como las improntas de nuestros pasos en la arena, acaso porque pocas veces se nos dirá de modo más gráfico que nuestro paso por esta tierra es efímero y que tarde o temprano llegará una ola que nos igualará en la nada.
Sin embargo el hombre es en sí un pecio del universo, y lo es su alma, llevada por la marea del tiempo, arrojada una y otra vez aquí y allá, en las fatigadas costas de este viejo planeta o en la lejanísima playa virgen de una remota estrella.
Aquí o allá dejará su huella para alguien, igual a los millones de huellas que le precedieron, igual a todas las que le seguirán. Escribimos nuestro nombre en el agua o en la arena no para que lo lean, sino para que no se nos olvide.

Arriba: foto de Chema Madoz; abajo: foto de AT, pecio (cascote de ladrillos)  de la Playa de la Luz, junio de 2013

26 de junio de 2013

Huellas (1)

EN una playa todo parece adquirir una dimensión mágica, de tesoro inesperado y devuelto generosamente por las olas, conchas, piedras, pecios pulidos por la arena y blanqueados por el sol, como huesos de una civilización extinguida... Y por eso cuánto nos cuesta dejar tales tesoros donde los encontramos. Se diría que el abandonarlos allí es una traición y un pecado mayor aún que el pecado original por el que el hombre perdió un día el Paraíso. 
Los móviles, como en esta ocasión, nos permiten a menudo llevarnos algo de aquello que quedó allí, tal esta imagen que sin duda no habríamos visto si Chema Madoz no nos hubiera estado aleccionándonos a mirar las cosas de otro modo.

Playa de la Luz, Rota, 19 de mayo de 2013




25 de junio de 2013

Dos noes



NO sabemos por qué razón siendo muy superior el número de lectoras respecto al de lectores, el de buscadores de libros viejos es infinitamente superior al de buscadoras de libros viejos. ¿Hormonas, educación, naturaleza, cultura? En todo caso a los varones, al menos a los que buscan libros viejos, el polvo, los hongos, la mugre congénita que traen consigo los libros viejos suelen importarles mucho menos que a las mujeres. Y cuando aquellos se mueren, suelen las mujeres de estos, en su papel de viudas, vender sus bibliotecas, contribuyendo de ese modo a que la rueda siga girando y alimentando las fantasías de tantos a quienes poco importa el polvo, los hongos, la mugre congénita que traen consigo los libros viejos.
* * *
NO deberíamos hablar de los premios, al menos con los desconocidos, como tampoco de las enfermedades. Hablar de los que le han dado a uno es una cosa bien triste, porque entonces raramente nos acordamos de lo que decía Cervantes: que “el primero siempre se lleva el favor o la gran calidad de la persona y el segundo la mera justicia”. Y de los que les dan a los demás es algo todavía más triste, precisamente por ser esas palabras de Cervantes en las que solemos pensar en primer lugar, antes que en cualquier mérito.

El Rastro, 5 de mayo de 2013

24 de junio de 2013

Elogio de las cosas que duran

“CUANDO Edison puso a la venta su primera bombilla en el año 1881, la duración de este artículo ascendía a las 1.500 horas. Tres décadas después se anunciaban unas bombillas con una duración certificada de 2.500 horas. Sin embargo, en 1924, los principales fabricantes de Europa y Estados Unidos pactaron limitar la vida útil de las bombillas eléctricas a 1.000 horas”. El informe de El Confidencial en el que viene esto incluye otros ejemplos: las medias de nylon (pasaron de ser  prácticamente indestructibles a algo delicadísimo que se rompía con un rasguño, lo que duplicó las ventas), las lavadoras, las impresoras, los coches... La cifras son escalofriantes.

Hay dos modos razonables de enfocar este asunto. Uno, tal y como lo hacen diferentes asociaciones de consumidores y organizaciones ecologistas, es decir, atendiendo al interés del consumidor y a la protección del medio ambiente, y dos, desde un punto de vista estético, es decir, ético. 

El primero no ofrece lugar a muchas interpretaciones. En Francia esas asociaciones y organizaciones, ante la obsolescencia programada y la intencionada perecebilidad de muchas manufacturas, llevan años exigiendo que se etiqueten “los productos con la vida útil estimada por el fabricante, así como obligar por ley a incrementar la duración media de una lista de productos y, si se estropean antes, la garantía debería cubrir su coste”. En cuanto al medioambiente, a nadie se les escapa que el incremento desbocado del consumo nos está llevando a un presente inhóspito y a un futuro tan incierto como inquietante: el planeta Tierra acabará como esa calavera que se mete en ácido para despojarla de todo rastro de materia orgánica y blanquearla, una colosal calavera deshabitada dando pausados giros alrededor del sol en medio de un silencio sobrehumano. 

El aspecto ético-estético ofrece no menos interesantes perspectivas. Ha sido necesaria esta crisis para que muchos hayan descubierto acaso la belleza de las cosas que duran en uso. Si las cosas viejas en su doble acepción de trastos viejos o antigüedades tienen su indudable nobleza, hay algo aún más conmovedor en las cosas que siguen a nuestro lado activas. Se diría que se van impregnando de nuestra vida y nosotros de la que ellas proporcionan: la camisa que, vueltos cuellos y puños, sigue “como nueva”, es más que una camisa; nuestros viejos cuchillos que cortan “como el primer día”, si no más, porque han sido afilados con mimo, nos traen a la memoria todos los años que han sabido permanecer a nuestro lado, y los conservamos por lo mismo que nadie tira a la basura las viejas fotografías sólo porque tiene de las personas queridas que aparecen en ellas otras más recientes. Los ejemplos podrían multiplicarse... Es decir, hay en las cosas que duran una épica especial (esa supervivencia no deja de ser heroica en muchas ocasiones y milagrosa), y esa épica despierta en nosotros sentimientos y emociones que nos ayudan a descubrir en ellas, y en nosotros, algo de naturaleza lírica, o sea algo que nos hace fuertes y delicados, como quienes saben que siempre habrá algo superior en los zapatos ahormados por el uso que en unos enteramente nuevos y rígidos: nos llevan más lejos.
          [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de junio de 2013]

23 de junio de 2013

El fin de los tiempos

DEL Diario de Bloy. Después de haber intentado vender a Zola y a Robert de Montesquiou (a quien se le ofrece igualmente para iluminar uno de los libros del conde), después, decía, de intentar venderles infructuosamente su correspondencia con su amigo Barbey d'Aurevilly, muerto tres años antes, Léon Bloy anota: "Parece que han llevado a Montmartre una gran cruz luminosa. Faltaba esta profanación. Encantadora guinda del republicanismo de León XIII. Es evidente que el fin está cada vez más cerca". ¿Qué diría hoy de un papa que tuiteara con su grey? De todos modos, no se entiende que sean aquellos que tienen asegurada la eternidad quienes más preocupados parecen siempre por el fin de los tiempos.


