30 de noviembre de 2011

El relato de la República como producto industrial

EN la excelente y sincopada biografía de Timoteo Pérez Rubio que escribió su mujer Rosa Chacel, a quien se la escuchamos de viva voz hace más de treinta años en casa de los Bonet una noche memorable, llegamos a este pasaje, que nos deja pensativos, por venir en él acaso una de las razones por la cuales fue ella, al igual que otros exiliados "difíciles", una de las personas que perdió al mismo tiempo la guerra, el prestigio y la consideración que se tuvo a los vencidos en los manuales de literatura:
"El alumbramiento de la República había sido fácil, pero yo nunca presentí un gran porvenir para ella. (...) Nunca sentí el entusiasmo de la esperanza (...) Ahora puedo mirar aquellos hechos con más piedad, con más cólera, sin resignación, pero con más repugnancia al producto industrial en que se ha convertido su relato".
No habría mucho más que añadir, de no ser que aquel relato, en realidad un subproducto de los llamados "grandes relatos", se ha convertido a estas alturas casi siempre en un corrido estilo Walt Disney (y no tardaremos en ver la guerra civil española en dibujos animados y en un videojuego).

29 de noviembre de 2011

A vista de las aguas descendía

DECÍA Ramón Gómez de la Serna que el Rastro era el lugar en el que aparecían los libros que no se pueden leer. El tiempo, que todo lo enmienda y que lo mejora casi todo, cambió algo las cosas y medio siglo después de que Ramón dijera aquello, el Rastro se convirtió en el único lugar, con las librerías de viejo, en el que podíamos hallar los libros del propio Ramón. De la pintura que aparece en el Rastro se podría seguir diciendo, no obstante, algo parecido a lo que decía de los libros. Cuánta pintura delirante puede verse en el Rastro, pero también qué alegría cuando de los pliegues de esa pesadilla, emergen las aguafuertes ibéricas de Solana y Baroja, las acuarelas de Bonafé, los guaches y dibujos de Eduardo Vicente, las pinturas de este y del otro, como esta, de clima tan poético, tan sugerente, firmada por alguien al que no le hemos podido descifrar la firma (se admiten hipótesis y pistas: la firma parece decir algo así como Lafita Portonosequé), o anónimas a menudo, como los romances, tan expresivas como ellos. Aparte de lo que esta pintura nos diga en la lengua vernácula de la pintura, habla de una España en la que el pueblo no había sido devorado aún por el público y que conseguía ser lírica con casi nada, como sucede siempre con todo lo importante, que está hecho de casi nada.

28 de noviembre de 2011

Fábula moral con estornino

David Attenborough es un naturalista célebre de cuyo talento hay sobradas muestras en You Tube. La increíble grabación del pájaro lira es suya. Búsquenla. Parece sacada de un relato fantástico de Cunqueiro. Imita el pájaro lira a la perfección no sólo el canto de otros pájaros, lo cual bastaría para ser maravilloso, sino toda clase de sonidos humanos o mecánicos, sin que haya ruido que se resista a sus dotes imitadoras. Lo hace con tal maestría además, que parece en verdad el pájaro que lleva consigo El Vagabundo para ganarse la vida por las ferias de pueblo. En el vídeo de Attenborough imita el clic del obturador de su cámara fotográfica, el aullido de unas ambulancias y, como en una tragedia cuyo final siempre está demasiado cerca, el devastador y estrepitoso bramido de las motosierras que están talando, a unos metros, los árboles del bosque donde ha vivido, anunciando así que también a él lo expulsan del paraíso.

Nos fascinan las aves que imitan la voz del hombre y que pueden articular palabras. En el siglo XVIII no había cortesana que no enseñase a hablar a un loro, a un papagayo o a una cacatúa, pero más aún nos admira que las aves puedan hablar el lenguaje despiadado del progreso.

En un librito antiguo, El ruiseñor,  jilguero, pardillo, mirlo y demás aves canoras de jaula. Caza, cría y domesticación, su autor nos relata algunas cosas curiosas. En primer lugar algo que no todos saben: que en la naturaleza hay muchos pájaros que imitan el canto de otros, sin que nadie se ofenda por ello, ya que en la naturaleza no rige el concepto de originalidad ni hay demérito en ello. Es el caso de los estorninos, tan comunes en España. Su autor, L. Soto, dice de ellos: “Son de índole mansa, aunque muy inquietos, y se domestican fácilmente. Andan de un modo raro, como vacilante, y esto hace que los que no conocen sus mañas los crean tontos. Por el contrario, son muy avispados, alegres e inteligentes; pero se diría que todo les importa un bledo. Saben aprender, cuando quieren, con facilidad suma; pero olvidan también con rapidez”. Aprenden además a pronunciar las palabras que se les enseña, y las repiten de manera clara y no gangosa, como el loro, y a diferencia de otras aves, que sólo aprenden a imitar de jóvenes, el estornino lo hace “de joven, de adulto y hasta de viejo”. En cuanto al canto, imitan incluso cantos mucho más virtuosos, de la calandria o del ruiseñor, siendo entonces el suyo indistinguible del original. Leído esto, ¿quien no querría que se pudiera decir de él algo parecido? 

El ser humano ha proyectado tradicionalmente su propio mundo sobre el de los animales, y a la inversa. Ese es el origen de muchas fábulas morales. Entramos en un periodo político diferente, pero uno desearía que los nuevos gobernantes creyeran en el estado de bienestar como creyeron otros, que cantaran la misma partitura en educación o sanidad  y, sobre todo, que no talaran los árboles de las conquistas individuales en asuntos como el aborto o la unión de parejas gays, porque fuera de ese bosque dejaríamos de oír la más necesaria melodía, las notas de nuestra vieja libertad, tan poco original.
   
  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el día 25 de noviembre de 2011]









Si me decido a publicar la cubierta de este libro no es tanto para probar las fuentes o ilustrar el texto, sino por considerar su cubierta como un logro de lo que ha llamado uno otras veces las imprentas de pueblo de las que han salido tipografías finísimas, como esta, de patente encanto, a cargo de un regente o del cajista de turno. (Lo de ilustrarla con un loro hemos de considerarlo sólo un rasgo de surrealismo sutil). 

