31 de diciembre de 2011

Amig*s...

... Feliz Año.

Aunque estamos lejos

“LA fidelidad es el signo de la verdad”, dijo Hannah Arendt, citando a Henrich Blücher, su marido, en el 85 cumpleaños de Jaspers, su maestro. Fueron los tres, con otros, flores de un mismo ramo. También nosotros podemos proclamarlo sin jactancia al recordar a los amigos, aquí, en esta parte del invierno a la que no es fácil llegar. Claro que son dos palabras, fidelidad, verdad, que nos abruman un poco, como le abruma al rico la pobreza del pobre. Hoy todos somos pobres, apenas nos quedan en el bolsillo unas horas del año viejo, en monedas pequeñas. Pero algunos somos ricos también, porque seguimos juntos, aunque estamos lejos.


30 de diciembre de 2011

De Nacional II, el Emocionante, a ¡Torrontegui! (aguafuertes ibéricas, y 2)

ES uno de los escritores más conocidos, sus libros se traducen a más de trescientos idiomas en más de siete mil países, en algunos de los cuales vende miles de millones de ejemplares a toda clase de civilizaciones, incluso a las tribus sin civilizar, es académico, su salud le permite caminar a la pata coja y apretar las nalgas al mismo tiempo, es “serio candidato” (así lo dicen "los medios") al premio Nobel de Física, de la Paz y de Literatura y publica en los más importantes e influyentes periódicos del mundo un artículo semanal en el que invariablemente se muestra disgustado, irritado, decepcionado, indignado, asqueado, cabreado por la marcha del mundo y en especial de España y de los españoles, que le producen gran disgusto, irritación, asco, cabreo y muchas náuseas.
Hemos de agradecer, no obstante, que la vida haya sido tan generosa con él (y de paso con nosotros) y hacemos votos para que siga siendo igual de generosa, porque asusta pensar lo que ese hombre sería capaz de escribir a poco mal que empezaran a irle las cosas.
* * *
"SE frota suavemente el remate del glande con su mano derecha y repite: "¡Torrontero! ¡Torrontegui!". "Aforismo" leído en Escaramuzas (2011). De su autor, tan simpático como  desmesurado por lo general, podríamos decir aquí lo que dice él de otros en su libro: "inefable", no porque falten palabras para contarlo, sino porque sobran, como también solemos decir de alguien que es "ínclito" cuando no debería serlo.

El Rastro, 18 de diciembre de 2011.

29 de diciembre de 2011

De Raposo a la Corona (aguafuertes ibéricas, 1)

NEMESIO Raposo: Memorias de un español en el exilio (Ediciones Aura, Valencia, 1968). Qué alegría encontrarse nombres que pese a su inverosimilitud son reales. Si además el libro hubiese sido bueno (aunque contenga algunos “detalles exactos", no lo es: por el contrario, por algunos "detalles apestosos" habríamos podido sospechar que este libelo antirrepublicano y francófobo se concibió en algún fondo de reptiles de Fraga y Ribarne, ministro de Información por entonces), si hubiese sido un buen libro, decía, ese nombre, Nemesio Raposo, habría sido además un milagro, real como sólo lo son las ficciones de Galdós.
* * *
LOS únicos parientes que parecen estar resultando leales a la Corona, por el momento, son el exmarido y los antiguos novios (y qué tentación la de escribir antiguos amantes) de la Princesa de Asturias: hasta la fecha no han podido ni estar más callados ni ser más discretos. Quizá ha llegado el día en que el Soberano debería nombrarlos duques, marqueses o, como mínimo, condes. Un amigo, en los tiempos que corren, es un tesoro.


El Rastro, 18 de diciembre de 2011. Tablero de libros viejos.


28 de diciembre de 2011

14.216

ERA obvio, o a M. y a mí nos lo pareció, que todo lo del concurso que se proponía aquí ayer era una gamberrada. Y sin embargo sucedió algo propio únicamente de este mundo de locos: alguien, o álguienes, linkearon la entrada en facebook, twitter y diversos blogs y por primera vez en la corta historia de Hemeroflexia se alcanzaron 14.216 visitas en un día y en unas pocas horas a partir de las cuatro de la tarde, más del doble de las que tiene habitualmente. Entre ellas hemos de contar las personas que enviaron sus respuestas, algunas muy divertidas y de las que sólo se publicaron unas cuantas, las primeras en llegar. Obviamente no se rifó ningún pollock falso, aunque ese pollock falso, de primera época, existe y se puede ver en este rincón de mi página web, junto a otros falsos de Juan Gris, Picabia, Schwitters, Duchamp o Cornell. No sé, en vista del éxito de la convocatoria, ahora seguramente procedería celebrar el sorteo y dar a conocer el nombre y la foto del ganador o de la ganadora, como se hace en las empresas serias.


Jackson Pollock, Red Cody, 1942. La falsedad de este Pollock de primera época está absolutamente garantizada. Por cierto, la solución al enigma de ayer: los tres eran "verdaderos" y uno de ellos estaba al revés, pero ya no recuerdo cuál. El pollockismo dio origen a una moda curiosa en los años cincuenta:  no hubo feria de atracciones en la que la gente no pintara sus propios cuadros en una centrifugadora o en la que, humillados por saberse descendientes del mono, algunos no entregaran los pinceles a un chimpancé con el propósito, supongo, de desacreditar el evolucionismo, aunque se me escapan los mecanismos mentales con los que relacionaban una cosa con otra.

27 de diciembre de 2011

Timos de mayor cuantía

A los timos de mayor cuantía, para evitar a los timados el sofoco de parecer idiotas, los sacan a escena con el aparatoso nombre de estafa. Ha sucedido con esos cuadros falsos que ha puesto en circulación una galería de Nueva York. Se diría que diecisiete millones de dólares invertidos en  pollocks, motherwells, dekoonings falsos, son muchos para llamarlos timo, ¿pero no parece, al fin y al cabo, una versión del de la estampita? Uno, que se toma bastante a pitorreo la beatería contemporánea en lo que al arte se refiere, se sonríe de medio lado ahora, preguntándose qué diferencia un pollock auténtico de otro falso, y quién, sin mirar el bastidor, la tela, la composición química de los pigmentos o la documentación adjunta, pondría la mano en el fuego por su autentificación. Dicho de otro modo: en una cata ciega de pollocks no habría nadie en el mundo capaz de distintiguir uno falso de uno auténtico. Por ello cabe concluir que sólo los hace distintos una cosa: el precio, o sea, lo único que no tiene absolutamente nada que ver con el arte.

