30 de septiembre de 2011

Una polilla

El dibujo de esta polilla, o lo que sea, es precioso, entre el art nouveau y el art déco (a eso hemos llegado: en vez de afirmar que algunas formas del art nouveau y del art déco nacieron de las polillas, de las libélulas, de los caballitos del diablo, de los escarabajos o de los saltamontes, por no hablar, en el caso del surrealismo, de las langostas y las cigalas, lo pensamos al revés).
Hay algo fascinante en el dibujo que llevan consigo los insectos. De niño me encandilaba la leyenda de Baden-Powell según la cual este había sacado de no sé qué país transilvano los planos de no sé qué fortificaciones enemigas camuflados en los dibujos de unas mariposas.
Estaba “la nuestra” en la pared del zaguán. Quieta, como una esfinge. A su alrededor había bichitos de muchas clases, con patas largas, cortas, con pelos, con corazas, negros, nazarenos, del ku-klux-klan, con alas, con antenas. Al lado de la polilla resultaban insignificantes. Por su majestad y esa capa pluvial, la polilla parecía una papisa, y los demás criados y servidores.
Pasé a su lado varias veces a lo largo de la tarde, ella allí, parada, estática, con aquel porte suyo tan distinguido. Los insectos se movían a su alrededor sin descanso, de lo que deduje que quizá se tratara de un sistema, como el solar. Si yo tuviese un amigo orífice se la llevaría y me haría una pequeña joya con ella, copiándola, para regalársela a una mujer. Pero es muy difícil encontrar artesanos que quieran copiar nada, hoy todos quieren ser originales y grandes artistas.
Después de verla tres o cuatro veces, supuse que aquel empaque era por algo, dejé lo que estaba haciendo con la misma diligencia que el resto de los insectos, y me dediqué a observarla, como un entomólogo. Al rato, y al no sacar ninguna conclusión de orden moral de lo que estaba viendo, puse todo en manos del iphone (quede aquí su nombre por gratitud), como tantas otras imágenes que hemos podido conservar. Hasta hace poco lo habitual era que se perdieran, y ahora es posible que se pierdan también como tantas gotas de lluvia. Sí, es verdad que esta y otras instantáneas, tomadas por la calle, en el Rastro, mirando cosas, no son más que gotas de lluvia, pero quién sabe si no acabarán formando un día un río, como esos que se dibujan en el cristal de la ventana los días de aguacero, el verdadero río del Tiempo.
Finalmente, cuando se hizo de noche, pudo más la curiosidad infantil y le acerqué el dedo con prudencia, por si era una polilla a la que alguien hubiese convertido en estatua de sal, pero no, salió volando, perezosamente, con un vuelo ligero y cadencioso, como esas barquitas de pescadores que se pasan la noche pescando en alta mar. Aunque tienen el ancla echada parece que van un poco a la deriva. Y así la vi un momento, como una bombillita que diera tumbos entre las sombras, llevándose a otra parte el laberinto dorado y negro de sus alas, y en él los fabulosos planos de ese castillo que llamamos infancia.
(Las Viñas, 28 de septiembre de 2011)

29 de septiembre de 2011

Esta cercana lejanía (sobre Miguel Galano)

En la Galería Vértice de Oviedo inaugura hoy Miguel Galano la exposición de pinturas que hizo en y de Cartagena de Indias. En el catálogo se publica este texto que acompaña sus pinturas.

La naturaleza de Miguel Galano es lírica, sus cuadros son líricos y misteriosos, y su lirismo es hondo, lleno de ensueños apagados y verdaderos. Diríamos: ascuas acunadas en la ceniza. Podríamos decir también de ellos sólo eso, y habríamos dicho mucho, mucho más de lo que podamos decir de casi nadie. Hay algo en él de metafísico. Al metafísico, si no trata de explicar el mundo y el trasmundo con palabras al modo de los filósofos, para lo cual es sabido que estos suelen necesitar muchas y no siempre claras, al metafísico, decía, parecen bastarle y aun sobrarle unos cuantos silencios, unas cuantas sombras, como mucho unas cuantas ausencias sugeridas. La primera ausencia de la pintura de Galano es la  humana. Y sin embargo nadie diría que sus paisajes, sus casas, sus jardines, sus litorales y sus mares, sus templos abandonados y sus árboles invernales, estuviesen vacíos, ni mucho menos. En todos ellos sentimos que alguien acaba de irse, que alguien aparecerá en cualquier momento por un rincón del cuadro, como en una cita secreta y misteriosa.
Escenarios propicios para tales encuentros, más allá de lo real, y por eso decimos que los suyos son metafísicos, porque parecen tener lugar en la órbita de la poesía, escenarios que parecen estar convocándonos a tales encuentros misteriosos, sugeridos, son, en la pintura de Galano, qué duda cabe, su Norte brumoso, que tantas veces ha pintado, las carreteras solitarias que unen como un eslabón roto la frontera lejana entre Galicia y Asturias, en su país nativo, esos viejos caserones a las afueras de cualquier parte, “Brujas la muerta”, “Córdoba callada”, Varsovia la simbolista, Barcelona la gótica… Pero, ¿y  Cartagena de Indias la luminosa, la Cartagena de Indias abierta al mar Caribe y mecida por los festivos vallenatos?
No sabemos las razones por las cuales acabó Galano en Cartagena de Indias, pero sí podemos sospechar las que le llevaron a retratarlo. Pues hay que decir que del mismo modo que otros retratan personas, Galano retrata lugares, les busca el alma y hace que esta les venga al rostro. Y el rostro de los lugares son esos viejos caserones, los muelles, sus barcos como parados  en alta mar, las carreteras abrochando confines bajo la niebla, esos jardines sin jardinero, sin alma, de los que hablaba Manuel Machado…
Ha estado uno también dos veces en Cartagena de Indias Dios podrá recordar por qué razones, pero ha podido encontrar en las pinturas de Galano, para su alegría, aquella Cartagena que también nos sorprendió a nosotros, la que se vaciaba a partir de las doce de la noche, la de las calles en la que resonaban siempre unos pasos sin que llegáramos nunca a descubrir de dónde procedían, a veces los cascos cansinos de un jamelgo enganchado a un carricoche, la de las casas coloniales en las que parecerían estar esperando los fantasmas de todos aquellos que como Cervantes cifraron en esa ciudad su fortuna, sin que pudieran llegar a ella jamás, la de las plazas imponentes, con esos dragos y ficus decimonónicos y sus bancos de hierro en la que los mendigos tenían el aspecto de no ser sino las estatuas cansadas de estar de pie todo el día, la del maravilloso poeta cartagenero Luis Carlos López, tan verlainiano, tan lírico a su manera áspera (como lo fue Vighi), tan lírico a su modo sentimental (como lo fuese el otro López, López Velarde), tan vangohtiano, con sus viejas botas caminando solas, fantasmales, por la ciudad, en cada amanecer… Esa ciudad está en estas pinturas, aquella lejanía es ya nuestra cercana lejanía.
Galano es un pintor lírico, su lirismo es hondo, y su mirada suya, sólo suya. Dijo Antonio Machado de Baroja “En Londres o Madrid, Ginebra o Roma, / ha sorprendido, ingenuo paseante, / el mismo tedium vitae en vario idioma, / en múltiple careta igual semblante”, y podría decirse de él que ha llevado, como Baroja, a Cartagena de Indias su penumbrismo, su soledad, y, oh prodigio, un poco del invierno y de las brumas del Norte, como aquel personaje de Cien años de soledad que corría nieve en el trópico. Ha ido pues Galano a Cartagena de Indias no a traernos, sino a llevarles.
Galano ha hermanado Cartagena de Indias con Córdoba, con Cracovia, con Barcelona, con Ribadeo, ha puesto su ascua viva en la ceniza. Galano lírico, solitario, metafísico.
  [Texto para el catálogo Miguel Galano, Cartagena de Indias, septiembre 2011]