27 de noviembre de 2011

Con un puñal en una mano y la pistola en otra

LEE uno siempre con curiosidad todo lo que escribe en el periódico Luis María Ánson, nuestro gran juantercerólogo. Su artículo en El Cultural no tenía desperdicio, que suele decirse. Empieza suave, declarando que es una lástima que la República no fuera una forma de Estado, porque nos habríamos ahorrado "la guerra incivil" y "cuarenta años de atroz dictadura" (que por lo que sabemos a él no le fueron tampoco mal), porque la República acabó siendo "una ideología revolucionaria". Resumiendo: ¿Adónde quiere ir a parar? A la hipótesis de Bolloten, compartida por lo demás, de que en la guerra civil hubo dos revoluciones de signo contrario, "dos dictaduras, la comunista y la fascista". La novedad viene a continuación: "Si hubiese vencido la primera, Gil Robles, lider del centro derecha, se habría instalado en el exilio; pero también Indalecio Prieto, líder del centro izquierda". 
Dejemos de momento el que parece ser el objeto de toda la finta, que no es otra que alabar el genio político de Don Juan y el Pacto de San Juan de Luz de 1947, y hablemos del "centrista" Gil Robles: "A aquellos que defienden la lucha de clases, ni siquiera dejarles discutir. ¡Hay que aplastarlos! (...) Iremos a las elecciones con un puñal en una mano, la pistola en la otra y la candidatura entre los dientes", son frases pronunciadas por él en el mitin que celebró en León para las elecciones que dieron la victoria al Frente Popular, en febrero de 1936, como parte de una campaña en la que la Ceda decía lo que sucedería en España de ganar el  Frente Popular: "disolución del ejército, aniquilamiento de la Guardia Civil, armamento de la canalla, incendio de Bancos y casas particulares, reparto de bienes y tierras, saqueos en forma y reparto de nuestras mujeres..." O sea, centro derecha.
¿Y qué añadir del centroizquierdista Indalecio Prieto y su intentona de Revolución en Octubre de 1934?
Del resto del artículo de nuestro juantercerolo preferido decir que para "salvar" a su Don Juan III no era preciso clavarle el puñal y dispararle un tiro a don Manuel Azaña ni para elogiar a un fascista (en 1936) como Gil Robles usurpar el centro político a verdaderos centristas y demócratas como Clara Campoamor, Albornoz o don José Castillejo.
Por cierto, Don Juan III se ofreció a Franco para combatir a su lado, y de los más de treinta borbones que lograron hacerlo, once murieron luchando contra la República. Claro que todo esto ocurrió mucho antes de que Franco, que siempre fue, como es de sobra sabido, de centro centro, designara a su hijo Juan Carlos su sucesor al frente del Movimiento, aquel, sí, una verdadera forma de Estado.

26 de noviembre de 2011

Secretos que se pliegan en tres

NOS había convocado para hablarnos de sus Huellas de escarabajo en la cripta de la librería Rafael Alberti, nuestro refugio. Susana Benet, menudita, risueña, de punta en negro, la mirada más bonita del mundo, dos trozos de ámbar con el mundo dentro, incorruptible, nos habló de los haikús, de los clásicos y de los suyos. De los suyos lo hacía con el tono del que espera el autobús, del que mueve una cuchara de palo mientras cocina, llena de gracia, quitándole importancia a lo que hace sabiendo que por mucho que quiera quitarle, en sus haikús habrá siempre gracia para dar y tomar. Se diría que se los encuentra ya hechos, por ahí, en el camino, como guijarros, naturales y supremos. Bellísimos, los que leyó, los clásicos, los suyos, trozos de ámbar también con un pleistoceno en cada uno. El haikú es lo que está más cerca de una pintura, de la poesía pura, inmediata, lo que mejor podemos comprender en un golpe de vista. De una vez y sin juzgar, como el presente eterno, como el eterno retorno. El haikú, como el átomo, la unidad más pequeña con sentido del universo poético. Algunos ilustres haijines allí presentes, Emilio Gavilanes, José Cereijo, Jesús Munárriz, Ricardo Virtanen nos ilustraron a los profanos, tras la lectura, con los pasos de la poesía japonesa, de tantos palos como el cante flamenco. Antes de desaparecer, Susana Benet, risueña, pequeñita, de punta en negro nos dejó llenos de su gracia señalando para nosotros en los rincones de Madrid ese prodigio de los secretos que se pliegan en tres. Aquí van algunos que nos dejó, inéditos, para abrirlos ahora.

En el papel,                                      Tras la tormenta,
aquella letra tuya                             cómo alumbra el más débil
que yo imitaba.                                rayo de sol.


Saqué del agua                               Roza el paraguas
a la avispita muerta                         la rama del naranjo.
… y estaba viva.                              Lluvia de azahar.

Museo de Arte Antiguo, Berlín, noviembre de 2011


25 de noviembre de 2011

La doble ausencia

OTRAS veces lo hemos repetido aquí: el pasado no está escrito. Hoy un trozo de ese pasado que nos incumbe, y cuánto, ha vuelto de manos de Carmen Hernández-Pinzón. Ella cuida y difunde el legado de Juan Ramón Jiménez "sin precipitación y sin descanso, como el astro", y ella ha puesto en las nuestras un puñado de cartas escritas por Ramón Gaya a JRJ, inéditas aún. De todas, llama nuestra atención una, la última, escrita el 17 de agosto de 1936, en plena guerra. Los Jiménez saldrán de Madrid, y de España, para no retornar ya nunca, tres días después, el 20. El tono de la carta trasluce lealtad del joven hacia quien sabemos por Guerra en España ha corrido serios peligros en esos días, y el contenido nos habla abiertamente de un apremio, tal vez grave. ¿Qué? Nada de conjeturas. El pasado no está escrito, pero no es tolerable inventarlo sólo porque consideremos que a nuestra idea de él lo mueve una causa noble, cuando no una novelería. Acaso un día conozcamos aquello tan acuciante que el joven iba a poner en conocimiento del poeta.

"17 de agosto de 1936
    Querido Juan Ramón: Después de intentar ayer y hoy comunicarme con usted por teléfono, le envío este botones para que pueda citarme lo antes posible, ya que el asunto que me lleva a buscarle es muy urgente. Le agradecería muchísimo que me concediera quince minutos a primera hora de esta tarde.
    En espera de la hora y el lugar de su cita, quedo a su disposición como siempre. 
        Ramón Gaya
Hotel Dardé
Constantino Rodríguez, 7".

Acaso un día conozcamos, sí, qué le apuraba tanto a nuestro amigo, pero no podremos saberlo ya nunca de labios de quien estaba hasta hace bien poco a nuestro lado y cuya carta a JRJ de 1936 se diría destinada no al poeta, sino a nosotros, que la hemos recibido en este 2011, subrayando con ella la doble ausencia.
P.S. Buscando la calle Constantino Rodríguez (hoy Libreros), internet me condujo a cierta página en la que se habla del escultor Ramón Acín, asesinado por los sublevados en los primeros días de la guerra. En la agenda de la mujer de este, Conchita Monrás, a la que también asesinaron una semana después de su marido, aparece el hotel Dardé, su dirección y teléfono. Durante sus estancias en Madrid, nos dice el autor de este excelente artículo, los Acín, representantes de la CNT por Huesca, residían en el Hotel Dardé, "donde se hospedaba la gente progresista del momento".