El Rastro, 9 de septiembre de 2012






22 de junio de 2013

Del humor

SE han cruzado días pasados entre un lector y yo algunos comentarios a propósito de la naturaleza de lo cervantino y lo quevedesco, y las cojeras, en la entrada sobre los diarios de Rosa Chacel.
Ha dicho uno alguna vez que la diferencia entre Cervantes (manco) y Quevedo (cojo), es que el primero se rió con los mancos y con los cojos, y el segundo de cojos y mancos.
Pero no sólo; acaso la diferencia entre el humor del primero y el sarcasmo del segundo estribe en que el humor es algo limpio y sabroso, como el agua, y el sarcasmo tiene siempre un poso avinagrado, a lo que no es acaso ajeno el hecho de que se haya visto desde la antigüedad a los cojos, pero no a los mancos, como objeto de burlas.

El Rastro, 5 de mayo de 2013. Alas negras.

21 de junio de 2013

Vanguardias de pueblo

SE ha hablado aquí otras veces de esas tipografías de pueblo, salidas de imprentas modestas y provincianas. Es uno ya muy sensible a ellas, como aquellos que, fatigados de la cocina sofisticada y melindrosa, descubren las virtudes de los guisos sencillos y populares.
Aquí se traen dos ejemplos bien bonitos. El primero, una tarjeta de radioaficionado, muy común en los años treinta y cuarenta, podría recordar un impreso dadaísta, con esa sobreimpresión a dos tintas (muy schwitters) ¿no tiene algo ese rojo del de las amapolas?; el segundo (lástima que el texto no esté a la altura)  podría muy bien haber sido uno de aquellos primeros libros que Guillermo Apollinaire escribía sobre sus malditos particulares. Nada le gustaría a uno tanto como hacer un libro que se pareciera, especialmente, a este, así, con esas dos tintas, con el papel amarillento, con esa foto. Cambiando apenas nada, quizá alguno de los tipos. Estos libros están bien como están, y son bonitos así, con su sabor original.



20 de junio de 2013

Pedro García Montalvo (y 3)

Y con este escrito publicado en el mismo volumen al que nos referimos anteayer, obra del propio García Montalvo, y que tituló "La jornada de puertas abiertas de la realidad. Una nota sobre Cervantes", se abrocha este triduo montalvano.
* * *
Hace muchos años, cuando yo todavía era joven, en una primavera gris y soleada, hice una peregrinación por los caminos de la Mancha, con mi mujer, Encarna, siguiendo la Ruta del Quijote desde las lagunas de Ruidera hasta el Toboso, pasando por Puerto Lápice. (Nuestros hijos, muy pequeños, habían quedado en el huerto cartagenero de su abuela materna.) Mediado el viaje, en Argamasilla de Alba, haciendo tiempo en un banco de la plaza -bajo la incipiente y amarilla sombra de una acacia llena de renuevos- para ir a ver la Casa o Cueva de Medrano (donde es fama que estuvo preso Cervantes, y donde éste quizás escribió su Quijote), veíamos agitarse un poco en la brisa cálida las banderitas descoloridas de una fiesta popular de semanas pasadas. Había alguna gente del lugar yendo y viniendo hacia sus trabajos, y dos ancianos del pueblo llevaban ya un tiempo sentados bajo el árbol, junto a nosotros. Uno de ellos, mientras liaba su tabaco, contaba al otro que en un pueblo vecino, con ocasión de las fiestas patronales, el Ayuntamiento había hecho una “Jornada de puertas abiertas”. Y repetía: “Deberíamos hacer nosotros una Jornada así, aquí en Argamasilla”. Y el otro le contestaba calmosamente: “Pero es que nuestro Ayuntamiento no tiene gran cosa que visitar, no hay nada que ver...”. A lo que el primero replicaba: “No hay sitio que no tenga nada que enseñar, o que celebrar”.
Y entonces, de improviso, sentí uno de esos destellos fulgurantes del sentido de la vida, que nos están reservados muy rara vez, y que era sin duda, un prodigioso regalo, un don de la ruta cervantina. Había dicho el anciano: “No hay sitio, ni persona, que no tenga nada que ofrecer”. Allí, en la tierra de don Quijote, bajo la acacia, pensé que esa era justamente la noble y alta visión que había tenido Cervantes en su novela. Que nuestro escritor había querido escribir y celebrar la Realidad sabiendo que todos sus lugares, sus seres, son “cantables”, y que todos tienen algo que ofrendar, en el gozo, en el error, en la belleza y en el sufrimiento; en la alegría y en la desolación. Y que, a cambio, la realidad, la Realidad, le había correspondido haciendo, complacida y entregada, una Jornada de puertas abiertas de sí misma, a la que el pueblo, es decir todo ser humano, estaba invitado.
Supe que en ese libro único que es el Quijote lo real había hecho girar sobre sus viejos goznes sus grandes e inmensas puertas delanteras, y luego todas las demás, hasta la más interior de sus habitaciones -como están abiertas las puertas velazqueñas del recinto palaciego-, sin obstáculo ni secreto, hasta hacerlas puro campo, que resplandecía en toda su luz, tan llano y soleado como la inmensa llanura manchega. En ese día festivo del ser, todos estábamos invitados, desde las páginas de la novela, a hermanarnos, maravillados, con esa intensísima extensión,con todos sus personajes, por una vez orgullosos y bien humorados.
Porque, ¿qué sucede cuando algo se entrega de esa manera, hasta la ultimidad del propio existir? Lo que se deja ver, lo que se abre hasta el fondo de sí mismo, inevitablemente se transfigura. Eso ocurre con la realidad cuando se muestra en las páginas cervantinas, primero como un horizonte de alba, y, al final, en forma de melancólico crepúsculo.
Mi mujer, que miraba con una sonrisa el paso de la gente, se fijó en mi cara, y me dijo, riéndose: “Pedro, te estás quedando pasmado”.
-Es verdad -le dije, riendo yo también, y volviendo al mundo que me rodeaba.
Recordé entonces a un matrimonio amigo nuestro, madrileño, que procura acudir a las “jornadas de puertas abiertas” que, de tanto en tanto, se celebran en diversos lugares e instituciones egregias de la ciudad, habitualmente cerrados para el común de las gentes. Ellos han ido a las Cortes y al Senado, en el día oportuno, guardando la larga y paciente cola popular. Pero la visita que más les ha gustado ha sido la “jornada” del Ateneo de la calle del Prado, en la que se adentraron en el viejo casón modernista, para ver la Sala de la Cacharrería, y el Salón de Actos, y también la Galería de Retratos de Hombres Ilustres, el Salón Inglés, la Biblioteca, y su favorito, el despacho de Azaña, el paisano de Cervantes. Como estos rincones de Madrid para esta pareja de amigos madrileños, las galerías de lo real han dejado de estar cerradas en el Quijote para los seres humanos, convirtiéndose a la vez en una casa aireada y una generosa planicie.
Mi nuera Christine, que es de Baviera -y a la que he leído algunas de estas notas-, me ha hablado de un curioso “Día de puertas abiertas” que se hace en Berlín, cada verano, por parte de todas las Embajadas -puestas de acuerdo-, desde las que hay junto al verde Tiergarten -o dentro de este bosque, como la española-, hasta las demás esparcidas por la capital. (Es el “Tag der offenen Tür der Botschaften”, como escribe Christine en un papel, a petición mía, por mi mala ortografía alemana). Esa mañana, cada una de las distintas cancillerías intenta ser la más deslumbrante y acogedora de la ciudad.
Pues bien. También la realidad, como embajada de sí misma y del ser que vive en su hondura más oculta, se aviene a mostrarse, en todo su escondido deslumbramiento, por las arboledas y llanuras del Quijote, porque así se lo pide, en las palabras escritas en ese libro -el más hospitalario que existe- Miguel de Cervantes.
En última instancia, la realidad vive siempre en ese estado, y habría que hablar -más que de “jornada”- de “eternidad de puertas abiertas”. Basta con saber mirar, con dejar que eso se haga patente, como procuró nuestro autor. Y ese tiempo de advenimiento, de aparición milagrosa, de reconciliación, no acaba al atardecer, como en la apertura de los edificios ilustres de los que hemos hablado. Más bien se parece a esas pequeñas iglesias o capillas que están siempre abiertas, incluso por la noche, para la Adoración Perpetua.
Todo esto pensé en un instante. Y, entonces, también para mí el viejo pueblo manchego, sus tejados poblados de gorriones, la plaza y sus gentes, y la mañana clara de primavera, se iluminaron, pasaron a ser ellos mismos, en su existir más puro. Y me dijeron: “Hoy, por vosotros, hacemos esta jornada de puertas abiertas que ahora contemplas”. Yo asentí, ante ese tranquilo y definitivo esplendor, y me llené de gratitud.
Pasaron unos segundos.
Se había hecho ya la hora de ir a la Casa-Cueva de Medrano, y nos levantamos del banco para ponernos en camino. Nos despedimos de los dos ancianos, y Encarna, pacientemente, sabiendo que estas cosas me pasan, aún tuvo que darme un tironcillo de la manga de la chaqueta, para sacarme del todo de mi revelación cervantina.


