31 de marzo de 2012

Lo uno por lo otro (Nueva Revista)

PRESENTAMOS antesdeayer en la hospitalaria espelunca de la librería Alberti Gabriele Morelli (responsable de la edición), Juan Manuel Bonet y yo mismo el facsímil de Nueva Revista, editado por Abelardo Linares, quien ya ha publicado antes otras importantes revistas literarias españolas: Renacimiento, Mediodía, LeyCánticoLa caña gris, Los cuatro vientos y muchas más.
De Nueva Revista se publicaron seis números en 1929 y 1930. Es de formato tabloide, como un periódico. No era especialmente bonita, pero a los ochenta años los papeles suelen ponerse bonitos. Los años tienen eso: excepto a las personas, lo mejoran casi todo. 
Era una revista hecha por unos cuantos universitarios, reunidos por José Antonio Muñoz Rojas, Leopoldo Panero, José Antonio Maravall y José Ramón Santeiro. En esta colaboraron muchos jóvenes desconocidos entonces como ellos, Maruja Mallo, Vivanco, Herrera Petere, Ramón Feria, Díez del Corral o Alfaro; otros que ya eran conocidos y aun consagrados, a pesar de su juventud, Salinas, Aleixandre, Cernuda, Alberti, y algunos otros, en fin, que gozaban del estatuto de maestros, como Villalón (casi) o Azorín (aquí con un texto bellísimo). 
En aquel momento en España había muchas revistas parecidas. De hecho había una en cada ciudad, y en todas colaboraban más o menos los mismos. España era una revista que leían pocos pero en la que estaban todos. El modelo fue La Gaceta Literaria. Como si se pasaran la vida de guateque en guateque. Luego todo cambió, la política los separó y cada cual se marchó de lo más jovial a matarse a la guerra. Su núcleo directivo y la mayor parte de los de esta revista mataron con los nacionales.
Leyéndola ahora constató uno estas cosas:
1. Que a los poemas publicados en ella se les nota mucho la época: fililíes, lorquismo y estupefacientes surrealistas (JMBonet llamó nuestra atención sobre el "Poema urbano" de Javier de Echarri, un poema sincopado que habría incluido de haberlo conocido en su antología de poesía ultraísta, que acaba de aparecer). Y que lo de época vale lo mismo para los poetas famosos que para los desconocidos, para los Santeiro, Bouthelier o Luelmo y para los Aleixandre o Alberti. Al ser estos más conocidos, parecen algo más plastas, quizá porque habiéndose circulado más, parecen más tóxicos. Pero no. Unos y otros, en lo poético, apenas pasan aquí de hacer placebos. Por fortuna Cernuda o Panero tenían la poesía por delante.
2. Que mucho más interés tienen las prosas de batalla, las reseñas de libros, las crónicas, que se leen como se lee un episodio nacional. Hemos aludido a la de Azorín, hay más. Estas le garantizan a uno una buena tarde.
3. Que los anuncios de sastrerías, jamonerías, agencias de negocios, tiendas de gramófonos y cajas registradoras o reclamos de "peinados elegantes" son acaso la parte más viva de la revista, demostrando con ello que la vida se queda donde se queda, y que, como dice Manuel Bonilla, hombre de campo: "no sirve querer". Se refiere él a que "no sirve empeñarse en lo contrario".
4. Que pasados ochenta años acaba uno contagiándose del espíritu jovial de sus responsables, y que ya que nos libramos de la guerra, podemos dedicarnos al menos a pasear entre esos nombres como hacen los muchachos entre las lápidas de un cementerio: todas les parecen iguales, sí, pero a esos años pasear abre el apetito.
5. Que no quiere decir lo dicho hasta aquí que tenga uno en poco, ni mucho menos, el trabajo de Abelardo, de Morelli, de JManuel o el mío propio. Bien al contrario. Pero que lo Cortés no quita lo Cuauthémoc, que decía Villaurrutia, y que a estas alturas tenemos ganado, al menos nosotros cuatro, no ser solemnes hablando ni de nuestros negocios ni de unos iconoclastas vanguardistas que hicieron bandera de reírse de todo el mundo. Que nos ríamos un poco con ellos tampoco es grave.
y 6. Que hay algo que emana de estos papeles, y que sólo por eso vale la pena buscarlos y comprarlos (supongo que tampoco valdrán mucho, a pesar de lo bien hecho que está el facsímil; lo nuestro ha sido siempre miseria y compañía): el aire libre y la ilusión que se ve tenían entonces los poetas en el porvenir. Un porvenir que nosotros no hemos conocido nunca. Claro que por suerte tampoco tenemos su pasado. Váyase lo uno por lo otro.

Nueva Revista. Facsímil. Estudio de Gabriele Morelli. Editorial Renacimiento

30 de marzo de 2012

De la huelga en general

TUVO uno ayer el corazón partío entre los huelguistas, cargados de razones para hacer la huelga, y los sindicatos, con escasos motivos para ella.
* * *
RESULTA desalentador constatarlo: el único día en el que los sindicatos parecen trabajar duro es precisamente en el de la huelga.
* * *
COSA, casa, caso. Mi patrón soy yo, y ayer la otra parte de mí hizo huelga. Lo raro es que hoy he ido a mirar en mi diario por saber cómo había ido la cosa en casa, y leo que en mi caso la siguió un 78%.
* * *
Y aprovechando la huelga, se dedicó mi 22% esquirol a poner en limpio y ordenar papeles, libros y recortes atrasados, entre ellos, estos, curiosos, sacados de no sé dónde. Debieron venir aquí en su día, elaborados, cuando se habló de los pájaros.
En el pinzón la costumbre de esclavitud ha vencido el ansia de libertad, y si se le abre la puerta de la jaula se quedará en ella. O sea, un pájaro de lo más humano.
La calandria imita el piar de los polluelos, el maullar del gato, el silbido de los hombres. La calandria tiene una memoria prodigiosa. Cuenta alguien que su calandria oyó dos días cantar a un pájaro burlón y seis años después empezó a imitarlo, para asombro de su dueño.
El pájaro burlón, así llamado en Méjico, por remedar a maravilla el grito y canto de los demás pájaros, cosa propia de la calandria y de tantos otros pájaros, como el chamariz y el estornino.
* * *
MÉJICO, decía Valle-Inclán, se escribe con ejis. Al menos es lo que asegura mi amigo Gabriel García Santos, guitarrista burlón.


