31 de mayo de 2012

Dos romanticismos

IMPOSIBLE referirse a los hermanos Valeriano Domínguez Bécquer (1833-1870) y Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), el pintor y el poeta, sin pensar en su vida y, sobre todo, en sus muertes prematuras y trágicas, en plena juventud, uno con treinta y siete años y otro con treinta y cuatro, distantes una de otra apenas unos meses. Morir joven hace dos siglos no era, ni mucho menos, una descortesía de la vida para con los vivos, al contrario, en muchos casos, en el de los artistas románticos, por ejemplo, se diría que fue una atención que la vida tuvo con ellos, aureolándolos para siempre de genialidad y malogro.

Esta exposición nos propone que miremos al mismo tiempo dos obras de Valeriano, el pintor, una de las cuales es un retrato que hizo a su hermano Gustavo Adolfo, el poeta. No es el retrato por antonomasia del romanticismo español que acabaría figurando en los poco románticos billetes de banco, a los que el poeta se refirió amargamente en una de sus rimas, sino otro, un apunte a lápiz en la hoja de un álbum de viaje, concretamente el que ambos hicieron a Veruela, hoy mítico y célebre.

En el cuadro vemos a un carlista. El carlista fue en el siglo XIX un tipo más, como el bandolero, el majo, el chispero, el torero. Así, pues, se nos propone en esta exposición un cuadro importante de su autor, con su empaque y su ambición, y un boceto, apenas una nota íntima, familiar, en el taller de su vida cotidiana.

¿Qué vemos en estas dos obras, tan distintas? Vemos en una a un viejo. Vemos en la otra a un joven, cuya barba cerrada, no obstante, le echa años encima. El viejo se agazapa y se encoge, sepultado en su chambergo. El joven, por el contrario, mantiene en alto su cabeza. La mirada del viejo es torva, sus ojos pequeños, como granos de pimienta, no son de fiar. La mirada del joven nos la figuramos, en sombra, serena y melancólica. El viejo es, sin duda, un hombre taimado, astuto. Hay algo en su rostro, acaso en ese gesto de sujetarse la barbilla, que nos lo presenta maquinando, combinando ¿qué? La sublevación, la emboscada. Sostiene en la mano un periódico: La Esperanza. Hay algo, y aun mucho, de irónico en este detalle. Basta el nombre de este pasquín para que recordemos los reveses que ha encajado la causa legitimista, las derrotas que ha sufrido en el campo de batalla. El hecho de recordar que no han perdido la esperanza de ver algún día a su pretendiente en el trono de España es una manera de recordar a los carlistas todo lo que han perdido desde hace medio siglo, todo lo que no ganarán en el otro medio. Hay sarcasmo en el pintor, sin duda, tal vez una retranca, muy sevillana, de presentarlo con ese periódico doblado en cuatro. Ni siquiera lo lee. Los carlistas no leen. Lo diría Baroja, que tanto noveló sus guerras y guerrillas, muchos años después: el carlismo se cura viajando. No habría hecho falta irse tan lejos, podría haber dicho también que el carlismo se cura leyendo, el modo de viajar que tienen los pobres. El carlista de Valeriano no lee, sólo muestra la munición, el panfleto, la soflama escrita. Lo muestra al lado del garrote en el que se apoya. La letra, esa al menos, con sangre entra, trata de recordarnos. Porque no parece necesitar ese hombre un garrote para apoyarse en él, digámoslo claro, sino para atacar, para abrir las cabezas, para apalear a los enemigos de Dios, de la Patria, del Rey. Contrasta con él la figura de Gustavo Adolfo. Su mano nos señala algo. Algo que no vemos. El simbolismo de una mano es grande. Y también hay en esta obra unas palabras, Portrait of Bécquer. ¿Esnobismo, ironía de un dandi? La relación azarosa de dos obras como estas puede haber sido providencial: si en el carlista se nos recuerda por ese periódico la naturaleza de su cerrilismo español, en esas dos palabras inglesas se nos sugiere un vago deseo de Bécquer, de los Bécquer. Es un deseo profundo: no ser de aquí, ser de otra parte. Comparten ese sentimiento con Baudelaire, quien acogiéndose a la palabra spleen se hizo la ilusión, por estos mismos años, de haber escapado de París y acaso, de su propia lengua. Fue así como nació en Francia la poesía moderna, y así como nació en España nuestra modernidad, de un romanticismo, el romanticismo de ser otro.

A falta de un país lejano al que poder irse, los Bécquer recorrieron media España. ¿Qué buscaban en ella? ¿Viejos monumentos medievales, ruinas moriscas, iglesias abandonadas, paisajes pintorescos? No, se buscaban a ellos mismos en la naturaleza. La Corte no les gustaba, y aun siendo liberales, tampoco los gobiernos liberales (y no estará de más recordar otro álbum que hicieron en común, Los Borbones en pelota, la más ácida, procaz y pornográfica sátira que nadie haya perpetrado nunca contra una reina y su esperpéntica corte de los milagros).

Siempre me he imaginado a los hermanos Bécquer como a los becquerianos hermanos Machado, Manuel, Antonio, José. Le han parecido a uno todos ellos, aquellos y estos, autores de obras que parecen haber sido realizadas en común, libros y cuadros, como en uno de los viejos talleres familiares en los que la autoría no era ni freno ni acicate, sólo la fatalidad de un sentir y un pensar comunes, alimentados por la misma leche espiritual desde la infancia.

Ver juntas estas dos obras de Valeriano, el retrato del conspirador carlista y el de su hermano, la pintura trabajada y el esquicio, nos ha hecho pensar en el epitafio de Larra, que hemos recordado en otra parte de este catálogo: “Aquí yace media España. Murió de la otra media”. La media España, la noble, idealista, ilustrada y romántica España que murió joven de la otra media que, envejecida y taimada, agazapada y cerril, parece esperar su momento masticando torva y eternamente la palabra esperanza, con la esperanza, sí, de quitársela a todo el mundo.
        [Publicado en el catálogo de la exposición Otras miradas, que puede verse ahora en Madrid]




30 de mayo de 2012

Interludio

LO que se se ve en el vértice de ese ciprés es un gato, subido allí por las circunstancias. Lo que se ve en la foto de abajo es una mastina, de guardia, al acecho. Les separan seis o siete metros, que uno encuentra insuficientes y la otra insalvables. Hasta que advertimos la escena, ya había pasado un día con su noche, según nuestros cálculos. Producía angustia. Los músculos del gato, agarrotados después de tantas horas en tensión, le impedían soltarse de las ramas a las que permanecía abrazado con todas sus fuerzas, cuando intentamos bajarle. La expresión humanísima del animal era de pánico. Manuel, su dueño, uno de estos hombres sabios que da el agro, no dejó mucho lugar a la esperanza: no se fíen, nos dijo, ese volverá a las andadas, quiero decir a las subidas, y tendremos que volver al rescate. Se diría que lo que está sucediendo hoy en el mundo, sucede como un fractal en este remoto rincón de Extremadura, como en fábula.

29 de mayo de 2012

Madrid en octavo

SE trataba de poner en relación dos obras, una de la BNacional, y otra de diversos museos españoles. La solicitud partió de JMBonet, comisario de esta iniciativa y la noticia de todo ello mejor verla en este enlance. El primero de los tres textos con los que uno ha contibuido es este:

La colección en la que leo desde hace muchos años los artículos de Fígaro y El pobrecito hablador es la que publicó Repullés en cinco tomos en Madrid entre 1835 y 1837, en vida de su autor, Mariano José de Larra. Son tomos pequeños, en octavo menor. Para quien no esté familiarizado con la capa de los libros, le diremos que ese octavo equivale a algo muy pequeño. Caben esos libritos en una mano y en el bolsillo de la levita. Sé que esta palabra, levita, nombra algo que desapareció hace mucho de la faz de la tierra, pero mientras exista la palabra, existirá esa prenda que, junto con el sombrero de copa, nos trae el perfume exhausto del romanticismo.

