30 de junio de 2011

A la buena de Dios

LA estrategia es el mejor ejemplo de la necesidad hecha virtud, por lo mismo que la astucia es propia de los animales que han de sobrevivir a otros más fuertes y poderosos. Un gran estratega, pues, aunque sea Napoleón, es alguien siempre a la defensiva, y la estrategia es propia de los hombres de mundo. Por el contrario, los hombres fuera del mundo, “gli uomini di Dio”, como Francesco, Il Poverello, o nuestro no menos desastrado don Quijote, van por la vida, eso, “a la buena de Dios”.
*

 
AL mirar las estrellas, en una de estas ilimitadas noches de verano que se levantan sobre nosotros como la bóveda de una de esa catedrales góticas en ruinas de la que paradójicamente sólo han quedado en pie los muros y parte de las columnas, descubrimos, en primer lugar, la Osa Mayor, y a continuación la Osa Menor… y poco más, cierto, pero sabemos que entre todas esas estrellas están el centauro, el toro, los peces, el cangrejo, el gallo y otros más sutilmente dibujados si supiéramos unir las estrellas adecuadas, animales que están en la noche como imaginamos que estarían los animales en el arca de Noé, esperando que acabe un día ese big bang universal que los mantiene dentro ociosos para salir por ahí y reproducirse en paz. Pero acaso más prodigioso que todo ello es lo que un buen día sucede: buscando entre las estrellas hallamos el dibujo de nuestra vida, nuestro rostro de niño, de adulto, de viejo, el de los seres queridos, vivos y muertos, el de la copa de la cual bebimos la juventud y el de las puertas que nos fueron franqueadas y también el de aquellas otras que se cerraron para nosotros sin saber po qué. Basta buscar las estrellas adecuadas y trabarlas con el hilo de Ariadna. Una noche descubrimos la constelación del deseo, porque en ella aparece la cara de la primera persona de la que nos enamoramos (como aquellos tres puntitos blancos en una estampa negra en la que acababa viéndose el rostro de Santa Teresa si se tenía la paciencia de mirarla sin pestañear durante tres minutos y, claro,… si se tenía fe); otra, la constelación de la risa, porque hay algo en ella que nos causa una gracia infinita, con el rostro de Sancho, otra, la de la libertad, con un parecido extraordinario a la efigie de don Quijote… Y así, una noche y otra, hasta que el giro de la tierra empieza a hacerlas más largas y frías y nos devuelve a ese otro universo que llamamos memoria, donde espera el invierno.

29 de junio de 2011

Se hace saber

Al parecer, y por razones de mantenimiento del servidor, no se puede acceder a www.andrestrapiello.com desde hace algún tiempo, lo que se subsanará, me aseguran, antes de 24 horas. En todo caso se puede acceder al blog directamente a través de blogger. Así me piden que lo diga aquí, y eso hago, aunque no acabo de entender para qué, puesto que quienes estén leyendo este mensaje es porque están dentro, y a los que no han podido acceder, ¿de qué les sirve?
Gracias también a todos los que esta mañana han dejado en mi correo particular la advertencia del desliz de cálamo que no de mente en el asiento de hoy, ya subsanado. En la imposibilidad de responder uno a uno a todos estos, como querría, y a quienes me han advertido también de las dificultades con la página web, queden estas líneas agradeciéndoselo.

La navaja sueca de Chesterton

"¿POR QUÉ será la vista tan perezosa? Ejercitémosla hasta que aprendamos a ver esos hechos asombrosos tan anodinos como una valla pintada que se encuentra en el paisaje. Seamos atletas visuales. Aprendamos a escribir ensayos sobre un gato callejero o una nube de color. En las páginas que siguen yo he intentado algunas de estas cosas. Pero cualquiera podría hacerlo mejor que yo con sólo intentarlo”, dice Chesterton en Enormes minucias, que Juan Lamillar en un prólogo agudísimo, como suyo, para la edición de Renacimiento, propone que se titulara Minuciosas enormidades. También habría sido bonito para este libro suyo Gatos callejeros y otros ensayos.
Algo parecido escribiría años después Hannah Arendt a Jaspers: “No hay absolutamente nada que, teniendo un poco de talento, no pueda inspirarnos alguna cosa; y cuando se nos ha ocurrido algo, aunque sea por orden de otros, eso se convierte en «inspiración propia»”.
Leo con un lápiz. De los subrayados, este: “Concedo que los que tienen serios disgustos tienen verdadero derecho a refunfuñar, siempre que refunfuñen sobre algo que no sean esos disgustos”. “En el momento en cuestión me encontraba lanzando una gran navaja sueca al árbol, practicando, ay, sin éxito, ese útil ejercicio de lanzar el cuchillo, mediante el que los hombres se asesinan unos a otros en las novelas de Stevenson”. Qué privilegio vivir en un tiempo en el que alguien podía tomarse a guasa las novelas de Stevenson, por lo demás estupendas, o los nenúfares de los poemas de Villaespesa, con su encanto, sin ser expulsado de la comunidad. Bueno, lo cierto es que no lo echaron, pero le pusieron a comer aparte.

28 de junio de 2011

Paseo triunfal con la División Azul

Hubiera sido poco probable, de no haber mediado X, que nos hubiésemos enterado de la tercera apología de la División Azul que Juan Manuel de Prada publicaba ayer en Abc. Nos recuerda igualmente nuestro amigo que Juaristi ya replicó de forma adecuada y homeopática a la anterior, en el mismo Abc. En Francia, señala X, Le Figaro, equivalente del Abc, se negaría a publicar nada parecido sobre la Division Charlemagne, y aprovecha para recordarnos la campaña de beatificación que ese mismo apolojeta orquesta en el Abc y en L’Osservatore Romano, del que es corresponsal, del padre Leonardo Castellani, cura integrista y nacionalista argentino, amigo de Gueydan de Roussel y otros collabos franceses refugiados en el país austral, y notorio antisemita él mismo. Para mayor abundamiento, X nos copia este extracto de un artículo de Diego Rojas y Deborah Maniowicz: “El padre Leonardo Castellani fue una de las figuras del catolicismo que brindaron soporte ideológico a la reacción local desde la segunda mitad de la década del treinta. Pluma destacada de la revista ultranacionalista Cabildo, allí escribió en 1945 un artículo titulado “Los judíos”. “Los judíos son como la hormiga colorada: una colmena fuerte no tiene temor de ella, son la ruina de las colmenas flojas”, escribe allí. Y prosigue: “Los antisemitas argentinos no son malignos, la mayoría son buenos muchachos, el verdadero antisemita envenenado es raro entre nosotros”. Y hay más: “No hay más remedio que el ghetto, las filacterias amarillas y la reconquista heroica de la economía nacional de manos de la gran finanza extranjera, que es hoy por hoy nido y el reducto del judaísmo”. 
Vamos a dejarlo aquí. Resuena en esas palabras con las que abrocha su artículo JMdeP un redoble de tambor: "orgullo de ser español". Hemos de seguir en silencio, no obstante, la lectura del libro de Hannah Arendt: "Primero: Nunca en mi vida he «amado» a pueblo colectivo alguno, ni al alemán, ni al francés, ni al norteamericano, ni tampoco a la clase obrera o cualquiera otra cosa de ese tipo. En segundo lugar, tal amor a los judíos me resultaría sospechoso, puesto que yo misma soy judía". Ser español, como ser esquimal o chino o leonés, es una fatalidad, y nadie está orgulloso de las fatalidades sin despreciar a quien no haya tenido la fatalidad de ser como él.