28 de septiembre de 2011

Del otoño

HAY un momento, a veces un instante muy breve, como el ruido de la puerta que se abre a nuestras espaldas, en que percibimos que algo ha cambiado irremediablemente. Es un momento único. Y cuando sucede, sucede a su hora, puntual. Nos decimos entonces: ha llegado el otoño, es él quien ha abierto esa puerta. Y volvemos la cabeza aun sin querer, sin atrevernos aún a estar alegres.
Al principio no sabemos muy bien cómo recibir a un huésped tan distinguido que llega con la consideración y los elogios de los espíritus egregios.
Bien por la novedad y el cansancio del verano, bien por sí mismo, el caso es que esas maneras suyas silenciosas nos seducen de tal modo que sin darnos cuenta empezamos a copiarle al otoño el porte, como copiábamos de muchachos en secreto algunos ademanes y actitudes de tal o cual muchacha de la que estábamos enamorados no menos en secreto, con el solo propósito de llamar su atención y que leyese en nuestra mirada atenta y taciturna un “¡somos almas hermanas! ¿Cómo no te has dado cuenta todavía?”.
Así ahora nuestra alma secunda a las hojas de los árboles. Sepultadas por el canto estrepitoso de los pájaros, idos ya en su mayor parte a su emigración, se nos había olvidado que los árboles supieran hablar también. Lo hacen mediante silencios hechos de viento y de cadencias. Tanto más hondos y misteriosos son esos silencios cuanto más sostenidas y profusas son las cadencias, de modo que tal silencio no es ausencia de sonidos, sino lo contrario, suma de ellos. Cuanto más se mueven las hojas, cuanto más ruido hacen, mayor y más hondo parece el silencio que los rodea. Oyéndoselo a los alcornoques, a las retraídas encinas, a los olivos o al verde polvoriento de las zarzas, nos enardecemos también y tratamos de imitárselo, agitándonos como ellos. Y temblamos igual. Nos pasamos así el día oyendo a los árboles en el viento y al viento en los árboles, de modo que cuando llega el crepúsculo tiene uno que sujetarse para no lanzarse descalzo por las callejas, como las hojas muertas.
Ahora es de noche. Una noche sin luna, sin estrellas, Los árboles siguen hablando con la voz apagada, y el alma también imita ese silencio nuevo, sin luna y sin estrellas, por el que puede caminar, no obstante, como a la luz del día. Un sentir con ramas y con hojas y con los nidos vacíos del verano. Hoja él mismo atento a ese momento, único también, en el que habrá de ser separado del árbol al que ha estado unido tanto tiempo. También se oirá un leve ruido entonces, como de puerta, y alguien al oírlo girará la cabeza ilusionado. Que a su alrededor puedan oírse palabras graves y algún sollozo no restará levedad a ese momento.

27 de septiembre de 2011

Aristócrata de intemperie (y 3)

Ya.
El retrato y estudio de Unamuno incluido en Alerta de JRJ que hemos venido comentando es acaso uno de los más sagaces y, desde un punto de vista pisológico, más terminados que se le hicieron, y no fueron pocos. Don Miguel atraía a los retratistas, tanto a los que les movía la admiración como a aquellos otros, muchos, que sólo buscaban la caricatura. “Dios era para Unamuno como una trájica manía, una locura normal. Era un loco a lo divino y en todo cuanto hacía o escribía estaba Dios presente, como si Unamuno viera a Dios cuando se veía a sí mismo en todos los espejos de la vida” (...) "La conocida frase del injenioso Cocteau epigramático del 'boulevard' parisién: "Victor Hugo es un loco que se creyó Victor Hugo", se podría aplicar a Unamuno con un lijero cambio: "Dios es un loco que se cree Unamuno".
Por gusto copiaría aquí todas las páginas que le dedica JRJ. Como el editor del libro no lo dice, no sabemos muy bien para dónde ni cuándo ni por qué motivo fueron escritas esas cuartillas. Si no lo he entendido mal, las escribió ya en el exilio, para alguna de las clases que impartió en la universidad. Lo sugiere ese “¿Pregunta?” que abrocha sus comentarios.
Y para hacernos más visible a ese Dios que según JRJ dejó fuera de sí el aire y el agua, puro fuego y pura tierra, añadió JR estas dos anécdotas: “Yo traté mucho a Unamuno y únicamente en una ocasión le oí hablar con posibilidad amorosa de una mujer que no era de su familia. Fue al pasar ante nosotros una jitana trashumante, gallarda y despectiva; dijo: “Si yo alguna vez pudiese ser infiel a mi mujer, lo sería con esa jitana”. Yo comprendí que había en ello una nostaljia patriarcal milenaria. Porque él, como los patriarcas bíblicos tenía sentido de paso, tenía en sí mismo y en sí sólo, en su tienda, en su casa otra vida y otra muerte, además de su propia muerte y vida cotidiana y las de su familia. Su amor fundamental era su propia eternidad con su dios hombre. ¿Pregunta?”.
Y la otra: "Cuando Jacinto Benavente dijo que Unamuno era cursi, él le contestó que lo invitaba a ponerse los dos desnudos en la Puerta del Sol de Madrid, para que el pueblo decidiera quién era más cursi". 
Y cuando las anécdotas ya habían fijado al personaje por fuera ("Unamuno era un hombre alto, hermoso, con el pelo blanco desde muy joven... que no se rio del todo nunca"), el retrato por dentro: "Lo mejor de él para mí es su prosa, y su prosa diaria sobre todo. Como no era esteta, el consonante le era hostil. Nunca lo dominó. Con consonante siempre era ripioso, pero él hacía del ripio una catapulta, un arma de piedra ofensiva más que defensiva. Le gustaba empedrar y apedrear hasta en poesía. La desviación, el vicio estético suyo, ya que él consideraba la estética como un vicio, era hacer bellísimas pajaritas de papel y figuras jeométicas con masa de pan. El verso libre fue su reino, y esa epopeya que es "El Cristo de Velázquez" es la prueba más alta, en cuanto a la forma, del poder del dominio de un hombre que hace una obra de arte desentendiéndose del arte. Sus líneas escritas, aun las más amorosas, eran como látigos amorosos".
Y no sigo citando para darte lugar a buscar ese Alerta, del mejor crítico de su tiempo, y que te dejes sacudir por él (remejer, habría dicho Unamuno).
Ya está.
(Ilustración: Gitana, Isidro Nonell)

