31 de julio de 2011

La mancha azul

Cubierta de una edición posible de Falange y Literatura.
Envío: Para Carlos García-Alix.
(Foto: El Rastro, 31 de julio de 2011)

Copulativa, disyuntiva (ferlosiana)

Nos sale al encuentro este artículo de Ignacio Echevarría, en el que su autor glosaba hace un par de días (El Cultural de El Mundo) otro de Ferlosio: “Veraneaba [Ferlosio] en Sigüenza con su hija y los dos iban a bañarse a diario a una piscina de cemento precariamente improvisada a la que acudían los veraneantes más modestos los que, como ellos, no se mostraban demasiado exigentes”. Un simple “y”, en vez de esa “o” delatora, y habría cambiado el sentido de esa disyuntiva, que no parece que sea de las de sentido inclusivo. 
El clasismo (enmascarado quizá de ese elitismo que algunos como Adorno, según Hannah Arendt, no acertaban a disimular, tan ajeno al espíritu aristocrático que animaba a gentes como Giner de los Ríos o don Manuel Bartolomé Cossío), el clasismo, decía, que acaso subyace en esas líneas, sólo puede interpretarse por el deseo, muy comprensible, de complacer a Ferlosio. ¿Cómo? Dejando claro que nos confundiríamos mucho si le mezcláramos a él con aquellos a los que se llama con paternalismo diocesano “los veraneantes más modestos”, y aclarándonos que si padre e hija iban allí no era tanto por la necesidad de refrescarse, como todo quisque, sino por antojo o por dandismo bohemio, diríamos, como aquellos señoritos que aseguraban frecuentar las ventas y colmados cochambrosos en unos turbios amaneceres de arrabal por gusto y fantasía y no por vicio, antes de volver a sus vidas regaladas (tal y como vemos, por cierto, en El Jarama, novela que su autor, como es sabido, detesta, acaso por esa misma razón). Algo así como un “podemos estar con los del medio pelo, incluso con los proletarios, aunque conviene recordar a los del medio pelo, y de paso a los-proletarios-del-mundo-entero-uníos, que por cuna nos correspondería estar al otro lado de las barricadas, si es que alguien se ha olvidado de ello”.
No sé por qué, sí sé por qué, recuerda esa frase a aquellas otras que de vez en cuando se les deslizaban a reporteros bien mandados, cuando la llamada “canallesca” no era tan cuidadosa ni a la gente le importaban esos detalles: “El alcalde solicitó la ayuda de uno de los jornaleros presentes o, en su defecto, de alguna persona respetable”. O lo de aquel pariente, cronista deportivo y gran aficionado al fútbol, que en Diario de León y a propósito de cierto accidente ferroviario en el que perdieron la vida algunos jugadores, abrochó su crónica con un escueto “por fortuna eran de un equipo de tercera división”. 

30 de julio de 2011

Recordando a Augusto Floriano Jaccaci

FUE tal vez el primer autor que siguió los pasos de don Quijote por tierras de La Mancha, y su libro, anterior en casi diez años a La ruta de don Quijote de Azorín. De aquel, August F. Jaccaci, sabemos que fue coleccionista, crítico e historiador del arte en Estados Unidos y pintor él mismo, además de viajero por lugares exóticos. La Mancha en la época en que la recorrió Jaccaci, a finales del XIX, lo era. El libro, con el título de On the Trail of Don Quixote, se publicó en 1896 en Nueva York y Londres y poco después en París, y de él hay dos ejemplares en Abebooks. De su traducción y edición española, con el título de  El camino de don Quijote (Por tierras de la Mancha) en La Lectura, 1915, no hay ninguno, lo que nos habla de su extrema rareza. Este fue traducido por Ramón Jaén, autor igualmente de las diecinueve fotografías que se incluyen en él y que lo convierten a un tiempo en un valioso documento etnográfico y en una pequeña joya bibliográfica sin pretensiones, ya que se trata de un libro en octavo, editado al gusto de los regeneracionistas, con pulcritud y austeridad. El pegado a mano de todas y cada una de estas fotografías nos acerca a la nobleza de los oficios perdidos y lo hace digno compañero de Platero y  yo, que había aparecido en la misma editorial unos meses antes. Estas fotografías hacen que pensemos en Ramón Jaén,  administrador de la Residencia de Estudiantes e íntimo amigo de Juan Ramón Jiménez, como en un modesto Atget: ventas, posadas, caminos, caserones, paisajes desolados de la Mancha, carros, patios, iglesias, ruinas…
La lectura del libro, pospuesta tantos años, nos encandila. Maravillosos libros de las casas viejas para las larguísimas tardes de verano. Este está hecho a la medida de Azorín. Lo prefigura. Quizá Azorín escribiera de él. No sería en absoluto extraño. Lo hizo, recién publicado, del de Juan Ramón Jiménez. Le gustaba a Azorín reconocer sus deudas, aunque en muchos casos pudiera haberlas contraído sin saberlo. No son fechas ya para preguntarle a José Payá, que dirige la casa museo de Azorín, sobre este pormenor. Si Azorín escribió de Jaccaci, Payá lo sabrá. Si no lo hizo, fue acaso porque no llegó a leerlo, posponiéndolo para Dios sabe qué verano póstumo.
Jaccaci, al contrario que tantos extranjeros en España, no hace aspavientos, no levanta la voz, es, en verdad, un hombre cervantino. El amor por el Quijote le lleva a los lugares legendarios, y a tratar a gentes que podrían haber sido figurantes de la célebre novela. No busca, encuentra. Quien quiera saber lo que eran las terribles ventas españolas, las fondas misérrimas, las posadas ruidosas, busque este libro. Jaccaci es un hombre curioso, obsequioso, observador discreto. También propenso a la alegría, cuando llega el momento: “En el Toboso hallé una posada limpia. Cuando entramos en ella era de noche, y no pude corroborar mi primera impresión hasta el otro día a plena luz. Su elogio quedará hecho al decir que me evocó Holanda. Los suelos en ladrillos del patio y los cuartos, relucían; la luz cruda entraba por las ventanas a través de unas cortinas; algunas estampas de patéticas escenas religiosas adornaban ingenuamente las paredes, blanqueadas con cal. El mueblaje lo componían sillas, arcas y una mesa finamente tallada. En la espetera de la cocina brillaban, bruñidos, una infinidad de utensilios de cobre. En esa humilde posada no había criados de ninguna clase. El padre, la madre y dos hijas cuidaban de este orden meticuloso”. Jaccaci observa, Jaccaci sonríe, Jaccaci, que todo lo avizora, escribe como habla. La Mancha que encuentra a cada paso, Argamasilla, Ruidera, Herencia, Montiel, Campo de Criptana, Viso del Marqués, Sierra Morena es, se place en repetirlo, la misma que conoció Cervantes. "¡Qué vida tan varia, tan llena, la de las posadas de entonces!", nos dirá en una posada idéntica a aquéllas. Nada ha cambiado, todo lo halla en su lugar, exacto al que tenía en el siglo XVI, y no duda en celebrarlo con el vino áspero y violento de Esquivias.
Augusto Floriano Jaccaci (1877-1930) es un hombre fino, simpático, llano. Y finísimo es este casi desconocido Ramón Jaén, que acudió a recibir a su amigo Juan Ramón a los muelles de Nueva York, cuando este viajó hasta allí para casarse (lo que nos hace pensar que fue en Nueva York, en un viaje anterior, donde Jaén compró su ejemplar de On the Trail of Don Quixote, y no traducido al francés, de donde alguien malicia que pudo haberlo traducido él). Y algo de Juan Ramón parece haberse quedado también en este libro de La Lectura cuya tipografía recuerda la de Reliquias de Fernando Fortún, que cuidó también el poeta de Moguer, algo que, en este ejemplar, a pesar de la vulgaridad del Ilustrísimo Señor don Adrián de Loyarte, escritor vascongado que Didot confunda, llega vivo a nuestras manos.
Terminado el libro, se le ha hecho a uno corto el viaje. Querría proseguirlo. Ante ese imposible, volvemos a sus páginas. Esta vez no leas. Mira con detenimiento las fotografías, y la imaginación apenas tendrá que hacer nada: la vida ha vuelto sola a ellas, como fantasma de la cueva de Montesinos.

