28 de julio de 2014

El derecho a la inocencia

SEGÚN mis cálculos, todos nosotros nos estropeamos antes de llegar a la mayoría de edad, de imprecisos contornos.  La edad de oro en la vida de un hombre, y claro, de una mujer, anda entre sus seis o siete años y los doce o trece, es decir, entre el uso de razón y lo que podríamos señalar como abuso de raciocinio, o sea, desde el momento en que un niño empieza a discernir aquellas cosas que pueden hacerle  o hacer daño (meter los dedos en los enchufes, beberse la lejía, tirar al hermanito por el balcón) y aquel otro en que, por una anomalía incomprensible, empieza a hacer únicamente las que le perjudican, creyendo además que son las únicas que le son beneficiosas. De ahí que cada vez que nos cruzamos con muchachos que no han alcanzado aún la mayoría de edad, la que acabará con ellos, sintamos una grandísima simpatía, tanta como nostalgia de nuestra propia juventud y un profundo respeto hacia ese sentimiento que les hace creerse invulnerables, aunque sepamos después que acaso por eso mismo nunca serán más vulnerables que entonces.
Así que cuando se nos hace testigos de un atropello o un abuso conducente a quebrar, someter,  humillar o acabar con la vida de esos jóvenes, quedemos anonadados, inermes, rotos. 
Acaba de suceder. Al asesinato de tres adolescentes judíos en Israel por razones de raza, ha seguido el talionesco asesinato por la misma sinrazón racista de un muchacho palestino de parecida edad, dieciséis años. La autopsia de este último ha revelado que fue quemado vivo. El hecho de que los primeros volvieran de una fiesta haciendo autoestop y el segundo paseara tranquilamente por una calle de su ciudad en el momento de sus secuestros, hace de estos crímenes algo aún más terrible. Como si se hubiese atentado no sólo contra su vida, sino contra la vida misma, contra la alegría de vivirla y la esperanza de cumplirla. Y por eso está justificado que alguien, incluso a miles de kilómetros y ajeno a esa sorda y sórdida guerra entre judíos y palestinos, haya llorado desconsolado al conocer la noticia. ¿Qué castigo habrá para unos crímenes como esos?, se pregunta. Y le embarga a uno una grandísima tristeza, porque piensa que los crímenes contra la inocencia y la alegría de los adolescentes podrá castigarse, pero ¿cómo perdonar, se dice, lo que atenta contra el derecho a la inocencia y la alegría de todos?
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 27 de julio de 2014]

25 de julio de 2014

Hasta septiembre

HA llegado el momento, amig*s, de tomarnos todos unas vacaciones hasta septiembre (*).
Os las deseo buenas: cortas si son largas y largas si son cortas.
Salud, saludos.
AT.
(*) Los artículos del Magazine de La Vanguradia seguirán apareciendo los lunes, y otros, si se tercian.

Paul Klee en Las Viñas, Julio de 2014

24 de julio de 2014

De libros viejos (y 2)

