30 de abril de 2011

La gallina ciega

Diario español, lo subtitula Max Aub. Has vuelto a él buscando un pequeño dato, como quien entra en un viejo reñidero de gallos, cerrado hace años, abandonado. Y has tenido que salirte de allí al poco, un tanto incómodo e impaciente, sin comprender la pasión que movió tantas peleas, tantas apuestas. Y lo que buscabas, quizás lo encontraste y no lo reconociste, porque nada se parecía a lo que recordabas, excepto el argumento del libro, que el tiempo ha vuelto aún más triste. Es un libro sobre el que llueve siempre. La queja trae descrédito, leemos en el Oráculo manual. Sí, en la queja siempre llueve sobre mojado. El autor repite tal argumento con esa insistencia de algunos ciegos, convencidos de que nadie les oye porque no ven a nadie: “¿Qué hay de lo mío?”.

28 de abril de 2011

¿Adónde vas?

Decíamos, a propósito de Comandante Durán, que a menudo la emoción sólo la hallamos en los pliegues. Extraño personaje, decíamos también, o extraña manera de presentárnoslo en la biografía de Javier Juárez, condenándolo a arrastrar para los restos ese “comandante” que Gustavo Durán llevó tan sólo unos meses de su vida, a sus treinta años, y que trató de quitarse de encima a toda costa los otros treinta que le quedaban por vivir. Acaso el biógrafo se haya visto inerme ante silencios fosilizados al cabo de tantos años: sí, no debe de serle fácil a nadie preguntar a unas hijas por la homosexualidad declarada de su padre, amante de un hombre que acabaría siendo por azares de la vida tío de ellas, o de quien llegó a ser un funcionario del gobierno de los Estados Unidos por su antiguo estalinismo o sobre su responsabilidad en los crímenes del terrorífico SIM durante la guerra civil española. O, algo más sencillo, las verdaderas razones por las que alguien deja una labor de creación cuando ni siquiera ha dado frutos medianamente en sazón. ¿Realmente alguien puede creer que Rimbaud deja de escribir poesía porque quiere dedicarse a la venta de armas y esclavos o, salvando las distancias, que Durán deja la música sólo por servir a la República Española? Con todo, la biografía de Juárez, en los pliegues, nos ha regalado alguna historia extraordinaria. Citábamos el otro día la crónica de la visita de Durán al manicomio de Ciempozuelos, para visitar a su madre, a finales de 1934. A mediados de 1939, el 6 de julio, un amigo de Durán, el músico Enrique Casal-Chapí, le escribe, con la amargura de la derrota, una carta, en la que nos tropezamos con el más hermoso retrato que nadie haya hecho jamás de España, y que por extraño conducto nos remite a aquel “Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va”.
Casal-Chapí habla en pasado, como quien marcha al destierro:
“España era el país maravilloso en el que la gente podía decirte:
–¿Adónde vás?
–A ningún sitio.
–Entonces te acompaño”.

27 de abril de 2011

De un chat

Ayer, en El País, hizo uno un chat, del que extracto algunas respuestas. Debiera tener en esta página, al margen del blog, un lugar donde se pudiesen ver estas cosas, noticias, entrevistas, reseñas linkadas. Para eso en principio es una página web, pero mis habilidades técnicas son limitadísimas. Tal y como uno lo entiende, un blog, como casi todo, debiera ser, más o menos, el lugar en el que uno habla de todo el mundo menos de sí. No puede uno andar por la vida de hombre-anuncio de sí mismo. Hubo ciento veinte preguntas, de las que le dio tiempo a uno a responder una veintena, por orden de llegada. Pedí que me enviaran el resto a mi correo, para responderlas tranquilamente en casa, pero la persona que moderaba el asunto vio, como lo vi yo, cómo desaparecían en el ciberespacio, sin posibilidad de recuperación.  O sea, que quien más quien menos tiene también sus limitaciones. Las respuestas completas se ven en http://www.elpais.com/edigitales/entrevista.html?id=7962. Aquí van algunas, con mínimas correcciones.

Hace un par de semanas compré Apenas sensitivo en el Rastro por diez euros. En mi lugar, ¿hubieras tenido tan pocos escrúpulos? (Moltisanti)

Creo que yo también vi ese ejemplar, que estaba sin sobrecubierta y deteriorado. O sea, que pagó mucho por él, desde mi punto de vista. Por eso se lo agradezco más.