29 de julio de 2011

Perdemos para ganar

Hay un camino secreto desde
                        “Perdemos para ganar,
                        y al saberlo tiramos
                        nuestros dados de nuevo”,
que escribió una jovencísima Emily Dickinson, cuando sin duda pensaba que la vida sólo eran dádivas, hasta las palabras de Platón que pusieron en marcha esos versos dos mil quinientos años antes: “Pues el comienzo es también un dios que mientras permanece entre los hombres, lo salva todo”. Y así lo comprendemos al acercarnos a cada una de las cosas que fundan nuestra costumbre, aunque les demos por delicadeza el nombre de final. Ni los astros, con ser tanto, han logrado hasta hoy despedirse del todo.


(Foto: Las Viñas, marzo 2011, Luna llena,  Rafael Trapiello)

28 de julio de 2011

Mosquita muerta

FRENTE, o junto, si se prefiere, al Diccionario de los lugares comunes de Flaubert, necesitaríamos un Diccionario del Genio de la Lengua que recogiera esas expresiones artilladas que acaban haciéndola invulnerable a cualquier atropello de los lugares comunes, incorrecciones gramaticales o disparates lingüísticos que tan contentos ponen a los académicos sin imaginación, convencidos estos de poder pavonearse a su costa. Así pues, a “Estar como una regadera”, o “Ser más chulo que un ocho” o “Hacer la vista gorda” o “Tener una gran empanada mental”, añadamos hoy esta expresión felicísima que al contrario que las anteriores, de origen incierto y caprichoso, sólo pudo ocurrírsele a un gran observador de la realidad: “Ser una mosquita muerta”, tanto o más certera cuanto más exacta en un plano simbólico.

27 de julio de 2011

El gato de la señora Reynolds

El gato de la señora Reynolds tal como nos lo describe Keats en el poema que le dedicó, un gato caminando por lo cimero de una tapia erizada de cristales de botella, que sortea con suavidad, elegancia y delicadeza (si acaso estas tres cualidades no son la misma), llegó hoy a este oscuro rincón extremeño. Le hemos visto muchas veces, otros años. Se diría que jamás se ha bajado de ese muro, más largo que la muralla china, y que caminando como un funambulista entre los afilados vidrios sin herirse viene de un país remoto a recordarnos cómo tenemos que conducirnos en la vida, sin enfatizar nuestra habilidad ni hacer épica del destino que es caminar siempre por lugares tan peligrosos y expuestos. De la tapia de esa vieja almazara abandonada, dio un salto y desapareció entre la maleza. ¿Desapareció? Seguirá su largo peregrinar a otros lugares en busca de otras gentes solitarias, no lo dudamos, con el mismo propósito que volvió hoy hasta nosotros, y siempre caminando por una tapia bordada de cristales, pero no podrá irse demasiado lejos. Por la misma razón que todos los ruiseñores son deudores del que cantó Keats, no hay un solo gato en el mundo que caminando entre los cristales erizados de una tapia, no sea una reencarnación del gato de la señora Reynolds.
(Foto: R.T., 2011)

26 de julio de 2011

Capricho extremeño

Querido Miguel Ángel Lama:
Me envía Álvaro Valverde tu escrito de ayer sobre Capricho extremeño. Creo que llevas razón en él, y es estupendo. Vaya por delante mi gratitud. 
Es verdad que se han quedado algunas entradas fuera, pero también tendría razón Luis Sáez, si le oyéramos. Él ha puesto el acento más en el paisaje que en el paisanaje, en la parte más amable de aquel, evitando las aristas de este. Si reparas, los ejemplos que citas lo son todos de cierto cerrilismo, no exclusivo de Extremadura. Y eso ha sido así, parece patente, porque Luis Sáez debió de considerar que una editora costeada con dinero público no era el lugar idóneo para publicitar esos aspectos críticos, y yo en el fondo se lo agradezco, cansado de dar explicaciones de parte a quienes jamás han mostrado el menor interés por el todo ni se molestarán en leer en los libros originales de donde proceden tales fragmentos. En cualquier caso fui respetuoso con su decisión como lo fui en su día con la vuestra para un librito en el que tales fragmentos tenían un peso a mi modo de ver un poco exagerado, descompensando o cargando las tintas en una visión de Extremadura en exceso ríspida. En cuanto al prólogo, las razones por las que se excluyó, son de mi sola incumbencia, pero también muy razonables, aunque me produce un grandísimo tedio darlas a conocer a estas alturas. Escrito está y escrito quedó en la primera edición. Y diría “el diablo se lo lleve”, si no fuese porque, siguiendo el consejo de Nietzsche, no hemos de  levantar jamás un falso testimonio contra la vida. 
Y con todo, eres muy generoso con el libro y con el trabajo de Luis Sáez, como también lo fueron en su día el propio Valverde y García Martín, y yo me alegro de ello, y habrás encendido en algunos el deseo de leer ambos, convirtiendo la primera edición, agotada hace diez años, en algo codiciado por los que buscan rarezas bibliográficas. Y lo que tenga de bueno este se deberá a lo que tuviera de bueno aquel, y si el primero hace bueno al segundo, este también hace bueno al primero, si acaso le está permitido al autor hablar de este modo de ninguna de sus obras, saltándose a la torera el decoro. Por otro lado, quizá conozca una tercera edición, y entonces podrán incorporarse esos fragmentos orillados a los que te refieres y otros nuevos, reunidos por todos vosotros en la mayor armonía.  
Un fuerte abrazo.
A.
(Foto: Las Viñas, marzo 2011. Rafael Trapiello)

