31 de mayo de 2013

Capicúa, consuela. Trece, más

31.5.13
(Nuestra Señora del Amor Hermoso)

3+1+5+1+3 = 13

Consuela

19:30. En el capó de un coche aparcado en la calle Almirante, esta bolsa de papel, vacía. Seguía sobre el mismo capó a las 23:00, cuando volvimos. Había llovido, y llevaba encima algunas gotas de agua. Nada más. Nos consoló saber que seguiría, inservible, en el mismo lugar, acercando al que pasara a su lado esa noche la palabra que hace fluir el negro río de la melancolía.

Madrid, 29 de mayo de 2013.

30 de mayo de 2013

Mientras duran las rosas

LOS insectos que viajaron con las rosas desde tan lejos (dos arañas, una tijereta de coraza estampada y un átomo de seis patas), recorren la mesa como turistas, con la cabeza alta, mirando lo que los oriundos creemos saber de memoria. Ellos lo hacen un poco desconcertados, sin reconocer su destino. Una de las arañas se monta en el libro y es otra letra más, la letra vagabunda. Su compañera se ha ahorcado con su propio hilo, y la tijereta se ha desorientado y ha acabado no sabemos dónde. En cuanto al átomo de seis patas intentó atravesar el cristal para reunirse con la perrita del grabado de Solana. 
No sabe uno qué hacer con estas criaturas cuando mueran las rosas. 
¿Quién no traza su camino de vuelta, quién no se ha alejado demasiado, quién no busca su propia rosa?

Rosas y perrita de Solana. Madrid, 29 de mayo de 2013

29 de mayo de 2013

Madoz

AYER mantuvimos una conversación Madoz y yo en el estudio de Castro Prieto, ante un público curioso y atento. Horas antes había visto uno este vídeo en youtube, que resume bien en qué consiste su trabajo. Supongo que Castro Prieto pensó en uno como esparrin de Madoz porque las fotografías de este son de naturaleza poética. En general las buenas fotografías son silenciosas. Las de Madoz son la excepción, quiero decir que son muy buenas y llevan dentro una música especial, como un tic tac de corazón o reloj, según. Se habló de greguerías y de haikús. La greguería es un haikú con humor; el haikú, cuando es bueno, es un big-bang. Lo de Madoz es mezcla de las dos cosas, como si a cada uno de nosotros se nos diera la posibilidad de tener dos voces al mismo tiempo y pudiéramos hacernos el dúo a nosotros mismos. No tendría que ser excepcional, en realidad es como si nuestra voz tuviese una sombra propia. Y así los objetos de sus fotos parecen ser siempre otra cosa, sin dejar de ser lo que eran. A eso se le llama poesía.


Chema Madoz y AT en el estudio de Castro Prieto, 28 de mayo de 2013 (Foto: Rafael Trapiello)

28 de mayo de 2013

La casa

QUE la vida haya querido poner en nuestras manos este paisaje pocas horas después de haber perdido el nuestro, tiene algo de misterioso. Es más que esa fotografía de hace sesenta o setenta años encontrada en el suelo del Rastro: fue el modo de recordarnos que la naturaleza nos espera siempre. Pasarán las nubes, se agostarán las mieses, se caerán las hojas de los árboles y la casa irá envejeciendo, pero el lugar aguardará nuestro regreso y lo hará de un modo intemporal, en blanco y negro por supuesto, con esa misteriosa elocuencia propia del blanco y negro, inalcanzable para el color, tan parlanchín.

Foto anónima encontrada en el Rastro, 26 de mayo de 2013

27 de mayo de 2013

Las previsiones

LAS  hace todo el mundo y a todas horas. En cierto modo no se habla de otra cosa y en  todas partes, los que las cuajan y los que las circulan, desde  el Banco Central Europeo, pongamos por caso, al último de los periódicos. Da igual del signo que sean, y pronostiquen mejoras o peoras, nunca se cumplen. Un ejemplo: alguien sale asegurando que el crecimiento de la economía será del 1,5. A los doce meses se confirma que fue del -0,5, y así con otras muchas sobre el déficit, la inflación...

Hace cuatro o cinco años (parece que fue ayer) compareció en público la entonces ministra de economía, señora Salgado: se había llegado a la cifra de cuatro millones de parados. Se mostraba enfadadísima con aquellos que vaticinaban que se alcanzarían los cinco millones. Acusó a los agoreros de saboteadores y antipatriotas, partidarios del “cuanto peor, mejor”. Algunos de estos llegaron al poder, en efecto, en parte porque prometieron devolver la cifra de parados a los tres millones, sin sospechar que año y medio después, con seis millones doscientos mil parados, se habrían dado con un canto en los dientes, como suele decirse, por haber podido plantarse en los cinco (en los cinco “registrados” en el Inem sin contar otro de los no “apuntados”).

Queremos preguntarnos entonces cómo es que si las previsiones no sirven absolutamente para nada, siguen haciéndose y publicitándose a todas horas. No es una pregunta retórica, porque esas previsiones, negadas más tarde por la realidad, van acompañadas de los consiguientes efectos negativos: a diferencia de las predicciones inocuas de un particular, las de un político tienen consecuencias muy graves, pues tales previsiones se hacen precisamente para justificar las políticas que se siguen, es decir, no son tanto previsiones como ficciones que tratan de forzar la realidad.

Los arúspices antiguos que erraban en sus vaticinios un par de veces, no lo pasaban bien, quiero decir que acababan ellos mismos con las vísceras al aire. Ahora, a los modernos, cuanto más se equivocan, más se les premia. ¿Alguien ha visto que a Fulano, que hace dos años fracasó estrepitosamente en sus previsiones, se le haya despedido y venda ahora chufas a la entrada de un cine? Sí, en cambio, que ha sido nombrado ministro de tal o presidente del banco cual. Incluso con “inri”: “No tenemos previsto subir los impuestos, incluso los bajaremos” y “la subida de impuestos ha evitado otro millón de parados” son dos frases de Rajoy, o sea, que gracias a que no se han cumplido sus previsiones estamos mejor. En fin. Supongo que es una fatalidad no poder tener mejores gobernantes, pero agradecería uno que gobernaran sin  circular sus previsiones, porque cualquier día de estos la gente saldrá a la calle no tanto porque vayan mal las cosas, que también, sino para silenciar a los que dicen que van a ir mejor sin tener de ello la menor prueba, a bulto, sólo por esa pulsión que aqueja a los tramposos y a los pícaros: apurar el corto plazo e ir saliendo del paso. Ellos dirán que sin esperanzas, o sea sin sus previsiones, no se puede vivir. Y en su caso es verdad: son los únicos que viven bien a costa de los que ya no tienen esperanzas precisamente porque sus previsiones han contribuido a quitárselas a toda mecha, confirmando con ello la famosa primera ley de Murphy: siempre se puede ir a peor, como ya preveíamos.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de mayo de 2013]

26 de mayo de 2013

Completa (más o menos)

LA entrevista publicada el otro día en Jot Down era mucho más larga, y por razones comprensibles sus editores la aligeraron en más de un tercio, con buen criterio en mi opinión. Únicamente una respuesta quedó algo coja, pues se modificó y acabó en dos líneas, pero no la pregunta, dando la impresión de que acaso uno, como suele decirse, se salió por la tangente.
La lectura de este artículo de Alberto Olmos, uno de los escritores mencionados en ella, me llevan a ponerla aquí tal y como iba. Siento que se hayan quedado fuera muchos autores de los que me ha gustado tal o cual libro, aunque no los haya frecuentado después, y muchos escritores extranjeros también de uno o dos libros, algunos que han dejado un buenísimo recuerdo. De estos autores de uno o dos libros, extranjeros o españoles, hay bastantes, sobre todo en el género del ensayo.