Me gusta leer a Larra en libros que él vio, que acaso pasaron por sus manos, sugestionarme con mis propias ensoñaciones. La letra en la que estos están compuestos es muy pequeña, a compás del tamaño de la página. Proliferaron en el romanticismo los tipos de imprenta liliputiense, se diría que necesitaban equilibrar su exaltación desaforada con esa clase de letras que son a la tipografía lo que las violetas a la naturaleza, algo secreto. Decía que la letra en la que están compuestos esos tomitos es pequeña, pero los tipos son claros, la tinta negra y apretada y la impresión tan neta que se lee en ellos con agrado, sin esfuerzo.

A Larra se le lee siempre sin esfuerzo, porque su tono es el de las confidencias. Unos volúmenes en octavo como estos son lo más cercano que podremos encontrar a una confidencia, a una violeta, a algo secreto. El gran hallazgo de Larra no ha sido, como a veces hemos creído, su gran capacidad de observación, la denuncia de los vicios nacionales, la caracterización de los tipos de la época y sus costumbres. Ni siquiera su visión sombría del ser español, esa que, como uno de los calotipos que vendrían poco después,  parece haber quedado fijada para siempre en su cubeta literaria por el ácido de su suicidio. El hallazgo de Larra fue el tono. El tono literario, el tono moral, del que está excluido el suicidio. El suyo, cómo expresarlo, fue un descuido. Jugando, diríamos, con la vida, y a la vida la carga el diablo. Se le fue la mano, sólo eso. Nada hay en la obra de Larra lo bastante significativo como para pensar antes de que se suicidara que era un suicida, por lo mismo que nadie pensaba que a Joselito le iba a matar un toro, porque nada en su toreo, clásico y apolíneo, lo exponía al peligro. Todo en la obra de Larra nos habla de un hombre que ama sobre todas las cosas, como Cervantes, la realidad. Y lo hace con un humor no siempre cáustico. Darse el apodo de El pobrecito hablador es una muestra de su talante simpático. Tampoco nadie que ame la vida como él la amó, levanta un falso testimonio contra ella, y el suicidio es siempre un falso testimonio. Pero a Larra se le complicaron un poco las cosas y empezó a verlo todo negro, y en un descuido se quitó la vida, la suya y la que nos daba en sus artículos. En uno de los últimos, célebre por el desenlace que le esperaba agazapado, el titulado “El día de difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio”, Larra nos habla de Madrid. Lo recorre para nosotros, nos lleva por diferentes calles y plazas, nos pone ante muchos de sus monumentos y edificios notables, para concluir que “el cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio”, bajo una lápida en la que leeremos un epitafio que se haría no menos célebre: “Aquí yace media España. Murió de la otra media”. No reconocemos a Larra en este artículo, en el que también se le fue la mano, como tampoco reconocemos en él Madrid. El Madrid de Larra podríamos hallarlo, por ejemplo, mucho mejor, en esa maqueta tan fascinante como risueña de León Gil de Palacio. Nos hace pensar en Madrid como algo  que cabe igualmente en nuestra mano, como si lo hubiese no ya reducido de su tamaño natural a esa manejable escala, sino plegado. Como el pliego de un libro en octavo, como la carta que se guardara en el bolsillo de la levita. ¿La carta del suicida para el juez? Desde luego que no. Bien al contrario.

Se diría que más que una maqueta de la ciudad, se tratara de un espejo, el espejo por el que vamos nosotros paseando ese otro espejo famoso del que habló Stendhal. Sé que cada vez que se ponen juntos dos espejos, acabamos un poco mareados por la fuga de imágenes, por la mise en abîme. Vale la pena ahora detenernos en esto. Ten un poco de paciencia. Esta maqueta de Madrid, acaso por la honestidad del cartógrafo-artesano, es, como también Larra, una exaltación de la realidad. Nos abismamos en ella reconociendo lo que aún está en pie, nostalgiándonos con todo aquello que no logró sobrevivir a la piqueta. Pero al fin y al cabo reconociendo que en ese Madrid del XIX cabe aún, como por milagro, algo de nuestro Madrid del XXI. De modo que nos resulta fácil descubrirnos a nosotros mismos en ese Madrid liliputiense. Pero tampoco nos resulta difícil descubrir a Larra paseando por esas calles en miniatura, de aquí para allá, en sus cazcaleos innumerables, arriba, abajo, a un lado y otro, fatigando sus suertes y amoríos, con el espejo en la mano, el famoso espejo de sus artículos. Y llegados a este punto se produce el pequeño milagro: y del mismo modo que algo de nuestro Madrid está aún en aquel Madrid de la maqueta, reconocemos algo, y aun mucho de nosotros, en el corazón de Larra. Se diría que nos lleva consigo a todas partes, que nos pasea y nos muestra, festivo, despreocupado, irónico, sarcástico, sentimental, soñador, desengañado, idealista una vida, la suya, que no es en esencia muy diferente de la nuestra, la de ahora mismo, en idéntico punto que la suya en lo tocante a ilusiones y desengaños.

Este viaje, del tomito en octavo de Fígaro al Madrid en octavo de León Gil de Palacio, es un viaje sentimental. Leer a Larra es volver a Larra, inagotable. Mirar la maqueta de León Gil de Palacio es no acabar nunca de mirar. Una y otra obra parecen haberse concebido con el espíritu del niño. El Madrid de Larra, en la edición de Repullés, cabe en el bolsillo de la levita. El Madrid de Gil de Palacio tiene la escala de los juegos. El de Larra acabó, por un descuido, en juego trágico. El de Gil sigue siendo un juego feliz. Pero los dos fueron un día el mismo juego.
    [Publicado en el catálogo de la exposición Otras miradas, que puede verse ahora en Madrid]



28 de mayo de 2012

Arreglando el mundo

EL más nonagenario que octogenario director de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, Antonio Bonet Correa, acaba de publicar Los cafés históricos, un libro lleno de ilustraciones y datos en el que se habla de cafés literarios de medio mundo, incluidos los españoles, naturalmente. ¿Por qué han desaparecido los cafés; por qué los escritores no  tienen en ellos sus tertulias como las tenían hasta los años setenta  del siglo pasado; hay algo comparable hoy a todo aquello? Estas más o menos fueron las preguntas de una encuesta que se le hizo llegar a unos cuantos escritores a raíz de este interesante libro.

No es un tema de actualidad, lo comprendo, el mundo se está viniendo a pique y aquí seguimos usted y yo de cháchara,  hablando tranquilamente de esto, de aquello y de lo que se tercie, como se hacía en los cafés. Quizá la gracia de todo sea precisamente esa, que uno puede ser testigo de cómo se viene el mundo abajo sentado en un café. Recapitulemos, no obstante. Antes los hombres se citaban en los cafés y las señoras se quedaban recibiendo en sus salones, eso siempre y cuando no le hubiese tocado a uno ser un paria, en cuyo caso no había ni barruntos de cafés ni de salones. De los cafés románticos y de los de la Restauración, en los que los hombres salvaban la patria, se pasó a los cafés de la vanguardia, como el Pombo de Gómez de la Serna, en el que perder el tiempo llegó a ser considerado una de las bellas artes. Al tiempo, los varones aprovechaban para huir de sus casas gélidas y de sus seres queridos por unas horas, haciendo bueno el dicho: “Como fuera de casa en ningún sitio”. Cierto que el invento tenía algunos defectos: el humazo de los cigarros, el ruido, la orquesta y, principalmente, el que a partir de cierta hora no hubiese en ellos más que alguna mujer de la vida, por lo general tísica y hambrienta como una loba (lupa, en latín, y de ahí lupanar, por donde había que pasar, por cortesía, antes de volver a casa).

