10 de noviembre de 2011

Organillos

Hace unos días G., por su cuenta, aprovechando que estábamos de viaje, se llegó al escritorio de su padre y le organizó sus abrecartas, disponiéndolos como teclas de un piano. A pesar de que hay tantos y parecerlo, no se trata de una colección. Cuando era niño, G. tenía también esa costumbre de mover papeles y abrir cajones, y le gustaba a uno que curioseara en los pequeños secretos paternos, porque son pequeños y porque ni siquiera son secretos. Al fin y al cabo, esa experiencia, asomarnos al mundo de las personas amadas cuando están lejos, temporal o definitivamente, no deja de ser una manera de acercarlos. Sin contar con que lo que aprendemos a hurtadillas suele ser mucho más importante en nuestra formación.
Nunca ha coleccionado uno ninguna cosa. Un buen día, buscó el abrecartas para abrir las páginas de un libro que leía, y no apareció. Abrirlas con un cuchillo no deja de ser cosa de matarifes. En vista de ello, compró otro abrecartas (siempre cálidos al tacto, de marfil, de madera, de carey, de pasta, de asta, de celuloide), y al poco tiempo apareció el primero, pero para entonces los abrecartas, empeñados en ocultarse, se escondieron de nuevo en las páginas de algún libro o vete tú a saber, bajo los papeles, en los cajones, así que compró alguno más y los dejó a la vista, y vinieron otros, depositados estratégicamente por la casa, para cuando se necesitan, libro o carta (encontrará uno siempre una forma suprema de barbarie esa de meter el dedo índice en la comisura del sobre, para desgarrarlo como Atila las mesetas danubianas; y al revés, abrirlas cuidadosamente con un abrecartas adecuado, sin dejar rebabas de papel, como si no lo hubiesen sido, prolonga la ilusión de que aún nos espera la alegría de leerlas).  
Y gracias a ese cuidado de G., este nos llevó al prodigioso lugar en el que unas manos anónimas ordenan el mundo a espaldas del mismo mundo. Tal vez lo que se origina en tal ordenación tenga que ver con la música lo que esta con los organillos. Pero no deja de ser bonita esa melodía cilíndrica, mecánica, metálica que parece desalojar la minuciosa mirada del número.

11 comentarios:

  1. Hermosa colección.
    Tiene la imagen algo fósil pero imperecedero.
    Nos acerca a nuestros antepasados y a esos utensilios que la arqueología, más que descubrirnos el pasado, nos revela el presente.

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  2. Excelente post: entre lo ameno, lo arqueológico ye lo itinerante.

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  3. Qué suerte tuvieron esos abrecartas, que fueron a parar a tu escritorio... Lo recuerdo como un pequeño teatro de juguete, lleno de personajes maravillosos, de roles intercambiables. No había mejor escenario para los juegos de un niño. Supongo que mi afecto por los papeles, por los objetos curiosos, por los materiales nobles, por la tipografía y por tantas otras cosas, nace entre abrecartas y pisapapeles, junto a tu escritorio.

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  4. Ah, Guillermo, hagamos como que nadie nos oye, tú ahí y a unos metros tu padre, sólo unos metros de pasillo por medio, pasillo real o de internet. Divirtiéndonos con esto, como niños, el niño que sigues siendo, el niño que fui. O sea, jugando en serio, como juegan los niños. Para ordenar el mundo, tú y yo, tan desordenados.

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  5. se ve entonces que el abrecartas también llama siempre dos veces: abracadabra, le susurra su filo a la misiva anhelada

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  6. Nada como jugar como lo hacen los niños que, ajenos a la naturaleza de su juego y antes de ser llamados al orden,nos enseñan lo que es creatividad en estado puro.

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  7. Abrecartas a la vez que (por su forma) pinzas del pelo, palitos de helado, depresores linguales y limas de uñas; además de estiletes, dagas, sables y espadas... en miniatura.

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  8. Su invitación a conocer los abrecartas y la referencia que hace de G. mirándolas me ha provocado algo que sale a continuación con el temor de estar rompiendo la Netiquette .

    Abrecartas

    Cuando me cruzo contigo
    siento el mensaje que me envías,
    a la velocidad de la luz con tu mirada,
    solo interrumpido por tus brevísimos parpadeos.

    Luego nos alejamos y en mi soledad,
    noto en mi corazón una carta
    conteniendo mi ignorancia,
    exigiendo mi atención.

    El ruido del mar,
    el silencio de las montañas,
    el canto de aquel jilguero
    se parecen a los latidos
    de este buzón de carne
    que ha recibido tu mensaje.

    Resistiendo el impulso de mis manos
    por abrir rudamente el sentido de tu mirada
    y leer su contenido,
    cojo el abrecartas del recuerdo
    y leo lo que has escrito
    esta mañana cuando te has cruzado conmigo.

    Son estas frases
    y con ellas, lo mejor de mi mismo.

    Gracias.

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  9. Y suerte que tenemos los lectores de este cuaderno con el pasillo de su casa: siempre aparecen cosas gratas que nos mueven, ya en principio, a sonrisa.
    Una discrepancia, Andrés: usted no fue un niño; usted sigue siendo un niño, sin que eso le quite un átomo de hombre, ciertamente.
    Precioso el texto,la composición y el homenaje (a los abrecartas y a los niños)

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  10. La primera idea que apareció , fué la de una tienda que solo vendiera abrecartas.

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