Totana (Murcia)


19 de junio de 2013

Pedro Garcia Montalvo (2)

AQUÍ va el escrito de Eloy Sánchez Rosillo, que tituló "Pedro García Montalvo o la amistad":
* * *
El problema está en por dónde empezar. Después de casi cuarenta años de amistad con alguien, cuando quieres decir algo acerca de los múltiples aspectos de su persona, de su personalidad, de tanto tiempo y de tantas cosas vividas, todo se te agolpa en las teclas del ordenador e ignoras cuáles de ellas pulsar primeramente para comenzar a tirar del hilo. No sé. He pensado incluso en iniciar este escrito al revés, es decir, no por el punto en el que los cuarenta años que digo empezaron a transcurrir, sino por el momento actual de esa línea temporal ininterrumpida, y hablar así, yendo hacia atrás, de la maravilla que mi larga amistad sin mácula con Pedro García Montalvo ha supuesto para mí. Los hechos puntuales y como inconexos del existir de cualquiera sólo alcanzan entidad de historia cuando alguien los considera —todos juntos y en perspectiva— desde su conclusión, o al menos desde un punto muy avanzado de su devenir, el punto en el que las cosas son ya como fueron y no hay quien las mueva. (En este caso, por fortuna, el final no es todavía un fin, sino un continuará que se prolonga cada día, el presente desde el que Pedro y yo seguimos caminando.) Pero el contemplar retrospectivamente largos períodos temporales tiene la grave desventaja de que de modo inevitable las remembranzas se tiñen de melancolía, por más dichosos que los acontecimientos evocados fueran, pues se da uno cuenta de que la vida es ya cosa del pasado en su parte mayor. Por eso diré lo que me propongo decir a la manera tradicional, empezando por el principio, cuando todo era una mera posibilidad de la que ignorábamos qué caminos seguiría, si es que había de seguir alguno.
Los recuerdos más antiguos que conservo de Pedro García Montalvo se remontan a la primavera de 1973. Estudiaba él a la sazón el curso último de la licenciatura en Filología Románica en la Facultad de Filosofía y Letras de la pequeña universidad murciana. Tenía veintidós años. Yo contaba veinticuatro y andaba también por allí, pero no en su mismo curso, sino en el anterior, a pesar de ser dos años y medio mayor, pues mi bachiller había sido un desastre y era muy considerable el retraso con el que había comenzado la carrera. Las aficiones literarias que por entonces ya sentíamos ambos y la mediación de algunos amigos comunes nos pusieron en contacto de forma ocasional. Pedro tenía fama de ser uno de los alumnos más brillantes que habían pasado por aquella Facultad en toda su historia. Sin esfuerzo aparente, según sus compañeros de clase, arramblaba con todas las matrículas de honor (y lo mismo había ocurrido durante su bachillerato ¡de ciencias! en el colegio de los Maristas). A mí, que hasta que conseguí entrar en la universidad fui un pésimo estudiante (aunque cuando por fin pude ingresar en ella di un giro "milagroso" —según mi madre— y llegué a ser todo un portento de la noche a la mañana), el prestigio de Pedro García Montalvo me llamaba la atención. Pero, si he de ser sincero, lo que verdaderamente me impresionaba de aquel muchacho —al que apenas conocía aún— y me hacía pensar que no debía de ser nada tonto es que iba siempre con una novia guapísima, Encarna Segura, compañera suya de curso, a la que con muy buen criterio sigue unido en la actualidad (convertida aquella novia en su momento, eso sí, en esposa y madre de sus hijos). Yo, a mi vez, mantenía ya relaciones con una condiscípula mía, Emilia Bernal —Marili para los amigos—, que tampoco era manca en cuanto a belleza y con la cual he hecho asimismo la singladura de la vida hasta el día de hoy.
Dos aspectos de la personalidad y de la manera de ser de Pedro, en apariencia opuestos, pero complementarios a mi juicio, se le imponían a todo el mundo en cuanto acababa de conocerlo. Uno era su increíble sentido del humor y el otro su carácter recatado y pudoroso. Nunca he visto a nadie más ocurrente, más rápido para encontrarle a cada situación el flanco jocoso. Su ingenio era inagotable y lo utilizaba constantemente. Ya se sabe que el humor, sobre todo si es sano y limpio y bien intencionado, como era y es el suyo, denota inteligencia grande en quien lo posee. A primera vista parecería más propio de personalidades expansivas y desenvueltas; en Pedro, sin embargo, se daba en grado sumo a pesar de ser él en aquellos tiempos (ahora lo es menos, pues la edad todo lo muda) un hombre que propendía a la timidez. Pero a mi entender no había contradicción, sino complementariedad, como antes he dicho, entre estos dos polos suyos. Enseguida pude darme cuenta de que las incesantes bromas y chanzas en las que se parapetaba eran como un escudo protector de su intimidad, o maniobras de diversión —y nunca mejor dicho— para evitar incómodas intromisiones en el "interior hombre" vulnerable y sensible en extremo que Pedro intentaba preservar a toda costa con tan chispeantes alardes.
Algo muy característico de su imagen a lo largo de años y años eran unas gafas Ray-Ban —no de sol, sino graduadas para ver— de cristales verdes muy oscuros, que Pedro llevaba tanto de día como de noche y lo mismo al aire libre que en los interiores. Acaso fueran también, como el humor, una especie de salvaguarda de lo más hondo y frágil de su ser frente al mundo. Aún hoy utiliza unas gafas del mismo modelo, si bien ha ido progresivamente aliviando el tinte de las lentes a raíz de las sucesivas revisiones oftalmológicas hasta llegar a la trasparencia casi total.
Tras concluir su carrera, le perdí un tanto la pista (aunque a veces coincidiéramos en la vieja librería Aula o en la Glorieta, junto con otros compañeros, a la hora del aperitivo), ya que en el verano de 1973 estuve yo tres meses en Italia y durante el año 1974 pasó él alguna temporada en Inglaterra. A esto hay que añadir que en 1975 se fue Pedro a Estados Unidos como estudiante de posgrado —universidad de Urbana-Champaign, en Illinois—, con una beca que la Fundación March le había concedido.