¿Qué escritores actuales (españoles o extranjeros) te gustan o te interesan?
Decía Carlos Pujol que los escritores, llegados a un punto, han de elegir: o leen o escriben. Yo elegí escribir, así que no leo todo lo que me gustaría. Y casi siempre leo lo mismo, a mis amigos, a Gaya, a Pujol, a Delibes, Tomás Segovia, que ya han muerto, o a Jiménez Lozano, Sánchez Rosillo, García Montalvo, Antonio Moreno, Darío Jaramillo, José Muñoz, Jacobo Cortines, Sánchez Dragó, Paco Rico, Paco, Brines, Susana Benet, Lorenzo Silva, Pedro Zarraluki, Amalia Bautista, Pisón, Juan Manuel Bonet, Esperanza López Parada, Abelardo Linares, Felipe Benítez, Javier Rodríguez Marcos y Julián Rodríguez, Héctor Abad, Marzal, Vicente Gallego, García Martín, Juan Bonilla, José Mateos, Jordi Gracia, García Montero, Almudena Grandes, los dos García Máiquez, Miguel d’Ors, Martín López Vega, Vidal-Folch, José Carlos Cataño, Álvaro Valverde, Emilio Gavilanes, Benítez Ariza, Jordi Amat, Juan Marqués, a vosotros dos [Marcos Abal y Ernesto Baltar], si no os parece mal que os incluya en esta lista de los amigos... Me dejo bastantes, seguro, y lo siento. Sin contar a todos los que he publicado en las editoriales que he dirigido, La Ventura, Trieste y La Veleta. A muchos de estos les debo mucho, por lo mismo que muchos de ellos no me deben nada a mí. Algunos de estos escritores me gustan tanto como lo que más me gusta de los clásicos, y considero una suerte haberlos conocido, y espero con ilusión sus escritos nuevos… Y algunos son para mí tanto como los que más me gustan, de ahora y de siempre, y de casi todos ellos he escrito en alguna ocasión, siempre que he podido dar testimonio de su excelencia y de mi admiración. En general más poetas que novelistas, aunque también leo de vez en cuando a estos, de una manera anárquica, Mateo Díez, Justo Navarro, Merino, Rivas, Puértolas, Matute, Mendoza, Pombo, Marsé, todos estos con varia fortuna, porque a veces al leer al azar sólo uno o dos de sus libros, no he dado con su obra maestra a la primera... También leo a escritores con los que apenas tengo trato personal pero a los que admiro por unas u otras razones, y en algún caso de manera incondicional: Azúa, Savater, Ferlosio, Juaristi, Félix Ovejero, Pardo, Gomá... Y leo también a otros que no son amigos y a los que admiro menos de lo que sin duda merecen, pero que me interesan por alguna perversión, mía claro; Marías hijo, por ejemplo. A Marías hijo y a Ansón los leo en el periódico cada semana, si me acuerdo, por razones diferentes, aunque sean académicos los dos.  No defraudan nunca, como tampoco Gimferrer. No hay palabras para describir sus últimos libros de poemas; claro que tampoco para los primeros, que se parecen a aquellos, al menos para mí, como dos gotas de agua. Antes leía algo a Villa-Matas, por ver hasta dónde podía llegar, y aunque no los admire tanto como ellos merecerían, me hacen muchísima gracia. En otro orden de cosas, leo con atención y respeto a Muñoz Molina, a Espada, a Santos Juliá, a Martínez Reverte, Alberto Olmos, o Elvira Lindo, aunque alguna vez discrepe de ellos o porque discrepo... De los extranjeros, suelo leer lo que cae en mis manos o lo que alguien me recomienda. Las lecturas extranjeras son más erráticas, suelo asomarme un poco a lo que se lleva esa temporada, y cada dos o tres años leo a algún poeta extranjero de temporada también, a algún premio nobel o alguna novela de las que se habla mucho en ese momento, para saber lo que me estoy perdiendo. He pasado, como todo el mundo, por Sebald, por Bernhard, por Kundera, por Brodsky, por Seamus Heaney, por McEwan, por Roth, las últimas temporadas por Coetzee. Pero  reconozco que entre mis prioridades no están las jóvenes promesas estadounidenses o británicas, de modo que lo habitual son las relecturas, y esas sí, frecuentes, y las mismas desde hace treinta años, Leopardi, Homero, Keats, Emily Dickinson, Cervantes, Tolstoi, Galdós, Stendhal, Gaya, Baroja, Azorín, Unamuno, Machado, Juan Ramón, Nietzsche, filtrado ahora por Miriam, mi mujer, como otros filósofos que me llegan escogidos por ella... A todos ellos hay que añadir los libros raros e inclasificables que encuentro cada semana en el Rastro o en las librerías de viejo de medio mundo. De estos unos valen algo y otros nada y otros son verdaderos descubrimientos (recuerdo la alegría al leer aquella pequeña obra maestra de Vicente Risco, El libro de las horas). Ya lo decía aquel anarquista que entró por primera vez en la Biblioteca Nacional: “Cuánto se ha escrito, y todo bueno”. Todos sabemos, claro, que se ha escrito mucho más malo que bueno, pero lo bueno, cuando es muy bueno, hace que lo malo parezca menos malo. Y aquí encaja aquello  de que hay que leer con entusiasmo, aunque no se pueda escribir sin escepticismo. 

Banco. 24 de mayo de 2013.




25 de mayo de 2013

Lo íntimo


EL alma es lo íntimo de personas, animales, paisajes, cosas. Escribir, en contraposición a hablar, es también lo íntimo.
* * *
EN los matices los hay de dos clases: a favor y en contra. El matiz a favor, estimula. El matiz en contra, fastidia y a la larga cansa.
* * *
LOS gallos no cantan, piden socorro.
* * *
EN el canto de los gallos hay algo apocalíptico: no parece que anuncien la aurora, sino el fin de los tiempos.
* * *
HAY algo de halitosis en el sentimentalismo, y a nadie le huele peor el aliento que a "lo burgués", entendido esto como una categoría estética.