Tienda de lámparas y bombillas. Calle Hortaleza, Madrid. 28 de febrero de 2012

29 de marzo de 2012

Amig*s mí*s

HOY hace exactamente un año que empezó este almanaque. Lo he llevado a diario no sé cómo.
Si miro atrás, desconfío de haber sido tan puntual y constante, porque no lo soy con nada. Hago bastantes cosas, es verdad, pero todas tarde o antes de tiempo.
Le gusta a uno escribir esto y aquello, incluso contra esto y aquello, que decía Unamuno, del pasado o la novedad del día, pero siempre para los amigos. Amigos son todos aquellos que se acercan o se puedan acercar en el futuro a nosotros con interés y respeto y un vago impulso afectivo. En ese sentido, no nos han ido mal del todo las cosas, creo, ni a mis amigos ni a mí, porque hemos podido estar juntos cada día unos minutos, haciéndonos compañía buenamente, y así vamos a seguir.
¿Por cuánto tiempo? Quién lo sabe. Y es muy difícil predecirlo, porque lo cierto es que ha habido algunos días que sólo en el último momento se ha armado la entrada y ha podido publicarse, no sé como, ya digo. Hoy por ejemplo. Es un día especial, y acaso por ello debería traer aquí algo especial, me he dicho. Además hoy hay en España una huelga general. ¿Y qué mejor manera de secundar a tantos que tienen más que sobradas razones para hacerla que darles lo que más estimamos de nosotros?
Así que no se me ocurre nada mejor que traer aquí el poema que abre Segunda oscuridad, el libro del que se hablaba ayer, pidiendo excusas, porque no ha sido este nunca un lugar donde se haya evacuado la intimidad, y un poema es lo más íntimo de todo:

MESA

Desalojé mi mesa de cuadernos,
de libros, de papeles.
Plegué mi ordenador portátil,
y la negra ventana que del mundo
metía tanto ruido se cerró.
Desnuda como el día en que la trajo
del taller Pepe Cancho, el carpintero,
quedó irreconocible y sólo entonces
por vez primera en años pudo verse
el dorado oleaje del nogal.
Así siguió durante mucho tiempo.
Cuando pasó esa prueba,
traje el otoño, el mar y unos caminos
e, igual que lapiceros con la punta
afilada, los puse frente a mí
de mayor a menor, como si fueran
una flauta de Pan. Hice lo propio
con algunas palabras de la calle
que perdidas vagaban como perros.
Vino también la muerte, celosa de tal orden,
y me sirvió de vaso: puse en ella una rosa.
El traje de tintero quedó para la noche,
y el silencio pidió el del ruiseñor.
No me importa, poema, quién te escriba
ni cuándo ni en qué sitio,
ni si no fuera yo.


En fin, amig*s mí*s. Que la vida quiera volver a reunirnos dentro de un año, y trabajando, y que este almanaque siga escribiéndose, aunque se escriba solo. Y mejor aún sería que se escribiera solo, ¡o por unos encantadores!, pues acaso así saliera más en su punto.

Carretera de Santa Cruz, Cáceres. 16 de Marzo de 2012. Foto de Miriam Moreno

28 de marzo de 2012

El gai saber: ay tragedia del alma

LA mayor parte de las cosas que nos suceden parecen apoyadas en otra anterior, como descansan en una melodía unas notas en otras, y estas a su vez, cuando cesan, en el silencio que les sigue. ¿Cuál es la razón por la que precisamente hoy, que ha enviado uno su libro de poemas Segunda oscuridad a la imprenta, tropezara con este otro libro, fuera de su estante no sé por qué? ¿Y cómo ha ido a abrirse justo por esa página? Es un libro muy pequeño, cabe en la palma de la mano, como los ases de la baraja, y tipográficamente lo ha considerado uno siempre un dechado del oficio, con ese retrato estarcido de Nietzsche a lo Valloton y su sabia combinación de cuerpos, sin salirse del mismo tipo de letra. El autor de estos poemas, más que Nietzsche, es su traductor, Francisco A. de Icaza, el poeta modernista, autor de aquella memorable copla que puede leerse en un azulejo de La Alhambra: "Dale limosna, mujer / que no hay en la vida nada / como la pena de ser / ciego en Granada". 
Y así dice este poema que Icaza tradujo como "El gai saber", de igual título que el libro de Nietzsche La gaya ciencia o, como parecen preferir los filólogos actuales, La ciencia jovial:

Este libro no es libro, ¡qué te importan los libros!
Son féretros, mortajas...
El pasado es la presa de los libros, 
en ellos del presente no hay nada.
Este libro no es libro, ¡qué te importan los libros!
Son féretros, mortajas...
Es una voluntad, una promesa
que corta las amarras.
Es un romper los puentes,
es un levar de anclas,
es un viento marino,
es del timón la barra,
el penacho de humo
y el ruido de las máquinas;
es el cañón que truena:
es un reírse de la mar encrespada.

¿Que secreto impulso le llevó a uno, precisamente hoy, en que ha enviado su libro a la imprenta, a este otro librito, y en él hasta ese poema que tanto recuerda el de Unamuno, aquel su "armador de casas rústicas", en el que se decía de las palabras de Jesús que eran aladas, "hasta que al fin cayeron en un libro, / ay tragedia del alma"? ¿No se apoyan las notas de nuestra melodía unas en otras, entre sí, y en tantas melodías ajenas?


27 de marzo de 2012

Marcel Duchamp, ¡Presente!

CONFIRMA Duchamp, en uno de los escritos que ahora se le publican, que a él más que la pintura o los cuadros, le interesaba el título de los cuadros. “Para mí el título era muy importante (...) Me dedicaba a poner la pintura al servicio de mis objetivos, y a alejarme de la fisicalidad de la pintura”. Lo extraño es que eso mismo le haya interesado también a la inmensa mayoría de los profesores, críticos, galeristas y coleccionistas durante los últimos cien años, a menudo con una inexorable intransigencia hacia los disidentes de ese credo estético, propia de los regímenes totalitarios. 
Imaginemos no ya a un escritor que se desentendiese de un poema, de una novela, o de un ensayo, y sólo le diera importancia a los títulos; imaginemos a todos los lectores interesados únicamente en eso, en leer títulos de unos libros que ya nadie considera necesario escribir.
Y no es que Duchamp finiquitara el arte, tal como prefiguraba Hegel, o que el arte haya muerto o que entre todos hubiesen acabado con él. Si hubiese sido así, no tendría importancia: cosas de la vida. No, lo cómico del asunto es que hayan arrancado para el título-sin-obra la consideración de obra misma, y que hayan pasado el cadáver-del-arte por arte, con el único propósito de seguir disfrutando del estatuto y de los privilegios del artista en la sociedad moderna.

Marcel Duchamp en el diario Arriba (Foto del Ratro del 25 de marzo de 2012)



26 de marzo de 2012

Este es tu cuerpo

En Autobiografía sin vida de Félix de Azúa, un personaje relata sus soliloquios mientras permanece encapsulado en uno de esos escáneres hospitalarios mitad sarcófagos mitad sputniks que fueran a propulsarnos hacia la nada. Son páginas memorables por su hondura, nacida de una experiencia que imaginamos crucial. Le ha llevado a esa máquina la sospecha de una enfermedad. No habla de ella, no la exhibe ni se lamenta. Podría elevar su queja como Job, tendría derecho a ello, pero no lo hace. Siempre que oye uno o lee uno a alguien sobre sus propias lacerías,  recuerda las palabras de JRJ: “No os toquéis en el dolor”. Ese personaje parece haber tenido presente el consejo del poeta, y mientras está metido en aquel tubo, inmovilizado, su cabeza sigue libre, y piensa con la serenidad de Marco Aurelio sobre su cuerpo y el modo en que lo tratamos y lo tratan en nuestro mundo.