Hemeroflexia propone a sus curiosos y sagacísimos lectores, para solaz de estas entrañables fiestas, adivinar cuál de los tres pollocks que aparecen en la imagen es falso, cuáles están reproducidos al revés y cuál es sólo un fragmento del cuadro. Al ganador o ganadores del concurso, Hemeroflexia, integrante de la TICTAN (Tercera Internacional de Cuadros Torcidos ante Notario), les premiará con un pequeño pollock falso del tamaño de una estampita o, en su defecto, si Pollock no fuere artista de su agrado, diecisiete millones de dólares, en sendos billetes, y decimos sendos porque serán de ocho millones y medio cada uno, para poder ponerlos uno debajo y otro encima del famoso mazo.





26 de diciembre de 2011

¿Y si nos quitan lo fumado?

No tiene uno ciertamente demasiada buena opinión de los bares españoles. Suelen ser sucios y ruidosos, por no hablar de aquellos otros en los que además se combinan fritangas y guisotes de olores aborígenes, arrieros. Del gusto con el que están decorados, si a lo que suele haber en ellos puede llamársele decoración, ¿qué decir? Claro que hablar mal de los bares españoles se parece tanto a hablar mal de España, a la que se parecen, que no ofrece ningún aliciente: ni sirve de entretenimiento ni ayuda a mejorarlos. Sin duda esas eran las razones por las que había dejado uno de entrar en ellos hace ya muchos años, en la medida que es posible vivir en España sin acabar dejándote arrastrar de vez en cuando a alguno, por ejemplo en navidades, aunque sólo sea para parecer normal. Debido a estas entrañables fiestas que sólo acaban de empezar ha podido uno constatar que los bares españoles ya no son lo que eran, gracias a la ley antitabaco. Muchos siguen siendo ruidosos y siguen siendo sucios, pero en ellos, al menos, se puede respirar. 

Como sin duda sabrán los fumadores, los hosteleros y las tabaqueras, Rajoy ha anunciado que cambiará esa ley. ¿Y nosotros qué pensamos? ¿Tenemos opinión sobre ese asunto? La tenemos, aunque no será fácil exponerla aquí. En realidad es lo único que nos va a dejar la crisis: opiniones y paradojas. La reforma anunciada sería, qué duda cabe, una pequeña catástrofe. Por razones sanitarias y sociales, sí, pero también... éticas y estéticas. 

Veamos. El hecho de que no frecuente uno los bares, no quiere decir que no sienta nostalgia de ellos, como a veces siente uno, que ha sido fumador, nostalgia de fumar, del humo azulado y de la voluptuosidad de sus volutas, que deberíamos poder llamar voluptas. ¿Y cómo puede ser esto así? Acaso porque bares y tabaco van unidos en uno a sus años mozos, esos en los que nos despreocupamos de media vida pensando que nos queda la otra media. Y aquí viene lo dificultoso. A partir de la ley antitabaco sucedió algo extraordinario en todas partes: los que antes fumaban dentro,  salieron a la puerta de los bares. La mayoría de estos son jóvenes a los que tampoco preocupa su media vida, porque aún la tienen entera por vivir, ni les arredra el frío de estos meses. Y uno, que ya no entra en los bares, les oye al pasar a su lado reírse, conversar joviales, arrostrar animosos las bajas temperaturas, admirándonos a los viejos solitarios y un poco misántropos con esta constatación: las chicas que fuman son o le parecen a uno  las más guapas e interesantes, tal vez por aquello que decía Mae West: las chicas buenas van al cielo y la malas a todas partes. Hasta hace cincuenta años sólo fumaban en la calle las llamadas chicas malas, las viarias, las mujeres con un pasado tratando de vivir al día, pero el pasado, al contrario que nos sucede a los que empezamos a andar sobrados de él, hermosea a los jóvenes que tienen la vida por delante. Parece que Rajoy, siguiendo órdenes de Europa, tratará de quitarnos lo bailado, pero este fin de año será aún más triste si logra quitarnos también lo fumado, hurtándonos a los “flâneurs” esas “paseantes” más hermosas aún que aquellas fugaces de las que habló Baudelaire, porque ni siquiera es necesario seguirlas, paradas como están todavía a la puerta de los bares.
           [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de diciembre de 2011]

25 de diciembre de 2011

Il miglior fabbro

TODOS los 24 de diciembre mi padre recordaba durante la cena de Nochebuena la suya de 1937, en la trinchera, frente a Teruel. Todo ello quedó contado en este escrito que se publicó en El País precisamente otro 24 de diciembre de 1998. Desde entonces he sido yo quien cada Nochebuena, en algún momento de la noche, he recordado a mis hijos, por recordarle a él, aquella otra, mítica en la Historia de la Guerra Civil. Un recuerdo que parece nacer solo, como agua de pozo artesiano. ¿Durante cuánto tiempo brotará, de quién, de quiénes apagará la sed, que es lengua natural de la memoria? 
Hace dos o tres años nuestra amiga Ana Alonso Martínez encontró entre los álbumes familiares, al deshacer la casa donde habían vivido sus padres, este en el que hay un centenar de fotografías originales del Marqués de Santa María del Villar, inéditas, supongo. Son vistas del frente de Aragón y de la entrada de las tropas nacionales en Teruel, a cada cual más extraordinaria y sobrecogedora. ¿Pero es legítimo hablar de belleza entre las ruinas? En realidad lo extraordinario, aquello que nos admira tanto o más que la belleza, es haber sobrevivido, recordarlo, saber que nosotros, hijos de un vivac, nacimos de entre aquellos escombros, y que un año se eslabona a otro en la fragua del tiempo, ese herrero, il miglior fabbro, que trabaja solo.





Marqués de Santa María del Villar: 1. Huesca, camino para circular en la ciudad; 2. Teruel, Seminario; 3. Páginas del álbum. 1937-1938.








24 de diciembre de 2011

Un 24 de diciembre

PARA días en los que como hoy no tengo nada que llevaros a los ojos, ni un ángel que venga a labrarme el campo, me gustaría que sucediera algo, cualquier cosa valdría. Llamar al estornino, pedirle que cantara por nosotros al mundo. Ya está cantando. ¿Lo oís? Lleva el silencio a las ramas desnudas de los árboles, y en medio del silencio nacerá la esperanza. Siempre quise ser pobre, y esa fe me sostiene.