Terraza, 24 de mayo de 2013

24 de mayo de 2013

Buhonero

TENEMOS probadas muestras de que a cierta edad lo que muchos buscan en esta vida no es escribir, pintar o componer una sonata, sino hacer milagros. Yo no aspiraría a decirle a un muerto "levántate y anda", me conformaría con ordenarle a un cojo que soltara las muletas y que saliera él corriendo haciendo en el aire castañuelas con los tobillos. 
En vista de que está uno lejos de las dos cosas, me conformo con escribir aforismos, que tienen bastante, por el tamaño, de unas píldoras. No hacen milagros, pero funcionan como placebo. Coge el que quieras, pues aunque no se escribieron solos, nadie te los va a cobrar.

SÓLO es verdaderamente feliz quien se hace una flauta de su propia tibia.
* * *
LA musa le regaló al joven poeta el adjetivo que perseguía denodadamente sin éxito: “Me buscaba tu lengua revoltosa”, y de paso el endecasílabo. Dos en uno.
* * *
NO se debe decir “el peor poeta”, “el peor novelista”, “el peor cualquier cosa”, porque se corre el riesgo, casi siempre confirmado, de que venga alguien diciendo a continuación de la misma persona: “el mejor poeta,” “el mejor novelista”, “el mejor cualquier cosa”. Y al revés pasa lo mismo: tampoco conviene empezar diciendo de nadie “el mejor nada”: sobre todo para no tener que hacer el camino de vuelta.
* * *
COMO otros son prestímanos, yo, cada mañana, encendiendo el fuego en la chimenea a partir de una brasa de la víspera, una brasa del tamaño de un garbanzo, a veces de una lenteja, soy ignímano. Me siento a veces como los que trabajan en células madre, pero en lumbres.
* * *
EN la majada, en la noche oscura sin luna, suena sosegada, sonámbula, una lejana esquila. Ese sonido un poco roto en la noche profunda se corresponde a una estrella, a la llama temblorosa de un candil.

Vendedor de imágenes (detalle). Acuarela anónima francesa, s. XIX

23 de mayo de 2013

Los caprichos de la fortuna

¿QUÉ pensaría el señor de Chateaubriand al verse compartiendo ese rincón con los Bonaparte, a quienes tanto detestó (los carteles que se ven debajo se imprimieron, el primero, en honor de uno de ellos, coronado Rey de Roma, y el otro es conmemorativo de la victoria de Austerlitz)? Y sin embargo, hay algo que los une: la excepcionalidad de sus vidas y de sus obras. El otro grabadito (del que se habló en esta página hace tiempo) representa muy bien al pasajero solitario (que tan bien representa a Stendhal, quien admiró sin límites al emperador y respetó en no menor medida el talento literario del conde). A la derecha un plano de la batalla de la flota francesa contra la inglesa en Agadir (ahí empezó todo), y en el extremo inferior derecho una acuarela popular francesa de un santero que va vendiendo imágenes por las casas, entre ellas una de... Bonaparte, regalo esta de la librera de viejo Herminia Muguruza). Y una fotografía de una dama romántica, es decir de cualquier parte, como el romanticismo, aunque hallada en el Rastro (como el resto, excepto la del santero). Todas esas estampas se encuentran, decía en un rincón de la escalera, para recordarnos, cuando subimos y bajamos, los caprichos de la fortuna, maestra de subidas y bajadas.

Las Viñas, 18 de mayo de 2013



22 de mayo de 2013

Las dos banderas

HACE tres años, junio de 2010, publicaba uno en el Magazine de La Vanguardia este artículo sobre las dos banderas, la actual y la republicana. 
En otras ocasiones ha expresado uno también su opinión al respecto: si llegara una tercera república, uno defendería que la bandera que la representase fuese no la tricolor, sino la bicolor, es decir, no una que desunió a los españoles, sino la que los unió en el periodo más largo de prosperidad y concordia de toda su historia.
Y hace unos días nos encontramos en las cartas al director de El País, esta, del señor Carlos Oliva, vecino de Majadahonda, Madrid que merece ser circulada:
"No se puede pensar sin imágenes, dijo Aristóteles. Es cierto. Los símbolos que nos rodean, especialmente las banderas, condicionan nuestras emociones mucho más de lo que parece. Si un deportista que gana el campeonato mundial se envuelve en la bandera española, no solo nos parece bien sino que, en la medida que sea, nos enorgullece. Pero que a nadie se le ocurra llevar esa misma bandera a una manifestación del 15-M. Ahí la que se lleva es la tricolor. Siento gran simpatía por la bandera republicana, pero me temo que más que movilizar hacia la República del futuro, está suponiendo un freno para mucha gente que la identifica con cierta idea de vuelta atrás, hacia una época que todos nos empeñamos en olvidar. Si hemos desterrado de nuestras vidas la simbología fascista, no tiene mucho sentido que reivindiquemos el futuro desempolvando fotos en blanco y negro o cantando A las barricadas a la menor ocasión. Necesitamos nuevos símbolos a todo color, en alta definición y sin connotaciones negativas para nadie.
La República, como sistema político moderno basado en la igualdad ante la ley, en la libre elección de los representantes públicos, en la separación y control de los poderes del Estado, en la práctica del respeto y la tolerancia es, inevitablemente, nuestro futuro. No deberíamos retrasar su llegada a banderazos. La tricolor representa a la Segunda República Española y sus nostálgicos o simpatizantes tienen todo el derecho a lucirla cuando y donde quieran. Pero ni fue esa la bandera de la Primera República de 1873, ni tiene por qué ser símbolo de la República Española del futuro. No me importaría nada que la bandera de la República Española fuese la misma que lucía Fernando Alonso en Montmeló, o la selección de fútbol en Sudáfrica. Eso sí: sin la coronita ni el toro de Osborne".


Banderas, El Rastro, 14 de  octubre de 2012





21 de mayo de 2013

Jot Down

AYER se colgó en Jot Down esta entrevista que le hicieron a uno Marcos Abal y Ernesto Baltar. Los responsables del asunto barajaron algunos titulares, unos se descartaron y otros figuran como tales. Remiten todos ellos a palabras mías. Van aquí a modo de descartes, aunque algunos estén fuera de contexto. Los curiosos pueden verlo completo allí. Y pido disculpas por su extensión.

"Algunos ni siquiera votamos la Constitución, por republicanos y porque entronizaba a un rey que nos parecía eso, otro Borbón más y alguien que no permitía que se hablase en su presencia mal de Franco."

"Me sigue pareciendo extraño que de los millones de fotografías que hay del Rey, no se le vea en ninguna leyendo un libro."

"Me parecía más necesario que nunca reescribir la historia de la literatura española; había que empezar de cero y releerlo todo otra vez."

"Un escritor está siempre a la intemperie".

"El mayor fracaso de la oposición al franquismo fue que se demostró nútil para derrocar al franquismo."

"Yo tenía buena y mala suerte. Mala porque siempre acababa, no sé cómo, en los peores sitios, y buena porque me echaban de ellos."

