31 de enero de 2013

La crítica del juicio

ES una suerte vivir con quien puede leer La crítica del juicio no porque lo haya perdido y desde luego sin perderlo, sino porque nos irá señalando los pasajes a los que uno jamás habría llegado solo, devorado por el apretado bosque del pensador de Königsberg. Así que gracias le sean dadas a la dueña del ala oeste de esta casa por la cita que hoy ha espigado en ese libro que nos recuerda que hay que distinguir entre lo oscuro y lo opaco e impenetrable. No hay nada oscuro, si responde a una razón de ser, que no tenga una puerta, y aun ventanas esperando ser abiertas. La naturalidad del oscuro es ser oscuro, como la sencillez del barroco por naturaleza es ser barroco, y su afectación sería ser sencillo. Lo impenetrable nos obliga, por el contrario, a dar vueltas a su alrededor y a extenuantes pérdidas de tiempo:

"No se sabe bien si debe uno reírse más del charlatán que esparce en su derredor tanto humo que incapacita para juzgar nada claro, pero que por eso mismo da más campo a la imaginación, o del público, que se figura ingenuamente que su incapacidad de coger y conocer claramente esa obra maestra de la penetración proviene de que se le ofrecen nuevas verdades en grandes masas, estimando, en cambio, el trabajo detallado (en explicaciones adecuadas y examen ordenado de los principios) como chapucería."


El Rastro, 27 de enero de 2013

30 de enero de 2013

El gran Chumy

A veces el Rastro saca a plaza pública libros o catálogos que se quedaron en las costuras de nuestra descosida y acelerada vida, tal ese de 1999 del gran Chumy Chúmez, que abre una magnífica y extensa entrevista con Felipe Hernández Cava. De este, supongo, habrá sido la idea de abrir el catálogo con tres citas, dos de Chumy y otra de Cioran:

"Yo antes no creía en nada. Ahora ni siquiera eso" (Chumy).
"Mi fuerza es no haberle encontrado respuesta a nada." (Cioran).
"Ya no creo ni en lo que ignoro" (Chumy).

Que Chumy Chúmez fue un gran aforista no lo duda nadie, y sus viñetas, precursoras de las de El Roto, están llenas de aforismos memorables ("Lo peor del frío es el hambre"). Esta que se reproduce aquí vale por todo un tratado de las fantasías humanas.



29 de enero de 2013

Desde el ala oeste

HA llegado a mi ventana, desde el ala oeste de la casa, este escrito de Miriam Moreno, a propósito del libro de Miguel Á. Hernández-Navarro, al frente del cual figura el título de "El tiempo pleno":

Hagamos lo que hagamos, estemos donde estemos, no nos está permitido desentendernos del tiempo, el bien más escaso. Se diría que siempre estamos pendientes de la hora, que no encontramos un lugar donde sentarnos a charlar tranquilos y disfrutar de un poco de la estabilidad arrancada por el ser humano a la naturaleza. A veces recurrimos a la archisabida “time is out of joint”, pero no lo decimos como el lamento de Hamlet, sino más bien como la constatación de lo que no se puede cambiar o sencillamente como el pretexto para zanjar el asunto y pensar en otra cosa. Y es que no deja de resultar paradójico que, a medida que la naturaleza se ha ido convirtiendo en un entorno cada vez más dominable y expoliable, los asuntos humanos se aceleran y escapan al control, como si el ser humano se hubiera quedado obsoleto, incapaz de gestionar tanta complejidad. ¿Cuándo se disparó todo esto? ¿Cuándo nos creímos la ficción del tiempo moderno, esa línea de pura abstracción y mera cantidad vacía que nos deja sin aliento? Quizá nunca hemos sido tan conscientes de que algo falla en nuestra percepción del tiempo. Reinhart Koselleck apunta hacia la genealogía del concepto de Historia, pero es Walter Benjamin el que dio con la clave para concebir el pasado de otro modo y salir de la inercia del tiempo lineal por medio de la memoria. Su crítica al progreso plantea una noción de tiempo que es destrucción, pues la historia se hace a base de ruinas, de catástrofes y acumula tanto sufrimiento que nos obliga a recordar la deuda con el pasado. Así pues lo pasado no está cerrado y sigue activo. De este modo, frente al tiempo lineal vacío y deshumanizado, la memoria es algo vivo que llena el tiempo y lo humaniza. El diagnóstico benjaminiano en torno a la experiencia moderna es una referencia crucial para comprender la cultura contemporánea. Su incidencia en el campo de los estudios teóricos y filosóficos se ha extendido a la esfera del arte y la escritura.  El pensamiento de Walter Benjamin insiste. 
De eso trata Materializar el pasado. El artista como historiador (benjaminiano) de Miguel Á. Hernández-Navarro, editado por Micromegas. Un libro recomendable porque en sus páginas hay un recorrido por las nuevas estrategias artísticas que gravitan básicamente en torno a Sobre el concepto de Historia. Con un ingente material bibliográfico el texto se puede leer como las “instrucciones de uso” para una mejor comprensión de esta corriente en la que memoria e historia están entretejidas por imágenes y objetos que activan un tiempo cargado de condensaciones. Hacer memoria es mostrar las historias individuales que han quedado ensombrecidas como si fueran sobras de la historia o ruinas de la barbarie desatada en el siglo XX. Por lo tanto, podemos hablar de un “arte de historia” que es “contratiempo”,  que dice lo que la historia calla. Materializar el pasado destaca algunos trabajos de escritores y artistas que abordan la Guerra Civil española.  Sus propuestas alternativas al relato heroico hacen hincapié en que antes de olvidar el trauma hay que hacer el duelo y sacar a la luz: desenterrar. El artista o el escritor son aquí como el trapero que recoge los deshechos materiales de la historia y hace montajes con objetos de propiedades humanas, que transmiten afectos y neutralizan la inmaterialidad de las imágenes contemporáneas. Ahora bien, no se trata de hacer de la nostalgia un fetiche, ni de una fascinación acrítica por el pasado, sino de una poética del fragmento y de la ruina como actos de resistencia a la aceleración del ciclo de producción y consumo. 
Theodor W. Adorno escribe al comienzo de su Teoría estética: “Los clichés del resplandor de reconciliación que el arte hace irradiar sobre la realidad son repulsivos; constituyen la parodia de un concepto del arte, un tanto enfático, por medio de una idea que procede del arsenal burgués y lo sitúan entre las instituciones dominicales destinadas a derramar sus consuelos. Pero sobre todo remueven la herida misma del arte. Este se ha desvinculado inevitablemente de la teología y de la palmaria exigencia de la verdad de la salvación.”
¿De qué está hablando Adorno cuando señala la herida del arte? ¿Será quizá porque en las obras artísticas ya no caben las altas pretensiones ni las grandes palabras? ¿Es una herida mortal? Seguir el hilo de estas preguntas nos alejaría del tema. En realidad he traído a colación esta cita para exponer algo que da que pensar al leer el libro de Hernández-Navarro. Me refiero a la coincidencia de estos artistas al extraer las consecuencias de los textos de Benjamin. Se diría que sus obras además de desempeñar una función social, tienen una dimensión íntima y personal que nos recuerda un idea que creíamos ya obsoleta: la de salvación por el arte. Ciertamente este arte de historia se sitúa a años luz del idealismo, pero también de la alergia a los afectos. Precisamente por eso no huye de lo real, sino que saca a la luz y hace visible la dimensión irrepresentable del trauma, como un sobresalto con efecto de shock que cura la amnesia. Esta “débil fuerza mesiánica”, al activar el instante propicio a las posibilidades de cambiar el presente, alude a cierta idea de redención, de salvación. En este instante el pasado ya no es una carga sino una fuerza que llena el tiempo y lo transforma. El arte de historia toma posición pero no se limita únicamente al activismo político porque despierta en nosotros la autenticidad del tiempo pleno. Hagamos memoria, pues.