25 de julio de 2011

La España peregrina podrá al fin entrar en casa

Ha conocido uno a casi todos los directores que ha tenido hasta la fecha el Museo Reina Sofía de Madrid. De alguno es uno amigo, en parte, supongo,  porque también lo era y lo es de los museos. Son o debieran ser los museos, por decirlo al modo de los institucionistas, una segunda casa y a la vez parte de la naturaleza, como la sierra de Guadarrama a donde gustaban excursionar. Por tal razón para ellos no había mucha diferencia entre ir al Prado e ir a la sierra. Si en un museo no llegamos a sentirnos como en casa, más vale salir de él o cambiar de casa, y si no cuidamos la sierra como nuestro museo, mejor sería darnos de baja como excursionistas. 

Cuando dirigía el Reina Sofía Juan Manuel Bonet le animaba uno a que acometiese una reordenación de sus fondos,  entonces algo embarullados por el esnobismo despótico de algún predecesor. Porque un director de museo puede llegar a ser el pequeño sátrapa que olvida la modestia de su tarea:  administrar con prudencia la memoria colectiva. Lo que se custodia en un museo y se expone en él para ejemplo de todos es precisamente lo que se ha ido decantando en el conocimiento, en el juicio, en la necesidad de la comunidad que lo sufraga: lo más importante, lo más hermoso, lo más preciso.

La reordenación del Reina Sofía que Bonet no tuvo tiempo de llevar a cabo (esa es otra historia), la ha emprendido Manuel Borja Villel, su actual director. Puede uno estar o no de acuerdo con ella, y discutir y discutirle a él tal o cual aspecto, pero nunca se han visto mejor las obras, nunca ha estado mejor ordenado ese museo ni más claro su propósito didáctico. Porque un museo es eso también, una escuela viva y el espejo en el que hemos de mirarnos todos.

El azar y la guerra civil (y esa es también otra historia) nos ha reunido durante dos horas, a solas y por primera vez, a Borja Villel y a un servidor. Le ha parecido a uno un hombre afable, inteligente y, sobre todo, curioso. Sabiendo lo que uno piensa de buena parte del arte contemporáneo, ¿no es extraño que haya tenido la curiosidad de saberlo de primera mano, en un país al que mueven los prejuicios y el desprecio de todo lo que es distinto a nosotros? Es más, aceptó con respeto los reparos y comprendió uno también algunas de sus decisiones más personales. Por otro lado, confesó, la reordenación aún no está concluida. Es acaso ésta  la mejor noticia que hayamos recibido en mucho tiempo, porque en ese museo que es o debiera ser de todos los españoles, seguía y sigue faltando media España, la España peregrina, el exilio como tal (de algunos, cierto, hay obras ya allí, pero sin esa significación), Moreno Villa, Granell, Alberto, Souto, Arteta, Gaya, Mallo, Varo, Luna o Seoane, que contribuyeron al arte español tanto o más que aquellos que, franquistas o antifranquistas, de José Caballero a Tàpies, pudieron hacer en parte su carrera gracias a Franco y a que los comisarios de sus bienales les pusieron en bandeja los corderos del hijo pródigo, sin invitar al convite, naturalmente, al hijo pródigo, que sigue ayuno. Al contrario de lo sucedido a sus compañeros de exilio los escritores, los artistas republicanos perdieron la guerra y los museos.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de julio de 2011]

24 de julio de 2011

Superser


"SÓLO vemos lo que nos mira”, leíamos en la cita de Franz Hessel que encabezó un tiempo este almanaque. Confirmación de ella la tenemos a diario en mil pequeños detalles. Hace años pasaron en esta casa de Las Viñas unos días el filósofo X y su mujer. A la hora del desayuno, que tenía lugar en la cocina, medio dormido aún, el lacónico X reparó en algo en lo que, aun teniéndolo delante desde hacía tantos años, ninguno de nosotros había reparado nunca, ni siquiera M., estudiante a la sazón de filosofía, a la que le había llevado precisamente su entusiasmo por Nietzsche. Como de costumbre, X parecía atender a la conversación que estaba teniendo lugar en ese momento, cuando lo cierto es que su silencio respondía, como otras veces, a sus propias lucubraciones y ensoñaciones. Pero cuando le oímos musitar, con esa seriedad equina que popularizó Buster Keaton, la palabra “superser”, no sospechamos que buscaba arrancarnos una sonrisa, su contribución nieztcheana esa mañana al desayuno y a la vida. Nadie, claro, entendió en un primer momento a qué se refería ni qué pintaba el superser en nuestra conversación, hasta que con un golpe de pestañas llevó nuestra mirada al ángulo superior del viejo hornillo de gas. ¡Oh tiempos en los que hasta los fabricantes de electrodomésticos admiraban la filosofía! Aclarado el enigma, nos dio licencia para continuar nuestra cháchara mientras él volvía a abismarse en la suya propia con su ser a secas, ese desde el que, a menudo, la mayoría de nosotros hemos de habérnoslas con acontecimientos propios sólo de superseres, aquellos justamente que viven ya en la total despreocupación e inatención.

23 de julio de 2011

Malicia

YA se maliciaba uno que no obtendría respuesta, y pese a ello la envió a la sección de Cartas al director de El País, donde se publicó el 28 de junio pasado. Como han pasado tres semanas, y es poco probable que nadie rompa el silencio profundo que siguió a su publicación, aquí van juntas mi carta y algunas consideraciones morales (pero poco) y recreativas (lo justo).

