31 de agosto de 2011

Una errata y dos medias

UNA errata bonita, al final de una carta de amor, como despedida: donde debía decir "abrazo", se leía "abraso".
* * *
PRODIGIOSO diario poético el que Unamuno nos dejó en su Cancionero (en el que figura aquel poema misterioso suyo del constructor de casas rústicas que JRJ ponía en la cumbre de la lírica española). Se diría que los poemas se le fueron escribiendo solos a don Miguel. Lo imaginamos metiéndose la mano en los bolsillos del pantalón o de la chaqueta y sacando de ellos papelitos de todas clases y formas que hubiesen aparecido entre los trozos de miga de pan que también solía guardar en ellos, pan ellos también, como por magia. Y así, como si fuésemos san Isidro, querríamos que un ángel nos labrara el campo, quiero decir, que fuese él quien escribiese todo lo nuestro (nos bastaría un ángel raso, de la clase de tropa, dejándole los arcángeles y demás potestades a gente más aprovechada, como Rilke), y que nosotros no tuviésemos otra cosa que hacer que mirar:

Dos caños son los ojos
que meten hacia dentro
toda la realidad,
rara fuente que nunca
dejará de manar.

Adonde quiera miren,
las cosas van buscando
el venero hacia atrás,
que ni cerrados ellos
dejarán de soñar.
* * *
PROBAMOS uno de esos modernos híbridos de fruta que sacan ahora, y vimos que había perdido el encanto de donde partía, quizás una ciruela, sin lograr nada de aquello a lo que pretendía llegar, quizá un mango, como a esos que se les ocurre hibridar deportes,  música y tantas otras cosas (del mismo modo que la gaseosa está tan lejos del agua como del champán), o en literatura esos diarios de algunos que dicen que son novelas, los famosos diarivelas o novelarios, que ya sabemos que puedan dar de sí lo que las nectarinas o el voley playa.

30 de agosto de 2011

El silencio se mueve

Pocas palabras para este minuto de silencio que oyó y vio R. una noche de agosto en Las Viñas. Con nuestra gratitud y la de los grillos y la de las estrellas y la de los lectores de este almanaque.



(Las Viñas, agosto 2011, Rafael Trapiello)

Líricos góticos

EN sus poemas hay algo muy verdadero y hondo, arrancado a una tierra pedregosa, polvorienta y despoblada, y por eso  busca a los muertos en voz baja. Rafael Adolfo Téllez los conoce bien y no los teme. Les habla en la lengua de los ríos secos, del viento abrasador, de las maderas desvencijadas. A nosotros nos traduce esos idiomas a su manera, que es siempre un poco gótica, de talla policromada que ha perdido ya casi todos sus colores. Su canto no es rural, sino de gesta. Es el poeta de las cosas pobres, de los cafés pueblerinos desoladores, de los pueblos muertos. Y a los muertos vuelve una y otra vez, buscándose entre ellos, y al no hallarse viene a la vida con su secreto, un poco desconcertado, sin comprender por qué no estaba ya con ellos. Eso le vuelve un niño, de la estirpe de Francis Jammes, de Van Gogh, de Gutiérrez Solana, líricos góticos.

LA LLUVIA 

Alguien que he sido la oye, de nuevo,
en esta calle, a la que he vuelto
con su rumor de flauta triste.
Es la misma lluvia de antes, aunque parezca
hoy más oscura, sobre el empedrado,
mientras oigo la voz de mi padre
y empujo el viejo portón 
de la casa en que, ayer, la vimos
cayendo sobre el patio.
La antigua lluvia que salpica zócalos y plantas
y puebla los aires con su rumor de flauta pobre,
y quiere llevarme lejos


29 de agosto de 2011

Quita tus sucias manos del Guernica

Como apenas han pasado un par de meses de aquel artículo, “La peineta y el arete”, podemos dar a este el carácter de prolongación de aquel, no de repetición empachosa. Sí, sabíamos todos las cosas que iban a decir y hacer los de Bildu: pedir la liberación de sus presos, bailarles el aurrescu en cuanto salieran de la cárcel, darles su nombre a las calles en aquellos pueblos en los que gobernaran y una pensión no contributiva por todo el tiempo que la sociedad les hizo perder metiéndoles en prisión..., en fin, alta costura, aunque en aquel artículo se ponía el acento, sobre todo, en los complementos: sus cortes de pelo y otras señas de identidad, moscas, tufos en el cogote, aretes, camisetas sudadas...

Pero nadie nos habló de los pañuelos blancos. Acabamos de vérselos a los familiares de presos etarras, invitados por primera vez por las autoridades aberchales a formar parte de la comitiva oficial de festejos de las fiestas de Vitoria. Todos sabemos lo que un pañuelo blanco significa en la lucha por la conquista de derechos civiles. Los llevan las mujeres de presos políticos cubanos y, principalmente, quienes los han popularizado en todo el mundo como símbolo de la resistencia pacífica de las víctimas: las madres  y abuelas de la plaza de Mayo de Buenos Aires que reclaman justicia desde hace años para los crímenes de la dictadura militar que asesinó a sus hijos e hizo desaparecer a sus nietos. 

Los familiares de los presos etarras han debido de pensar que lo del pañuelo era una gran idea, ya rodada, y se han apropiado de ella,  convencidos de que una de las prerrogativas de los vencedores (y ellos, como el Führer, han ganado en las urnas) es escribir la historia: los presos etarras no sólo son los verdugos de unos cientos de víctimas inocentes, a las que quitaron la vida, y de millares más a las que han quitado durante cincuenta años las ganas de vivir en el País Vasco, sino que no tienen empacho en presentarse... como víctimas. Tras la alta costura, el márketing a gran escala. Y todo terminaría aquí si no hubiesen querido llegar más lejos: han estampado en esos pañuelos un trozo del Guernica. Ese alegato contra el fascismo lo pintó Picasso y lo pagó el Estado español (y a precio de oro, por cierto). Lo razonable es, pues, que el Estado persiguiera y prohibiera el uso fraudulento y partidista de algo que es de todos. Y ya que no podemos impedirles el escarnio de los pañuelos blancos, alguien al menos debería pedirles en nuestro nombre que quitaran sus sucias manos del Guernica, porque entre otras razones Eta ha asesinado tres veces más que las bombas alemanas que cayeron en ese pueblo en 1937. Y si el Gobierno no quiere defender al Estado, porque considera haber derrotado ya a Eta, debiera hacerlo cualquiera de estas sociedades de gestión, Sgae o Vegap, que se apresuran a cobrar los derechos de autor en las peluquerías o a cualquier modesta editorial que ha reproducido tal o cual viñeta sin pasar por caja. Incluso nos valen los herederos de Picasso. ¿No venden o vetan estos al año mil pequeños negocios que se sirven del nombre o de alguna imagen de su ilustre pariente? Al menos estos primeros meses. Hasta que nos vayamos acostumbrando.
                                                    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de agosto de 2001]