Contrasta este con otras partes del planeta donde la vida y la muerte están tan hermanadas que a menudo no se distinguen. Y no sólo porque vivir o morir no valga allí gran cosa, sino porque la enfermedad y la muerte siguen siendo en tales países parte sustancial de la vida. No es lo que ocurre en nuestras sociedades desarrolladas. Jamás ha conocido la historia de la humanidad un grado tan elevado, y compartido por más gente, del hedonismo. El desarrollo de los placeres corporales se ha sofisticado tanto en el primer mundo que cualquier empleado modesto podría disfrutar de su propio cuerpo, en lo concerniente a sustento, sexo, higiene y confort cotidiano más y mejor de lo que pudieron hacerlo los emperadores romanos o los reyes absolutistas, y la industria destinada a  hacernos más placentera, saludable y larga la vida está tan desarrollada que incluso quienes nos beneficiamos de sus adelantos, podemos reputarlos a menudo de “excesivos” por innecesarios (se puede vivir sin yacusi, desde luego). Atrás quedó el valle de lágrimas, parecen decirnos, y ya sólo tenemos por delante el final de trayecto: Jauja.

Hasta el día en que los cuerpos empiezan a necesitar cuidados médicos. En ese punto un guardagujas desvía el convoy y lo lleva a una vía muerta. Si hasta ese momento el cuerpo era una estampa en technicolor, empieza a ser sólo una radiografía lúgubre en blanco y negro, y ni los propios profesionales de la medicina masificada podrán hacer mucho: no cuentan con medios ni tiempo para tratar los cuerpos enfermos como la sociedad de consumo venía tratándolos mientras estaban sanos, y no pueden darles la atención y el afecto que necesitan tanto como la curación, si acaso esta no depende de aquellos. Así que por los pasillos de ese hospital enloquecido en el que se les ha convertido la vida  empieza a vagar sin rumbo una muchedumbre de enfermos desconcertados  y a menudo angustiados que buscan una salida. Escudándose en que la estampa no es agradable, la sociedad que exhibió los cuerpos sanos, ocultará los cuerpos enfermos, viejos o muertos y con ellos todo lo que estos podrían enseñarnos, la lealtad, los afectos puros en la adversidad, como vemos que aún sucede en otras partes del planeta, donde no huyen del dolor, sino que lo comparten sin banalizarlo.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de marzo de 2012]

25 de marzo de 2012

Pétalos, copos


Campos de Don Benito y Medellín junto al río Guadiana. 16 de marzo de 2012.

MELOCOTONEROS florecidos en Medellín, nieve en Milagros.
La primavera en medio, de lado a lado, como una línea.
El pétalo que la cruza es copo, el copo que la cruza es pétalo. También ellos quieren ser otro.



A1. 21 de marzo de 2012

24 de marzo de 2012

La soledad y sus guardias

LLEVAN hablando tantos años mal de él, que, una de dos, o es aún peor de lo que dicen, o, por el contrario, alguien extraordinario, y no lo pueden sufrir. Porque nadie se toma la molestia de combatir algo o a alguien tanto y durante tanto tiempo.
* * *
ÉL, ella. Marido y mujer. Tenían que meterlos en la cárcel. Sí. Pero en la misma celda.
* * *
LOS haikús, y los proverbios árabes, tienen algo de apócrifos.
* * *
LA verdadera soledad no se llena con nada. Hay que dejar que se seque sola, como los charcos del campo.


Calle Piamonte (Madrid). Trampantojos de un grafitero anónimo. 22 de marzo de 2012.

23 de marzo de 2012

Coda y colla de pájaros

AL haber escrito tanto de pájaros en este almanaque, me hizo mucha más gracia la respuesta de cierto escritor a un cuestionario Proust. Le preguntan por su pájaro favorito, y sin andarse por las ramas responde: "Detesto los pájaros". Me acordé de un poeta al que le preguntaban en un periódico por su relación con la naturaleza, y dijo: "Odio los árboles". Hay una clase de aversiones irracionales que lleva a algunos en cuanto ven un perro o un gato a declarar "no me gustan los perros" o "no soporto los gatos", y otra, tal vez calculada, como esta de odiar pájaros o plantas, que parece obedecer a ciertos pruritos modernos, a menos, claro, que no se trate de alguna clase de alergia.
En fin, por esa razón, por haber hablado ya tanto de pájaros aquí, me ha parecido bien insistir de nuevo sobre ellos (coda), ilustrando este asiento con unos sellos de la Posta Magiar (colla).
El paradigma de lo moderno ha pasado, desde Baudelaire, por el alejamiento de la naturaleza y el acercamiento a la ciudad. En la ciudad moderna aves y plantas se dirían parte sólo del exotismo, recluidas en jardines botánicos o en zoológicos, donde el poeta moderno las visita como emblema de la libertad perdida  (tal el célebre poema de la pantera en el Jardin des Plantes, de Rilke). Pero lo cierto es que aves o plantas, y su expresión más refinada, el canto de los pájaros o el perfume de las flores, nos aproximan al ideal de libertad que viene implícito en la idea de naturaleza. Algo así como si sólo el buen salvaje fuese capaz de ser libre, en tanto que el hombre de las ciudades, y a pesar de la idea de ciudadanía que garantiza su libertad, fuese en el fondo un esclavo, un esclavo que  a menudo necesitará del alcohol o las drogas para sobrevivir en ellas. El prestigio moderno del alcohol y de otras sustancias o, mejor, aún, del vivir alcohólico o enajenado es sólo síntoma de la obligada exigencia de "ser absolutamente moderno".  Así deberá entenderse acaso que nuestro ornitófobo respondiera a la pregunta sobre cuál era su idea de felicidad de este modo: "Beber. Sexo. Escribir. Leer.", por lo mismo que asegura que lo que más aprecia en sus amigos es  “la capacidad para beber como si no existiera el día de mañana”... Tal vez porque la única posibilidad de ser moderno pasa por entregarse a la bebida, no como una actividad liberadora, sino, se diría, narcótica, la única capaz de hacerles a algunos más tolerable la ciudad y la modernidad, borrando el pasado y negando el porvenir.
Lo cierto, sin embargo, es que incluso en las experiencias más trágicas y cruentas de la humanidad, guerras y holocaustos, no han dejado de cantar los jilgueros o los ruiseñores ni han dejado de propagar su perfume las rosas ni de haber quienes aspiran a la libertad de los campos, como la bella Marcela cervantina, o que han salido de la ciudad buscando algo que no se halla en el solo pensar, como sucede en los diálogos platónicos.
El canto del ruiseñor es siempre el mismo canto y el perfume de la rosa siempre es el mismo, sólo nosotros no somos los mismos cada vez que oímos uno de esos cantos o sentimos ese perfume, y no porque seamos sólo un devenir, suma de pasado, presente y futuro, sino porque ese canto y ese perfume nos conmueven y nos transforman, haciéndonos otro, lo otro a lo que también se refería Rimbaud.