"Nadie esperaba nada de nosotros, o por lo menos nadie esperaba nada de mí."

"Dejé de decir que era de izquierdas cuando me di cuenta de que hasta eso les molestaba."

"Mi vida no da para una novela, tampoco para un diario."

"Hay que ser absolutamente otro."

"De un lado para otro, esa es la vida. Y todo eso sin moverse del rincón donde estás, en el que te ha puesto la vida".


Foto: Guadalupe de la Vallina (Jot Down), 2013


20 de mayo de 2013

¿Diseñas o trabajas?


Las famosas burbujas (inmobiliarias, financieras, artísticas) son posibles gracias en parte al famoso cuento de la pera de Murcia. Alguien de mucha labia, y sirviéndose de la ignorancia, codicia o candor del “primo”, acaba quedándose el dinero de este con gran habilidad. Una de las actividades humanas donde ha habido  un mayor número de petardistas y prestímanos, ha sido, qué duda cabe, la del diseño, vastísimo dominio que lo mismo se ocupa de la tipografía de un billete de metro que del fuselaje de un boeing. Quiere decirse que el diseño está en todo, como la prosa de la vida, y todos hablamos en prosa acaso sin saberlo, como el señor Jourdain de Molière.

“Todavía hay mucha gente que te dice: «Es que yo no entiendo el arte moderno»... pero es que no hay nada que explicar; en cambio yo sí puedo explicar perfectamente un logo, y hacerlo de manera científica”. Son palabras de Alberto Corazón, uno de los diseñadores españoles más solicitados  y con mayores dotes persuasivas que se conozcan, a tenor del número y significación de los clientes que ha tenido. Y añade que “yo sé realmente si una construcción gráfica [ah, los eventos consuetudinarios] va a funcionar o no”. 

Cualquiera que se dedique a estos asuntos sabe que es exactamente lo contrario: nadie tiene la menor idea nunca, con anterioridad a su circulación, de si tal o cual diseño va o no a funcionar, excepto el señor Corazón, uno de los diseñadores que más ha trabajado en los últimos treinta años para las administraciones e instituciones públicas, aquellas en las que, como sabemos, tiende a concentrarse el mayor número de advenedizos que gustan disimular su ignorancia con pólvora del rey. En fin, nada que fuese más allá de cierta jerga de sonajero. No obstante, habría dejado uno correr esas palabras, si no hubiesen ido acompañadas de estas otras sobre el diseño editorial español, que no parecen sino el peaje de un chamán agradecido: “En España, por desgracia, la tradición editorial consolidada se cercenó con la Guerra Civil, y luego ya no fue posible recuperar esa brillantez en el diseño editorial”. Al que no sepa una palabra de esto, tal modo de hablar puede que le impresione. Ahora, cualquiera que esté acostumbrado a ver libros viejos, sabe que eso es falso también. Estaría bien que Corazón nos dijera una sola editorial anterior a 1936 más y mejor consolidada tipográficamente que, pongamos por caso, la de José Janés o cualquiera en las que trabajó Giralt-Miracle. Iguales a ellas, puede que alguna, pocas; superiores, no creo. Y esto nada tiene que ver con el franquismo ni con el hecho de que la edición en España fuese antes, durante y después de la guerra, hasta hoy, como quien dice, la de un país de cabreros poco brillante. Pero se ve que diseño y sugestión son actividades unidas por cierto embolismo, el famoso chau chau de zoco árabe. “Ahora estoy trabajando en el diseño de la estrategia gráfica  para la conmemoración en Toledo del cuarto centenario de la muerte del Greco”, concluye el entusiasta publicista.  Entrar en porfías sobre la pertinencia o no de tales estrategias con el estratega que explica de manera científica un logo, autor él mismo de un millón de logos científicamente iguales, no llevaría a ninguna parte, pero sí, acaso,  preguntarse lo que Pla: ¿y eso, con la que está cayendo, quién lo paga; y sobre todo, cuánto? 
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 19 de mayo de 2013]

19 de mayo de 2013

Juan Ballester

JUAN Ballester es un gran fotógrafo. Los mejores retratos que se le hicieron a Ramón Gaya son suyos. Se los hizo a lo largo de treinta años en todas partes, Murcia, Roma, Valencia, Madrid... Son algo más que retratos, son el mundo de Gaya, sus estudios, su vida, su intimidad en flores, cosas, muebles. Como fotógrafo Ballester es una persona discreta, detrás de su Leika, nunca delante. Desaparece él y vuelve a aparecer cuando te enseña su trabajo, y en él toda la realidad viva. Como a todos nosotros (Eloy Sánchez Rosillo, Pedro García Montalvo, Pepe Rubio, Pedro Serna, lo que Ramón Gaya unió), Gaya le enseñó a mirar la realidad a través de la poesía, y JB busca de la vida eso, la vida, y cuando la encuentra hace como JRJ con su poema: no lo toca ya más.
Hace casi veinte años vino otra vez al Rastro y de aquel día quedaron algunas de las fotos más bonitas que recuerde uno sobre ese sitio. La gente cree que el Rastro es fotogénico, por su mucho carácter, como el rostro de un mendigo y sus ropas viejas y miserias. Pero precisamente por esa razón hay tan pocas fotos buenas del Rastro. La gente suele distraerse con lo pintoresco y el costumbrismo. Descubrir la poesía del Rastro no está al alcance de muchos. Las fotos de JB son, a mi modo de ver, muy buenas y de las mejores que se han hecho. Me gustaría no salir en ellas para poder darle mayor autoridad a esto que digo, pero estoy, bien se ve, como otra cosa vieja más de las que acaban allí, como hay que estar en aquel lugar: medio descabalado, tal y como salgo en la tercera de las fotos que se reproducen hoy en este almanaque.
Juan Ballester tiene un blog en el que publica sus fotos y otras cosas curiosas, y que tiene uno de los nombres más originales y bonitos que pueda tener un blog: "Murcia útil", tanto más útil cuanto que en medio de esa ironía, sabe que la vida va en serio, pero jamás solemne.