¿Cuál es el origen del titulo Apenas sensitivo? (Darío Jaramillo)

El poema de Rubén Darío "Lo fatal" ("Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, / y más la piedra dura porque ella ya no siente..."). El título, provisional, como tantos, vino a confirmarse en una visita a La Villa delle Ginestre en Torre del Greco, donde Leopardi trató de mejorar su salud. En aquella casa había un reloj de sol, cuya leyenda latina decía Sine sole sileo (Sin sol me silencio, o Sin sol me callo, o En silencio sin sol). A la palabra sileo se le había caído la e, como si hubiese empezado a dar ejemplo por sí misma. Había algo irónico en esa coincidencia... fatal.Todas esas cosas, de una manera oscura,confirmaron el título. Me gustaba el tono irónico que puso en esas palabras Darío. Porque la ironía es la cortesía de la literatura, como la claridad es la cortesía del filósofo.

¿Tienes alguna opinión formada sobre el "género" del microrelato? (Mateo)

Creo que la literatura ha tenido desde la antigüedad tanto éxito porque debe de ser de los pocos sitios donde el tamaño no importa. Aunque si le soy sincero, el género de los microrelatos ese no suele gustarme mucho. No sé qué me pasa, que a la mitad de uno de esos cuentos me aburro y lo dejo, incluido el famoso de Monterroso, que jamás he podido acabar, como me ha sucedido, por cierto, con el Ulises de Joyce.

¿Has leído algún autor de la generación Nocilla? (Darío)

No.

Buenas tardes Andrés, ¿suele escribir desde el lado emocional? (Caleta)

Lo que se sabe sentir se sabe decir, es frase de Cervantes que me gusta repetir, y la literatura que no nos emociona, que no nos conmueve, ¿puede tener algún interés? Sólo lo que nos conmueve, nos hace mejores, de una u otra forma. Hay otras formas, claro, que nos mejoran sin conmovernos especialmente (la filosofía o la ciencia, por ejemplo). Pero hablábamos de poesía.

¿Para cuando otro libro de poesía? Leo y releo "Un sueño en otro". Cada mañana, un poema suyo me sirve de bálsamo. Gracias por emocionarnos. (Oñivenis)

Gracias. Y cada vez que ocurre un hecho parecido, con esos poemas o con otros, de poetas mejores o peores, grandes o pequeños, el mundo gira de otro modo. Como gira de otro modo para el niño cada vez que logra levantar en la playa una casa de arena que desaparecerá con la marea. Mientras está en pie ese montón ordenado en forma de castillo de arena, su mundo es inexpugnable. Lo paradógico es que los poetas nos ocupamos de la mareas, las altas y las bajas, y de la hermana luna, que las rige. Y comprendo que no son estas cosas para hablarlas así, en un chat, aunque de eso trata también la poesía, de dar testimonio de nuestra intimidad en un mundo que se avergüenza de la belleza o la combate.

25 de abril de 2011

Misterioso Durán

Misteriosa y novelesca, sin duda, fue la vida de Gustavo Durán, primero músico, luego teniente coronel del ejército republicano durante la guerra civil y finalmente diplomático internacional. Hemingway, que le dio un papel estelar en Por quién doblan las campanas, lo tuvo siempre por héroe, pero Javier Juárez, su biógrafo y panegirista, no deja de mencionar algunas sombras: en cuanto a su condición de músico, Aldolfo Salazar le escribió a Falla diciéndole que Durán sólo era un plagio de Ernesto Halffter (la música en realidad sólo fue un episodio tan prestigioso como irrelevante de su juventud), y en cuanto a su condición de combatiente, Juárez alude (sin entrar en detalles) a las acusaciones de que fue objeto Durán por su actuación en la guerra, encuadrado en las filas de Partido Comunista, en el siniestro SIM (que dirigió a las órdenes directas de Orlov) o en su evacuación a finales de marzo del 39. 
Pero ninguna de esas cuestiones históricas son el objeto de estas líneas. Como en tantas vidas, a menudo hallamos en sus pliegues íntimos lo más valioso. En este, Durán relata a sus hermanos la visita que acaba de hacer a su madre en 1934 en el manicomio de Ciempozuelos, donde la había recluido su padre, con escasos y discutibles diagnósticos y con el único propósito, al parecer, de despejarse el camino que lo iba a unir a otra mujer más joven. La esposa acabaría demenciándose por completo en el frenopático. Un drama galdosiano. Durán relata a sus hermanos, en una carta conmovedora, ese encuentro, después de años sin verla. Le atormentan los remordimientos por no haber sabido atajar una decisión que empieza a considerar tan injusta como fatal:
“Al preguntarle yo en qué pasaba el día, me contestó: Por la mañana paseo por el jardín. Después voy a comer (me dijo lo que comía cada día). Por la tarde zurzo y coso (porque ahora el “tío José” [el marido que la ha internado] se ha vuelto muy económico y me obliga a reparar mi ropa… Pero no me importa, me entretiene el hacerlo), y luego ceno y me voy a dormir.
“Al preguntarle que a qué hora se dormía y a cuál se despertaba, me contestó: no me preocupo; Dios me duerme y él me despierta. Eso, como tantas cosas, es asunto de él y no mío.
“Me enseñó un zurcido que había hecho en un pañuelo, y como yo le dijera que antes lo hacía mejor, me dijo: “Es que antes era Petra Martínez quien bordaba y cosía, y ahora es una loca. Para ser hecho por una loca no está mal.
Le pregunté si iba a misa, por saber si su obsesión religiosa era tan grande como hace años. Hasta hace poco, me contestó, me entretenía ir a rezar, ahora he visto que eso es cosa de gente sensata (transcribo literalmente las palabras).
“¿Hablas con los demás?, ¿tienes alguna amiga aquí?, le pregunté. Ninguna, no hablo con nadie, me dijo; nadie me entiende. Mi nombre es “Me dejó mi Dios”, y no lo entienden”.