22 de marzo de 2012

Madrid-Bilbao-Madrid

CAMINO de Bilbao, la vida tiene estas cosas, tres puentes, entre muchos, cruzan la A-1. En el primero, de lado a lado, con grandes letras, a modo de pancarta, esta pintada de un grafitero: "Contigo 365 son uno". Doscientos o trescientos metros más allá, consecutivo, en el segundo de estos puentes, la segunda de las pintadas: "Sin ti uno son 365". Y el tercero: "Te quiero". ¿Quien será la enigmática persona que se esconde detrás de ese "contigo" y ese "sin ti". No permite nuestra lengua adivinar el sexo de su autor ni tampoco el de la persona a quien van dirigidos los tres mensajes. A menudo la lengua hace invisibles a las mujeres, cierto, pero con harta frecuencia nos vuelve ciegos a todos. Le queda por recorrer mucho camino a la lengua hasta poder decirnos en esos pronombres si le habla un hombre a una mujer, una mujer a un hombre, un hombre a un hombre o una mujer a una mujer. No al calendario, bastante elocuente con sus citas: ayer entraba la primavera.
Y de vuelta de Bilbao, esta foto para mí desconocida, y su misiva: "¿Conocías esta foto española de Seymour, Chim, circa 1936? Podría titularse LAS ARMAS SIN LAS LETRAS... Abrazos. JMBonet". Al verla piensa uno de inmediato en Carlos García Alix y los hoteles madrileños de la guerra que alojaron a todos "sus" rusos. ¿Por qué Seymour, quien le hizo a Alberti por esos días la famosa foto que le haría evocar al poeta aquellos tiempos como su "belle époque", ha querido fotografiar esa habitación y esas armas? ¿Qué hace ahí ese rifle winchester de cazar búfalos? ¿Quiso decirnos Seymour que esa era la habitación de Hemingway? ¿Que la guerra había pasado a ser algo de la vida cotidiana, no más excepcional que el afeitarse?
Como quiera que sea, también la foto, y los pronombres secretos, son parte ya de esta primavera.





21 de marzo de 2012

Fraternidad republicana

LOS papeles llaman a engaño a menudo. Este, misteriosísimo, desde luego confunde. Del tamaño de una estampa, no sabemos con qué motivo se imprimió ni quiénes estaban detrás de él ni en qué época se hizo. Cosa segura es que circularía entre alguna gente, poca o mucha, pues para eso se imprimen los escritos. Por su frente, podríamos pensar en algo pío, y aun ultramontano. ¡Esa cruz roja, unida al nombre de Santiago, evoca tan a lo vivo la sangre que se vertió en su nombre! Sin embargo, leemos en el anverso este breve texto, propio de una sociedad masónica, y todo cambia y lo explica la falta de firma del pasquín y esa palabra mágica que abría todas las logias: fraternidad.
"Los Comuneros de Castilla, defensores de las libertades patrias contra el Cesarismo, llevaron al pecho una cruz roja en la batalla de Villalar (1521), donde pronunciaron la invocación anteriormente consignada [¡Santiago y Libertad!]; por lo cual debemos honrarnos los españoles con dichos símbolo y emblema, representativos del ideal de fraternidad republicana de los Concejos castellanos".
Quién sabe si alguno de los lectores (*) de estas líneas nos ayudará a concluir la historia que tuvo origen para mí entre las páginas de un libro viejo, donde alguien la dejó olvidada o abandonada de modo deliberado, con la esperanza de que cruzara los años como la botella de náufrago cruza los mares.

(*) Y así podría haber sido, si este pasquín es parte de la estela que dejó tras de sí  la logia Comuneros de Castilla,  de 1871, fundada por  el republicano Ramón Chaparro y estudiada por Françoise Randouyer, de la Sorbona de París en el artículo "Los Comuneros de Castilla ¿Una logia revolucionaria?" que nos envía el amigo Àlex Figueras.

20 de marzo de 2012

El tesoro del pajarero (y 3)

NUNCA hubo en España tantos pájaros en jaula ni tanta afición a enjaularlos como en la posguerra. Esta afición dio al traste con otra anterior, la colombofilia, surgida de las legendarias historias que se contaban, acaecidas durante la primera guerra mundial. Después de la guerra civil, sin embargo, había muerto ya tanta gente que las palomas no hubieran sabido ir a ninguna parte, sin contar que fue tan aguda el hambre, que a la mayoría se las comieron. Desaparecieron, pues, las palomas mensajeras, y prosperaron las aves de jaula y canto. Fueron las únicas que podían traer un poco de consuelo a tantos huérfanos y viudas. En ellas tal vez muchos veían una metáfora de la libertad, consolándose así con un canto que a pesar de nacer entre barrotes, o precisamente por ello, era enteramente libre. Años después también esa afición a criar pájaros en jaula fue decreciendo: tal vez nos resultaba demasiado dolorosa la visión de un animal que estando en una jaula tanto recuerda la condición humana. Paradójicamente, el canto de las aves, nos distrae de tales negocios melancólicos.
Cada pájaro sabe el suyo y lo canta como sabe, nos dice nuestro pajarero, en tanto algunos, no satisfechos, les enseñan algunos nuevos, por variarles su tristeza y con esta, variarse la suya propia.
De esto trata el Tesoro del pajarero en las páginas dedicadas a los canarios, "pájaros indígenas de la gran Canaria, de donde tomaron el nombre, y de donde se trajeron por los años de 1417, cuando se conquistó aquella isla", y de cómo puede enseñárseles a cantar: "Después del ruiseñor, el canario es entre todos los pájaros el que mejor pecho tiene para el canto, y cuando es nuevo aprende con facilidad todas las tocatas que se le enseñan, con tal de que se tenga una flauta, organillo, etcétera, para tocar repetidamente los sones que se quiera que aprenda (...) pero téngase entendido que no se le deben enseñar más que una o dos tocatas, porque si se les hace aprender más las confunden unas con otras y nada aprenden con perfección".
Aconseja el pajarero a continuación ni enseñarles muchas ni en otro tono del suyo, porque no atinando en el tono, los pájaros se fuerzan al cantar, y revientan, que es lo que puede pasarnos también a todos.
Quedémonos aquí,  por no alargar más la cosa. Ya irán vinieron currucas, verderones, pardillos o petirrojos, calandrias, chamarices, reyezuelos, hortelanos, pinzones, mirlos, avefrías, tordos, estorninos, tórtolas...

