27 de julio de 2015

Veranos felices

Nos habíamos quedado la semana pasada leyendo La Cartuja de Parma. Nos preguntábamos: ¿No es preferible esta novela a muchas historias actuales?  ¿Por qué no, nos  decíamos, volver a uno de aquellos veranos donde sólo había cabida para los grandes placeres de la vida? Entre los de aquella primera juventud figuraba el supremo, descubierto por entonces, de la lectura.  Lecturas desordenadas y voraces, absorbentes y fabulosas apenas comparables con nada. Y estas lecturas fueron las que de hecho acabarían dándoles nombre a todos y cada uno de ellos: el verano de Huckleberry Finn, el de Kim, el de Sherlock Holmes y el de Agatha Christie y años después el de Simenon, dedicados casi por entero a sus adictivas novelas de intriga, el verano de Robinson Crusoe, el de Fortunata y Jacinta, el de Guerra y paz, el de David Copperfield, el de La Cartuja de Parma... 

La relectura de algunas de estas obras ha llegado a convertirse en un rito recurrente de nuestros veranos. El de este ha vuelto a ser La Cartuja. Como es sabido Stendhal la escribió en un rapto de 53 días y narra la historia de Fabrizio del Dongo, un joven atolondrado del que está perdidamente enamorado la bellísima y fascinante duquesa de Sanseverina, su tía, historia de amor imposible. Es ligera como el libreto de una de las óperas de Rossini, y risueña como su música, porque Stendhal no necesitaba dejar de ser jovial para ser profundo, y eso en un tiempo en que en Francia, como hoy en el mundo, reinaba la vanidad, la estupidez y la codicia.

En esa novela figura esta frase: “La política en una obra literaria es un pistoletazo en medio de un concierto, una cosa grosera y a la que, sin embargo, no se puede negar cierta atención”.  Con todo y con ello mucho habla Stendhal de política en esa novela, ferviente admirador de Bonaparte como era y de su idea de una Europa en la que sus ejércitos trataron de imponer la libertad, la igualdad y la solidaridad a los cerriles nacionalismos y populismos  locales (españoles y rusos a la cabeza). Ya conocemos los resultados de un referéndum griego de impredecibles consecuencias (otra historia de amor imposible), pero sigue uno leyendo La Cartuja como si nada sucediera alrededor, como si nada pudiera suceder, pues a los primitivos placeres de la juventud ha venido a sumarse esta serenidad, más o menos fingida.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de julio de 2015]

21 de julio de 2015

Una entrevista

En El Cultural de El Mundo, respondiendo un cuestionario y preguntas de Blanca Berasategui.

19 de julio de 2015

La novela del día

Se ha dicho muchas veces: las pantallas de nuestros pequeños ordenadores son palimpsestos. A veces, con el tiempo, emerge del fondo de un viejo palimpsesto la escritura borrada por alguna razón, y esta resulta más interesante que aquella que la sepultó. Hoy en esta página que lees deberías leer lo que escribió uno ayer, borrado sólo hace un momento: la novela del día.

Las novelas han estado desprestigiadas más o menos desde siempre. Incluso los propios novelistas son los primeros en denostarlas. Decía recientemente un premio Cervantes que el Quijote era un libro para mujeres (no le quedó claro a uno si con quien quería meterse era con las novelas en general, con el Quijote en particular o sólo con las mujeres). Pero lo cierto es que a las novelas recurren los historiadores cuando quieren saber aquello de lo que no se ocupa la Historia, los impulsos más o menos irracionales que  rigen este irracional mundo nuestro. Hablaba uno en su novela del día de algunos hechos significativos. ¿Por qué los he borrado? Porque uno es un cervantino convencido y lo que salía era un esperpento: una monja real, detractora de las vacunas, que se exclaustra para inocular nacionalitis allá donde la dejen, y otra figurada, en cuyo semblante incrédulo, en éxtasis perpetuo, puede leerse cada minuto: ¡soy alcaldesa de Barcelona!  Un concejal de Madrid que se ha mofado de las víctimas del holocausto y del terrorismo sin más consecuencia que un cambio de poltrona, familias enteras (políticas y de sangre) desfilando por los juzgados imputadas por corrupción, reyes que abdican por miedo y reinas que simpatizan temerarias con quienes probablemente le cortarían la cabeza, porque llevan en los genes la guillotina, republicanos que salen a escena como Celia Gámez levantando las piernas y cantando el “banterita, tú eres grande, danderita, tú eres gualda (lo recordaba el gran Santiago González)  y “patriotas” que en asuntos de corrupción aplican el consejo de un padrino a su ahijado el día de su boda: “aunque vuelvas a casa oliendo a puta, tú niega siempre; he aquí el secreto de un matrimonio feliz”...