28 de agosto de 2011

Un pliegue

Como muchas de las que se publican en este almanaque, esta fue hecha también en el Rastro, esta primavera. No recuerda uno desde qué punto tiró la foto, quiero decir, si estaba yo respecto de la bota o la bota respecto de mí, al norte o al sur, a poniente o a levante. De modo que es una foto que carece de punto de vista, y por tanto podría hacérsela rotar, desplegarse cabría decir, y en cada posición nos hablaría de cosa distinta. En una de ellas parecía incluso ladrar, por su parecido con un caniche, y sólo por esa razón se descartó darla en esa posición. Nada tan tonto y ocioso como ir quitándole a las cosas su forma original para darle otra, buscar animales mitológicos en las nubes, por ejemplo, o continentes en las humedades de las paredes. Y desde luego la hoja verde (como la mancha azul de otra foto publicada aquí junto a unos correajes falangistas) se hizo real después de haberse hecho la foto, probando de ese modo que lo no visible no es lo invisible. Estaba allí colocada por nadie y para todos, como un heraldo, anunciando el otoño. Y lo mismo ha de decirse de ese "dios piadoso" que el azar trajo hasta el suelo.




Tres cortos

NOS dijo el amigo: estoy leyendo el Génesis, y por estar cerca de él leímos en sus páginas: “Y en habiendo acabado Jacob de hacer encargos a sus hijos, recogió sus piernas en el lecho, expiró y se reunió con los suyos”. Pocas muertes habrán sido relatadas con tanta sencillez y al mismo tiempo de modo tan conmovedor, cosa rara en libro a menudo despiadado y seco. Que Jacob, a quien Yaveh dio el nombre de Israel porque fue “fuerte contra Dios y contra los hombres” y los pudo (Gn. 32, 29), que Jacob, decía, recogiera sus piernas juntando las rodillas para morir, no quiere decir sino que fue premiado con una muerte parecida al dormir de un niño.
* * * 
UN día, cuando seguramente llevaban ya entre nosotros un tiempo sin que lo hubiésemos advertido, nos damos cuenta de que las golondrinas han vuelto. Y otro, antes de llegar el otoño, advertimos también que se han marchado al sur, dejándonos un silencio grandísimo, gracias al cual precisamente nos percatamos de que se han ido. En ambos casos todo parece suceder merced a nuestra inatención. En el primer caso, cierto, les damos las gracias por acordarse de volver, pero en el segundo querría uno presentarles nuestras disculpas, pero a quién, dónde, si ya se han ido. Y hemos de aprender a convivir con esa pequeña culpa, cuando todo silencio acaba siendo el silencio de las golondrinas.
* * * 
POR lo general, las afrentas suelen tener la virtud de enderezar nuestro espinazo, al contrario que los aplausos; lo normal ante ellos es doblarlo. No quiere decir eso que haya que rechazarlos. Esas cosas llegan o no, y no dependen de nosotros, y aun dando lo mismo, tenemos la obligación de aceptarlos (por aquello de que rechazarlos significaría que los aceptábamos dos veces). Se está hablando únicamente de agradecerlos sin perder la verticalidad, o sea resistiéndonos en lo posible a esa aviesa y secreta intención que traen emparejada los aplausos, a saber, humillarnos al recibirlos y aplebeyarnos, por aquello que suele decirse de que en el pecado viene la penitencia.

27 de agosto de 2011

Nuevo Libro de Yerbas (y 3)

Nos dice de ellas si son dehesas de pasto o de labor, montaneras, boyales. Ha ido a buscar las fuentes, los manantiales y pozos y nos habla de su caudal, si es abundante o escaso, si corren las aguas todo el año o si se secan en verano. Sabe que una casa sin agua es inhóspita, y por eso es puntilloso en averiguar si la tiene, si es buena y copiosa, si están bien o mal surtidas de ella las propiedades, si el acceso a ella es fácil o no. Nos señala igualmente las casas, tinados, cuadras, trojes, corrales, pajares, zahúrdas que hay en esas fincas, así como de las majadas, palomares, gallineros y paveras. De las casas nos informa de las habitaciones que tiene cada una y su importancia. De sus dueños nos dice nombre y apellido, y título, si lo tienen, si son propietarios, condóminos, renteros, pegujaleros. Nos dice, claro, su extensión en hectáreas  o fanegas de la región, y sus lindes al norte, a mediodía, a poniente y al sur. Y los caminos, los ríos, las ermitas, si las hay. Nada se escapa a su curiosidad, porque su autor piensa en nosotros, en nuestra curiosidad. La vida, sabe, es afán de saber; la literatura afán de contarlo.
Y claro, los nombres, siempre fascinantes. Los de las fincas tienen su aquel, todos nos gustan, unos por la intriga que llevan dentro, como el Alcoz de Juan Robles, que contaba con un polvorín arruinado, o Reyerta, tinto en sangre: otros por su simplicidad: Aguas Vivas o Garabato; otros por su sonoridad, como las Suertes del Desposado, o por su lirismo, Rosal, Palacio de la Golondrina, Gavilanes.
Quienes escriben una novela saben lo difícil que es hallar nombres convincentes. La realidad siempre supera la ficción. ¿Podría ningún escritor idear nombre mejor que Puerto Urraco para el drama que iba a tener lugar en ese lugar egregio de la España negra? ¿Alguien, de no ser Galdós, se habría atrevido a emprender la novela de doña Luisa Pérez de Guzmán el Bueno, duquesa de Valencia, dueña del Heredamiento de Santiago de Vencaliz? 
Vamos leyendo sus páginas sin importarnos la monotonía de sus recuentos.
Aunque no conozcamos a ninguno de sus propietarios percibimos de inmediato los afanes, las disputas hereditarias, sus alianzas matrimoniales. Y hay algo opiáceo en esos nombres también: Montenegros, Mogollones, Higueros, Chaves, Mayoralgos, Carvajales, la Vizcondesa de Tapia, la Duquesa de Hernán Núñez, la Condesa de los Corios, el Marqués de Oquendo... 
Tampoco nos resulta difícil imaginar la mísera vida de los que cultivaron esas tierras. No se les cita, desde luego, pero están cada vez que aquí aparece la palabra labor… Fueron la sal de esas tierras, quedaron regadas con su sudor. Unos y otros, señores, propietarios y criados han muerto. Lo percibimos como cuando paseamos entre las lápidas de un cementerio. Nos decimos, esos nombres, esos apellidos, ya no contienen nada, son vainas secas y hueras. Algunas o muchas de esas propiedades habrán desaparecido, se habrán convertido en otra cosa. Muchas de ellas, si sus dueños resucitaran, las hallarían irreconocibles, como se irreconocerían a ellos mismos. Y sin embargo, aquí, en El Libro de Yerbas, están como entonces, tal y como las vio aquel don Alfredo Villegas, autor de esta empresa colosal. Algunos, apuntará su prologuista, dirán que es anacrónica. ¿Lo fue? Nada tan actual como este libro. Nos ha traído la vida de hace un siglo, y eso sólo lo logran las grandes obras de arte, las grandes novelas y poemas. A su modo esto es este Nuevo Libro de Yerbas.
Nada más. El libro se vendió al precio considerable de 15 pesetas en la papelería de El Noticiero, en la calle de Alfonso XIII, y en la casa del autor, el Palacio de las Veletas, en el más hermoso, recoleto y sosegado rincón de la ciudad.