Al lado de este coloquio de resonancias cervantinas y en el que parece cristalizar la voz de Nietzsche, todo lo que se lee en la biografía de Juárez resulta insustancial, literario y pequeño. 
Por cierto, el “tío José”, padre de Durán, se suicidó cuando los nacionales que entraron en Madrid le llevaron la noticia falsa de que su hijo había muerto. Su madre, que pasó la guerra en el manicomio, ajena a ella y a todo negocio humano, jamás llegó a enterarse de esa noticia ni de otras relacionadas con su célebre hijo.
Sí, para uno hay tanta o más guerra civil y más verdadera  en ese episodio familiar, que en "la otra", que estaba esperándole.

El beso menos pensado

No hay que perder de vista nunca los asuntos importantes. Por ejemplo, la primavera. Se pueden perder unas elecciones, podemos perder nuestro trabajo, incluso la razón, pero sería muy grave perder una cualquiera de las primaveras que nos ha tocado en suerte vivir.

Cada año sucede de la misma manera, pero en éste acaso haya sucedido de modo más imprevisto, teniendo en cuenta lo largo, intempestivo e intratable que ha resultado el invierno. Cada año, sí, se diría que de las ganas que nos entran para verla de nuevo, llegamos a temer que se haya olvidado de nosotros, y pase de largo. En realidad este temor es manifestación de otro más íntimo: terror de que la primavera no nos encuentre aquí cuando ella llegue. Y cuando llega, ¿no nos sorprende siempre, como si de un año para otro se nos hubiese olvidado lo maravillosa que es? Nos avergüenza incluso secretamente nuestra falta de fe o nuestra impaciencia. Pero no, nadie que haya vivido una primavera podrá olvidar ninguna otra en el futuro: cómo de la noche a la mañana se llenan los árboles de minúsculos brotes que se despliegan en hojas como papiroflexia, la brisa trenzada en nuestras sienes como pámpanos de vid, el estar en casa con las ventanas abiertas, la hierba que los jardineros empiezan a segar, el gorjeo enloquecido de los pájaros... ¿De dónde han salido tantos?, nos preguntamos. Por no hablar de la primavera en el campo, donde se bordan las orillas de ríos, estanques, albercas y regatos con un millón de margaritas blancas, y el balar de los corderos y el soñoliento bordón de las abejas libando en flores tan pequeñas que ni siquiera tienen nombre.

El buen tiempo le ha sacado a uno de casa y le ha llevado a un banco de la Plaza de París.A un lado está el Tribunal Supremo, al otro la Audiencia Nacional. Nada de lo que sucede en la plaza parece tener en cuenta lo que tan graves tribunales estarán juzgando. Los que están dentro no pensarán en lo que sucede fuera. Hace años esta plaza conoció mejores tiempos, llena de mendigos y vagabundos. La policía los ahuyenta, acaso porque son el mayor alegato contra la justicia que se imparte a dos pasos. A falta de mendigos vino una pareja de adolescentes.Ni siquiera tenían veinte años. Parecían haber hecho novillos. Estaban contentos, hablaban en voz alta, reían por todo, como los gorriones. Ni siquiera repararon en mí, con tenerme a un metro. De vez en cuando interrumpían su cháchara y empezaban a besarse con cuánta seriedad y aplicación, apasionadamente pero sin ninguna concupiscencia. Cuando se cansaban, volvían a reírse, a hablar, él se levantó, se fue, volvió con dos bollos, los comieron, se besaron se nuevo para no desperdiciar ni uno de los granos de azúcar que les habían quedado en el bozo, volvieron a reírse. De pie, a unos metros, unos escoltas veían como yo esa escena con una sonrisa en los labios. Pero sin tomársela a broma, sin chacotas, comprendiendo que puede uno perderlo todo, pero no la inocencia que vuelve a nosotros, no sabemos cómo, cada primavera. ¿Qué podría haber más importante que ella, que los besos de esos jóvenes?¿Las elecciones, el trabajo, la razón?