26 de septiembre de 2011

Elogio de todo lo que se mueve

Hablábamos un día de cómo se parecían algunos de nuestros políticos a  los autómatas, esos muñecos que se idearon desde la antigüedad para hipnótico asombro de las gentes. No es menor el embeleso que a todos nos producen los espantapájaros, y acaso por ello los  agrarios que los ponen en sus tierras para ahuyentar a los pájaros y evitar el esquilme de sus campos, los fabrican con harto esmero. Cuánta delicadeza vemos en sus harapos  negros y sombreros raídos, y cuánto realismo, porque de lejos no hay un espantapájaros que no se parezca algo, y aun mucho, al alma de cada uno de nosotros. Y si los autómatas nos inquietan y admiran porque se mueven, los espantapájaros mueven nuestra piedad por lo contrario, por saberlos hincados en el suelo, eternamente inmóviles, viendo que todo en la tierra se mueve menos ellos,  bestias, hombres, cosechas, estaciones, aves, astros.

Hijos de autómatas y espantajos son las revolanderas. Así llaman en Extremadura a los artilugios variopintos que fijos en un punto aspean los brazos incansablemente. La pajarita de papel, movida por el viento, es, claro, la más conocida, pero la clásica por antonomasia es la que se hace con un par de cañas de migajón. A diferencia de la cañaheja en la que guardaba las monedas de oro uno de los hombres a los que juzgó Sancho en su isla Barataria, la caña de migajón tiene como un tuétano (esto creo que significa miajón en castúo), imprescindible para fabricar los rudimentos que harán girar uno de sus brazos. Más que asustar así a los pájaros, cierto, nos admira a los demás. Cada vez hay menos cañas y, lo que es peor, menos gente que sepa industriar revolanderas, con su aspecto rudimentario y leonardesco. Pero sigue habiendo cosechas y sigue habiendo pájaros y la necesidad de alejarlos. Así que el hombre ha seguido haciendo revolanderas a veces elementales, y, diríamos, poco sostenibles: cedés colgados de las ramas, viejas cintas de caset y, el último y acaso más insólito artilugio de todos hecho a partir de los envases de plástico de fanta o de cocacola. Mediante cortes oportunos en su vientre se sacan cuatro aletas a modo de ventanas. A continuación se le rebana la base  y se espeta la botella en un palo, que servirá de eje, y el viento hará el resto: la botella no dejará de girar y el movimiento redimirá en parte al plástico de su congénita e insolente fealdad en medio de la naturaleza.

Entramos en una época electoral en la que los políticos no dejarán de moverse, y pese a ello no lograrán evitar que algunos nos recuerden a los muñecos autómatas: esclavos de sí mismos y además... parados, sin ideas nuevas, sin pilas. Otras gentes seguirán concentrándose en las plazas de nuestras ciudades y pueblos. Estas nos dan a muchos la impresión de ser, por el contrario, los que verdaderamente están vivos, dándole vueltas a los viejos problemas, tratando de mover su imaginación para alejar en lo posible las bandadas de buitres, corruptos, especuladores... Un día los autómatas actuarán por su cuenta y los espantapájaros caminarán. Tal vez. Pero por suerte nos quedan, hoy por hoy, las revolanderas. Son pocas, tal vez, pero nos recuerdan que pensar es moverse.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de septiembre de 2011]



25 de septiembre de 2011

Pobre perro perdido o una autobiografía en quince líneas

LA extraña enfermedad que impide llegar puntual a los sitios es denominada médicamente, dentro de los Trastornos Obsesivos Compulsivos, como "Lentitud Obsesiva Primaria". Quien la padece siempre encuentra una excusa que se interpone entre él y el deber. ¿Seremos uno de los "lops", como se les llama? Se diría que no lográramos llegar nunca adonde nos proponíamos, ya que tú deberías estar leyendo ahora la entrada prometida ayer, a propósito de Unamuno, y no esta, pero nos ha salido al paso Azorín, ¿y cómo desatenderlo? Es una página memorable la suya, acaso una de las más hermosas del mínimo y grandísimo Azorín y la escribió respondiendo al cuestionario que le envió Miguel Pérez Ferrero para alguno de los periódicos en los que este colaboraba. Es una autobiografía en quince líneas. En alguno de los tomos del Salón de pasos perdidos se habla de ella y se subraya allí la emoción que especialmente le produjo a uno esa línea en la que a la pregunta de "qué animal prefiere o le gusta más", responde: “el perro perdido”, añadiendo a continuación el adjetivo pobre, él que siempre escogió los adjetivos como quien corta rosas. Nos imaginamos el sobresalto del maestro al advertir su olvido, al corregir la frase, haciendo girar suavemente, cuidadosamente, el cilindro de la máquina, para añadirlo en la interlínea. En ese adjetivo, pobre, y en el otro, perdido (más universal que callejero), está a mi modo de ver la poesía de Azorín.










(Ilustraciones: Cuartilla original de Azorín y fotografía de Alfonso de las manos del escritor)

24 de septiembre de 2011

Las glorias del mundo (las tres A)

Nuestro amigo Antonio Moreno, que tanto tiene él de Antonio Azorín,  ponía hace unos minutos en nuestro correo esta carta y la fotografía de unos azulejos: "Querido Andrés: He estado mirando fotografías y he encontrado este poema. ¿Lo conocías? Está en su casa del Collado. Un abrazo A.". He querido contarlo a los amigos, con la voz apagada de la medianoche, sin esperar a la aurora. Ahora recuerdo que alguien nos lo dio a conocer hace tiempo, quizá tú mismo, A. Pero es claro que no lo teníamos presente (como a veces se nos olvida la cuartilla mecanografiada por Azorín en la misma máquina de escribir en la que le bailan las letras, sin acentos, y con aquellas respuestas memorables a Miguel Pérez Ferrero que ahí al lado está en la carpeta de la alianza), y por ello te estamos doblemente agradecidos. Otro abrazo. A.