LA CARTA
En El gato encerrado, libro que se publicó por entregas en el suplemento del Diario de Jerez en 1989 y en 1990  en la editorial Pre-Textos, puede leerse: “Si Cervantes viviera, el primer premio Cervantes se lo hubiera llevado Lope de Vega. Sin dudarlo”. Durante todo este tiempo siempre he creído que ese aforismo era mío. Sólo porque lo ha visto uno citado muchas veces por ahí con mi nombre, me decido a circular este ruego. En el artículo “La tercera verdad” de Javier Cercas, publicado en Babelia el sábado 25 de junio, se dice: “Como dijo José María Valverde, Cervantes nunca habría ganado el premio Cervantes”. Aunque Machado afirmara en Los Complementarios que admiraba mucho a Virgilio, entre otras razones, porque en sus versos había los de otros muchos a los que ni siquiera se tomaba la molestia de citar, y después de hacer algunas búsquedas infructuosas en Internet, le agradecería a Cercas, o a cualquier lector si él no pudiera precisarlo, me indicaran dónde y cuándo dijo eso nuestro admirado Valverde, para no hacer pasar en el futuro por mío lo que podría no serlo, por poco que sea”.

LAS CONSIDERACIONES
      1. ¿Por qué no respondió J.C.?
 a/ No vio la carta publicada. b/ La vio, pero está enfrascado en qué sé yo y no puede perder ni un minuto: Time is money.

2. ¿Qué podría haber respondido J.C.?
    a/ “Esa frase, con la firma de Valverde, se publicó en tal lugar y en tal año, por supuesto antes de 1989”. b/ “No la he visto escrita en ninguna parte, cierto, pero se la oí a Valverde en tal fecha” [siempre y cuando sea esta anterior a 1989, incluso anterior a la creación misma de los premios Cervantes]. c/ “Se la he oído también muchas veces a Francisco Rico, que la usó como suya en su discurso de ingreso en la Academia en 2000. No sería extraño que él se la hubiese oído también a J.M.V. en los años cincuenta, cuando lo tuvo de profesor. Después fueron grandes amigos. Yo también soy un gran amigo de Francisco Rico. No hay que descartar que J.M.V. se la oyera a Rico en 2000, desde la tumba, y que de alguna manera regresase al pasado para que F.R. pùdiera citarla veinte años después. La vida está llena de cosas raras, como he probado muchas veces en mis libros.” d/ “Y yo qué sé. En todo caso, siguiendo métodos psicodeductivos, me pega más, y yo lo prefiero así, que sea de J.M.V., y no de A.T., del que también soy un gran amigo”. e/ “Ni la he visto escrita en ninguna parte, ni se la oí a Valverde, pero creí que era suya. Alguien debió de soplármela. El maestro armero, supongo. De todos modos es una frase que se le podría haber ocurrido a cualquiera. Estaba en el ambiente. Además, tampoco vale tanto”.

Claro que alguien puede estar preguntándose a qué viene todo este jaleo por una simple cita. Cierto alumno de Heidegger le envió a este un trabajo académico con una carta en la que aseguraba que muchas de las ideas expresadas en él no podía distinguirlas de las del propio Heidegger, a quien, no obstante, daba tratamiento de maestro. “Si por ventura no me encontrara ya en disposición de distinguir mis ideas propias de las de otro, yo, por mi parte, me abstendría de publicar”, le respondió Heidegger bastante furioso. O sea, seguiré teniendo esa frase por mía, valga lo que valga. Aunque aspiro a que llegue el día en que se haya hecho tan popular, que todo el mundo la cite sin conocer su origen. Para entonces ni siquiera le parecerá a uno mal que J.C. pueda citarla incluso como suya propia. Todo podría ser.

22 de julio de 2011

En un tren. Desconocida (Homenaje a Murillo)

APARTE de la escena –esa muchacha desconocida que viajaba sola, dormida, en un tren, junio de 2010, que no cruzó una sola palabra con nadie y a la que probablemente jamás volveremos a ver ninguno de los que viajamos con ella–, aparte de esa muchacha, decía, recuerda uno a la mujer que estaba a su lado, una mujer de unos cincuentaicinco o sesenta años, corpulenta, hombruna y con aspecto de gobernanta, a la que enfureció el hecho de que fotografiara a aquella chica con el móvil. Por las miradas que me lanzó, al tiempo que censuraba lo que juzgó un delito además de un descaro, parecía arrogarse ese papel de celadora de la virtud durmiente, pensando si me estaba sirviendo de su abandono Dios sabe con qué propósito, cuando lo cierto es que uno sólo perseguía eso... ese sueño, o sea, el único lugar donde nadie puede menoscabar la libertad de nadie, al margen de todo deseo que no fuese el de la contemplación, celebración y propagación de la belleza.

21 de julio de 2011

Alguien responde

HABÍA publicado Lluvia menuda y la imaginaba así, como la lluvia de la que ella hablaba. También, pensando en ella, suponía que sería un poco como Emily Dickinson, pequeña, imprevisible, silenciosa. Como sus haikús, como los poemas de la Dickinson. Al fin nos vimos en uno de esos tropiezos que sólo pueden ser absurdos, en una Feria y rodeados de los libros que se venden en las ferias, en el Retiro. Era pequeña, sí, y me pareció imprevisible, extraña. Habría encontrado normal, sin embargo, que hubiese llevado un lirio en la mano o enroscado en los tobillos un gato. No volvimos a vernos. Dejó pasar un año antes de decir en una carta cuánto le decepcionó aquel encuentro, con la misma naturalidad con la que dicen las cosas las almas puras: “Me pareciste antipático”. La manera de decirlo me resultó simpática, por el contrario. Un año después llegaron estas Huellas de escarabajo, dedicadas a Eloy Sánchez Rosillo. En un cajón, desde hacía treinta años, conservaba esa ilustración recortada de un libro viejo para cuando llegara la ocasión. Las caprichosas galerías de la imaginación abrieron una desde la palabra escarabajo hasta esos leñadores que parecen escarabajos llevando por delante la secuoya, y yo me alegré de que acabara al frente de los bellísimos haikús de Susana Benet. "Mientras", me digo, "espera otro encuentro, un nuevo libro, el mismo libro, siempre distinto".




Coche sin ruedas.
Alrededor florecen
las amapolas.

Nadie me llama.
Lejos suena un teléfono.
Nadie responde.

Se apaga el día.
A solas en la casa
la mosca y yo.