¿Se entiende por qué ha borrado uno todo lo anterior, y empieza a leer La Cartuja de Parma? Ah, volver a una novela como esa, después de tantos años, es sólo comparable a volver a un amor de juventud. No hay novela del día que pueda resistir la comparación.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 19 de julio de 2015]

13 de julio de 2015

Los tiempos que se avecinan

La Autobiografía de Bertrand Russell asombra de veras. Vivió casi cien años y le dio tiempo a todo. Es imposible que su figura se le haga  antipática a nadie. A ello contribuye el finísimo humor (¿hay otro?) con el que trata las cosas de este mundo y a sí mismo.  Empezó siendo aristócrata (por donde empiezan la vida los aristócratas), descolló muy joven como matemático y filósofo, se casó cuatro o cinco veces, fue un socialdemócrata convencido, vivió en grandes casas, compradas con su trabajo (no le dio mucha importancia al dinero, pero tampoco a los honores, entre ellos el Nobel), fue amigo de los espíritus más esclarecidos de su tiempo, de Konrad a Einstein, y acabó en la cárcel,  ya octogenario, por activista en una campaña a favor de la desobediencia civil y contra el rearme atómico. Esta fue la gran preocupación de sus últimos años: los tiempos que se avecinaban. Convencido de que la humanidad desaparecería en una guerra nuclear, creía que en el ser humano había una pulsión más fuerte que el instinto de supervivencia, la de destruir al enemigo.

La inquietud y zozobra por los tiempos que se avecinan es propia de todos los tiempos.
Al temor a acabar con el planeta en una guerra nuclear se le ha sumado otro: el de que lo estamos destruyendo por políticas medioambientales, estúpidas por suicidas y suicidas por irresponsables. Hace unos meses el papa Francisco afirmó, a propósito de los atentados de Charlie Hebdo, que si alguien le mentaba a la madre, podía esperar que él le respondiera, en primera instancia,  con un puñetazo. Quizá alguien le ha explicado que esa actitud, aparte de poco cristiana, no sólo no arregla las cosas, sino que las agrava. Así, que, con buen criterio, ha decidido olvidarse de su madre, para ocuparse de la de todos, la madre Tierra, a la que no pasa día que, con mayor o menor responsabilidad, en mayor o menor medida, no maltratemos desde nuestros cómodos hábitats del primer mundo, ese que está acabando con todos los demás.

El consumo no conduce necesariamente al bienestar, el progreso puede destruirnos, nos advierten los científicos (y la Iglesia no ha querido esperar cinco siglos para hacerse eco), porque esto hemos avanzado desde Bertrand Russell: si en su tiempo el ser humano encontraba un gran placer en destruir al enemigo, en este parece hallarlo aún mayor destruyéndose a sí mismo.

   [Publicado el 12 de julio de 2015 en el Magazine de La Vanguardia]

6 de julio de 2015

De Tierno a Carmena

Tierno Galván fue uno de los alcaldes más populistas que ha tenido Madrid, y por ello uno de los más imprevisibles.  A su entierro acudió una multitud que no se veía en Madrid desde el de Franco. Decía Juan  Ramón Jiménez que no había nada más triste que un viejo (y Tierno hacía un uso gimnástico de lo de “viejo profesor”), solicitando, persiguiendo, suplicando el favor y simpatía de los jóvenes. Aquel grito suyo al final de uno de sus bandos, recordado hoy, pone los pelos de punta: “¡Rockeros: el que no esté colocado, que se coloque... y al loro!".  

Tierno fue también quien acabó con el Rastro de Madrid,  tal y como se había conocido durante doscientos años. Lo prohibió entre semana y regló, mediante ordenanzas estrictas, un mercadeo basado hasta entonces en la libre circulación y en manos, en parte, de mendigos, traperos, aljabibes, chatarreros y demás gentes de la busca. El Rastro era uno antes de Tierno y otro, mucho más pobre y aburrido, después. Defendió sus medidas diciendo que quería no recaudar más impuestos (la verdadera razón), sino acabar con los hurtos y pequeños robos que lo justificaban. ¿Acabó con ellos? Desde luego que no, pero sí con el Rastro.

Por si no bastara, le dio por escribir aquellos bandos. Se hicieron famosos y se los  celebraban en todos los periódicos como piezas maestras de la oratoria. Eran de una pedantería y cursilería insufribles, con giros tomados de lo que él creía clasicismo: “es menester”, “hogaño”, “antaño”... En fin, el vuelo de la polilla.

Nada de todo esto impidió que uno le votara, y no una, sino dos veces: Tierno llevaba en su programa la demolición del paso elevado de Atocha, conocido como Scalestrix. Este era no sólo una aberración urbanística, sino el símbolo del  desarrollismo franquista. Muchos decían, no lo hará, no se puede hacer, no podrá asumir los gastos de la demolición (ciertamente fue muy costoso echarlo abajo), pero lo hizo. Y no hay vez que pase por Atocha que no tenga uno para aquel alcalde un recuerdo de gratitud. Manuela Carmena es, en muchos aspectos, una resurrección del “viejo profesor”:  los mismos usos, el mismo populismo, la misma adulación a los jóvenes. No obstante, ha asegurado que reducirá la pobreza e incrementará la educación de los barrios marginales de Madrid. Si lo logra, ¿quién no se alegrará?