Aristócrata de intemperie (interludio)

Algunas veces le han criticado a uno que citara tanto a Juan Ramón Jiménez o a Ramón Gaya como si no tuviera más donde ir a buscar. Y llevan razón. Pero sucede que encuentra uno en ellos, tan reiterados y sabidos, muchas cosas nuevas que no siempre sabe descubrir ni en las  novedosas ni en las novedades.
Hace más de treinta años, en otra vida, le hice una entrevista en el programa Encuentros con las letras de tve al escritor cubano Severo Sarduy. En ella confesó que no le importaría ser recordado como una nota a pie de página en la obra de Lezama Lima. Hizo aquella confesión a la carrera. Le habían maquillado, pero declinó la invitación a quitarse el maquillaje cuando terminó. Al contrario, le hacía mucha ilusión, dijo, presentarse así en París, con la cara estucada como madame Butterfly. Esperando en la puerta de los estudios el coche que habría de llevarle a Barajas, empezó a llover y el maquillaje que le habían puesto y el khol que traía ya de su cosecha se le fueron emborronando en la cara de forma inexorable. Yo era muy joven entonces y no me atreví a decirle que se le estaba estropeando la entrada triunfal en La Coupole. El parecido que iba cobrando con el Dirk Bogarde de las últimas escenas de Muerte en Venecia era ya muy visible, pero allá se fue el hombre, camino del aeropuerto, de lo más contento en la ignorancia, con su máscara. Sin embargo nos había dejado una confidencia de lo más desnuda: el deseo de ser una nota a pie de página de alguien a quien admiraba profundamente.
Creo que nadie tiene por qué ser la nota a pie de página de nadie, sino texto de sí mismo, más largo o más corto, en una u otra letra, gótico o de palo seco. Por ejemplo, no creo que Juan Ramón quisiera ser una nota a pie de página de Bécquer o de Darío, ni Gaya de Velázquez o de Murillo, pero ellos reconocerían seguramente que la primera condición para llegar a ser originales, pasaba por reconocer a los maestros, cada cual los suyos. Este camino nuestro es muy largo y no empieza ni termina nunca en uno solo, por lo mismo que no conocemos ningún creador que no mire, siquiera de soslayo, cuando avanza, hacia la tradición y hacia esos maestros, para los que muchas veces escribe o pinta en secreto.
Venía esto a cuento de que iba a cerrar aquí la entrada que se empezaba hace quince días, "Aristócrata de intemperie", sobre JRJ y unas historias suyas preciosas y de primera mano sobre Unamuno, referidas en su libro Alerta, nuevo y viejo a la vez. Pero se le ha ido a uno el santo al cielo: ya me he extendido más de la cuenta y tampoco me he parado a pensar que podía estar haciéndosete tarde. ¿Seguirás aquí mañana? La espera tal vez te merezca la pena.

23 de septiembre de 2011

Sin salir de casa y otras curiosidades

PUESTO que ya viajamos alrededor del sol una vez al año, tiene poco de particular que no encuentre uno ganas de salir de casa.
* * * 
LA botella de Anís del Mono, con sus puntas de cristal, es a las botellas lo que el tricornio de la Guardia Civil a los sombreros: una aportación fundamental al cubismo. Lo supieron bien Picasso y Juan Gris.
* * * 
TIENEN mala prensa los atajos, como si fuesen una pequeña trampa, un ardid a lo Ulises. No le gustan a casi nadie, por lo menos de los que sermonean: curas, banqueros, patrones, moralistas, directores de tesis. Consideran que no hay camino verdadero si no es largo y si no está lleno de abrojos (y si es por un valle de lágrimas, mejor que mejor). Pero lo cierto es que no sólo se llega antes, sino que se disfruta aún más de un trayecto por lo general virgen que requiere toda nuestra atención, al contrario que la senda tradicional, que a fuerza de recorrerla se ha ido borrando de nuestra mirada. De ese modo, en el atajo caminamos nosotros doblemente, en el espacio y hacia adentro, con los ojos bien abiertos; en el camino tradicional, por el contrario, es la costumbre la que nos lleva, y la costumbre es ciega.
* * *
MIENTRAS que el camino es uno, los atajos pueden llegar a ser infinitos.
* * * 
ESTÁ comprobado: los nuevos ricos que suelen hacerle tantos y tan ostentosos ascos a las cosas usadas del Rastro o de procedencias dudosas, y las alejan de sí con repulsión, le tienen en cambio un grandísimo apego a los billetes de banco, que suelen ser de segunda o de enésima mano, como todo el mundo sabe.
* * * 
HAY palabras que no debe uno escribir ni por dinero. Otras, en cambio, sólo pueden escribirse gratis.
* * *
LA hemeroflexia debería poder hacerse, como la papiroflexia y la cartomagia, sin cortes y en papeles pequeños, con asuntos del tamaño de un naipe, y a ser posible con un desenlace inesperado.
* * * 
SI es triste vivir escuchando detrás de las puertas, más aún lo será vivir con la oreja pegada a una ventana abierta como internet.
* * * 
QUÉ alegría da ver salir los libros de casa hacia la librería de viejo, sobre todo los que no hemos leído. A menudo les está uno más agradecido que a los otros, aunque sólo sea por la compañía que nos dieron, sin pedir nada a cambio.

22 de septiembre de 2011

Como los cíngaros

Hace una semana, en Tudela, fue R. Hoy, en Madrid, G. Su primera exposición (en la colectiva comisariada por Juan Manuel Bonet Aventuras de líneas. Galería Eva Ruiz, Villanueva 8).
A veces bromeamos: la nuestra ya no es una casa, sino un carromato de cíngaros, de aquí para allá todos, cada cual con sus calderos, con sus sonajas, con sus jipíos: la melodía. La suya, en estos dibujos que interpretan la tradición de los grabadores japoneses tradicionales (eso explica el nombre de su blog, Ukiyo-e), nos resulta muy fina y clara. No sólo porque es joven .
Dónde, cuándo, cómo, por qué fue a posar sus ojos tan lejos es un misterio, lo es seguramente para él. De un día para otro, hace ya muchos años, ese interés suyo se abrió en medio de nosotros como un loto en un estanque de aguas tranquilas. Cuando estuvo en Japón, ya había estado. Poner su mirada a la vez sobre Hirosighe, Hasui o Hokusai  y el movimiento moderno sin renunciar a la naturaleza, nos devolvió cierta esperanza, lo más vivo. Le vemos a menudo durante horas echando sus redes en la inmensa Red, como un pescador… de caña, solitario y silencioso, atento y paciente.
No sabemos dónde le llevará la jornada que empieza a recorrer ahora. Cerca o lejos, quién puede decirlo ni siquiera cuando llegue. Tampoco sabrá nunca si ha llegado. Pero se la deseamos alegre, pegado a su melodía, como los cíngaros.