Cuarto de hotel.
Mi maleta en la tuya
se apoya tímida.

20 de julio de 2011

Fuente Castalia (1978)

El agua, que es principio,
brota siempre sin pena de lo hondo,
y, nacida, ya todo es más sencillo.
Que al beberla inmortales nos hiciéramos
es cosa no probada,
pero el amor de entonces, 
como el río de Heráclito 
ha seguido pasando sin alejarse nunca,
que su eterno retorno 
es su eterno presente
hasta el fin improbable de los tiempos.

A qué le decimos metafísica


A las balas o alpacas de paja, grandes rulos erguidos y diseminados en medio de los campos ya cosechados, a su sombra tendida en los rastrojos, a su inmovilidad, a no saber si llegaron rodando hasta allí ni traídos por quién, ni si habrán de partir poniéndose en movimiento por una fuerza oculta, como autómatas, metáfora cada una de ellas del motor inmóvil.

A esos palomares de adobe, redondos y en ruinas con todos los nidos a la intemperie, como nichos vacíos.

A la lechuza clavada en lo alto del poste de la luz, en el crepúsculo, como un ídolo de basalto.

Al sonido de una esquila en plena noche, lejano, intermitente, respondiendo al destello, lejano, intermitente, de una estrella.

A las hojas de la parra enferma, moteadas de mildium, secas, exhaustas, arrastradas por el viento como mariposas muertas, con apariencia de vida sólo porque van dando tumbos en silencio.

Al viento que trae de dónde el ladrido de un perro, el perfume de una flor, unas palabras antes de ser articuladas.

Al silencio en todos los idiomas, a sus giros de piedra, de árbol, de minerva.

A la luna, siempre la luna, el último refugio de los solitarios, abierto a todas horas como esas tabernas de puerto en las que sólo se habla con miradas.

19 de julio de 2011

"Hoy como ayer". 1936-2011

EL relato sobre la guerra civil aún lo estamos construyendo setenta y cinco después. Y será un relato de todos y para todos, o servirá de poco. Hace dos días, Santos Juliá, daba un paso más en ese largo camino: el golpe contra la República, como se ha repetido hasta la saciedad, lo dieron los militares facciosos y los fascistas, responsables primeros, y no únicos, de él. Republicanos, socialistas, comunistas y anarcosindicalistas no sólo lo temían o lo esperaban, sino que, según Santos Juliá, estaban deseándolo por diferentes  razones. Ese deseo de guerra civil en unos y otros, que también descubrió Unamuno [ver Confinados], nos ayudará a comprender algún día mejor las muertes y asesinatos indeseables que trajo consigo. Un paso más, decíamos. Quedan otros. Por ejemplo: resulta más sencillo explicar las cosas conforme a los relatos oficiales emanados de las distintas jefaturas de propaganda. Pero, ¿qué diremos de todos esos carteles conmemorativos de la revolución de octubre de 1934 que proclamaban en la zona republicana, en 1937 y 1938, que todo aquello, la guerra, la revolución, había empezado precisamente… cuatro o cinco años antes, en la revolución de octubre de 1934 y culminado el 18 de julio de 1936, celebrado igualmente por republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas como una fiesta nacional? 
(Foto: "Grandioso acto organizado en Valencia por el SRI como homenaje a Asturias y sus heroicos combatientes, bajo el lema "Hoy como ayer". Octubre, 1937)

18 de julio de 2011

Del arete a la peineta

No está uno nada convencido de que los asesinos de Eta no sigan matando a quienes les recuerden que lo han sido, lo son y lo serán de por vida, hagan lo que hagan, ganen las elecciones que ganen,  pero de lo que sí estamos seguros es del riesgo que corre cualquiera que cuestione sus cortes de pelo, la ropa que usan o los cuerpos que llevan y como los llevan,  los aretes y pendientes o sus camisetas y los pantalones enseñando esa parte de la espalda que se divide en dos. Se objetará a esto: cada cual se viste y se peina como le da la gana. Cierto, pero lo extraño no es que cada cual se muestra como mejor le parezca, sino que todos quieran parecerse de la misma manera, que hayan convertido esa estética en sus señas identitarias, del mismo modo que los bigotitos-lombriz y los tupés “Arriba España” fueron el modo en que los fascistas españoles aterrorizaron sutilmente a cuantos no eran como ellos ni habían ganado la guerra como ellos (y de ahí que nos cause igual estupor la resurrección de la peineta en la cabeza de la señora Cospedal, al columbrar en estos lodos estéticos aquellos barros éticos).

A la gente puede uno discutirle sus ideas políticas, incluso la patria, pero no la sudadera o la mantilla. Eso produce siempre la mayor irritación. Por eso lo peor de la nueva situación en el País Vasco no serán tanto las cosas que habremos de oír, como las que habremos de ver. 

De las que oigamos seremos todos un poco responsables. Decía Hannah Arendt a propósito de los antiguos nazis que ocuparon los puestos prominentes de la administración y de la sociedad alemana tras la guerra, que de no haberles desalojado con una revolución hecha por los propios alemanes, no los desalojaría nadie. Llegaba incluso más lejos: “Por muy incontrolado y sangriento que hubiera sido un levantamiento, seguro que hubiera aplicado reglas más justas que un proceso árido”. Las diferencias de grado entre un aberchale que haya secundado el terror de Eta y uno de aquellos buenos patriotas alemanes que apoyaron el Tercer Reich no son tantas. Si no hemos sido capaces de impedirles llegar a las instituciones democráticas, de las que parece que siguen mofándose, va a ser difícil desalojarles ahora, al menos durante unos años. Y que les oigamos decir las cosas que dicen no es un problema de lo que piensan, porque siempre lo han pensado, sino del megáfono institucional que les hemos puesto en las manos. Lo peor no será, pues, lo que oigamos, siendo muy grave, sino que tengamos que oírselo... viéndoles decirlo: el aspecto con el que se presentan en formación de tribu (incluso cuando es sólo uno o una quien habla, tienen al lado, a modo de corchete, a dos o más, haciendo de chequistas de sí mismos), y claro, esos aretes y esas moscas tanto más insólitos cuanto que los gastan todos, incluso aquellos que por su aspecto y edad estarían más cerca del batín y las pantuflas. Basta según qué  estética para inducir la ética que adivinamos detrás. Y no, nunca nos acostumbraremos a lo que son, pero sería dramático que acabáramos acostumbrándonos a lo que parecen, sólo porque vamos a verlos cada día en periódicos y telediarios.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 17 de julio de 2011]
(Foto: La Flor Ibética, El Rastro, junio 2011)