Nuestra amistad comenzó en realidad a forjarse a su regreso de América. Y pronto se consolidó tan firmemente que nunca se ha deteriorado ni un ápice hasta el momento mismo en el que redacto estas líneas. Por el contrario, yo diría que se ha acrecentado si cabe en su natural evolución. Son tantos y tantos los acontecimientos de todos los tipos y de todos los colores que han pasado por nosotros —o nosotros por ellos— durante cuarenta años, que resultaría imposible para mí ni siquiera enumerar con cierto orden los principales. Mi caprichosa y selectiva memoria me los entremezcla, y el olvido me los borra en no pequeña parte. A los interesados en conocer cómo ha transcurrido la vida de Pedro, e incluso la mía, los remito imprescindiblemente al propio García Montalvo, que ha tenido siempre (y tiene) una memoria prodigiosa y sin parangón. A él recurro yo mismo de manera habitual cuando quiero saber qué sucedió en tal ocasión casi desdibujada para mí, y me sorprende una vez y otra acercándome los remotísimos hechos con pelos y señales y me apabulla del todo diciéndome además qué hice y dije yo y él y cada uno de los que allí estábamos en ese entonces, y si aquel día llovía o hacía sol.
En la muchedumbre ingente de imágenes revueltas y a menudo de inciertos perfiles que de nuestra amistad conservo, destacan sin embargo con nitidez irrefutable y viva algunas que en verdad no pertenecen a los desvanes de la memoria, pues nunca han dejado de ser absoluto presente para mí. Aún respiro con alegría y plenitud, por ejemplo, los días centelleantes de un periplo que hicimos, en compañía de otros dos amigos. y más bien escasos de dinero, por la cuenca del Mediterráneo en el verano de 1976: Argelia, Túnez, Sicilia, Grecia, Yugoslavia y la Italia peninsular. En Orán, primera etapa del viaje, adonde llegamos en barco desde Alicante al anochecer, no encontramos ninguna pensión que nos acomodara y tuvimos que dormir en un camping de las afueras, sin sacos ni tiendas ni nada de nada, debajo de unos árboles. La luna llena lo iluminaba todo con hechizante intensidad, pero unos mosquitos tan grandes como alados corderos bien nutridos nos hostigaron sin tregua hasta el amanecer con sus zumbidos espantosos y sus inmisericordes picotazos. Todavía escucho, entre los indelebles retazos de aquel viaje, el canto del almuédano de la Gran Mezquita de Kairuán, y puedo ver los templos de Agrigento refulgiendo al mediodía, los pedruscos homéricos de Micenas, el mar desde el paseo marítimo de Tesalónica, el río plácido de Skopje (por cuyas orillas paseaban bellísimas mujeres) y los palacios dorados de Dubrovnik en la luz del crepúsculo. Entramos luego a Italia por el norte, nos despedimos en Venezia de los dos compañeros que habían viajado desde el principio con nosotros y, en Padova, nos reunimos con nuestras muchachas, Encarna y Marili, que acudieron al encuentro desde España. Estuvimos con ellas de aquí para allá durante unos veinte días; por contraste con las no pocas penalidades de algunas etapas anteriores del viaje, aquellas jornadas en las que tan bien acompañados anduvimos por la suave Italia nos resultaron por completo paradisíacas.
Otros muchos momentos de nuestra amistad de cuatro décadas tampoco son pasado para mí, sino que cada día vuelven a suceder e iluminan mi vida: las tertulias mañaneras de la Glorieta en los días soleados de invierno y primavera, con amigos variados y algunos jóvenes escritores del momento (entre ellos, un muy rimbaudiano Soren Peñalver de pelo rojo); las ocasiones incontables en que para conversar y ver las mesas de novedades nos reuníamos Pedro y yo al mediodía (llevando a menudo de la mano a nuestros hijos pequeños) en la librería de Diego Marín; los años de trato frecuente con Miguel Espinosa, tan importantes en nuestra etapa de aprendizaje, truncados tajantemente por la muerte repentina del gran escritor; la larga y fundamental etapa de amistad con Ramón Gaya, un regalo inagotable de la vida; los lazos fraternos que hemos tenido siempre con José López Martí (el mejor amigo de Miguel Espinosa, un hombre de pensamiento y diálogo que incluso a los más negados —como el que esto escribe— nos ha enseñado a pensar un poco) y con la mujer de éste, la maravillosa Carmen Barberá, de los que tantos bienes y alegrías indispensables nos han venido a Pedro y a mí; nuestras andanzas en muy diversos sitios con Andrés Trapiello (y con su musa, Miriam Moreno, a la que queremos tanto). Y para no extenderme con desafuero dejo en este punto la relación sumaria de tanta verdad y de tanta misericordia.
Es muy preciso añadir, sin embargo, que en el tiempo tan dilatado —casi toda una vida— en el que mi amistad con Pedro García Montalvo no ha dejado nunca de ser algo de cada día, he sido testigo de la evolución que en este hombre y en este escritor tan único se ha ido produciendo hacia los lugares que verdaderamente importan. A muy pocos los he visto yo aprender tanto de la vida y de la edad. No puede aplicársele a él, desde luego, eso de "genio y figura hasta la... (toco madera, y omito la palabra que falta para no mentar a la bicha). Desde aquel jovenzuelo que yo conocí y que, "como todos los jóvenes", venía "a llevarse la vida por delante", hasta el hombre sereno, despojado, humanísimo y grave (sin menoscabo de su sentido del humor) que en la actualidad habita su ser, hay un larguísimo y bien aprovechado recorrido. Su trayectoria, contemplada en perspectiva, ha sido siempre un caminar hacia la esencialización y el acendramiento, tanto en lo que atañe a su persona como a los libros que ha escrito: la obra de creación emana del espíritu de un hombre, y sin hombre de verdad no hay obra que valga.
Esta alusión a la obra me da pie para hablar un poco de Pedro García Montalvo como escritor, después de haberme referido a grandes rasgos al hombre que ha ido siendo, anterior en todo momento a su obra literaria. Lo haré con brevedad, pues el comentario crítico no es propiamente el objeto de estas líneas.