         [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de abril de 2011]

20 de abril de 2011

Sincretismo solanesco

Viendo las procesiones de Semana Santa hoy, creeríamos que a Gutiérrez Solana se le hubiesen mezclado el Viernes Santo y el Entierro de la Sardina en una misma estampa.

Caballo de Troya

Para que el canto gregoriano, que a cuento de la Semana Santa viene sonando en Radio Clásica, tuviera algún sentido, habría que oírlo tal vez en una iglesia fría como un sepulcro, sentir un final inminente por peste o sífilis, y el pánico de morir en pecado, la condenación eterna. O sea, viviendo atenazados entre un presente incierto y una eternidad insoslayable y opresiva. Hoy, sin embargo, se diría que oímos esas melodías a un tiempo bellísimas y desasosegantes sólo como música de fondo, mientras esperamos la hora del almuerzo, lo único que aún sigue siendo verdaderamente medieval: cordero asado y vino tinto. A nuestro lado el tiempo fabrica ante nosotros su caballo de Troya.

18 de abril de 2011

Cuando éramos pobres

Acaba de aparecer un libro extraordinario, Los palacios de la Castellana (Turner), cuajado de fotos antiguas. Sólo hojearlo, y al constatar  tanta belleza destruida, produce una grandísima melancolía y una irreprimible irritación: ¿Cómo se permitió acabar con todos esos palacios, con paseo tan noble?, nos preguntamos. Y sobre todo: ¿A cambio de qué? A cambio de la modernización, se nos sermoneó con esa pedantería municipal característica, o sea, a cambio de absolutamente nada, porque lo que nos dejaron en su lugar, edificios y rascacielos de medio pelo, sólo habla de especulación y vasallaje del espacio público. Y esto que se dice aquí resulta tan evidente, que no hay una sola persona que viendo en ese libro lo que destruyeron en nuestro nombre, no deseara volver al pasado, convencido de que podría impedirlo.  Sí, nadie que no se diga: “Esto hoy no habría sucedido”. Así de ingenuo es el ser humano. Porque lo cierto es que acaba de volver a ocurrir, el crimen es parecido y lo han cometido en nuestro nombre, ante los ojos de todos. Lo de menos incluso es que además lo hayan cometido con nuestro dinero.

Como acaso sepa el lector ya, en Madrid contábamos con un gran Palacio de Comunicaciones, Correos y Telégrafos. No era ni siquiera bonito. Carmen Martín Gaite, hablando de él, recordaba lo que le decía su hija Marta cuando la oía denostar su aspecto de merengue vienés, de mole presuntuosa: “Ya se pondrá bonito”. No le han dejado, no le han dado tiempo. Este debe de ser el único país del mundo en el que cumplir un siglo es un baldón. Y eso que por fuera no ha cambiado nada. Ha sido peor, lo han atacado por dentro, lo han vaciado, como los taxidermistas. “Rehabilitado” es la palabra de moda hoy. “Modernización”, fue la de ayer. Y lo han convertido en uno más de esos centros de arte contemporáneo con aspecto de vestíbulo de estación de autobuses que no tardará en degradarse. Es decir, que lo peor está aún por venir: tendrán que llenarlo de eventos (la palabreja asusta) y darle contenido, y esperar a que, como esas ginetas, raposos y perdices disecadas, se llene de polvo y piojos.

Las mayores críticas las ha recibido, no obstante, por haber sido un dispendio irresponsable de millones de euros que los madrileños no podemos permitirnos, y menos ahora, por ser el delirio de un alcalde convencido de que iba recibir en él, convertido ya en casa consistorial, a todos los mandatarios del mundo cuando Madrid fuera la sede de los Juegos Olímpicos. ¿Se acuerdan? Pues bien, tal baladronada, para uno, con serlo y mucho, ni siquiera es lo más grave. Para uno hay razones de otra índole, sentimental e íntima, diríamos. Allí, y durante más de treinta años, ha ido uno, como tantos, a enviar y recoger sus cartas, a veces a diario. Era maravilloso poder hacerlo en aquel palacio vetusto, monumental y un poco des­tar­talado ya, recogido, remansado y pe­­­num­­­broso, que seguía prestando el servicio para el que fue creado hace un siglo, dándonos a los pobres la ocasión de pensar que nuestras cartas merecían una estafeta a la altura no de las cartas, sino de los sueños que poníamos en ellas o esperábamos de ellas, sueños que hoy maldicen su triste destino.