¿Cómo pudo desaparecer una institución como el café que llevaba funcionando casi doscientos años? La gente tuvo que tomarse en serio lo de trabajar, se legalizó el divorcio y en las casas empezó a haber calefacción. Y por si faltaba algo, la puntilla: internet hizo lo que habría sido inimaginable unos pocos años antes, se podía volver a discutir, bravuconear, arreglar el mundo, murmurar, calumniar, despreciar, insultar, fingir o proclamar a los cuatro vientos agravios e injusticias, y todo, al fin, sin pisar la calle, gratis y en muchos casos, el de los cobardes, con anonimato garantizado. Acaba de inventarse, pues, el verdadero Café Universal. Y sin embargo, perdiéndose ahora uno en este minucioso libro de Bonet Correa, hemos sentido la punzada de la nostalgia menos llevadera, esa que nos habla no del pasado, sino de los futuros irrealizables: hoy, el de la resurrección imposible de un Café Ideal sin humo, sin ruido y sin misoginia. Pero sobre todo, la nostalgia de tener toda una tarde para nosotros sin hacer nada, o sea arreglando el mundo con buenos amigos allí presentes, sin murmuraciones y sin muchas ilusiones, quiero decir, todavía con alguna esperanza.
      [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 27 de mayo de 2012]

27 de mayo de 2012

Camba en el Abc sevillano

UNA buena parte de los escritores, de uno y otro bando, no siempre fanáticos en su vida civil, olvidaron pronto lo que escribieron en los periódicos, como olvidaron los propios periódicos mucho de lo que publicaron.
Ha contado uno alguna vez cómo las horas muertas en una vieja casa de campo rodeado de papeles viejos son horas impagables por lo que tienen de tranquilas y pródigas. Nuestra mente ha dejado en la ciudad acucia y controversias, y aquí parece haberse contagiado del silencio que defienden los gruesos muros y la penumbra de muchas habitaciones. Ningún lugar mejor que el campo para el estudio. Sin quererlo acaba uno contangiándose de lo que le rodea, árboles y flores, pájaros y criaturas, y se dice: "Nunca pasa nada, y cuando pasa no importa".
Este invierno debió de ser cruel también para los ratones, que dieron buena cuenta de los abecés sevillanos de la guerra, anidando en ellos de modo confortable, a juzgar por las virutas que han dejado. Rescatados de su lugar los que quedaron mejor, pasto de las llamas los inservibles, henos aquí con un montón de periódicos viejos, dispuestos a pasar la tarde.
En uno, un artículo de Cunqueiro, en otro, otro de Ruano. El primero defiende lo indefendible, el segundo vende lo que en ese momento se vende solo: el fascismo italiano. ¿Y Camba? Camba también escribe, porque Camba quiere seguir con su costumbre de vivir de hotel y hacer dos comidas al menos cada día en buenos restaurantes, y esa costumbre no se la va a alterar ninguna guerra. En el primero de los artículos que he leído, 6 de agosto de 1937, titulado "Negrín, negroide", no disimula la calderilla racista: "¡Negrín, negroide! ¡Negrín, hombre tropical y de pelo rizoso!" ni su misoginia xenófoba, a propósito de la mujer rusa de Negrín, a la que atribuye todo el éxito de este: "Cualquier extranjera, por poco absurda, estrafalaria y desgarbada que fuese, servía en los comienzos de nuestra República para hacer carrera política". El segundo de los artículos, 24 de febrero de 1938, es también chocante. Frente a las guerras modernas, en su opinión, prágmaticas, reivindica las guerras de religión de España, románticas e idealistas, de la que esa de 1936 es la última: "En aquella ocasión memorable [Lepanto] España salvó la civilización occidental, ni más ni menos como la está salvando ahora. Entonces se llamaba Cristiandad a lo que hoy se llama Europa (...) y España salvó a la cristiandad, es decir, el tipo más perfecto de civilización y de cultura conocido hasta la fecha (...) lo que suelen olvidar al increparnos esas milicianas rojas, tan pagadas de la libertad con que se mueven o menean en Barcelona y Madrid". 
Acabó la guerra, y Camba, misógino, como Baroja, pero no rufián,  pudo volver aliviado a sus temas de siempre por suerte para sus lectores, aunque lo hizo en una España más cristiana que nunca en la que en efecto no fue fácil moverse, y menos aún menearse.

Abc, 2 de septiembre de 1939.  "Reivindicaciones alemanas". La víspera Alemania ha invadido Polonia, dando origen a la guerra más devastadora y criminal que se haya conocido. Abc no duda: "Nos hallamos, pues, en los umbrales de una gran página de la Historia Universal. Hitler, en su magnífico discurso, ha contestado a la fuerza con la fuerza, repeliendo una agresión que hacía callar a la dialéctica". Lo que traducido a 2012 no dice otra cosa que: "Las reclamaciones al maestro armero".

26 de mayo de 2012

Cortaplumas y otros usos

EL tipógrafo Alfonso Menéndez, compañero de tantos años y atento siempre al bazar tipográfico del mundo, nos envía estos tres linques (¿o deberíamos decir línquenes?). En el primer caso, libros acopiados por un amigo. Hay de todo aquí, mucho bueno. Se muestran, en el segundo, algunos objetos y alfabetos curiosos. Y en el tercero, un chibalete alzado, la ciudad de Minerva. Acaso tengas tiempo de pasearte, hoy sábado, por este pequeño mercado persa en el que lo más grato de todo, el olor de las especias, es gratis.

25 de mayo de 2012

Un tren que se va

NOS subyugan los trenes, toda clase de trenes. No hay uno solo feo, todos tienen su encanto y su poesía, hay algo simbolista en ellos, su traqueteo, acaso ese monótono discurrir suyo en verso alejandrino, el silbato dejado atrás como un adiós interminable.
Este de POrtega, que vio JMBonet hace unas semanas, nos embelesa aún más tal vez, pues se adentra en lo oscuro: "una cremallera de luz que fuera cerrando la noche", dijo de él MCañedo Gago. De todos los túneles, el de la noche es el más misterioso, nunca sabemos en qué aurora nos dejará, de qué país, ni siquiera si acertaremos a salir de él.
Las vidas pasan. Antes de desaparecer para siempre trazan una curva majestuosa. Después apenas nada, unas luces blancas que se confunden con las estrellas y en la inmensidad de la noche un estrépito de hierros viejos que se queda en nada, como si al hierro se le fuesen cayendo sus secos pétalos. ¿Los oís, oís los delicados pétalos del hierro, de los viejos y orinecidos hierros de ese tren, los pétalos de hierro? 
La noche los guarda entre las páginas negras de su libro, como quien guarda vestigios de todo lo que fue, de las vidas otras.



24 de mayo de 2012

Nigel Dennis, tranquille dans sa chambre

EN medio del despiste generalizado del hispanismo, todavía queda algún hombre tranquilo y sensato que se acerca a nuestra historia y a nuestros escritores y poetas con una delicadeza también infrecuente en buena parte de la crítica española. 
Uno de esos hombres justos, Nigel Dennis, presentará mañana en Murcia, en el museo que lo ha editado, Ramón Gaya, el taller de la soledad (Museo Ramón Gaya, Murcia, 2012). 
Hallamos en este libro alguno de los ensayos y esquicios más finos y certeros que se hayan escrito sobre Gaya, así como una larga conversación con éste. Nigel Dennis trató y conoció igualmente a Bergamín, objeto de muchos de sus ensayos, y Bergamín le sirve para acercarse a Gaya: "El hombre no piensa más que cuando está solo", nos recuerda, y también: "La verdadera solidaridad no es posible más que entre solitarios", y ese es el camino que los textos publicados en ese libro parecen encontrar para explicarnos cómo Gaya no pudo ni quiso ser otra cosa que un "pájaro solitario", como Juan Ramón, Cernuda, Chacel, Zambrano, el propio Bergamín y algunos más de la generación de los solitarios, de los difíciles. Pues a pesar de ser textos, los de Nigel Dennis, escritos para muy diversas ocasiones y propósitos y a lo largo de estos últimos treinta años, parecen estar recorridos por una idea idéntica siempre, la de que crear es creer y creer, la manera que los creadores tienen de estar solos y comunicados entre ellos, como si tuviesen en mente aquel "nosotros los solitarios", de que habló Nietzsche.
Tras esta visita y dejarnos discretamente sobre la mesa su libro, como quien deja las llaves de su casa, Nigel Dennis volverá a su entoldado rincón escocés de St. Andrew University , a sus estudios  habituales: una vez más Bergamín, Gaya, Gómez de la Serna. De todos ellos ha escrito con finura espiritual, intelectual. El mismo libro, el mismo ensayo y la misma vida, convencido de la exactitud de las palabras de Pascal, que él ha escogido para ellos, para nosotros: "Tout le malheur de l'homme vient de ne pas savoir se tenir tranquille dans sa chambre". Un hombre, sí, tranquilo, en un mundo, el del hispanismo, que se parece cada vez más  a un tiovivo loco cuyos jinetes fuesen los del Apocalipsis, pero fumados, a tenor de lo que en él se "investiga" a menudo, se escribe y se publica.