Foto: Envío de Carlos León

23 de diciembre de 2011

Una foto inédita de Marín y el mismo Chaves

LOS que conocemos a García Martín sabemos que donde escribió "La verdad sobre Chaves Nogales", a propósito de los libros de este publicados recientemente en Renacimiento, quiso escribir en realidad "La verdad sobre Chaves Nogales la tengo yo". Por lo demás es una reseña razonada y respetuosa con la que se pueden compartir muchas cosas. Es matizable en minucias. Asegura, por ejemplo, que uno de esos libros, las Crónicas de la guerra civil, inéditas en parte, "viene a desmentir las elucubraciones de Andrés Trapiello sobre el periodista sevillano". ¿Cuáles eran las elucubraciones de uno? Según GM, asegurar en 1994 en Las armas y las letras que las pocas páginas del prólogo de A sangre y fuego, el libro de relatos del periodista sevillano, eran "las más sagaces sobre la guerra civil". 
De entonces a acá es algo que lo cree todo el mundo. Incluso García Martín, quien aseguraba ayer, o sea en 2011, que Chaves "nos dejó el mejor testimonio de lo que fueron en Madrid los primeros meses de la guerra civil en A sangre y fuego", o sea lo mismo que uno en 1994, acaso porque GM sólo sabe dar la razón a alguien haciéndole creer que se la quita. ¿Que muchas de las opiniones de Chaves en las Crónicas son erráticas? Natural: es lo que les pasa a los que están en medio de la batalla, lo mismo Chaves que Fabrizio del Dongo. Lo decía Abelardo Linares: Chaves fue un periodista, no un profeta, pero sus intuiciones sagacísimas en esas Crónicas sobre lo que serían  Falange, la Iglesia y los monárquicos en un régimen como el de Franco, son lampazos que justifican por sí solos su lectura. Sin contar con que la tesis general de Chaves sobre la guerra civil, precursora de la de Bolloten, es la que ha acabado imponiéndose: dos revoluciones de signo contrario tanto como guerra civil. Por último comprendería que las Crónicas le desmintieran a uno si hubiese dicho de ellas lo que he dicho de A sangre y fuego y de La defensa de Madrid, hace una semana. Pero no lo he dicho. He dicho sólo, y lo comparte GM en su reseña, y me alegro por ello, que este último libro de Chaves es, en palabras suyas, "un libro espléndido". 

Luis Marín, Ciudad Universitaria. Foto inédita, tirada de época. Escrito por Marín al dorso: "1937 (24 de febrero). Instituto de Higiene, Cáncer y Casa Velázquez. Foto Luis R. Marín. Cuesta Sto. Domingo 7"

El nuevo gobierno de España

LA alegría de los nuevos ministros (y queda por conocerse la infinitesimal pedrea de secretarios de Estado, directores generales y otros cargos) y la manera en la que se está hablando de tales nombramientos, guardan muchas similitudes con el sorteo de Navidad que se ha celebrado casi al mismo tiempo, solapándose. Como si las cosas, todas, incluidas las que vienen de las altas instancias, no obedecieran a otras leyes que las del azar. Quiero decir, que todo parece haberles tocado a los interesados, ya que no en la lotería, en una tómbola.

22 de diciembre de 2011

La Colchona

Gracias, C. Llegaron los dulces. Hasta su nombre, La Colchona  ("Los artesanos más antiguos de Estepa"), es juanramoniano. Deberían admitirles en esta modernísima web.


Un tranvía

¿DE dónde procede el misterio de ese viejo tranvía? ¿De dónde su poesía, su salmodia? ¿Del monótono traqueteo que lo anuncia, que le sigue como un perro perdido? ¿Del óxido que habla en su lengua vernácula? ¿De esa luz herrumbrosa que alumbra hacia adentro, como candil de aceite? ¿De un eterno retorno sobre raíles? Juan Manuel Bonet nos lo acercó, con esta carta: "Justo unos minutos antes de leerte, le había enviado de regalo electrónico a Galano este cuadro de Jakub Schikaneder, un pintor praguense simbolista maravilloso, que ya menciono en La ronda de los días, pero del cual no conocía esta imagen, encontrada en una estupenda web, a la cual ya me había asomado alguna vez, y en la que hay no pocas maravillas, especialmente por el lado del realismo mágico y similares. Abrazos. JM". ¿Es del novecientos esa escena? Es de ahora mismo, y lo es su misterio, el negro y dorado tulipán que nace ahora de un bulbo comprado un siglo atrás.



21 de diciembre de 2011

Más que mil palabras

ALGUNAS imágenes no sólo no valen más que mil palabras, sino que, como esta, las necesitan para ser comprendidas. Nos recuerda en primer lugar que únicamente la desaparición de un tirano parece propiciar esta clase de delirio colectivo. Sucedió con Stalin, sucedió con Franco (las imágenes en el velatorio de este, en las que se veía a un viejo falangista deteniendo la cola de los que querían rendirle el último homenaje, sin que aquel hombre deshiciera el saludo marcial mientras lo retiraban como un poste, resultaban ya entonces tan patéticas como cómicas), y ha vuelto a suceder ahora con Kim-Jong-il. Se diría que al menos una mitad de la población se perece por los dictadores que hacen perecer a la otra mitad en depuraciones y hambrunas. En cuanto a esta fotografía, es obvio que las dos mujeres ya conocían la noticia cuando se encontraban en aquel lugar, pero ¿se desmayaron al mismo tiempo fulminadas por el dolor subitáneo? ¿Se desmayó una primero y la otra,  temiendo ser acusada de menos adhesiva inquebrantable que su compañera, decidió su propia debacle teatral? ¿Qué ha impedido desmayarse a la tercera? ¿El temor a mancharse el abrigo blanco? Aseguraríamos que se trata de jerarcas del régimen porque están separados de la multitud en medio de una explanada desalojada, que son personas especiales con pases especiales que se saltan la cola, si acaso no son actores del Teatro del Pueblo. La gente, sin duda la mayoría silenciosa necesaria para sostener al tirano, mira el espectáculo atónita, ajena a él, como miramos a los que hacen mimo callejero. Cuando Franco murió desfilaron delante de su féretro miles de madrileños, miles sollozaron con parecidas convulsiones. ¿Qué habrá sido de ellos? Si un día cae el régimen del delfín Kim Jong-un, los que aparecen en esta fotografía, ¿qué harán con ella? ¿La esconderán avergonzados o seguirán yendo al Valle de los Caídos de allí cada 19 de diciembre? 