24 de noviembre de 2011

Ética estética a tres bandas

DEJEMOS a un lado la fantasía de vender algo al Estado, probablemente por mucho más de su valor, cobrarlo en dinero público y pretender que el público, los ciudadanos, no puedan hacer uso de eso que se les ha vendido, tal y como ha sucedido con los archivos de la agente literaria Carmen Balcells. Sería una forma de seguir en la farsa y licencia de la España castiza de la que se hablaba aquí el otro día.
Lo chocante no es tampoco que a través de tales archivos, durante los cinco minutos que permanecieron abiertos, nos enteráramos de que Camilo José Cela pidiese doscientos cincuenta millones de pesetas por escribir una novela sobre Marbella a alguien tan incalificable como Gil y Gil, alcalde de aquel pueblo, porque al fin y al cabo, tal para cual. Sino que a Carmen Balcells, presentada tantas veces como la dama de la literatura en español, no le avergüence que se conozca su tercería, como tampoco le abrumaba la suya a la madame de aquella novela de su amigo García Márquez, Memoria de mis putas tristes, tristes no porque estas fuesen menores de edad, sino porque el protagonista era impotente.

Pésimas fotos sacadas de internet. A la izquierda Gil y Gil y a la derecha un monumento a C.J.C, a falta de la foto suya con la palangana famosa, que existe.

23 de noviembre de 2011

Para dorsianos

En Madrid a las seis (o las siete, o las siete y media) o das una conferencia o te la dan. La frase, de d'Ors, es una más de las suyas que hizo fortuna. Circulan otras de manera anónima. La famosa "todo lo que no es tradición es plagio" no se sabe muy bien qué quiere decir. Yo desde luego no lo sé, pero más o menos se intuye que es preferible estar del lado de la tradición que del lado del plagio, aunque en el manual de instrucciones de esa frase no se diga nada del plagio de la tradición, tan frecuente como la tradición del plagio. Ayer presentamos en el museo de Abc Historias lúcidas de d'Ors, editadas y prologadas minuciosamente por Xavier Pla para la Obra Fundamental de la Fundación del Banco de Santander. Se agrupan en el volumen las glosas estivales de su autor, a las que trató de dotar de un vago argumento: Sijé (una especie de novela renancentista moderna, con instantáneas de Génova y Venecia de mundinovi vanguardista), Oceanografía del tedio (magnífico título para una obra sutil, azoriniana, ramoniana, en la que d'Ors puede hablar de la bombilla eléctrica o del pie dormido), Magín (la más divertida, de humor enteramente dorsiano: citando "un famoso tratado de cocina, firmado por una eximia escritora [Doña Emilia Pardo Bazán]", recuerda cómo esta da "cierta fórmula para un guisado de puerco, que se iniciaba con el siguiente escabrosísimo primer paso de técnica: "Se echa mano de un cerdo, y se le castra"), El sueño es vida (de amable filosofía montada), Historias de Esparragueras (bucólicas, es un decir, dejémoslas en agropecuarias) y Aldeamediana (abiertamente doctrinaria, dedicado con cuánto candor al mariscal Petain y señora en 1942: "Hacer la contrarrevolución no es hacer la revolución contraria; es hacer lo contrario de la revolución"). No son, ciertamente, las obras que prefiere uno de su autor, aunque la Oceanografía valga lo que un tratado de un pequeño filósofo, pero en ellas está el espíritu de la época (gimnástico y wagneriano al mismo tiempo, entre Poussin y Stravinsky), y las claves por las cuales d'Ors es un escritor fuera de tiempo y de lugar. No por su extravagante actuación en la guerra civil (eso contribuyó lo suyo), sino porque pasado el primer golpe de su glosari, d'Ors se convirtió en un escritor sin lectores, él, que los tuvo sin tasa, en catalán y en español. Hoy no es un escritor ni siquiera para escritores, ni para filósofos, ni para prosistas. Tampoco para falangistas, si es que de estos queda alguno. D'Ors es un escritor para dorsianos, y tiene esa suerte, porque siempre estará entre amigos que pueden ir por sus libros, como excursionistas, acampando ora en la anécdota ora en la categoría, o quedarse en la chaise longue dilucidando si el hombre viene a este mundo siendo clásico o romántico.









Eugenio d'Ors, en un capítulo memorable de la Oceanografía del tedio, "Adiós a los oficios", lamenta la degradación de un mundo que no sabe conservar sus tradiciones y oficios. ¿Qué queda entonces?, se pregunta. Nada, se responde. Al final "todo el mundo, si no es chauffeur, lo parece".

22 de noviembre de 2011

Mamandurrias (farsa y licencia de la España castiza)

"Querido A.:
Para mí, la frase más impresionante de la noche electoral fue sin duda la de la gran Esperanza Aguirre, quien, desde la altura del triunfo de su partido, dijo sobre la debacle socialista: “Ya se han acabao las mamandurrias”.
Un abrazo, E.".

Minutos antes J.M. me rebotaba el acertadísimo artículo de Ignacio Peyró, "Todos a por el cargo", que empieza así:

"Es un espectáculo digno del mejor Pérez Galdós asistir estos días a lo que ocurre en torno al Ministerio de Cultura. Filtraciones interesadas, reposicionamientos súbitos... todo por aspirar a un carguito, a la cuota de poder cultural. Hay incluso cadáveres egregios que resucitan, por ejemplo, el de Luis Racionero, que busca cubrir ración catalana en Madrid o bien quedarse con el puesto de Josep Ramoneda (si no sale el nombramiento de Francesc-Marc Álvaro, próximo a Convergència). “El hosco gallego”, es decir, César Antonio Molina, le está diciendo a todo el que le quiere oír que él va a ser el próximo ministro. Y aparecen en los diarios presiones a Rajoy para que mantenga el ministerio como tal... Por cierto, que en el Cervantes dan por segura la entrada triunfal de Luis Alberto de Cuenca".


El Rastro, primavera 2011



21 de noviembre de 2011

Correo interno (de elecciones)


DE un correo de R., esta mañana:

Si España fuera una única circunscripción:

PP: 156 escaños (186 reales)
PSOE: 100 escaños (110 reales)
IU: 24 escaños (11 reales)
UPyD: 16 escaños (5 reales)
CiU: 14 escaños (16 reales)
PNV: 5 escaños (5 reales)
AMAIUR: 5 escaños (7 reales)
EQUO: 3 escaños (0 reales)

Conseguirían representación en la cámara todos aquellos partidos con más de 70.000 votos.

Es interesante observar que los partidos más penalizados por el sistema actual son aquellos que se presentan en más de una comunidad autónoma. Al mismo tiempo resultaría mucho más difícil que ningún partido obtuviera mayoría absoluta. Y en contra de lo que muchos piensan, los partidos nacionalistas no se verían tan afectados por un sistema de circunscripción única.