       [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 17 de abril de 2011]

17 de abril de 2011

Un alazán sólo come nenúfares. (Y una foto del Rastro)






Decir corcel por caballo fue la impecable definición de retórica propuesta por Stendhal hace casi doscientos años. ¿Qué diríamos hoy de alazán, retórica de corcel? Nos lo sugiere los versos de cierto vate publicados ayer en Abc. Al leerlos, no sé por qué, se despertó en nosotros la sospecha de que llevado ese bendito vate a una feria de ganado, sabría distinguir un alazán de un rucio o un potro de una jaca como Villaespesa distinguía nenúfares de nefelibatas. En todo caso algo es seguro: siempre se escribirá, en toda época, esa clase de poesía confitera y académica en la que los alazanes piafan, caracolean briosos y comen nenúfares.

Coda. Por otro lado cree uno sinceramente, para no ser hipócritas, que cada vez que escribimos la palabra vate, tan retórica (escribir vate por poeta lo es), estamos pensando en la palabra vete: "Marcelinico que la grande llevas / y disparates amontonas tantos, / vete a paseo", le decía un crítico de la época a don Marcelino Menéndez Pelayo a propósito de ciertos versos sáficos de este.


16 de abril de 2011

Tanto frío

Ve venir hacia él un mendigo que hunde su cabeza en el pecho, envuelto en dos o tres viejos gabanes, uno encima de otro. Arrastra unos bultos informes amarrados con cuerdas elásticas a dos ruedas y un asa de procedencia incierta. Camina encogido por el frío. El vapor que sale de su boca se le queda pegado a la cara como niebla. También lleva empañada la mirada, como si se hubiera traído consigo el vaho de los cristales de la cantina.  Al pasar a tu lado sientes, no obstante, no tener derecho a comparar tu frío con el suyo. Para ti sólo durará unos metros, unos minutos, antes de entrar en casa. El frío de ese vagabundo debiera ser declarado de interés histórico, porque viene con él desde el medievo, intacto, como un castillo, como un burgo, como sílabas escuetas de un romance perdido. Recorre Europa al margen de los informativos y telediarios que se dedican cada media hora a hablar del tiempo. No está en los mapas. Sólo le queda eso, vagar libre al margen de la historia, como memoria suya, recordarnos de qué está hecha su infelicidad, la nuestra. Por eso es indecente que nadie se compare con él, y menos un alcalde, con el solo propósito de borrarlo del mundo para borrar el origen de tanto frío.

13 de abril de 2011

Tres pistas

En apenas tres semanas, has sentido que internet era un circo de tres pistas, semivacío. Trabajan, nunca mejor dicho, para todos, para ninguno. Por el placer de cabalgar. Hay un hombre maduro en la pista, a pie, sobre la arena, que lleva de las bridas dos caballos. Estos galopan en círculo a su alrededor. Sobre los caballos, los jóvenes, sin detener el galope, saltan a uno y otro lado de sus monturas respectivas, se ponen en pie sobre la silla, se sientan de golpe, vuelven a desmontar, como cosacos. El hombre maduro ni siquiera da vueltas, hace pasar las bridas por detrás de sí con el brazo en alto. Les contempla satisfecho, acaso un poco cansado, pero vagamente feliz. Los jóvenes no piensan aún en la felicidad, porque no lo necesitan. El mundo gira. Se ha hecho un gran silencio. Han desaparecido las gradas, la carpa, y se diría que todo lo que sucede, sucede dentro de cada uno de ellos, de los mismos caballos. En todos, el animal de fondo. Fuera, una noche estrellada.



































11 de abril de 2011

Ocho millones y medio

Nos han dicho: El primer fin de semana la película recaudó ocho millones y medio. ¿Y?

La anécdota, de la que fue testigo Ramón Gaya, es tan divertida que no tendría nada de extraño que ya la hubiese contado alguna vez aquí. Vio el joven pintor una vez a Valle Inclán en la Cacharrería del Ateneo. Discutía este con alguien que le estaba sacando de sus casillas hasta que, no pudiendo sufrirlo más, Valle le gritó: “¡Eso que usted me va a decir es mentira!”.

No ha visto uno la dichosa película de Torrente, pero sé, como lo saben muchos otros que jamás irán a verla, que todo lo que se nos va a decir en ella es mentira. Y esto lo mantendría frente a esos ocho millones y medio de euros que parecen haberla refrendado pasando por la taquilla, sin que sepamos tampoco cuánto  hay de verdad en esa cifra o si sólo es un truco: se dice que es la más vista para que vaya a verla la gente, que sólo va a verla porque es la más vista. Claro que en mi caso, el prejuicio no es propiamente tal, porque vi hace poco, en televisión, media hora del Torrente Uno, “el mejor Torrente”, al que este Torrente Enésimo Redondo, según aseguran sus panegiristas, ha vuelto a parecerse.

