24 de mayo de 2017

Feria del Retiro

A quien interese: 

este sábado 27 por la tarde (de 19:00 a 21:00, y único día en toda la Feria del Libro del Retiro) estaré en la caseta 336 de la editorial Pre-Textos para firmar mis libros a quien lo desee.

Rosas de mayo, 24 de mayo de 2017

14 de mayo de 2017

La estafeta romántica

UNO de los cuarenta y seis Episodios Nacionales se titula así: La estafeta romántica. La novela está contada a través de las cartas que una docena de personajes se cruzan por media España. Es fascinante la novela y asombrosa, genial, la pericia de Galdós  para embelesarnos, como si nos llevara embebidos o con baba de buey (que así se les llamaba en Castilla a esos hilillos de araña que andan flotando por el aire, dando a entender que llevar a alguien con ronzal tan sutil es conducirlo sin esfuerzo).

Y lo primero que se nos viene a la memoria son aquellos tiempos en que la gente escribía cartas que tardaban días, semanas, meses en llegar. Internet ha hecho del presente  algo abrumador, invasivo. “En vivo y en directo” es lema de periódicos e informativos, casi una caricatura. En el momento en que los personajes de esa novela galdosiana rasgan el sobrescrito y leen la carta, todo lo que se cuenta en ella puede ser ya historia, agua pasada. Los hechos tienen, pues, la importancia relativa que tienen y los corresponsales aprovechan para expresar en ellas sentimientos, ideas, temores y esperanzas intemporales, a las que no atropellen las circunstancias. Busquen, lean y admírense de las Cartas privadas de emigrantes de Indias que hace años recopiló Enrique Otte. Las escribieron a finales del siglo XVI y principios del XVII indianos a los que se les desgarraba el corazón pensando en sus lejanos seres queridos.  No menos románticas que las novelescas de Galdós, están sembradas de informaciones veraces, exactas, preciosas de la realidad. Son, con el Quijote, el gran tesoro de la lengua castellana por su emoción y naturalidad, sentimientos que tienen que ver más con la vida que con la literatura, o si prefieren, que nos enseñan a hacer que la literatura sea algo más que literatura, por lo mismo que las cartas galdosianas hacen que pensemos, sobre todo, que la literatura vale poco si no es vida.Va leyendo uno La estafeta romántica y estas cartas de indianos. No podemos dejar de sentir cuántas cosas nos ha dado internet, y cuántas nos ha quitado. A nuestro móvil llegan por whatsapp, puntuales, perentorios, los sucesos, pero paradójicamente estos nos hacen sentir nostalgia de aquellas largas cartas que llegando con días, semanas, meses de retraso, traían un providencial alijo de palabras imperecederas.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de mayo de 2017]

7 de mayo de 2017

La victoria de los perdedores

HOY por hoy sólo es noticia un medio-hecho: Eta (aún con el verdugo puesto) comunicó a las autoridades francesas las geolocalizaciones de sus arsenales: 120 pistolas y 3 toneladas de explosivos. ¿Significa esa entrega una rendición? Los  caballeros, llegado el caso de la derrota, confiaban su espada al vencedor. Don Quijote la rindió al de la Blanca Luna. Y por supuesto, con la visera alzada. En otras culturas como la japonesa se quitan la vida, todo antes que llevarla sin honor. ¿Podemos pensar que alguien que fue cobarde con un arma en la mano, dejará de serlo sin ella? Si no ha habido nadie en Eta que “diera la cara” en tal acto es porque nunca fueron soldados, sólo sicarios, asesinos. Las entregaron en su nombre unos curas, como en una escaramuza de carlistas. 

Hace años, un alto funcionario del gobierno de Aznar se entrevistó con Tony Blair, entonces primer ministro británico. Acababa él de firmar la paz con el Ira, y le dijo que fuesen cuales fueren los acuerdos con Eta, deberían escenificar la entrega de armas. No porque las armas tengan mucha importancia (al fin y al cabo el mercado negro está lleno de ellas), sino porque de toda la lucha armada sólo se recordaría esa foto. “Una derrota sin escenificación no vale nada”, le dijo; “Una derrota sin vencidos es una victoria de los perdedores”. No habrá esa foto, Eta y los trescientos mil vascos en cuyo nombre asesinaban se han ocupado de que no la haya. 