Ya no somos marionetas

Ya no resulta fácil saber quién mueve los hilos. Hasta hace poco imaginábamos que lo hacían hombres poderosos en la sombra a los que impulsaba la codicia, la concupiscencia política, los delirios de grandeza. Las marionetas, resignadas a un sino tan triste, decían: ¿y nosotras qué podemos hacer, si nos tienen trabadas? Internet, sin embargo, ha venido a hacer algo más complejas las cosas. No es que haya cortado tales hilos, pero los ha alargado tanto, que ahora se diría que las marionetas anduvieran sueltas, enredando lo suyo, ya que como lo único  de lo que verdaderamente entiende una marioneta es de hilos, se dedican a ponérselos a todo lo que ven y a moverlos por su cuenta. Incluso mueven los suyos propios sin advertir que son los suyos, convencidas de haber  alcanzado la libertad sólo porque tales hilos son muy largos.

Hasta antesdeayer si uno pretendía saber algo más de la película que quería ver o del libro que quería leer o cualesquiera otra indagación, buscaba en los periódicos las reseñas o noticias correspondientes. Cada periódico trataba de tener en plantilla especialistas solventes y probos, y los lectores agradecían sus orientaciones, contrastadas por la experiencia. Incluso a la contra también servía, porque bastaba que tal o cual crítico hablaran mal de un libro o de una película, para que supiéramos que era una garantía infalible de que el libro o la película en cuestión eran buenos. Esto, con internet,  se está acabando. 

Ciertos lectores, espectadores, hotelistas, consumidores de lo que sea ya no miran los periódicos, consultan  internet, entran en foros, inquieren a las redes sociales, sopesan. A esos no les interesa la opinión del especialista, no se fían, sospechan en él connivencias con la industria del libro, del cine, de los viajes, de los hoteles, de las diferentes cosas... Ya sólo le dan su crédito a la gente común, a la buena gente común, a las pobres marionetas que al fin campan a sus anchas, como ellos mismos, por internet, sólo se fían de los libertos. Pero no sospechan que... las editoriales, la industria del cine, de los coches, de los viajes, de los hoteles han infiltrado a sus agentes en blogs, facebooks y twitters correspondientes. Son activos, sistemáticos. Se presentan con perfiles comunes, humanos, incluso con las cadenas rotas y los hilos cortados, y propalan sus mensajes con la misma suavidad del sirimiri, también llamado calabobos. Han de parecer, desde luego, desinteresados: “He empezado a leer tal libro. No había oído hablar nunca de su autor. De momento me está gustando. Ya contaré”. Naturalmente contará tres días después: “Acabo de terminarlo, y estoy arrebatada”. Y, claro, también a la contra: “Soy un entusiasta seguidor de Fulano y hasta ahora me han gustado todas sus obras, pero la última me ha parecido decepcionante, tirar el dinero”. ¿Cómo no creer a un seguidor decepcionado, cómo no ponernos al lado de su dinero perdido? ¿Cómo no atender al arrebato de un espartaquista? En fin, lo que siempre se llamó cotarro (animar el), hacer ambiente. En la sombra, quienes antes movían los hilos, se han vestido de marionetas y desfilan al frente de todas las demás con su pancarta: ya no somos marionetas. 
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 20 de noviembre de 2011]

20 de noviembre de 2011

Cuaderno de Binissaida

Hace ahora un año, organizado por Mariona Fernández e Isabel Olesti de Talleres Islados, le convocaron a uno a cierto cabildo literario que tendría lugar en una casa menorquina a propósito del Salón de pasos perdidos. Las razones por las que uno aceptó, conociendo sus pocas dotes pedagógicas y su nulo propósito proselitista, queden para contadas en otro lugar. Más interés tuvo, sin embargo, el ejercicio propuesto a los cofrades, uno de los cuales,  Àlex Figueras, acaba de sacarlo a la luz en los Papeles del Sitio de Sevilla, en tirada de cien ejemplares de esmeradísima edición, con el título de Cuaderno de Binissaida. No sabemos la circulación que querrá darle el autor, pero nada podría habernos placido más, por decirlo al modo de micer Azorín. Van en él los recuerdos de aquellos días, como estampas de un libro de horas. Al autor, discreto y minucioso, le gusta amortecer la luz, dejarla casi en penumbra, si hablamos del mediodía meridional y deslumbrante, levantarla de la candela, si es de noche. Unos cuantos nombres, Emily Dickinson, Juan Ramón, Pla, Rimbaud, Marià Manent, a modo de señales, parpadean entre líneas, como las bujías que veíamos cabecear en el mar durante la noche. En las palabras de Figueras han vuelto aquellos días de septiembre y aquí siguen, con nosotros, mejorados por dentro y por fuera, y cuánto, justificando el haber ido tan lejos cuando no le movían a uno ni la pedagogía ni el proselitismo.


19 de noviembre de 2011

De la discriminación negativa

EL arquero sabe por instinto hasta dónde puede tensar su arco. Por instinto sabemos cómo tensar la vida. En arte sólo llega lejos lo que lanza el instinto.
* * *
TRATANDO de corregir la discriminación eligieron (en tal gobierno, en tal academia, en tal orquesta) a mujeres menos capacitadas no sólo en relación a los varones que optaban a esos puestos, sino principalmente en relación a aquellas otras mujeres mucho más capacitadas, y que quedaron fuera, precisamente discriminadas, porque habrían puesto en evidencia, en primer lugar, la mediocridad de los varones que tenían que elegirlas y, en segundo, la de las mujeres que estos acabaron eligiendo, que estaban hechas, ni que decir tiene, a imagen y semejanza de los varones o, si estuvo de la mano de estos, un poco más tontas, por aquello de que algo tienen que cambiar las cosas para que todo siga igual.
* * *
QUE los best sellers son literatura devaluada lo prueba el hecho de que quienes idean sus terroríficas cubiertas son los mismos tipógrafos que diseñan los carteles de las rebajas y saldos. Unos y otros los dirigen al mismo público. 

Para que todo siga igual. Madrid, otoño 2011. (Foto A.T.)


18 de noviembre de 2011

The (Nueva York-Texas)

PUEDE que de la misma manera que la teología acabó siendo una rama de la literatura, podemos asegurar que Nueva York se ha convertido en una extensión de la fotografía. Y sin embargo algunas veces las instantáneas que creíamos haber visto un millón de veces, lo que nos habían contado otras tantas, la canción cuya melodía pensábamos sólo nuestra porque nos rondaba durante días la cabeza, esas imágenes, ese relato, esa canción son enteramente nuevas. Y agradecemos que eso ocurra para nosotros, ser contemporáneos de algo que nos mejora incluso a los que no tenemos deseo de viajar hasta esos remotos lugares para constatar que son reales. Lo son aquí, tan mejorados por la poesía de una mirada, y eso nos basta.