28 de enero de 2013

¿Qué hacemos con los ricos?

HACE unas semanas se hablaba aquí de los millonarios que pedían pagar más impuestos y, concretamente de un empresario español que acababa de donar a Cáritas Española la cantidad de 20 millones de euros. Bien por la proximidad entonces de la Navidad y sus efluvios pastoriles pasados por el visor de Frank Capra, bien por no estar familiarizado con la regla de tres, el caso es que recibió uno con reservas, pero respetuosamente, la segunda de esas noticias. La primera, la de los ricos tipo Warren Buffet, que sigue exigiendo a su amigo Obama que los que tienen más tributen más y no menos, como suele ser habitual, la primera de estas noticias, decía, la recibió uno, en cambio, con una admiración que sigue incólume. La segunda, la del empresario español, no está uno tan seguro de que la recibiera del mismo modo después de conocer hace unos días que ese hombre ha incrementado su fortuna el último año en 22 mil millones de euros, que se suman a los 35 mil millones que ya tenía.

¿Por qué este cambio de actitud? ¿Sus 20 millones de donativo no siguen siendo 20 millones? Sí y no. Y claro, sin entrar en los arcanos que hacen posible que el dinero en la bolsa multiplique su valor sin que se multipliquen los bienes tangibles que lo respaldan. Pero no son estas las cuentas que le han pasmado a uno como a ese pobre hombre al que unos sisleros acaban de hacer un hábil juego de manos en medio de la calle. Veamos. Ese célebre empresario ha obtenido de beneficios el pasado año, es decir, después de haber pagado impuestos, salarios, costes y demás, 22 mil millones de euros. Donando 20 millones, ha donado un 0,09% de sus beneficios. Si los 20 millones los ponemos en relación con los 57 mil millones del total de su fortuna, el porcentaje baja al 0,03. Imaginemos ahora a alguien que haya logrado ahorrar mil euros al mes. No hay muchos de estos, pero sin duda los hay. Supongamos que esta persona quiere donar también un 0,09% de sus ahorros y convoca una rueda de prensa para hacer público su gesto rumboso con la manifiesta esperanza de que su ejemplo cunda en otros pequeños ahorradores. Señor*s periodistas, les diría, les anuncio que acabo de donar diez euros a Cáritas Española (cuatro, si hablamos del 0,03%). A usted o a mí, que vivimos al día, la cosa nos saldría mucho más arreglada, y por uno o dos euros creo que podríamos incluso mejorar los récords de munificencia. No sé, si no fuese por la maldita regla de tres, tal vez siguiera reinando entre nosotros el espíritu navideño. Recordábamos hace unas semanas lo difícil que lo tienen los camellos para pasar por el ojo de una aguja. Hoy recordamos el más distinguido de los preceptos, aquel según el cual nuestra mano derecha ha de ignorar lo que hace la izquierda, y no tanto porque la ostentación es plebeya como para no escandalizar a  los cándidos que, como yo, somos presa fácil del márketing y de la publicidad. Así que se pregunta uno, con no menor simpleza: ¿Qué hacemos con los ricos?, pero sobre todo ¿qué hacemos con ricos a los que les sale más barato dar limosna que pagar unos impuestos justos? No es fácil hallar la solución. Porque mandarlos con  Gerard Depardieu a hacer compañía a Putin nos parece un castigo excesivo.
      [Publicado en el Magazine de La Vanguardia, 27 de enero de 2013]

27 de enero de 2013

Venecias

HABLÁBAMOS ayer de un libro de ciudades. Entre ellas no figuraba Venecia, más que de paso, pero ninguna acaso sea más de paso que Venecia, incluso para los propios venecianos, obligados a discurrir por ella en un deslizarse continuo, como luna que riela en sus canales. Hace unas semanas vino a nuestro encuentro en el Rastro desde Vanves, antes de seguir su lenta navegación, este álbum de la ciudad de la laguna. Es de un tiempo en el que los happy few que viajaban querían llevarse de los sitios en los que estaban suntuosos recuerdos a la altura de la magnitud de las dificultades e incertidumbres que entrañaba el viaje hasta allí. Cerca aún los canaletto y guardi, tan populares en el siglo XVIII, quiso el fotógrafo Salviati poner su modesta artesanía al servicio de la pintura, hibridando su propósito con estos candorosos colores de mundinovi que devuelven la oriental Venecia a una ensoñación de las Mil y una noches.

Álbum Ricordo di Venezia. Fotos de P. Salviati, Venecia, 1880.