19 de marzo de 2012

El juez juzgado, condenado y absuelto

No resulta fácil tener una idea ponderada de las cosas, y esto no es sólo privativo de los españoles. Pasa en todas partes. Encarcelaron a Vera y Barrionuevo, secretario de Estado y ministro socialista, respectivamente. Felipe Gon­zález, el ex presidente de Go­bierno que los había nom­­­bra­do, acu­dió a la puerta de la prisión el día que iban a entrar en ella condenados por su papel en la guerra sucia contra Eta. Algunos interpretaron su presencia allí como un “Me parece bien lo que hicisteis en su día, a saber, secuestrar y torturar secretamente a los terroristas; no hicisteis nada diferente de lo que hacían ellos a la luz del día, y esto le pareció bien también a una buena parte de los españoles, incluidos aquellos de la derecha que se han aprovechado de tales conductas para desalojarme del poder, y me parece mal lo que hacen ahora los jueces enviándoos a la cárcel; ah, y gracias por vuestro silencio”. Uno de aquellos jueces era Baltasar Garzón, que hace unas semanas fue condenado en parte por razones no ajenas a aquel proceso y en parte porque el camino hacia la verdad y la justicia no admite atajos ni sobrepasar el límite de velocidad. 

En muchas partes se ha dado a entender que tras la unanimidad de los siete jueces que han condenado a Garzón había una oscura trama conspirativa, insinuando que se habían puesto de parte de los corruptos. ¿Pero no podremos preguntarnos si el Estado de Derecho es o no  incompatible con la idea de que el fin justifica los medios? 

A esa causa siguió otra. Como espectáculo podría estar bien desenterrar a Franco y a sus ministros, sentarlos en el banquillo y desposeerles de la victoria en la guerra civil por genocidio, como se le desposee a alguien de un triunfo olímpico por dopaje. Nos conformaríamos incluso con menos: con conocer toda la verdad sobre la guerra, y eso es más o menos lo que pretendía Garzón aplicando a unos delitos atroces el “tipo penal de genocidio” que no existía cuando se cometieron, sólo porque ese era el único modo de no darlos por prescritos y poder juzgarlos. Esto lo sabía él, porque conoce la ley, y lo sabían los magistrados, que proclamaron su error en la sentencia que lo absolvió. 

Uno cree, como tantos, que Garzón ha sido un gran juez cuando acertó (siempre le deberemos el caso Pinochet y la importante concienciación social sobre las fosas del franquismo, un punto de no retorno en ese asunto), y se le recordará por ello, y quizá menos cuando se despeñó por sus propios atajos e instrucciones, y también se le recordará por ello. Es, sí, humano errar, pero la ley está para que se cumpla, y si no hay leyes apropiadas, han de cambiarse o hacer otras nuevas. Se ha dicho que podrían  haber sido más benévolos con él. ¿Habrían podido? Un conductor puede creer tener buenas razones para sobrepasar el límite de velocidad en una carretera. Siempre hay excusas. El radar sin embargo lo pilla. En ese caso, ¿puede hacer la guardia civil otra cosa que multarle? ¿Se entendería que no lo hiciera? Saber que el Estado de Derecho hará cumplir la ley da tranquilidad, o debiera, sobre todo, a quienes no la infringen, porque todos preferimos llegar a la verdad y la justicia un poco más tarde, a quedarnos por el camino.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 18 de marzo de 2012]
El Rastro, 18 de marzo de 2012

18 de marzo de 2012

El tesoro del pajarero (2)

SE dedica la segunda parte del Tesoro del pajarero a las aves de pajarera o canto. 
Una prueba dificilísima para todo poeta es hablar del ruiseñor sin afectarse. El anónimo autor de este Tesoro lo describe así, y por eso decíamos ayer que tanto o más placer nos causa oír al ruiseñor cantando en su boscaje umbrío que tenerlo ante los ojos en la página de un libro como este:
"El ruiseñor franco es un pájaro más pequeño que el gorrión; pero mucho más ligero que este, y tan célebre por su canto que no hay otro que le esceda en dulzura de voz, ni en la variedad de tonos y gorgeos. Tiene el pico largo, flexible y pardusco, y cuando lo abre se le ve una ancha boquera de color amarillo anaranjado: la pluma de la cabeza, cuello y espalda es de un color moreno oscuro, y la garganta, pecho y vientre cenicienta.
"El macho canta con suma gracia, pero la hembra es muda. Los ruiseñores que se han cogido en los bosques, sólo cantan en abril y mayo: los que se han criado en casa desde pequeñitos cantan desde diciembre a mayo, y en este último mes suelen cantar de día y de noche, de manera que algunos se revientan (...) Se conoce que el ruiseñor es macho, cuando en las dos o tres plumas del ala se perciben los estremos negros; en las patas, que miradas al trasluz parecen encarnadas; y sobre todo en el cantar, que es la señal más cierta (...) El que habita en los campos canta durante toda la primavera, y cesa de cantar luego que empolla; el que se cría en jaula canta siempre aun durante la noche, y aprende a silvar y a imitar a los demás pájaros si le enseña".
Como no podía ser de otro modo en quien tiene tanto. La señal más cierta.
                              (Continuará)



17 de marzo de 2012

El tesoro del pajarero (1)

ENTRE todos los oficios como se trajeron aquí hace unos días, no figuraba el de pajarero, habiendo conocido a uno, cuando yo era niño, que se ganaba la vida cazando los pájaros y vendiéndolos por los bares, si los traía muertos, y en su tienda, si eran vivos.
De cuantos animales hacen compañía al hombre entre las cuatro paredes de su casa, acaso sea la del pájaro en su jaula la más humilde de todas, la mínima expresión de compañía. A diferencia de lo que ocurre con gatos o perros, a los que acariciamos, a los que a menudo permitimos que duerman en nuestros regazo o a los que confiamos nuestros sueños, hablamos con los pájaros a través de los barrotes de su jaula y sólo los tocamos, el día en que, hallados muerttos, los sacamos para envolverlos en una hoja de periódico.
Pero en pocos lugares es más feliz un pájaro que entre las páginas de un libro. Se diría que son las líneas de palabras los únicos barrotes que no detienen su vuelo, y así no es nada extraño comprobar que en cuanto cerramos un libro en el que se habla de ellos, los pájaros se ponen a volar de un sitio a otro como en una de esas pajareras tan grandes que caben en ella toda una caravana de camellos.
Así me ha ocurrido una vez más leyendo este Tesoro del Pajarero o arte de Cazar con toda clase de redes, liga, reclamos, lazos y demás armadijos, seguido del modo de criar, enseñar y curar a las aves menores de pajarera o canto, obra recopilada por una sociedad de cazadores de Madrid, y publicada en 1858 en la imprenta de don Ramón Campuzano.
                                                                            (Continuará)

Las estampas que ilustran este asiento y los que vendrán del mismo asunto son litografías originales de las Obras de Buffon editadas en Barcelona entre 1832 y 1835.

