27 de agosto de 2012

Yo, el juez

Decimos que un juez es una estrella cuando fulge en un universo, como el de la justicia, bastante ténebre. Suponemos que es personalista, cuando logra dividir al país a su favor y en su contra. En ese sentido Garzón, qué duda cabe,  es lo uno y lo otro. Sus partidarios se tienen por progresistas, pero muchos de sus detractores no se consideran reaccionarios. De hecho conocemos no pocos magistrados que son progresistas y a la vez sumamente críticos con las actuaciones de su colega. Algunos de estos lo han expulsado de la carrera judicial y Garzón se ha marchado de España como lo haría Zeus del Olimpo: “Soy el último exiliado del franquismo”, ha dicho tras el portazo.  

En el haber de Garzón hay unas cuantas actuaciones espectaculares, estelares. Fijémonos en dos, el procesamiento de Augusto Pinochet y el caso de los Gal. El primero, como es sabido, quedó en nada, y el segundo en una condena en firme y las prisiones de un exministro y su lugarteniente. Con el de Pinochet muchos prorrumpimos jubilosos: no hay verdadera justicia en el mundo, cierto, pero nos queda la justicia poética, y nos dimos por satisfechos, más o menos, porque los partidarios de la justicia poética es sabido que nos contentamos con poco. ¿Y en el caso Gal? El juez inició ese proceso, guardado por él en un cajón, únicamente cuando se vieron frustradas sus ambiciones políticas, según se dijo. Se ha dicho también que Dios escribe recto con líneas torcidas, y esta es la prueba:  un juez es lo más cerca de Dios a que puede llegar un hombre.

Lo que siguió es de sobra conocido: se abrieron contra Garzón tres causas, una por autorizar unas escuchas ilegales, otra por interpretación abusiva del código penal en el caso de las fosas del franquismo y la tercera por sospecha de cohecho. Le condenaron por la primera, se desestimó la última y con la segunda la cosa quedó en tablas. Comprende uno la indignación de este juez, viendo las varas con las que se le ha medido a él y con las que se mide a otros dioses, a Dívar, por ejemplo, pero no debería extrañarse, porque es antiguo como el mundo: quien hizo la ley hizo la trampa. Y esto no tiene nada que ver con el franquismo, sino con la condición humana. Es probable que si Garzón no fuese un juez estrella jamás se hubiese ocupado del caso de las fosas (ahí es nada: 114.000 casos de desaparecidos en uno),  pero no deja de ser un hecho que al hacerlo, incluso con argumentos jurídicos deficientes, dignificó la memoria de las víctimas e impulsó la exhumación de los restos de miles de ellas. No lo han echado por este caso, sin embargo, como asegura él, dando a entender que la justicia española sigue en manos del franquismo. No es así. Seguro que quedan aquí otros jueces que seguirán haciendo un buen trabajo. Ahora, entiende uno, como algo humanísimo, que quiera hacerse aplaudir su mutis con frases tremendas y creer que alguien que acaso se ve como el Cid Campeador, tiene derecho a ser víctima no de un pobre funcionario, sino del mismo Franco o de todo el franquismo, como la duquesa de Medina-Sidonia, que al ir a ser arrestada por unos simples números de la Guardia Civil, recordó que a ella sólo podía llevarla detenida un capitán general. Detención aquella injusta, por cierto, pero esa es otra historia.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia de 26 de agosto de 2012]

20 de agosto de 2012

James Bond, Su Majestad y los paracaídas

CUANDO usted lea estas palabras habrán terminado las olimpíadas, pero cuando yo las escribo apenas hace unos días que acaban de empezar. ¿Las recordaremos por algo especial? Aquellos a quienes los deportes interesan poco, probablemente no, serán unas olimpiadas como tantas, gente corriendo, saltando, compitiendo por tierra, mar y aire a veces en deportes de lo más extravagantes, en fin, lo de todos los años bisiestos. Y ojalá sea así. Es mi caso, y sin embargo, creo que no olvidará uno nunca estas olimpiadas y no por nada relacionado con justas y torneos, sino por algo admirable que sucedió durante la ceremonia de apertura.

Es cierto que esas ceremonias son cada vez más aparatosas y colosales y  nos remiten, más que a Grecia, a Roma, y más que a uno de esos sobrios y majestuosos estadios del Peloponeso, a los circos romanos, abigarrados, ruidosos y cosmopolitas, es decir, a la diferencia que existe entre una nación pequeña como la Hélade y un imperio como el romano que abarcaba desde Persia a Britania. 