26 de enero de 2013

Lo que no tiene fin

PRESENTAMOS ayer con Ernesto Baltar, en La Central de Madrid, su primer libro, Ciudades en fragmento (editorial Impronta). Es un gran libro de género mestizo. Debería bastarnos esto, pero leyendo las solapas sabemos que Ernesto Baltar es un escritor joven (1977), licenciado en filosofía, traductor y editor de textos para las editoriales que le contratan. Su juventud avalora su obra, hace que pensemos en el prometedor camino que le queda por recorrer. Pero lo cierto es que podría no volver a escribir, y este libro habría hecho su jornada. Baltar lo ha escrito durante los últimos siete años, que sepamos. Es un libro de género impreciso: es, seguro, un libro de ciudades (no de viajes: el autor aparece casi siempre instalado en ellas, sin transiciones), pero a menudo es también el diario que lleva en esas ciudades, personal, sentimental, inteligente, divagatorio, informativo y útil, tanto como desinteresado y secreto. Es, igualmente, un libro de "meditaciones filosóficas", nos dice en algún momento, como meditaciones eran las del reverendo Izaak Walton, pescador de caña. Roma, Londres, Madrid, principalmente, pero también el eco de París, de Berlín, de Nápoles o de Nueva York, entre otras. La originalidad de un libro es el tono, y el de este es combinar muchas cosas conocidas, muchos autores sabidos, muchas imágenes. No descubre nada nuevo y sin embargo todo resulta nuevo, porque es suyo. Tanto como lo que quiere contar es importante en este libro el saber cómo no quiere contarlo: nunca hay que ser pedantes, parece recordarse a cada paso. Tiene presente para ello a los maestros de la antirretórica, Stendhal y sus viajes por Italia en primer lugar, y Dickens para Londres, y Galdós para Madrid, y Walter Benjamin para casi todo (adivinamos muchas veces la falsilla del Libro de los Pasajes, modelo de todos los libros completos e inconclusos), y Pla para las pequeñas cosas, Samuel Pepys y el doctor Johnson para los pliegues maliciosos o Gómez de la Serna para las asociaciones bizarras. Es un libro que, como ciertas iglesias cristianas que se han levantadado sobre mezquitas que se levantaron sobre templos romanos que se levantaron sobre aras iberas, se presta a muchas interpretaciones, cuya suma nos dará la naturaleza de su autor: un joven curioso, de modales moderados, de pensamiento libre, vagamente distante, tan cultivado como discreto. Otra regla de oro, que cumple a rajatabla: jamás alardear de nada, pero menos aún de ser un hombre culto: tras don Quijote y su paso por el castillo de los duques, no hay nada tan plebeyo como un escudo de armas. "No sé, quizá todo se basa en el deseo de estar lejos, muy lejos", nos dirá recordando a Baudelaire, paña añadir en otro pasaje, con cierta sorna, al confesarnos su pasión por las ciudades: "coches, ruido, polución, como a mí me gusta". Parece estar repitiendo las palabras de Sócrates, diciéndole a Fedro: "Y el caso es que los campos y los árboles no pueden enseñarme nada; pero sí, en cambio, los hombres de la ciudad". ¿Pueden no decirle nada a alguien los árboles, los campos? Se refiere Sócrates a la primera condición del filósofo, que es la atención, y nadie más atento que un viajero, que un urbanita, donde todo parece estar erizado de pasiones humanas. Pero no menos atención pide de nosotros el campo. Cada cual tiene oído para lo suyo, y ha de serle fiel a eso, y seguir el dictado de su corazón, sea para oír el ruiseñor de Keats o los estrafalarios personajes de la ciudad que cruzan por este libro, con los que su autor pega la hebra.
Baltar ha escrito un libro completo, pero por suerte para nosotros, sus lectores, inconcluso. Le quedan muchas ciudades desconocidas que contar, mucho que contar de las que ya conoce. Pues ese, sí, es el secreto de toda ciudad, indescifrable por más que viviéramos en ella mil años. Contar ese secreto es la más noble de todas las tareas, porque no tiene fin.


25 de enero de 2013

La parada

JMBONET, que nos había mandado el primer tranvía hace meses, nos envió al poco tiempo este segundo del mismo pintor, el simbolista praguense Jakub Schikaneder. Pero este se quedó varado aquí hasta que hoy, conducido por una mano misteriosa, salió de su cochera y empezó a circular por su ciudad, que es el presente.
En este almanaque deberían detenerse los trenes y tranvías, haciendo en él una parada. Porque esto y no otra cosa es un almanaque, una parada, un apeadero, a menudo vacío. Cuánta poesía hay en esos apeaderos de tren de villorrios perdidos, cuánta poesía en las paradas de tranvía, en ese su circular de unos y otros por los raíles con la infinita nostalgia de los caminos libres.


24 de enero de 2013

Pretérito

EN uno de los apartijos del mechinal de esta página web, el que lleva el epígrafe de "artes y oficios", se reproduce uno de los trapos en los que limpia uno sus plumines y pinceles de acuarela. Lo reproduje con harto temor, pensando que pudiera creerse que estaba presumiendo de algo. No, sigue uno siendo un poeta y un memorialista de portal, no un secuaz del action painting. Pero el arte siempre me ha tirado un poco; como dicen los flamencos, ha sentido uno su pellizco, y no me resisto a hacer mis propios gorgoritos (o borborigmos o gongorigmos).
Encuentro, ahora, limpiando de papeles mi escritorio, una de esas tarjetas que mandan las galerías, a veces por duplicado. Si se muestran juntos la tarjeta y el trapo le asombra a uno la fraternidad entre una pintura y otra. El arte, qué duda cabe, salva, al menos lo que habría acabado en la basura. ¡Viva el arte contemporáneo!, diría hoy, si este no le hubiera cogido a uno ya un poco pretérito.

Los colores del crepúsculo, de AT. Ca. 1987. Técnica mixta sobre tela, del tamaño de una tarjeta de visita. La foto no le hace justicia porque está desenfocada. La obra gana al natural.
Los colores de la tarde, obra expuesta la Galería Marlborough Barcelona el pasado otoño. Técnica mixta, de tamaño colosal. Aquí la foto es mejor también.

23 de enero de 2013

Los hilos de la luz

HAY algo fascinante en los hilos de la luz, acaso la paradoja de saberlos inmóviles en el paisaje mientras fluye por ellos, constante, la corriente.
* * *
Y llamarse hilos, tratándose de luz, y corriente, estando fija.
* * *
DESDE aquel "Hágase la luz", se diría que la luz se presenta siempre de improviso, como el truco de un mago. La aurora tiene algo de milagroso, desde luego. No así el atardecer, que parece llegar siempre de muy lejos con su argumento.
* * *
TODO el que haya permanecido debajo de un tendido eléctrico habrá comprobado que la luz habla y a menudo canta, si la tensión es alta, y cuando no, hace girar el huso.