17 de julio de 2011

Las alegres urracas de Madrid

COMO en tantas ciudades, en verano Madrid se llena de trabajos. Miles de vecinos aprovechan el buen tiempo para obrar en sus casas y las casas se visten de andamios como muchachas que se vistieran únicamente con sus tirantes. Tienen algo especial las casas con esos andamios alrededor, envueltas, se diría, en dibujos de papiroflexia, construcciones que fuesen a plegarse en cualquier momento.
El buen tiempo nos permite a todos vivir con las ventanas y balcones abiertos las veinticuatro horas del día. Gracias a eso oímos los coloquios de las calles, a menudo enloquecidos, ellos y nosotros por ellos. Pero también nos gusta oír. Al obrero marroquí que habla en su lengua con un paisano desde las ocho de la mañana mientras picotea con su alcotana la cal exhausta de una fachada. La música de piano, reiterativa como una sonata de Czerny, que viene de algún sitio. Los dos repartidores que se cruzan y no dejan de hablarse a gritos de acera a acera, como escolares, hasta que se pierden de vista. Y los más misteriosos de todos, los cínicos graznidos de las urracas. Desde que tienen esos andamios enfrente de la casa, han tomado la costumbre de venir a las siete de la mañana. Nos resultaba difícil al principio dar una explicación a esa regularidad, hasta que advertimos que aprovechan esa hora y la atalaya para decidir en qué ventana entran para llevarse algo. El descubrimiento nos ha entusiasmado, y desde que lo hemos hecho, le ponemos delante los libros malos. Los libros malos son peor que las urracas y sin saber cómo acaban entrando en todas las casas, unas veces por nuestra culpa y otras ellos solos, con el cartero. Los nuestros supusimos  que las urracas se los llevarían, teniendo en cuenta que la mayor parte de ellos son de autores tanto o más rutilantes que sus cubiertas, y a las urracas les gusta todo lo que destella. El experimento no surtió efecto. Así que hace una semana lo variamos, y añadimos entre los libros malos, uno bueno. Los dejé en el balcón, junto a un geranio, y me escondí detrás de sillón grande, a la espera. Por hacer más breve este relato: tardó muchos minutos en decidirse. Comprendió que me escondía, que la espiaba. Gran pájaro esta urraca, o picaza  o pega como la llaman en León. Pero al fin dio un ligero salto de su andamio de enfrente hasta nuestro balcón. Movió a uno y otro lado la cabeza, como esos que roban en los supermercados antes de decidirse a meterse debajo de la camisa algo, y a continuación se lanzó cobre el libro bueno, la edición de Signo del Cántico espiritual. Sin titubeo. Se alejó con él en el pico tal y como representó Velázquez al cuervo que traía cada día un pan a San Antonio Abad en el desierto. Desde entonces, cada día se lleva su libro bueno. ¿Qué hace con ellos? Quién lo sabe. Cierta vez oí a alguien recriminar a un amigo que acababa de darle una limosna a un viejo y acreditado borrachín de Valladolid, pues iba a gastársela en vino. Quiso el azar que de allí a unos días esos dos amigos volvieran a cruzarse con el mendigo, y quien le dio limosna la primera vez, insistió en dársela de nuevo, pero diciéndole: “Se la doy, con la condición de que se la gaste en vino”. Así uno con esta alegre urraca de Madrid. Que se gaste esos libros como mejor quiera, en hacer fábulas o en empapelar su nido. Sé que son de los mejores: nosotros se los escogemos. ¿Y los otros? ¿Los de las cubiertas brillantes, barnizadas? Nuestro querido Manolo Gulliver nos secunda en el crimen, que, naturalmente, celebramos con vino.

16 de julio de 2011

El bien en minoría

Cuando se dice que en las guerras aparece lo mejor y lo peor del ser humano, es exacto en cuanto a la cualidad pero no en la cantidad. Pues lo cierto es que mientras el terror, la barbarie, los crímenes, las injusticias y atropellos proliferan de modo generalizado, unas veces promovidos por el Estado y otras por la ausencia de él, los actos virtuosos y nobles, en franca minoría, sólo suelen ser posibles por la determinación y el coraje particular de individuos que a menudo deciden actuar al margen, exponiéndose con ello a ser arrollados por ese mismo mal que tratan de combatir.
Es como si el mal radical encontrara todas las facilidades espaciotemporales para desplegarse, en tanto que el bien hubiera de abrirse paso siempre a duras penas contra todos y contra todo. No hay, pues, simetría posible entre una mayoría y una minoría. Por eso hablamos de seres excepcionales, porque son la excepción.
Así debemos entender la actuación de los Jiménez, JRJ y su mujer Zenobia, en las primeras semanas de la guerra civil. No tuvo mucho más tiempo el poeta, porque amenazado él mismo, se vio obligado por las circunstancias a escapar del país para preservar su vida. En ese tiempo en que Madrid vivía su orgía de checas y “paseos”, la Junta para la Protección de Menores les confió una docena de niños, a los que él y su mujer instalaron en uno de los pisos que Zenobia solía alquilar, y se ocuparon de vestirlos y darlos de comer. Como los Jiménez no eran ricos, pronto hubieron de empeñar algunas cosas en el Monte de Piedad para sufragar los gastos. Yendo a buscar una cuna para uno de aquellos niños, el poeta fue detenido en un control por un anarquista que le ordenó que le mostrase la dentadura: buscaban a alguien que tenía sus mismas trazas y, al parecer, los dientes de oro. El episodio pasaría años más tarde a su poema “Espacio”: a JRJ, el poeta de la minoría, le salvaron sus dientes blancos y sanos, y el anarquista moriría esa misma tarde de una bala que era “para él, para él, no para mí”.
El percance persuadió al poeta del peligro tan grande que corría en Madrid, y decidieron marcharse de España, pero nunca abandonaron a esos niños, y a pesar de sus escasísimos recursos, se las arreglaron durante toda la guerra para girarles dinero, suyo propio y de otros. Todo ello lo hicieron con discreción siguiendo el consejo evangélico: “Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”. Jamás alardeó de su conducta y  únicamente gracias a su libro Guerra en España conocimos los detalles exactos. En ese sentido JRJ, como se dice en Las armas y las letras, encarnó mejor que ninguno de los intelectuales de entonces las palabras de Hannah Arendt: “En las circunstancias imperantes en el Tercer Reich, tan sólo los seres “excepcionales” podían reaccionar “normalmente””. JRJ, que en Puerto Rico no quiso estrechar la mano de Serrano Poncela (“no me he exiliado para darle la mano a un asesino”), extremó su excepcional “minoridad” negándose a volver a la España de Franco.
           [Publicado en El Cultural de El Mundo, 15 de julio de 2011]