Foto: Rafael Trapiello, Nueva York-Texas, 2011

17 de noviembre de 2011

Poetas en el franquismo

DE las cartas de Rafael Múgica Celaya a Luis Figuerola-Ferretti, y de cómo llegaron hasta nuestra casa y la muy grata conversación que vino con ellas, da generosa cuenta, en el blog El duende de la radioel hijo del destinatario, homónimo de su padre. 
Lo apasionante del pasado es que nunca ha terminado de suceder, se diría que está en nuestras manos, y si a menudo el futuro nos parece irrevocable (sin tener que referirnos al 20N próximo), estamos convencidos de que el pasado fluctúa misteriosamente.
Pero del mismo modo que el futuro acaba por descararse y presentarse brutalmente ante nosotros, el pasado se esconde, tal es su naturaleza. En el caso de estas cartas, parece trasparentarse en los dos sellos de correos con la efigie de Franco de uno de los sobres en los que iba una de esas cartas. Cuántos millones de hombres que aborrecieron al dictador se vieron obligados a franquearlas, y durante cuántos años, con esas odiosas estampillas que les recordaban a un tiempo quién y cómo ganó la guerra y lo impotentes que se sentían ellos mismos para acabar con aquel estado de cosas que les obligaba a circular las cartas precisamente de ese modo, con el fin de hacerles pasar bajo esas horcas caudinas de papel cuantas veces fuese necesario.
Pero al mismo tiempo, y tratándose de Celaya, estos dos sellos nos recuerdan que la mayor parte de los poetas españoles que no se marcharon al exilio acabaron escribiendo y publicando buena parte de su obra en España, bajo la dictadura, empezando por el propio Celaya o Blas de Otero y acabando en quienes como Claudio Rodríguez, Ángel González, José Ángel Valente, Carlos Barral o Francisco Brines la escribieron y publicaron por entero aquí sin contratiempos reseñables. Y que esto naturalmente ni justifica ni hace mejor ni más tolerable al franquismo, desde luego, sino más complejo, como complejas fueron las relaciones de muchos de esos poetas, incluidos los antifranquistas militantes del interior, con el medio en el que vivían, incluso a cuerpo de rey, si hemos de creer a Gil de Biedma. Y que la complejidad es parte de la profundidad de los hechos. No sabemos qué hubieran podido escribir los poetas españoles de entonces de no haber sufrido a Franco ni las estampillas con su efigie, pero sabemos qué escribieron y en muchos casos, Claudio Rodríguez por ejemplo, su obra nos resulta de suma excelencia, como excelente es la de san Juan de la Cruz a pesar de Felipe II, un rey no excesivamente piadoso con sus enemigos. Del mismo modo que a la obra de algunos poetas exiliados tampoco la mejoró la libertad en que pudieron escribirla. 
Es decir, los matices que acaba aborreciendo la propaganda de cualquier signo.


16 de noviembre de 2011

Cosas de familia

Después de la tormenta vino el viento y arrastró las nubes. Había tantas que no daba abasto a sacarlas del cielo, y se le desbocaron como una manada de potros. Por más que la luna trataba de colaborar y aspeaba los brazos, las nubes pasaban por encima de ella, aunque por suerte para todos sin tocarla. De la tierra se elevaba el frío de la noche y aunque no dijeran nada, o precisamente por ello, se les oía a los pájaros guardar silencio ante ese espectáculo majestuoso. En aquellas alocadas galopadas había algo de sinfónico, pero el silencio de los pájaros y del agua en el regato y de los olivos era un silencio de cámara, y allí arriba la luna tratando de sosegar el cielo. Sabíamos que ella no se movía ni un centímetro de donde estaba, pero cualquiera hubiera dicho que la luna iba corriendo de un lado a otro tratando de sofocar aquel motín tras la tormenta. No sé, como si ese incendio gélido y plateado la hubiera sacado de la cama en camisa de dormir y caminara descalza como una loca. La vimos un buen rato anonadados, sin poder hacer nada. ¿Cómo ayudarla? Incluso, creo, empeorábamos las cosas, pues el frío hacía que de nuestras bocas, con cada palabra, saliera un puñado de vapor blanco, como otra nube, que al verse en libertad, corría fuera ya de nuestro alcance para ponerse del lado de las amotinadas en su negra barricada. Al final, con indecible tristeza, comprendimos que todo eso era asunto de ellos y que era mejor no intervenir, como si fueran, en fin, cosas de familia, y nos despedimos de la luna, de las nubes, del viento, del silencio de los pájaros y de cuantos sonidos acordados esperaban un poco de sosiego. El nuestro, en la casa, vino luego.


15 de noviembre de 2011

Hermosa carga

Nos trajo nuestro amigo Fernando Yubero, tan oportuno siempre como el céfiro, un precioso regalo: Qué hermosa carga, un cuadernillo de los Cuadernos de Estética Fulgores editados por el Instituto de Bachillerato "La Sisla" en el pueblo manchego de Sonseca, Toledo, en el año 1994, con aforismos inéditos de JRJ que no se incluyen en la edición de Metamorfosis que preparó Antonio Sánchez Romeralo. Algunos de los que figuran aquí los recordamos del segundo tomo de Metamorfosis. Como decía el otro día Carmen Hernández-Pinzón, saber si algo de JR es inédito no siempre es fácil. Pero lo bueno de él es que parece nuevo porque nunca deja de ser bueno.
Y lo decíamos tantas veces: mientras tantos poetas de su tiempo se han agotado, agostados, si no podrido, como laguna estanca, el pozo artesiano de JR sigue dando agua fresca, clara, inmensurable. Suponiendo la rareza de ese librillo, aquí van algunos en vaso de cristal, más indicado acaso que la copa, para saciar la sed.
Porque como le dijo la madre de JR a este a propósito de la rosa, JR no cansa.