26 de agosto de 2011

Correspondencia

¿Nos disculpará que sean unas líneas de su carta, aun entresacadas, las que sirvan de entrada? ¿Nos disculpará si le decimos que nos hubiese sido difícil encontrar hoy nada cerca de nosotros, tan… cercano?
No rompemos nada publicándolas ni las rompemos. La intimidad es transparente, y pasa a través de las cosas, como la luz, sin mancharlas. Contra lo que se cree, toda intimidad es luminosa y nadie ve tanto del mundo como quien cierra tras de sí la puerta de sí mismo.

“Hoy he dejado los campos y los ganados para acercarme a un cíber y ver cómo va el mundo. He leído todo lo que he podido y me lo he pasado bien, hay un montón de cosas muy bonitas, de verdad, que no me importa no leerlas en papel normal. El resto del mundo lo dejo para otra ocasión.
(…)
“El verano, dentro de lo que cabe, se está portando. La enfermedad de mi madre avanza, pero curiosamente está siendo más llevadera (para nosotros, y también me hago a la idea de que ella sufre menos). 
“Antes en verano tenía mi puestecico, que era darles de comer a las vacas, que es una tarea muy agradecida. Pero este año se han comprado un tremendo carro alimentador que me ha dejado vacante. Ya ves que no paro de dar pasos atrás en la vida: se ve que no hay que subir muy alto para caer.
(…) 
“De las cosechas del campo: el maíz pinta bien y la cosecha de patatas, que empezaremos a recoger mañana, parece que va a ser buena.
“Por cierto, precioso lo del Libro de Yerbas.
 “Espero que las cosas vayan bien y especialmente para M.
 “Un abrazo, N.”

Querida N.:
Aquí van bien las cosas…
(El resto de la carta te llegará en un correo aparte, como suele llegar el otoño también).

25 de agosto de 2011

Nuevo Libro de Yerbas (2)

El ejemplar perteneció, en efecto, a un tal Martín Paredes, de Alange. Quien escribió ese nombre en la cubierta del libro no fue él. No es esa su letra. La suya, florida, figura en una cuartilla con membrete de imprenta en la que se declara eso mismo, “Martín Paredes. Alange. Teléfono 5”. Acaso fuese un abogado. Tal vez administrador. De su puño y letra hace constar que Doña Isabel Freire de Andrada, vecina de Lisboa, tenía en una de las fincas que figura en el Libro, “Encinilla”, una participación de 333 maravedíes. Alguien en Alange nos daría más noticias, si las buscáramos. No las vamos a buscar. Sobran a este libro noticias de todas clases.
Nosotros, como el prologuista, don Daniel Borjano, tratamos de encontrar ideas generales, más que noticias particulares o de particulares.
Ha querido ser exhaustivo don Daniel Borjano, ilustre registrador de la propiedad, y en su prólogo no deja fuero sin citar ni principio del derecho romano sin lucimiento. No ve tampoco contradicción alguna entre ricos y pobres; todos, con un poco de buena voluntad, podrían llevarse bien. Lo dice bien alto y claro en el “Corolario”, con el que ha querido cerrar su prólogo: “Es un hecho triste, que exige pronto remedio en bien común, el de que, teniendo Extremadura harta tierra por laborear, nuestros labriegos emigren a bandadas en busca de suelos, ya que no más fértiles, más susceptibles de ser adquiridos y explotados”.
A don Daniel Borjano le duele la incuria de un campo en mano de absentistas. ¿No está hablando Joaquín Costa por él?: “Non omne quod licet honestus est (no todo lo que es lícito es honrado). La enfiteusis y aparcería en sus variadas formas (…) serían lazos que anudaran la armonía y convivencia de pobres y ricos; así como el cultivo por los dueños y la supresión del absentismo, que padecen las ciudades y villas provincianas desde el comienzo del siglo XVII, practicando con el ejemplo y educando y dirigiendo a sus clientes, cuyas necesidades verían y sentirían de cerca y completaría la hermosa obra del retorno a los campos, que ha de ser la redentora de nuestra anémica patria”.
Pero basta una lectura atenta de este Nuevo Libro de Yerbas, para advertir de dónde proviene la anemia: mucha tierra en pocas bocas. Los apellidos se reiteran en todas las propiedades y un puñado de gentes y títulos se han repartido la provincia. Bastaría presentar este libro en el Registro de la Revolución, para que fuese bendecida una de inmediato para Cáceres y comarca.
No se hizo la revolución en su día, o se hizo a destiempo y de la peor manera en 1936. Pero nos queda, sí, la novela, la gran novela que esconden estas páginas (Continuará).

24 de agosto de 2011

45'' de poesía

TIENEN los fuegos de artificio malísima prensa en relación a la literatura, como expresión de todo aquello que se extingue en el mismo instante de su nacimiento, sin que de ello les libre ni la magnificencia ni el fulgor. “Castillo de quema” creo recordar que llamaba JRJ a las óperas (omnia) de Valle Inclán. Y sin embargo… esta es la prueba de que también en los fuegos artificiales hay poesía.

Una postal

Franqueada en Ancona el día 11 de agosto, sólo llegó a este rincón once días después. Para entonces quien la envió volvía ya a su emigración, ese N.Y. aún más remoto y microscópico, visto desde Recanati: “Os mando esta imagen donde se aprecia el carácter sencillo y pueblerino del “palazzo Leopardi”, con el mar en el horizonte”. Es el mar del que Leopardi habla en su elegía a Silvia: “y allí el mar a lo lejos, y allá el monte”. 
Con la postal, en esos colores ingenuos de los años setenta, vienen también nuestros recuerdos de los días pasados en Recanati, de su luna llena, entrando en la habitación del Hotel La Retama, el mismo donde se alojó ahora nuestro amigo J., de aquellas calles, tan mortalmente solitarias y tristes a partir de las siete de la tarde, que nadie piensa que el mar, y menos azul, pueda estar cerca.
Cuánto nos asombra que las cartas encuentren el camino hasta llegar aquí, pero más si cabe esta postal. En ella se ve, sí, la casa en la que Leopardi fue desdichado sin que estuviera en su mano ni en la de nadie poder evitarlo, pero también algo del misterio de su existencia, eso que, como la verdad, tiende a perderse a medio camino. La suya llega al que le espera, sin embargo, y lo hace en palabras tan hondas como desconsoladas: Che parrà di tal volglia? / Che di quest'anni miei? Che di me steso? / Ahi pentirommi, e spesso, / Ma sconsolato, volgerommi indietro. (Qué pensaré de mí, / Qué de este afán, qué de estos años míos? / Habré de arrepentirme / Y miraré hacia atrás con desconsuelo. Del "Pájaro solitario", Trad. E. Sánchez Rosillo. Ed. Pre-Textos)