En el entierro del dictador coreano Kim-Jong-il

20 de diciembre de 2011

Harapos musicales

ESTABA puesta Radio Dos. Muy bajito, de fondo. En cuanto se pasaba la página del libro dejaba de oírse la música. Afuera llovía  y hacía frío. Aunque dentro no lloviera, también hacía frío. La música de Saint Saëns fue calentando poco a poco la habitación, como un infiernillo eléctrico de esos que usaban los carpinteros para licuar la goma arábiga. La música parecía hacer para nosotros un nido de virutas, llenando aquel espacio de un perfume montaraz, gratísimo, inexpugnable.
* * *
 SIGUIENDO el Sartor resartus de Carlyle, este título para un libro de aforismos, que son, como se sabe, la filosofía del pobre: Harapos.
* * *
A veces en la tv, en Mezzo, echan un rato de ballet. Nos gusta el ballet, verlo de vez en cuando. Qué habilidad, qué garbo el de l*s bailarin*s, cuánto donaire. Pero cómo no desconcertarse con el hecho de que, sea la música que sea, Don Quijote o El lago de los cisnes, todo lo bailen con el tutú y las mallas y  lanzando los pies por alto o en puntas de pie, a pasitos cortos, de arriba abajo, tic, tic, tic, hilvanando la danza en las tablas del escenario como haría la aguja de una máquina de coser.

Miguel Galano, Népliget, (Primer Premio Focus, Sevilla, 2011)

19 de diciembre de 2011

Vivir a medio gas

Entre las muchas cosas malas que vienen emparejadas con la crisis (y no hay que explicar a qué crisis nos referimos, porque todo el mundo está al cabo de la calle, como cuando en la edad media se hablaba de la peste), algunas no podrían ser mejores: en lo que a los vecinos de nuestra calle concierne, este año el ayuntamiento no colgará luces navideñas a modo de gallardetes. Quiere decir ello que cuando salgamos o volvamos a casa por la noche no veremos iluminados esos horripilantes zarpazos luminosos, acebos, campanas sobre campanas, corcheas y zambombas de colores ácidos que convierten el ya de por sí fosco cielo de Madrid en el mural estridente de una guardería.

Creo que de las cosas que más nos impresionaron en un viaje reciente a Berlín fue precisamente esta, la de ver las calles en la penumbra, con faroles que en algún caso seguían siendo de gas. A medio gas, adelando admirable, a principios del siglo XXI. No  hay ninguna razón científica para ello, pero la penumbra, además, es más silenciosa que la luz, invitándonos a todos no sólo a atenuar la voz, sino a  amortecer los pasos y caminar más despacio, como sucede en la mayoría de los sueños. Calles, avenidas, barrios enteros a oscuras con luces agonizantes aquí y allá llenándolo todo de sombras de lo más expresionistas. De no habérsenos informado repetidamente de que Berlín era una ciudad segura, en la que se podía pasear a cualquier hora sin temor a ser atracados y acuchillados, no nos hubiéramos atrevido a salir del hotel a partir de las seis de la tarde. Pero lo cierto es que habituados a nuestras sombras sobre las hojas muertas de los tilos, los paseos por el Berlín nocturno acabaron siendo una de las experiencias más memorables. Y cuánto silencio por todas partes. Ni un ruido humano ni mecánico. Las hojas de los árboles caían sobre los coches aparcados con el sigilo de la nieve. A veces veíamos a lo lejos venir a nuestro encuentro un transeúnte, o dos. Allí, en la penumbra, en medio del silencio, sus pisadas y las nuestras parecían crear una atmósfera de simpatía y reconocimiento: el que sólo conocen los solitarios en esa lengua universal suya, la lengua de los ecos. 

Este año muchas calles españolas no tendrán luces navideñas. Podrían aprovechar las autoridades municipales para apagar o purgar muchas otras definitivamente, invitando con la penumbra resultante a que la gente se recogiera temprano en sus casas, llevando a ellas algo de esa poesía de las hojas muertas, de las sombras fugitivas, de los sueños errantes (pretender que además al llegar a casa se comportaran como alemanes escuchando a Schubert, o incluso españoles leyendo un rato a Cervantes, sería, supongo, “pedir cotufas en el golfo”). El sentimiento de que las navidades son unas fiestas deprimentes procede no sólo de que son interminables, sino de todo ese amontonamiento abrumador de luces (y quede para otro año hablar de esos villancicos de los centros comerciales que nos trepanan el tímpano a todas horas son su berbiquí enloquecido). Este año, gracias a la crisis, sin embargo, habrá momentos en que parezca que las fiestas ya han acabado, que al fin hemos aprendido de ir a toda mecha a vivir a medio gas.
   
 [Artículo aparecido en el Magazine de La Vanguardia el 18 de diciembre de 2011] 

18 de diciembre de 2011

Amanecer en el Rastro

Amanecer en el Rastro. Mercado de Toledo. 18 de diciembre, 2011

Postizos

SE han editado ya tantos catálogos de lujo, obras completas de lujo, libros y álbumes de lujo de los poetas del 27, incluidos los de segunda, tercera, cuarta y quinta fila, si acaso no son la mayoría de ellos de segunda, tercera, cuarta y quinta fila; les han dado su nombre a tantos centros de cultura, bibliotecas, institutos, estaciones de tren, plazas y calles, que en los ayuntamientos, comunidades autónomas y ministerios del ramo no van a querer hablar de poesía ni editar nada de ninguna otra época, anterior o posterior a esa generación, durante dos o tres siglos. Sin referirnos al peligro de que los jóvenes puedan llegar a creer que la poesía es "eso" que le dan ediciones de lujo y de lo que sólo podrán retener, en el mejor de los casos, el lujo, el nombre de los institutos, el de la calle, etc.
* * * 
LA sociedad del espectáculo: la suciedad del espectáculo.
* * *
EL instinto es a la vida lo que a la música el tocar de oído.
* * *
CON cuánto secreto lleva todo el mundo las operaciones de estética, los postizos, el arreglo de pechos, labios, pómulos, celulitis…, incluso referirse a los patentes y notorios teñidos de pelo está considerado, en el caso de los varones al menos *, una indiscreción, no sé, como si viviésemos en un mundo en el que todos hacen trampas a todos sin que le importe a nadie porque se trata de una martingala de la que todos toman parte.
(*) En el caso de las mujeres, por el contrario, son los tintes y cortes de pelo lo primero que se celebran, y en general con alborotos efusivísimos, como si se trataran de verdaderas maniobras de distracción para poder eludir cómodamente referencias a otras cosméticas más radicales.