NADA de rejistros. Cada día es nueva la equivocación.
* * *
EL gallo canta siempre en la madrugada de la eternidad.
* * *
ESPAÑA
LEJOS de España, desterrado, prefiero vivir en país sin tradición, en ciudad nueva. No quiero prendarme de una tradición que no puedo comprender ni amar como mía.
Así tengo siempre y "sólo" la tierra, el cielo, el mar, que son eternidad, tradición universal. Y tengo mi obra, que es mi tradición y mi eternidad, para vivir como debo, en mi pasado, en mi vida y en mi obra de España, en España, ya que fuera de España no tengo, no puedo ni debo ni quiero tener presente ni porvenir. (Charleston, 1940)
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YO sé que la quedación última de mi obra, muerto yo, será otra que todas las que yo he ideado, proyectado, deseado y formado. (1944)
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A UN NOSTÁLJICO PERMANENTE
ADONDEQUIERA que lleguemos, amigo, encontraremos una falta o una sobra que nos eche. (1944)
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EL MÁS GRANDE
CREO que el llamado "gran poeta" no es el que "llega" a más público, sino el que "crea" más público.
Y el más grande sería el que constituyera la inmensa mayoría total. ¡Qué ilusión para un hombre! (1946)

14 de noviembre de 2011

La duquesa sale a escena

No puede uno tropezarse a la señora duquesa sin abrumarse un poco y desasosegarse. Sufrimos incluso cuando habla, y no ya por las cosas que dice, que son como las que dice la mayor parte de la gente común, sino porque apenas puede articularlas y porque tememos ser testigos en directo de algún quebranto serio de su salud. Ocurrió cuando nos la mostraron bailando después de la ceremonia de su tercera boda.  El flamante marido se colocó detrás de la novia poniendo las manos por si se le caía al suelo y se le rompía, mientras ella aspeaba sus brazos y trataba de imprimir en ellos algo del vuelo que tuvieron en otros tiempos. Es cierto que había mucha gente alrededor que la jaleaba y la alentaba con piropos, “guapa, guapa y guapa”, los mismos que le gritan a la Macarena en la famosa “Madrugá”, pero al verla bailar aquellas sevillanas nos invadió nuevamente la angustia y deseamos que acabara cuanto antes una escena que hacía recordar un poco el casticismo de Valle-Inclán...

Es posible que en otras épocas, cuando la duquesa era joven y tenía brío, y hacía y deshacía a su antojo los asuntos de su casa y de su linaje, poniéndose por montera muchas convenciones sociales, hubiese gente que envidiara su suerte, sus palacios, su fortuna, pero no creo que en el cariño que parece rodear sus apariciones públicas actuales haya nada interesado ni concupiscente. Al contrario, se diría que muchos se sienten atraídos por la vitalidad de alguien que se resiste a abandonar esta vida como hace la mayoría, y que para ello no duda en vestirse sedas crujientes y adornarse el pelo, peinado de modo exuberante, con lazos y perifollos. Es más: aunque fuese poco probable que Mefistófeles encontrara quienes quisieran cambiarse por ella tentándoles con sus palacios, fincas, títulos y propiedades, cada día son más numerosos los que acuden por verla y obsequiarla con sus jaleos. Así que alguien curioso como yo se pregunta qué ven  de  alegre tantos otros en lo que uno apenas percibe ya algo más que una fosca postrimería. 

El interés que suscitan sus andanzas es, desde luego, de la misma naturaleza que el que despertaba en Hesíodo la vida de los dioses o en Proust la de sus aristócratas.  El cotilleo está en la base de muchas novelas: queremos saber. ¿Qué hubiese sido Galdós o el propio Proust sin cotilleos? Pero aquí tiene que haber algo más. Y no es sencillo dilucidarlo. Por eso, cuando no acaba uno de ver las cosas claras sobre un hecho concreto de la actualidad, se pregunta cómo habría contado ese mismo hecho alguien como Cervantes, desde qué ángulo lo habría visto él. En este caso es fácil imaginar  cómo lo hubiesen contado Quevedo, o su albacea Valle-Inclán, pero lo difícil es siempre contar las cosas como las contaba Cervantes. La duquesa sale a escena. A su alrededor una representación nutrida del pueblo llano  vitorea y toca las palmas a placer. Gusta de ver a sus señores en esa zambra. Y uno, que trata de contar como Larra lo que ve, no logra hacerlo de un modo claro. Al final, lo tacha todo. Quiere sentir lo que sienten tantos, pero pierde el sosiego cada vez que la duquesa sale a escena, y él mismo se cae sobre su propia página como un borrón.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 13 de noviembre de 2011]


13 de noviembre de 2011

Dos fotos del Rastro


El Rastro, 13 de noviembre de 2011

Distancias largas


YO, como escritor, espero ganar algo en las distancias largas, o sea después de muerto.
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EN cada aurora hay una marca de agua. No siempre se llega a descubrir a tiempo, dura muy poco. Hay que poner la aurora, como papel timbrado, contra la luz y entonces, con suerte, allí está esperando con todo su valor, su ley, su transparencia.
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MUCHA gente de la que navega por internet lo hace no encima de un tigre, sino de una avispa.
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HAY algo superior al círculo: la espiral. La ciencia está hecha de ruedas, cerradas, dentadas, unas mueven a otras, progresa el mundo. Lo que hace el poeta, el artista, el filósofo es la espiral de dentro afuera cuando es joven, de afuera adentro más tarde. Nunca puede llegar a ningún sitio ni completar su órbita, en eso es superior su eternidad.
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A diferencia de todas las demás, la justicia poética es siempre justa incluso cuando no es poética.
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Y Veremunda le puso a los pies de sus cabellos.

12 de noviembre de 2011

El dedo de la tetera

El deseo de ser otro no es exclusivo de las personas, también es propio de los objetos, que ocultan en un pliegue de sí mismos ese secreto advertido únicamente por casualidad, como en el caso de la tetera. Sólo al ser dejada al revés, para que escurriese su agua y se sacase, mostró su dedo dibujado pacientemente por muchas gotas de té. Y lo más hermoso es que esa otra naturaleza suya durará muy poco, apenas unos minutos, como tantas manifestaciones poéticas de la naturaleza, rosa, aurora, un té caliente.

Madrid, 11 de noviembre de 2011



11 de noviembre de 2011

Los vagamundos

ACABABAN de recibirlo hace dos días en la librería. Lo vio en la mesa de novedades por primera vez. Al encontrarlo allí se hizo la ilusión por un momento de que pudiera haberlo escrito otro, otro mejor. Lo compró, pagó por él con su propio dinero. Extraña sensación de libertad la de pagar por uno mismo en el mercado de esclavos. Los esclavos felices podríamos decir de los escritores que buscan hacer el trabajo gustoso. Fue leyendo por la calle la contracubierta, que reproduce el breve prólogo. No recordó cuándo lo había escrito, tampoco lo que decía en él. Eso también hizo que le pareciera un libro nuevo. Le entró curiosidad, ¿cómo sería el resto? ¿Habría envejecido? Hay ensayos en él, pensó, de hace diez, de hace doce años. La mayor parte de los libros son de hoja caduca. ¿Lo será este?, se dijo más con curiosidad que con temor. Sabe que acaso no podrá saberlo, porque no tendrá tiempo para volver a leerlo: ha de seguir escribiendo los nuevos, su camino, el trabajo gustoso. Pero le hace ilusión que alguien lo haga por él, como si fuese otro.