Ninguna aristocracia hay superior a la del pueblo, apuntaron nuestros finos y recordados institucionistas, pero también nada tan plebeyo como el público, y así lo advertimos a diario ante la sanción de todo aquello que resulta escandaloso no ver combatido en todas partes, como se combate el machismo, el fascismo y el racismo presentados en su forma más zafia. ¿De dónde procede, pues, la bula, la impunidad de ese personaje, dechado de todos los fascismos, racismos y fascismos? Sin duda de este bucle tan astuto como cínico, que para justificar un negocio que no es menos inmoral que el que tantos giles y giles han hecho en este país, quiere hacer pasar como crítica lo que no es sino connivencia o apología.“He hecho de Torrente lo más deleznable”, ha proclamado el inventor del engendro, creyendo que saberlo le pone a salvo, por aquello que decía el exiliado Esteban Marco, citado también por Gaya: “Se puede llevar una corbata fea, pero sabiéndolo”. 

Eso, con las corbatas, funciona, pero nada más. No se puede ser fascista, racista y machista, y menos aún sabiéndolo.  También se nos está diciendo que ocho millones y medio de euros, o los que lleven ya, no pueden estar equivocados, porque a menudo hemos visto que las multitudes se entregaban a la excelencia de Dickens o de John Ford. Así que estos pícaros de nuevo cuño sólo trabajan en el halago de las masas, excitando sus pasiones más bajas, mientras con una sonrisita ratonil parecen decirnos: “Llámame perro y échame pan”. Miles de espectadores han visto ya esa película, sí. En este mundo nuestro se pondera mucho el éxito y el dinero, cierto, pero quiere uno pensar ahora en aquel que, solo, sin importarle el mundo, le está diciendo a ese Torrente, en sus propias barbas, como Valle al otro en la Cacharrería,  que no ha visto su película ni piensa verla porque sabe que todo lo que le vaya a decir... es mentira, o peor aún, quiero decir, que todo lo que va a encontrar en ella es... verdad.

         [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el día 10 de abril de 2011]

10 de abril de 2011

Cairo (El Rastro)

Perú

Hoy hay elecciones en Perú. Vimos hace un momento las imágenes de un pueblo remoto del altiplano, unos indios pobres que tenían que caminar algunos kilómetros para ir a votar. Cuanto sucede en las tardes de los domingos va a su aire. Puede uno haber pasado una buena mañana, pero se dobla el Cabo de Buena Esperanza del domingo, y el tiempo se encrespa, se encapota el cielo, se cierran las nubes y se desata sobre nosotros la galerna en la que irá dando tumbos nuestro spleen como una vieja goleta. Cuenta Foxá que en su viaje por tierras bolivianas se encontró en la calle a un niño pobre, allí, parado, como perdido. Le preguntó qué estaba haciendo, y el niño le respondió que nada, “aquí, tristeando”. La palabra le gustó tanto, que cuando eligieron a Foxá académico la recordó, y se propuso como primera tarea que incluyeran ese verbo en el diccionario. No le dio tiempo, porque murió al poco. La palabra tristear no figura aún en él. Tampoco tristumbre. Esta la escribió Vallejo en un bellísimo verso de sus Poemas humanos: “Mas mi triste tristumbre se compone de cólera y tristeza”.  Y como era peruano, lo dijo en voz baja en otro sitio: “(Perdonen mi tristeza)”. Ambas, tristear y tristumbre, son palabras nobles y expresivas. Dicen que entre los esquimales y los islandeses cuentan con sesenta palabras distintas para nombrar la nieve y los escoceses con doce para la lluvia. No se comprende por qué no tenemos más palabras para decir la tristeza, pasando como pasamos en la vida tantos momentos tristes, a menudo en largos periodos de nuestra existencia, sin que conozcamos otro estado que ese de la tristumbre en el que no podemos hacer otra cosa que tristear. Y eso es lo paradójico, sin dejar muchas veces de estar alegres, entrando, saliendo, hablando con unos y con otros sin que nadie note nada, casi sin que lo notemos nosotros mismos, por lo mismo que dijo el propio Vallejo: “Todo está alegre, menos mi alegría”. Podríamos decir, pues, De la tristeza y sus isótopos.

Una foto del Rastro

8 de abril de 2011

El último escalón

El último escalón hacia la música es el silencio. Y no es de subida, sino de bajada, como supo Orfeo.