17 de diciembre de 2011

Golondrina

CUENTA Gilles Deleuze en una de las entregas de su Abecedario que la necesidad de escribir sobre Leibniz nació de su necesidad de pensar en el pliegue. No sabe uno nada de Leibniz ni de Deleuze ni de cómo este relacionó ambas cosas (tampoco por qué, hablando de tenis, al que era aficionadísimo, pensaba en Borg como un aristócratica de ese deporte y a todos los demás tenistas de su tiempo los veía como “proletarios” del mismo), pero sí algo de pliegues. Lo más sorprendente del pliegue es que pone en contacto realidades sin transición, quiero decir, que al igual que una parte del papel besa la otra inopinadamente sin que se vea el camino que las une, hemos de vivir también de ese modo, presentándonos en los sitios sin avisar. Para entendernos: se hace camino al andar, pero a veces llegamos a un lugar sin haber ido, como si las cosas pudieran también aparecer súbitamente, o nosotros en ellas, y claro, en otro pliegue de la vida, desaparecer, transformándonos en otra cosa con un simple tirón de una esquina que nos convierte de una simple, elemental y plana hoja de papel en golondrina.


Palacio del Condestable, Pamplona, otoño 2011

16 de diciembre de 2011

De eso se trata

NOS confiesa Magdalena Vinent, directora de Cedro, que las cosas están peor que mal por la inaplicación de leyes que o no se han reformado adecuadamente (la de propiedad intelectual) o ni siquiera existen (en todo lo relacionado con internet, el Presidente del Gobierno dio a entender que no aprobaba la ley Sinde por la presión de las redes sociales; por presión de las masas, las masas, por ejemplo, linchan; creíamos que las leyes las aprobaba el Parlamento, no Twitter o Mr. Lynch).
Hace unos años, cuando descubríamos uno de nuestros libros colgados en la red, lo poníamos en conocimiento de Cedro. Obligados sus empleados a hacer de gendarmes como en el Far West, se ponían la estrella de sheriff aquellos que, para evitar ser atropellados por los bandidos, ni tienen armas ni licencia de ellas. Con unas cuantas palmadas, como la maestra que reclama un poco de orden en el alborotado gallinero, conseguían que los libros pirateados desaparecieran de tal o cual portal, pero a las pocas horas, aparecían en otro. En este momento no hay autor que no tenga en la red la mitad de su obra circulando por ahí, y seguirá siendo así hasta que no haya las primeras sanciones ejemplares. En Francia a los piratas les cortan el acceso a internet y en los Estados Unidos pueden incluso meterlos en la cárcel, como a cualquier ladrón. No obstante estos ladrones han escogido bien su nombre, emboscándose en el romanticismo de la palabra pirata y en un sofisma: tienes que estarles agradecido porque propagan tu obra. Yo prefiero estar menos difundido y poder seguir escribiéndola. Y la cultura no puede ser gratis porque cuesta hacerla. En todo caso, ha de ser el autor quien decida si quiere o no colgar gratis su obra en la red. No el pirata.
Y la cultura de lo gratis no tiene que ver con la cultura de lo público. Estamos a favor de lo público, pero no de lo gratis (la educación, la sanidad, las carreteras son públicas, pero no gratuitas: las pagamos todos, y por eso aspiramos a una sanidad, educación y servicios públicos con la mayor dotación económica posible). Los piratas no quieren que todo sea gratis para todos, sino que sea sólo el autor quien lo pague (y no, por ejemplo, los fabricantes de portátiles, móviles, tabletas, o las compañías telefónicas, como debieran).
Nos dicen nuestros editores que dentro de dos o tres años no podrán pagar a los autores que escriban libros de cierta notoriedad pública, porque justamente su notoriedad hará que los pirateen antes incluso de que estén en las librerías (siempre habrá un graciosillo en la imprenta, en la distribuidora, en su casa, que se postule para el saqueo, para el sabotaje). O sea, que los autores se morirán de hambre si tienen que vivir de sus derechos de autor. Claro que siempre podrán volver a los orígenes y hacerse juglares y titereros (hoy a ese tablao, a esa zambra, lo llaman el directo). Y a la objeción ingenua de que siempre será mejor un libro de papel que uno electrónico, sólo cabe replicar con la calavera en la mano, como Hamlet: que el papel, como la posteridad, sólo lo merecerá en el futuro el uno por ciento de los libros que se escriben. Los piratas, qué duda cabe, están decididos a que  dilucidemos esta cuestión cuanto antes, acortándonos la vida. ¿Y cómo de salomónica será la decisión del gobierno? Si nos van a partir por la mitad, ¿cuál de las dos mitades seremos los autores, la de arriba, la de abajo? Puedo imaginarlo. "Ser o no ser, de eso se trata", tradujo nuestro recordado Tomás Segovia. 

Museo Arqueológico, Berlin. Noviembre de 2011.

15 de diciembre de 2011

Poetas del llo último

HABLAMOS un buen rato de la Primera Antología [Poesía española contemporánea] que acaba de aparecer en La Isla de Siltolá, de lo bien que había quedado y de lo mucho que nos habían gustado el trabajo tipográfico de Abel Feu y el prólogo de Rocío Fernández Berrocal, a la que ninguno de los dos conocemos, y de este y del otro poeta, de los más y los menos que vienen adheridos a toda antología, sea esta completa o incompleta (y Antología completa es un título que pensé hace tiempo para una mía), y dos horas después llegó su carta:

"Querido Andrés: 

Hace un rato, mientras cenaba, se me ha ocurrido una precisión sobre la antología de la que hablábamos: me he dado cuenta de que tú y un servidor somos ahí (y quizá en toda la poesía española) los únicos poetas del llo. No del vulgar ego o yo primero, claro está, sino del más hondo y metafísico –llo último, asunto que sin duda le interesará a la bella filósofa que tienes en casa. No creo que nadie nos lo pueda discutir ni que se nos pueda acusar por esto de presuntuosidad; como ahora se dice, “es lo que hay”.
Un abrazo,
                             Eloy".