Fotos de Juan Ballester, El Rastro, 5 de mayo de 2013

18 de mayo de 2013

El coronel Friera y las rosas

DE este curioso autor, que firma como Coronel Friera, prescindiendo de su nombre de pila,  ha leído uno estos días un libro comprado hace ya algunos años, Rosas de España. Se publicó en 1957 en Madrid a expensas del propio coronel. Es un libro de casi cuatrocientas páginas en el que se habla no sólo de rosas y del modo de cultivarlas, injertarlas e hibridarlas, sino de otros muchos asuntos de interés para los rosalistas, floricutores y amantes de las flores: cultivadores, variedades y publicaciones especializadas. 
"La rosa nunca cansa", contaba JRJ que decía su madre. ¿Cómo sería este coronel Friera? La solapa de este libro nos lo presenta como un autor versátil y prolífico que escribió biografías (de soldados siempre: Ignacio de Loyola, don Juan de Austria o el Cervantes cautivo), teatro de temática militar y tratados de la milicia. También fue el autor, leemos en esa solapa, del guión de una película que llenó de sueños de aventura la infancia de muchos chicos de mi tiempo (la mía desde luego): Jeromín. Y, claro, libros, artículos y tratados de rosas, como este. Es una lástima que en el libro, en el que habla de tantos, no lo haga de sí mismo, aunque sabemos que hizo la guerra con los rebeldes y este dato curioso: en su libro, en el lugar más destacado y en lujosa cartulina, reproduce un poema de 1918 de  Lorca dedicado a las rosas, hecho este último que dejamos a la interpretación de cada cual.
Leemos en el libro también noticias curiosas, encontramos nombres y detalles exactos de rosales silvestres (escaramujo, rosal silvestre, rosal del diablo, agabanza) y las vidas de algunos rosalistas míticos españoles, como los de la saga Dot o la de aquel Pahissa que viendo llegada la hora de su muerte sin tiempo para conocer el fruto de sus últimas hibridaciones, repitió las palabras de Pernet-Ducher, otro rosalista no menos célebre: "Ah, si yo tuviera otros veinte años por delante".
De este Pahissa se cuenta que a una de sus mejores variedades la llamó Satán, que obtuvo cruzando las variedades francesas Mme. Herriot y Angèle Pernet con la española Marí Dot: "la variedad Satán", dirá el coronel, "resultó verdaderamente extraordinaria, de color rojo carmesí, con el interior de terciopelo oscuro, casi negro". Sin verla, imaginamos que sería la rosa que gustaría a Baudelaire.
Pero de todas las curiosas historias que se ha encontrado uno en este libro, ha sido esta referida a Pedro Dot mi preferida: "Hoy día, Dot ha logrado un rosalito, miniatura de miniaturas, del que no puedo hablar por estar aún inédito, pero del que sólo puedo decir que causará asombro por su pequeñez, ya que la rosa, que es de forma plana, no llega, estando abierta, al tamaño de un grano de arroz".
Me gustaría poder añadir: como esta entrega.

Arriba, rosas y azahar, y aguafuerte de Ramón Gaya, Las Viñas, 16 de mayo de 2013; abajo, Rosas de España del coronel Friera (nótense las tres estrellas con las que firma el susodicho y benemérito ***), Madrid, 1957.

17 de mayo de 2013

El caballero encantado

EL caballero encantado es una de las últimas novelas de Galdós. Empezó a escribirla en julio de 1909 en Santander y la terminó en Madrid en diciembre de ese mismo año. La subtituló "Cuento real... inverosímil", y se publicó en diciembre de ese 1909, tal como consta en la cubierta. 
Hace unos días mi amigo Martín Carrasco quiso hacerme un regalo y no pudo encontrar nada mejor. Esta tarjeta postal en la que Galdós escribe en septiembre de 1909 de su puño y letra y en Santander un fragmento de esa novela, correspondiente al capítulo IV, acaso el mismo que estaba escribiendo en el momento de enviar el tarjetón. El fragmento parece elegido al azar, en todo caso está en medio de un párrafo, hacia la mitad de ese capítulo.
Leemos: "Llamó el caballero; le franqueó la puerta una persona que la obscuridad hizo invisible. Pisando baldosines rotos, que tecleaban con ruidillos que más parecían de risa que de llanto, llegó Carlos á la sala, toda libros, toda polvo, toda mugre, llena de cosas tuertas, cojitrancas y bizcas. Los estantes se caían de un lado, los rimeros de libros no tenían aplomo. Había desequilibrios inverosímiles, infolios que se balanceaban sobre arquetas vacías, papeles de mil formas acumulados sobre mesas perláticas, sostenidos para que no los arrebatara el viento, por una mano de bronce o una pezuña de mármol". 
En la versión publicada apenas ha corregido ese fragmento, únicamente ha sustituido "arquetas vacías" por "rollos de balduque" y la palabra "viento", por "aire". También ha sustituido el subtítulo que le da en un primer momento, como leemos en el rincón inferior izquierdo: "Novela incierta".
Dirige la postal a don José del Castillo y Soriano, gobernador civil de Albacete, solicitada acaso por este al escritor como un recuerdo o propósitos publicitarios; esa persona seguramente le facilitó también el tarjetón en el que figura el membrete de la Feria de Albacete de 1909. 
Leemos esos renglones, en la letra del autor, y sentimos que en estas pocas palabras está no sólo todo el sabor de la literatura de Galdós, de prosa tan cervantina, sino el pulso de su propia vida, como latido en un trozo de ámbar.

Autógrafo de Galdós y cubierta de la primera edición de El caballero encantado, 1909.

16 de mayo de 2013

Ruiseñor del lilo

SE publicaba aquí el otro día "Ruiseñor del laurel", y al día siguiente un minuto de su canto, "El ruiseñor en persona". Hoy viene aquí este otro, y aun falta el tercero, en camino: "Ruiseñor del algarrobo". Alguien pensará que son demasiados ruiseñores. No se crea. Cantan durante unas semanas tan sólo, y luego enmudecen todo un año. ¿Qué menos que dejarlo todo por escucharlos? 
Eloy Sánchez Rosillo, antes de saber que le seguiría este de hoy, le sugirió a uno cambiar el título del poema por el de "El ruiseñor en persona", y así se hará, numerándose los poemas como I,II y III. Este corresponde, pues, al II.

RUISEÑOR DEL LILO

Le respondió desde el vetusto lilo
y pareció su canto arma en voz baja,
como un suave “decíamos ayer”
a todos y a ninguno.
Y si su hermano no temió a la azada,
el hacha que hacía leña de unos viejos sarmientos
tampoco le asustó, lengua intratable.
Juntos hicimos tan vernal jornada, 
él cantando la dulce primavera
y preparando yo el próximo invierno,
uno al lado del otro como orillas
de una apartada senda solitaria.
Cuantas veces dejé de trabajar,
embelesado en su canción de gesta,
y levanté los ojos por mirarle,
nunca le descubrí, con estar él
justo encima de mí, sólo a dos metros, 
una hoja entre hojas, caballero
embozado del lilo. Todo el lilo
en realidad cantaba, fuego azul
en el que ardía el día, y cuando al fin,
por una sola vez, medio le vi,
se hurtó esquivo en qué hondura sin dejar
su brío un solo instante,
haciendo su canción más prodigiosa aún
y tampoco sé cómo. A mayor sombra
más dulce es la armonía, no es misterio,
sólo un modo de darse a ninguno y a todos
y de justar a pecho descubierto
con quien lleva en su escudo figuradas,
jactancioso, las armas de la nada.