27 de junio de 2011

Elogio ingenuo del corro de la patata

Hace unas semanas encontró uno, en un álbum familiar de fotografías de los años treinta y cuarenta, una bien notable. Qué tristeza dan, cuando nos los tropezamos en el Rastro o en cualquier otro desguace del mundo, esos álbumes familiares. Ve uno allí, en un rato, únicamente los momentos felices, tanto más felices cuanto más fugaces, reunidos y ordenados primorosamente mientras fue posible. Luego, un buen día, ante una ráfaga de viento helado y desabrido, todas esas imágenes felices de un viaje, de un banquete, de  un baile, acaban dispersas, rotas, descabaladas sobre cualquier acera, entre despojos. ¿Quién, qué las ha llevado hasta allí? ¿El desamor, el olvido, la desidia, la miseria, la muerte? Se diría que algo de todo ello quedará impregnado en tales fotos para siempre, y por esa razón al pasar por nuestras manos  nos dejan en los dedos también algo de todo ello, como el polvillo de las alas de una mariposa prisionera.

La foto de la que hablamos es bellísima, y sobresalía de todas las demás por ser mucho más grande que el resto, y por la calidad. Llama también en ella la atención el tema, que nada parecía tener que ver directamente con aquella familia. O quizá sí. Querer saber qué hacía en aquel álbum sería tanto como querer conocer la novela humana de principio a fin. Eso, si acaso, el día del Juicio Final, en el que todos, al parecer, lo sabremos todo de todos, el sueño de todo novelista, el sueño de todo gran lector. Sólo por esa razón no nos importaría quedarnos coceados a los pies de los caballos de los cuatro jinetes del Apocalipsis. 

Volviendo a la foto: representa a un grupo de niños y niñas, de entre los cinco o seis años a los doce o catorce jugando al corro de la patata. Contados, salen veintinueve. Es, pues, un corro grande. Un poco más lejos, hay otros dos niños, uno juega solo con una pelota, y otro mira. Dondequiera que vayamos, siempre hay solitarios. A un lado de la foto se ve la trasera de uno de aquellos coches de línea, grandes, pesados, orondos. Al fondo un edificio, probablemente un colegio, de estilo indefinido y neoalgo, que, con el corte de pelo, los zapatos y los bombachos nos  indican... en realidad nos indican poco: podríamos estar en los años treinta, pero también en los cuarenta. No sabemos por tanto si han pasado o no  el Rubicón de la guerra. Su alegría parece negarla en cualquier caso, haya sucedido o no. Eso es lo que hacen, cogidos de la mano y girando sobre sí mismos, hablar de la igualdad. Y esto, que estén juntos los niños y las niñas cogidos de la mano nos inclina finalmente a suponer que acaso sean aún los años treinta.

Será difícil explicar a los niños de ahora lo que eran esos corros de la patata, que acaso aún sobrevivan en algunas guarderías. Pero resultará más difícil aún recordárselo a los adultos. No sólo eran el pasatiempo ingenuo y pobre de quienes apenas tenían otra manera de divertirse, sino la excusa de cogerse de la mano y mirarse a los ojos, y reírse y girar, girar, girar igual que el universo, conscientes de que todo lo valioso, el universo, por ejemplo, sólo podrá hacerse entre todos, cogidos de la mano y sin avergonzarse de tal ingenuidad, de su inocencia.
                 [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de junio de 2011]

26 de junio de 2011

Dicho en voz baja

CONVIENE no gritar, de acuerdo, pero hay cosas que sólo se pueden decir gritando. 
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(Fotos del Rastro, 26 de junio 2011)

25 de junio de 2011

Arbotectura

SI tanta fascinación despiertan en nosotros las casas levantadas sobre árboles (y así parecen recordárnoslo hoy las acopiadas aquí), es desde luego porque logran llevarnos de nuevo a la infancia y a sueños nacidos de ella, pero también a un deseo propio únicamente del adulto, a saber, que allí donde hagamos la vida íntima (y eso es, sobre todo, una casa: la construcción de una intimidad), sea algo vivo también, algo que crece de modo natural y armónico a la par que esa misma intimidad, a lo hondo, como las raíces, y a lo alto como las ramas y el canto de los pájaros.

El lenguaje de las ruinas (una postal)

NO acierta Hannah Arendt a explicarse, en su primer viaje a Alemania después de la guerra, la razón por la cual todos allí parecen insensibles y refractarios a hablar de lo que les ha ocurrido durante el nazismo, incluso, insiste, como si nada de lo sucedido en Alemania desde 1933 hasta 1945 hubiese tenido lugar.  “En medio de las ruinas, los alemanes se escriben unos a otros postales de iglesias y plazas de mercados, de edificios y puentes que ya no existen”, nos dice. Y es que, en cierto modo, la culpa nos hace creer a menudo que sólo podremos sobrevivir en un presente incierto mediante un pasado ya inexistente pero del que tenemos la certeza, bien dolorosa por cierto al haber desaparecido, de que existió. “Y la indiferencia con la que se mueven entre los escombros se corresponde exactamente con el hecho de que nadie llora a los muertos (…) Esta insensibilidad general o en todo caso la evidente falta de corazón que a veces se envuelve con un sentimentalismo barato sólo es el síntoma externo más llamativo de la negativa profundamente enraizada, obstinada y ocasionalmente brutal a encarar y soportar lo que de verdad sucedió”. Así que el ser humano, hallándose entre ruinas, no tiene a su alcance otro que el poco sentimental lenguaje de las ruinas, si quiere levantar al fin algo hermoso y duradero, un verdadero sentir a prueba de las acometidas del nihilismo totalitario.

24 de junio de 2011

Diez céntimos para E.S.R.

NACIÓ el 24 de junio de 1948. No alcanza uno a recordar cuándo se pasó de celebrar la onómastica, costumbre, supongo, entre cristianos, a celebrar los cumpleaños, cosa más o menos pagana. Mientras duró la primera, al menos en aquel remotísimo y desabrido norte de donde vine, el día se llenaba de felicidad, pues se diría que recordando el nombre del santo que llevábamos y que tantas veces había sido el del día (lo cual, dicho sea de paso, dio origen tantas veces a nombres de lo más divertido y originales, como aquellos que Paco Vighi recolectaba en su propia familia para regocijo de Unamuno, que se los demandaba: el de sus tías Teotista, Liliosa, Felícula, Olviescencia y Prepedigna o el de los hermanos Potenciano, Crescenciano, Fidenciano y Marciano), celebrábamos también el de nuestra venida al mundo, mirando hacia el origen, puerto seguro, en tanto que en los cumpleaños parece que columbremos con incertidumbre y vaga misantropía un tenebroso mar inexplorado. El poeta Eloy Sánchez Rosillo que hoy cumple los suyos no corre el riesgo de caer en ninguna melancolía, pues hace tiempo que camina él parejo a la luz de sus poemas. No es fácil regalarle nada a quien tiene de todo lo necesario. Ojalá le sirva esta moneda que él sin duda conoció y circuló de niño. Cierto que su valor, diez céntimos, no era grande, pero eso mismo la hacía muy popular entre los pobres, que la circulaban como sólo ellos saben circular el vino. Y sabiendo que pasaría por las manos de tantos, y acaso por las suyas, aún conservará, me digo, mucha de la alegría que llevó por todas partes. Reproducía a un belicoso jinete ibero, que las monedas romanas sustituyeron por otro, nada beligerante,  con la palma en alto. Tal vez pueda, me digo, llevándole de vuelta a sus años mozos, servirle hoy para comprar todo aquello que no está en venta. Y aún creo yo que le sobrará para convidar, en su nombre y el nuestro, a todxs lxs amigxs Juanxs.