Desde que nuestra amistad dio sus primeros pasos, pude constatar que en Pedro García Montalvo había fraguado ya una vocación literaria inquebrantable. Su obra no es amplia en exceso: dos libros de relatos, cinco novelas, y algunos ensayos y artículos, pero no exagero al asegurar que, en todo el tiempo que lo conozco, el escribir y la conciencia de la labor pendiente, con exigencia máxima en lo hecho y por hacer, han sido el centro de su vida. Las vocaciones no tienen nada que ver con las simples aficiones, que a uno le es posible tomar y dejar a placer. La vocación es algo que te sobreviene en la adolescencia o en la primera juventud y que uno no puede ya nunca, ni quiere, quitarse de encima. No resulta jamás una carga, aunque tanto pese; es una ardua bendición que en el comienzo del camino —y en todo momento— te evita dudas y preguntas sobre si echar por este sitio o por el otro, ya que no es uno mismo el que debe decidir, sino el que en todo momento se ve irresistiblemente guiado. Por eso es una bendición, y hay que asumirla con alegría, a pesar de la responsabilidad que supone y de los vaivenes agridulces a que nos somete. En Pedro, viniera el aire de donde viniera y tanto en las duras como en las maduras, siempre ha estado muy presente el gozo y el orgullo de sentirse escritor y ha ido realizando su trabajo irrenunciable con ilusión y fatalidad, como el que no quiere la cosa, sin pausa y sin agobio, sabiendo estar con naturalidad a la altura de su destino.
En el comienzo de su obra hallamos los dos libros de relatos a los que antes me he referido de pasada, La primavera en viaje hacia el invierno y Los amores y las vidas, en los que tan presente se encontraba ya en germen o en primera floración el García Montalvo de después. Aquellas narraciones transcurrían por lo general en la Murcia de la posguerra o en otros lugares de la región y mostraban a un escritor incipiente pero muy seguro, con una sensualidad mediterránea indesmentible y de una desusada sutileza de pensamiento. Su retina poseía una especial agudeza para la captación matizadísima del mundo natural levantino, y su mano mucha seguridad para el estudio profundo y delicado de los sentimientos y las emociones, para el dibujo de personajes exquisitos o estrambóticos, que aparecían y reaparecían en las distintas narraciones desempeñando alternativamente papeles relevantes o secundarios, como sucede en el mundo novelístico de algunos maestros suyos.
Muy pronto, sin embargo, necesitó Pedro García Montalvo más amplio espacio para su escritura y más complejos escenarios para el desarrollo de sus ambiciosos proyectos narrativos. Fue así como pasó del cuento o del relato breve a la novela y del ámbito reducido de la provincia a la sociedad más dinámica y variopinta de la capital de España. Madrid será siempre a partir de entonces el lugar por el que se moverán a sus anchas los personajes de las cinco novelas que nos ha ofrecido el autor: la ciudad destartalada y como en blanco y negro de la posguerra, en las dos primeras; y el Madrid del tramo final del siglo XX, en las tres últimas. Tanto en unas como en otras la gran ciudad, que Pedro lleva completa en su cabeza y en su corazón, tiene un papel principalísimo y sugestivo, y sin duda llega a convertirse en un personaje más de sus obras, no sé si el más importante de todos: una especie de madre de muchos hijos, amorosa a veces y desatenta o despiadada en otras ocasiones con sus criaturas.
Lo mejor y lo más sintético, a la vez que lo más abarcador, que se me ocurre decir de las novelas de Pedro García Montalvo es que, siendo tan espléndidas novelas, no son sólo novelas. No. Nuestro escritor no se queda, como tantos en estos tiempos de la llamada "industria editorial", en la simple fabulación. Un lector verdadero no se conforma con que le cuenten cuentecillos (que si fulano se enamora de fulana, que si luego uno de ellos se va a otro lugar y encuentra allí cuando menos lo espera un nuevo amor y se hace rico o enferma y muere, que si esto o que si lo otro). No. Las novelas de Pedro García Montalvo, como cualquier auténtica obra de arte, tienen un trasfondo moral y son a la vez ventana, espejo y pozo al que nos abocamos; nos llevan lejos de nosotros, pero al mismo tiempo reflejan nuestro propio rostro y nos meten en lo más profundo de nuestro ser. A través de lo que dicen o de lo que sugieren podemos ver el mundo todo, porque no tratan de asuntos parciales o particulares, sino de la vida.
Quiero señalar asimismo, por último, que en la obra narrativa de García Montalvo hay páginas y páginas que, al margen del conjunto al que se someten y sirven, tienen un altísimo valor independiente. Estoy hablando de lo que a veces llaman "calidad de página", pero también de algo más. A menudo nos encontramos en el curso de la narración montalviana fragmentos que podríamos sacar de allí y que, al aislarlos, se nos presentarían completos en sí mismos, como pequeños y muy certeros ensayos, divagaciones meditativas de mucho calado, o como hondos y conmovedores poemas.
Mucho es lo que le debo a Pedro García Montalvo, al ejemplo constante que su persona y su obra han sido para mí en los largos años de nuestro trato. Siempre lo he encontrado disponible para la consulta y la confidencia, y he sentido su apoyo tanto en los momentos mejores como en los de zozobra, que a todos nos llegan y que son piedra de toque para comprobar la consistencia de una amistad.
Deseo manifestar por otra parte que muchos poemas míos —sobre todo de los tiempos últimos, pues antes éramos más "secretos" los dos y no solíamos dejarnos mutuamente nuestros escritos inéditos— serían otros sin sus sabios consejos, sin sus atinadísimas observaciones de conjunto o de detalle. No me cabe duda de que después de pasar por sus manos acaban mejorando. Yo suelo decirle que tiene rayos equis en los ojos para detectar en las interioridades de cualquier obra lo que nadie más alcanza a ver.
Porque existe el amor están presentes en nuestro propio mundo el paraíso y el infierno (y con frecuencia la intensidad de este sentimiento nos hace pasar del uno al otro varias veces en el mismo día). La amistad, por fortuna, no da tales bandazos, no es tan extremista y radical. En el respeto, la moderación y la tolerancia encuentra su razón de ser, la distancia justa entre las personas, y hace gratos, feraces y habitables los espacios que sin ella no serían muchas veces más que desierto o selva. Al recordar nuestra vida nos percatamos de inmediato de lo triste que la misma hubiera sido sin las pocas amistades imprescindibles que nos ha deparado su transcurso. Pedro García Montalvo está y ha estado siempre para mí entre los amigos que se pueden contar con los dedos de una mano (y no sé si saldría sobrando algún dedo todavía). Doy gracias por ello y hago votos para que el don tan alto de su amistad no deje nunca de acompañarme.