   PRÓLOGO BREVE
Se publicaron estos trabajos en los últimos diez o doce años aquí y allá, en periódicos y revistas o como prólogos. Me asombra, es un decir, que la mayoría traten de los mismos escritores que aparecían ya en entregas anteriores de esta misma serie de Clásicos de traje gris, alguna de hace veinticinco años. Quiere decir que uno se ha movido poco respecto de estos escritores, pero también que ellos se han movido igual de poco respecto de uno. Me gustaría pensar que estas páginas son como esos cuadros que algunos impresionistas pintaban una y otra vez sobre el mismo asunto, naturaleza muerta o paisaje, para no referirnos a aquellos que como Rembrandt o Van Gogh pintaron a lo largo de su vida incansablemente su propio rostro, con curiosidad y modestia, dando a entender con ello que a menudo no tenían nada mejor a mano. 
No va a entrar uno ahora a dilucidar lo que haya o no de autorretratato en estas páginas, porque el arranque de todas y cada una de ellas fue lo opuesto, tratar de contagiar algo del entusiasmo que le produjeron a uno la lectura de tales o cuales obras o el recuerdo de tal o cual escritor, a pesar de que para ello el lector de este libro haya de pasar a través de mis palabras. Que yo diga ahora que me habría gustado que fuesen mejores, no serviría de nada, y me daría por satisfecho si después de leer este libro te apresuras a leer aquellos otros de los que se habla aquí, por los que yo guardo profunda gratitud, habiendo hecho que me olvidara, sobre todo, de mí mismo. ¿Podría decirse algo mejor de ningún libro? Desde luego. Que tú, lector, leyéndolo, llegaras a olvidarte también de mí. Hablando de clásicos de traje gris, querrá decir que salimos ganando todos.


Andrés Trapiello, Los vagamundos. Barril & Barral Barcelona, 2011

10 de noviembre de 2011

Organillos

Hace unos días G., por su cuenta, aprovechando que estábamos de viaje, se llegó al escritorio de su padre y le organizó sus abrecartas, disponiéndolos como teclas de un piano. A pesar de que hay tantos y parecerlo, no se trata de una colección. Cuando era niño, G. tenía también esa costumbre de mover papeles y abrir cajones, y le gustaba a uno que curioseara en los pequeños secretos paternos, porque son pequeños y porque ni siquiera son secretos. Al fin y al cabo, esa experiencia, asomarnos al mundo de las personas amadas cuando están lejos, temporal o definitivamente, no deja de ser una manera de acercarlos. Sin contar con que lo que aprendemos a hurtadillas suele ser mucho más importante en nuestra formación.
Nunca ha coleccionado uno ninguna cosa. Un buen día, buscó el abrecartas para abrir las páginas de un libro que leía, y no apareció. Abrirlas con un cuchillo no deja de ser cosa de matarifes. En vista de ello, compró otro abrecartas (siempre cálidos al tacto, de marfil, de madera, de carey, de pasta, de asta, de celuloide), y al poco tiempo apareció el primero, pero para entonces los abrecartas, empeñados en ocultarse, se escondieron de nuevo en las páginas de algún libro o vete tú a saber, bajo los papeles, en los cajones, así que compró alguno más y los dejó a la vista, y vinieron otros, depositados estratégicamente por la casa, para cuando se necesitan, libro o carta (encontrará uno siempre una forma suprema de barbarie esa de meter el dedo índice en la comisura del sobre, para desgarrarlo como Atila las mesetas danubianas; y al revés, abrirlas cuidadosamente con un abrecartas adecuado, sin dejar rebabas de papel, como si no lo hubiesen sido, prolonga la ilusión de que aún nos espera la alegría de leerlas).  
Y gracias a ese cuidado de G., este nos llevó al prodigioso lugar en el que unas manos anónimas ordenan el mundo a espaldas del mismo mundo. Tal vez lo que se origina en tal ordenación tenga que ver con la música lo que esta con los organillos. Pero no deja de ser bonita esa melodía cilíndrica, mecánica, metálica que parece desalojar la minuciosa mirada del número.

9 de noviembre de 2011

Sin él

LE dedicamos una hora de teléfono, por recordarlo vivo, por sabernos vivos. Fueron más de treinta años que vinieron a juntarnos tantas veces en tantos lugares, y entonces nuestro amigo E. quiso abrochar el recordar, lo vivo, con uno de sus poemas últimos:

EDAD Y POESÍA

Estuvo siempre en mí
Este caudal decible
Este río de oro
En el que siempre navegó
Mi voz sin salvavidas
Y nunca cesa de correr su ímpetu
Sus altas aguas con su propia edad
Con su mismo oro joven
Porque ahora veo que no vino
Todo este tiempo acompañándome
Soy yo quien ha de acompañarlo
Hasta el día que siga ya sin mí.
       
      Tomás Segovia, Estuario

Yo pecador

El día que nos llegaba la tristísima noticia de la muerte de Tomás Segovia, uno de cuyos libros últimos se titula Digo Yo, nos enviaba Carmen Hernández-Pinzón, siempre generosa y atenta a todo lo de Juan Ramón, este precioso escrito suyo, prólogo a su libro Yo pecador.  Aunque de lo que habla JR es muy serio, se diría que ambos títulos estuvieran eslabonados por una sutil ironía, ese humor finísimo que de ambos hacía unos poetas excepcionales dentro de la lírica española, tan cenicienta y cariacontecida por lo general. 
Del escrito de JRJ nos dice Carmen que, que ella sepa, es inédito, aunque, añade, "tener certeza de esto con JR es imposible". 
Trata de algo de lo que habló muchas veces y que resumió en este aforismo vagamente melancólico, "Diera la mitad de mi obra por no haber escrito la otra mitad", propio de quien tenía demasiado caudal para un mundo que suele desconfiar de la sobreabundancia.
   