23 de junio de 2011

Tres saludos

Los dos primeros, del coronel Tejero y de Franco, aparecen en un collage de Joaquín Blas. El tercero, del "sanguinario exdirigente etarra" conocido como Cheroqui a sus secuaces, tuvo lugar ayer en el juicio que se sigue contra él en la Audiencia Nacional por intento de asesinato.


22 de junio de 2011

Envoltorios

NOS esperan, al despertar, las historias de su viaje nocturno por el lejano Oriente. Unos días, ayer, trajo consigo G. este puente de un lugar tan remoto como su nombre, el puente Chengyand del Viento y de la Lluvia sobre el río universal de Heráclito. Le recordaba, nos dijo, al de Bassano. Esos huertos dibujados de la ribera nos recuerdan también a Ramón Gaya, murciano universal, que los pintó mil veces en su tierra como homenaje a los pintores japoneses.
Hace unos meses también G. nos relató la historia de Hiroshige. Occidente descubrió sus estampas y las de otros artistas japoneses en los papeles que los comerciantes holandeses de la Compañía de Indias utilizaban, a modo de borra de embalaje,  para envolver y proteger las piezas de loza y porcelana que venían en los barcos hasta Europa. La hermana del cura de Benllera, León, ponía en el fondo de las cajas y jaulas de madera, donde luego dejaba las manzanas reinetas de su huerta,  hojas arrancadas de viejos cantorales góticos a modo de cuna. Se las compraba, le cuento a mi vez a G., el abuelo para su tienda de ultramarinos. En uno de los poemas de El mismo libro,  "Las manzanas"se alude a ello, la ténebre música gregoriana envolviendo el dionisiaco y áspero perfume de la fruta.
A veces piensa uno que todo su afán, cuando acude con fe ciega a los rastros del mundo, lo pone no en el tesoro improbable, sino en aquello en lo que viene envuelto, en la piedad de la vida envolviéndolo. Acaso toda su obra, y lo piensa con un dejo de humor, de humor alegre, nada melancólico, porque a estas alturas esa obra daría para envolver muchas soperas, tazas y platos, viaja adónde envolviendo qué. Estas mismas palabras, por ejemplo, ¿qué envolverán? ¿La sombra sutil entre planetas? ¿La derrota de la luz entre nosotros y el satélite? ¿Tu despertar, G.? ¿Estos minutos, lector, allí donde te encuentres, como hace años envolvía la hoja de un periódico viejo el bocadillo del almuerzo del obrero a pie de obra? ¿Mi propia ilusión, mi fe?
No te preocupe si así fuera: envolviendo estás salvo.
(Estampa de Guillermo Trapiello)

21 de junio de 2011

Una rosa (trabajar para estar lejos)

Y cuanto más lejano se encuentra el jardín de donde fue apartada, es más la misma rosa,  “pura contradicción, voluptuosidad de no ser el sueño de nadie bajo tantos párpados”.
Al contrario de lo que podría pensarse, la distancia de las cosas, de las personas, de determinadas vivencias, nos las acerca aún más, como nos acerca esa rosa al jardín del que fue separada, y nos consuela de su separación, que es la nuestra. Y cuanto más lejos nos vamos, más se diría que nos acercamos a ellas, y no parece que conozcamos su verdadera, íntima, esencial naturaleza hasta que la vida no nos aleja de algún modo. Pero alejarse no es perderlas. No, no se canta lo que se pierde, como se ha repetido, se canta para tenerlo, se canta como único modo de alcanzarlo verdaderamente. Y hasta que no se canta, no se tiene. Ya no se trata, pues, de traer a nosotros una lejanía, la rosa inmemorial, sino vivir en ella, hacernos nosotros lejanía misma, trabajar para estar lejos, hacernos rosa sin dejar nuestra naturaleza humana, como la rosa ha logrado ser humana sin dejar de ser rosa.
Hemos visto abrirse en su vaso día a día esa rosa, alcanzar su plenitud de forma, de perfume, de color, lograrse, y eso ¡lejos de su jardín, cortada ya, en su vaso solitario!, y al lograrse irse también a su propia lejanía, un pétalo primero, luego otro, sobre la mesa, y otro, y al final las semillas duras, negras, como arena de un reloj, como sombra finísima del tiempo. Donde la rosa vaya, vivirá con plenitud la rosa que fue. Nos llevó durante estos días al lejano jardín de donde vino y al ser ella ahora la que se va, se queda para siempre con nosotros. Ese siempre que necesita hacerse a cada instante, tan fugaz, tan inasible, tan frágil como su forma, su color y su perfume, de nadie y de tantos, para todos, para ninguno.

20 de junio de 2011

Pon un acosador en tu portátil

Si se le permite a uno esta confesión íntima, diré que  los acosadores que tienen los demás en internet me parecen mucho mejores que los míos. A esta confesión ha de seguir otra aún más dolorosa: en realidad, yo sólo tengo uno. Los escritores que conozco tienen varios, y aun muchos. Decía André Gide que la importancia de alguien venía determinada por la cantidad de locos que le salían. Hoy día, si no tienes acosadores, no eres nadie. El que sólo tenga yo uno, habla de mi grisura. Pero aún hay más: viendo cómo es el mío, le entra a uno una grandísima pesadumbre, ya que no es que pidiera acosadores de lujo, pero resulta decepcionante comprobar que el mío es precisamente el más falto de todos.   

El acosador en internet suele ser muy valiente, y amparado como está en la impunidad y lo difícil que es desenmascararle, lo primero que hace es esconderse en el anonimato, detrás de máscaras, seudónimos y nicks sonoros y jactanciosos. Se ve también que le resulta excitante insultar, acosar, injuriar y difamar bajo un nombre falso a alguien que lo tiene verdadero, y opera lo mismo que los exhibicionistas de la gabardina, lo cual suele ser también bastante ridículo, porque en cuanto se exhibe, al menos el mío, se ve lo pequeña y flácida que la tiene (la inteligencia, me refiero). Se nota también que les excita lanzar pedradas a alguien visible desde su invisibilidad, a alguien presente desde su impresencia. He leído que lo hacen por resentimiento y por envidia. No sé. Si el mío me envidia, es que además de muy tonto, lo suyo es irreversible. De lo que estoy seguro es de que lleva una doble vida, quiero decir que mientras lanza sus deyecciones es uno, y otro muy distinto seguramente cuando hace vida normal entre gentes que jamás sospecharían de lo que es capaz en cuanto se le deja a solas frente a un ordenador. 

Durante siete u ocho años el mío ha estado acosándole a uno aquí y allá, tratando de apestarlo todo, sin descanso. Algunas temporadas, a todas horas, de día y de noche. De haber empleado ese tiempo en trabajar, ese hombre habría hecho algo notable por lo que quizá habría podido aspirar a tener su propio acosador, y presumir de él como otros presumen de hígado grande. Muy al principio, y viendo que no repertoriaba sus insultos, y que la cosa era aburrida, me desentendí por completo de él, pero hace unas semanas, desde que yo mismo abrí mi propio blog (están ustedes invitados a visitarlo), se ha colado en mi portátil. Y aquí vienen mis dudas. Debería cultivarle mientras sólo lo tenga a él, y a la espera de que me salga uno un poco más apañado (nada, me vale cualquiera que acose con un poco de respeto y que no dé mucho la brasa).  Claro que no debería uno mostrarse tan egoísta, porque la sociedad tiene no sólo el derecho sino la obligación de quitar de la circulación a estos profesionales de la porquería que van inficionando la vida común y sembrando internet con deposiciones e inmundicias que uno acaba pisando sin querer. Pero algo está cambiando, aseguran: al fin va a perseguirse a los acosadores. Lo ve uno bien, claro, pero temo el día en que empiece a echar en falta al mío, por tonto que fuese, ya que habré de reconocer entonces lo poco que vale uno  en esta vida sin un acosador.