"Golondrinas", 1992

22 de enero de 2013

Buscando a la mujer que llora

LA gran ciudad propicia estas historias, encontrarnos con ellas y apenas poder hacer otra cosa que seguir nuestro camino. Ayer, en la calle, ese hombre sentado en un banco. Se cubría la cara con un pequeño cartel. La moto que hay a su lado probablemente fuese suya, así lo sugiere el casco, que no se había quitado. Supuso uno también que se desplazaría con ella por Madrid, guiado por su desesperación. Anonada la magnitud de su empresa, colosal y trágica. Permanecimos cinco o diez minutos, a cierta distancia, sin perderlo de vista. Durante todo ese tiempo no vimos que se quitara de delante de la cara su cartel ni detenerse a nadie, nadie se paró a leer lo que había escrito en su cartel: "Busco a la mujer que llamó de noche la noche del 30 de diciembre a una emisora llorando". ¿Qué podría hacer por él?, me pregunté. La buscará para enjugar sus lágrimas, me dije, pero al momento imaginé que quizá esa mujer no querría ser encontrada, y que había huido de su lado. Me fui de allí cabizbajo, apesarado, como el hombre que lleva consigo su novela y la de su prójimo, acaso más abrumadora que ninguna.

Madrid, 21 de enero de 2013

21 de enero de 2013

Cómo de cultos

TODOS hemos podido leer con ocasión del cierre del ejercicio cultural del año doce las listas de “los mejores libros del año”. Dejando de lado el hecho, para mí desconcertante, de que a menudo los libros escogidos fueran diferentes en cada una de esas listas, ha tenido uno que hacerse esta confesión incómoda: la mayor parte de ellos no los he leído, de muchos ni siquiera había oído hablar y a pesar de que algunos le hayan llegado avalados por críticas fiables, no creo que los vaya a leer tampoco. Si a alguien le sucediera algo parecido con alguno de los míos, también lo comprendería, cómo no. 

Cuando Maquiavelo pensaba en el Príncipe del Renacimiento, pensaba en un joven prudente, sagaz y culto. ¿Y qué entendía por culto? Alguien, desde luego, que pudiera leer en latín a  Marco Aurelio y a los filósofos e historiadores griegos tanto como a Ariosto, o sea, alguien con una sólida cultura grecolatina y curiosidad por sus contemporáneos, unos y otros escogidos con esmero y sin precipitación. Aunque pocos tenían entonces una biblioteca personal de más de cien o doscientos libros, el descuido y las prisas son malas hierbas que crecen en todo tiempo, hoy más que nunca. 

Y nunca se le ha dado tanta importancia a las listas como ahora, tal vez porque nunca hemos gustado tanto de las competiciones y las apuestas. Se publicó hace unos años la lista de las listas: los mejores libros de la historia elegidos por el crítico y profesor Harold Bloom. Fue un boom (me doy pena a mí mismo por un chiste tan malo). Recuerda uno haber escrutado aquel centón atentamente  en una librería, pero hube de devolverlo a su estante y no sólo porque dudaba de que un único hombre hubiese leído todo lo que aseguraba haber leído (llegaba a mencionar a escritores estonios, serbocroatas o catalanes en sus lenguas originales), sino porque jamás me he fiado de nadie que haya perdido el tiempo haciendo esa clase de listas, sea Bloom o Ladrón de Guevara, autor de aquel Novelistas malos y buenos del que se carcajeaba Baroja. Dentro de cien años los lectores, si leen a Bloom, cosa harto improbable como encontrar hoy lectores del padre Ladrón de Guevara, se preguntarán: ¿pero qué leían en el siglo XX? Y además, ¿cómo es que necesitaban tantos libros, no se indigestarían? Si tuviese uno que leer todos aquellos libros que nos presentan como obras maestras, no le bastaría una sola vida, y lo mismo diríamos de la música, el teatro, el cine, las exposiciones, los museos o las ciudades sin los que se nos dice que no es posible hoy ser una persona culta. Se podría creer que las listas estuvieran hechas para ayudarnos a escoger, pero no, hay tantas y duran tan poco, que no son sino un pequeño fraude y otra cara de la precipitación y la arbitrariedad. ¿Quién es hoy, pues,  alguien verdaderamente culto? Quizá aquel que no necesita mucho para serlo, algo que por desgracia normalmente no llega uno a saber sino después de haber perdido mucho tiempo leyendo, viendo, oyendo lo que se supone ha de leer, ver, oír un joven prudente, sagaz y culto hoy día. Quiero decir, que probablemente sólo llegue a ser culto aquel que dejó ya hace tiempo de ser joven y no puede recuperar el tiempo perdido.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el día 20 de enero de 2013]

