29 de junio de 2015

Aire, aire

La casualidad ha querido que se encontrara uno en el Puente de las Artes de París cuando gendarmes y empleados de la municipalidad retiraban los candados que durante más de diez años han ido colgando de su pretil miles de parejas de todo el mundo. Desde una y otra orilla policías y periodistas, transeúntes, aborígenes y turistas, mirábamos curiosos aquel quirúrgico trabajo de ir quitando uno a uno con grandes cizallas los candados de marras, símbolos del amor.

¿Del amor? Veamos. Parece que todo se originó en cierta novela de Federico Moccia, Tengo ganas de ti, en la que sus protagonistas prendían un candado en el Ponte Milvio de Roma, como testimonio de su compromiso. Como lxs púberes propenden a la gesticulación y a los arrebatos que suponen románticos, hicieron causa común con los personajes de la novelita, y un buen día empezaron a verse los primeros candados en el Puente de las Artes y en otros puentes del mundo. Decía Baroja que el carlismo se cura viajando. Hoy día nada circula tanto, tan rápido y tan seguro como una tontería bien publicitada. 

Asistimos también al comienzo de aquella moda. Algo curioso: recuerda uno que al principio la gente tendía a poner su candado junto a otros, con timidez, tal y como hacen las abejas que quieren formar enjambre, tal y como ocurre en las playas con los bañistas. Llega una pareja a una playa vacía de ocho kilómetros, extienden su alfombra y sus cuerpos y se aprestan a oír en silencio cómo el mar va pasando las olas en el gran libro de arena, pero al cabo de un cuarto de hora columbran a otra pareja de bañistas en lontananza. Caminan hacia donde ellos están. Piensan: se detendrán antes. Pues no, instalan su cháchara justamente al lado. Parece que es este un comportamiento muy estudiado en tercero de psicología. Al ver aquellos pocos candados, uno vaticinó: “Esta bobaba no va a prosperar”. Hace dos semanas han decidido quitar las 45 toneladas en que se estima el peso de unos candados que amenazaban con hundir el puente, y el aire ha vuelto a circular entre los barrotes. La metáfora del candado en la ciudad del amor libre (¿pero es que hay algún gran amor que no lo sea?) era además desafortunada. Los únicos candados relacionados con ese asunto eran los que se ponían en los llamados cinturones de castidad. Y eso en París no es que sea un atentado contra la libertad del amor, sino una estupidez. 

  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de junio de 2015]

21 de junio de 2015

Marcos, molduras

El marco que se le pone a un cuadro es importante. De ello depende muchas veces que la pintura se aprecie mejor o peor, adecuada o inadecuadamente. Cada época ha seguido sus propias modas al respecto. Los marcos dorados que imperaron en el último tercio del siglo XIX y que sirvieron para enmarcar la mayor parte de los impresionistas, hoy nos resultan abusivos, y llegan a cortar el aliento. Se supone que están dorados con panes de oro auténtico, pero parecen de purpurina. Ver, por ejemplo, una pintura de Van Gogh enmarcada de esa manera versallesca resulta desconcertante. El propio Van Gogh, si mal no recuerdo, y los cubistas, que se dieron cuenta de ese problema, llegaron a pintar algunos de esos marcos, tratando de adecentarlos.

El marco viene a ser como el traje con que se viste a una obra. No conviene que sea ni mejor ni peor que la obra a la que sirve, sino el adecuado.  Los pintores y decoradores (en realidad casi todos eran decoradores metidos a pintores) de la llamada escuela de Cuenca, de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo,  daban más importancia a los marcos que a sus propias obras, lo que no era difícil. Pusieron de moda los marcos antiguos y lujosos, holandeses y castellanos del XVII, venecianos de carey y marfil del XVIII, medias cañas inglesas o isabelinas del XIX, y los usaron para realzar una mercancía en general insignificante que trataban de pasar por “gran arte”. Pensaban, acertadamente, que los marcos eran un gran aliado en el timo del arte moderno.

Los programas con los que se han presentado en las pasadas elecciones los partidos políticos tienen mucho de marcos, de molduras. La mayor parte de los candidatos los usan para salir favorecidos, pero  ganan las elecciones, pasa el tiempo, y como a menudo sucede con las pinturas, el marco va por un lado y la obra por otro, los programas acaban volviéndose de purpurina y la realidad quedándose en nada, en pura decoración. Es raro encontrar a un artista que quiera enmarcar su obra de una manera sencilla, tanto como encontrar a un político dispuesto a admitir sus incumplimientos. Por eso sólo los más avisados cuando miran un cuadro se olvidan del marco. Pero ¿no es extraño que incluso a los más inteligentes, cuando tienen que votar a alguien, les dé igual que el político al que votan haya incumplido su programa o les haya robado o timado?