Nigel Dennis en casa de Cuca y Ramón Gaya, Madrid, 22 de mayo de 2012

23 de mayo de 2012

Alcance del mediodía

¿QUÉ encontramos en las viejas postales que no hallamos en las recientes? ¿Sólo una realidad en blancoinegro? ¿Esa seriedad del huecograbado que no tienen ni el ofset ni la cuatricromía plastificada? ¿El descubrir, como en esta de Madrid, un paisaje idílico que ya no existe, una ciudad que destruyó en cien años todo menos su nombre? ¿El pensar que, cuando se circuló, el mundo estaba mejor hecho que el nuestro? ¿Las figurillas que permanecen de pie bajo aquel árbol, no más altas ya que la hierba, hierba ellas mismas, ciertamente? ¿Saber que en ese trozo de cartón se da fe de un impulso de dicha, pues dicha es ya llevarla a aquellos que están lejos, a quienes se quiere hacer partícipes de ella?
Nos abismamos en ese río que perdió primero sus riberas y después el agua y años más tarde el cauce a manos del llamado progreso, y sin querer su corriente infinita nos lleva al lago profundo de la melancolía. ¿Y qué diremos de sus huertas, de sus besanas? La tradición dice que aquí le labraron dos ángeles a San Isidro uno de esos campos. Podemos oír el coloquio de las quimas de los árboles y el aire, el gorjeo de los pájaros, los vanos parlamentos de las ranas, el sueño de la ciudad casi despierta. ¿No están diciendo esas riberas los pensamientos del perfecto pescador de caña, el diálogo platónico, la égloga? 
Y todo sucedió hace menos de un siglo. Unos franceses la enviaron el 30 de diciembre de 1913 a una familia marsellesa para felicitarles el nuevo 1914, lejos todos aún de imaginar la destrucción y muerte que traía para Europa y especialmente para Francia esa cifra. Según el matasellos, la postal se franqueó en el alcance del mediodía, aquel correo extraordinario que iba en pos del ordinario.
¿Llegó a su destino? ¿Llegó a su hora? ¿Ha regresado? Nada sabemos, sino que está de paso y que todo sucede siempre o un poco tarde o un poco antes, es decir, o demasiado pronto o demasiado tarde.


22 de mayo de 2012

Más almanaque que nunca (una carta)


"QUERIDO A.:
He estado leyendo al Arcipreste, y me he encontrado con la palabra 'tragonía' (gula), que sale en el Drae como "vicio del tragón", y en el Autoridades como "glotonería, gula, exceso y desmesura en la comida" (mucho mejor; como mejor tratan aquí a tu ruiseñor). Qué maravilla, tragonía. "Murió tras una larga tragonía".
Tendrías que hacer unas coplillas con palabras como esta y tus 'pelibro' y 'griste', mots-valise que dicen los cursis, palabras baciyelmas que digo yo.
Aparte: Jardiel anota una errata magna: se hunde un crucero (crónica periodística) y, pese a los muchos esfuerzos de la tripulación, mueren ahogados cantidad de pasajeros. "Descansen en pez".
Abrazos
G.
PD. También he estado leyendo el Lazarillo. Varias veces. Y en ediciones diversas con comentarios varios (Ruffinatto, De la Concha, Rico, etc.) Nadie nota que al final Lázaro debe decir "Hasta hoy nadie nos holló sobre el caso", y no oyó. Míratelo. Esto es novedad mundial, sé cauto. Y he visto otras cosas parecidas, en plan corrector instruido (contigo me he forjado). Podríamos hacer una edición nueva del Lazarillo. Con pocas notas y modernizando algunas cosas. Por ejemplo, "dolor de muela" sería dolor de muelas directamente, sin necesidad de nota al pie. Dar golpes "de pie y mano", (episodio del buldero), también en plural. Modificar cosas menores para que, entre otras cosas, al lector no le parezcan puras erratas. Te mando aparte otros detalles. Con un vocabulario al final. Por ejemplo, "como" es a menudo "que". "Defender" es "prohibir", etc. Tampoco nadie cae en la cuenta de que el 'para' es  'por' (como muchas veces en Lope) en "y dejáronle para el que era" (episodio del escudero), es decir, que le pusieron en evidencia".
Hasta aquí la carta de Gabriel García Santos, virtuoso guitarrista, excampeón de ajedrez y en la actualidad corrector de pruebas y de estilo (Discreción y seriedad. Avisos en esta casa), carta que yo reboto a nuestro buen amigo Francisco Rico, por si tiene este a bien decir o decirle cualquier cosa al respecto.

Solares. Madrid, 17 de mayo de 2012. Se hablaba el otro día aquí, a propósito de unos arrabales madrileños, de la poesía que tienen los solares, eterna como la primavera. Estos le salieron a uno al paso, a mediodía, la hora suprema de los vagabundos, camino de cierto simpático negocio, a tenor de esos solares, quiero decir, ruinoso para todo el mundo y pese a ello, alegre.

21 de mayo de 2012

Sigue siendo un crimen

FRANCO se murió en dos tiempos, como es sabido. De una tromboflebitis y, al año, de todo lo demás. Su primera agonía se siguió en España, en la España que aún merecía este nombre, con tanta esperanza como impaciencia, quiero decir que vivíamos todos en un perpetuo sinvivir. El hecho iba a ser, no hacía falta ir de adivino para barruntarlo, de una gran trascendencia para todos nosotros, y sin embargo no puede uno rememorar aquellos momentos sin recordar otro insignificante. Una amiga estaba a punto de dar a luz a su primer hijo por aquellos días, mientras Franco estaba que si finaba o no. Rompió aguas, la llevaron al paritorio, y en él decidieron hacerle una cesárea. Cuando la mujer volvió de la anestesia, sus primeras palabras, todavía entre las telarañas de la inconsciencia, no fueron, como cabría imaginar,“¿Ha sido niño, ha sido niña? ¿Está bien?”, sino estas tan diferentes y llenas de ansiedad: “¿Se ha muerto ya?”. Y hemos de recordar que era una pregunta, como poco, insensata, ya que la parturienta no conocía al obstetra, que podía ser un franquista contumaz y maliciar en la pregunta un acto subversivo y quién sabe si desencadenar las represalias.  Bien. Acababa de dar la vida a un hijo, pero sólo le preocupaba la muerte de un tirano, viejo y decrépito. El hecho, anonada.

“¡Oíd cómo hemos tenido día tras día tanta pureza al lado nuestro, en casa, y hemos seguido sordos!”, son unos versos de Claudio Rodríguez escritos en tiempos tanto o más difíciles que estos. Los ha puesto al frente de su último libro, En otra casa, el poeta Antonio Moreno. Remisa, la primavera ha tardado este año bastante en llegar,  y acaso por ello sea mucho mejor recibida. Por desgracia las cosas no están para hablar de flores y del canto de los pájaros, pero también sabemos que los pájaros no han dejado de cantar nunca, ni en las páginas más sangrientas de La Ilíada. Sin salirnos de este día encontraríamos, por ejemplo, veinte asuntos  infinitamente más graves que el que desencadenó la guerra de Troya, que duró diez años y trajo la muerte a los hombres más nobles y valientes que han pisado la Tierra: pobres, jubilados, emigrantes que no podrán pagarse sus medicinas; gais, y no gais, que tienen que oír de obispos y curas que lo suyo es una enfermedad; gobernantes que no iban a tocar los impuestos, subiéndoselos no a los que más tienen, sino a los que trabajan más (y será difícil dilucidar qué votan los que trabajan, pero en absoluto saber qué votan los que teniendo más consiguen pagar menos); colas de gentes depauperadas, como en Las uvas de la ira...