20 de enero de 2013

El holandés errante


LO mejor de esta biografía de casi mil páginas es un “Apéndice” de apenas veinte, en el que se nos habla de “la herida mortal de Vincent”. Sólo por ellas sería ya el libro importante que sin duda quedará gracias a la plausible hipótesis expuesta en él. Conocer lo sucedido el 27 de julio de 1890 no es un asunto baladí en la vida de Van Gogh, desde luego: ese fue el día en el que presuntamente el pintor se disparó con un revólver para quitarse la vida. Tal fue la romántica “versión oficial” de la modernidad. Que lo que causó su muerte fuese un acto premeditado suyo, un accidente o algo ajeno a su voluntad es importante: depende de ello no sólo la verdad de los hechos, sino el entendimiento cabal de una de las obras más fascinantes y conmovedoras que quepa imaginar, toda vez que el propio Van Gogh había condenado el suicidio de modo reiterado a lo largo de su corta y atribulada existencia: no sólo como un acto de cobardía sino como algo más grave, un falso testimonio sobre la vida. Claro que también él mismo dejó escrito que “no buscaría expresamente la muerte… pero no intentaría eludirla si me encontrara con ella”.
La idea de que Van Gogh no se suicidó no es ni siquiera original, tal y como Steven Naifeh y Gregory White Smith nos recuerdan ahora, sólo que ellos se han tomado la molestia de examinar como dos detectives minuciosos las pruebas y abundantes contradicciones del caso, así como las razones por las que “convino” desde el principio que se tratara de un suicidio y no de un accidente, empezando por el propio Vincent, quien encubriría así a los verdaderos autores. Serían estos un par de adolescentes amigos suyos, quienes por juego, broma pesada o accidente dispararían el arma de su propiedad. Diríamos, sin embargo, que esa bala le cayó del cielo al pobre Van Gogh, y así la aceptó él, como una inmolación. Pocas razones tenía ya entonces para seguir viviendo. “Morir es duro, pero vivir lo es más”, le había escrito a su hermano Theo a propósito de la muerte de su padre con palabras casi idénticas a otras de Emily Dickinson, pero también le dijo minutos antes de expirar: “Quiero morir así”, aceptando que su viaje había llegado al final, con parada incluida en un manicomio, y que ya estaba en paz; como si dijera: “Así he querido vivir”.
La presente biografía documenta este viaje de un modo microscópico. Cierto que todo biógrafo de Van Gogh cuenta con una fuente inestimable: el conjunto de cartas que escribió a los miembros de su familia, a algunos amigos y principalmente a su hermano Theo, no sólo un monumento universal de la literatura epistolar sino de la gestación y cumplimiento de alguien que podía haber encarnado la figura del superhombre nietzscheano. Los autores de esta biografía sin embargo no consideran “que las cartas de Vincent sean un registro directo y fiable de los sucesos que marcaron su vida o sus ideas en un momento dado”, por lo que las orillan a menudo. “Las mareantes cartas”, llegan a decir de ellas, comprometidos acaso más con el personaje Van Gogh que con la persona Vincent.
¿Y como es el personaje? Naifeh y White, dos profesionales que han escrito también una biografía de Pollok y que dedicaron diez años de sus vidas a esta, procuran proceder con distancia, y subrayan un Van Gogh lunático y “retórico”, caprichoso y egoísta, frente a otro más humanamente próximo y sentimental, insistiendo con rudimentos freudianos en la tragedia del hijo expulsado de la casa del padre y condenado a vagar desde los dieciséis años hasta su muerte, veintiuno después, sumando fracasos en su intento de formar una familia propia y dando tumbos por el mundo: primero para trabajar de dependiente en una galería de arte que lo empleó en La Haya, París y Londres; luego como pastor protestante entre los mineros del mísero Borinage, en Bélgica, y por fin y a partir de los 28 años, cuando decidió hacerse pintor, viviendo en un montón de ciudades y pueblos holandeses, y a lo último en París, Arles, Saint Rémy y Auvers, sostenido únicamente por las mesadas que recibía de su hermano Theo, mitad caridad fraterna, mitad inversión mercantil, y por sus propias pinturas y cartas, única compañía mientras aprendía por su cuenta el oficio de pintor, para el que muchos otros estaban mejor dotados que él. Y así hasta su muerte, nueve años después, en medio casi siempre de una soledad radical. “Soy un viajero, me dirijo a alguna parte, tengo un destino… sólo que ni ese lugar ni mi destino existen”, escribió en un momento de abatimiento, abandonado del “instinto y el sentimiento”, pilares para él del arte y de la vida.  Pocas tan difíciles y trágicas como la suya y pocas llevadas con tanto estoicismo: “Si no te quejas, se pasa antes”. De ahí que su constante invocación a la alegría la encontremos ejemplar, sobre todo cuando, dejado ya de la mano de Dios y frente a la superchería de la religión y del arte exclama como contemporáneo de Nietzsche que es: “El único Dios es el Dios de lo posible”. “Las artes, como todo lo demás, son sólo sueños, uno mismo no es nada en absoluto”, escribió también para añadir esta confesión dolorosa a Theo, un año antes de morir: “Como pintor nunca llegaré a nada. Estoy absolutamente seguro de ello”.
Por suerte para los lectores españoles existe una edición completa de esas cartas que enriquecerán la investigación de Naifeh y White, acercándoles a la persona Vincent, un ser indefenso, tan decidido y heroico como vulnerable y voltario: “Hay cosas en el fondo de nuestras almas que nos harían pedazos si las conociéramos”, había dicho quien alguna vez se vio, al igual que al resto de los pintores modernos, como “un cántaro roto”.
Acaso porque para entonces ya había decidido conocer con una fe inquebrantable el fondo de su alma o los pedazos que de ella quedaban; y a pesar de que dijo que “los que tienen fe no tienen prisa”, se diría que corrió desalado a reunirse con la bala que el 27 de julio de 1890 acabó con su vida. Dejaba casi un millar de cuadros, miles de dibujos y más de dos mil cartas, conjunto portentoso y en su mayor parte realizado durante los últimos cinco años de su vida. Y un hermano que lo sostuvo con no menos tesón y que le siguió a la tumba unos pocos meses después. Y nos dejó sobre todo su ejemplo y el más elocuente testimonio de que “vivir, trabajar y amar son una misma cosa, a fin de cuentas”.
     [Publicado en El País, Babelia, el 19 de enero de 2013]


Ramón Gaya, Homenaje a Van Gogh (el puente de Anglois), 1998.


19 de enero de 2013

Mise en abîme (en el cabo de año de C.P.)


LA muerte de una persona querida se prolonga en el tiempo, diría que es una muerte que no cesa nunca, que se atenúa, acaso, pero que en un cierto sentido se va haciendo más y más honda a medida que se aleja de nosotros la fecha en que nos dejó. Es lo que sin duda me ha sucedido con Carlos Pujol, con él como con casi nadie, con tres o cuatro personas en mi vida, si acaso.
A lo largo de este año han sido muchas veces las que me he encontrado solo frente a su recuerdo, y caigo en la cuenta de una manera súbita, como si hubiese olvidado algo importante más que como si lo estuviese recordando: ya no está, me digo, y me parece que algo así no es posible, y miro desconcertado a uno y otro lado, confiado en que voy a encontrarlo en medio de una multitud o atravesando solo, con aquel andar suyo distinguidísimo y pausado, una plaza vacía. Y lo echo de menos a propósito de las más dispares razones, ante cosas harto insignificantes a menudo. Unas veces porque veo o leo algo que sé que le gustaría compartir, otras porque el silencio de mi casa ciertas tardes, a la hora en que él solía llamar, o a esa hora venenosa  de los lunes, cuando lo hacía, temprano, desde la editorial, me resulta insoportable. Hace unos días tan sólo un amigo me preguntó cómo podría traducirse esa expresión tan común, mise en abime, y pensé en Carlos, no como alguien que se hubiera ido, sino como alguien aún vivo, convencido de que podría hacerlo, hasta que dos o tres segundos después comprendí que no estaba y que sólo tenía de él el recuerdo de sus palabras, diciéndome que lo más difícil de todo era traducir lo más sencillo, hélas! (palabra esta que él tradujo como nadie: "qué le vamos a hacer"). Y me quedé en suspenso ante mí mismo, ese ser que pensaba en ese momento en alguien que estaba pensando…
Yo estoy convencido de que su obra se irá abriendo paso poco a poco entre la distracción de sus contemporáneos (creo que él sería el primero en desestimar aquí palabras como indiferencia o mezquindad, porque con eso, con la indiferencia o la mezquindad de los contemporáneos hay que contar siempre), y alcanzará la atención de un número creciente de lectores, que hallarán en sus obras, en sus poemas, en sus enseñanzas la compañía que buscamos únicamente en los clásicos, hartos de veleidades estéticas. 
Por otro lado, pienso también en él cuando me digo que si todo este misterio nuestro tiene una explicación, él la conocerá ya, y miro atentamente dónde podrá habernos dejado la solución de todo esto, convencido de que de haber explicación, habrá vuelto a dársela a este amigo suyo con el que fue tan paciente. Y la busco, porque sé que es su estilo, donde más a la vista pueda haberla dejado, pues seguramente le gustará una pequeña travesura o cita literaria y la habrá dejado a la vista de todos, como la famosa carta de Edgar Allan Poe.