¿Y los Juegos de Londres? Nos mostraron a los británicos, desde luego,  tal como son,  dueños de una historia fascinante y portentosa que justifica su excentricidad, su jactancia y la indiferencia que sienten en el fondo por todo aquello que no sea inglés (con excepción, claro, de todo lo francés, por lo que se perecen). Sabedores de que no se puede ir así por el mundo, se lo han hecho perdonar todo con una de las más finas aportaciones a la civilización: ese humor que les permite reírse de sí mismos antes que lo haga nadie.

Y aquí queríamos llegar. A ese momento de la ceremonia en que apareció en las macropantallas del estadio olímpico un personaje de ficción, el agente secreto Bond, James Bond, encarnado en el actor Daniel Craig, entrando en Buckingham Palace para recoger a la Reina de Inglaterra. Lo que sucedió a partir de entonces resulta subyugante. Un doble de la reina y un doble de Craig subieron a un helicóptero para lanzarse desde él  sobre el estadio olímpico. A los pocos minutos, los que se supone que tarda una reina en caer desde dos mil metros en paracaídas y en arreglarse un poco la permanente y los pololos, la auténtica Reina, de nuevo en carne mortal, hizo su aparición ante los rugidos de ochenta mil espectadores que agradecieron hasta el delirio la irrupción de la ficción y de la realeza en la pobre realidad de sus vidas grises, que son también las nuestras, haciéndonos a todos parte de esa ficción. El deportista Sebastian Coe aludió a continuación, en su discurso, al hecho de que cada vez que Londres organizó unos Juegos, el mundo atravesaba tiempos difíciles de los que salió. ¿Cuándo no son difíciles los tiempos, de cuáles no se sale? La muchedumbre secundó, no obstante, esa obviedad por lo mismo: ¿quién no necesita consuelo, quién no quiere ver un final feliz? Por eso la ilusión de que Bond se hacía real y la Reina irreal nos enardeció tanto, al menos a los ilusos, que en ese momento hubiéramos estado dispuestos no a inmolarnos por la Reina (la verdad, a tanto no llega uno), pero sí a saltar del sueño a la vida, adonde hemos vuelto, quiero decir, adonde nos han vuelto a tirar, sólo que sin paracaídas.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 19 de agosto de 2012]

Un doble de la Reina de Inglaterra salta en paracaídas sobre el estado Olímpico de Londres la noche de la inauguración de los Juegos Olímpicos de 2012.

13 de agosto de 2012

Entramos en resonancia

Así como los rascacielos modernos están diseñados para neutralizar los efectos de los seísmos, los puentes colgantes lo están para amortiguar las acometidas del viento, pero a veces ni siquiera es preciso que este sople con demasiada fuerza para llevar  al puente a lo que los ingenieros llaman “efecto resonancia”. Basta con que el viento sople de una manera especial, constante o a rachas, potenciando y acompasándose con las primeras oscilaciones, para que el puente, mecido al principio como una cuna, olvide las leyes de la física y empiece a descoyuntarse de una forma epiléptica. Hay abundantes ejemplos tan asombrosos como aterradores en Youtube. Escriba “puentes en resonancia” y aparecerá una colección impresionante donde escoger. El final de un puente cuando ha entrado en resonancia, es imprevisible, como un monstruo al que han despertado fuerzas desconocidas: en unos casos se va sosegando poco a poco, pero en la mayoría el puente acaba rompiendo los tirantes de acero que lo sostienen y cayendo al vacío en mil pedazos.

Que España ha entrado en resonancia es cosa evidente. Todo empezó de una manera imperceptible. Las cifras subían y bajaban al principio de una manera acompasada, como una bailarina en punta de pies: un día subía un poco la bolsa, al otro bajaba, al otro subía, al otro bajaba, y así con todo, la prima de riesgo, los parados, los precios, la inflación..., más o menos como El lago de los cines. Hasta el día de hoy en que, fuera ya de control, la realidad se muestra ingobernable, convulsa y  aterradora, tal y como imaginamos Una noche en el Monte Pelado. ¿Qué hacer?, nos preguntamos unos a otros por decir algo. Esperar que amaine el viento, y poco más, mascullamos amedrentados. ¿Protestar? ¿A quién, de qué, para qué? ¿A los banqueros, por ladrones? ¿A los políticos, que hemos votado todos? ¿De que pedimos prestado lo que no podríamos devolver, de que nos lo hemos gastado de una manera insensata? 