Girona fruits

EN la calle Fernando VI hay una frutería que tiene un nombre ingenuo y bonito, “Tomad mucha fruta”. Se dirían las palabras de un apóstol vegetariano y esperantista. Parece hablarnos en un lenguaje universal. Es una tiendecita pequeña, estrecha y sumamente ordenada, en la que se ven obligados a menudo a sacar  a la acera algunas cajas. Al tropezarse con esta, ¿cómo no recordar aquel “Ceci n’est pas une pipe” de Magritte? Sólo que aquí se diría que el azar fue algo natural, brotado de la vida, sin veleidades artísticas. Probablemente el tiempo en el que ese cartelito permaneciera allí sería muy breve, unos minutos. Alguien advertiría el error, y lo enmendaría. Pero durante ese tiempo fue la prueba, ante la mirada del mundo, de que todas las cosas y criaturas están relacionadas por galerías que mantienen unidos secretamente los contrarios/diversos/complementarios, el hombre a la mujer, el fuego al agua, el amigo al enemigo. La ciudad está llena de ellas, misteriosos pasajes baudelairianos. A esa armonía la llamamos poesía. El que nos arranque además una sonrisa no es más que una dádiva, como lo es el perfume, a veces maravilloso y embriagador, que con frecuencia nos dan por añadidura algunas rosas. Decir por último que tal humor se lo debemos a dadá y al surrealismo no es sino reconocerles algo en verdad muy valioso.


6 de abril de 2011

Confinados

Nos esperan en los pliegues revelaciones que no hallamos en campo abierto, meridiano. Ha ocurrido en uno de los pliegues de este libro, Los confinados, que a su vez lo fue en quién sabe qué librería de viejo, de qué ciudad, de qué tiempo, de un para mí desconocido Juan Antonio Pérez Mateos (Plaza&Janés, 1976). Tiene uno la sensación de que lo poco que ha llegado a saber de esto o de lo otro le ha venido de la misma forma azarosa, al doblar una esquina, al desdoblar un papel, al plegar una tarde antes de guardarla en el sobre de la noche a la que iba dirigida. Se habla en este de muchos confinados, desde Unamuno y Soriano a Peces-Barba, Morodo o Elías Díaz, a los que Franco embarcó en confinamientos de veta berlanguesca, pasando por el doctor Albiñana, Hedilla, Ridruejo y tantos otros. Al hacerlo de Unamuno, el autor reproduce una carta suya a uno de los amigos de la isla, don Ramón Castañeyra Schamann. La carta es de fecha muy posterior a su confinamiento en Fuerteventura, en realidad sólo tres meses antes de que estallara la guerra civil, ocho antes de su propia muerte, del 22 de abril de 1936. Nuestra cabeza está también llena de pliegues, se diría, en la que se entierran, como semillas, ideas de otros, caídas allí quién sabe cómo, cuándo, de la mano de qué sembrador, con secreta antelación. Yo no conocía esta carta y sin embargo, cuántas veces ha repetido uno algo parecido sin poder citar la fuente: “Veo esto muy mal. Lo que toma aquí fuerza es algo que no se da ya en la Europa civilizada (???), y es el socialismo, en el fondo anarquista, de la CNT, y de otro lado crece el fascismo. Y uno y otro en una forma peor que de barbarie, de estupidez. La degeneración mental es espantosa. Están arrastrando a los mayores unos chiquillos corporalmente de 17 a 23 años, pero que mentalmente no llegan a los cinco años”.  La República bajó de 25 a 23 la edad para poder votar, por tanto la guerra acabaron haciéndola quienes ni siquiera habían pasado por las urnas, convencidos de que no era preciso pasar por ellas para traer a España una revolución o una contrarrevolución. Nada más. Queden aquí esas líneas proféticas como un pliegue nuevo de Las armas y las letras que parecen llamadas a plegarse y desplegarse hasta el infinito, como toda búsqueda de una verdad difícil, que tampoco hallaremos nunca en campo abierto.

4 de abril de 2011

Una placa vergonzosa... y vergonzante

Hace unas semanas el presidente de Chile descubrió, en realidad encubrió, una placa en la que fue embajada de su país en Madrid, Prado 26, durante la guerra civil.