16 de marzo de 2012

Meine Dienstzeit. Monumento de barbarie (interludio)

Meine Dienstzeit. Mi servicio militar. Otro pecio del Rastro. Se lo recordó a uno el Europa Kalender de antesdeayer, la agenda divisionaria de ayer. Todos los alemanes que acabaron en España, tras la derrota, con su novela, con su mentira, amparados por las autoridades que habían cantado la palinodia del Reich hasta cinco minutos antes de su desaparición. Aquí se ocultaron, aquí borraron su pasado. El dueño de este libro artesanal arrancó todas y cada una de las fotos que hubo en él, días de gloria. Él u otro. Llegó vacío al Rastro. Cientos, miles de soldados alemanes con sus pequeñas leikas haciendo la guerra y fotografiando sus conquistas europeas. Su siniestro safari humano. Imitaban al Führer, a quien también le gustaba llegar a los sitios y posar para la posteridad. En París, por ejemplo, delante de la Tour Eiffel, como el cazador que acaba de abatir un grandioso animal de acero. Su deliro se escribía con N de Napoleón. El de este pequeño álbum en octavo es más modesto: lo ha decorado con un casco de papel maché pintado con purpurina plateada. La verdadera dimensión de aquel régimen. Su estado exterior muestra los estigmas del tiempo. Parece haber pasado por el frente ruso, tal es su deterioro. Impresiona en este álbum la ausencia de fotografías, que sabemos pequeñas por los soportes que las sujetaban a la página, esa clase de fotos en las que los humanos tienen el tamaño de insectos. De repente te explicas la afición de Jünger, de los jünger del mundo: y si respetas en otros la entomología, en él te hiela la sangre. Por lo demás recuerda este álbum una casa desvalijada, con todas sus páginas desiertas: en cada una de ellas el estigma de lo que no por invisible es menos visible. Abruman, tanto como el crimen, las huellas del crimen. Monumentos de barbarie. 


Cubiertas y páginas interiores del álbum Meine Dienstzeit

15 de marzo de 2012

Nido de agendas

ESTA, editada para los voluntarios de la División Azul, es de 1943 y está inspirada en alguna alemana. En dieciseisavo o pequeño octavo (10,5 x 7,50 cms.) y encuadernada en tela roja. Tipográficamente está bien resuelta, más que bien, aseguraríamos. Siempre encontraremos perturbador el bien al servicio del mal. El bien floreciendo, como un hongo, sobre algo que se pudre. El tono de esta es muy distinto de la de ayer. En 1943 nadie piensa en la derrota, muy al contrario. Todo en ella avasalla con triunfalistas y aterradores ademanes.
Se detiene uno en leer las frases que han incluido para levantar la moral de la tropa y enardecerse: "El ejército alemán es el arma más poderosa al servicio de la libertad de Europa. Adolf Hitler". Otra suya: "Es sublime vivir en una época que coloca ante los hombres empresas trascendentales". Abundan asimismo las píldoras de Mussolini, de Franco, José Antonio, Ribbentrop o Goebbels. No dudan tampoco en utilizar para su propaganda a Goethe: "El verdadero descanso del hombre auténtico es la acción"; o a Homero, "No es bueno el gobierno de muchos; uno debe ser jefe". Entre las efemérides y el modo de presentarlas  cristaliza un involuntario humor surrealista: "12 marzo Viernes: 1935: Inauguración de la línea telefónica directa Berlín-Tokio. 1648. Muere en Soria Tirso de Molina"... 
Dura poco el humor. Busca uno en los pliegues de estos documentos el aire de la época. Lo encuentra por todas partes, las frases, las fotos, el tono del papel. Y llega a hacerse irrespirable al cabo sólo de unos minutos.





14 de marzo de 2012

Europa-Kalender 1944/45 (1)

LOS hallazgos del Rastro. ¿Cómo llegó hasta aquí? Mitad agenda, mitad almanaque. En cuarto. Encuadernación de hule rojo. Apropiada para llevar encima, sin duda en un macuto. Tipografía dura, de batalla. La batalla del Reich en toda Europa. Atrás han quedado ya derrotados los sueños imperialistas de la letra gótica: venció una egipcia (de la familia rockwell), en la que está compuesto. Este ejemplar no ha sido utilizado. 1944/1945. A semana por página. En las páginas finales sólo unas notas, a partir del 4 de mayo del 45. Aquí y allá, intercaladas, efemérides alemanes, desde el nacimiento de Nietzsche a la anexión de Hungría. Recordarles a los soldados de todos los frentes por qué luchaban, quiénes eran. Y muchas páginas de publicidad. Recordarles que les esperaba de nuevo el confort del hogar, los adelantos modernos, en cuanto dejaran instalado en la vieja Europa el trono de los mil años. Debió de pagarla Telefunken, privilegiada en el trato. Anuncios de Merces-Benz, de Agfa, de Pelikan, del Deutsche Bank, de Zeiss Ikon y de otras empresas; presentación de Ribbentrop, fotos de artistas alemanes, músicos alemanes, intelectuales alemanes, industrias alemanas. Todo en ella es alemán, exaltación nacional. Llama la atención, no obstante, la ausencia de símbolos del Tercer Reich. Acaso por esa razón pasara inadvertida a los siniestros sabuesos nazis que todavía hoy recorren el Rastro a la búsqueda de estos trofeos.
Lo más sorprendente, con todo, son estas anotaciones últimas, a lápiz y con apretada, segura, firme caligrafía de alguien urgido a dejar constancia de esos días, sin duda cruciales. "Últimos días de Bln". [¿Berlín?] la única frase en español. Esto lo vuelve más misterioso. El dueño de esa agenda en 1944 (rara agenda en la que figura el calendario completo del año 1944 y sólo hasta marzo el de 1945), estaba lejos de sospechar que sólo un año y medio después todo se desmoronaría para él, quedando así como testimonio de una derrota y ahora, para nosotros, como vestigio de una de las épocas más demenciadas de la Historia.
¿Qué era tan importante anotar en una agenda que ha permanecido intonsa en todos y cada uno de los días que van del primero de enero de 1944 al 31 de marzo de 1945?
                                                                 (Continuará)

Cubierta, páginas interiores y anotaciones manuscritas.

13 de marzo de 2012

Aproximación a la verdad

La revista Mercurio, del grupo Planeta, a cuyo consejo editorial pertenecía el propio Carlos Pujol, acaba de publicar unas páginas dedicadas a su memoria, de las que forman parte estas cuartillas: 