Basta. No está claro cómo vamos a terminar el año, ni siquiera si vamos a poder llegar a fin de mes, pero al lado nuestro, en casa, hemos tenido día tras día toda la pureza del mundo, y hemos seguido sordos. Hace cuarenta años encontrábamos anómala la pregunta de nuestra amiga en el momento en que daba a luz su hijo. Y hoy... lo mismo. Oculto entre las hojas nuevas, canta un pájaro carbonero en medio de la ciudad. Su canto podría romperle los pulmones, tal es su brío. ¿Qué haremos? Él solo ha conseguido vencer el ruido de los coches y recordarnos que sería un crimen seguir sordos a su pureza.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 20 de mayo de 2012]

20 de mayo de 2012

El cuello de mi camisa (un almanaque y una novela)

ME piden que relacione Hemeroflexia, el blog que llevo cada día desde hace un año, y el Salón de pasos perdidos, la obra que se escribe como diario y se publica como novela desde 1987.
La palabra almanaque es vieja. Ya no circulan almanaques, excepto El Zaragozano, que la gente compra por fantasía. Sin embargo esa es la palabra que he escogido para nombrar mi blog. La palabra blog no me gusta, pero ha acabado imponiéndose. El origen de la palabra almanaque, árabe, es por lo menos poético. Quiere decir “alto de caravana”. Los pueblos semíticos comparaban los astros y sus disposiciones en el firmamento con camellos en ruta. De ahí pasó a significar el lugar en el que se daban informaciones relacionadas con el tiempo, las estaciones, las fiestas y otros sucesos más o menos notables. Excepto la del Rey y la de pocos más, la vida de la gente, incluida la mía, desde luego, es poco notoria, así que cuando tiene uno que hablar o escribir en el blog recurre a cosas menudas y variadas, como los buhoneros, y la idea de plegar los días como una pajarita de papel me pareció también atractiva, sobre todo porque podía uno llevarla encima sin llamar la atención.
Contra lo que puede parecer, en internet es bastante difícil llamar la atención, precisamente porque hay muchos queriendo hacerlo. La posibilidad de que en internet puedan leerle a uno tantos y el hecho de que lo hagan muchos menos, a algunos les causa una gran melancolía y a otros los enloquece. Lo mejor en todo, si se es escritor, esa es mi impresión al menos, es hacer como que habla uno para el cuello de su camisa. Si hay alguien cerca que lo oye, bien, y si además quiere escucharlo, mejor. Si no, no hace uno el ridículo gritando en el vacío.
No se me ocurriría ensayar teorías generales sobre los blogs ni sobre nada. De Salón de pasos perdidos, un híbrido, se han publicado diecisiete volúmenes en los últimos veintitantos años. Algunas personas me han dicho alguna vez que eso es ilegal, como pescar con artes prohibidas, que no se pueden mezclar los géneros como yo vengo haciendo. Yo no lo veo así, pero no se lo discutiré a nadie y seguiré haciendo como mejor sepa para encontrar en la literatura el sentido que no tiene la vida, y no creo engañar a nadie advirtiéndole de que se trata de una novela.
Hemeroflexia, por el contrario, no es una novela. En ese almanaque se habla de todo un poco y apenas hay intimidad ni ficción, que se dejan para el Salón de pasos perdidos. Tengo la sensación de que la inmediatez de internet es “el directo”, y yo no soy un escritor de “directo”. Uno, modestamente, pierde mucho en las distancias cortas y necesita quedarse solo, en la sala de montaje. Pensar que pudieran estar leyéndome mil millones de personas, o incluso dos mil, anonada. He visto en películas de Hollywood que a la gente le gusta mucho declararse a su pareja, rodilla en tierra, en los restaurantes ante unos parroquianos que abrochan la actuación del novio o de la novia con un aplauso cerrado, de modo que no sabe uno nunca bien si lo hacen por el amor o por el aplauso. Por esa razón al escribir el almanaque procura uno dejarse en casa las confidencias y deliquios íntimos para otro momento y otros lectores. Pues este hecho es también irrefutable, al menos para mí: uno cree conocer a todos y cada uno de los lectores de sus libros, pero en cambio en internet todos somos un poco abstractos y bastante fantasmáticos. En el Salón oye uno el eco de sus propios pasos más o menos perdidos. En Hemeroflexia, en cambio, siento que soy como esos que cierran los ojos para escuchar mejor la música, y así me parece también que allí escribo tratando de estar atento a la melodía del mundo para tarareársela al cuello de mi camisa. ¿Que hay alguien cerca que quiere oírla, y aun escucharla? Bien. ¿Que no? No pasa nada. Alguna compañía me haré.

   [Publicado en El País, Babelia, el 19 de mayo de 2012]