Morla fue un hombre culto,  encantador, diletante, confidente de Lorca y amigo de muchos poetas. Al estallar la guerra, su jefe, el embajador  Núñez Morgado, franquista pregonado, salió de España de modo poco gallardo. Morla se quedó solo al frente de la legación, y su tacto diplomático libró de una muerte segura a cientos de falangistas, militares, curas, aristócratas, políticos derechistas o particulares en declarada indefensión, de muchos de los cuales nos dejó en España sufre, testimonio apasionante, sincero y veraz de la revolución en Madrid, unos retratos devastadores. Al terminar la guerra Franco premió a Núñez Morgado su valentía con una calle, mientras Chile represalió a Morla desterrándolo a Berlín por haber asilado al final de la guerra a dieciséis comunistas. Era de justicia, pues, que se hiciese una reparación a Morla. Así se pidió hace un año en estas mismas páginas. Pero ¿cuándo se ha visto que a lo que llega setenta años tarde podamos darle el nombre de justicia? Ni siquiera poética.

Le han puesto una placa, sí, pero...  en el paso de carruajes. Nunca habíamos visto nada parecido, una placa vergonzante, diríamos, pues nadie que no entre en el portal podrá verla, y si entra, acaso se lo impedirá el portero (a mí me sucedió). Morla diría: una humillación más. La verán, claro, los propietarios de la casa, los mismos que en tiempos de Morla. Semanas antes de estallar la guerra, la marquesa de Campo Real se la alquiló al embajador, y al poco de acabada, pasó de nuevo a manos de su dueña. Esta circunstancia providencial la libró de ser saqueada, como tantas, y pudo conservar sus fabulosos cuadros, bargueños y gobelinos que hacen de ella un palacio único en España... Por lo demás, la redacción de la placa, una hojalata municipal, resulta tan descuidada en la forma como oportunista e inexacta en el fondo: “Aquí estuvo la embajada de Chile desde donde el diplomático, escritor y humanista Carlos Morla Lynch asiló a miles de españoles sin distinción política en la guerra civil entre 1937 y 1939”. Para empezar: Morla los asiló desde 1936 (se ve que han querido cubrirle las espaldas a Núñez Morgado), y no “desde la embajada”, sino “en” la embajada y hasta en su propia casa. Y sí, sí hubo distinción política: dos mil cien fueron de derechas y dieciséis de izquierdas. No hubo simetría ni mezcla, como da a entender la derecha municipal madrileña, con ese hiperbólico “miles de españoles”. Así que nos preguntamos por qué han tardado setenta años en ponérsela, quién se lo hubiese estorbado a alcaldes franquistas y propietarios. Sólo ahora, cuando la ejemplaridad de Morla se ha hecho visible, corren a decorarse con ella... hurtándosela de nuevo a la mirada pública. Por eso hubiese sido mejor la placa que se propuso aquí: : “En esta casa y en otras de la embajada de Chile, el diplomático y escritor Carlos Morla Lynch salvó durante los tres años de guerra civil la vida de más de dos mil españoles que se lo agradecieron con el desprecio y el olvido”.  En el acto, por cierto, hubo banda municipal, discursos y, supongo, mucha retórica, el agua que mejor lava la mala conciencia.

                    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia, 3 de abril de 2011]

3 de abril de 2011

Spiraux

RASTRO, 3 de abril, 2011. Esta mañana, a la vista de todos, para su liquidación, compareció el trabajo de un hombre, cuanto fue su vida. Era fácil imaginar, imaginarlo, sesenta, setenta años, sentado en su banqueta, detrás de su mesa, doblado por el peso de la luz, como una de esas figuras de Rembrandt, Spinoza, quizá. Se saldaba su taller de relojero, las cajas como Cornells ya ultimados, sus herramientas, martillos, calibres, berbiquíes, limas… Ante todo aquello, sólo una certeza: alguien ha muerto. De otro modo, ¿se habría desprendido de lo que fue su sueño? ¿Pensó que su vida acabaría aquí, dispersada por un golpe de azar? En cada cajita el universo, en realidad, los engranajes, volantes, resortes, ejes, ruedas, rubíes que precisa un universo para moverse majestuoso, grave y silente dentro de otro. Cuánto orden aún en el desorden de la venta. Apenas duraron estos misteriosos objetos en la batea sobre borriquetas que el almonedista sacó a la calle. Unos se llevaron unas cosas, otros otras, cada cual las suyas, en unos minutos, sin porfías ni regateos, sin hablar, minucioso laborar de un hormiguero. Se habría asegurado que el tiempo para el que fueron creadas, el tiempo futuro que no llegaron a medir nunca, se deshacía como ceniza, en tanto que el pasado de donde procedían, se volvía indestructible, hecho piedra, como un fósil. Aquí, ahora, contigo, cada pequeña pieza de acero, minúsculas algunas como semilla de amapola, las flores de esta primavera lluviosa. Crecen al margen, del mismo modo que el nuestro es un tiempo en la cuneta. Y sientes que has de hacer con tanta viruta tu propia casa.