Madrid, iglesia de las Góngoras. 11 de enero de 2013


18 de enero de 2013

Mimosas

LAS primeras del año. Tan luminosas siempre, tan joviales. Vino con ellas el olor del campo, los dijes de la aurora, la canción de una abeja. Ese olor vino también tensado, como un arco. Parecía un idioma recién hecho, con la tinta fresca. Y aunque se fue de allí a unas horas, lanzadas ya sus flechas, dejó esta nota, propia de un huésped distinguido: "El heraldo de todos los misterios".

Mimosas. 15 de enero de 2013

17 de enero de 2013

Rotaciones a tres bandas

EL crítico Ignacio Echevarría se despepitaba el viernes pasado al comprobar cómo los críticos literarios de su periódico siempre meten en sus recuentos anuales a los mismos, y aunque no a todos, como si hubiese alguno al que tratara de poner a salvo de su escabechina sacándolo de la colla, citaba a algunos de esos novelistas seleccionados: “Es decir, más de lo mismo: los autores consabidos en constante rotación, según hayan publicado o no libro nuevo”. 
Son palabras a tres bandas. Oímos en ellas no ya la suficiencia del que se cree superior a sus colegas y por supuesto a tales escritorejos (primera banda), sino una sedicente venganza, pues a diferencia de aquellos a los que se resiste a soportar "según hayan publicado o no libro nuevo", de él se podría asegurar que no rota, como Baroja decía de los vascos, "que no datan", quiero decir que ese crítico está siempre ahí recortándoles cada semana, sin faltar una, a quienes son más-de-lo-mismo: “Jodeos, yo siempre estoy” (segunda banda). Lo cual tampoco es exactamente así, pues acaso toda esa enajenación suya provenga de que antes él estaba en El País, y ahora no le queda otra que seguir compartiendo páginas con los críticos a su entender más ineptos en El Cultural, que así de voltaria y caprichosa es la rueda de la Fortuna, mientras espera que esta cambie para apoderarse él mismo de El Cultural y administrarlo, como habría hecho con Babelia si no lo hubieran echado antes, y poner al fin un poco de orden (tercera banda) en la crítica, la literatura, los periódicos y el mundo con unas cuantas depuraciones imprescindibles.


Dos retratos y un autorretrato. El Rastro, 13 de enero de 2013

16 de enero de 2013

Lance Armstrong

LANCE Armstrong, el ganador de siete tours de France, después de haber negado siete veces siete que se había dopado, y siempre con el mayor aplomo y dispuesto a batirse en duelo con quien sostuviera lo contrario y aun a denunciarlo ante los tribunales llegado el caso (como ocurrió), reconoce al fin haberlo hecho. Está de más saber las razones por las que lo confiesa ahora tanto como saber por las que hasta hoy lo había negado. Se habló de ello aquí hace unos meses. El daño que ha hecho Armstrong no es al deporte, como se está repitiendo, sino a la verdad. Él solo ha acabado con la presunción de inocencia para mucho tiempo. Nadie volverá a creer a ningún deportista cuando diga: no me he dopado, así veamos su rostro arrasado por el llanto. Por suerte para la vida, el olvido, que raramente trabaja por la verdad, es imprescindible para sobreponerse a la mentira. Por cierto, ¿quién era Lance Armstrong?


El Rastro, 2 de septiembre de 2012

15 de enero de 2013

Guarda el secreto

DECÍA Balzac que llevaba "una sociedad en mi cabeza". Los fotógrafos Jonás Bel y Rafael Trapiello se han propuesto fotografiar a lo largo del 2013 a unos cientos de personas. Lo que Gaya llamaba el hombre común, hoy tan excepcional como él lo entendía. Subirán sus retratos cada día a este sitio en la red. Nulla dies sine linea. El trabajo diario da sus frutos a diario. JRJ soñaba con publicar cada día, en una imprenta próxima a su casa, el trabajo de la víspera. Internet ha metido nuestra imprenta en casa y la ha llevado a la casa de todos. Y, desde luego, ninguna mejor compañía para un solitario que el trabajo de otros solitarios. Podremos decir, con Emily Dickinson: "Yo no soy nadie, ¿y tú? ¿No eres nadie tampoco? Entonces somos dos, guarda el secreto. Ya sabes que podrían desterrarnos". Sí, ya somos dos. Tres. Cien. Los días que tiene un año, guardando el secreto.

Foto: Rafael Trapiello

14 de enero de 2013

La advertencia (alegoría)


 SI nos atenemos a la definición de alegoría, “ficción en virtud de la cual algo representa o significa otra cosa diferente”, al folleto que acaba de imprimir y enviar a sus amigos Alfonso Guerra podríamos darle el nombre de alegoría, incluso el de libelo, a tanto se ha llegado. Lo ha titulado “La advertencia”. 

Alfonso Guerra es un político español conocido. Esto puede parecer hoy obvio, pero no dentro de unos años. A tanto llegaremos. Y Guerra envía desde hace años por estas fechas a sus amigos una peculiar felicitación de Navidad: tal o cual poema, texto o relato de algún escritor en los que viene cifrado su estado de ánimo o aquello que a él le habría gustado poder decir. Este año ha escogido una carta del prerromántico Johan Gottfried von Herder de 1794 en la que Walter Benjamin vio una “advertencia ante las amenazas del nacionalismo y el fascismo”. Cómo le llegan a uno estas plaquettes de Guerra no siendo amigo suyo, ni desde luego enemigo y casi ni saludado, es un misterio, pero mucho le agradecemos la fineza, hoy más que nunca. 