Otras veces se ha traído aquí el difícil, inestable triángulo: paz, justicia, olvido. Sin olvido no hay paz, pero sin justicia no hay olvido. ¿Quiénes han de olvidar? Las víctimas. Hoy, por el contrario, son los victimarios quienes tratan de imponer el olvido a la sociedad a la que combatieron y amedrentaron durante cuarenta años de forma despiadada y siniestra. Para ello, como han recordado algunos, necesitarán contar  las cosas de otro modo, adueñarse, como ahora se dice, del relato. ¿Y cómo? “Cambiando las armas de matar por las mentiras”, han dicho las víctimas. La primera de ellas es presentarse  como un ejército de soldados (gudaris) que tuvo sus buenas razones para matar, lo que hace de las víctimas gentes que tuvieron también sus buenas razones para morir. Han entregado las armas, pero no la verdad. O sea, no han entregado nada. Nada que traiga un poco de paz, de justicia y de olvido.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de mayo de 2017]

6 de mayo de 2017

Calle del poeta Joan Maragall

EL pasado 28 de abril el pleno del Ayuntamiento de Madrid, a propuesta de un Comisionado creado por las diferentes formaciones políticas que lo integran, acordó cambiar el nombre de 52 calles del callejero de la ciudad, relacionados con el levantamiento de 1936 contra la República y con la represión franquista, y en aplicación de la ley conocida popularmente como “de la Memoria Histórica”. 

El último de esos nombres, apenas unos días antes de ese pleno, fue el de la calle del Capitán Haya, que pasará a ser calle del poeta Joan Maragall. Que había que cambiar el de Capitán Haya (o el de Millán Astray, contra la opinión en este último caso del Partido Popular y de algunos colectivos de legionarios), no ofrece duda. ¿Pero qué tiene que ver el poeta Joan Maragall con la ciudad de Madrid, él, que murió en 1911, sin conocer, por tanto, ni la guerra civil ni, claro, el franquismo? Aquí entra de lleno el hablar del trabajo de ese Comisionado, presidido por la abogada Francisca Sauquillo, secretariado por Txema Urquijo e integrado por los historiadores Octavio Ruiz-Manjón y José Álvarez Junco, la arquitecta Teresa Arenillas, la filósofa Amelia Valcárcel, el cura Santos Urías y yo mismo. De este grupo sólo puede uno decir  tres cosas: que, hayamos o no acertado, se lo tomó muy en serio; que nuestras decisiones, en un ambiente de respeto y amistad (y casi ninguno nos conocíamos personalmente de antes), han sido unánimes en más del 90% de los casos, y que pese a nuestras deliberaciones a veces vivas y empeñadas, jamás hemos olvidado aquello que decía Giner de los Ríos: “todo lo sabemos entre todos”. Quiero decir, que nos ha movido el propósito de cumplir la ley y hacer algo que sirviera a todo el mundo. Sí, hemos desmilitarizado en parte el callejero (a sabiendas incluso de que hubo militares, Vicente Rojo, por ejemplo, que merecen una calle y aun más, como defensores de la legalidad republicana). Para substituirlos hemos buscado modelos de excelencia en todo tiempo y lugar, para unir y no para separar, descomunales más que comunes y de todos, para todos y entre todos. Joan Maragall, por ejemplo. Así puede verse aún en su admirable epistolario con Unamuno. Un catalán, un vasco, dos españoles. “La voz de Maragall es simplemente hermosa”, nos dice en “Milagro español” el pintor y exiliado Ramón Gaya, que también contará a partir de ahora con un rincón en el callejero madrileño; y añade: su voz inspiradísima “no tiene esa ambición de obra que precipita a los artistas en el infierno de la creación torturada, desesperada, sino que, de una manera armoniosa, con un ritmo de conversación, va entregándonos el mar, las nubes, los pinos, los montes. Enamorado cuerdo  de todas estas cosas vivas, no quiere alterarlas y pone un gran cuidado en no quitarles hermosura y, sobre todo, en no ponerles hermosura”. Ese fue el poeta Maragall, primer traductor de Nietzsche en España (en catalán), alguien que como el filósofo alemán puso el acento en la vida, más que en la historia, y en la realidad, más que en los mitos. Y esta lección vale lo que todas las guerras y para todas las ciudades. Lástima que los españoles de 1936 no lo tuvieran más presente. Lástima sería que los de 2017 tampoco. Bienvenido, pues, el poeta Joan Maragall al callejero de Madrid.