Meditando sus palabras, volví a  la antología de Siltolá, no la "nuestra", sino otra de poetas anglosajones, Lengua de madera (Antología de poesía breve en inglés), que ha preparado Hilario Barrero. Se trata de poemas escogidos en razón del número de versos. En inglés la mayor parte tienen una rima muy marcada, obligada, se diría, por lo lapidario de muchos de ellos. (¿Qué quedaría en una traducción sin rima de estos versos de Machado: "La primavera ha venido / nadie sabe cómo ha sido" o de "Mis ojos en el espejo / son ojos ciegos que miran / los ojos con que los veo"?). Aquí la traducción raramente ha podido conservar esa rima, tal vez intraducible.  Decía Robert Frost, autor del acaso más hermoso poema de todo el libro, que escribir poesía sin rima era como jugar al tenis sin red. Barrero nos lo compensa con creces no sólo dejando al lado la versión original, sino, más importante, buscando poemas muy hondos, como este del propio Frost: "Perdóname, oh Señor, mis pequeñas bromas a Tu costa / y yo te perdonaré la tuya inmensa a costa mía".
Que los lectores de hoy nos perdonen también esta pequeña broma a los poetas del llo, y si acaso quieren protestar, les pediríamos que lo hicieran como Langston Hugues en un poema de este libro también: "En un sobre marcado como / PERSONAL / Dios me envió una carta. / En un sobre marcado como / PERSONAL / le he dado mi respuesta". 

E.S.Rosillo y A.Trapiello, Gibraltar, 2007

14 de diciembre de 2011

El cuco está pensando

POR delicadeza y sobre todo con delicadeza nos va entregando José Jiménez Lozano sus libros de poemas. El último, La estación que gusta al cuco (Pre-Textos), apareció hace un año, en noviembre de 2010, pero no pudo uno leerlo hasta ahora, sabiendo que lo teníamos al lado, y sabiendo también, claro, que los verdaderos solitarios como él ni tienen prisas ni se las meten a nadie. En este, como en todos los suyos, hay poemas que dan ganas de ponerlos en la palma de la mano y cerrarla sobre ellos para lanzarlos luego al mundo, como en siembra. Así este "Vencejos":

        Jaula de oro de la tarde,
        cúpula azul de porcelana;
        los vencejos suben, bajan, giran,
        chillan. No encuentran la salida,
        la ventana del mundo.

Jiménez Lozano escribe para todos, también para aquellos que eligió en su corazón como maestros, y en estas "Palabras" se fue a Salamanca a buscar a don Miguel, para decírselas, eso sí, en voz muy baja, por no interrumpir sus soliloquios, que eran, como sabemos, largos y tendidos, sombras de otoño, junto al Tormes:
  
        No digas palabras
        que no sean de celebración y gloria.
       Así fue hecha la luz, sin calcañar,
       talón de Aquiles.
       Ni el tiempo ni la muerte
       pueden ahí herirla.

Y a veces, como les sucede a los solitarios, nuestro amigo echa mano del humor que nos hace sonreír de buena gana porque era de buena ley, como en su "Rimbaud":

       "Por delicadeza
       he perdido mi vida", quejóse
       Arthur Rimbaud, poeta.
       Naturalmente, ¿qué creía?
       Así que, más tarde, cuando
       leyó las instrucciones de uso
       de este mundo con cuidado,
       puso un negocio. ¡Lógico!

Para acabar llevándonos donde empezó, a la canción del cuco que ha anidado entre los libros de esta casa y allí donde nos quedamos a solas:

   Le pregunté a un cuco pensativo:
   "¿En qué piensas?".
   Me respondió:
   "En nada. Estoy pensando".
   ¡Cuánto sentí haberle interrumpido!

Lápidas, Museo de Toulouse, diciembre 2022



13 de diciembre de 2011

La Barquillera

SUCEDE a menudo ante nosotros tal o cual escena que llama poderosamente nuestra atención. Como la estrella que cruza el cielo, apenas nos da tiempo de advertir qué ha sucedido. Cuando tratamos de observarlo mejor, han desaparecido ya todas las huellas y de nuevo la realidad, indiferente, deshabitada, finge seguir su soñoliento curso. Ocurrió el otro día. En realidad es algo que hemos visto muchas veces. Caminaban, como en la pintura de Bruegel los tres ciegos, apoyándose cada cual en el hombro del que iba delante. Abría la marcha una mujer que acaso conservara algo de visión. Así lo sugería su intrepidez. No parecía preocuparles el ser ciegos, caminaban con paso decidido, vivísimo, prendidos de la cháchara que traían hilada a voces, como si cada uno temiera haberse quedado atrás y no le oyeran. Su grita y sus risas, una alegría sin sombra alguna, alertaban a los que venían de frente, y estos se apartaban para dejarles paso. Algunos, que venían distraídos, sólo en el último momento se percataban de la riada que se les echaba encima, y se arrojaban precipitadamente a la calzada para no ser arrollados. Los que estábamos en la acera de enfrente asistimos asombrados, contagiados de esa luz que traían consigo y que dejaban tras de sí, rota después de todo, como tres luciérganagas con su noche encima.

Calle Barquillo, 10 de diciembre de 2011

12 de diciembre de 2011

Cheque sin fondos

A día de hoy no sabemos si desaparecerá el Ministerio de Cultura en el nuevo gobierno. Como vienen corriendo rumores de que así sucederá, cierto suplemento cultural realizó hace unas semanas una encuesta entre escritores, intelectuales, cineastas y otros interesados en el asunto. La mayoría de los entrevistados, más o menos de la izquierda oficial u oficiosa, consideraba una gran catástrofe nacional que lo suprimieran.