NINGUNO de los libreros anticuarios que los venden a precios fabulosos tiene cara de haberse leído en su vida un incunable. Ahora, hablan de ellos como cualquier donjuán.
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CUANTO más caros son los libros que vende, más se gasta en ropa el librero anticuario. No falla. Basta mirarle las corbatas de seda o los zapatos para saber qué nos pedirá por un libro. Pasa lo mismo en otros gremios: el instinto le lleva al negociante a mimetizarse con sus clientes.
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POR el contrario, los libreros de viejo a los que ha tratado uno, nuestros pobres y queridos libreros de viejo, amigos del alma, hermanos de traperías y desamparo, no suelen querer desprenderse de la mayor parte de los libros que venden precisamente porque se los han leído, de lo que jamás presumen: se lo impide el ser ellos, con ese aspecto que suelen tener de vagabundos y misántropos, unos perfectos caballeros.
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COMO el de la caza, el mundo de los libros viejos es coto casi exclusivo de los varones, tanto si hablamos de los libreros de lance, de viejo o anticuarios como si lo hacemos de bibliófilos, bibliómanos o lectores compulsivos. Diríamos que en todos ellos perviven las atávicas leyes cinegéticas y un arrojo de cazadores primitivos que estaríamos lejos de suponer en seres por lo general amorfos y pacíficos.
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EL librero anticuario es al cazador de monterías y safaris lo que el librero de viejo es a la caza menor (conejos, codornices, gamusinos), lo que la bala de gran calibre a la mostacilla. Por eso las bibliotecas donde hay esa clase de libros antiguos recuerdan a las mansiones en cuyas paredes se muestran cornamentas y trofeos, y aquellas donde hay libros viejos a pequeñas jaulas de pájaros, a menudo vacías.
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Y tras un post a esta entrada en el que se menciona a las mujeres, como muy necesarias en los almacenes de los libreros de viejo. No sólo en los almacenes, desde luego. Acaso por  no haber sido nunca mayoría en el gremio, el porcentaje de excelencia entre ellas se acerca al 100%. De las que uno ha conocido: Herminia Muguruza, née Allanegui. Acaso la primera que llevó la palabra naturalidad a un mundo, el de los libros antiguos y viejos, que bascula entre  lo superferolítico y lo zarrapastroso. Sin contar que la suya, Mirto, frente al Jardín  Botánico y detrás del Prado, era la única librería del mundo que ofrecía a sus distinguidos parroquianos a la hora del aperitivo una copa de fino o de jerez, con sus patatas fritas. Claro que ha de añadirse que en aquella, como en otras librerías de antaño, no solía haber nadie a esa hora ni a ninguna.


Almacén de libros viejos. Madrid, julio de 2014

23 de julio de 2014

De libros viejos (1)


NADA garantiza tanto la existencia de un libro como su desaparición (La Ventura, Trieste, La Veleta). Hará que los happy few lo busquen dentro de cien años como al unicornio. 
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LA inexistencia del unicornio no estorba su búsqueda. Tampoco le ha impedido pervivir hasta nosotros, al contrario de lo sucedido a tantas otras especies que, aun siendo reales, se extinguieron sin dejar el menor rastro en la biología o en la memoria.
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HACE ya muchos años que descubrió uno la causa del silencio inmerecido que rodea a menudo la labor editorial del siempre genuino y admirable Aberlardo Linares: aunque tengan el aspecto de nuevos, a él lo que le gusta editar son libros viejos. Así se lo dije a él precisamente el día en que se hizo la foto que acompaña esta entrada, noviembre de 2009. Había ido buscando algunos libros para la reedición de Las armas y las letras, que se preparaba entonces, y me mostró los que por entonces estaba él queriendo reeditar. Todos eran de viejo, pero hablaba de ellos con el entusiasmo que sólo ponemos en lo nuevo.
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EL sedicente bibliófilo no lee ninguno de los libros que compra. Se limita a manosearlos durante unos minutos y cuando ya no puede más, mete en ellos la nariz y sorbe su olor pausada, profundamente, cerrando los ojos, como haría un pervertido con la ropa interior de una mujer a la que nunca podrá gozar.


Librería Renacimiento. Valencina de la Concepción, Sevilla; noviembre de 2009


22 de julio de 2014

Como en patria propia (El Sinaia)


