9 de octubre de 2011

Girbal, una vida en otras

LAS librerías de viejo, con su desorden, con su silencio, con su olor característico a papel florecido tienen algo vivo que jamás llegarán a tener los fríos listados de internet.
De no haber tenido ese libro en las manos, jamás lo habría leído, y se hubiese perdido uno no sólo una lectura entretenida, sino muchos pequeños detalles, tan exactos, tan valiosos. Se editó a costa de su autor, alguien tan modesto que se olvidó incluso de poner su nombre en él: F. Hernández Girbal, A los 97 años. Personajes, amigos, recuerdos y añoranzas. Aún viviría otros tres, llegando a centenario. La mayor parte de las semblanzas que aparecen en sus páginas las escribió Girbal poco antes de su publicación, en 1999. Pasan por ellas escritores, periodistas, autores de teatro, directores de cine, actores, unos importantes, otros olvidados, todos cercanos a él por razón de amistad, de trabajo, de guerra, de prisiones. Un siglo, monarquía, dictadura, república, guerra, cárcel, venganza franquista y supervivencia. Lo que relata es siempre de primera mano. Diego San José (y su paso por Porlier junto a Pedro Luis de Gálvez), del pobre Vidal y Planas marcado por el estigma de su crimen, Ramón, Jardiel, Ruano (cínico, cleptómano, indecente), Francisco Mateos, Tomás Borrás, José Mas, Retana, López Parra… Ni siquiera es un gran libro. Su prosa, un poco almidonada y sin sobresaltos, tiene ese olor característico del alcanfor, de la decencia y de la loción de barbero. Pero acaba siendo hospitalaria, como la sala de las viejas pensiones españolas, esas por las que pasaba la gente con su estela de fatalidad.
Es una lástima que Girbal no quisiera contarnos su vida, y sí hablar de otros. Quizá pensara que eran más que él. Pero lo cierto es que la suya fue una gran novela desatendida. Por el tono, habría sido un libro como Un hombre que se va de Zamacois, a quien también conoció. Los escasos datos que da de sí mismo Florentino Hernández Girbal nos dejan con ganas de conocer la verdad que esconden. Sólo los de la guerra y la posguerra bastarían.
Llegó a ser uno de los directores que tuvo Altavoz del Frente, y sólo de pasada nos confiesa que el final de la guerra le sorprendió en la cárcel: “La Junta de Casado me había tenido prisionero durante la lucha con los restos del Ejército Republicano desde los primeros días en que ocupó la Comandancia de Ingenieros del Centro, a cuyo Comisariado pertenecía yo. Y allí estuve, maltratado, hasta el 28 de marzo, en vísperas de la entrada victoriosa de los franquistas…”
En otro pasaje ya había hecho referencia a este episodio del que no quería hablar por no venir “al caso de lo que se relata”. Seguramente pensaba que, perdida la guerra, esos eran trapos que no había que lavar ni siquiera en casa.
Aquí y allá nos deja sus recuerdos, como viejas fotos en una pobre caja de zapatos: su trabajo antes de la guerra en la industria del cine; con Jardiel y Guillén Salaya, de sopetón, en una calle, en abril del 39 (“Ahora tendrás que responder de todo cuanto has escrito durante la guerra”, le dijo Guillén Salaya, que había sido su amigo y editor, y esa noche fueron a detenerlo): él en una traílla de presos llegando al penal de Ocaña; los años de vejámenes, postergaciones, fusilamientos, huidas y vida clandestina “con nombre pegadizo”; las nuevas detenciones, los procesos por masón…); su trabajo junto a su mujer durante años, en Barcelona, con ese nombre pegadizo (que no desvela), como floristero; su colaboración con seudónimo, como Eduardo de Guzmán, en Historia y Vida; su amistad con Tomás Borrás después de la guerra (“tuvo la delicadeza de regalarme todos sus libros excepto los dos panfletos indecentes” [Checas de Madrid, Madrid rojo])… 
Algunas anécdotas que ilustran mejor que tantos libros de historia más o menos sabida: el nombre que se les daba a las siglas CNT, AIT y FAI por aquellos que sabían que las instituciones anarquistas estaban siendo refugio de todos los reaccionarios de Madrid (Cavernícolas, No Temáis, Aquí Ingresaréis Todos; Faltan Algunos Indecisos), aquel Madrid de faicistas y failangistas. El cura preso tras la guerra por rojo que pregunta a su vecino de petate por qué está preso y le dice que le acusan de matar al cura de un pueblo cercano; le pregunta el nombre del pueblo, y resulta que aquel cura era él. Las bufonadas de Hemingway en el hotel Florida. Su vida en el penal de Ocaña...
Es posible que este libro lo olvide uno, como se olvidan tantos, pero durante unas horas nos hizo estar junto a un hombre del que en realidad no sabemos nada y que tampoco quiso desvelarlo, pero cuyas palabras hicieron que sintiéramos por él una gran simpatía, sin duda porque habiéndole tratado tan mal la vida, y sin querer olvidarlo, nunca se quejó de ello ni quiso pasarse por caja para cobrar los réditos, cuando pudo.
Robledano, Presos republicanos



2 comentarios:

  1. Es posible que memorias como esa no digan nada diciéndolo todo. La guerra civil solo podríamos haberla sabido de boca de la gente que la hizo, siendo conscientes de que cada uno vela lo que no quiere que se vea claro, resalta lo que considera que le engrandece. Lo que los hitoriadores nos permiten es conocer la guerra civil, pero saberla, solo la podemos saber por quienes la hicieron, la vivieron: su vesania, su sufrimiento, su amargura, su desesperación, su miedo, su... Y digo saberla por el regusto que deja en el alma cuando uno sabe lo que allí pasó y quién hizo lo que pasó, cada uno en su grandeza, cada otro en su vileza (buenísima la anécdota del cura, todo un ejemplo de cómo se hizo la represión franquista)

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  2. También publicó un precioso libro recopilando semblanzas de cantantes españoles de ópera. Es insustituible porque habla de algunas voces que no encuentras en ningún otro libro y abundan los "raros". La mayoría de reseñas fueron apareciendo en Ritmo durante años y años. Una joyita.

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