      [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 19 de junio de 2011]

19 de junio de 2011

Más allá de la literatura

¿POR qué la literatura que se hace sobre literatura no suele ser literatura al cuadrado, sino literatura partida por dos? Hasta hablar de ello, y con qué desánimo, nos demedia un poco.
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LA literatura de nuestro tiempo tiene su manierismo: la metaliteratura. Libros que hablan de libros. La literatura que nos transforma, consolándonos o activándonos, suele ser, paradójicamente, aquella que, como sucede con las fortunas y adversidades del Lazarillo de Tormes o de don Quijote, (y ningún libro habla menos de libros que el Quijote, contra lo que se piensa) vuelve sus ojos hacia la vida, no hacia los libros, aun cuando se sustente en algunos de estos que a su vez se sustentaban en la vida y en otros libros que a su vez se sustentaban en la vida y otros libros, hasta llegar a Gilgamesh y Aquiles. Libros que al acabar de leerlos hacen que nos preguntemos, olvidándonos de los libros: ¿Y tú, y yo, y nosotros? Preguntas en las que buscamos no ya un libro, sino el animal de fondo que viene con nosotros.
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¿POR qué la metaliteratura no suele ser un más allá de la literatura, sino un más acá de jueguecitos sociales ritualizados?

18 de junio de 2011

El Lazarillo de Barcarrota

Algo en verdad notable sucedió en el pueblo pacense de Barcarrota en 1992. Se hubiera dicho que hasta este nombre traía dentro desde su origen la naturaleza prodigiosa del descubrimiento que allí iba a tener lugar: en el curso de unas obras en una vieja casa particular unos albañiles descubrieron, al derribar un muro y dentro de él, una camareta en la que alguien había depositado cuidadosamente cuatrocientos años atrás y en un lecho de paja diez libros a los que se quería librar de las ansias de la Inquisición. Su estado de conservación era perfecto. Entre ellos se encontraba uno que justificaba por sí mismo el nombre de tesoro que se dio al conjunto: un ejemplar del Lazarillo de Tormes en una edición de Medina del Campo de 1554 de la que ningún otro se conservaba. Para valorar la importancia del descubrimiento recordemos que de esa obra y de ese mismo año, que de momento se considera el de su primera edición, sin que se descarte que pudo haber alguna anterior, se conservaban únicamente otro ejemplar de la edición de Burgos, otro de la de Alcalá de Henares y seis de la de Amberes.
Tanto la vida de Lázaro como la muerte del caballero don  Rodrigo Manrique, libros paralelos, marcaron decisivamente el nacimiento de la novela y la poesía españolas, y no se entendería esta sin la grave metafísica de Jorge Manrique, ni comprenderíamos aquella sin el realismo sarcástico y humanísimo del autor del primero.
Pero dejemos de lado hoy el fondo del asunto y vayamos a la forma. Hemos llegado a comprender mejor la naturaleza del Lazarillo teniendo en nuestras manos uno de los portentosos ejemplares facsímiles que se hicieron de esa edición de Medina a raíz del descubrimiento de Barcarrota, verdadero capricho extremeño este que le deberemos, al menos nosotros, a Luis Sáez, director de la Editora  Regional de Extremadura.
Ha sido uno poco, nada entusiasta de esas ediciones facsímiles que parecen tener que ver más con dudosísimas  inversiones que con el verdadero amor a los libros, si hacemos caso de los anuncios y reclamos que se incluyen en la prensa de esa clase de beatos y códices que parecen pensados para engatusar a un tipo de horteras e incautos con posibles. Y poco, nada, recuerda este del Lazarillo a esas obras suntuosas. Bien al contrario, en octavo, editado en un pobre papel con apenas viñetas y grabados y envuelto en un trozo de pergamino arrancado a un cantoral, nos habla de la modestia de la obra y de lo que allí encontraremos, la azacaneada y mísera vida de un niño que no tuvo mucho tiempo de serlo. ¿Hubiera podido editarse de modo diferente? Hasta el tamaño parece haber sido pensado para esconderlo en cualquier parte y leído sin llamar la atención de nadie, como si fuese extensión de la intimidad que Lázaro nos quiso dar de sí o del personaje que quiso crearse de la nada.
Y el facsímil nos ha dado por un momento la rara e impagable ilusión de creer que lo leemos no ahora, en este 2011, sino entonces, en aquel 1554 de tantos enigmas, y que sus sabrosísimas palabras hayan visto la luz sólo hace un rato, y que acabado de leer lo deberíamos poner igualmente a buen recaudo de los nuevos inquisidores, esos que hoy lo avasallan todo con una falsa modernidad como aquellos de entonces lo avasallaban con una falsa tradición. Aún suena en nuestros oídos, contra unos y otros, el alegato de su prólogo, tan libre e insobornable como cuando se escribió. En él se nos revela la razón de darnos “entera noticia” de su persona, y cuánto consuelo en ella: “porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues fortuna fue con ellos parcial; y cuán más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando salieron a buen puerto”.
  

17 de junio de 2011

Las gallinas y Mallarmé

NO sabemos de qué modo ni desde qué tiempo inmemorial han podido las gallinas granjearse esa triste fama suya de estúpidas. Y sin embargo no dejan de ser unos animales simpáticos, con esos movimientos suyos espasmódicos, sin modulación, de resorte, como juguetes de lata, caminando siempre de perfil con su ojo redondo, un mundo. Se diría que para ellas la vida fuese un jeroglífico egipcio, por no hablar, desde luego, del día en que llegamos a descubrir en ellas la música que parecen oír por dentro, una música sincopada de jazz que las hace parecer chicas de conjunto en una revista de Broadway. Sin embargo, nada de esto ha conseguido redimirlas, y salvo los niños muy pequeños, que juegan con ellas a perseguirlas, pocos las aprecian en lo que son. El gallo, por el contrario, no hace mejor las cosas ni habla otro idioma que el que hablan ellas, y cuenta con todo el predicamento y el prestigio. Cierto que su canto, rompiendo albores, tan dramático y operístico, adquiere a menudo un significado simbólico inigualable. Es lo que ahora, en este mismo momento, sucede aquí cerca. ¿Lo oyes? Se diría que es él de quien depende que el sol salga, amaneciendo, y no al revés; que sea él quien tenga las llaves del día como tiene las de la plaza de toros el alguacilillo, no permitiendo este que se lidie allí res ninguna hasta que él no lo permite. El gallo ha tenido a lo largo de la historia muchos adeptos, como es justo, siendo por lo demás su trabajo tan agradable. En esta vida la jactancia ha tenido siempre muy buena prensa, pero las gallinas seguirán siendo, de momento, las únicas que pongan huevos. Quizá sea eso lo que les haya granjeado esa triste fama suya. En este mundo no se puede poner huevos todos los días impunemente, y en apariencia sin esfuerzo. Hoy le gustaría a uno, sin embargo, que las gallinas vinieran a esta página y que empezando por esta línea, se fueran comiendo una a una todas las letras, en fila, como granos de maíz, dejando la página en blanco como hizo, con muchísimo más ruido, y alborotando el corral de los poetas modernos, el mismísimo Mallarmé.