23 de agosto de 2011

Nuevo Libro de Yerbas (1)

Su prologuista, Don Daniel Bejarano, del Ilustre Colegio y Registrador de la Propiedad de Cáceres, nos dice de este libro que “será quizá calificado de verdadero anacronismo”.
¿No lo es consignar en un libro de apretada tipografía, y sin salirse de los contornos de la ciudad de Cáceres, todas y cada una de las huertas, huertos, molínos y alcáceres, en primer término; de las haceras o tierras de labor, en segundo, y de las dehesas y montes en tercero y último, así como el nombre que reciben todos ellos, el lugar en el que se encuentran y sus lindes, los cultivos, casas y edificaciones que contienen y, claro, el nombre de sus propietarios y el monto al que ascienden sus rentas puestas al día en el año de 1909, en el que se ha hecho público este trabajo ímprobo, este cabaleo penoso?
¿Lo fue realmente para su autor? Se diría, al contrario, que disfrutó reuniendo en un libro un universo a un tiempo tan doméstico y tan vasto
Pues tanto o más que el reír, humano es el grave propósito de los recuentos, la inclinación a levantar testimonio notarial de ellos. ¿Habrá algo más serio que un notario? Lo fue Noé (Gn., 7, 1) llevando escrupuloso asiento de todos y cada uno de los animales, puros e impuros, que registró en su arca, y después de él todos los demás, Homero, contando las naves (II., 2. 495-759), Melville repasando las ballenas o Proust, fascinado por la toponimia de los pequeños pueblos . En todos estos autores advertimos la fascinación por concentrar en un solo punto la vastedad de las especies, el numeroso firmamento o las simas de la memoria, una puerta secreta que nos comunica en realidad con el paraíso, aquel lugar en el que el todo no excede a ninguna de las partes y en el que cada parte es un todo inabarcable.
Nos imaginamos a su autor, Don Alfredo Villegas, reuniendo en torno a sí ese universo rural en el que todo gira con lentitud y regularmente, como giran los astros.
Ha titulado su libro Nuevo Libro de Yerbas de Cáceres. Son libros de yerbas todos aquellos en los que se consignan las propiedades rústicas. Nunca algo tan prosaico tuvo un nombre tan lírico, tan poético. Y añade, a modo de subtítulo o epígrafe: “O sea, descripción de todas las dehesas sitas en su término, con expresión detallada de sus dueños y la participación que a cada uno le corresponde, con otros datos útiles a propietarios, ganaderos y labradores”.
¿Qué le ha llevado a acometer esa tarea colosal? Como el Villaamil galdosiano, ha pensado sin duda en los beneficios que una ordenación de esta naturaleza podrá reportar a la nación. Los males de la patria española están relacionados con su espíritu caótico, anárquico. En el orden hay prosperidad, pensaría; acaso: en el orden hay belleza, en la belleza, verdad.
La suya es la de los hechos. Va a consignarlos. Lo hace de una manera modesta, en la portada. No es vanidoso. No ha querido que su nombre figure en la cubierta. Lo importante son las yerbas, no el administrador de la Excelentísima señora duquesa de Fernán-Núñez, el cargo que ostenta.
Y a la señora duquesa dedica su libro, “en prueba de gratitud”.
La gratitud es tanta que don Alfredo Villegas no deja pasar la ocasión, y ya en esa tercera página proclama su fe en la enumeración: “A la excelentísima señora Doña María del Pilar Loreto Osorio y Gutiérrez de los Ríos, Duquesa de Fernán Núñez, del Arco y de Aremberg; Princesa de Barbanzón y del Sacro Romano Imperio; Marquesa de la Alameda, de Miranda de Auta, de Castelnovo, de Pons y Plandogau, de Villatorcas, de Nules y de Quirra; Condesa de Cervellón, de Elda, de Anna, de Pezuela de las Torres, de Barajas, de las Hachas, de Molina de Herrera, de Saldueña, de Frigiliana, de Egremón, de Puertollano y de Montehermoso; Vizcondesa de la Torre de Abencález y de Dave; Baronesa de Azuévar, Soneja, Serra, Masalábez, Mosquera, Prada, Paranchet, Ronchines, Anef, Armell y Ría; Grande de España de Primera Clase, etc., etc., etc.”
Tal vez ningún título nobiliario ni ningún amor mayor que el que se insinúan en esos tres candorosos etcéteras, exhaustos pero señeros, con los que el solícito administrador abrocha su dedicatoria, antes de dar entrada a la gran novela que nos espera en este libro (Continuará).


22 de agosto de 2011

Tanta ignorancia o las famosas zapatillas de Baroja

Si entra uno en su corazón y cierra la puerta con delicadeza después de haber traspasado la aorta y cuando está a solas lo coge y se habla a sí mismo con el corazón en la mano, sería raro y tonto querer mentirse: ha de reconocer lo poco, lo poquísimo que sabe de casi todo, fundamentalmente de aquello que está pasando alrededor y parece interesar a tanta gente.

Empecemos por dilemas fáciles. Por ejemplo, se morirá uno, como Baroja, sin saber si había que bajar a la vida “en” zapatillas, “con” zapatillas o “de” zapatillas. Claro que esta cuestión al menos puede quedar resuelta tirando las zapatillas a la basura. Pero no todo es tan sencillo.