21 de septiembre de 2011

Arte degenerado

"LO bello es lo que se puede contemplar”, leemos en Simone Weil (Cuadernos,IV). “Estatuas. Los griegos miraban las estatuas. Nosotros soportamos las estatuas del Jardín de Luxemburgo porque no llegamos a mirarlas”.
La exposición hitleriana del “arte degenerado” clausuró toda crítica posible al arte deshumanizado al tratar de subordinar el arte a la genética y, por tanto, a la supuesta superioridad de una raza. Una manera de negar que la condición de posibilidad del arte es precisamente la libertad.
¿Pero no tenemos a menudo la impresión de que cierto arte de estirpe vanguardista parece destruirse a sí mismo por los excesos de una libertad que le ha dejado exhausto, como esas dinastías que se han extinguido por endogamia y unos cuantos reyes idiotas? Y sí, es cierto que mientras que muchos de los artistas que Hitler llamaba “degenerados”, los surrealistas por ejemplo, podían burlarse de cualquier cosa, nadie en su sano juicio se atrevería hoy a burlarse de ninguno de sus herederos por temor a ser acusado de... hitleriano, de nazi, en el peor de los casos, o de casposo en el mejor. De modo que permanecemos en silencio frente al montón de piedras, al filete pudriéndose y tantas otras cosas, convertidas en alta decoración (y no sólo por el lugar donde se exponen, mansiones de millonarios, museos, bancos, embajadas o residencias oficiales). Algo que a fuerza de verlo tantas veces ha dejado de existir  en nuestras vidas. Pero a diferencia de las estatuas del Luxemburgo, a las que se refería Simone Weil, nosotros hemos de soportar como ruido-ambiente ese arte que no vemos de puro visto, semejante al ruido atronador de los coches, por ejemplo, que se cuela de la calle en nuestras casas y que también hemos dejado de oír por razones parecidas por las que en el Tercer Reich muchos dejaron de ver, de oír y de decir.

20 de septiembre de 2011

Oír las letras

Las letras hablan, incluso en colores del arco iris, como las de Rimbaud. A veces, raras, pueden ser también poesía, y entonan una canción en blanco y negro. Entonces dejamos de verlas, y las letras también van por dentro. Esa es la razón por la cual las letras feas pueden ser también bonitas si lo que llevan dentro lo es y la razón por la que la tipografía no resulta fácil de entender y de explicar y de aplicar. Como casi todo, en tipografía las cosas vienen de atrás, a veces de muy lejos.
Lo que cuenta Steve Jobs: las letras le hablaron, después de años en silencio. Entre letra y letra, como entre los días de nuestra vida, hay arcos de piedra, con su clave, en el largo viaducto del existir. Unas clases de caligrafía recibidas en su mocedad, asegura con una hipérbole (la vida se construye con hipérboles, como la literatura, desde Homero), le salvarían: quería que sus ordenadores tuvieran una tipografía aceptable, no esas cochinadas que se ven en microsoft, dirá él más en serio de lo que parece. Jobs no quería hacer de Apple un club distinguido, ni mucho menos pijo, contra lo que se piensa. Lo que quiere es que el mundo entero se haga mejor, y sea un gran club del que todos puedan formar parte. Seguramente muchos lo tildaron de iluso, como a nuestros institucionistas, pero la gente no se deja engañar, y al igual que distingue entre un vino bueno y otro malo, distingue entre las letras, reconoce la que le está diciendo algo especial y la que trata de venderle dios sabe qué. El tiempo le dió la razón a Steve Jobs, sin tener ni siquiera que quitársela a Bill Gates: en el fondo ni le tuvo en cuenta.
Bien, Apple logró poner en sus ordenadores una tipografía adecuada (le bastó mirar hacia la futura y la helvética, como hacen los ganaderos de reses bravas cuando cruzan sus animales). 
De todos modos, falta aún mucho para limpiar la red de ruido tipográfico y contaminación gráfica. Quien logre hacer programas versátiles y sencillos para que cada cual, sin esfuerzo, pueda ser "editor de su propia y sola obra", ese día, internet será perfecto, y se habrá convertido en nuestra casa en toda la extensión de la palabra, será parte de ella, como las ventanas. Muchos bibelots espeluznantes, mucho mobiliario atroz todavía por todos sus rincones. Internet se parece aún demasiado a una publicidad de saldos, incluso lo más alto y escaso parece aquí muchas veces de rebajas. Que por defecto tengamos que apencar con las tipografías de internet, o con la rigidez de cajas, interlíneas y demás, no resulta razonable, porque uno no puede comprender cómo son capaces de hacer ordenadores cada más pequeños, complejos y veloces cada día, y en cambio no un programa sencillo y versátil que nos permitiera maquetar cómodamente a los que todo lo hacemos de oído.
Tipográficamente, le decía al amigo A. hace unos días, tararea uno aquí en este almanaque de oído también, como toca la ocarina un ciego. Pero el corazón se le ensancha de gratitud oyendo a quienes como Jobs nos recuerdan que la verdad y la belleza en el fondo tampoco tienen en cuenta los negocios o el éxito, aunque puedan hablar de ellos. Creo que si Jobs lo hace en esta memorable intervención suya, de negocio y de éxitos, es por pudor, para no tener que hacerlo de lo que en verdad le importa: las letras hablan y a veces son el canto, la poesía. A eso le ha dedicado tantos años: a hacer el trabajo de millones de personas más hermoso y quién sabe si más verdadero.

19 de septiembre de 2011

Guapos, limpios, encantandores

Es comprensible que algunos católicos se crean perseguidos o como mínimo objeto de mofa y de chuflas más o menos irreverentes. Resulta difícil incluso no caer en la tentación de hacerlas viendo a muchos de sus pastores, la voz meliflua que sacan o los zapatos rojos del vicario de Cristo en la Tierra, por no hablar, claro, de algunas de las cosas que dicen o defienden, a propósito de la eutanasia, por ejemplo, o de la libertad de investigación científica, pero estas más que mover a risa, causan asombro, si no preocupación. Pero con todo, sí, no le gustan a uno los chistes fáciles a cuenta de los católicos, y no porque no los merezcan o por tener uno tan buenos amigos católicos, sino por fáciles y porque, además, suele uno oírselos a quienes menos derecho tienen a hacerlos. Todavía recuerda uno la irritación de algunos progres al leer en cierta novela que las monjas de la caridad habían hecho más por los parias del mundo que todos los soviets juntos. O sea, que sarcasmos sí,  pero no con Lenin.

Los chistes fáciles sobre los católicos han vuelto a menudear con ocasión de la multitudinaria reunión de papistas en Madrid. Claro que a menudo los propiciaban ellos mismos con consignas un tanto pijas (“esta mochila, me la he pagado yo”), que nos recordaban que la mayoría de aquellos jóvenes eran, al contrario que los de la película de Scola, guapos, limpios, encantadores, o eso parecían en televisión, representantes de la iglesia de los ricos tanto como de Ralph Lauren, más que la de los pobres. Pobres, lo que se dice pobres, no parecían. Los pobres suelen ser “brutti, sporchi e cattivi” o sea, feos, sucios y bordes y no tienen dónde caerse muertos, no digamos para viajar en avión. Pero sí, pobres o ricos, tenían derecho a reunirse (como los gays, dijeron algunas autoridades con peineta, en qué estarían pensando, antes de recibir a Benedicto XVI, y, por cierto,“somos adictos a Benedicto” fue otra de sus consignas estupefacientes).