Hace treinta años, apenas llegados los socialistas al poder, publicó Ferlosio cierto artículo, “La cultura, ese invento del gobierno”. El escrito, divertidísimo, causó sensación e indignación también, porque algunos consideraron que el escritor, una vez más, se dedicaba a poner palos entre los radios de las ruedas de la Historia, que en aquel momento ya se llamaba “El Rodillo”, en alusión a los diez millones de votos que tuvo el Psoe. ¿La tesis? Cierta izquierda,  creyendo que la cultura es de su exclusividad y justificando en su acerba derrota de 1939 el eslogan la cultura es una fiesta, se parece bastante a Goebbels, responsable de la propaganda nazi. Si este dijo aquello de que “cada vez que oigo la palabra cultura amartillo mi pistola”, aquellos socialistas actuaban como si dijeran: “En cuanto oigo la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador”. De hecho aquella izquierda llegó a pensar que en la guerra civil los grandes escritores, artistas e intelectuales estaban sólo en uno de los dos bandos, quedándose, como quien dice, con toda la banca intelectual. Hoy sabemos que esto fue sólo una falacia de la propaganda, pero algunos encontraron en ello la legitimación para administrar la cultura de una manera  sectaria, expulsando sin pestañear, por ejemplo, a verdaderos republicanos como Chaves Nogales o Clara Campoamor sólo porque podían aguarles la fiesta o entrar en el reparto del cheque en blanco. ¿Y en qué se está empleando el dinero de ese cheque?, se pregunta Ferlosio: en, textualmente,  “hacer el gilipollas” y “chorradas”, o sea, en un populismo caro en vez de aquel elitismo barato del que hablaba el institucionista Juan de Mairena.

En treinta años que han pasado uno ha visto cómo el cheque de la cultura ha servido, con unos y con otros y demasiadas veces, para, convertido en calderilla, “pagar favores y tapar bocas”, en palabras de Félix de Azúa, uno de los pocos que se desmarcaba de las jeremiadas en la susodicha encuesta. Le da a uno igual que la cultura esté en manos de un ministro o de un secretario de Estado, pero querría verla caminando a buen paso hacia aquella Ilustración que le hizo decir a JRJ, otro institucionista, “menos cultura, más cultivo”. Claro que entonces los que han confundido entretenimiento de masas y cultura, tanto en la izquierda y en la derecha, escandalearán afirmando que se está acabando con ella. Pero sabemos que el cultivo es cosa de siembra, de trabajo paciente y silencioso en la sombra, como la semilla. Tal vez el nuevo gobierno esté tentado de hacer las cosas como aquel del que habló Ferlosio. ¡La cultura es tan clientelista y resultona! Por eso algunos ya sólo confiamos en la crisis como el mejor camino hacia el cultivo de la excelencia pobre, precisamente porque el cheque en blanco ha dejado de tener fondos.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de diciembre de 2011]

El Rastro, 11 de diciembre de 2011


11 de diciembre de 2011

Isla del tesoro (impromptus sensitivos, y 2)

LE entró su desnudez con el mayor sigilo por la yema de los dedos, y después le siguió el alma.
* * * 
EL día que vio por vez primera el mar fue el mismo en que tragó un poco de agua salada. La sorpresa de aquel sabor desconocido le desconcertó al principio, pero al momento el niño-adán le dio su nombre para siempre: felicidad, isla del tesoro.

Henri Martin, L'eté, Capitolio de Toulouse, 29 de noviembre de 2011

10 de diciembre de 2011

Aire con marca de agua (impromptus sensitivos,1)

DEBERÍAMOS poder arrancar de cada cosa o persona con la que nos rozamos sin querer la música que atesoran las copas de cristal. Compensarnos unos a otros de ese modo.
* * *
SAQUÉ del pozo la luna que se reflejaba en él. La tuve en el pozal unos minutos y al rato hubimos de devolver su altura a su profundidad, porque se nos ahogaba fuera, como un pez.
* * *
VINO flotando por el aire caliente del verano el perfume de las rosas, y  el aire tuvo con ese perfume su impronta propia, su marca de agua como si dijéramos.

Henri Martin, Les rêveurs ou les promeneurs. Capìtolio de Toulouse, 29 de noviembre de 2011



9 de diciembre de 2011

Incomparable Chaves

EL general Miaja comparece en este libro como el general Kutusov en Guerra y paz, y por momentos no sabemos de qué guerra nos está hablando Chaves. Su brío narrativo, único en su tiempo, es el de Tolstoi, y la realidad de Miaja, la de Kutusov: ambos generales lo tenían todo perdido, y ambos escritores todo ganado. A Kutusov y Miaja les engrandece una causa justa y su fe en la victoria; a Tolstoi y Chaves su respeto hacia los hechos. Los pormenores del relato, la descripción minuciosa de las batallas y los frentes, hermana igualmente a estos dos autores. Por fin la literatura española cuenta con un libro grande sobre la guerra civil. 
El hecho tiene carácter de acontecimiento. Leer correctamente la guerra civil ha costado no sólo sangre sino años. Más de setenta en el caso de este libro extraordinario, abrumador, apasionante. Una vez más diríamos, si no fuese una estúpida frivolidad: se lee como una novela. Pero lo cierto es que es mucho más que una novela: es real y es verdad, aunque cuando nos enteramos aquí de que el primer despacho del Gobierno que acaba de huir a Valencia fue pedirle a Miaja que le enviara la vajilla del ministerio, estemos tentados de pensar que todo es un grotesco folletín. 
El libro se lo debemos, claro, al propio Chaves, pero sin Maribel Cintas, decisiva tantas veces en el conocimiento de la obra del periodista, seguiría enterrado y fragmentado en hemerotecas de medio mundo. La crónica de su hallazgo es parte de su encanto, de su milagro.
En 1938 Chaves publicó en la revista mejicana Sucesos para todos (y antes en inglés en el Evening Standard) las dieciséis entregas de "Los secretos de la defensa de Madrid", algo que estaba a medio camino del reportaje, el relato político y un retrato impagable: el de Miaja. Para entonces Chaves ya había publicado en Chile su hoy mítico A sangre y fuego, que ninguno de sus contemporáneos y colegas se tomó la molestia de leer. El tono, el pulso trepidante, los detalles exactos del reportaje mejicano nos hacen pensar que Chaves habla de algo que vio con sus propios ojos. Por tanto es posible que después de abandonar Madrid el 6 de noviembre de 1936 camino de Valencia, regresara a Madrid, donde pasaría unas semanas más antes de exiliarse definitivamente en Francia. Como quiera que haya sucedido, las informaciones que da son tan precisas, tan abrasadoras, algunas tan vergonzosas para sus protagonistas, que nos resulta impensable imaginar que Chaves pudiera estar hablando sólo de oídas: Largo Caballero paseándose como un fantoche "disfrazado de caudillo tropical"; Santiago Carrillo irrumpiendo en una Junta de Defensa compuesta de veinteañeros insensatos, sediento de Convención, de sangre y de venganza (Paracuellos al fondo); Mera y El Campesino tan ignorantes en el arte de la guerra como temerarios...
Asegura Muñoz Molina en el prólogo de este libro que los mejores testimonios de la defensa de Madrid eran hasta hoy los de Barea y Aub y que "Chaves está a la altura de cualquiera de los dos". 
"La verdad es esta", nos dice Chaves: "Los heroicos y gloriosos ejércitos que luchaban en la Ciudad Universitaria estaban formados con la escoria del mundo. Basta fijar los ojos en la lista de las fuerzas que los componían. Frente a la "Brigada Internacional" de los rojos, la "Novena Bandera" del Tercio Extranjero de los blancos, una y otra, receptáculo de todos los criminales aventureros y desesperados de Europa". 
Barea (un best seller de su tiempo) y Aub (cuyo sueño de ser académico cumplió el propio Muñoz Molina) pudieron escribir cosas parecidas de moros y legionarios, pero ni uno ni otro se hubieran atrevido, ni por rumores, a decir nada semejante de las intocables Brigadas Internacionales, de la disimulada necedad de tantos políticos republicanos o de la obcecación criminal de quienes servían de día, como funcionarios gubernamentales, a la Ley y, de noche, a su codicia, a su sadismo, a su delirante visión de la Historia. "En aquella batalla de la Ciudad Universitaria se hallaron frente a frente los hombres que representaban genuinamente las fuerzas de destrucción de Europa, la horda que amenazaba nuestra civilización. Esta mala levadura que hay en el comunismo y en el fascismo, así como en la barbarie anárquica o autárquica y en el internacionalismo revolucionario o el nacionalismo reaccionario, fue la que hizo morir y matar a aquellos millones de bárbaros que se acometieron como fieras rabiosas".
Palabras como estas, hechos como los que aquí se relatan, su idea, prefiguradora de la de Bolloten, de que lo que hubo en España fueron dos revoluciones de signo contrario, borraron a Chaves del mapa literario español de una manera fulminante. Fue una víctima, primero, del bando fascista, y luego, durante setenta años, del suyo propio, dedicado a las componendas literarias en el exilio, a lamentar la derrota y a demonizar a todo el que como Chaves se atrevía a recordar las causas de ella. ¿Se comprende ahora por qué Chaves no necesita ya comparaciones ni su obra medirse con ninguna? Probablemente la responsabilidad del olvido en el que lo teníamos, o nuestra tendenciosa e interesada visión de la guerra civil necesiten de los enjuagues políticos y de estos pasteleos literarios, pero Chaves, no. No, porque él y su obra son, sencillamente, incomparables. Hasta ahora Barea o Aub eran los canónicos cronistas de una de las dos Españas, como los canónicos Foxá o García Serrano lo fueron de la otra. El "pequeño burgués liberal" Chaves, en cambio, aspiraba a ser el cronista de la tercera, si acaso no de las tres.