   [Publicado el 21 de junio en el Magazine de La Vanguardia]

15 de junio de 2015

La aflicción de un hombre

Acababa uno el artículo de la semana anterior con una cita de Voltaire (“La duda no es un estado demasiado agradable, pero la certeza es un estado ridículo”).  Estaba tomada del último libro de Fernando Savater, Voltaire contra los fanáticos, dedicado al semanario Charlie Hebdo.

Hemos sentido y sentimos una gran admiración por Savater. Nos gusta hasta cuando no estamos de acuerdo con él. Lo digo en plural no por la “mayéstica”, como el papa, sino por creer que lo hace uno en nombre de muchos. Incluso cuando no se está de acuerdo con él, acaso sea mejor, por ser Savater de esa clase de intelectuales (Unamuno, Ortega) que tiene la cortesía de hacerte creer, cuando se le discute algo, que eres más inteligente de lo que en realidad eres. Sin embargo puede llegar a sacar de quicio a sus enemigos (no confundir con adversarios), pues hace que estos se descubran su propia estupidez casi sin darse cuenta, lo cual es muy peligroso. Los tontos declinados en el carlismo (ya sabéis, “Dios, patria y fueros”) no perdonan:  por su culpa Savater ha tenido que llevar escolta media vida y dejar de mostrarse en público en según qué lugares para no cabrear a la jauría.

Hace unas semanas se publicaba en el diario El País una entrevista. Es una entrevista de recortar y guardar. Se la hace el poeta y periodista Javier Rodríguez Marcos. Cuando los poetas hablan con los filósofos podemos esperar “la más aguda nota en el viejo diapasón del mundo”. Habla el filósofo de una pérdida terrible, que lo tiene postrado desde hace tres meses como a Job y puesto al borde de la desesperación. Sin dejar de ser epicúreo ha de recurrir, sin embargo, al estoicismo. Le pregunta el poeta si la filosofía no es capaz de consolarle de la muerte de un ser tan querido, y responde el filósofo que no, que “la razón no detiene el dolor. La aflicción es más fuerte que la razón”. Y añade que él, con su mujer, compartía todo, libros, películas:  “Ahora todo me parece plano, sin eco”. Y ese hombre que habla de sí sin afectación (“una cosa son los grandes filósofos y otra los que acercamos las ideas de los grandes a la gente corriente”), parece buscar en vano algún consuelo. Y ante la posibilidad de que ese hombre decidiera guardar silencio, advertimos asustados  (vuelvo al plural) lo necesario que nos es alguien hablando de todo un poco (como Ortega) y, sobre todo, “contra esto y aquello” (como Unamuno). 

    [Publicado el 14 de junio de 2015 en el Magazine de La Vanguardia]    