Nadie a estas alturas aboliría la separación del Estado y de la Iglesia, aunque ciertas jerarquías católicas se resistieran coléricas a aceptarla, al igual que a perder el monopolio de la enseñanza. Pero es bueno, ha leído uno hace un rato en Vargas Llosa, que en los estados laicos y democráticos haya una iglesia católica fuerte, a pesar de que como iglesia no pueda ser nunca una organización democrática. “Una rica vida espiritual” es un “antídoto permanente”, asegura, contra el individualismo voraz y sin escrúpulos. O sea, que cuanto más fuerte sean las iglesias, habrá menos mafia y menos pederastas y menos violencia de género y más gente favorable a la eutanasia y a la libertad científica. ¿Y sólo es posible una vida espiritual rica dentro de una religión? En fin, como es premio nobel le dejaremos que se saque de la manga los naipes que quiera, pero sí es verdad en cambio su afirmación de que mientras el hombre encuentre intolerable desaparecer de este mundo, habrá religiones, ya que ni la ciencia ni la cultura son enteramente consoladoras. Cierto: acaso sólo un Dios pueda salvarnos, decía Heidegger. Claro que parece uno estar oyendo a Gaya recordandonos que basta que uno funde una religión, para que Dios se vaya a otra parte.
[Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 18 de septiembre de 2011]

18 de septiembre de 2011

Yoga (El Rastro)

Como saben bien los que conocen El Rastro de Madrid, una buena parte de sus calles están en pendiente, por lo que los vendedores han de calzar sus mesas y tabancos. A lo largo de los años hemos visto toda clase de libros haciendo ese cometido, pocos tan apropiados ni mejor puestos.

Dichas soñadas

CUANDO vivió en Marsella, Simone Weil mantuvo correspondencia con un campesino español que permanecía en el campo de refugiados de Vernet. En una de las cartas le dice: “Un amigo me prestó hace meses un libro de coplas españolas, y he copiado algunas porque me parecían bellísimas. No conozco otro país en el que se dé una poesía del pueblo semejante. Usted seguramente se sabe más que yo, pero tal vez le agrade recibir de vez en cuando alguna que le copie yo”. Lo cuenta en uno de sus Cuadernos, fascinante e inagotable pósito, como lo son los Cantos populares españoles, de Rodríguez Marín, a los que Weil se refiere. Abelardo Linares publicó en Renacimiento hace unos años, reunidos, los cinco volúmenes de Rodríguez Marín y los Cuadernos de Weil aparecieron en la editorial Trotta. Aquí van algunas de las coplas que leyó Weil para nosotros hace setenta años y que cuarenta años antes había recogido Rodríguez Marín después de que el alma anónima del pueblo las hubiera puesto en circulación mucho antes aún. Ni que decir tiene, las que eligió Weil son del pueblo, cierto, pero reactivadas por ella son también las de Weil.

Al pie de un árbol sin fruto                            Si quieres subir al cielo
me puse a considerar                                   tienes que subir bajando
lo poco que vale un hombre                         hasta llegar al que sufre
cuando no tiene que dar.                              y darle al pobre la mano.

Dicen al verme reír                                      Para hacerse invisible
que mi suerte es la mejor;                          cualquier hombre,
tan hecho estoy a sufrir                              no hay medio más seguro   
que me río del dolor.                                   que hacerse pobre.

                                Soñé que me querías
                                la otra mañana,
                                y soñé al mismo tiempo
                                que lo soñaba.
                                Que para un triste
                                aun las dichas soñadas
                                son imposibles.


17 de septiembre de 2011

Apenas 3 anotaciones de 3 anotaciones

Anotaciones de anotaciones del Diario Anónimo.

1. “22 de febrero de 1970. Bécquer es apenas un esquema naciente, un germen o una pauta de lo posible”. A este juicio no lo hace único su estolidez (JRJ ponía la rima “Con mi dolor a solas” como uno “de los logros mayores de la lírica en nuestro idioma”), ni su suficiencia, sino ese apenas, sólo mísero.  

2. “Para Camus, [Ortega y Gasset es] el mayor escritor europeo después de Nietzsche”. Conociendo la mente sinuosa del autor (y un anterior y muy despectivo juicio en ese mismo libro sobre Ortega, a quien compara con Barrès), probablemente quisiera acabar en apenas una jugada a tres bandas con Camus, con Ortega y con Nietzsche.

3. “25 de octubre de 1988. Carta [de Eliot] al crítico J.H.Woods (hacia 1920). Sólo de dos modos puede un escritor llegar a ser importante: escribiendo muchísimo, de modo que sus escritos aparezcan en todas partes, o escribiendo poquísimo. Es cuestión de temperamento. Yo escribo poquísimo y no ganaría en potencia aumentando mi flujo. Mi reputación en Londres está construida sobre un breve volumen de versos y mantenida por la aparición de otros dos o tres poemas al año. Es importante que estos sean perfectos en su género, de forma que cada uno de ellos constituyan un acontecimiento”.
Es significativo que el autor gallego, que hizo girar su obra apenas sobre el cero, la nada o el silencio, se tomara la molestia de traducir un fragmento como ese, propio más de un prestamista que de un poeta.
Y se pregunta uno qué habría dicho el propio JRJ de la anotación de Eliot, tan taimada, él, tan caudaloso, que siempre supo que la excelencia no tiene nada que ver con el caudal, o sea, que lo poco no es bueno por poco ni lo mucho es malo por mucho: “Mucho, sí; pero a condición de que sea tan bueno como lo poco” (Aforismos, La Veleta). En uno de los últimos escribió también (“Mucho y perfecto”) contra cualquier apología del estreñimiento.

Cabezas, "galias", muñecos

(Museo Thyssen, Madrid, Julio, 2011)

(Frutas Aragón, Julio, Madrid, 2011)

(El Rastro, 2009)

16 de septiembre de 2011

Afligidos

EL toro que lancearon este año en Tordesillas se llamaba “Afligido”. Quien le puso ese nombre tan bonito no sabía que le esperaba una muerte tan triste a manos de gente tan plebeya. Suspende el ánimo asomarse a esa clase de abismos abiertos en el azar, con el sentido allá a lo hondo, bajo los pies. Y entre el sentido y nosotros, entre el pasado y el futuro, volando, como en el tajo de Jerez de la Frontera los vencejos, la rueda de los negros buitres.
* * * 
HABRÍA SIDO bonito que alguien de las vanguardias, entre dadá y dadá, hubiese lanzado el “Manifiesto del tranquilismo” como fuerza de choque. 
* * * 
TENIENDO en cuenta que se lo dieron a miles de españoles y que ha quedado como una expresión viva, el diccionario de la Rae debería recoger, en la voz paseo, “dar el paseo” y “pasear”, significando con ello sacar a alguien para asesinarlo de modo alevoso, sin menoscabo de que los académicos sigan metiendo en él sus ocurrencias (PD. Emilio Gavilanes nos informa: en la próxima edición del Drae, saldrá. Setenta años después de la guerra. Al día).