      [Publicado el 5 de julio de 2014 en el Magazine de La Vanguardia]

29 de junio de 2015

Aire, aire

La casualidad ha querido que se encontrara uno en el Puente de las Artes de París cuando gendarmes y empleados de la municipalidad retiraban los candados que durante más de diez años han ido colgando de su pretil miles de parejas de todo el mundo. Desde una y otra orilla policías y periodistas, transeúntes, aborígenes y turistas, mirábamos curiosos aquel quirúrgico trabajo de ir quitando uno a uno con grandes cizallas los candados de marras, símbolos del amor.

¿Del amor? Veamos. Parece que todo se originó en cierta novela de Federico Moccia, Tengo ganas de ti, en la que sus protagonistas prendían un candado en el Ponte Milvio de Roma, como testimonio de su compromiso. Como lxs púberes propenden a la gesticulación y a los arrebatos que suponen románticos, hicieron causa común con los personajes de la novelita, y un buen día empezaron a verse los primeros candados en el Puente de las Artes y en otros puentes del mundo. Decía Baroja que el carlismo se cura viajando. Hoy día nada circula tanto, tan rápido y tan seguro como una tontería bien publicitada. 

Asistimos también al comienzo de aquella moda. Algo curioso: recuerda uno que al principio la gente tendía a poner su candado junto a otros, con timidez, tal y como hacen las abejas que quieren formar enjambre, tal y como ocurre en las playas con los bañistas. Llega una pareja a una playa vacía de ocho kilómetros, extienden su alfombra y sus cuerpos y se aprestan a oír en silencio cómo el mar va pasando las olas en el gran libro de arena, pero al cabo de un cuarto de hora columbran a otra pareja de bañistas en lontananza. Caminan hacia donde ellos están. Piensan: se detendrán antes. Pues no, instalan su cháchara justamente al lado. Parece que es este un comportamiento muy estudiado en tercero de psicología. Al ver aquellos pocos candados, uno vaticinó: “Esta bobaba no va a prosperar”. Hace dos semanas han decidido quitar las 45 toneladas en que se estima el peso de unos candados que amenazaban con hundir el puente, y el aire ha vuelto a circular entre los barrotes. La metáfora del candado en la ciudad del amor libre (¿pero es que hay algún gran amor que no lo sea?) era además desafortunada. Los únicos candados relacionados con ese asunto eran los que se ponían en los llamados cinturones de castidad. Y eso en París no es que sea un atentado contra la libertad del amor, sino una estupidez. 

  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de junio de 2015]

21 de junio de 2015

Marcos, molduras

El marco que se le pone a un cuadro es importante. De ello depende muchas veces que la pintura se aprecie mejor o peor, adecuada o inadecuadamente. Cada época ha seguido sus propias modas al respecto. Los marcos dorados que imperaron en el último tercio del siglo XIX y que sirvieron para enmarcar la mayor parte de los impresionistas, hoy nos resultan abusivos, y llegan a cortar el aliento. Se supone que están dorados con panes de oro auténtico, pero parecen de purpurina. Ver, por ejemplo, una pintura de Van Gogh enmarcada de esa manera versallesca resulta desconcertante. El propio Van Gogh, si mal no recuerdo, y los cubistas, que se dieron cuenta de ese problema, llegaron a pintar algunos de esos marcos, tratando de adecentarlos.

El marco viene a ser como el traje con que se viste a una obra. No conviene que sea ni mejor ni peor que la obra a la que sirve, sino el adecuado.  Los pintores y decoradores (en realidad casi todos eran decoradores metidos a pintores) de la llamada escuela de Cuenca, de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo,  daban más importancia a los marcos que a sus propias obras, lo que no era difícil. Pusieron de moda los marcos antiguos y lujosos, holandeses y castellanos del XVII, venecianos de carey y marfil del XVIII, medias cañas inglesas o isabelinas del XIX, y los usaron para realzar una mercancía en general insignificante que trataban de pasar por “gran arte”. Pensaban, acertadamente, que los marcos eran un gran aliado en el timo del arte moderno.

Los programas con los que se han presentado en las pasadas elecciones los partidos políticos tienen mucho de marcos, de molduras. La mayor parte de los candidatos los usan para salir favorecidos, pero  ganan las elecciones, pasa el tiempo, y como a menudo sucede con las pinturas, el marco va por un lado y la obra por otro, los programas acaban volviéndose de purpurina y la realidad quedándose en nada, en pura decoración. Es raro encontrar a un artista que quiera enmarcar su obra de una manera sencilla, tanto como encontrar a un político dispuesto a admitir sus incumplimientos. Por eso sólo los más avisados cuando miran un cuadro se olvidan del marco. Pero ¿no es extraño que incluso a los más inteligentes, cuando tienen que votar a alguien, les dé igual que el político al que votan haya incumplido su programa o les haya robado o timado?

   [Publicado el 21 de junio en el Magazine de La Vanguardia]