Viñas de Lébor, Murcia.

18 de junio de 2013

Pedro García Montalvo (1)

ACABA de aparecer en Murcia un volumen dedicado al escritor Pedro García Montalvo, de cuyas obras han y habrán de decirse las mejores cosas. Van aquí las que allí quedan dichas.
* * *
Es posible que el lector de estas cuartillas las encuentre un poco embarulladas, pero de lo que tratan no puede ser contado de otro modo, o yo no sé hacerlo.
Si pienso en una amistad pura y desinteresada, en lo que pudiéramos llamar “molde de la amistad ideal”, se le vienen a uno a los labios en primer lugar los nombres de Pedro García Montalvo y Eloy Sánchez Rosillo, y si tuviera que escribir estas cuartillas sobre el segundo de ellos, las empezaría del mismo modo y diciendo parecidas cosas a las que me propongo decir del primero. Conoce uno a algunos escritores que son colegas, que salen juntos, que toman copas, incluso que se pasan los manuscritos para leérselos y corregírselos, pero no son como ellos dos. Lo suyo trasciende la literatura, o si se prefiere enunciar al revés: lo suyo no ha perdido de vista nunca la vida, y todo sucede entre ellos de un modo natural, muy poco literario, incluso cuando hablan de su oficio de escritores.

En cierto modo no puedo pensar en uno sin pensar en el otro, sabiendo que ellos dos son a su vez, en la relación que mantienen desde hace cuarenta años, la cristalización de una idea decantadísima de amistad. Y lo que diga de la persona de uno y de sus obras podría decirlo del otro. No estoy afirmando con ello, desde luego, que sean iguales, ni siquiera parecidos. No lo son como personas ni tampoco como escritores. Al contrario. No se podría encontrar a dos escritores y a dos hombres más diferentes. Y no me refiero sólo al hecho de que García Montalvo sea novelista y Sánchez Rosillo poeta, sino a que todo lo arrollador y efusivo que es este, es discreto y silencioso aquel. Acaso sean estas diferencias personales y, sobre todo, literarias, que les han permitido relacionarse sin los recelos y picajosidades frecuentes entre escritores del mismo género, las que han armonizado tanto su relación. A Ramón Gaya le oí decir una vez hablando de ellos que eran amici per la pelle. Se refería con esta expresión al hecho de que no necesitaban ni siquiera decirse las cosas para saber lo que piensan o sienten de esto y de lo otro a cada momento, y yo he sido testigo incluso de cómo son capaces de hablar por teléfono entre ellos sin llegar a descolgarlo.