16 de junio de 2011

Luna llena

CADA vez que va a producirse un eclipse, principalmente si es de luna, de visión menos molesta que los de sol, se anuncia en los periódicos y los telediarios, y la población curiosa se apresta en lugares estratégicos y despejados desde horas antes con máquinas de fotos de potentes objetivos y telescopios, formando por lo general grupos abigarrados y animosos propios de romerías y festejos públicos. Se percibe en esas gentes, al tiempo, una gran excitación que recuerda también esas noches en las que se nos previene del paso, por lo general decepcionante, de un cometa. El aclipse de luna de ayer, fue, en verdad, digno de ese nombre, pues pudimos ver durante dos horas cómo la sombra de la tierra la velaba de lado a lado, y siempre que entra en escena una gran sombra, merece un respeto. Durante ese tiempo, incluso, cuando el eclipse fue total, la luna adquirió una inquietante tonalidad de oro sanguinolento, y sus cráteres famosos dejaron en ella el más orinecido de los cuños. A los pocos minutos todo pasó, y la gente, los periódicos y los telediarios se volvieron a casa, convencidos de llevarse en sus cámaras y en su memoria, a modo de trofeo, el vellocino de plata. Y sin embargo el gran misterio sucedía antes del eclipse, y sucedió después. En realidad llevaba sucediendo unas noches antes y aún sucederá algunas noches más. El prodigio, la maravilla, lo asombroso, nunca es el eclipse, sino el cénit, la plenitud de esa luna majestuosa que durante horas iluminará la tierra con la claridad más íntima. Esa luminosidad que diríamos paradójica y fascinante pues no sabemos lo que en ella hay de luz y de tiniebla. Es, sí, lo más cerca que está una sombra de dar luz, y no a la inversa. Y aunque lo hace para todos y para ninguno, lo cierto es que la luna ama sobre todo brillar en lo más alto para los solitarios. Acaso porque mientras brilla arriba, atenuando e incluso apagando el resplandor de las estrellas, también ella es la gran solitaria.
Es la que aquí comparece hoy. La luna solitaria que habla el lenguaje de los solitarios para los solitarios, la que sobrecoge con su belleza y la que acompaña con su cercanía, a un tiempo común e inalcanzable. La consoladora, porque todo parece comprenderlo; la paciente, porque no tiene prisa; la cercana, porque, como una gran amante, a todos y cada uno de nosotros parece persuadirnos de que no hay nadie más importante para ella, mientras permanecemos a su lado, que cada uno de nosotros. La inmortal y los mortales. La de antesdeayer, la que saldrá esta noche y mañana, es esta misma. Comparece, sí, aquí y lo hace en esta foto hecha con el móvil. Lo que se ve recuerda un poco a una estampa simbolista que a su vez quisiera recordar una vieja estampa japonesa que a su vez recordara a una pintura de Van Gogh que a su vez nos recordara los versos de Leopardi en los que se acomodaba la luna que iluminaba el campo de batalla donde griegos y troyanos se ofendían…
Esta luna es esa, y también la que no necesita de nada ni de nadie para esplender en lo más alto, la que hablará por nosotros, con o sin nombre, cuando al fin nos eclipsemos.

15 de junio de 2011

Leña

El primer impulso, viendo ese montón la leña, es de alegría y confianza. ¿Podría ser de otro modo? Un leño en como un libro. Un libro, algo que arde entre las manos, y que espera.  Llegó la leña a la casa envuelta en el canto de los pájaros. La trajo nuestro amigo, el buscador de nidos. Nos dijo: sabiendo que les gustan los pájaros, yo mismo la elegí, y sólo traigo ramas en las que hubiera nidos. Piensan también: habrá invierno y habrá llama. Un día, las lluvias y el buen tiempo hacen, sin embargo, que nazca del tuero seco un brote tierno y otro y otro, y no sabe nadie cómo sacar a la leña de un engaño tan manifiesto. Y se quedan pensativos, casi tristes. ¿Y ese manto silvestre de cornihuela que la cubrió con tal magnificencia? Nadie duda ya de que es la primavera que ha a venido a despedirse, y lo hace entre abrazos.

14 de junio de 2011

Gloria (tipografía galdosiana)

Extremadamente raras, originales y felices las cubiertas y contras de Gloria, 1877. Valle, tan alborotado, decoraría su Opera omnia con modernismos abigarrados y castizos. Galdós, tan silencioso, se adelantaba con esta cubierta y su contra (¡esos 8 reales!)  cuarenta años a las tipografías dadaístas y a la gran modernidad tipográfica europea. Ya la que había ideado para los Episodios un año antes, 1876, con la bandera de España a toda página, es, sin la menor duda, la primera gran cubierta de la tipografía española moderna. Como esta de Gloria, probablemente la dibujó él mismo: era un minucioso coleccionista de dibujos y un pintor apreciable que se diseñó sus propios muebles, la crestería de San Quintín y muchos ornamentos de su casa. Extremadamente raras: no las había visto uno antes, y se conservan en un ejemplar de la segunda edición, del mismo año de la primera, subastado hace un mes en Madrid (dos tomos, ambos con sus cubiertas y contras restauradas, encuadernados recientemente por alguien sensible a estas cuestiones, porque de lo contrario las cubiertas habrían desaparecido en el encuadernador, como ha sido práctica común en España desde los tiempos de Galdós: de ahí su rareza; y gracias a la mención de segunda edición, y pese a que con cubiertas es más valiosa que todas las primeras sin ellas, se quedaron sin puja, en un precio irrisorio de salida).  Extremadamente originales: no conoce uno una cubierta parecida de fecha tan temprana. Y extremadamente felices: podrían haber sido diseñadas en 1924, en 1950, en 2011. De Gloria, por cierto, era la cita que encabezaba Locuras sin fundamento, el segundo volumen del Salón de Pasos perdidos: “Es una locura –decía– esto que tengo. Es una locura pensar en lo que no existe y desvanecerme y afanarme por lo que sólo es imaginario… fuera, fuera tonterías, ilusiones vanas, diálogos mudos”. Y en eso seguimos.
Y como va esto de cubiertas y de ochos y se ha hablado del Salón, agradecer al amigo que nos advirtió aquí el otro día, y a propósito de la foto de Català Roca que figura en Siete moderno, que en la primera edición él ha contado ocho pompas y no siete. Así es, pero Alfonso Meléndez y yo le borramos una, eso es cosa probada, pero no nos explicamos qué haya podido suceder, apareciendo en todos y cada uno de los ejemplares de la edición la foto de las ocho originales, cuando podemos asegurar que se publicó en su día la de siete. Claro que quizá en el último momento advirtiéramos que la mayor modernidad del siete fuese aparecer como ocho, y se nos hubiera olvidado el cambio. Aunque bien hubiera podido ser todo cosa de meigas, por ejemplo de Valle.

13 de junio de 2011

Corregida, mejorada y aumentada

El título de este artículo no hace referencia, como es de suponer, a los resultados de las últimas elecciones. Los vencedores creen que después de ellas la democracia estará mejor representada con ellos, y los perdedores... Da igual, porque ¿desde cuándo ha importado lo que piensen los perdedores? No, el título hace referencia a algunas de las cosas que con más o menos balbuceos expresaron durante unos días unos miles de jóvenes de toda España acampados en el centro de las ciudades. ¿Se acuerdan? No lo que algunos políticos dijeron entonces que expresaban, sino lo que expresaban de verdad, por ejemplo, lo que les parecían  algunos de los políticos, incluidos esos que aseguraban estar de su lado, a saber: una cuadrilla de jetas y mediocres, cuando no de chupones y de corruptos. Los jóvenes son así de tremendos.