El Rastro, 13 de mayo de 2012

19 de mayo de 2012

Anotaciones sueltas sobre Chaves Nogales

EN la última edición de Las armas y las letras, 2010, hubo que cambiar lo que se decía de Chaves Nogales en la primera (y disculpe el lector este modo tan indecoroso de entrar en materia). Se decía en aquella primera edición de 1994 que Chaves era un autor desconocido y desde luego excluido de los cánones de la literatura española efectuados desde 1939.
En el corto espacio de tiempo de dieciséis años, de 1994 a 2010, Chaves ha pasado del anonimato a una gran notoriedad, consideración y aprecio indiscutibles merced al desvelo y cuidado también de unas pocas personas por entonces (Abelardo Linares, sin la menor duda, Maribel Cintas, que preparó las obras completas, y supongo que uno mismo), y luego de muchas más, que se han ido sumando con un sentimiento de felicidad y asombro. Al fin un gran autor, no una curiosidad bibliográfica. Algo así no había ocurrido antes con ningún otro escritor, si no me falla la memoria, y ninguna historia de la literatura y del periodismo que se escribiera hoy podría no sólo no tener presente a Chaves, sino no ponerlo en lugar eminente.
Puede ser interesante considerar aquí las razones de su orillamiento pasado y las de su celebración actual, porque ellas tienen que ver de manera muy directa con la propia naturaleza de la obra de Chaves.
¿Cómo explicarnos y cómo explicar a los demás que un escritor tan original y tan sagaz, a quien debemos acaso algunas de las mejores páginas sobre un asunto tan crucial e importante para muchos de nosotros como la guerra civil, hubiera permanecido a la sombra durante tanto tiempo? Podríamos pensar que su biografía había contribuido a ello: al fin y al cabo era menos que escritor, sólo un periodista (“peor, portugués”, respondió Eça de Quieroz a una dama inglesa que le preguntó si era español), uno más de los miles de republicanos a los que devoró el exilio, haciéndolo desparecer muy pronto en un país como Inglaterra, ajeno en cierto modo a la tradición española. No es que los exiliados en Argentina, Chile o Méjico tuvieran más fortuna y trato blando, pero allí al menos compartieron su desdicha con muchos otros, y también idioma y trabajos y publicaciones y cafés... La soledad de Chaves, muriendo antes de los cincuenta años en Londres, se nos antoja una soledad aún mayor a la que sólo podía esperarle un viento helado que dispersara para siempre sus últimos vestigios. Nos decíamos con desaliento: esa literatura suya no le interesa a nadie, ¿cuándo se ha respetado a un reportero?, ¿cuándo se ha visto que la realidad pueda disputarle nada a la ficción?
Hoy, esta explicación ingenua, que dimos por buena algún tiempo, no se sostiene.
Algunos, antes de reconocer su parte de responsabilidad en lo tardío del reconocimiento de Chaves, se apresuraron a declarar que ellos, naturalmente, lo conocían desde el origen de los tiempos por su inolvidable biografía de Belmonte, que reeditó, en efecto, Alianza editorial en los años sesenta, y que a ellos nadie podría haberles descubierto lo que bla, bla, bla, y que si no habían blablado antes de A sangre y fuego, el libro de relatos de la guerra, y de su prólogo memorable, era porque este libro no había circulado en España, lo que también era verdad… Pero lo cierto es que los libros de Chaves, exceptuando ese y otro sobre La agonía de Francia, se habían editado antes de la guerra y languidecían en las librerías de viejo españolas a la espera del lector que pagara por ellos cien o doscientas pesetas, el equivalente a cuatro o cinco cañas de cerveza. Y hablamos de libros tan inauditos, novedosos y brillantes como El maestro Juan Martínez que estuvo allí o los reportajes sobre la Rusia de los zares o sus raids en aeroplano, que hoy se reeditan de continuo. Pero, ¿quién iba a prestar oídos a la pequeña secta en la que se hablaba de aquellos libros divertidos y deslumbrantes?
Así que hubo que esperar al Chaves Nogales de la guerra civil. Y entonces mucha gente empezó a verlo, a reconocerlo, acaso únicamente cuando empezamos a poder ver, reconocer y compartir aquello que decía de la guerra, no antes. Y nos asombró tanto lo que afirmaba de la guerra, como que lo hubiese visto apenas esta había comenzado. Porque también nosotros habíamos sido víctimas de ella, o de su propaganda, creyéndonos algunos de los lugares comunes que habían hecho fortuna. A saber, que del lado de la República sólo había demócratas y con los rebeldes, sólo fascistas; que los escritores e intelectuales de valía, Lorca, Machado, Juan Ramón Jiménez estaban igualmente del lado republicano, en tanto que sólo podíamos encontrar en la otra zona a mediocres sin obra, como Sánchez Mazas, ensayistas sin fuste, como Maeztu, o escritores sin talento, como Muñoz Seca (¿y quién quería hablar entonces de Gómez de la Serna, de Solana, de Baroja, de Azorín, de Ortega, de Unamuno?); y finalmente, y eso era cosa de mayor importancia, que así como la represión de los rebeldes había sido sistemática, masiva y organizada por sus cuarteles generales y la Falange, los excesos y crímenes de la Revolución habían sido fortuitos, de menor cuantía y obra de descontrolados, ajenos al Gobierno de la República y desobedeciendo sus órdenes (esta pacotilla aún siguen vendiéndosela Paul Preston, o en su versión lorquiana Ian Gibson, a los guiris como suvenir rutilante).
Las palabras de Chaves, un pequeño burgués, liberal y demócrata, como se define él, no podían dejar de parecer extrañas, por inauditas, a todo el mundo. A tal grado de aturdimiento se había llegado. ¿La libertad? Nadie creía en ella, nos recuerda, ni Moscú ni Berlín. Lo que pasa en España es trasunto de lo que quieren para ella Stalin, Mussolini y Hitler. ¿El talento intelectual? Escaso, y en todo caso repartido, y casi siempre venal, de Picasso a Giménez Caballero. ¿Y el terror, los crímenes? En ambos bandos por igual, para desesperación de los que como él se proclamaban de una España republicana, liberal y demócrata. El que sea republicano, liberal y demócrata no podrá serlo en ninguno de los dos bandos, concluirá él (como concluyeron otros también, Albornoz, Madariaga, Azaña, Américo Castro).
La teoría de las tres Españas empezaba a ganar adeptos, gentes que no querían formar parte ni ser cómplices de los disparates de ninguna de las otras dos. Sin embargo los representantes de esas dos Españas no dejaron de ser el poder durante cuarenta años, unos en el interior, otros en el exilio. ¿Qué poder? Principalmente el de contar las cosas, el poder del relato, el relato mismo. La opiniones de quienes como Chaves, Clara Campoamor, José Castillejo, Morla Lynch y pocos más recordaban que las cosas no habían sucedido como parecían empeñados los representantes de las dos Españas en hacer creer que habían sucedido, les determinaron a estos a cerrar filas: era preciso acallar a quienes desentonaban en el coro. La primera reconciliación de las dos España empezó a fraguarse precisamente en 1936, cuando las dos Españas pactaron de manera tácita silenciar a todos y cada uno de los representantes de la tercera España, en el interior y en el exilio.
Cuando hace dos meses leímos por primera vez La defensa de Madrid comprendimos al fin la razón por la que habíamos tardado cincuenta años en llegar a su autor: "La verdad es esta: los heroicos y gloriosos ejércitos que luchaban en la Ciudad Universitaria estaban formados con la escoria del mundo. Basta fijar los ojos en la lista de las fuerzas que los componían. Frente a la "Brigada Internacional" de los rojos, la "Novena Bandera" del Tercio Extranjero de los blancos, una y otra, receptáculo de todos los criminales aventureros y desesperados de Europa". Quienes pagaban a los mercenarios internacionales y a los tercios no lo iban a olvidar, y no iban tampoco a perdonárselo. “Mi director [en Ahora] Manuel Chaves Novales: uno de los que no tuvieron fuerzas para soportar este drama”, denunciará el periodista comunista Jesús Izcaray en Estampa en julio del año 37, iniciando con sus apalabras el ostracismo.
Esa es la razón, a mi modo de ver, de su extrañamiento. Aunque hubiésemos querido otra cosa antes, no habríamos sabido, podido ni querido hacerla. La certidumbre de que el ser humano parece condenado a llegar cincuenta años tarde al pasado, cuando aún podrían haberse remediado algunas calamidades y corregido algunos errores, le deja a uno pensativo, porque cincuenta años es lo que corresponde a la plenitud de cualquier vida.
   [En Chaves Nogales, VV.AA. Coordinado por Juan Bonilla y Juan Marqués. Isla de Siltolá, Sevilla, 2012]

Desastres de la guerra d'après Goya. Cárcel de Arahal, 1936.







18 de mayo de 2012

El astrónomo artillado

EL otro día, entre las cosas que vio uno en la nave de Perales de Tajuña, en un montoncito de postales años setenta/ochenta escritas en árabe y fotografías de esos mismos años, algunas con anotaciones igualmente en árabe al dorso, esta de un miliciano artillado. Se diría que más que esperar en el cielo a los aviones, aguardara la aparición de las estrellas. ¿Quién se la hizo? ¿A quién se la envió? ¿Quién la conservó durante estos años? ¿Cómo llegó a los gitanos de Perales de Tajuña? En Morata de Tajuña vivían los terroristas islamistas del 11-M y el paisaje que aparece en la foto podría ser el de algún lugar próximo a ese pueblo y no de Afganistán. Con la mitad de esas conjeturas y preguntas, respondidas de modo adecuado, tendríamos media teoría de la conspiración. Por lo demás, hay algo en esta foto que recuerda la moda orientalista con la que se decoraron los pintores del XIX, de Delacroix a Fortuny, perecidos por la combinación de turbantes y espingardas, o, para decirlo de otro modo:  la modernidad fue desde su origen una exaltación del romanticismo, y del romanticismo al totalitaritarismo, unas páginas más del mismo temario. Así que decir que estamos a un paso de las estrellas a menudo no es más que un encubrimiento, pues de lo que estamos es a un paso del infierno. Claro que no por ello tendríamos derecho a exigirle a nadie que no mire las estrellas ni nadie podría impedir que las miremos nosotros incluso desde el infierno, si allí ha querido llevarnos nuestra mala ventura.