No sabe uno, por ejemplo,  ni la mitad de lo que todo el mundo asegura saber sobre DSK y su trato con la camarera de hotel que lo acusa de abusos sexuales. Con qué seguridad se trata de todo ello, partidarios, detractores. Por no hablar de las razones por las cuales el Banco de Santander ha decidido exonerar a los hipotecados con problemas de los intereses de sus hipotecas. Malo: cuando un banco no quiere hacer negocio es porque está pensando, y eso es para echarse a temblar, ya que cuando un banco piensa, no se le ocurre nada bueno. ¿Y qué decir del diferencial, de la prima de riesgo, de los intereses abrumadores? Le pasa a uno con la economía lo que con el mapa del tiempo: lleva viendo a diario isobaras, borrascas y demás, pero de no explicárselo alguien, no podría leerlos por sí mismo (por no hablar de lo que se equivocan economistas y meteorólogos). Del clembuterol sabemos algo, cierto, pero de las drogas que van dos años por delante de los controles de la agencia mundial contra el dopaje, absolutamente nada. Salió Rodríguez Zapatero asegurando que no adelantaba las elecciones generales por responsabilidad de Estado, pero dos días después dijo que iba a adelantarlas por responsabilidad de Estado, decisiones ambas que seguramente muchos habrán entendido, aunque no los simples como yo.  ¿Y no debería explicarnos alguien, como el mapa del tiempo, la  razón por la cual los españoles, según las encuestas que llevan haciéndose hace ocho años, parecen preferir de presidente de gobierno a cualquier otro que no sea Rajoy, pese a lo cual este parece ser que es quien va a serlo? Durante un tiempo, mientras leía los periódicos, iba apuntado en una libreta estas cosas de las que casi todo el mundo opina con muchísima seguridad, y me quedo asombrado, porque no se puede vivir, como vive uno, con tanta ignorancia. Es entonces cuando, para no acomplejarnos, nos refugiamos en el pasado, donde se supone que las cosas están ya claras y explicadas. Pero tampoco, al menos si los libros que va a consultar han salido de la Academia de la Historia, como ese Diccionario pagado por todos nosotros y en el que Esperanza Aguirre ocupa casi el mismo espacio que Franco al que, por otro lado, se piropea sin rebozo. Claro que, paradójicamente, esto, que a tantos les ha parecido incomprensible, es de lo poco que uno comprende bien y de lo poco que tiene fácil remedio. Se arreglaría mandando al Diccionario y a la Academia de la Historia a hacer compañía a las famosas zapatillas de Baroja, por no hablar de Aguirre o Franco.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 21 de agosto de 2001]

21 de agosto de 2011

Vengamos a lo de hoy

Nos envía nuestra amiga L. esta estupenda foto, de ayer, hecha en Madrid en algo del Papa. Católicos del Ayuntamiento de Madrid compararon las JMJ con el Día del Orgullo Gai, hermanando así de manera abusiva a católicos y gais en un victimismo que estaría siempre a un paso de su propia caricatura.

Y una foto

Shakespiriana, diríamos, por el teatro que encierra. Y donde hay teatro, espera tarde o temprano la tragedia. De la etiqueta de una sombrerera. Hecha en el Rastro, 2011.

Yo mismo y Shakespeare

Se ocupaba ayer Ángel Rupérez, reseñista de El País para poesía anglosajona, de algunas traducciones de los sonetos de Shakespeare, unas recientes, otras de tiempos más o menos pasados. Las reseñas de este crítico suelen ser breves, y eso le obliga a ser conciso. Ha habido tres clases de traducciones para estos sonetos, nos recuerda: las de aquellos que trataron de verter los versos de Shakespeare con metro y rima; las de aquellos que los tradujeron con metro pero sin rima,  las de aquellos que prescindieron de una y otro, y recurrieron al verso libre, y las de quienes los  tradujeron en prosa. Cita unos cuantos nombres, pocos, muy pocos, como conviene a una reseña corta. A algunos no los cita por falta de espacio, a otros, es de suponer, de modo deliberado. Cuando llega a uno de los apartados, el de los versolibristas, proclama quiénes han sido los más reseñables: “Juan Ramón Jiménez, yo mismo, Gómez Gil”. No se ha olvidado Rupérez de sí mismo, acaso porque se acordó de JRJ, cuya traducción de Shakespeare no deja de ser una anécdota microscópica y accidental en su macroespacio poético, como no podía ser de otro modo. JRJ sabía que la poesía de Shakespeare hay que ir a buscarla a cualquiera de sus obras de teatro mejor que en esos raros y perfectos sonetos suyos que, como nos dice Carlos Pujol, uno de sus mejores traductores (al que Rupérez no cita, por cierto), acaso sólo aspiren a “ser ingenio y música verbal” y “ganas de lucirse, vanidad de poeta muy bien dotado que sutiliza hasta el delirio lugares comunes y se envuelve en una hojarasca picante y manierista al gusto de la moda de entonces”. ¿Qué los ha hecho tan célebres?, se pregunta, no obstante, Pujol: su misteriosa publicación, su misterioso destinatario, el misterioso prestigio de los amores desordenados de los que se ocupan sus muy ordenados metro y rima y, claro, su belleza formal, origen, no obstante, de tantos misterios.
Naturalmente cuando Rupérez se ha dado cuenta de que el hablar de los traductores (“Juan Ramón, yo mismo, Gómez Gil”), se ha llevado toda la reseña, ya es demasiado tarde y la reseña se le ha vuelto a quedar una vez más demasiado corta: ha de dejar a Shakespeare para mejor ocasión. Tal vez se tratara de eso, pero siempre podrá decir que en los periódicos no le dan mucho espacio a la poesía.  

20 de agosto de 2011

Vengamos a lo de ayer

DEJEMOS para otro día la última fantasía de José Luis Rodríguez Zapatero, queriendo pactar con el Vaticano el futuro del Valle de los Caídos, tan inaudita como consultar al verdugo sobre la reparación de sus víctimas, pues no debería olvidarse que aquella Iglesia, y la basílica, se levantaron precisamente sobre cadáveres que la misma Iglesia llevó al pudridero, o asesinados por aquellos que ella bendijo, en una guerra a la que dieron el nombre de Cruzada (y sí, tampoco olvidamos los entre ocho y doce mil clérigos asesinados por los republicanos, e independientemente de que la posición de la Iglesia hoy sea todo lo razonable que cabe esperar en una institución que aún no ha condenado aquella sublevación en la que participó de una manera tan activa). 
Dejémoslo, pues, y vengámonos… a lo de ayer.
Y lo de ayer era que le contaba uno a Carlos García-Alix el estupor que le había causado oír en rtve al historiador Paul Preston afirmar con cachaza británica que la diferencia entre uno y otro bando en la guerra civil consistió en que mientras en el bando sublevado la represión y los asesinatos estuvieron organizados por el poder y sus élites, en el lado republicano fueron sólo manifestación espontánea e incontrolada de sujetos de la peor ralea.
Creía uno apuntada suficientemente, en Las armas y las letras, la responsabilidad que tuvieron en los paseos y asesinatos incontrolados publicaciones oficiales como El mono azul, y sus élites intelectuales, y G.-A., con su memoria prodigiosa, nos recordó el episodio contado por María Casares en sus un tanto apelmazadas y autocomplacientes memorias (Residente privilegiada, 1981). Su madre y ella son conducidas, como cada mañana, en esos primeros días de la guerra, al Instituto Oftálmico, donde trabajan como enfermeras voluntarias. Van en el coche oficial que su marido, Casares Quiroga, tiene a su disposición. El mecánico ("se llamaba Paco, como el potro árabe que mi padre me había regalado en Montrove") pide disculpas, por las manchas de sangre: “Paseamos a un chico al amanecer y no me dio tiempo a limpiar, perdonen”.
Pruebas de la participación y el consentimiento “real” en los asesinatos (salidos de las checas o de los tribunales populares que les siguieron), por parte de los partidos de izquierda y de muchos organismos oficiales republicanos, hay, como diría un castizo, para aburrir. Se lo recordó a Preston Jorge Martínez Reverte en un artículo magnífico, y debería animarse C.G.-A., acaso la persona más sensible hoy en España escudriñando los detalles exactos. La carta de este que siguió a nuestra conversación así lo anuncia: 
A Calvo Sotelo, dice Preston, lo mató "un guardia de asalto". En su relato todos los que iban en esa camioneta eran Guardias, pero se “olvida” de los paisanos. Nada por tanto de Garcés, o de Victoriano Cuenca, de "la motorizada del PSOE", que le disparó a Calvo Sotelo los dos tiros en la nuca. Preston, biógrafo de la Nelken, calla que en la misma camioneta de "Calvo Sotelo" iba también José del Rey, este sí guardia de asalto y escolta-amante de Margarita en aquellos días. Por eso el jefe de aquella expedición, el capitán de la Guardia Civil Fernando Condés, que iba sentado en la camioneta en el mismo banco que José del Rey, durmió después del crimen, para pasmo de J. Simeon Vidarte que lo contó en sus memorias, en la casa de la Nelken. En la habitación de invitados. Y estos  y otros lances siniestros e inolvidables de la Nelken con el cuerpo de la Guardia de Asalto, o de los jefes de Gobernación con los asesinos, o los resultados de la investigación que realizó el comisario Antonio Lino por encargo del gobierno republicano, son absolutamente silenciados”. 
Por eso, decíamos antes, es más necesario que nunca empezar a escribir una verdadera historia de la guerra civil, antes de que se nos olviden quiénes  estaban detrás del Valle de los Caídos o al lado de las checas de Madrid, dejándonos a los pies de la épica, brioso corcel hegeliano.
(Foto: El Rastro, 2010)