Las Viñas, lilos. 15 de mayo de 2013

15 de mayo de 2013

Bis del ruiseñor

SE traía aquí el otro día el minuto de un ruiseñor que tiene su nido en el laurel de la fotografía. Vuelve de nuevo el mismo ruiseñor con otro de sus minutos. Quienes escuchen este con atención advertirán las grandes diferencias entre uno y otro. Tituló uno hace años y no sin ironía uno de los suyos como El mismo libro, y así es cierto que los libros, las auroras o las gentes se parecen entre sí lo que el canto de ese ruiseñor un día antes y un día después. Y quien dice días, habla de siglos. "Que el canto es sólo uno, siempre el mismo, / y que la rama cambia y cambia el pájaro, / mas no la melodía". Y que siendo el mismo canto nos conmueva no dice sino que somos nosotros quienes vamos cambiando, como cambia el mundo, aunque estemos destinados también como el ruiseñor, con otra fortuna, a escribir siempre el mismo libro.


Laurel del ruiseñor, a mediodía y al atardecer

14 de mayo de 2013

Vivir lo es todo


LOS lectores de este periódico, en el que Félix de Azúa lleva publicando sus artículos tantos años, conocen bien “el tono Azúa”.

Hay “un tono Azúa”, como hay un “tono Baroja” o un “tono Pla” o, por venirnos a lo de ahora, un “tono Savater” o un “tono Ferlosio”. Con todos estos escritores tiene que ver Azúa, por lo mismo que todos ellos tienen entre sí algo en común. En primer lugar son escritores que piensan críticamente, o sea que piensan donde otros pasan de largo, o por decirlo con palabras de don Pedro Mourlane, gentes que se dedican en buena medida al arriesgado “arte de repensar los lugares comunes”. También comparten estas tres cosas: la fuerte personalidad de cada uno de ellos, su intolerancia a la afectación, y el humor. Decía Ortega, a quien el cielo dio otros muchos pero no el don de la llaneza ni el del humor, que la claridad era la cortesía del filósofo. Creo que Azúa y sus conspicuos colegas han dado por hecho que la claridad se le debe suponer al escritor, y por eso en ellos la verdadera cortesía no es la claridad, que también, sino el humor y la ironía como antídotos de la retórica, eficacísima triaca contra la melancolía y, no pocas veces, atajos hacia la verdad.

Azúa acaba de publicar Aubiografía de papel, continuación de Autobiografía sin vida, en la pauta confesa de La forja de un plumífero, aquel bosquejo en el que Ferlosio hablaba de sí con una desusada autoironía: “yo creo que estoy sobrevalorado”, declaró el día que le dieron el premio Cervantes.

En este libro Azúa describe y evalúa su trayectoria intelectual ejercitando la “pedagogía de la modestia”. Claro que no habla tanto de él como particular, sino como “caso”, el “caso Azúa” diríamos nosotros. Quien venga buscando aquí efusiones sentimentales o tráfico de intimidad, se habrá equivocado de libro. Hallará en cambio cosas mucho más valiosas contadas por un seductor nato que le llevará embebecido desde la primera a la última página. Este es el tema, musical como si dijéramos: sobre el bajo continuo (la transformación del mundo en los últimos cincuenta años y la incapacidad de la poesía, la novela y la filosofía tradicionales para dar cuenta de él como en el pasado), una sincopada melodía (la vida de un hombre, Azúa, que relata en paralelo su incapacidad o descreimiento para ser poeta, novelista y filósofo). El contrapunto queda para los chuscos traspiés y la palabrería de la época, que no se ahorra, cosa muy de agradecer en quien reconoce haber formado parte de la “coqueluche” o gauche caviar, conocida también como Club de las Almendritas Saladas. “La corriente general”, dirá entre irónico y piadoso. Pero que nadie se llame a engaño: jamás ese proceso se ha descrito con mayor jovialidad y lucidez. Lo decía Gracián: “La queja trae descrédito”. Y si tras lo que él llama su fracaso como poeta llega a decir que “un nuevo fracaso [como novelista] era lo más estimulante que me podía suceder”, resulta no menos admirable ser testigos, por ejemplo, de la confesión de Azúa a propósito de Benet, cuyo “inmenso talento” acaso “fuera usado de un modo inadecuado”.

Obras, autores, hitos culturales e intelectuales contemporáneos irrumpen, pues, como timbales y trompetas en esta sinfonía cuyo director prefiere hacer el papel del “idiota” (el estafado), al de los “humillados”, resentidos y cómplices de la barbarie. Azúa trata de explicar y de explicarse lo que denomina “la decepción” que ha sufrido al comprender que “las medicinas que nos venden agravan la enfermedad que padecemos”. El mundo moderno ha conocido en muy pocos años la llegada de la “democracia total” que, junto al dominio de la técnica, nos ha puesto a las puertas de un mundo enteramente nuevo, verdadera tierra ignota. Y a la decepción ha seguido la perplejidad de un “hombre bisagra” como él, entre el Antiguo Régimen de los grandes relatos y las utopías que vendían la felicidad y esta nueva era en la que “aún estamos ensayando cómo se sobrevive en una sociedad sin dios y sin ayuda externa, después de veinte siglos de religión cristiana y sobreprotección divina”. La poesía, la novela y el ensayo, dirá Azúa, convergen hoy en el periodismo, entendido como el oficio de palabras e imágenes donde se funden todos los géneros, y este, insistirá, no es un hecho valorativo, sino descriptivo.

Quien en menos de doscientas páginas ha hecho un repaso trepidante, amenísimo y serio de todo lo que nos ha venido sucediendo en este tiempo, no creo que espere ni que todos le den la razón ni que se la demos en todo. Es cierto, pero pocas veces sentirá el lector más deseos de darle la razón a alguien, incluso discutiéndosela. Porque el propósito del verdadero pensador es hacernos pensar, no reclutar prosélitos, decía Unamuno. Y porque en un género, el de las memorias, en el que la gente tiende a ponerse estupenda, Azúa suele preferir hablar de otros más que de sí mismo, siguiendo el impagable consejo de Ferlosio: ocuparse de las cosas y no medirse con los demás. Y esto podrá verlo quien llegue al último capítulo, páginas magistrales que desmienten al propio Azúa: aún es posible la gran literatura, del mismo modo que la dedicatoria a la niña con la que se abre el libro desmiente que la poesía se vaya a perder en lo venturo: “A Inés, la estrella que me permite navegar sin pensar en el puerto”. Azúa, que tituló la primera parte de esta obra Autobiografía sin vida, bien pudo haber titulado esta Vivir lo es todo.
     [Publicado en El País (Babelia) en 11 de mayo de 2013]

Las Viñas, 11 de mayo de 2013

13 de mayo de 2013

Lírika

EN esta vida, que a menudo se corta de golpe, casi todo viene de lejos. Hace cien años los reveses de la fortuna, la filoxera y los limos que acabaron con la navegabilidad del Tinto, arruinaron a una familia acaudalada del sudoeste español. En el camino que va de ser ricos a ser pobres la gente desesperada suele hacer una parada en los bancos, convencida de que estos tienen un corazón de oro, fantasía común y triste, pues todo el mundo sabe que los bancos lo tienen de cualquier cosa menos de oro: de acero, de turba, de heces, y que prestan su dinero con la secreta esperanza, bendita usura, de que no puedan devolvérselo para quedarse con todo a bajo precio. Y eso ocurrió hace cien años. Del disgusto, el padre y jefe de aquella familia sincopó, y a la madre y los hermanos no les sirvieron de nada los pleitos, al contrario, lo poco que podía quedarles acabó en manos de los abogados. No obstante lograron retener algunas propiedades sin gran valor, que se repartieron buenamente. Ni siquiera entonces hubo alegría: aquellas poquiterías, que ninguna renta les proporcionaban, iban a recordarles de por vida el esplendor y la magnificencia perdidos. 