Si la página que escribí sobre Carlos Pujol hace dos meses fue una de las más difíciles que haya tenido que escribir nunca, pues lo hacía ante su cuerpo sin vida, esta será acaso la que menos me cueste, ya que no deja de ser algo que escriba ante el cuerpo vivo de su poesía.
Creo que Carlos Pujol fue ante todo un poeta, antes incluso de empezar a publicar sus versos, lo que hizo de forma tardía a sus cincuentaiún años acaso sólo por respeto, aquel Gian Lorenzo de 1987 que prologó su amigo Juan Perucho. “La prosa es más difícil, pero el verso vale más”, leemos en esa inagotable fuente de saberse literarios y poéticos que son sus “Cuadernos de escritura”, para decir en otro lugar de ese mismo libro: “El poeta está para ver lo que no se ve, para lo que se ve ya está el resto de la gente”.
En 2007 reunió en un tomo que publicó La Veleta sus doce libros de poemas editados hasta entonces, y le añadió otro más inédito, Me llamo Robert Browning, al que se sumó hace unos meses el último, El corazón de Dios, a esperas de que se publiquen acaso los que estaba escribiendo, “poemas píos como tú los llamas”, de los que hablamos la víspera de su muerte, por no hablar de toda la poesía propia que vertió en la de otros, en sus muchas y ejemplares traducciones de Shakespeare, Dickinson, Barret Browning, Verlaine, Jammes, Hopkins y tantos más.
Para el tomo de su poesía reunida escribió apenas una cuartilla y media que bastaría reproducir aquí para que el lector supiera qué pensaba de la poesía en general y qué pensaba de la suya propia. Lo que yo dijera, ni lo que diga nadie de ella, va a ir más lejos ni más alto ni más hondo: “ “La poesía me parece una cosa inagotable y modesta”, escribió en 1961 José María Valverde; y yo no sé qué añadir a estas palabras tan sencillas; una cosa –un objeto, no la vida, aunque hecha de resonancias personales– a cuyo fondo nunca llegamos, y que se traiciona si no se ve con humildad (…) Dar más explicaciones acerca de esta poesía de los últimos veinte años sería un capricho impertinente; lo que queremos y creemos decir siempre es oscuro para nosotros, y la opinión de los demás no sirve de casi nada (…) Los versos dignos de este nombre dicen lo que cada lector cree entender o sentir. Y en el curso de los años sólo se salvan si alguien los revive como propios (la indiferencia o el olvido tampoco son situaciones trágicas, si tuviéramos que recordar toda la poesía escrita hasta hoy, la memoria sería un infierno, o como mínimo el camarote de los hermanos Marx)”.
Parece que le estamos oyendo. Esta manera de escribir suyo que le  era propia, quitándole énfasis y solemnidad (o sea, retórica) a todo lo que pudiera tenerlas.
Como Unamuno, sabía que había dado sus poemas a la indiferencia del público. “Estos libros han sido acogidos con una cariñosa indiferencia, lo cual no es ningún mérito, sólo un accidente”, volverá a decir con ironía, para acabar recordando la cita que puso de Paul Claudel al frente de Retrato de París, uno de los libros que publicó en La Veleta: “siempre decimos una sola cosa, tal vez minúscula  e inacabable, que se viste de mil maneras, porque no disponemos de otra verdad”.
La verdad poética de Carlos Pujol era sencilla y compleja al mismo tiempo, los trajes que usó para ella fueron siempre sencillos, clásicos (“en literatura se es un clásico o no se es nada, se escribe con perennidad o para el olvido”, decía), cuando no disfraces, otras voces en las que él se sentía cómodo, Bernini, Vermeer o Browning, avenidos a decir y a sentir lo que Carlos Pujol quería que dijeran, naturalmente (“hay que robar a otros. Si se tiene talento lo robado será ya inevitablemente muy propio y personal, originalísimo, y si no se tiene talento ¿qué más da robar o no?”).
En todos sus poemas se trasluce un fondo de soledad y tristeza, tal vez las de su propia infancia solitaria y triste: “Infierno es lo que se lleva dentro / sofocado para que no nos pueda”, dice por boca de Browning, pero como no era dado al teatrismo, estoy viéndole salirnos al paso en esta línea con otro de sus versos: “¿Explicar la poesía? ¡Nunca, nunca!”. En otro sitio nos dice que la poesía es  “Una aspiración a la verdad, y a quien aspire a lo definitivo, / a lo claro y tajante, / que no pregunte a los poetas”. Es cierto; pero no dijo nada de los poemas. A los suyos se les puede preguntar todo, porque suelen responder siempre de una manera clara, humilde, sencilla, por intricado y obtuso que sea el sentimiento con que hagamos la pregunta.



12 de marzo de 2012

El Caso abierto

Fue el semanario más anormal que ha habido jamás en España, y el más fascinante. Decíamos la semana pasada que su lectura manchaba las manos de sangre, es cierto, pero también de literatura: hay más literatura en El Caso que en muchas de las novelas que se publicaron en la España realista de la posguerra. Aunque todo es opinable: “Eso de que chorreaba sangre es mentira. Además en aquella época se mataba poco y mal”, le dirá Eugenio Suárez, editor y propietario de El Caso, a Juan S. Rada, autor del apasionante El Caso. Semanario de sucesos. 60 aniversario, que incluye una gran antología facsimilar.

Recuerdo la primera vez que le habló a uno de Suárez Eduardo Haro Tecglen. Se refirió a él con admiración, cierto, pero con alguna reserva. No creo que envidiara su talento de periodista, Haro pensaba que no le hacía falta envidiar eso, y él diría que tampoco envidiaba la fortuna fabulosa que hizo Suárez, pero habló mucho de millones para no pensar que Haro no pensaba en ellos. Quizá la envidia venía de otra parte: Suárez se limitó a contar España y lo hizo mejor que la mayoría de los que decían querer salvarla. 

Empecemos por los millones. Llegó a vender medio millón de ejemplares. Todas las semanas. Lo nunca visto hasta entonces. Causaba verdadero furor entre las clases populares, que lo buscaban abiertamente, o en aquellos que lo hacían de manera vergonzante... Berlanga o Fernán Gómez, que pertenecían a una clase social que encontraba El Caso de pésimo gusto, se dejaron de tonterías y se sumergieron en sus páginas con avidez, buscando en ellas temas para sus películas, como Flaubert sacó de la costilla de un periódico a su madame Bovary. De esas incursiones salieron El Verdugo, de Berlanga, y El extraño viaje del Fernán Gómez.

Con esto entramos de lleno en el otro asunto: el periodismo. También en eso El Caso pudo dar lecciones de probidad profesional a muchos que lo miraban como la escoria de la profesión. Un periodismo sin libertad no tiene ningún interés, y en la España de Franco apenas se podía informar de nada. Suárez, que había sido falangista, consiguió al fin el permiso gubernativo, después de gritarle a quien se lo negaba: “¡¿Y para eso hemos muerto un millón de españoles?!”. Pero tuvo problemas siempre para informar de la realidad española, que seguía intacta allí donde escondía sus demonios. La censura sólo les permitía un crimen por número y eso fue contraproducente: les empujó a hablar de robos, estafas, fraudes, timos... La España real asomaba al fin en los pliegues de la España oficial, y miles de vidas hicieron suya esta enseñanza solanesca: “Lo que sale en El Caso puede sucederle a cualquiera”. Es posible que no todos seamos asesinos ni delincuentes, pero vivimos a dos pasos del abismo. Su éxito fue ese. La gente que leía cada semana la sinrazón de la España negra, como nosotros hoy, no lo hacía para sentirse superior ni para reírse de la desdicha ajena ni por amarillismo, que El Caso no siempre sorteó. Al contrario, lo hacía con el mayor respeto, con la mayor seriedad: contemplaba sus propios fantasmas en otras vidas.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de marzo de 2012]


El Rastro, 4 de diciembre de 2011









11 de marzo de 2012

Agitprop (un trío y un poker)

Se reedita al parecer Antagonía de Luis Goytisolo, y Juan Cruz le hacía ayer una entrevista en Babelia. La primera pregunta y su respuesta son estas: 

"J.C: Escribe Echevarría: «Diré de entrada que Antagonía es una de las grandes novelas del último siglo; comparable en sus logros, y no sólo en su ambición, a títulos como Retrato del artista adolescente, de James Joyce, En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, o El hombre sin atributos, de Robert Musil»... ¿Cómo se siente usted ante esta clasificación?"