ENTRE enero y febrero de 1939 cruzaron la frontera unos cientos de miles de españoles en condiciones penosas y conocidas por todos: vencidos, muchos de ellos enfermos, la mayoría hambrientos, arrecidos y humillados por las autoridades franceses y los guardias senegaleses que los trataban con saña y desprecio. En vista de ello la mayor parte luchó desesperadamente por escapar de los campos, primero, y, después, de la condición de refugiados que les obligaba a vagar por territorio francés como apestados, sin papeles, sin dinero y sin idioma. De ese casi medio millón de españoles lograron subir al Sinaia el 24 de mayo de 1939 mil quinientos noventa y nueve. Al día siguiente zarparían de Sète, en el Mediterráneo, rumbo a Méjico. ¿Cómo lo lograron? ¿Quiénes eran?
Las historias grandes están hechas de pequeñas historias, pero es raro encontrar una historia pequeña que observada con atención a la debida distancia, si es humana, no muestre su grandeza. Es el caso de la de ese buque.
Por los días que escribió uno Días y noches (2000), una novela que relata esa travesía, alguien donó a la Fundación Pablo Iglesias un documento excepcional, el listado de pasajeros del Sinaia. En él figura nombre, edad, oficio o profesión, militancia política y sindical y cargos desempeñados antes y durante la guerra de la mayor parte de esos pasajeros. Están excluidos de él los nombre de las mujeres, de los ancianos y de los niños que viajaban en condición de familiares. Hombres: 953; Mujeres: 393; menores de 15 años: 253. Total: 1599. Escalas: Madeira, Puerto Rico y Veracruz, adonde llegaron el 13 de junio. “Porcentaje de analfabetos: 1,1%” (18 individuos; tasa de analfabetos en España en 1931, 38%). En este último dato se halla en parte la razón del embarque.
El Sinaia era un vapor de bandera francesa, fabricado en 1924. Había servido como buque mercante, pero en los últimos años se había pasado al transporte, más rentable, de soldados y peregrinos musulmanes a la Meca, y en la travesía mejicana sobrepasó su capacidad, por lo que muchos debieron viajar en bodegas y sollados asfixiantes en condiciones de suma incomodidad. Lo fletó el gobierno mejicano y organizó el embarque, por orden de Negrín, el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (Sere), tras una invitación del presidente mejicano Lázaro Cárdenas que vio en aquellos refugiados una contribución preciosa a la modernización de su país. La Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (Jare), creada en Méjico por los socialistas, acusó al Sere de favorecer a los comunistas, confirmando así que en el bando republicano seguían con la guerra civil. ¿Eran todos comunistas? Desde luego que no. A esas alturas probablemente no eran ni negrinistas. En Puerto Rico Negrín subió a bordo del Sinaia para dar a “sus” 1599 refugiados la bienvenida a tierras americanas –traje impoluto de hilo blanco, camisa de seda, corbata, zapatos de rejilla, canotier–  y esos 1599 refugiados amordazaron su indignación y perplejidad –mangas de camisa, ropa vieja, alpargatas– con un tensísimo silencio. En el barco viajaban, en efecto, algunos destacados comunistas, Pedro Garfias o Juan Rejano, que editaron mientras duró la travesía un periódico ciclostilado, y un fotógrafo que llegaría a ser tan famoso como Capa, David Seymour, Chim. Leyendo el periódico y viendo las fotos de Chim se diría que aquel fue un crucero de placer. Pero lo cierto es que a bordo del Sinaia viajaban 1599 personas tan entristecidas como esperanzadas, enzarzadas a menudo en agrias y sordas disputas políticas, y entre aquellas algunas de las mejor preparadas de la República Española, abogados, médicos, ingenieros, maquinistas, intelectuales, artistas y operarios cualificados que correspondieron a la generosidad y visión de Cárdenas trabajando en Méjico como en patria propia. Recordaban acaso aquello que había dicho un antepasado de todos ellos, gachupines y mejicanos, cuatro siglos antes: sólo es patria “donde se halla el remedio”. 
     [Publicado en El País el 20 de julio de 2014]


Maqueta del Sinaia. Foto: Carlos Rosillo

21 de julio de 2014

La vida de las abejas

IBA a tratar este artículo de una asombrosa costumbre, cada año más extendida: la de algun*s estudiantes de quemar en las hogueras de San Juan sus apuntes y libros de texto. Hemos visto a varios  de ellos jactarse de la gesta en televisión: es la prueba más triste del fracaso de todo nuestro sistema educativo. No sé, mejor que arrojar los apuntes y libros a las llamas, sería preferible tal vez que sus dueños se tiraran a la piscina desde un balcón, como es uso también: al menos los libros podrían servir a otros otro año. Pero cuando iba uno a hablar de este asunto, he aquí que vuelve a los periódicos una noticia alarmante: sigue la misteriosa y paulatina desaparición de las abejas de la faz de la tierra,  prueba también de otro fracaso mayor y de consecuencias impredecibles.