He traído a colación el nombre de Gaya de una manera intencionada. A menudo Pedro, Eloy y yo lo recordamos, porque fue una persona decisiva en la vida y en la formación intelectual y literaria de nosotros tres, pero también porque fue el eslabón que facilitó que nos conociéramos. Nos decimos, un tanto ensimismados, como ante un hecho que siendo tan natural no deja de ser misterioso: también el conocernos se lo debemos a él.
Primero conocí a Eloy, de quien edité en 1984 en Trieste su libro Elegías sin conocerlo aún personalmente. Eso vino poco después.
Cuando nos conocimos yo ya había leído El intermediario, un relato fascinante, climático y sutil, cristalino y elíptico, como lo es en cierto modo toda la obra narrativa de García Montalvo, montada sobre observaciones tanto más vivas cuando más finas, el modo en que alguien mueve una mano o vuelve la cabeza, tal o cual palabra pronunciada de modo que se la creería un fruto maduro del silencio, y, claro, toda esa urdimbre interior de sentimientos que unen a sus personajes. La narrativa, desde luego, de un poeta.
En el tiempo que medió entre mi encuentro con Pedro y mi encuentro con Eloy, Eloy y yo apenas nos habíamos visto unas pocas veces, y siempre por algo relacionado con Gaya. Una de ellas fue en la inauguración de la exposición de nuestro amigo en el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, en 1987. A esa exposición acudió también García Montalvo, allí nos vimos por primera vez, y ocurrió algo no por previsible menos curioso: Pedro y yo empezamos a ser amigos, pero sólo a partir de entonces, de 1987, se trabó verdaderamente la amistad entre Eloy y yo, como si hubiésemos necesitado del eslabón Pedro para hacerlo, como había sido preciso el eslabón Gaya para eslabonarnos nosotros tres, conscientes acaso de que no podíamos empezar a ser amigos si faltaba alguno de nosotros.
Naturalmente ellos tienen además otros amigos, unas veces comunes y otros no, como los tenemos todos, pero me gusta pensar, sobre todo los días en que siente uno demasiado solitaria su vida, que me han asociado a su hermandad, y que aunque ellos ya eran los amigos por antonomasia antes de conocerme a mí, me dejarán formar un trío artístico con ellos.
Si me preguntan alguna vez el nombre de un novelista o de un poeta contemporáneo, no me cuesta en absoluto decir el de uno y otro, no tanto porque sean amigos, que también, sino porque me parece que serlo de ellos me honra mucho y me da mucho gusto que sean sus nombres los primeros que se me vienen a los labios, pues aunque puede haber otros poetas o novelistas españoles que entre sus contemporáneos les igualen, yo no sabría poner por delante ningún otro. Esa es una rara y grandísima suerte.
El hecho de que vivan ellos en Murcia y yo en Madrid ha sido motivo de que no pocas veces uno se melancolice pensando cuánto mejor sería poderse ver con ellos a diario, como ellos mismos hacen: con sólo contar tres moreras, ya están sentados en una terraza, entre las flores de la Plaza de las Flores, por ejemplo, acompañados de Encarna y Marili, o solos, acordándose de vez en cuando de nosotros, de Miriam y de mí, que pasamos la vida en Madrid como los judíos errantes, sólo que sin errancia.

En nuestro negociado, los poetas y novelistas nos pasamos el día fingiendo o mintiendo abiertamente cuando hemos de decirle a un colega o a los espontáneos que nos han enviado sus libros, lo que nos parecen. Lo hacemos con otros y lo hacen con nosotros. Pero no sucede así, estoy seguro, entre nosotros tres (y me estoy imaginando cómo en este punto Eloy y Pedro, sin ponerse de acuerdo -no hace falta, se conocen de memoria- me replican: “¡Qué ingenuo eres, Andrés!”, en lo que conocemos como “humor murciano”, género en el que ambos han alcanzado cotas sólo reservadas a parejas sublimes como Walter Matthau y Jack Lemon). La franqueza de nuestros juicios y la libertad de nuestras opiniones están sustentadas en un sentimiento de partida: cada cual cree sincera y desinteresadamente en la excelencia de las obras del otro (yo me excluyo de estas comparaciones, naturalmente, y no sólo para evitar alguna “bromica” de ellos), porque las saben nacidas de parecido hondón (la palabra es de Unamuno): cada uno de ellos busca, como la buscó Gaya, la naturalidad, en el decir y en el sentir, y para ello echan mano de algo que se encuentra únicamente dentro de cada cual, el sentimiento, eso tan indefinido pero tan reconocible.

Por eso, como no es posible vernos a diario tal y como querríamos, no pasa año que no nos citemos una o dos veces ni semana que no nos hablemos otro tanto, incluso sin descolgar el teléfono, arte en el que tuvieron la amabilidad de instruirme hace ya muchos años.

¿Y de qué se habla entre nosotros, entre Pedro y yo o entre Eloy y yo? Lo mismo, supongo, que entre Pedro y Eloy. De todo y de nada. Lo que le cuenta uno a Pedro, se lo podría contar a Eloy, es posible incluso que aquél acabe de contárselo a él o vaya a hacerlo a continuación, y no es en absoluto infrecuente que estando hablando con uno, llame por otro teléfono el otro, pues han desarrollado también el instinto de saber cuándo ha telefoneado uno a uno de ellos o cuándo uno de ellos me ha telefoneado a mí (arte este del que al contrario que del otro y no sé por qué, nunca han querido decirme ni media palabra).

A esto me refería al principio con lo de lioso y embarullado.

En todo este tiempo, veinticinco años, no recuerdo ninguna disputa entre ellos dos ni entre nosotros ni un enfado ni siquiera una de esas cosas que crían moho, como todo lo que permanece en un lugar cerrado, oscuro y húmedo. Y ha sido así no porque pensemos lo mismo de todos y cada uno de los infinitos asuntos de la vida, sino porque aunque hubiese salido a nuestro encuentro un escollo lo habríamos orillado sin el menor problema, porque comprendemos que algo que pudiera disgustarnos no merece la pena ni siquiera de ser considerado. Y las cosas que podemos decir dos de nosotros del otro, en cualquiera de las combinaciones posibles, son de tal naturaleza que podríamos grabarlas en vídeo y pasárselas al que estaba ausente.

Se dirá que esa es una relación inexistente entre seres humanos, que no es posible hallar amigos que sean leales de ese modo y a todas horas, sin pequeñas traiciones ni desmayos. Me da igual lo que crean, pero puedo asegurar que es así, y por eso hablaba al principio de lo singular de esta amistad.

Hace años también publiqué un libro de García Montalvo. Se lo pedí yo, como le pedí en su día a Eloy el suyo. Fueron mucho más generosos ellos conmigo que yo con ellos, porque las editoriales en las que aparecieron eran poco menos que artesanales, y confiándome sus escritos los condenaban a la clandestinidad.