(El Rastro, 2010)

15 de septiembre de 2011

La noche que espera

Tudela (Navarra), 15 de septiembre de 2011. Su primera exposición. En este título, La noche que espera (ver su web), el trabajo de un año, solo, vagabundo, real como una sombra. Un Madrid a menudo inhóspito, a menudo hostil. Al empezar el día, ciertas mañanas, recuerdo de la felicidad en nuestro ordenador, como el pan recién hechoalguna de esas fotos hecha por él la víspera; la dicha de saber: ha vuelto y está bajo techado. 

Hay algo hermoso y verdadero en ese trabajo, algo que nos concierne al margen de la sangre y que comparte con todos, fuera del tiempo, más allá de este espacio, en la noche, donde esperamos todos.

Su primera exposición, su aurora. Empieza su vida nueva. Le espera el día. Sea lo que sea lo que le depare el destino como fotógrafo, no olvidará el nombre de estas dos personas, Jesús Mari Ramírez, que organizó su exposición en la Fundación María Forcada, y Bernard Plossu, con el que expone, ni el nombre de esta ciudad, Tudela.





Todas las vidas

También de Rafael. 37 segundos en los que podrían caber todas las vidas. Y el perro, qué humano en ese final, más hombre que su perro dueño.

14 de septiembre de 2011

De un correo

"Los hospitales de pueblo, aunque no dejan de empaparte de su olor y decadencia humana, tienen la ventaja de parecerse a aquellos corrillos de vecinas que se sentaban al atardecer en la calle para desgranar historias truculentas, o tiernas, o complejas vicisitudes sociales y humanas. Ha sido bonito escuchar el repaso que a la guerra civil hacían dos abuelas, con alguna copla incluida, o el derrumbe y dilapidación de bienes de una saga con mucho señorío y tronío de un pueblo cercano. Las horas transcurren brumosas entre esas historias que, como la enfermedad, no parecen remar hacia ninguna orilla definida, pero también, muchas veces, con un aburrimiento mortal intentando aislarte de las conversaciones insulsas de las numerosas visitas, mientras relees por enésima vez el mismo párrafo sin conseguir que se superponga a los gritos del de turno, que vocifera su propia experiencia de enfermo esforzándose en ser escuchado por encima de las otras voces que también reclaman el mismo interés hacia sus males. En los pueblos parece ser que existe la costumbre de aprovechar el viaje al hospital para hacer el recorrido por todas las habitaciones donde intenta descansar cualquier paciente al que se conozca aunque sólo sea de vista, lo que da lugar a un ruido ensordecedor, y a un disparatado trasiego de gente cuyo único objetivo es comentar todo el historial médico propio y de sus allegados. No te imaginas cuantas veces me he encontrado dispuesta a asesinar a gordas dicharacheras, flacas con letanías de males –es increíble como memorizan patologías de nombres impronunciables–, y ni te cuento a las que, aprovechando cualquier alusión, generalmente sin venir a cuento, te sueltan lo que se compraron en la tienda hace tres años para una boda, no se sabe si con la intención de que les des las gracias y las invites a un cafelito en el bar, o lo que es peor, para demostrar los estrechos lazos que presuponen te van a unir a su persona, lo que les arrogará el derecho a pedir un descuento la próxima vez, sin otro preliminar que preguntarte por la suegra y demandar con suficiencia en cuánto se queda lo que señala la etiqueta. A esas, garrote vil. ¿Para que emplear mayores sutilezas?; les iba a costar entenderlas".
Es un fragmento de un correo de E., que pasó el verano "de hospitales". Acunado en la España negra, es estupendo ese humor suyo tan fino y su conformidad, menos fiera de lo que se pinta. Y en medio de todo, que nos recuerde que cuanto escribimos será leído en un hospital, y que por tanto deberíamos hacer nuestros escritos más silenciosos todavía. Si acaban en manos del que vela, para que ese silencio le vuelva inexpugnable, y si es en las del enfermo, con mayor razón.
(J.G.-Solana, Casa de dormir. Grabado)

13 de septiembre de 2011

Mística de salón (Diario anónimo, notas sobre)

  1. No extrapolar de los fragmentos de Diario anónimo una visión de totalidad. Ni olvidar que sólo son fragmentos que proyectan su sombra sobre la obra del autor, si acaso no es esta obra una sombra de aquellos. Sin la obra, significan poco; sin el autor, nada, pese a lo que declara el título del libro.
1.1. No obstante su carácter provisional, el autor los ha revisado y revisitado a menudo. Los da por buenos y definitivos en su provisionalidad. A anotaciones antiguas añade otras actualizadas. De cierto escrito sobre su gran amigo y valedor, o ya no, José-Miguel Ullán, que pensaba incluir en un tomo de ensayos de 1981, dirá: “No, ya nunca podría ir”. Por tanto, necesitad no de registrar su cambio de actitud, que suponemos extraliteraria, sino de subrayarlo, de que lo registren otros, cuando corresponda. Probablemente el interesado. Lástima (por aquello que decía Kant a propósito del mal): uno se murió sin publicarlo, el otro, sin leerlo.

1.2. Proceder con ellos, dada su cantidad y la diversa naturaleza (notas, juicios, citas ajenas, fichas bibliográficas, noticias de periódicos), con suma atención, como se escogían las lentejas.

  1. Estas páginas nos presentan a un autor muy atento a la sección de cultura de los periódicos de medio mundo y a la mesa de novedades de la librería (en Ginebra o en París, no España). No la primera mesa donde se colocan los best sellers y demás, sino la otra, la escondida donde aparece el ensayo sobre un místico medieval, un tratado de tiro con arco zen (zen el tratado, el arco, el tiro), el libro de un surrealista de segundo orden, una biografía de una monja  iluminada, unos ensayos dispersos de Heidegger, de Cusa, de fray Polidoro del Orinoco (valiosos para él en tanto que dispersos e inaccesibles para todos los demás), las averiguaciones últimas sobre el velo palatal y la gramática generativa en relación con la palabra poética. Olvidó lo que decía JRJ de ciertos libros, citando a Darío: hay que leerlos por emanación. “Todo ocurre en el lenguaje”, la frase de Wittgestein, le parece enseña adecuada. Aunque se diría que todo ocurre aquí, viendo dónde fija su atención, en los periódicos, en la mesa de novedades, en los catálogo editoriales, a ser posible no españolas. Las únicas referencias a estas: cuando habla de sus propios libros. 
2.1 Asegura el prologuista de este que su autor lamentó al final de su vida haber inapreciado la importancia de JRJ. No debiera extrañarse: leyendo estas páginas se comprende que no podía haber sido de otro modo: demasiado pendiente de las novedades para ocuparse de él. Si al final de su vida se interesó algo en su obra, es porque JRJ volvía a estar en la mesa de novedades. Lo cual no quiere decir que lo comprendiera mejor que años atrás (en el Diario dos o tres alusiones a JRJ, de una línea, sin comentario, una para decir que lo cita Pound en uno de los Cantos, o sea, importa por Pound). Dice también su prologuista que el autor aspiró a ser un escritor europeo. Como tantos de las mesas de novedades. 