Por otro lado no puede asegurarse que nadie parezca saber lo que está sucediendo ni adivinar lo que ocurrirá. Leemos artículos de gente experta, escuchamos a premios Nobel de economía y otras instancias respetables, y ninguno se pone de acuerdo, como si también ellos hubiesen entrado en su propia resonancia mental, pues parecen decir lo primero que se les ocurre. Por si fuese poco, el efecto resonancia lleva aparejado otro, no menos misterioso: el efecto hipnótico; mientras ese puente da bandazos a uno y otro lado, fuera de control, es imposible apartar la vista de él, si acaso la tempestad no nos sorprendió cruzándolo. Es lo que ocurre a todos esos millones de alemanes, holandeses, franceses y demás, que miran el espectáculo con las manos en los bolsillos, a este gigantesco puente que une el océano Atlántico y el mar del Egeo, atravesando Portugal, España, Italia y Grecia. ¿Qué ocurrirá? ¿Recuperará su estabilidad, se vendrá abajo? Sólo podemos asegurar que las grandes catástrofes de la historia se anunciaron siempre por un pequeño movimiento, casi de ballet, que no supimos reconocer sino cuando ya era tarde. 
        [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de agosto de 2012]

5 de agosto de 2012

Para mí lo ancho y para ti... la herencia recibida

“La herencia recibida” es la frase que más hemos oído desde que llegó al poder el actual gobierno. En realidad es un clásico de todos los gobiernos nuevos, del signo político que sean: echar la culpa de todo al predecesor, sin pensar que este ha salido del gobierno seguramente por eso, porque iba a dejar una  mala herencia, lo que ha permitido a los nuevos desalojarlo del poder. O sea, que en vez de protestar tanto, los nuevos deberían estarle agradecidos a la herencia recibida, aunque, desde luego, no a todas, porque alguna de esas herencias no eran de los otros, sino sólo suyas.

Por ejemplo, la de Bankia y aquellas entidades financieras deficitarias dirigidas en su mayor parte por políticos afines al gobierno actual, de las que los españoles hemos heredado, como es bien sabido, cincuenta, sesenta, setenta mil millones de euros de pérdidas. Claro que sus directivos y consejeros obtuvieron de tales sinecuras, durante los años en los que aseguraban que eran entidades gananciosas, decenas, centenas, millares de millones de euros. Por esa razón sería bueno, ahora que sabemos cuán fraudulenta o  inope fue su gestión, exigirles que devolvieran lo ganado, quiero decir, lo robado, hasta el último céntimo, pongamos que durante los últimos doce o quince años. Y lo mismo cabe decir de la deuda recibida de las comunidades autónomas y de los municipios, que durante años administraron sin tasa ingentes fondos comunitarios para todo tipo de asuntos municipales, comunitarios, industriales o agrícolas que han hecho ricos  a algunos pobres y más ricos a muchos ricos, pero no a  usted ni a mí ni a tantos a los que ahora nos hablan de sacrificios, en aplicación de la más clásica doctrina capitalista: privatizar beneficios y socializar pérdidas, o sea, cuando gano, gano yo, y cuando pierdo, perdemos todos.

Los actuales gobernantes hablan de la herencia recibida, sí. Pero vemos que sólo recuerdan parte de ella. Por ejemplo, han heredado un buen sistema sanitario público, con personal competente al que no se le puede pedir ningún sacrificio más, porque lleva haciendo grandísimos sacrificios, a veces por sueldos indecorosos, mucho antes de los tiempos en que aquí se despilfarraba y robaba a mansalva. ¿Qué hará el gobierno con esa herencia? Justamente porque el actual presidente prometió en su campaña electoral que no tocaría el sistema sanitario, hemos de temernos lo peor. Han heredado también unos telediarios públicos ejemplares por su profesionalidad e imparcialidad. Así lo consideraban millones de españoles que los convirtieron en  líderes de audiencia en España desde hace cinco años. Esa era también una buena herencia. Puesto que algo funcionaba bien en este país, habría valido la pena dejarlo como estaba, sin tocarlo, pero han empezado a sucederse ceses y remodelaciones, convencidos de que el espejito mágico no decía a los nuevos gobernantes todo lo guapos que son y lo mucho bueno que están haciendo, y han decido romperlo. Hay infinidad de indicios que así lo señalan, desde luego, el más llamativo de los cuales es este: no hay telediario o programa informativo ya en la televisión pública en el que no se nos recuerde que la culpa de todo la tiene la dichosa herencia recibida.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 5 de agosto de 2012]