Pensaban, por ejemplo, y esperemos que sigan pensando, que en España había llegado ya el momento de que se reformara la Ley electoral y, sobre todo, de que hubiera listas abiertas. Durante la campaña electoral oímos por la radio a un sesudo catedrático de no sé qué afirmar que lo de las listas abiertas sería un engorro para el ciudadano, ya que quitanto la mayor parte de las veces, no conocemos ni de nombre a los candidatos, únicamente a los cabezas de las listas. Así es, y precisamente por eso, porque la gente los conoce y los ha oído diciendo paridas o les ha visto haciendo enjuagues y pasteleos, querría no tener que votarlos de modo obligatorio sólo porque están blindados.

Pensaban también esos jóvenes, y esperemos que sigan haciéndolo, a veces en letreros del tamaño de una cuartilla, que habría que revisar el Estado de las autonomías. La sola mención de este asunto pone en guardia a miles de políticos de toda España, que viendo amenazadas sus poltronas, se erizan de una manera tan irracional como cómica. Porque en realidad no hablaban de suprimir el Estado de las autonomías, sino de revisarlo y corregirlo. ¿Alguien cree verdaderamente, decía alguno de esos papeles, que los españoles necesitamos tres o cuatro museos de Arte Contemporáneo por comunidad, cientos de altos funcionarios con un abigarrado y lujoso parque móvil y consejeros que a su vez ponen en nómina a otros seis o siete consejeros que le aconsejan a él? Las cosas que se escriben en una cuartilla en letra pequeña se suelen entender mucho mejor que las que leemos en una pancarta en letras descomunales. Decían también: ¿Qué democracia es esta que permite a un hombre ganar ocho millones y medio de euros al mismo tiempo que despide a seis mil empleados?

No sabemos qué van a hacer los perdedores de estas elecciones para recuperar el gobierno, aparte de entregarse a la melancolía. Pero acaso no estaría de más que asumieran en su programa electoral algunas de las demandas de esos jóvenes que hasta ahora no les han suscitado sino sonrisas paternalistas. Por ejemplo: listas abiertas. Cierto que se arriesgan a que gracias a esa reforma de la Ley electoral muchos de ellos tendrían que dejar la política, pero es cosa evidente que la democracia saldría así corregida, mejorada y aumentada.
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de junio de 2011]

12 de junio de 2011

Dos fotos (hoy es domingo)

Hace unas semanas un periódico madrileño reproducía esta fotografía de Albero y Segovia de una campaña electoral durante la República. Hace más tiempo, y después de la exposición que le hicimos en el Reina Sofía Bonet y yo mismo, se publicaba la de Català Roca como cubierta de Siete Moderno, uno de los tomos del Salón de Pasos perdidos. Hay algo común en ellas, no sólo el vuelo, sino el sueño, si acaso no es todo sueño una forma de vuelo, y al revés. Sin embargo a la foto original de Català (la que aquí se reproduce) le quitamos Alfonso Meléndez y yo una de las pompas por aquello de que iba a ser la cubierta de un siete moderno, que es un modo como otro cualquiera de llamarle ocho al ocho, y así podrá verlo quien vaya a esta dirección. También a la de Albero y Segovia le ha quitado uno ahora, hoy, una de las hojas, no de las que vuela (puedes contarlas, están todas, porque cómo alcanzar el sueño de lo que vuela), sino de las que aún no han salido de la mano de esa mujer. Aquella hoja es esta misma en la que estás leyendo, con su luz dentro.


11 de junio de 2011

Estudia, medita

“CAYETANA, duquesa de Alba, se ha evadido de las crónicas de sociedad y los programas del corazón, para convertirse en un fenómeno sociológico que exige el estudio y la meditación (…) [Ya en 1957] salí convencido de la alta dimensión de aquella mujer excepcional”, escribía ayer en El Cultural Luis María Anson. Anson, o Ansón (tanto monta, como Raphael o Rafael) nunca defrauda. Estudio, medito. Sobre todo medito: ayer cincuenta y ocho. Hoy es sábado, y tú también tendrás tiempo: estudia, medita.






10 de junio de 2011

"Prolongados" e "incluidos" (y una coda)

Los responsables de cierto libelo le preguntaban hace unos días en tono apocalíptico a cierto crítico servilón cómo había podido elogiar a cierto novelista que escribe frases como estas: “Eta mató a un concejal sevillano con su mujer incluida” y “si Mourinho se prolonga en el Real Madrid, yo cambiaré de equipo”.
Al contrario que a esos inquisidores, tales frases no deberían provocarnos la ira, sino, bien al contrario, espumarnos con su jocundia. Porque ¿qué sería de nuestra lectura de los aburridos periódicos españoles sin los artículos donde se incluyen esa clase de frases? Por nada del mundo desearía uno que ese hombre aprendiera a escribir como tantos de sus colegas de academia, por lo mismo que nadie desea que en una película muda desaparezcan las tartas volando o los traspiés aparatosos, tanto más cómicos cuanto más involuntarios. Y de la misma manera que tales gags tienen asegurado su éxito en la medida que proceden de cómicos ajenos a la hilaridad que provocan, así puede decirse de tales frases, escritas con la mayor seriedad, como prueba la contumacia de su autor en no corregirlas  o reiterarlas cada semana. De ahí que lejos de exigir su acabamiento como autor, tal como reclaman los libelistas, por considerar inadecuado el lugar que ocupa en relación a las pifias que amontona, deberíamos desear para él, al contrario, toda clase de honores, premios y grandes éxitos de crítica y público que las hagan aún más notorias y cómicas, contribuyendo de ese modo a traer a nuestras vidas una pequeña sonrisa, como aquellos benditos e inofensivos escolares cuyo talento dio origen a uno de los clásicos más divertidos de nuestra literatura: la Antología del disparate. Vengan, pues, cuantas más y más “prolongadas” e “incluidas”, mejor, que la tristeza de esta vida hará que nos parezcan pocas.


CODA, PAJA Y VIGA: Y qué impagables e hilarantes las pajas gramaticales con las que ese mismo autor inflige al vulgo e incluso a la academia, sobre todo desde que él mismo miembrea en ella, y más si tenemos presente la viga desde la que nos distrae con tan expuestos y vistosísimos volatines, tan prolongados, tan incluidos. 


COÑA A LA CODA O CODA A LA COÑA, que también: No entramos en el fondo del especiadísimo artículo que el novelista publica hoy, 12 de junio, en EPS, sobre el asunto de Dominique Strauss-Khan, (¿quién podría hacerlo, con lo que sabemos, o sea, nada?), porque con la forma, que tanto recuerda a la casuística de los curas en los interrogatorios sexuales llevados a cabo en los confesionarios, tenemos de sobra: “No se puede sujetar a una persona y atinar a introducirle el miembro en la boca”, leemos allí. Lo declaramos entonces: la cosa miembreaba de atrás.