  1. El impulso del autor es más teórico, ensayístico, que de poeta. De estudioso, de profesor, de crítico, más que de creador. Recuerda mucho al entendedor del que habla Gaya. Constatación: hay en su prosa una fatalidad, “suena” a poesía, y en cambio su poesía no puede evitar el estigma de su prosa, críptico por lo general en ambos casos. Algo en él, verso y prosa, tiende a la solemnidad, al grumo litúrgico. Un libro que huele a incienso, a sacristía. 
  1. El Diario anónimo como un libro de infinitas citas. Tres o cuatro, o más, por página, de otros autores y en todas las lenguas de Pentecostés. Revueltas, al montón, como ropa de mercadillo. Viendo tantas, me pruebo algunas. Raro también: unas no me valen, otras no me sirven, otras no me gustan. Y más raro aún: todas parecen falsificaciones, incluidas las originales. 
4.1 Dado que muchas no tienen más que un escaso interés personal o documental, parece latir en ellas una secreta intención: la exhibición de una musculación intelectual, recordando lo que decía Blanchot de las citas en los textos literarios: fusiles erizados defendiendo un fortín no inexpugnable. Entre la alta industria cultural y lo que Deleuze llamó sin tanto requilorio “des cochonneries”.

  1.  Se constatan en sus páginas innumerables muertes de poetas, de escritores, filósofos, conocidos, amigos, cuando no se recuerdan los aniversarios de sus fallecimientos. Hablaríamos en realidad de defunciones. Escuetas, sin glosa: libro de registro de un cementerio. La recurrencia nos recuerda aquella dicha de la que habló Freud ante la desgracia ajena: “uno menos; yo sigo vivo”. Pocos nacimientos, por el contrario: ni reales ni figurados, de criaturas o de obras. No admira. Como tantos, idolatra. Soberbia envuelta en vanidad. 
  1. Menciona a menudo a su hijo, sobre todo después, no antes, de que este muriese de una sobredosis a la edad de treinta y dos años, solo, al parecer, en una calle de Ginebra. Se muestra su cadáver en estas páginas a menudo. Imposible no recordar al del hijo de Pedro Luis de Gálvez. Siete años atrás escribe en uno de los escasos raptos confidenciales: “La infelicidad de mi familia me produce angustia. ¿Hice yo todo lo necesario para que ellos fueran felices?”. ¿Forma él parte de su familia, es infeliz? Es feliz, desde luego, con su amante, su compañera. Su mujer, su hija no tienen nombre, ni se lo da. O sea: ya nunca, tampoco, podrían ir. Ellas, sí, son "los anónimos". 
  2. El tono del libro es conceptista, poco cordial y granítico, como el barroco galaico. ¿Poeta para poetas, para lectores? Autor para periodistas impresionables y escoliastas, a imagen y semejanza. 
  1. Si de pronto, raramente, un cierto fulgor, en unos versos, en tal o cual anotación (sobre Ortega, por ejemplo), se ve como un reverbero que trata de abrirse camino como el sol entre las nubes negras. Ese sol al que se puede mirar de frente, porque es de plata, como la luna que recibe prestada la luz de otro astro. 
  1. Llama la atención, en alguien que trabaja para la mística, su franciscana inclinación a la denostación. Parece esperarnos en cada esquina con la navaja trapera. En el caso de María Zambrano, su amiga y confidente, sorprende, conociendo la deuda intelectual que el autor había contraído con ella. Que la compare con Lola Flores, después de lo que escribió de ella el día de su muerte, no es casi ni ofensivo. En otros casos abruma: “7 de diciembre de 1991. Retener el nombre de estas dos personas –Ramón Gascón y Martínez Sarrión–, que no recuerdo haber conocido, como símbolo de la estupidez. (No recuerdo por qué escribí esto. Sólo recuerdo que la conclusión era inamovible. 7 de enero de 1992)”. Una vez más no quiere conocer, no quiere recordar, pero sí que otros conozcan, que otros recuerden.
  1.  Pese al título, Diario anónimo, sus páginas le sirven a su autor para un registro puntual y puntilloso (hora, lugar, año, día, circunstancia, almuerzo, cena, conferencia) de su encuentro con Lezama Lima, María Zambrano, Neruda, Borges, Cortázar, Goytisolo, Nicolás Guillén, Tàpies, Leiris, Jabès, los famosos, los alguien, los todo menos anónimos, y un paso detrás los ministros, los directores de museo, los editores. Sabe de su importancia. Independientemente de la opinión que le merecen, los cultiva. En sentido estricto: mística de salón. ¿Qué se puede hacer por un autor que habla página sí página no de la máscara y de desdibujarse en la improbabilidad? Viendo lo en serio que se toma su comparecencia en estas páginas, no ya lo probable o lo posible, sino su necesidad imperiosa de ser y de ser reconocido, lo mejor que habrían podido hacer sus editores habría sido publicar este Diario anónimo de forma anónima. Hacerle desaparecer de él, ayudarle a ello, tal como asegura que quería, tal como nos pide un moribundo. De no ser así, no es más que un jueguecito literario sin consecuencias y más o menos obsceno. Decir que el poeta es un fingidor hay que sostenerlo con la vida de Pessoa. De lo contrario, el poeta no es un fingidor, es un impostor. E iba a tener razón el autor creyendo que España era, literariamente hablando, “un país miserable”: no leeremos ni una sola reseña de este libro que no lo presente, tal y como quiere su prologuista, como un “acontecimiento de primer orden”.
  1. Se lo recordaba el autor a Francisco Brines, con ocasión de la aparición de la Antología de Hortelano de los poetas del 50: “En esa antología sólo hay un poeta y medio”. Dando por descontado que el poeta sería el autor, le intrigaba a Brines quién creería que era el medio. Naturalmente el poeta y medio era su interlocutor. Pese a su convencimiento de ser el poeta futuro al que se refirió Cernuda, engendrado por éste con intervencion directa del Espíritu, tal y como nos dice en uno de sus últimos poemas, se diría que las dudas le atenazaron hasta el final. En una de sus últimas anotaciones puede leerse: “La forma más peligrosa del resentimiento es la del que no podrá nunca perdonar a los demás su propia insignificancia”. Y eso que está pensado para todos los otros, para todos nosotros, se diría que acaba volviendo sobre él, a modo de autorretrato involuntario y no explícito, como cola de un escorpión.