17 de mayo de 2012

Repetición y novedad

DESDE muy niños vivimos en la perpetua perplejidad: “¿A quién quieres más, a papá o a mamá?”, nos preguntaron cientos de veces. Amamos en A lo que no tiene B; en B lo que no tiene A. El nuevo afecto es algo completo, el afecto AB, distinto del afecto A y del B. Quiero decir que, como los niños, seguimos amando en la vida lo que esta tiene de repetición y de novedad, sin que hallemos contradicción alguna en ello. Hasta llegar la madurez, en la que comprendemos que la verdadera novedad del mundo se repite a diario, y toda repetición es siempre novedosa.
* * *
CUANDO soy otro pienso mejor. Cuando soy otro soy mejor.
* * *
YO gano bastante en las distancias largas, dicho con la mayor modestia.
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DE lo que nos damos cuenta, estando distraídos, vale el doble, porque lo lógico es que estando distraídos, no nos hubiéramos dado cuenta de ello. De modo que estar distraídos es la forma más sutil de la atención extrema. 

El Rastro, 13 de mayo de 2012

16 de mayo de 2012

Una fila de casas

NO sabemos dónde estaban estas casas ni si existen aún, ni menos con qué propósito se sacaron estas fotografías, la primera de todas obtenida de la superposición de varias para completar la panorámica. Por conjeturar algo: Madrid (su procedencia del Rastro no sería en ningún caso concluyente) y algo relacionado con ordenanzas municipales, registros de propiedad o ventas. Nada de esto nos importa ahora, sin embargo, sino la rara poesía que parece haberse quedado adherida a esas imágenes. La soledad abrumadora que asoma a todas y cada una de las ventanas, el aire de arrabal de esos solares vacíos, la ropa tendida que diríamos mojada aún después de llevar ahí secándose dos generaciones. ¿Es posible la poesía en un lugar así? No lo dudéis, en alguna de esas casas vivió alguien que escribió también su Poema truncado de Madrid: "Vivir es caminar entre una fila de casas".

Tal vez Madrid, tal vez hacia 1970

15 de mayo de 2012

Luz y tipógrafo


AYER se publicaba en la revista Ambos mundos mi primer trabajo en ella, "D.L. revisited". Invito al lector de este almanaque a que lo lea allí. En él, el primero de una colaboración que deseamos se prolongue, se habla de ese tipógrafo, y ha tratado uno de hacerlo con la mayor libertad diciendo, como quería JRJ, pro y contra. 
Es cierto que se han quedado fuera de mi escrito algunos de los trabajos importantes de Lara,  los libros de Trece de Nieve y de Nostromo o los ingenuos libritos de La Ventura, que hicimos juntos, los catálogos de la March o la revista Buades, a veces, como en este último caso, mucho más interesante por el cómo está dicho que por el qué se dice, por la letra más que por el espíritu de la letra.
Quienes visiten esa exposición, hallarán en ella lo mejor de una época más siniestra de lo que la gente cree, que se llevó por delante a alguno de los mejores, como el propio D.L. Muestras de lo que decimos las hallamos en una anotación muy esnob del último D.L., destacada en un catálogo por lo demás modélico: "En realidad no imagino ahora satisfacción mayor para uno que la de ser cotizadísimo sin valer un duro". Esta frase, entre nihilista y cínica, es de 1988, pero en 1975-1977 aún decía las cosas por las que nos gusta recordarle: "Hay días en que adoro mi vida. Y me siento como un héroe, un superviviente. Otros, cuando por ejemplo me quedo sin gasolina, me siento deprimido y no me gusto nada. Por último, jamás me noto inmundo. Ni soez, ni envidioso. No me encuentro perverso y creo ser gracioso". Quienes le conocimos y tratamos podemos dar fe de que D.L. fue exactamente así muchos años: un tipógrafo luminoso y jovial.

14 de mayo de 2012

El ruedo ibérico

Decía Tolstoi en conocidísima  frase que “todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia desdichada lo es a su manera”. No está uno muy seguro de que sea como dice Tolstoi, pero de  lo que no tiene uno la menor duda es de que en las familias, felices o desdichadas, prospera como en ninguna otra parte el esperpento. En todas, tarde o temprano, acaban apareciendo unos parientes que nos amenizan la existencia con sus ocurrencias, frases y decisiones. Dice el diccionario de la Rae que “el esperpento es un hecho grotesco y desatinado”. Nos gustan los matices. En el matiz está la complejidad. Debería añadir el diccionario que el esperpento produce, en primer lugar, bochorno en quien lo contempla, pero lo cierto es que al tratarse por lo general de un hecho sin consecuencias graves, nos provoca igualmente hilaridad, una clase especial de hilaridad nerviosa, esa que resume la frase “reír por no llorar”.

Confesemos que la mayoría de nosotros hemos vivido todo lo del Rey, los elefantes, la amante y su autoflagelo, así como la mayor parte de las soflamas y llamadas al orden de los mandamases del Estado y de la prensa, esos “Majestad, con el debido respeto...”, confesemos, decía, que los hemos vivido con el ánimo jovial, como si no lo estuviéramos viviendo en realidad, sino leyéndolo en Valle-Inclán. Cierto que era todo inédito, ver cómo los periodistas hablaban sin tapujos de la amante del Rey,  del papelón de una reina infeliz o de los descacharres familiares, pero al mismo tiempo tenía uno la sensación de que todo ello ya lo habíamos leído en alguna página de El Ruedo ibérico.

Empecemos, por ejemplo, por el final: el Rey pidió perdón en once palabras. Pero de qué. Al ser tan pocas no resulta fácil dilucidarlo: ¿Por  haberse roto la cadera en un arabesque cinegético, temerario a su edad? ¿Por haberse largado a una cacería de lujo sin permiso? ¿Por matar elefantes? ¿Por hacerlo en compañía inadecuada? Hemos oído decir que el gesto del rey pidiendo perdón ha sido extraordinario. Bien, veamos: el Rey pide perdón a los setentaicuatro años por algo que viene haciendo desde que tiene catorce, es decir que pide perdón por algo que en el fondo seguramente no cree que esté mal hecho, ¿o preferimos pensar que lleva sesenta años haciéndolo mal a sabiendas? Y en estas estamos.

Imagina uno al Rey hoy, domingo, metido en su casa, contra lo que venía siendo su costumbre. Ha prometido que no volverá a suceder, qué. Pensará melancólico que no es justo que esto haya venido a sucederle precisamente ahora. Del otro lado de la ventana llegarán el barrito de los elefantes y el canto de la sirena. ¿Qué hará? ¿Saltará los muros de su palacio imantado por el elefante, por la sirena? A un elefante se le puede dar esquinazo, pero, ¿a una sirena? Podría facilitar las cosas abdicando en su hijo, dicen los expertos. Dicen los expertos también que no parece probable que ello suceda, de modo que uno, que es sólo un lector del Ruedo Ibérico, confía en que el cuento de hadas que fue todo hasta aquí no se convierta en una farsa esperpéntica, más bárbara que castiza.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de mayo de 20123]

13 de mayo de 2012

Relámpagos, cohetes

SE dedicaban ayer en los suplementos literarios de El País y de Abc (siento no haber encontrado este enlace) interesantes artículos sobre los aforismos, uno de Antonio Fraguas, y otro de José Luis García Martín, antólogo este de un pequeño gran tomo de aforismos de Pessoa (Ed. Renacimiento) que acaba de aparecer. En el primero de esos reportajes hablaba uno de algo sobre lo que deberíamos volver. Hay dos clases de aforismos, los que se encuentran y los que se buscan: en el primero de estos dos casos debe parecer que se han encontrado por casualidad, y en el segundo que se buscan por ninguna razón concreta.
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LOS aforismos pueden ser un relámpago, pero jamás un cohete. El relámpago es a JRJ lo que el cohete a Bergamín.
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LE SALÍAN los aforismos como palomitas de maíz, saltando para todas partes, pero sin sal.
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EL aforismo es la punta de un iceberg. Si debajo no hay nada, no hablamos de iceberg, sino de pompas de jabón.
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IL faut être absolument moderne. ¿Quién lo dice? ¿Rimbaud? ¿Y?
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A Dios sólo le queda una máscara en la recámara: la de desaparecer, la de ocultarse detrás de su propia muerte, a la espera de tiempos mejores. Porque no hay que ser demasiado perspicaces para saber que tarde o temprano Dios acabará resucitando. Justamente porque es Dios y puede hacerlo. No sabemos disfrazado de qué, de amable anciano de barbas blancas, de filósofo o de fórmula matemática.