Hasta aquí la somera historia. Así arrancan muchas novelas. Esta tiene como protagonista, sin embargo, a un poeta, Juan Ramón Jiménez. Él fue uno de los que heredó una de aquellas poquiterías,  una finquita a las afueras de Moguer, llamada Fuentepiña, que no le dio otro fruto que una pequeña piedra, que llevó en el bolsillo de su chaqueta los años que duró su exilio, hasta su muerte. Le recordaba aquel paraje en el que ideó y en parte escribió y ubicó sus historias de Platero. 

El tiempo corre para todo el mundo, la finca a la muerte del poeta cambió de manos, y hoy su dueña, que no hace ningún uso de ella, se halla en pleitos que han llegado al Tribunal Supremo, pues, a diferencia de aquel río que cegó su lecho con lodos de las minas de cobre, el de la justicia es hoy por hoy el cauce más navegado de España. 

No le ha sido a uno sencillo comprender la naturaleza de las desavenencias entre la propietaria y el alcalde de Moguer y demás autoridades, tal y como vienen contadas en el periódico Huelva información, pero parece que todo nació de la declaración de la finca  como “bien de interés cultural”, en lo que no se muestra de acuerdo su propietaria. ¿Por qué razón? Supongo que siendo bien de interés cultural, esa finca vale menos. Ah, el dinero, dijo Bécquer. Entre tanto, informa ese periódico, cuatro inmigrantes marroquíes han okupado la finca y viven en la modesta casa que hay en ella en condiciones de extrema miseria. Allí ranchean y duermen, allí pasan las horas que no dedican a buscar trabajo, esperando que cambie su suerte. Algunos con cierto filisteísmo denuncian el abandono en el que se halla un lugar tan sagrado para la poesía y piden el desalojo (no la dueña, que de momento se inhibe), pero lo cierto es que, conociendo a JRJ, estaría feliz de ver que la vida ha vuelto a aquel paraje, que al fin su abandonada  Fuentepiña le sirve a alguien que de veras la necesita, y él, que conjugó la lírica de todas las maneras, hoy, a la espera de lo que digan los jueces, la escribiría con k.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de mayo de 2013]

11 de mayo de 2013

El ruiseñor en persona

Ruiseñor del laurel

RUISEÑOR DEL LAUREL

Se podría argüir otros mil años
en contra o a favor sobre si el mundo
está bien hecho o no, pero yo quiero
decir aquí otra cosa: por lo mismo
que en las grandes ciudades es difícil
hallar un solo justo, aquí, a unos metros,
en el viejo laurel, un ruiseñor,
poco más que una nuez, 
lanzó su canto melodioso al aire
sin el menor esfuerzo y sin temor
a que caudal tan alto le rompiera 
su pequeño pulmón.
Todo quedó encantado.
Que los golpes funéreos de la azada
no le asustaran, tuvo un no sé qué
de santo y prodigioso y de candor.
Después de unos minutos, y aunque no lo veía, 
tan escondido estaba, pregunté
sin levantar la voz
qué quería decirme.
Dejó por un momento su canción
y pudimos oír los pensamientos
como el huso sutil del tejedor.
Hablamos el silencio, nuestra lengua,
pues él no sabe azada y yo no ruiseñor,
y nos dijimos cosas 
que han de quedar entre él y yo.
Y si ahora me dijeran, en la cena, 
que han pasado diez siglos 
desde que esta mañana salió el sol,
lo daría por bueno, sin importarme mucho
si el mundo está bien hecho o no.
               
                    (Las Viñas, 10 de mayo de 2013)

Amanecer del 10 de mayo de 2013



10 de mayo de 2013

Progreso rápido

TIENE lugar estos días en Santander, en la Fundación Botín, una exposición de dibujos de Gutiérrez-Solana, que ha preparado María José Salazar, de quien esperamos en breve un catálogo razonado de los dibujos del pintor.
Y acaso por eso, porque llevara uno a Solana en la cabeza ("sólo vemos lo que nos mira"), nos salió el otro día en el Rastro este aguafuerte tan solanesco. A lápiz figuraba en él una atribución que alguien borró, pero no tanto como para no dejarse leer: "Carnaval: aguafuerte de Leonardo Alenza". Algunos amigos historiadores se han avenido a confirmar la paternidad o a encontrarle la suya, si la otra fuese espúrea (y si alguien la conoce, se agradecerá), dejándonos hasta entonces suspensos.
Pero tanto como esto, nos emociona seguir el rastro de una cierta España eterna que hoy más que nunca parece ir en una carreta de bueyes como la de ese grabado, en cuyas ruedas se lee irónicamente un "progreso rápido". No hay más que echar la vista al retortero: Ley de Enseñanza, proyecto de reforma de la Ley para la regulación del aborto, impuestos en las actividades culturales, recortes en la universidad y en la investigación... Como diría Rubén, no menos cáustico: "y hacia Belén la caravana pasa".


Se admiten atribuciones



9 de mayo de 2013

Frei aber einsam

"EN octubre de 1853 y con ocasión de una visita del violinista Joseph Joachim a Düsseldorf, Schumann decidió homenajear por sorpresa a su amigo haciéndole entrega de un original regalo: una sonata para violín y piano compuesta, por así decir, a seis manos. De esta forma Schumann escribió en dos días los movimientos segundo y cuarto (Intermezzo en fa mayor y Finale en la mayor) y Dietrich, uno de sus alumnos, redactó el primero, un Allegro en la menor. Sobre Brahms recayó la tarea de componer su tercer movimiento, un Scherzo en do menor. El trabajo colectivo quedó dispuesto en una semana y el propio Schumann redactó el encabezamiento: "F.A.E. Con ocasión de la llegada de su estimadísimo y queridísimo amigo Joseph Joachim. Esta sonata ha sido escrita por Robert Schumann, Johannes Brahms y Albert Dietrich". Las siglas representaban la divisa del dedicatario, Frei aber einsam (Libre pero solitario), y se corresponden con las notas fa-la-mi en su notación alemana". (Del catálogo de mano del concierto en que se oyó ese scherzo en do menor el pasado martes en el Auditorio de Madrid)
Nada que añadir. Libres pero solitarios. Aunque acaso sería mejor enunciarlo de este modo: Solitarios, pero libres.