Cubierta de Alfonso Meléndez para esta primera edición de un libro capital (Ed. Renacimiento)

8 de diciembre de 2011

Con la mano al cuello

EN Troppo vero se cuenta cierta historia del pintor Vela Zanetti en el París ocupado. Se encontraba este en los jardines de Luxemburgo cuando dos policías de la Gestapo le pidieron "les papiers". El joven pintor, indocumentado, reaccionó con nerviosismo, y de una manera inconsciente se llevó la mano al cuello. Alguien que se encontraba próximo, un anciano distinguido, se percató de la escena y acudió en su ayuda, habló con los policías y estos se alejaron sin proseguir su pesquisa. El anciano le preguntó a continuación a qué logia pertenecía. Vela Zanetti, sin saberlo, acababa de hacer el signo de reconocimiento y de socorro de los hermanos. Esta historia se la oímos contar hace muchos años a la hija del pintor, y uno, neciamente, la creyó una bonita mistificación, sobre todo después de haberse paseado con la mano en el cuello en una reunión de masones celebrada en el Casino de Madrid sin que nadie le prestara la menor atención. En el Cours de l'Intendance, de la muy masónica ciudad de Burdeos, hay una casa en la que figura, a modo de mascarón, una representación de ese gesto. De haber tenido cerca al Pierre Bezukhov tolstoiano, este nos habría explicado lo que significa tal ademán entre gentes que propenden a los símbolos: ¿que estamos acaso con el agua al cuello? ¿Que Dios aprieta pero no ahoga? Sea lo que fuere, la diferencia con aquellos años del París ocupado es que miramos a nuestro alrededor desesperados sin hallar cerca un ser previsor, aunque no sea supremo, que pueda o quiera socorrer al mundo o mirar un poco por nosotros. 

Cours de l'Intendance. Burdeos, 1 de diciembre de 2011

7 de diciembre de 2011

De dentro afuera. Tipografías francesas (y 2)

FUE Alice Déon, directora en la actualidad de La Table Ronde, quien nos regaló hace cinco años este libro de la editorial grenoblesa Cent pages. Era un regalo que hablaba de la finura de quien lo hacía. Tenía el libro un aspecto modesto pero deslumbrante, no sólo por la tinta roja metalizada de su cubierta. Era mucho más que eso. Saltaba a la vista que se trataba de un libro moderno y clásico al mismo tiempo. A su autor, Gómez de la Serna, le habría entusiasmado. Parecía que hubiese pasado antes por una librería de viejo del futuro. Había algo que lo delataba antiguo, el papel, pajizo, corriente, y los cortes teñidos de anilinas rojas, tan frecuentes en las ediciones baratas de las novelas de kiosco. En realidad el uso intencionado de lo anacrónico es la forma más audaz de modernidad. Por lo demás se veía que detrás de cada una de las páginas, viñetas y portadillas había habido alguien pensando, que nada se había dejado a la incuria o el capricho de un regente viciado, que aquello tenía un nombre: Philippe Millot, el tipógrafo. Aquel libro era tal y como a uno le habrían gustado los suyos: populares y escogidos, sin presunción. Después, también por A., que el día que nos regaló aquellas Greguerías estaba muy lejos ella misma de adivinar lo que el futuro le tenía reservado, vino el conocer a Olivier Gadet, director y fundador de Cent pages, discreto y un poco olímpico como los libros de su catálogo, que tienen de la vanguardia todo menos el ruido. No es frecuente, más bien lo contrario, encontrar libros tan singulares, cada uno distinto de sus hermanos, cada cual con su propia personalidad, con sus destellos, luminosos siempre de dentro afuera. Ni tampoco es frecuente poder decir que fuimos contemporáneos de lo mejor.