15 de julio de 2011

Salta del agua un pez

LLEGÓ un día, como otros envíos, por correo ordinario. Como tantos, era un delgado libro de versos, un puñado de folios. Como casi siempre, de un autor desconocido. Pero desde las primeras páginas, la sorpresa dio paso a la certeza como quien abre una puerta y con la mayor naturalidad nos pide que pasemos delante. Los poemas, con esa cortesía de la brevedad que ningún poema tiene en mayor grado que los haikús, podían ser de un poeta desconocido, pero en absoluto inmaduro. Bien al contrario, estaban escritos desde la plenitud, la de su autor, y la de la poesía. Todo en el libro parecía meditado, ponderado, escogido.
Meses después, el vértigo de la vida que llevamos acaba imponiéndonos una inexplicable lentitud para las cosas que importan, casi un año después, decía, y tras una carta de respuesta, el autor de aquel libro salió de su sombra, y por una vez pasaba también él delante de sí mismo. Era un hombre serio, tímido, paciente. Lo era, si había esperado a sus cincuenta años para reunir los poemas de aquel que era su primer libro. Escuchaba con atención y sin impacientarse, hablaba sin la menor afectación y con sosiego. Sus observaciones eran siempre inteligentes, sus temores sólo el fruto de la prudencia. Imagina uno al Caballero del Verde Gabán con las trazas de este Emilio Gavilanes. Año y medio después, el libro ha visto la luz, los haikús han saltado hacia lo más alto, y los vemos en el aire unos instantes, antes de desaparecer de nuevo, libres de nuevo en lo más hondo.


La niña coja                                   En una grieta
–aún no sabe que es coja–         la uva. Pasan los coches
juega y se ríe.                                sin aplastarla.                       

Sobre un coche                               A un lado y otro
del parking subterráneo                 –tapia del cementerio–
dos hojas secas.                            brotan las flores.
  

14 de julio de 2011

Monedas sueltas

“SIENTO con todas mis fuerzas que la historia del hombre es como la del trigo: no importa que no hayamos venido a este mundo para prosperar; nos muelen y nos convertimos en pan. Cuidado con aquellos que no están amasados”. Son éstas las bellísimas palabras del Diario de Van Gogh que obsesionaron a Martin Heidegger hacia 1925, sumergido ya en su libro Ser y Tiempo, aquel a cuyo frente puso una dedicatoria llamada a ser, con los años, un monumento a la infamia, cuando su autor la suprimió por estarle dirigida a Edmund Husserl, además de su maestro y amigo, judío. No fue lo único extraño de un libro que a juicio de quienes lo han leído es tan decisivo e inconsútil como difícil y hermético. Tras la dedicatoria figuraba en la primera edición esta frase de Lessing, una de las pocas que entendemos sin esfuerzo y compartimos los profanos y acaso una de las pocas de Ser y Tiempo que no precisarían mucha exégesis, paradójicamente: “La mayor claridad siempre ha sido para mí la mayor belleza”. No estaba demasiado alejada de la claridad que el propio Husserl invitaba a tener a sus discípulos en sus exposiciones, cuando les sugería que las hicieran “mejor en monedas sueltas que en grandes billetes”. Las pequeñas monedas que compran los panes.
(Foto: El Rastro, 2010)

13 de julio de 2011

Uñas estética

HAY un tipo de mujeres –así lo sugiere X, a quien acaba uno de ver casual y subrepticiamente pasar por la calle Almirante después de cuántos años– con un tan altísimo concepto de sí mismas, que cuando van a cruzarse con un hombre al que encuentran atractivo o al que les gustaría resultar atractivas, y más desde que son sexagenarias, se despepitan, y bajan la cabeza para revistarse de urgencia el vestido, las tetas, los zapatos. Y hay que aclarar que han descubierto a ese hombre porque mientras caminan por la calle su mirada va muy por delante de ellas, como el que pesca con caña. En cuanto a esa mirada que derraman sobre sí mismas resulta paradójica, diríamos, porque esas mujeres se inspeccionan por delante, pero en realidad están mirándose… por detrás. Quiero decir, que tratan de ponerse en el lugar de aquel que imaginan, o desean, que va a volverse para mirarles el trasero en cuanto pasen, cosa que les obliga, en un esfuerzo supremo y en el momento mismo en que llegan a su altura, a intentar levantar, colocar y devolver ese mismo trasero a su perdida forma juvenil, esfuerzo que suele quedarse en una fantasía sin consecuencias, pues en medio de todo, todos tenemos la suerte de no ver más que a medias lo que pasa a nuestras espaldas.
(Fotos: 
Claudio Coello, Madrid, julio 2011, A.T.

12 de julio de 2011

Tú fíate de Unamuno y no corras

“Querido P.: En la famosa contestación de Don Quijote, “¡Yo sé quién soy!”,  todas las ediciones modernas acentúan el pronombre (supongo que en la princeps iría sin acentuar: ¡Yo sé quien soy!"). ¿No sería pertinente quitar ese acento? ¿Cambiaría algo el sentido, aun en matiz, o da lo mismo? Por favor, dime algo de esto, que es cuestión que me importa. Abrazos. A.”

Escribiendo el artículo que se publicó aquí ayer, le mandé este correo a F.R., y nuestro amigo me respondió lo siguiente con generosa diligencia: 

“Pensé en ello en su día. Depende de si se hace tónico, quién, o átono, quien. En el Q., si tónico, es más plural, inclusivo, unamuniano, elige entre una gama amplia; si átono, más modesto y unívoco. Pero el quién dubitante abarca también el quien seguro, conservador. El contexto no es resolutivo: “yo sé [el que] soy” vs.“sé que puedo ser [el que]...” y “soy Valdovinos y Abindarráez” vs. “puedo ser los Doce Pares de Francia”. Las dos formas son aceptables. Pero el principio áureo de la lectio fertilior (vid. anejo “Separata Ecdot2”) inclina a usar quién. Un abrazo”.