     [Publicado en La Vanguardia el 6 de mayo de 2017]

2 de mayo de 2017

El trabajo gustoso

“LA renta básica universal sería el mayor logro del capitalismo”, ha afirmado Rutger Bregman,  historiador holandés, autor del libro Utopía para realistas. Propone 15 horas  laborales a la semana para acabar con la desigualdad, y repartir dinero gratis. Lee uno con atención alguna de sus propuestas y, ni que decir tiene, con sumo interés: “Hay muchas pruebas científicas que demuestran que la pobreza es enormemente cara: genera más delincuencia, peores resultados académicos, enfermedades mentales…”. En una entrevista explora algunas otras sendas con parecido brío: “El gran desperdicio de nuestros días son los millones de personas que están atrapados en la pobreza o en un trabajo inútil. (...) Creo en la libertad individual y la gente sabe qué debe hacer con su vida... compramos cosas que no nos hacen falta para impresionar a gente que no nos gusta”. 

¿Son utópicos estos propósitos? ¿Lo mejor para disponer de chatarra es envejecer artificialmente el hierro? Utopías fueron también en su día, cierto, la jornada de ocho horas o la jubilación a los sesentaicinco años, derechos hoy más o menos firmes, inamovibles. Ellos fueron el principio del fin de la más inicua maldición bíblica, “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, origen de la absurda condena de la pereza como madre de todos los vicios (al fin y al cabo, sin holganza no hay filosofía, y sin filosofía no estaríamos donde estamos ahora mismo, pidiendo la reducción de la jornada laboral). De acuerdo.

Pero tiene uno, sin embargo, que hacer una pequeña objeción al señor Bregman: si la gente sabe qué hacer con su vida, ¿por qué compra tantas cosas innecesarias? ¿Y en qué empleamos la mayor parte de nuestro tiempo libre? ¿Nos cultivamos acaso más, ayudamos desinteresadamente a otros a hacerlo, a que puedan vacar como nosotros? El recuento de las “actividades lúdicas y de ocio” en las sociedades desarrolladas  causa espanto, y saca uno la conclusión de que  cuanto menos trabaja el hombre y más dinero tiene, más prisa se da en destruir el planeta. Por eso la única solución acaso sea la que arbitró el poeta Juan Ramón hace ya un siglo: mucho trabajo, pero libre y gustoso, y una vida decorosa y austera, sin amos, entre los que el dinero es el más déspota y sin escrúpulos.

   Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de abril de 2017]

27 de abril de 2017

Este pasado lo vamos a ganar

A día de hoy es harto difícil saber cómo se valorará el descubrimiento de los historiadores Álvarez Tardío y Villa García. Se trata de un asunto serio, que no puede despacharse a la ligera, pero ¿será tenido por definitivo, se matizará, se olvidará pronto? La propaganda a velocidad de crucero no es cosa que se detenga de un día para otro. En todo caso de lo que habla su libro (1936: Fraude y Violencia)  es precisamente de esto: el pasado es algo que se escribe cada día y todo lo sabemos entre todos. Acaban esos dos investigadores de dar a conocer algunas actas electorales de febrero de 1936 que permitieron el triunfo del Frente Popular. Según sus investigaciones, labor de hormiguitas, minuciosos y tenaces arqueos de contable, las irregularidades acreditadas y patentes en el recuento de casi doscientos mil votos proporcionaron cincuenta escaños a las izquierdas, sin los cuales aquel triunfo habría quedado comprometido. Toda distopía a partir de este dato es legítima pero irrelevante, porque, sí, no sabemos si un recuento riguroso y honrado habría evitado la guerra civil y lo que ya conocemos de sobra.

Las interpretaciones de estos dos historiadores serán rebatidas o no por abusivas (los datos que presentan, no obstante, son irrebatibles), pero de momento añaden mayor complejidad a lo que era ya de por sí una maraña: el levantamiento militar de julio de 1936 sería, según su investigación, contra un Régimen legal (la República) que acaso no era todo lo legítimo que se suponía. 

El de la legitimidad de la República frente a los golpistas militares y fascistas ha sido durante años uno de los bastiones inexpugnables de los que perdieron la guerra. También durante ochenta años triunfó la idea de los perdedores, según la cual los mejores escritores e intelectuales se habían puesto del lado de la República. Esta se demostró hace ya tiempo no ya inexacta o discutible, sino falsa de toda falsedad, lo cual, dicho sea de paso, no hace mejores a los franquistas. ¿Qué sucederá con estas nuevas revelaciones? ¿Miraremos a otro lado con cinismo por conveniencia? No deberíamos. Porque el pasado es lo único que podemos ganar y compartir sin enconos: ya no duele. Y si duele, es que no es pasado todavía.