9 de junio de 2011

Cernuda, con su leyenda a cuestas

Antonio Rivero Taravillo ha culminado su biografía de Cernuda (Tusquets), y lo ha hecho como la comenzó hace unos años, de una manera serena y ejemplar. Contrasta la de su biógrafo con la personalidad nerviosa de Cernuda, tan hiperestésico y expuesto a menudo a quebrase de sotil, de susceptible, de vidriera. Rivero Taravillo le ha seguido los pasos hasta donde ha podido, y llama la atención que quien hizo girar su vida de modo obsesivo sobre lo que él llamó en el Historial de un libro su “problema decisivo”, apenas dejara de este huellas, conjeturas, nada. Acaso porque para Cernuda, ahora lo vemos, como para Leonardo la pintura, el amor fue sobre todo “una cosa mentale” en la medida en que como “problema” sólo podía ser resuelto, ni comprendido ni vivido con naturalidad. Naturalidad fue algo que no conoció nunca, se lo impidió su afectación en el vivir, en el vestir, en el escribir, y hasta en el morir. ¡Cuánta afectación la de esa errata en la lápida de su tumba, inducida por él mismo para camuflar un apellido que le mortificaba y que acaso pensara que rebajaría su leyenda: “seremos entonces, en el futuro, tan legendarios como Bécquer y Garcilaso”, dirá. Esa intelectualización de la poesía, con su prosodia neoclásica (ese parecerse a un poeta traducido del inglés, que tantas veces se le dijo para su desesperación), ha acabado acartonando una buena parte de sus poemas: ni Bécquer ni Garcilaso, sólo la máquina de vapor o un cuerpo. ¿Qué diferencia hay entre una y otro cuando se abordan como problema?
Rivero Taravillo, que no escamotea ni siquiera las rebabas problemáticas de su pedofilia, lo trata, me ha parecido ver a mí, con más respeto que veneración, lo cual es lo mejor que podemos pedirle a un biófrago, sobre todo después de cierta moda reciente en la que los biógrafos, a cuenta de la devoción que aseguran sentir hacia su biografiado, se complacen en atacarlo despiadadamente.
Tras una consideración mezquina y desdeñosa de sus contemporáneos (“¿Qué tenemos que ver tú y yo con un marica?”, le preguntará en carta Salinas a Guillén) y una primera posteridad apoteósica (ahí están ese álbum de la Residencia y tantas publicaciones y festejos que jalonaron el centenario de su nacimiento con fastos que no han conocido hasta hoy, sí, ni Bécquer ni Garcilaso), la obra de Cernuda irá reposándose en un puñado de poemas extraordinarios: “Atardecer en la catedral”, “Lázaro”, “Jardín antiguo”, “El ruiseñor sobre la piedra”, “A un poeta futuro”, “Tierra nativa”, “Los espinos”, “Elegía anticipada”, “Río vespertino” o “Vereda del cuco”… Y aunque así lo vaticinara Juan Ramón para él y los otros de su grupo, “poetas de un cancionero”, en nada se le rebaja. A Ramón Gaya, distanciado personal y poéticamente de su amigo en los últimos años, le oímos decir alguna vez con mucha gracia que había que defenderlo, sobre todo, de tantos defensores de su “côté” (como “poeta homosexual” aparece en la mayor parte de los listados de los libreros de Internet, facilitando las búsquedas)  y, claro, de los detractores de cualquier “côté”: “De acuerdo, Luis Cernuda era un loco… pero es que además era Luis Cernuda”.  
Y eso, en cierto modo, ha hecho RiveroTaravillo con esta minuciosa, excelente, tranquila biografía, defenderlo de unos y de otros, y aunque él se haya tenido que ocupar de una persona que por lo que se ve era intratable y en muchos aspectos ridícula, nos recuerda esos poemas maravillosos con los que nunca dejaremos de tratarnos.


8 de junio de 2011

"Que la den por saco"

Le gusta a uno lo indecible esa manera que tiene Rafael Sánchez Ferlosio de presentar sus batallas. Diríase que es la suya una política de tierra quemada, o como tal vez le gustara decir a él “a la manera de los lacedemonios”: atacar al mismo tiempo flancos, vanguardias y retaguardia. En esta divertidísima y muy recomendable carta publicada hoy en El País, arremete a un tiempo contra tres molinos de viento: Esperanza Aguirre, la Real Academia de la Lengua y la enseñanza inglesa a la que manda sin ningún requilorio “a tomar por saco”, no siendo esto, sin embargo, lo más notable de su escrito, sino esa sutil coña marinera que parece aludir a la GMI o Guardia Montada del Idioma de la RAE: “Los papás y mamás, o papaes y mamaes o papases y mamases -como "maravedís", "maravedíes" o "maravedises", que de las tres maneras se decía”, dando a entender con ello que cada cual ha de hablar y defender su habla como Dios le dé a entender, sin echar cuenta de los gendarmes. Y sin olvidarnos, claro, del fondo del asunto, lo que de verdad importa: que la vida enseña tanto o más que la mejor escuela y que no hay escuela que pueda darle a nadie los doctorados que da la vida. Y lo dice quien siendo ya doctor honoris causa de algunas universidades no superó nunca el grado de bachiller, con el que firmó aquel opúsculo sobre no sé qué desbordamientos del río Segura en tiempos de Maricastaña, de quien, creo recordar, aventuraba una genealogía fantástica.

El libro de los susurros, y dos variaciones

En el maravilloso y constelado Libro de los susurros (Pre-Textos) del armenio rumano Varugan Vosganian se relata  esta historia. Cierto jenízaro, tras haber asesinado a toda la familia de un muchacho, le agarró a este del pelo, le levantó la cabeza y le obligó a mirarlo a los ojos. Le dijo, me llamo tal y tal. Luego le obligó a repetir ese nombre. A continuación le dijo: “Tú vas a vivir. Eres lo bastante mayor para entenderlo. Les dirás a todos quién soy y lo que os he hecho a ti y a tu pueblo”. Vosganian nos cuenta que aquel muchacho, su abuelo, “se vengó de la única manera que podía: no lo olvidó, pero jamás pronunció su nombre”.
Si se piensa bien, el mayor poder de un escritor para con los abyectos, hasta donde sabe uno por su experiencia, mucho más insignificante, desde luego, no es tanto airear sus nombres, sino no revelarlos a nadie ni ensuciarse el corazón con ellos. No hay cosa que el infame sufra con mayor desesperación que su impresencia en la memoria del mundo. Y eso valdría también para la mayor parte de los enemigos.
 * 
VARIACIÓN virgiliana, pasada por Marcial: Cultiva los enemigos grandes, olvida los pequeños. Y qué desgracia tenerlos sólo pequeños, cómo olvidarlos.
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LOS enemigos que vienen por la literatura se los lleva la vida como los sarampiones. Por eso una disputa literaria, pasados los sesenta, produce siempre una gran tristeza, cuando no, como decía sentir aquella amiga de una gata suya que cogió la tiña, entre pena y asco.

7 de junio de 2011

Nord-Sud, Plossu/Bonet, íntima Europa

Se sale de este libro, como de la exposición en la que lo hemos visto y leído en las paredes de la galería José R. Ortega de Madrid, con el convencimiento de que se nos ha dado lo mejor de Europa, y en ella lo mejor de nosotros mismos. Es, claro, una Europa de cámara, escogida e íntima que no está precisamente a la vista, sino que han ido a buscarla los dos a su manera, Bernard Plossu sobre el terreno, Juan Manuel Bonet sobre Plossu. Y los dos, en lo mejor de sí.
Ayer se presentó (aquí el pdf completo, poemas y fotos, con el mapa desplegado de Fernando Castillo, tan exacto, con el esmero tipográfico de Alfonso Meléndez, tan depurado). Trata de fronteras, de viajes, pero sobre todo de la intimidad. La más rara intimidad de todas, la de los hombres errantes. Lo es Plossu y lo es Bonet. Los poemas de este se ven, como se ven los grandes buques soñolientos cruzando en alta mar. Las fotos de aquel se oyen en el aire como esa golondrina. Y ese prodigio de constatar que por muy distantes que estén las ciudades de las fotografías entre sí, por muy lejanas y escondidas que parezcan las fuentes literarias de los poemas, todo parece un mismo y humilde lugar, no sé, como si ese autobús polaco estuviera llegando a Murcia, como si el muro de Oporto fuese uno parecido de Sevilla. Sí, esta maravillosa Europa que han ido a buscar a menudo tan lejos, la llevan dentro. Cada uno la suya, diferente, y las dos muy parecidas. Luminosa y sombría, sentimental y solitaria, inabarcable y en la mano, cuyo hueco tiene, como se sabe, el tamaño exacto de una de esas bolas de cristal en las que nieva siempre. En esta Europa hecha de europas mínimas e íntimas hemos estado ayer, sin salir de Madrid, Amberes, Bruselas, París, Porto, Murcia… Raras veces nos es dado hallarnos frente a una poesía tan sutil, en fotos, en poemas, hecha de casi nada, de repeticiones, porque la vida, si es, es una ciudad revisitada: “Aprender del arte de la foto / que los instantes no decisivos importan, / que una y otra vez las cosas se repiten iguales”, nos dice Bonet.  
Cuando dentro de unos años se busque como lo mejor y más feliz de cada uno de sus autores este libro, una de esas rarezas tan naturales que ellos persiguen por medio mundo, podremos decir: estuvimos allí, en cada uno de esos lugares, en lo mejor de Europa, una Europa de cámara, sin salir de la calle Villanueva. Y eso, sí, fue decisivo.