Le di las gracias y le contesté a vuelta de correo. No acababa de convencerme:

“¡Y yo que andaba tan descreído de tu ecdosis! Sólo un reparo. Reviso el Unamuno, y allí, por lo que dice, parece, al revés, más bien inclinado a considerar un "yo sé quien soy" [y no hace falta que venga nadie a decírmelo],  frente a un " yo sé el que puedo ser  o yo sé quién soy [con tu ayuda y la del que estuviere a mi lado, acordándome de aquel "yo no digo mi canción sino a quien conmigo va"].

No persistas en el disparate de leer el Q. con UnamunoTú fíate de Unamuno y no corras”, fue todo lo que contestó. Aunque tampoco estoy muy de acuerdo: de Unamuno en general hay que fiarse, y si ha podido uno leer el Quijote con tantos, ¿cómo no vamos a poder hacerlo con Unamuno, por más que pueda irse de vez en cuando, como el mismo don Quijote, por los cerros de Úbeda?

Pues lo cierto es que una lectura más atenta de su libro no nos saca de dudas. Al contrario, diríamos que Unamuno tampoco se aclara demasiado, pues si en la primera edición de su Vida de don Quijote y Sancho (Fernando Fe, Madrid, 1905) adopta en la primera parte de su glosa el “¡Yo sé quien soy!” (“porque como sabe [don Quijote] quien es (…) y como los demás no lo saben, cuanto él haga o diga se les aparecerá como hecho o dicho por quien no se conoce, por un loco (…) [Muy bien puede decir don Quijote] “yo sé quien soy”, y mi Dios y yo solo lo sabemos, y no lo saben los demás”. Entre mi Dios y yo –puede añadir– no hay ley alguna medianera; nos entendemos directa y personalmente, y por eso sé quien soy”, págs. 45-46 de la primera edición), en la segunda edición de ese libro (Renacimiento, Madrid, 1914), acaso la que consultó nuestro amigo P., Unamuno ha corregido ya todos los “¡Yo sé quien soy!”, que aparece indefectiblemente como “¡Yo sé quién soy!”, concluyendo más abajo y contradiciéndose al paso tanto en la primera como en la segunda edición (en Unamuno eso es normal también, sin que importe mucho): “Al decir “¡Yo sé quién soy!” no dijo sino “yo sé quién quiero ser!””.
 Para uno don Quijote sabe desde el principio quien es, y por eso lo deja todo. De no haberlo sabido no habríamos tenido esa novela. Habríamos tenido otra y otro personaje, pero no ese. Poco duda don Quijote y poco se pregunta, al menos en aquello que concierne a su persona, y mucho de duda hay en ese ¡Yo sé quién soy! y nada en un ¡Yo se quien soy! Pero vamos a dejarlo en este punto, pues aunque el abismo que abre esa simple tilde nos atrae lo indecible, podríamos acabar como Filitas de Cos, que murió por extenuación al tratar de resolver la paradoja del mentiroso planteada por Eubúlides de Mileto (“¿miente el hombre que dice que miente?”), resuelta, por cierto, de modo magistral por Sancho cuando fue gobernador de la ínsula.
Estas cosas es mejor que cada cual las sepa para sí mismo, y aun así también mejor a medias, como sospechaba nuestro buen amigo F.R., con el que por una vez y sin que sirva de precedente no le importa a uno estar de acuerdo... aunque sea también a medias.

11 de julio de 2011

Somos también lo que olvidamos

El mismo día nos dieron una  noticia que nos quitaba toda esperanza y leímos en el periódico otra esperanzadora. La primera nos concernía de un modo particular: a una persona querida y cercana acaban de diagnosticarle alzheimer. El hecho de que sea una persona de edad avanzada, noventa y tres años, no lo hace menos doloroso. En los últimos meses quien hasta hace poco presumía de recordar todos los ríos, grandes y chicos, de España, con sus afluentes y arroyos a una y otra mano, apenas acierta a balbucir: “Me llamo Tal y Tal, que no se me olvide”. 

En cuanto a la noticia esperanzadora, apareció en los periódicos y en los telediarios, y nos concierne a todos. Hasta donde llegué a entender, en resumen es como sigue: en  un laboratorio de una Universidad de California unos científicos han logrado, mediante  la aplicación de electrodos, que unas ratas recuperaran su memoria, abriendo de ese modo un camino esperanzador para el tratamiento futuro de enfermedades como el alzheimer. En el mismo sentido, o muy próximo a él, otros científicos en laboratorios dispersos por el mundo, tratan de almacenar en unos chips adosados al cerebro humano todo lo que le llega a este, al modo en que lo hace el disco duro de un ordenador, con el fin de que cuando el cerebro empiece a deteriorarse podamos acudir a ese otro cerebro auxiliar y artificial en el que habremos ido metiendo, con minucia archivera, la memoria de todos los sucesos de nuestra vida. Se desmentirá así el verso de Borges que utilizó el escritor colombiano Hector Abdad para relatarnos la historia estremecedora de su padre: Ya somos el olvido que seremos.

Como sucede siempre que la ciencia aborda asuntos que eran hasta hoy una quimera, surgen de inmediato grandes dudas, y con las dudas, grandes problemas éticos. Cierto que es una tragedia no recordarlo todo, pero acaso lo sea aún mayor no olvidar nada, y llegado ese día futuro, tal vez los hombres quieran volver a ser su propio olvido, como se nos cuenta en aquella fábula en la que un hombre a quien los dioses han hecho inmortal, implora que le restituyeran su condición mortal.

Los amantes del Quijote recordarán sin duda las palabras más trascendentales que el hidalgo pronunció jamás, las que le constituyen como ente: “Yo sé quien soy”, dijo (y no, acaso, como se lee también en algunas ediciones, “yo sé quién soy”: sólo un acento, y cambia la novela). Y eso lo decía alguien que nunca nos habló de su vida anterior (“yo sé el que fui”, pudo haber dicho también), acaso porque sólo quien puede olvidar el pasado, como don Quijote lo hizo, puede lanzarse a combatir por su vida eterna en la memoria de los lectores. Somos, ciertamente, lo que recordamos, y el progreso humano está cimentado en eso, en la memoria, pero somos en la misma medida, ni más ni menos, lo que por suerte olvidamos, unas veces de modo involuntario y otras de una manera trabajada. Hubiese sido deseable que ese ser querido muriese recordando, pero al mismo tiempo sabemos que ha llegado con la mente sana a la longevidad sólo porque pudo olvidar.
       [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de julio de 2011]