8 de junio de 2015

Miedo al Quijote

HAY tres maneras más o menos fiables de saber si alguien ha leído o no el Quijote.
Se refiere uno, claro, a personas que por una u otra razón muestran algún interés por la lectura, se trate de un best seller, de una novela de Baroja o de En busca del tiempo perdido. Plantear esta cuestión entre quienes no leen nunca ninguna clase de libros no tiene ningún sentido.   
La primera de estas maneras de saber si alguien ha leído o no el Quijote suele tener lugar en ambientes de cierta confianza o intimidad, entre personas cercanas, colegas, parientes o amigos. Sucede cuando alguien, en un arranque de sinceridad, admite: “Yo no he leído el Quijote”.
Por lo general esta confesión no suele ser ni arrogante, ni presuntuosa, ni cínica. No es habitual que alguien añada que no lo ha leído “porque es un libro que no me interesa absolutamente nada” o “porque no voy a perder el tiempo en un libro lleno de notas” o algo parecido. Al contrario, quien admite no haber leído el Quijote suele reconocer con humildad y pesadumbre que “tendría que leerlo” o que “lo he empezado muchas veces” o que “siempre que he querido hacerlo, se ha interpuesto algo”.
Las dos siguientes maneras de saber si alguien ha leído o no el Quijote son también bastante elementales.
La primera de ellas es la más frecuente: “Yo lo leí de pequeño, en el colegio. Teníamos un profesor entusiasta del Quijote, y lo leíamos en clase”.
Si uno pregunta la edad en la que eso ocurría, se encuentra con que la mayoría de los que afirman haber leído el Quijote en clase, lo hicieron a edades relativamente tempranas, entre los diez y los catorce años, lo cual tiene su lógica, porque a los catorce años la subida de testosterona hace ingobernable cualquier grupo de más de una docena de púberes. Lo único probablemente que mantendría atentos y en silencio a más de treinta chicos de entre catorce y diecisiete años sería una película porno o el funeral de un amigo.
No es difícil hacer un cálculo del tiempo que se tarda en leer el Quijote. Hay una grabación, hecha por actores profesionales, cuarenta cedés, que editó Audio Libros Paloma Negra de Turner Overlook hace diez años. Dura unas cuarenta horas. Manuel Arroyo, el editor, recuerda aún las vicisitudes esperpénticas de aquellas grabaciones y cómo los actores no entendían la mayor parte de las cosas que leían, que leían muchas veces como papagayos, pero ponían tanta pasión y énfasis al hacerlo que no se nota. Es muy agradable dejarse llevar por el sonido de sus palabras, por la música cervantina, aunque a la mayor parte de los que oigan esa grabación, u otras parecidas, les sucederá lo mismo que a los actores, porque hay tantas cosas que no se entienden y el hipérbaton y los tiempos verbales son a veces tan intrincados y alejados de los nuestros, que se requerirían muchas interrupciones o vueltas atrás para saber qué han dicho y quién lo dice. Así que, finalmente, uno sigue esa lectura como cuando vamos en la popa de un barco, prendida la mirada en la estela que va dejando y las olas que se forman a su paso para desvanecerse al poco tiempo, sin saber qué deja en nosotros y en el mar ese camino.
Yo he contado las notas que hay en la edición reducida del Quijote de Rico: cinco mil quinientas cincuenta y dos. La lectura de esas notas, sin muchas de las cuales ni siquiera un lector cultivado no especialista entiende la mitad de lo que está leyendo, supongo que se puede llevar otras cuarenta horas, y si a esto añadimos las idas y venidas del texto a las notas y de las notas al texto, y las veces que a uno se le va el santo al cielo y las que tiene que reconsiderar qué es lo que estaba leyendo, podemos decir que la lectura del Quijote se puede ir a setenta o más horas, dependiendo de esas y otras circunstancias. Si se mira bien, no son muchas. Pero las horas de literatura o de lengua por curso en los planes de estudios son muchas menos que esas.

Hace mucho que no tiene uno contacto con el mundo de la enseñanza, pero recuerdo que en mi época, y aun en la de mis hijos, las clases de lengua y literatura eran tres a la semana; haciendo un cálculo somero, unas, cuántas, ¿cincuenta, sesenta?, cada curso (porque es de suponer que el Quijote se lo leerían, a esos que dicen haberlo leído en clase, profesores de lengua o de literatura, y no de química o matemáticas).