Leemos la carta de Herder apesarados y con el corazón encogido o más exactamente, descorazonados: ¿la historia no nos ha enseñado nada? “La locura nacional es todavía algo más terrible”, nos recuerda Herder, y sigue: “Lo que ha echado raíces en la nación, lo que un pueblo aprecia y reconoce, ¿cómo es que no va a ser verdad?, ¿quién podría dudarlo? El lenguaje, las leyes, la educación, la manera cotidiana de vivir, todo lo consolida y nos remite a ello; quien no comparte la locura es un idiota, un enemigo, un hereje, un extranjero. Si además, como suele suceder, esa locura es cómoda o beneficiosa para grupos sociales bien concretos, o incluso beneficiosa para todos (según lo que ella misma nos informa), si la han cantado los poetas y la han demostrado los filósofos, y, en fin, si la boca del rumor proclama que justamente la locura es la gloria total de la nación, ¿quién le llevaría la contraria?, ¿quién no querrá, por cortesía, sumarse a ella? (...) Un jurista culto llegó a anotar que una serie de imágenes dañinas se encuentra unida a la palabra “sangre”: “limpieza de sangre”, “justicia de sangre”, “sed de sangre”; con la palabra “herencia” o “posesión” o “propiedad” sucede lo mismo... Palabras y signos que no tenían ningún significado han sido adoptados por partidos, y con la locura y su contagio han trastornado mentes, destruido amistades y familias, asesinado a personas y arrasado países y naciones”...

Resulta patente que Alfonso Guerra ha querido decirnos algo, y no es difícil adivinar su propósito al circular la carta. Por eso nos preguntamos por qué él, que puede, no toma la palabra en el Parlamento, y allí, ante los representantes de la nación, incluso sólo para aquellos de su propio partido que parecen haberse sumado jubilosos a la locura nacional, lee la juiciosa carta de Herder recordada por Benjamin en plena orgía nazi. Pero ya que no contamos con una respuesta, contentémonos al menos con la alegoría y esperemos esa bendita y dorada edad de la que hablaba don Quijote, en la que nadie es más que nadie, y menos por haber nacido a este o al otro lado de una raya.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de enero de 2013]

13 de enero de 2013

Lígrimos, lánguidos, íntimos

A la carta anterior de nuestro amigo, siguió esta: "Nuestros nombres son de verdad muy sonoros y evocadores. Y tienes razón en que debería llamarse La laguna Oculta. (...) Volviendo a los nombres: resulta que toda la vereda (región, parte rural de un municipio) se llama La Oculta, porque así era el nombre de la hacienda más importante del sitio (fue propiedad de Don Abad, mi tatarabuelo), pero podría cambiarse por La Laguna Oculta, en una novela, y sonaría más literario, es cierto. La Oculta queda en el corregimiento de Palermo, municipio de Támesis, que antes formaba parte del municipio de Jericó, que es la tierra de mis antepasados, y cuya foto también te quiero mandar. Es más, la foto adjunta de Jericó es un regalo para Miriam: la tomé desde el Morro de Las Nubes, como poéticamente se llama el morro que domina el pequeño pueblo montañoso, donde se cultiva sobre todo café. Sobre todo esto yo escribí un poema, muy imperfecto, pero como está lleno de nombres, tal vez te pueda gustar y por eso te lo copio. Es este:

El Nuevo Mundo

Leía libros de países lejanos
como quien tiene ganas
de inventarse otra vida:
Islas del Báltico, bahías del Atlántico,
montañas en el límite del Tíbet y la India,
planicies extenuadas por el viento
helado en Patagonia.
Nunca una finca en Jardín
o una granja en La Ceja,
nunca una casa en Cali o en Pereira.
Valles en el Tirol,
los bosques otoñales de Vermont,
el Lago d’Orta, el Lago de Costanza,
rías gallegas, radas de Mallorca…
No el páramo de Urrao o el río Arma,
no las cavernas del Nus
ni las llanuras de Mapiripán.
Pero una tarde a orillas del Cartama,
afluente del Cauca, cerca de La Pintada,
sin libros en la mano
ni recuerdos de viajes,
mecido en una hamaca y a la sombra
de los cedros sembrados por su padre,
pensó que sus abuelos
o sus tatarabuelos
habían llegado aquí con ese mismo sueño
de encontrar otra vida.
Bautizaron potreros y baldíos
con nombres fabulosos,
soñando con ciudades ilusorias:
Antioquia, Jericó, Salento, Armenia,
Támesis, Salamina, Titiribí, Urabá,
Amalfi, Tarso, Pácora, Angostura,
Mesopotamia y Entrerríos
(sin ser la misma cosa),
para creer de nuevo en otro mundo
quizá no para ellos,
pero al menos
para nosotros,
los tataranietos.
Y el sudor de las sienes
fue tanto
que les salieron canas y calvicies,
y tanto el sol ardiente
del trópico inclemente,
que la piel
se volvió arrugas y pellejo seco,
manchas, pecas, lunares,
y el trabajo fue tanto
que todo fueron callos en las manos,
lumbago y reumatismo.
Y fue entonces que vio
con claridad,
mecido en esa hamaca deleitosa,
la brisa tibia acariciando el sueño de la siesta,
que la nueva vida
está en lo que se añora, sí,
y en la ilusión de un nuevo paraíso,
por supuesto,
pero que en cualquier tierra todo se construye
solamente
moviendo los terrones y picando las piedras,
tumbando selvas y sembrando bosques,
pegando adobes y plantando espigas,
desviando ríos y allanando montes,
trayendo agua y abriendo carreteras,
criando animales y cosechando frutos,
con el sencillo sudor de la frente.
                               Héctor Abad

Y esto nos lleva al "Durium Duero-Douro", el poema de Unamuno de su Cancionero en el que figura uno de los versos más hermosos de la lengua española ("lígrimos, lánguidos, íntimos", con un lígrimos que Ferlosio, según le contó a uno él mismo, oyó cierto día en boca de un labrador de Salamanca como palabra de lo más corriente y sobre la que él mismo, Ferlosio, después de llamarle a don Miguel pedantesco y refitolero a San Juan, escribió estos pecios):

Arlanzón, Carrión, Pisuerga, – Torres, Águeda, mi Duero.
Lígrimos, lánguidos, íntimos, – espejando claros cielos
abrevando pardos campos, – susurrando romanceros.
Valladolid, le flanqueas. – de nieblas le das tus besos...
                                                                                                     Etc.

Por suerte existe un registro de voz del propio don Miguel, a quien tanto gustaban los nombres por su sonoridad y rareza (aquellos Teotista, Liliosa, Felícula, Olviescencia y Prepedigna o el de los hermanos Potenciano, Crescenciano, Fidenciano y Marciano que Paco Vighi recogió en Palencia para él) aquí tenemos, decía, a don Miguel recitando este poema, ningún regalo mejor para esta mañana de domingo.