    PRÓLOGO A MI LIBRO "YO PECADOR"
"La verdad es que, hoy por hoy, yo preferiría no haber escrito nada, o casi nada de lo que he escrito. O, mejor, preferiría no haberlo publicado, o haberlo publicado anónimamente. Hubiera querido no ser poeta público ni hombre público, pero, claro, uno no es dueño, durante su vida, corta o larga, de sus ideas últimas. No es dueño de su idea ni de su voluntad últimas, por desgracia.
Ahora bien, resignado a publicarlo, puesto que ya he publicado tanto y no puedo despublicarlo, creo que debo publicarlo todo, absolutamente todo; que debo tener el valor de sufrir la vergüenza pública de cuanto he escrito, corrijiéndolo en aquello en que yo pueda mejorarlo. Uno debe responder ante el otro posible o imposible del trabajo de su existencia. "A lo hecho pecho", dice el español. Pecho: responsabilidad. El pecador que se confiesa arrepentido debe confesar hasta lo más mínimo, quedar completamente limpio de sí mismo. Como el poeta.
Creo que en mi obra escrita hay para todos los gustos. Uno pasa desde niño por tanta cosa y tanta fase. que puede compararse con toda la humanidad. Hay para el difícil, para el exijente, para el contentadizo, para el corriente (niño, maduro o viejo). Tal vez no haya nada para el bruto, para el perverso ni para el inverso. Tampoco quizás para dar gusto a nadie espresamente, sobre todo a la crítica.
Dije antes "responder del trabajo de su vida". Mi vida ha sido, casi toda vida poética, trabajo poético, creación o recreación. Se ha escrito que yo soy intermitente en mi trabajo. Sería mejor decir en la publicación de mi trabajo o en su ordenación y corrección. Y esto es verdad pero no por mi gusto. Siempre me he comparado al árbol que tanto amo; tengo las fases y las crisis anuales del árbol, las padezco yo anualmente. En el otoño una triste crisis mística empieza a libertarme del esfuerzo esterior y a intensificar la vida interna; todos mis recuerdos interiores se ajitan y se anulan para la acción. El invierno es época mía de letargo: sueños ricos me llenan todo del todo. Por fuera lo gris liso. Los primeros brotes ya me encuentran despierto; oigo los pájaros desde el alba y no necesito casi sueño. Los proyectos se me acumulan, acometo mil cosas a la vez. Esta fase dura hasta lo penúltimo del verano; entonces un día, en plena canícula, empieza a parecerme imposible todo mi trabajo; es como si una gran pared de bruma maciza se interpusiera entre mí y mi dios. Ceso en todo versos, cartas, lecturas, colaboración. Sólo vida externa, naturaleza libre, música, conversación.
Lo curioso es que esto se ha repetido cada año desde hace muchos sin que yo hubiese creído nunca durante la plenitud que pudiera repetirse [durante] la decadencia.
Y cuando viene la primavera y empiezo de nuevo (y esta sí que es mi trajedia si se quiere) tengo que empezarlo todo otra vez por el principio y jeneralmente lo cambio todo en muchos detalles esenciales. Por eso tengo tanto papel acumulado y por eso he dado menos libros cada vez. Nunca he podido casar la creación con la publicación".



8 de noviembre de 2011

La muerte de un poeta

El día 7 de noviembre, hace una hora, ha muerto en Méjico, a la edad de ochenta y cuatro años, el poeta Tomás Segovia. Desde hacía unos años sufría una grave enfermedad, a la que le era muy difícil no tratar con displicencia. Escribió bellísimos poemas hasta el final y arrostró la muerte, columbrada por él desde hacía tiempo, como el propio Cervantes, con grandísima presencia de ánimo, tanto que parece haber quedado con su ausencia entre nosotros, en el aire de este otoño madrileño que tanto le inspiró a él, su "adiós, donaires".

Tomás Segovia en casa de Cuca y Ramón Gaya, 2008


    HUBO UNA VEZ


Salir a cualquier hora
Era siempre salir a la gran plaza
Al espacio central sobre el que gira el mundo
Era salir a ver
Cómo las cosas se regocijaban
De que quisiéramos salir a verlas
Y cómo las personas todas
Haciéndose tal vez las distraídas
En realidad estaban esperándonos
En su fondo más limpio.


Todo se desplegaba ante los ojos
Igual que los joviales
Tenderetes de fruta del mercado
Todo estaba en oferta
Todo esperaba nuestra mano
Todo el frescor era llamada
Todo era nuestro
                               puesto que existía.


  (De Estuario, 2011)

7 de noviembre de 2011

En serio: ríase un poco

EL humor ha tenido mala prensa entre los intelectuales. Hablamos de los intelectuales españoles. No entre los ingleses a los que el humor ha parecido tradicionalmente una cortesía de la inteligencia, y como tal lo cultivan. En España no; en España el humor suele estar bajo sospecha, y eso pese a que el mejor libro de su literatura, el Quijote, es un libro de humor. Claro que esa fue probablemente la causa de que tardara tanto en ser considerado aquí un libro serio.

No obstante ha habido entre nosotros un buen número de escritores que trataban de arrancar en sus lectores una sonrisa, a riesgo de parecer frívolos a los intelectuales, que siempre van a encontrar motivos para cubrir de ceniza sus cabellos y rasgarse las vestiduras. Aún hoy, cuando leemos a esos escritores, cien años después, siguen haciéndonos mucha gracia. Que algo gracioso siga siéndolo un siglo después es un milagro, porque el humor es lo primero que se marchita. Cuánto nos hemos sonreído, incluso reído, con Baroja, cuando este finge ponerse serio barbarizando. Y desde luego con Gómez de la Serna, cuya prosa cosquillea en la  nariz como el agua de sifón. Y con los gallegos. Los gallegos han sabido reírse mucho siempre de todo, empezando por sus esencias, al menos los antiguos. Fueron maestros del humor Valle Inclán, cuyas  repentizaciones hilarantes se hicieron célebres; y Fernández Flórez, y el gran Camba, y Castelao, y Dieste y Cunqueiro, finísimo siempre... En realidad los gallegos llevan dentro un sutil humorista. Aunque, sin ánimo de  molestar a nadie, no todos serán desternillantes, y gallegos habrá que sean tristes y solemnes, como en todas partes. ¿Y quién no ha disfrutado con Pla de su humor honesto y vago? Incluso los poetas nos han hecho sonreír a menudo: lo hace Machado con su Juan de Mairena y Juan Ramón en sus aforismos. Y claro, la que se llamó la generación de los humoristas: Tono, Mihura, Jardiel, Neville, desopilantes a menudo.

Estos eran todos de derechas, y acaso por ello se creyó que el humor era franquista por naturaleza (aunque hubiera grandes humoristas en el exilio, como Antoniorrobles). Fue necesario esperar a la generación de los Chumy Chúmez, El Perich o El Roto para empezar a reírnos sin temor a ser considerados reaccionarios.  ¿Y qué sucede ahora? ¿Ha perdido uno la capacidad de reírse? ¿Es que ya no le hace gracia casi nada o es, sencillamente, que los escritores no están de humor? ¿Ha cambiado quizá este, la forma de hacerse, de entenderse? ¿Cuántas novelas o ensayos nos arrancan hoy la sonrisa y aun la carcajada, como el Quijote? Comprende uno que las cosas están para poca broma, pero precisamente por ello necesitaríamos de nuevo ese humor, como lo fue el de La Cordorniz en los años tétricos de la dictadura, “más audaz para el lector más inteligente”, que sólo algunos pocos siguen cultivando. Es probable que las palabras de Muñoz Seca antes de ser asesinado en 1936 no fuesen del todo ciertas. “Podéis quitármelo todo, incluso la vida, pero no el miedo”, dicen que dijo. Sí, las cosas se han puesto serias en el mundo, y acaso por ello se necesita hoy más que nunca del humor, lo único acreditado para quitar el miedo, sobre todo cuando se practica con la poética seriedad de Chaplin o de Buster Keaton. 
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 6 de noviembre de 2011]



 Pedro Muñoz Seca. Fotodin. Secuencia inédita, años treinta.