     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de abril de 2017]

PD. Y para los interesados en el asunto, aquí van dos muestras de lo que anuncia el artículo. La réplica de Santos Juliá al trabajo de ATardío y VGarcía, y la respuesta de estos a SJuliá.

23 de abril de 2017

Apreciado comandante

(Carta blanca)
USTED no me recordará, pero le debo una de las mayores alegrías de mi vida. Pocos habrán sido más felices que yo el día que recibí la notificación según la cual, “y conforme al cuadro de inutilidades vigente”, me comunicaba que había sido excluido del servicio militar, declarándome, como entonces se decía, “inútil total”, fórmula esta muy de mi agrado para asuntos castrenses. Con aquel certificado en la mano (que aún conservo por si algún día movilizan mi quinta), cuántas cabriolas no daría, qué temerarias gambetas. De haber tenido valor entoces habría corrido a ponerme a las órdenes de usted. Lo hago con más de cuarenta años de retraso y bien que lo siento, porque tampoco sé si todavía vive. La búsqueda por internet me ha llevado a un “Boletín Oficial del Estado de 3 de noviembre de 1938”. Allí aparece su nombre, entre otros, “promovido al empleo de sargento provisional”. Cuando su vida y la mía se cruzaron aquella mañana de julio, yo acababa de cumplir veinte años, usted andaría, supongo, por los sesenta y a mí me habían citado en el Hospital Militar de Valladolid. Las probabilidades de que mis dioptrías pudieran burlar al tribunal médico eran nulas (yo en aquel tiempo veía moscas en el horizonte). Viajé desde León en el primer tren y fui leyendo Conversación en La Catedral. Me pasaron a su consulta y empezó usted a meter y sacar cristalitos en una de esas lunetas de hierro que usan los ópticos. Entonces reparó en el libro, y me preguntó por él, por su autor, por el famoso boom… Yo iba hablando y usted me oía en silencio, sólo preguntaba “¿mejor? ¿peor?”, con cada nueva lente. Me dejó parlotear cinco o diez minutos. Pasamos a su despacho y, sin despegar los labios, garabateó algo en una libreta. Al terminar, levantó los ojos, se me quedó mirando unos segundos, y me dijo: “Hijo, de la vista estás divinamente, pero a ti la mili no te va a servir de nada. Tú lo que tienes que hacer es aprovechar el tiempo, estudiar, leer  muchos libros y contárnoslos luego. Hala, vete.”. Salí de allí y nunca más volví a verle ni a saber de usted. Ah, si viviera. A las tres o cuatro semanas recibí ese papel para mí más poético que las Églogas de Garcilaso, soldado ilustre. Hace un mes pude al fin contar a Mario Vargas Llosa aquel hecho en verdad prodigioso que da sopas con honda a todo el realismo mágico, y le agradecí que hubiera escrito una novela tan formidable como providencial. Hoy se lo agradezco a usted. Los libros me han traído a cierto Comisionado de la Memoria Histórica, que anda estos días quitándole la calle a algunos generales, conmilitones suyos. Quiero que sepa que si de mí dependiera, una de ellas llevaría hoy el mombre de Comandante Darío Valcuende Torices, el buen samaritano. Y no digo más. Suyo afecto, Andrés García Trapiello, recluta del reemplazo de 1973, cuando Franco.

       [Publicado en El País Semanal el 23 de abril de 2017]

PD. Alguien colgó hoy mismo en el AT de Fbook este comentario: "Qué maravilloso desayuno este Domingo. Estoy en , Cali, Colombia, me llega su columna " Apreciado comandante" vía Wassap con el texto " mirad qué bonito recuerdo" y mientras unto las tostadas comienzo a leer. Casi desde el principio empiezo a notar un nudo en el estómago, emoción que va subiendo hacia la garganta y termina en una llorera atiborrada de preciosos recuerdos cuando leo el nombre de su "Apreciado comandante" y constató lo que imaginaba desde el principio; su apreciado comandante es mi querido abuelo, un gran tipo, afable, divertido y buena gente, al que recuerdo siempre haciendo algo, que si en la huerta, que si en los chopos, que si podando, que si haciendo alguna chapucilla en la casa, preparando la paella de los domingos para toda la familia con un porrón de vino con gaseosa al lado, recibiendo a todo el que pasaba por allí con una enorme sonrisa, durmiendo la siesta en una hamaca colgada entre dos manzanos y yendo a tomar el vinín los domingos de verano después de la misa en el pueblo hecho un pincel de traje blanco o guayabera.
Todo esto me he desayunado hoy gracias a usted.
Muchas gracias,
Olga Sánchez Valcuende".