El de García Montalvo es un libro precioso, El aire libre se titula, un conjunto de textos cuyo origen había sido parecido a este mío: el artículo que se le solicitó para el homenaje de una colega, las semblanzas que aparecieron en los catálogos de sus amigos pintores, tal o cual otro escrito sobre un escritor amigo o un rincón de la ciudad o del campo… Podría parecer que todo en él era circunstancial, pero al ser leído en su conjunto se veía que obedecía a una ley única, sostenido por una firme columna vertebral que le permitía caminar entre esos temas de una manera en verdad airosa.

La lectura o relectura de cada libro de García Montalvo viene precedida de cierto cambio en nuestra actitud, como si lo que les damos a otros escritores, atención, silencio, cierto ambiente de recogimiento, fuera insuficiente. Sabemos que aquello que nos dará él es también algo más de lo que se nos suele dar. Así que la lectura o relectura de lo suyo viene precedida en mí por un primer impulso especial en el pensar y el sentir, algo muy parecido a esa oxigenación suplementaria con la que ensanchamos los pulmones al abrir la ventana una mañana de primavera o al enfrentarnos a una panorámica tan colosal que necesitase para ser abarcada además del sentido del la vista, del oído o del olfato, la respiración, oxigenando eso que empezamos a sentir y pensar desde la primera línea. No abrimos un libro, abrimos una ventana sobre la primavera del mundo, sobre el paisaje más sereno y hermoso que cupiese imaginar y el aire cristalino nos acerca de modo increíble las vidas de unos personajes que van y vienen, a menudo con sus pequeñas o grandes tribulaciones, buscando, como los personajes de Galdós, una grandeza noble en pequeñas cosas que a menudo no pueden serlo. Y necesita uno al mismo tiempo respirar hondo y sentir su sabor, el tacto aterciopelado de la brisa, su rumor enredándose con el canto de los pájaros o los ruidos propios de la ciudad (todas sus novelas son urbanas). Y al momento nos invade, aunque no nos hayamos movido de donde estábamos, un sentimiento purísimo de libertad, y sé que aquello que voy a empezar a leer me llevará de la mano muy lejos, y me soltará luego para que vaya por mi cuenta, como ese aire libre que puso tan acertadamente por título en un libro.

Si me faltaran las novelas y prosas de Pedro, sé que me faltaría el aire para respirar, lo mismo que si me faltaran los poemas de Eloy.

Sé que hoy debería hablar sólo de García Montalvo, dejando de lado a Sánchez Rosillo, y a algunos se les hará raro que lo haya hecho de los dos, pero es que para mí son, tan distintos, uno mismo cobijados bajo la misma pelle, hablando de las mismas cosas y de una manera parecida: clara, sentida, natural y misteriosa, y, desde luego, luminosa, de dentro afuera y de abajo arriba, como todo lo que se eleva.

Por esa razón si alguna vez me piden un escrito sobre Eloy Sánchez Rosillo, para celebrar en un volumen parecido a este su jubileo universitario, mandaré este mismo sobre Pedro García Montalvo, sabiendo que no les importará en absoluto a ninguno de los dos, porque lo que siento por uno, lo siento por el otro, y lo que digo de ambos es exactamente a lo que yo aspiro, desde que los conocí.


Arriba: Pedro García Montalvo, Andrés Trapiello y Eloy Sánchez Rosillo. Los Alcázares, Murcia, 23 de mayo de 2001. Foto de José Belmonte.

16 de junio de 2013

Beguinas

“MURIÓ mientras dormía sin saber que cerraba la última puerta de la existencia de las beguinas. La hermana Marcella Pattyn, fallecida el 14 de abril a los 92 años, era la última representante de una de las experiencias de vida femeninas más libres de la historia”. Tres días antes de que apareciera esta noticia en un periódico, encontraba en el Rastro una fotografía de los años cuarenta en la que se ve a un grupo de beguinas, con sus hábitos negros y sus blancas tocas características, rodeadas por unas cuantas mujeres que las miran con atención, silenciosas y en actitud de respeto, a cierta distancia. Lo que la gente acaso tome sólo por una casualidad, lo tiene uno por un hecho misterioso, y en cierto modo poético. Ya no hay duda: en el Rastro sólo vemos lo que nos mira. En más de treinta años es la primera vez que ha encontrado uno una foto de beguinas, y ha ido a suceder justamente cuatro días antes de que desapareciese la última de ellas. El mundo se resarcirá de los atropellos de Lehman Brothers, como acabó olvidando a Atila, pero no sabemos cómo sobreviviremos a la desaparición de la beguinas y sus beguinados. No quiere decir esto que pensara uno a todas horas en esas mujeres, ni mucho menos. Ni siquiera de año en año. Pero mientras sabíamos que existían esas “rezadoras” (eso significa la palabra beguina en flamenco), se diría que podíamos ir a nuestros pequeños negocios despreocupadamente.

Los simbolistas belgas, Rodenbach y Verhaeren sobre todo, hablaron de ellas en poemas memorables. ¿Qué les atraía de esas mujeres que ni eran monjas ni laicas, que podían estar casadas o ser viudas o doncellas que rezaban en comunidad, pero que vivían cada una de ellas en sus modestas casas de una planta, alineadas alrededor de un amplio patio? Creo que les fascinaba no tanto saberlas cultivadas (como gheisas a lo divino escribían poesía, componían música, mejoraban sus jardines y huertos, labraban sus encajes para poder vivir), sino saberlas libres, decididas a apartarse del mando de los varones en un mundo sojuzgado y controlado por ellos. 

En la foto de que les hablo se diría que las mujeres seglares que rodean a las beguinas las miran con cierta envidia: ha pasado para todas ellas la juventud, los días de vino y rosas, y afrontan la vejez de manera diferente: unas, las seglares, cada vez más solas, acaso acompañadas por hombres que han dejado de amarlas o que les dan mala vida, abrumadas por la noria inexorable de la vida cotidiana; otras, las beguinas, en compañía, ayudándose unas a otras sin perder un ápice de su independencia en una existencia más o menos austera y acaso por ello mucho más plácida. Ha muerto la última beguina. Las primeras según los historiadores databan de 1280 y habrían sido fundadas como congregación por un tal  Lamberto Le Begge. Otros las llevan al 692, de la mano de santa Begge. Todo incierto, pero no la fecha de su extinción, el mes de abril de 2013, confirmando una vez más las palabras del poeta: abril es el mes más cruel. Y si lloramos cada día la extinción de una especie animal, la desaparición de una forma de vida que garantizó la libertad de miles de mujeres, no debería dejarnos indiferentes.
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 16 de junio de 2013]