1: Gredos; 2, 3 y 4, Las Viñas, 8 de mayo de 2013


8 de mayo de 2013

Acuse de recibo

A veces se reciben en el buzón de esta página o en la de fb correos que quedan sin responder por diferentes razones. Otras, tiene uno el momento de hacerlo con cierto detenimiento, como es el caso. Van aquí, pues, la carta de ese lector, y la respuesta que antes se le cursó a él.
"Soy Marcos ***,  un profesor de Instituto que ha descubierto sus diarios hace muy poco, unos meses. Pero ya voy por “Do fuir”.  Lo paso bien y me hacen compañía. Yo no lo leo a usted como usted dice que leía a alguien (no recuerdo ahora a quién, Jünger, creo), intentando encontrarle el valor que otros le encuentran. Yo lo leo porque disfruto, porque nunca me aburre y porque le debo algunas cosas: por ejemplo el descubrimiento del Stabat Mater de Pergolesi.
Me he encontrado estos días con el pasaje en el que conoce usted por primera vez a ***. Lo que me ha extrañado es el final del episodio. Usted en ese momento sospecha que ese muchacho puede ser un traidor, un tipo que te clava un puñal por la espalda. Quizás no lo resumo bien pero es algo así.
Pero usted no explica, o yo no he sabido verlo, qué es lo que le hace sospechar ni a cuento de qué nace ese recelo.
De repente la sospecha me surgió a mí. ¿Y si el autor hace trampa? Como el diario se publica cinco años después ¿podemos fiarnos de que está poniendo únicamente lo que sintió entonces o lo arregla a su conveniencia con lo que ha sabido de *** en los cinco años posteriores?
Digo esto porque busqué sobre la relación de ambos en Google y encontré unos cuantos pasajes (que supongo de diarios que aún no he leído) de los que deduje que han tenido desavenencias.
Yo entiendo que el diario se escribe realmente el año que se publica. Y también entiendo que no tiene que ser transcripción literal de lo que entonces se anotó. Comprendo que el autor rectifique, mejore e incluso recree lo que vivió. Pero me gustaría que usted me dijera que lo anotado entonces  no se cambia hasta el punto de añadir cosas que se han sabido mucho después. En relación con esto me parece un acierto cuando usted introduce entre corchetes comentarios “actuales” sobre lo escrito entonces – y lo avisa-.
Quizás la sola sospecha es impertinente. Lo siento si así es. Sobre todo pido perdón si no llevo ninguna razón y estoy sospechando injustamente. Quizás se me pueda aplicar aquello de “piensa el ladrón que todos son de su condición”.
Como hoy en día es posible que un lector se comunique directamente con el escritor a través de un mail pruebo esta posibilidad por si usted tuviera a bien responder.
Me gustaría saber si reescribió su primer encuentro con *** apoyado en la antipatía que surgiría más tarde. Si no es así de dónde nacía aquel recelo. Y última pregunta, con independencia de lo que hiciera. ¿Cree que el autor de un diario está en su derecho de reescribir su pasado a la luz del presente en el modo antes explicado? Yo creo que no pero quizás usted piense lo contrario y quiera aportar alguna razón a favor de este otro modo de pensar.
Si usted ha llegado leyendo hasta aquí le agradezco la atención prestada y si no quiere responder –bien por falta de tiempo bien porque la sola sospecha le parezca impertinente- lo entenderé.  O si quiere usted remitirme a algún sitio en el que ya haya usted reflexionado públicamente sobre esto también estaría muy bien. Gracias en todo caso.
No puedo saber si dentro de 100 años seguirá la gente leyendo su obra (preocupación que a veces nombra usted) pero puedo decirle que hoy en día yo soy uno de los que disfruta haciéndolo.
 Un saludo. Marcos."

amigo marcos,

plantea usted cosas pertinentes, desde luego, aunque no sé si las responderé a su satisfacción.

está usted leyendo una obra que se presenta como "una novela en marcha", por tanto una obra que se acoge al estatuto de la ficción. que tal o cual personaje de ella, cualquiera de esas x, se parezca más o menos a tal o cual personaje histórico y real es irrelevante. unas veces el parecido es mayor y otras menor con ese personaje, pero en ese punto la obra ya no es fiel al principio de veracidad (propio de una crónica o de unas memorias o de una información periodística), sino al de la verosimilitud, como ocurre con las novelas.

que ciertos hechos le den pie al lector para creer que en tal pasaje esa x "es" fulano de tal no deja de ser arriesgado: a menudo ni siquiera tiene que ver con él (lo he repetido muchas veces: basta que en el diario se diga que "x es idiota" para que haya veinte personajes reales que se dan por aludidos y se postulen a serlo); y en el caso de que esa x haya partido de un personaje real, no significa nada: como novela llega siempre a otro lugar, que es la ficción.

dicho esto, todos los recursos son legítimos, en cuanto son propios del novelista: reescribir, corregir, aumentar, exagerar, empeorar o mejorar a un personaje. ¿cómo, si no, se entenderían en una obra que refleja  supuestamente "la realidad"  tantos pasajes enteramente fantásticos (pienso en aquel en el que tres jóvenes vienen a visitar al autor, resultando ser el propio autor, su mujer y su mejor amigo sólo que veinte años antes). Por eso lo importante no es nunca, en esos libros, que tal x se parezca o no en origen, en la partida, al fulano real, sino que se parezca a sí misma en tanto que x al final, en la llegada. Y si ese personaje real dijera que "su" retrato se parece poco a él, tendría razón... porque, puesto ya en una novela, no es él, por mucho que se le parezca, como tampoco soy yo, en tanto que andrés trapiello, por mucho que me parezca a él, el protagonista de mi libro. el protagonista del libro, quien lo escribe, es alguien que se me parece mucho, desde luego, pero no soy yo (yo soy, seguro, mucho peor que él), como tampoco Miriam es M. (y le aconsejo vivamente la lectura del texto que escribió sobre este asunto precisamente mi mujer, Miriam, y que se publicó en Vidario, el volumen que  publicó la editorial pre-textos sobre el salón de pasos perdidos, con los escritos de muchos otros).

en fin, soy yo ahora el que se excusa por no haber podido ser más breve.

le agradezco su compañía en esos libros, que le deseo amenos. le diría que se olvidara de la crónica y atendiera más a lo que sucede allí, a la vida que viene con ellos, propia de ellos, y a prestar la misma atención, no más pero tampoco menos, a pinzones, jilgueros, mirlos, encinas, arroyos, trastos viejos, papeles de la calle, calles de madrid o callejas de las viñas y demás asuntos que tienen a veces tanta o más alma que esos personajes engañosamente reales que le movieron a escribir su interesante carta.

un saludo cordial

andrés trapiello

Y aún le habría preguntado a ese lector desde cuándo puede uno, para asuntos de nuestra intimidad o vida privada, fiarse de las cosas que dice Google.

El Rastro, 5 de mayo de 2013. Arriba, foto de AT. Abajo, foto de Juan Ballester