Napoleón y uniformes militares (Antigüedades Fernández). Perales de Tajuña, 11 de mayo de 2012

12 de mayo de 2012

Del orgasmo, del desahucio

QUERÍA saber el camino desde mi casa a ***, donde nos había invitado un chamarilero del Rastro al desembalaje de las últimas novedades suyas en cachivaches y libros. Puse en Google: “Cómo se llega a ***”, confiado en que habría una página con ese nombre que nos llevara a todas partes, pero lo que apareció fue esta entrada: “Cómo se llega a un orgasmo”. Al principio me sorprendió mucho, pero comprendí, sin haber ido aún a ***, cuánto más importante es en la vida esto que todos los *** del Mundo. Y no te digo después de haber ido hasta allí y haber estado en aquella nave industrial en la que había, sí, un grandísima cantidad de despojos que le hicieron pensar a uno en la entrada que seguía a la de "Cómo se llega a un orgasmo":  "Cómo se llega a un desahucio".

***, 11 de mayo de 2012



11 de mayo de 2012

Política literaria

EN ese monumental tomo de correspondencia de JRJ, recién aparecido y del que se ocupará uno en otro lugar, este apunte graciosísimo del poeta a propósito de Camoens (hay muchos, desternillantes las cartas a  Guillermo de Torre, al que calza un diminutivo como quien le propina una colleja a un tonto: "Guillermito"). Se iba a celebrar en Lisboa la consagración del poeta portugués y se pensaba enviar una delegación de poetas españoles. Un periódico, El Liberal, solicita la opinión de JR, que dice que no ha leído mucho a Camoens y que lo poco que ha leído no le interesa tanto como "para improvisar uno de esos apagados, esternos, antipáticos infecundos amasijos circunstanciales –Azorín, don Ramón Pérez de Ayala, don E[ugenio] d'Ors– que se hacen todos los días por ahí. Tampoco, en fin, tengo noticias de ningún trabajo de don Ramiro de Maeztu sobre poesía épica portuguesa, que sería lo bastante elocuente, sin duda, como otros suyos, para cristalizar en mí, súbita y definitivamente, una opinión en contra". Esta carta, que no tiene desperdicio, es más larga y se publicó en 1923, y le hace a uno sonreír al ver cómo en el corto espacio de unas líneas JRJ podía agraviar a cuatro importantes escritores a los que había dedicado hasta hacía bien poco poemas, libros, prosas, a veces con dedicatorias aljamiadas, como su letra. A Maeztu, El diario del poeta recién casado, con esta dedicatoria: "A Ramiro de Maeztu con la admiración y el afecto de su amigo Juan Ramón Jiménez. Madrid, mayo, 1917".  
¿Qué aprendemos de esto? Que la gente que merece una dedicatoria elogiosa, puede cambiar y volverse idiota; y que JRJ no fue un hombre esclavo de su pasado ni de su futuro: de Azorín, por ejemplo, del que también dice en este epistolario "que merece que le falte al respeto", acabó elogiando sus libros de los años cuarenta y cincuenta, que le parecían, con los primeros, lo mejor de su obra.

10 de mayo de 2012

Café solo y completo

HACE unos días la periodista Ana Marcos le envió a uno estas cuatro preguntas cuyas respuestas formarían parte del reportaje que estaba escribiendo para El País a propósito del libro de los cafés que acaba de publicar Antonio Bonet Correa. El reportaje salió ayer, pero, como suele suceder, las respuestas aparecieron muy resumidas, cuando no desaparecieron directamente en combate.
Pero como un almanaque como este permite restituirlas en toda su extensión, tal y como se las enviamos a nuestra amiga Ana Marcos, ajena sin duda al zafarrancho de la redacción, aquí van juntas, preguntas suyas y respuestas de uno, en tanto se publica el artículo que he escrito para el Magazine sobre este mismo asunto.

¿Participas o has participado en alguna tertulia literaria? Cuáles, cuándo.
Hace mas de treinta años, y durante tres o cuatro, cada semana y a veces dos días por semana. Nos reuníamos en el viejo Café Lyon, de la calle Alcalá. Era un lugar destartalado, de techos altos y sucios, muy tranquilo, idóneo para tertulia. Al lado de la nuestra tenía la suya don Julio Caro Baroja, muy graciosa, porque se pasaban la mitad del tiempo todos enfadados, cada uno medio dándose la espalda, sin mirarse y sin hablarse. El Lyon casi siempre estaba vacío y casi siempre íbamos los mismos. Pocos. A la nuestra, Eugenio Gallego, Chuli y Joaquín Puig, Soledad Puértolas, Ferlosio, García Gual, un funcionario del que no recuerdo el nombre, encantador, una mujer muy guapa, morena, trágica, con ojeras modernistas, a la que en cuatro años nadie oyó una sola palabra, un novelista bohemio que vivía en una pensión de la calle Piamonte, mudo también, y yo, el más joven. Tenía veintisiete años. A veces aparecían otros, pero ese era el núcleo. Se hablaba de todo, Grecia, palabras raras como lígrimo, asuntos del momento. Era una tertulia animada, donde solían respetarse ciertas normas: para decirlo en palabras de Ferlosio, nos ocupábamos de las cosas, no de medirnos con los demás. No sé por qué dejamos de reunirnos. Seguramente al final nos teníamos bastante vistos y, sobre todo, oídos, y sobrevino el desánimo. Casi veinte años después, Soledad Puértolas, José Luis Pardo, Manolo Borrás y yo empezamos a citarnos una vez por semana. Lo llamábamos tertulia también, pero gastamos todas nuestras energías en ir de un lado para otro buscando un café o un pub en el que se pudiera estar, sin música, sin ruido y sin humazo. No lo encontramos, y al cabo de uno o dos años de dar tumbos por Madrid, lo dejamos también.
¿Qué diferencias hay entre las tertulias que se organizaban antes en los cafés y en la actualidad?, ¿a qué se deben los cambios?
Cuando las casas eran frías e inhóspitas, es natural que la gente corriera a reunirse en un café buscando otra temperatura física y moral. El lema entonces era: “Como fuera de casa en ninguna parte”. Ahora la tertulia se la ha llevado cada cual a su casa, la vida moderna ha complicado las cosas y la gente está en las redes sociales, se escriben correos casi instantáneos y se puede incluso insultar y sacar la mala baba española sin tener que dar la cara. Sin duda para muchos, estas serán grandes ventajas. Pero una tertulia bien avenida y ordenada, con exigencias intelectuales, que huya del cotilleo, de la murmuración y del resentimiento, es insuperable, lo más humano que podemos concebir.
¿Cómo ha cambiado el perfil del ‘tertuliano’?
Me sobrepasa esta pregunta. Como si me hubieran preguntado en qué ha cambiado el hombre de hoy respecto del hombre del siglo XIX. Creo que el tertuliano antiguo no tenía problemas de tiempo. Me tocó poner un prólogo hace años al Pombo de Gómez de la Serna y dije que aquellos años fueron felices porque pudieron hacer de la pérdida de tiempo una de las bellas artes.
¿Las librerías cafés son las herederas de estos espacios?
No lo sé. Si hay que entrar en un café o en una taberna, se entra. Ahora, buscarlos uno, hoy día, no. Y prefiero leer en casa, en silencio. No es uno un hombre de cafés ni de bares ni de leer por gusto en medio del ruido. Es probable que no volviera a una tertulia, porque la vida le ha acabado haciendo a uno persona de café solo y completo, pero recuerdo con nostalgia aquella tertulia del Lyon.

Debemos estas instantáneas de cafés de los años 20/30 a Carlos García Alix, que las obtuvo en sus reiteradas pesquisas en los archivos, cuando trabajaba en El honor de las injurias, una gran lección de historia.  Me permito llamar la atención sobre las dos primeras, otra lección de lo mismo.