"L.G.: Claude Simon [el premio Nobel] [corchetes del entrevistador] decía que para él las cuatro novelas del siglo pasado eran En busca del tiempo perdido, El cuarteto de Alejandría, Ulises y Antagonía".


Se informa igualmente en la entradilla de la entrevista que "la obra cumbre del escritor y académico cuajó en una prisión en el año 1960". Como el Quijote. A continuación se añade que fue "en unas notas tomadas en un rollo de papel higiénico".
Y así todo, incluso mejor.

10 de marzo de 2012

Luna de marzo

A diferencia de lo que ocurre en el campo, donde a la luna se la ve llegar de lejos como a las caravanas de Arabia, en la ciudad irrumpe inopinadamente, al doblar una esquina, al cruzar una calle, confundida con el farol chinesco de un teatro. Si en el campo no hay noche que no falte a su cita y resulta imposible no tener con ella unas palabras, en la ciudad sentimos que no siempre aparece, sólo porque somos nosotros los que no acudimos al encuentro, ocupados como estamos en mil pequeños negocios, cabizbajos, de un lado para otro, como hormigas cuya carga obliga a caminar con la mirada en el suelo. De modo que al descubrirla en lo alto, desnuda bajo su peplo, apenas podemos articular palabra, agradecidos de que se haya dado de tal modo, sin nada a cambio. Sin nada a cambio.

Calle Gravina, Madrid, 8 de marzo de 2012

9 de marzo de 2012

Cada vez que se rompe el mundo

CADA vez que se rompe el mundo, nace otro. Como las flores sucesivas de un calidoscopio: la nueva destruye la anterior, y así sucede siempre, mientras gira. Sin nostalgia.
De las grandes aportaciones de las vanguardias artísticas de principios del siglo pasado, estas son para uno las impagables: el humor y la libertad con la que empezaron a hacer juegos de magia con la tipografía. El humor para exorcizar la muerte que había asomado su hocico en las trincheras de Verdúm con máscaras antigás que se quedarían en una mueca grotesca y terrible, treinta años después, en las cámaras de gas, y sus tipografías rotas, como en Schwitters, metáfora de un mundo que ha perdido sus palabras.
Se lo sugirió a uno esta fotografía tan schwittersiana encontrada en el Rastro la semana pasada. La circuló la agencia oficial norteamericana Usis y recoge los trabajos de reconstrucción tras el devastador terremoto que asoló la ciudad de Ancorage, Alaska, el 27 de marzo de 1964. Sólo lamento que no salga mejor reproducido, como en la foto original, todo ese puzzle de letreros y neones, el schwitters real.

8 de marzo de 2012

Profesiones y oficios (y 5)

ESTOS son algunos de los oficios que he visto de cerca. De ellos, algunos los he ejercido yo mismo en alguna época de mi vida y muchos me ha entretenido y aprovechado verlos ejercitar a otros. Le ha gustado a uno estar cerca de un artesano, mirar cómo trabajaba, dándole conversación si no le estorbaba su tarea. Le gusta a uno ver la destreza de sus manos y con cuánta propiedad y naturalidad hablan de las herramientas y procedimientos propios de su labor. A menudo algunos escritores, poetas y novelistas, teniendo que hablar de tal o cual asunto relacionado con un oficio, delatan su desconocimiento, y sentimos sus palabras  acorchadas y muertas.  Entre los escritores, dos de mis preferidos, que he visto que sentían verdadero amor por el trabajo de los artesanos y los oficios, son Azorín, en toda su obra, y el Ferlosio de las Andanzas e industrias de Alfanhuí. Ambos me parece siempre que saben de lo que están hablando. Por otro lado, recordar que la primera novela española es obra de un niño que ejerció uno de los oficios más antiguos del mundo, lazarillo de ciego, en lo que también cree uno ver una hermosa metáfora de toda escritura, como lo es el memorable pasaje en el que Leopardi nos describe a un "carpintero en vela, / que en el taller cerrado y alumbrado / por un candil, quisiera / terminar su labor antes del alba". El lazarillo que guía al ciego y el carpintero que construye el mundo a la luz de un candil... ¿Caben más hermosos homenajes a los oficios?
Quiero traer aquí en primer lugar el oficio de labrador, por haber sido el de mi padre, que fue también por afición colmenero y curtidor de pieles. He visto también, y alguno lo he ejercido yo en alguna época de mi vida, muchos otros. De todos me gustaría un día escribir un libro, por si el mundo desaparece un día, que quedaran ahí recogidos. Claro que es una cosa muy tonta pensar que va a desaparecer el mundo pero no ese libro. Albañiles, carpinteros, fontaneros, electricistas, aperadores, herreros, zurcidoras, canteros, boteros, zapateros de portal, tan parecidos a los memorialistas de portal y pendolistas, carboneros, armeros, floristas, vidrieros, tipógrafos y minervistas, las obreras conserveras de anchoas en aquella pequeña fábrica asturiana, campaneros, alfareros, canasteras, sastres, churreros, afiladores, cocineras, lañadores, pellejeros, matarifes, capadores, pastores y labradoras, claro, que en León eran igual de frecuentes que los labradores, porque las mujeres trabajaban en el campo, igual que trilladoras, ganaderas, segadoras, lecheras o panaderas, hortelanas y tenderas, tanto como panaderos, tenderos y hortelanos, furtivos, mineros, musicantes (gaiteros, dulzaineros, tamborileros, acordeonistas), esquiladores, fotógrafos minuteros y los otros, cereros, pescadores de bajura y de altura, carreteros y carreros, taxidermistas, guarnicioneros, luthieres, relojeros, joyeros, saltimbanquis, tejedores y tejedoras, imagineros, buzos, fundidores, artificieros, poceros, aljabibes, zarracatines y demás poquiteros del Rastro, libreros de viejo y de nuevo, y porque es el más viejo del mundo y el más triste oficio de todos, el de puta, torneros, encuadernadores, fumistas, viajantes, maquinistas, mecánicos, jardineras... y muchos más con los que en algún caso he pasado no ya horas, sino días, y de cuya amistad, con algunos, me precio.
No obstante quiero recordar ahora especialmente dos, acaso por haberlos visto de niño, aquel hojalatero que trabajaba con la puerta de su taller abierta y de cuyas manos salían lo mismo primorosas aceiteras que troqueladas chapas para tapar gaseosas, y, sobre todo, el astillero del barrio, que surtía de astillas o teas de pino a todas las cocinas de los contornos, cortadas por él con milimétrica exactitud de ebanista, y en cuyo taller tenía montado un cuadrilátero de boxeo en el que entrenaba a los muchachos a los que él mismo buscaba nombre artístico, mi primer contacto con la novela: Angelín Montero "Impecable", Luis Gómez Ardón, "El Lobo de las Omañas", y así.


Tijeras del Museo de la Minería, Sabero (León)