19 de agosto de 2011

Palabras perro

COMO en aquellos remotos confines de la península que sólo recibían la señal de la primera cadena de TVE, llega aquí únicamente, en papel, la edición de El País. Y en el periódico de ayer, esta pequeña carta de Ferlosio a propósito de la religión sixtina, como la llama, por delicadeza, sin duda, para no tener que referirse al papa de los zapatos rojos. Vale la pena el esfuerzo de descifrarla, porque, como en los jeroglíficos, su significado es simple, aunque tan razonable sea su creer en la inexistencia como el creer de otros en la existencia e incluso el no creer. Pide, ante la visita del papa, palabras, porque sólo estas tienen la capacidad de ladrar. Claro que, añadimos nosotros, hemos de resignarnos a que tantas palabras, las suyas también, ladren y no muerdan. Estaría bien, aunque fuese sólo un poco, que pudieran hacerlo en los tobillos de cierta realidad, sobre todo para evitar que digan aquello de que perro ladrador, poco mordedor.
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Reclamos

VIO a lo lejos, en el alfoz del pueblo, la casita donde el carpintero tenía su taller. La suya en medio de otras, cinco o seis en ringlero, blancas, de una planta, todas humildes, separadas del pueblo por la carretera, un estanque donde nadaban unos patos sucios y una pradera cuyos yerbajos pastaban media docena de mulos y una cabra, atada a un largo cordel. El dueño de esas bestias, un merchán, y su extensa familia vivían allí como los bereberes, sin que nadie pudiera distinguir entre los chicos quién era hijo, quién era nieto ni de quién. Estas criaturas, medio desnudas, se entretenían en correr delante de la casa detrás de los patos, detrás de las gallinas, detrás de los gatos y de los perros. En cuanto al lugar, estaba tan apartado de todo, que de esos alborotos no lograba pasar la carretera ni un solo ruido. Se les veía a lo lejos, a humanos y animales, sin sonido, tras el estanque y los prados, como una fotografía muerta del siglo XIX.
El carpintero trabajaba en aquella casa, pero no vivía allí por ser a todas luces inapropiada conforme a la idea que tenía del decoro.
En las paredes encaladas de su carpintería se había ido posando el polvo fino de la madera, y que un polvo tan fino se quedara en la pared, sin caerse, daba al lugar un aire venerable, vetusto y tranquilo.
En una de esas paredes blancas, al lado de una sierra arcaica en forma de hache unida en su base por la lama dentada y en su cabeza por una cuerda, había seis clavos alineados y de cada clavo, a una altura considerable, colgadas, seis jaulas de perdiz. En todas ellas había siempre un macho. Si alguno se le moría era pronto sustituido por otro. Todo antes que desperdiciar una jaula.
Pensó muchas veces que de haber visto Rilke una de estas perdices, habría dejado de lado la pantera enjaulada del Jardín de las Plantas de París, conmovido por el trágico destino de un pájaro tan hermoso, y le habría dedicado su poema a él.
Tenían aquellas jaulas de perdiz, como todas, la forma de la punta de un obús y sus barrotes, de alambre, les venían tan justos a los pájaros, que estos apenas tenían espacio para girar sobre sí mismos. La mayor parte del tiempo sus picos repasaban los barrotes de su prisión, de los que arrancaban, como a un arpa, una monótona y desesperada canción que no cesaba ni un minuto, desde el amanecer a la noche. Era evidente que se habían vuelto locos.
Al pasar por allí, columbró, como tantas veces, aquellas casitas alineadas. De lejos le pareció abierta la puerta de la carpintería, nada extraño, porque aunque su amigo se había jubilado hacía años, seguía guardando allí sus reclamos de perdiz.
Cuando llegó no sólo encontró cerrada esa casa, sino todas las demás. De los contornos habían desaparecido las bestias, en el estanque tampoco había patos. Los pastos ralos y salitrosos de aquella pradera crecían sin provecho.
Se acercó a la carpintería y miró por el cristal de una ventana. A pesar de que también sobre él se había apelmazado el fino y rubio polvo de la madera, pudo ver las jaulas en una habitación de la que habían desaparecido herramientas, máquinas, tablones. Las jaulas seguían clavadas en la pared, pero vacías.
Se acordó de los tiempos en los que iba a visitar a su amigo. Le veía trabajar en silencio bajo la mirada desorbitada de las perdices locas. El mismo parecía igualmente enjaulado en aquel pequeño taller, día tras día.
Al llegar a su casa, como homenaje a su amigo, buscó en su biblioteca algunos libros curiosos que trataban de la cría y la caza de la perdiz. Le gustaba tener a mano esa clase de libros inútiles. No había sido cazador. Le producía congoja la visión de los pájaros en aquellas prisiones tan crueles y sólo la idea de la caza con reclamo le resultaba plebeya, indigna,  y sin embargo le gustaba leer los libros donde se describe. ¿Buscando en ellos qué? Sin duda encontrarse en las palabras con una naturaleza ya perdida, indagar quizá cómo podía nadie vivir sin libertad. Presentía acaso los tiempos en los que las especies, incluida la humana, sólo en cautividad podrían garantizar su supervivencia.