Cauca desde Jericó. Foto de Héctor Abad

12 de enero de 2013

Ferlosio, sus pecios y un dramatis personae

DEJÓ ayer en este almanaque un lector o lectora anónima unos cuantos pecios atinadísimos de Rafael Sánchez Ferlosio que vienen a confirmar lo que decíamos: es la parte más sensitiva y colorista, la más sentimental también, de su obra. Y acaso alguien debería recoger esos cientos de fragmentos en un libro, entresacando muchos de sus prosas tal y como hacen los garimpeiros con las esmeraldas que arrancan a los abrumadores barrancos de las Minas Gerais de Aimorés. 
Entre los citados, dos, que figuran desde hace muchos años, entre mis predilectos. 
Uno, de un cura, nos recuerda el que sea acaso uno de los retratos de curas más prodigioso de nuestra literatura (de Gutiérrez-Solana, en su libro Dos pueblos de Castilla, y así lo vio Camilo José Cela en su discurso de ingreso en la Real Academia, tal vez lo más sentido que escribiera este), y el otro, uno de un gato.

El primero: 
UN ALMA BUENA. Mi padre [Rafael Sánchez Mazas] me contó cómo yendo una vez en un metro atestado hasta el extremo humanamente posible de apreturas, sus ojos se encontraron con los de un cura pequeñito que venía al lado de él, aún más agobiado y sudoroso que todos los demás a causa de la inferioridad de la estatura, y que mirándole con una sonrisa llena de dulzura y de soportación le dijo: “Así cupiéramos en el paraíso”. Aquel corazón piadoso estaba dispuesto a aceptar que la Eterna Bienaventuranza fuese un lugar tan oprimente e incómodo como aquel vagón de metro con tal de que todos los hombres se salvaran.

Y el segundo:
PAISAJE PARA DEMETRIA. Por el lomo de la alta pared del huerto coronada con cascotes de botella venía andando esta tarde un gatito, sin cortarse.

Este último me ha recordado siempre un poema de Keats, también de mis preferidos, "Al gato de la señora Reynolds", de asombroso parecido:

Has pasado ya, gato, el climaterio:
en tantos años, ¿cuántos ratones, cuántas ratas
destruiste? ¿Cuántos bocados tú robaste? Mírame
con esas verdes, luminosas, lánguidas hendiduras, y aguza
esas orejas aterciopeladas –mas te ruego no claves
en mí tus escondidas uñas–, y lanza al aire
tu ligero maullido, y cuéntame tus duelos
con peces y ratones y ratas y polluelos fragilísimos.
No bajes la mirada, ni lamas esas delicadas patas.
A pesar de tu asma jadeante, a pesar
de que el extremo de tu cola esté pelado, aunque los puños
de bastantes criadas ya te dieron bastante,
tienes aún tan suave tu pelaje como cuando saltabas
en tus tiempos las tapias con cristales de botellas.
                             (Traducción de Lorenzo Olivan. Ed. Pre-Textos)

Así pues, gracias, por orden de aparición,
al lector o lectora anónima (y cómo le gustaría a uno que quienes entraran en esta casa, pues casa es, vinieran con su nombre propio, porque todo ha de quedar entre nosotr*s y por recibirlos como merecen),
a nuestro admirado Rafael Sánchez Ferlosio,
al cura de Buitrago,
a nuestro admirado José Gutiérrez-Solana,
a Camilo José Cela, hélas,
a nuestro admirado Rafael Sánchez Mazas,
al cura del metro,
a nuestra querida Demetria,
al gatito extremeño de los erizados cascotes de botella,
al gato de la señora Reynolds y a la señora Reynolds
a nuestro siempre amado John Keats
y, por último, a nuestros amigos Oliván, los pretextos y Jaime García Máiquez, que me envío la foto aquí incluida, vista por él en un altar de la catedral de Cádiz y cuyo motivo tanto le gustaría a RSF, por aquello de que son al fin y a la postre las letras las que han de estar sobre las armas, y no al revés.


Catedral de Cádiz. Altar dedicado a San Pablo. Foto: Jaime García Máiquez

11 de enero de 2013

La Oculta

ACASO lo más sensitivo y colorista de la literatura de Rafael Sánchez Ferlosio se encuentre en sus pecios, que son en su obra como el vértice sentimental de sus colosales y helados icebergs. Dedicó uno de ellos, publicado en la revista Poesía, a los evocadores nombres americanos: "(ESTACIONES PARA UN FERROCARRIL DE VÍA ESTRECHA AMERICANO). Punta Álvarez, Chozas Nevadas, Yacuacá, El Peligro, La Encontrada, Batallón, Benito Cárdenas, Renteros, Cruzalobos, Corrales de Don Jacinto, San Antonio de Bohí, Minaquemada, Garrido, Garridito, La Rayana, Cerro Fusiles, Santa Cruz de Araracha".
Entre ellos debiera figurar también La Oculta, tanto o más poético, desvelado en un correo ayer mismo por nuestro amigo Héctor Abad. Venía de pasar unos días en Tierra Caliente (nombre que tampoco es manco): "Mientras tanto te mando la foto del lago de La Oculta, en mis montañas, que antes estuvo lleno de nenúfares, aunque no es agua quieta, por sus entrañas baja una quebrada, y ahora se ve así, oscuro, ominoso, y es el sitio donde nado, y donde hace unos meses saqué del fondo un ahogado... Es un sitio hermoso, fuerte, misterioso, donde se ahogó un poeta nadaísta que no sabía nadar (Amílkar U), un seminarista, un viandante, y este último que yo saqué, un conductor de autobús... En ese lago sediento de ahogados es donde me gusta nadar (...) La novela que estoy escribiendo ahora se llama ***, y su protagonista, más que personas, es esta tierra, este lago, el sitio que fue de mis bisabuelos, y que mis hermanas y yo todavía conservamos. Ahora el lago queda en la finca de dos de mis primos, los Ceballos Abad, pero yo sigo subiendo allá como si todavía fuera de mis bisabuelos. La Inés, la finca en tierra caliente donde pasamos la navidad, sigue siendo de mis hermanas y yo, y queda a unos 20 minutos a caballo. Es una región feraz, llena de pájaros, de mariposas, de árboles, de ríos. Te mando la foto del paisaje que se ve desde La Inés: se trata de los farallones de La Pintada, a los que mi abuelo, Antonio Abad, llamaba, "las tetas de doña Quiteria", y vaya a saber quién era doña Quiteria. Abrazos".
Y qué suerte tener un amigo tan fino, caballero del punto fijo en aquel hemisferio que nos envía estas vistas para nuestro particular mundinovi, para este ancho pasaje de los panoramas, mientras llega esa novela a la que bastará ser sólo la mitad de El olvido que seremos para ser memorable.


1, Lago de La Oculta. 2, Cauca (Farallones), y 3, Las Tetas de Doña Quiteria (Fotos de H.A.)