Mira uno con el mayor interés y desde hace muchos años todo lo relativo a las abejas. Mi padre era colmenero. Lo fue por afición toda su vida, y uno de los tres o cuatro libros que había en nuestra casa, hasta que entró en ella la modesta biblioteca de un tío cura, junto con aquel bendito cura, claro, fue precisamente un tratado somero de apicultura. El interés de uno por las abejas sólo puede ser desgraciadamente teórico, porque aprendí de niño y de forma dramática que era alérgico a sus picaduras. Sin embargo no hay libro o documental o artículo sobre  las abejas que deje pasar de largo, y más desde que murió mi padre; no deja de ser una manera de seguir a su lado.

Lo que leemos estos días resulta en verdad preocupante porque nadie conoce el origen de la desaparición de la población apícola: ¿pesticidas, cambio climático, virus? Los resultados de las investigaciones son contradictorios y los expertos empiezan a creer que se trata de una combinación de varios factores. La alimentación mundial depende de la polinización de las abejas tanto como de los estudios que acierten con las causas del apicidio. Entre estas no ha visto uno referida, sin embargo, la que un día acaso se demuestre como determinante: el desánimo. No tendría nada de extraño que unas moscas tan inteligentes (“moscas”, las llaman los viejos colmeneros), hayan decidido dejarse morir, como algunas ballenas, viendo una sociedad tan estúpida en la que se permite a unos jóvenes quemar sus libros  y jactarse de ello en público, que es en el lenguaje de las abejas como si se diera el gobierno de su colmena a los zánganos.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 20 de julio de 2014]

20 de julio de 2014

Postalero

MUNDINOVIS, estereoscopios, visores... Los vemos, y nos quedamos ensoñando la posibilidad de una huida. ¿Adónde? Al pasado. No hay otra posible. Cuando a Arcadia se la llama utopía, es inalcanzable. Si le damos su verdadero nombre nos espera muy cerca, pero a nuestras espaldas.
Viajar en el tiempo de los estereoscopios y visores era asunto de ricos, de viajantes de comercio y de vagabundos. 
Acaso por ello no había casa burguesa donde no hubiese uno de esos artilugios que traían a sus plácidas veladas países exóticos, costumbres de las razas diversas, las maravillas de los confines remotos...
Cuando apareció la carta postal estos viajes inmóviles se democratizaron aún más, y la fotografía se extendió de los burgueses a los empleados modestos y proletarios ilustrados, de las manos de los adultos a las de los niños. Su éxito fue tal en la última década del siglo XIX y la primera del XX, que desde entonces no hizo sino crecer, y empezaron a circular en todas las direcciones el globo terrestre un sinfín de postales, como el hilo de lana de una madeja. De todos los papeles que haya inventado el hombre la postal ha sido acaso el más perdurable: ¿quién podría destruir las buenas noticias que suelen traer o las imágenes hermosas y singulares que aparecen allí? 
Para conservarlas se idearon postaleros como este, que ha llegado a nosotros cien años después sin haber sido usado jamás. 
Cuando vayamos poniendo en él las viejas postales que ahora guardamos en cajas de zapatos, reunidas a lo largo de los años en los lugares más extraños y alejados de sí, estaremos  dibujando no sólo un camino hacia Arcadia, sino el mapa ideal de un país extinguido en su mayor parte, el de los sueños, tal y como sucede cuando haciendo correr la señal por el dial de un viejo aparato de radio leemos el nombre de países que han desaparecido hace noventa años y ciudades que han cambiado de país cuatro o cinco veces.

Postalero modernista francés de principios del siglo XX. Tapas y páginas interiores. 28 x 44 cms.