18 de agosto de 2011

De rerum natura

¿De dónde la fascinación de la lectura del libo de Lucrecio? La mayor parte de las leyes sobre las que él fundamentó el mundo físico, sus famosos primordios, han sido descartados y refutados como tales, pero hay algo primitivo y esencial en él que subyuga. No sólo sus palabras, bellísimas, desde luego, ni la atención extrema con la que permanece en medio de los fenómenos de la naturaleza, sino un decir tanto más expuesto por haberse hecho oír en medio de los templos, a los pies de los dioses: “No hay cosa que se engendre a partir de nada por obra divina jamás”, y acaso, o justo por ello, “nada nos impide llevar una vida de dioses”. Es decir, una vida virtuosa.
Precisamente estos días que la religión (las religiones, deberíamos decir) reclama nuestra atención, parece que estemos oyéndole a él: nuestra alma es mortal, como son mortales el alma profunda del alma y las almas de las cosas que vemos, como mortal es incluso el ansia de inmortalidad que alentamos mientras vivimos, sin angustiarnos el más allá del mismo modo que tampoco “nada nos importan aquellos nosotros que antes fuimos”.
Conoce Lucrecio el mal que aqueja al hombre: “como siempre ansías lo que falta y desprecias lo que hay, la vida se te ha escurrido sin logro ni gusto, y sin darte cuenta la muerte está a tu cabecera”. Y acordándose de su maestro Epicuro, nos dice: “Más adelante se inventó la propiedad y se halló el oro, que sin más a los fuertes y hermosos quitó su predominio: porque en la comitiva del más rico casi siempre marchan los más valientes y guapos de nacimiento. Pero si uno maneja su vida con razón y verdad, las riquezas mayores son para el hombre el vivir tranquilo, con poco, pues de lo poco, bien se sabe, nunca falta”.
Y cuánta razón, una vez más, iba a tener JRJ al recordarnos que “la poesía no es descripción sino creación; pero Virgilio es un descriptor; Lucrecio un creador. En Virgilio leemos lo que él ve; en Lucrecio lo que él es. A Virgilio lo dejamos y él se queda, al marjen de sus campos, a la orilla de sus ríos. Lucrecio va siempre delante de nosotros. Virgilio nos alimenta de ganados, nos da de beber el agua de los ríos. Lucrecio de su misma sangre y su misma carne. Virgilio nos hace, Lucrecio nos hace Lucrecios. Pero Virgilio egoísta se gasta. Lucrecio generoso se crea cada vez más a sí mismo. Virgilio permanece ajeno. Lucrecio se trasmuta en palabra”.
¿Y no pudo haber escrito Lucrecio este aforismo de JRJ: “La sombra está llena de luz, como el cuerpo de sangre. No hay más que cortar, que herir, y la luz, y la sangre, brotan” o “La forma de la rosa dura lo que dura la forma de su esencia”?
De lo poco, bien se sabe, nunca falta. Saberlo, es mucho.









(Las citas de este asiento proceden de las traducciones de Francisco Socas, Editorial Gredos, y de la muy recomendable de Agustín García Calvo (Editorial Lucina), a quienes han de agradecer nuestras tardes agosteñas tan buenas horas).

17 de agosto de 2011

Five o'clock tea

De vez en cuando llega a nosotros el mundo de los sentidos en un libro. Es difícil escribir de los sentidos, y que estos no desaparezcan: el color del mar, el perfume de la rosa, el canto del ruiseñor, la caricia de la brisa, el sabor de una magdalena capaz de abrirse al mismo tiempo en la bóveda del paladar y en la sima de la memoria, acaban por lo general siendo un montón de palabras apolilladas de no mediar el escritor adecuado.
De este librito nos llamó la atención, en primer término, la forma tan espartana y sobria de su tipografía, que recuerda a la que utilizaba JRJ en las ediciones de la editorial Calleja o en las de Jiménez Fraud, que él cuidó.
No ha sido uno nunca un gran lector de literatura gastrófila, reconociendo el virtuosismo de Camba, de Pla, de Cunqueiro, de Castroviejo, de Perucho en esos menesteres. Le ha admirado a uno de ellos ver cómo suplían su falta de fe en ideales trascendentes con el entusiasmo por la lamprea, por las gambas de Palamós, por las manitas de cerdo con puré de castañas. Será, tal vez, porque ninguno de los escritores que ha frecuentado desde chico parecían disfrutar de los placeres de la mesa como aquellos, tanto si fueron de la veta cuáquero-mística como Unamuno, Azorín o el mismo JRJ, de la secta de los epicúreos, como Baroja o Valle-Inclán o de la de los pitagóricos y carpantas como Machado. Curioso el hecho de que la mayor parte de estos padeciera alguna clase de dolencia relacionada con el aparato digestivo o, en el caso de Baroja, que se privó por ello de comer carne, con el reuma.
Acaso la excepción fuese Galdós, que sí disfrutaba relatando los placeres de la mesa (maravillosas páginas al respecto en Fortunata), pero, ¿no le pagaron ese amor con el más injusto y infamante de los insultos, llamándole garbancero?
También ha pensado uno que su escasa inclinación al cultivo de la gastronomía, pero sobre todo del hablar en sus libros de la comida que come o de las bebidas que bebe, fuese su paso prolongado por un internado, que echó a perder para siempre en él la afición a los peteretes y la acratoposia, o ansia desmedida de beber fermentos y destilados. No así la curiosidad de hojear los libros de otros, tal vez porque suelen llegarnos de los fogones, más que de las bibliotecas, incluyendo entre sus páginas a menudo recetas manuscritas añadidas por propietarias que cifraron en ellas Dios sabe cuántas legítimas ilusiones, exhumadas por nosotros entre secos vapores eruditos.
De este, tras la tipografía, nos sorprende además la discreción de la señora G.O. de P.T. y la de su traductora, la señora M.L. de M.S. Oh tiempos en los que se consideraba una vulgaridad (dirían entonces una ordinariez) cualquier forma de notoriedad pública, sin duda porque pensaban que en una mesa de comedor o de té debían concurrir las condiciones que hicieran posible una conversación inteligente, la celebración de la amistad, el humor saludable, y que todo ello sería más depurado, cuanto más discreto, o sea, que nos hablan de un tiempo en el que nadie en su sano juicio se permitiría pensar, y menos decir, que el necesario comer era una razón suficiente de nada, como parece que se nos sugiere hoy con tanta idolatría gastronómica.
¿Y, en relación a este Five o’clock tea, algo más? 
A menudo uno mismo se pregunta para qué compra esta clase de libros. Pero se dice: quién sabe si algún día a alguno de los personajes de tus novelas les servirán emparedados Montpellier, “pistols”, “pop-overs”, bizcochos genoveses, normandos, venecianos, “choux à la crême”, “éclairs”, pan de jengibre o "bollos Endecliffe"  y, entonces ¿cómo los reconocerán, si nadie se los ha descrito?
Así que sin pensarlo mucho, se lleva uno tales libros, con frecuencia con rastros patentes de haber estado muy cerca de las cacerolas, y aunque nunca le dé por hacer ninguna de las recetas que vienen en ellos, percibe que algo de la vida antigua que ellas representaban, le llega adherida en sus páginas, civilizando un poco la suya, como hoy. Hoy más que nunca, ante los sucesos de Birmingham o Londres, este Five o’clock tea nos recuerda que la vieja Inglaterra alguna vez fue grande a las cinco de la tarde.
“Ceremonia y costumbre”, lo llamó un irlandés, Yeats, condiciones necesarias también, aunque no suficientes, de la poesía.