ESCUCHANDO A LOUIS BRAUQUIER
Su voz temblorosa en la película
leyendo sus versos inspirados
en Colombo, esos versos que parten
de un cuadro propio, y tan, tan modesto.
Su vida: los grandes paquebotes
en la ventana, el mar exactísimo,
la nieve cayendo sobre Shanghai,
la colonia final en Colombo.
Palabras sencillas: qué bien dicen
su destino errante, su universo
pequeño, y que permanece y crece.


6 de junio de 2011

Sustos de saldo

Quizá haya llegado el momento de sacar de las páginas de cultura de los periódicos mucho de lo que aún recibe, no sabemos por qué, el nombre de arte. Durante unos años pensamos que podría ubicarse en la de entretenimientos, junto a los crucigramas, jeroglíficos, sudokus y demás, bajo el título de “sustos baratos”. Es como llamaba Ramón Gaya a buena parte del arte contemporáneo con el que se trata de asustar o  epatar desde hace cien años no sólo a los burgueses, sino  fundamentalmente a todos los contribuyentes, sean o no burgueses, porque suelen ser estos, o sea, usted y yo, los que al final pagamos los museos y los platos rotos, como verá quien siga leyendo estas líneas. 

El mismo día que se anunciaba el nuevo premio Velázquez (uno que “instala” retretes atascados), los periódicos reprodujeron una de las “acciones”   o “propuestas” del artista chino Weiwei, encarcelado hace uno o dos meses por las autoridades de su país. La acción era del año 1995, y en ella se le veía al “artista” en tres tiempos, en tres fotografías. En la primera aparece sosteniendo una urna de la dinastía Han, en la siguiente se le ve con los brazos abiertos y la urna en el aire y en la tercera sigue viéndosele con los brazos abiertos y la urna en el suelo, rota en cien pedazos. La acción consistía, pues, en eso, en hacer añicos una valiosa, única, irremplazable urna de la dinastía Han.  En otras ocasiones Weiwei ha elaborado ataúdes con maderas de templos desmantelados de la dinastía Qing o ha pintado con colores estridentes vasijas neolíticas, siempre con el propósito de denunciar los excesos de la Revolución Cultural que arrasó el patrimonio cultural de su país, al tiempo que exterminaba a cuatro millones de chinos. Una de sus frases favoritas y reproducidas en esta hora en la que se le ha privado de ella es esta: la “libertad es la facultad de cuestionarlo todo”.

No podemos estar más de acuerdo. Cuestionemos a Weiwei precisamente ahora que está en la cárcel. Se le ha encarcelado por razones espureas, desde luego, pero lo cierto es que tendrían que haberlo encarcelado en 1995, cuando rompió la primera de sus vasijas. Y cuando salga, la Interpol debería cursar una orden de busca y captura: ese artista es un peligro. Nos hubiéramos ahorrado sus crímenes pasados, y nos ahorraríamos los venideros. Porque esa vasija era de todos, mía también y tuya, lector, de la Humanidad, como los budas de Bamiyan. Además las obras de arte son criaturas vivas: lo es La Pietà y lo es El niño de Vallecas, ¿o no?, y deberíamos protegerlas  con el mismo código penal que nos defiende de los criminales. Hay muchos modos de denunciar la barbarie humana, y el régimen comunista chino es testimonio sobrado de ella, pero no perpetuándola con más actos vandálicos, por la misma razón que negando la pena de muerte nos diferenciamos de los asesinos. Todo esto ha sucedido en el momento en el que le daban el premio  Velázquez a otro artista que trata de “denunciar” los excesos de las sociedades capitalistas con sustos no ya baratos, sino de saldo. Sí, cierto arte no merece las páginas de cultura, ni las de entretenimientos siquiera, sino las de sucesos, donde sin duda tendría un asiento más adecuado a sus propósitos.

[Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 5 de junio de 2011].
        

5 de junio de 2011

Puedo esperar (y dos crímenes ejemplares y una foto)

AYER. Se acercó una desconocida a la caseta de la Feria del Retiro con un libro ya leído, de su biblioteca, para que se lo dedicara. Al abrirlo vio en la página de respeto, tamponado, el exlibris con el nombre de su propietaria y su lema. Era el más distinguido que nadie haya pensado nunca para un libro, para la vida: “Puedo esperar”. Cuánta delicadeza en estas dos palabras, cuánta poesía. El nombre de la mujer parecía el de uno de esos personajes femeninos de Galdós: Rosa Celada. Confío en que no haya sido indiscreto ahora contando esto aquí, pero cuando se producen tales conjunciones astrales hemos de llevarlas a los más próximos, discretamente, igual que las abejas polinizan las flores.

HOY. Dos crímenes ejemplares. El primero: Lo mató por haber programado la presentación de Crímenes ejemplares de Max Aub precisamente hoy, en la Feria del Retiro, durante la final del Roland Garros entre Federer y Nadal. El segundo: Lo mató por haber aceptado ser el presentador de Crímenes ejemplares, sin haberlo releído antes de decir que sí.

Y LA FOTO.  De hace un momento, en el Rastro. Una caja de rótulos de porcelana para las tumbas de un cementerio, entre ellos el de un Lázaro Jordán, otro admirable nombre galdosiano, al que no le han dado tiempo de resucitar.
(Dos meses después de publicada esta entrada, se recibió en el blog el 30 de julio de 2011 este comentario: "Hola, soy X, el nuevo dueño de la Almoneda V. y sobrino de V., a quien menta sin su consentimiento, al igual que publica fotos de la tienda sin permiso; sólo decir al responsable de este artículo que se informe antes de escribir nada, esas placas vienen de una imprenta que se dedicaba a hacerlas, es decir son nuevas, nadie ha arrancado nada. Y me parece poco ético y profesional por parte del autor darle esa mala publicidad a un negocio familiar que se puede ver muy perjudicado por comentarios como éste. Es evidente además que no se ha molestado en preguntarme nada, le hubiese informado de todo y dejado hacer fotos sin ningún problema, no robarlas para encima hacer esta publicidad tan mala y más en estos tiempos que corren. Un saludo". 
La foto la hizo uno con el consentimiento de su dueño, todavía el recordado V., y lo que se decía de los rótulos es que "quizá habían sido arrancados de modo poco ejemplar en un cementerio". Quedan corregidas tan gravísimas hipótesis, suprimidos el nombre completo de la almoneda y de su antiguo dueño y presentadas mis disculpas. El responsable de este artículo).
PD. Y una foto más del mismo día. Diríamos que una de esas placas al menos vino de un cementerio, si no se nos hubiera dicho que venía de la fábrica, en la que seguramente imitaban también el óxido de los agujeros que la sujetó a la lápida o la cruz.