16 de agosto de 2011

De sana fe

PARA el artículo que se publicó ayer no resultó fácil escoger los ejemplos. Aquí van otros que podrían engrosar los mismos apartados. Decíamos que en todos ellos era fácil rastrear el novelismo actual o el surrealismo, pero declararlo así no deja de ser una manera de menoscabarlos, ya que encontramos en tales "iluminaciones" algo de buena ley, de sana fe, como una genialidad irrepetible, al igual que en los dibujos de los niños, superiores a todas esas pinturas de los adultos que los imitan.

EJEMPLO de anfibio: Juan estudia.

EL oído medio: tiene la bomba de Eustaquio, que sirve para refrigerarle.

AVES prensoras: son el loro que aunque habla no sabe lo que dice.

¿CÓMO se llaman los habitantes de Ceuta? Centauros.

EL termómetro: Es un tubo que tiene dentro opio.

EJEMPLO de parásito interno: Las vísceras.

CORRIENTES MARINAS. Cuando el agua se va por algo para un lado, el agua que hay cerca corre mucho para llenar ese sitio que ha quedado libre y se forma la corriente [¿Y no están Las Metamorfosis o De rerum natura llenas de descripciones parecidas?].

REFLEXIÓN: El rayo de luz al entrar en el cristal queda reflexionado.

TROZO DE REDACCIÓN: Todos hemos sentido curiosidad por acariciar y estrangular entre nuestras manos un gracioso pajarillo, cosa que indudablemente no podríamos hacer con un avestruz.

LOS bárbaros quisieron entrar en España despacio, pero al no poder hacerlo así, entraron veloces y sin piedad en el siglo IV.

TAMBIÉN hay líneas férreas a Baleares y Canarias., pero generalmente a esas zonas se va por mar.

CARACTERES de los insectos. Se caracterizan por ser todos insectos.

INMUNIDAD: Por medio de ella ingerimos grandes infecciones sobrenaturales.

PARA producir electricidad tomemos una vara larga y pongámosla en contacto con una nube…

MEANDROS: El río se entretiene en hacer curvas.

EL cerebro. Las ideas, después de hablar, se van al cerebro.

EL azufre. De esa pregunta no me acuerdo. De lo que sí me acuerdo es del esqueleto.

EL corazón. El corazón está en el cuerpo para que la sangre no dé vueltas como tonta.

EL murciélago. Se acuesta de cabeza para abajo.

UN ave corredora: el saltamontes.

ACTO involuntario: es morderse los dedos o tirarse de los pelos.

EL león tiene una dentadura muy enérgica.

EL Everest es importante porque parece que su cumbre da con las nubes.

AVES prensoras. Las aves prensoras, como el loro, producen una enfermedad muy mala para los pulmones, que ahora no me acuerdo, pero me parece que se llama psiquiatría.
 (Foto: El Rastro, 2009)

15 de agosto de 2011

Antología del disparate

Podría pensarse, con este título, que hablábamos de los trajes que hicieron dimitir al presidente de la comunidad valenciana, después de que su jefe le pidiera declararse culpable y pese a que llevara dos años declarándolo inocente. No, por una vez, no se trata de una metáfora, sino de la verdadera y clásica Antología del disparate que preparó hace más de cincuenta  años el profesor Luis Díez Jiménez  con las respuestas de algunos de sus alumnos de bachillerato.

Es agosto. Muchos de los que lean esta página estarán disfrutando de sus vacaciones. ¿Le permitirán a uno que por una vez desatendamos los problemas del mundo, para tratar de arrancarle al lector una sonrisa chaplinesca? Pues si algo tienen en común el profesor Díez y Chaplin es eso: no se ríen de nadie. Al contrario, con qué seriedad buscan ese humor común a todos: no se ríen de, sino con, y eso hace que su humor no sea jamás lesivo ni agrio. Pues, ¿y quién no disparató de niño, quién no creyó que el célebre estribillo de la canción de la tuna “No te enamores, compostelana”, no era, como suponía, “No te enamores con porcelana”? 

Un ejemplar de esta Antología, prestado hace años, ha vuelto al redil, con algunas de las respuestas punteadas entonces. ¿Siguen haciéndonos gracia? Algunas tienen sesenta años. El humor es  extraño. A menudo, pasado el tiempo, lo que nos hizo sonreír, y aun reír, nos impacienta y aburre. Para nuestra alegría, no es el caso, quizá porque descubrimos que muchos de estos disparates están muy cerca ya de la poesía, de la filosofía: “Porosidad: los cuerpos están orgullosos de poseer un lugar en el espacio”. O del surrealismo de El Bosco: “Un parásito interno del hombre: el langostino”; “Un anfibio: el marrano”; “Anfibios: son los que maman, por ejemplo la burra”; “Ejemplo de anfibio: el cacahuete”; “Parasitismo: es belleza ver a las hormigas ordeñando a los pulgones”; O de la sociología: “”El oído interno: es el que tiene más “jaleo” de todos”; “Oído medio: sirve para oír lo que dicen los ausentes”; “De las posesiones de Portugal en Asia me parece que con tanto jaleo ya no le queda nada”. Por no hablar de aquellas respuestas que pasarían hoy por alta literatura. ¿Cómo no acordarnos de Javier Marías al leer esto: “No conozco ninguna oruga perjudicial, o sencillamente a lo mejor he visto alguna y a mi modo de ver no era perjudicial”? Otras veces todo es más sencillo: “El aparato digestivo del león se diferencia del de la vaca en que mientras el león es un animal salvaje que sólo produce muertes y percances, la vaca es casera y muy aprovechada”; o “El calamar se llama así porque cala los mares”. El inicio de esta redacción, ¿cuántos no lo envidiarían? Yo mismo: “El primer día del Génesis. Ese día estaba yo en mi casa...”. Y con algunas definiciones no podríamos estar más de acuerdo: “Acto involuntario es matar o hacer daño al que le ofende o martiriza”. Sí, es agosto. Estamos de vacaciones, cuando disminuyen los actos involuntarios, pero tememos, que al regresar al mundo de la seriedad, en el nuevo curso, estos vuelvan a proliferar peligrosamente, inducidos por los mismos sastres. Volverán a ofendernos, volverán a martirizarnos. Esto es cosa segura.
       [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de agosto de 2011]