Pido un poco de paciencia al lector, porque ya sabe uno que todas las operaciones de esta índole son muy aburridas.
Estábamos en lo de que un alumno de lengua o literatura tiene unas cincuenta horas de clase por curso. Admitamos el caso de un profesor entusiasta de literatura. Admitámoslo incluso lo bastante forofo del Quijote para querer leérselo a sus alumnos cada día de clase. Es de suponer también que, además de leérselo, dedicará un tiempo a enseñarles la asignatura. ¿Ponemos, generosamente, una media hora por clase para la lectura? De esa media, lo probable es que dedique un cuarto de hora a comentar lo leído y leer las notas mientras los chicos y chicas meten ruido, se distraen, levantan la mano y gritan “profe, profe, porfa, yo” y esas y otras cosas que se dicen a esa edad.
Bien, tenemos, pues, que siendo muy generosos en los cálculos y poniendo “de añadidura” o propina, como se dice en el Quijote, algunas horas más, andaríamos alrededor de las veinte horas al año dedicadas a la lectura del Quijote. Por tanto, para completar la lectura del Quijote en clase se necesitarían cuatro o cinco cursos.
Y todo esto, sin haber entrado en la cuestión de fondo: ¿qué es lo que uno puede entender del Quijote con doce años, y sobre todo, qué puede uno recordar a los cuarenta de lo que le leyeron a los doce, aparte del recuerdo del recuerdo y de cierto aroma que el tiempo irá desleyendo, por muy penetrante que sea, y el del Quijote lo es sin duda?
Hay también una versión adulta de todo esto: los que aseguran que lo tuvieron que leer en la universidad para un examen, en el caso de los alumnos de filología. No está claro si leer para un examen es lo mismo que leer. Por ejemplo, el Quijote es un libro mucho más estudiado que leído y, como la mayoría de los clásicos, mucho menos leído que venerado.
En fin, uno, en principio, cree a todo el mundo, pero sabe que la mayor parte de los que aseguran haber leído el Quijote en el colegio, y aun en la universidad, y no han vuelto a leerlo desde entonces, lo han leído, en el mejor de los casos, parcialmente y, en todo caso, es como si no lo hubieran leído en absoluto, porque ya no recuerdan nada de él, fuera de esos episodios que, en España al menos, recuerdan incluso los que no lo han leído nunca: la aventura de los molinos, la de los pellejos de vino, la de Clavileño acaso, la derrota del caballero en la marina de Barcelona. Es decir, como si dijéramos que conocemos tal o cual ciudad a la que nos llevaron de niños nuestros padres y en la que pasamos unas horas, y a la que no hemos vuelto en treinta años. Nada que vaya más allá de la corteza de la letra.
¿Y por qué este comportamiento tan extraño? ¿Por qué la gente cree haber leído el Quijote o dice haberlo hecho? Seguramente porque prefieren creer lo que no sucedió nunca o no sucedió como creen, a admitir la intolerable idea de que no haya sucedido nunca. Todo antes que admitir que no han podido culminar no ya un libro, sino un acto cívico de primer orden, pues se les ha presentado a menudo el de la lectura del Quijote como un deber patriótico del tipo de la jura de la bandera o como un deber hacia la lengua que hablamos y a la que debemos la mayor parte de las cosas que tienen que ver con nuestra vida. ¿Qué menos que devolverle a la lengua que nos permite estudiar, declarar afectos, defendernos, divertirnos, comunicar nuestros pensamientos más íntimos un poco de atención y reconocimiento, leyendo una de las obras donde ella está mejor representada?
Sólo quedan, en fin, los del tercer grupo, esos que aseguran que lo han leído de forma salteada… “a trozos”; todo, pero saltando de unos capítulos a otros. Sí, basta oír a alguien asegurar que él o ella lo han leído a trozos, para saber que no han leído probablemente ni la mitad de él, pero lo expresan de ese modo porque piensan que esos fragmentos les habilitan como verdaderos lectores del Quijote, tal y como sucede, por ejemplo, con una ciudad o un museo: haber visto una parte de París o unas salas del Louvre nos da derecho a decir que conocemos Venecia o el del Louvre. Haber leído una parte del Quijote nos hace del escogido y prestigiado (y heroico) grupo de sus lectores.
Yo no creo, ni mucho menos, que la gente no haya querido leer en España ni en la América hispanohablante el Quijote. Al contrario, creo que en España, y en todos los países hispanohablantes, hay millones de personas que lo han querido leer (y nadie hasta ahora, en una sociedad que hace encuestas de todo, hasta de las mayores chorradas y cada dos por cuatro, ha querido saber cuánta gente ha leído el Quijote, acaso para no llevarse un profundo chasco), hay millones, decía, que lo han querido leer y se han dado de bruces con él, con una lengua que, al que la conoce más o menos, le parece maravillosa, y al que no, ardua y difícil. El temor de reconocer y confesar que no comprenden un libro escrito en la lengua que ellos mismos creen hablar, “la lengua de Cervantes”, les lleva a silenciar que no lo han leído, o a engañarse, o a mentir.
Y todo porque nadie les ha explicado aún que no han podido leer el Quijote porque este se escribió en una lengua, el castellano del siglo XVII, que no hablamos y que, a medida que nos alejamos de él, entendemos ya cada vez menos; que no es verdad que la lengua de Cervantes y la nuestra sean ya exactamente la misma.
Esa es la razón por la que empecé a ponerlo en castellano actual hace catorce años. Estos días aparecerá publicado al fin.
Apenas se supo lo que yo había hecho, empezaron a oírse las voces, literalmente voces, de quienes lo consideraban un crimen de lesa humanidad. ¿Qué temían?
Así como el temor de los que no han leído el Quijote es muy respetable (y por respeto a ese temor ha traducido uno el Quijote con el mayor respeto), el temor de los que piensan que yo he querido acabar con el Quijote, es ridículo.
Porque no cuestionan mi trabajo (que no han podido evaluar aún), sino la sola posibilidad de que nadie ponga sus manos en ese libro “sagrado”.
Hubo unas cuantas polémicas en los periódicos, y en todas ellas dije lo mismo: “No se sabe por qué los alemanes, franceses, italianos, ingleses o los de cualquier otra a la que esté traducido, pueden leer el Quijote en sus respectivas lenguas actualizadas –quiero decir, que un francés lo lee en el francés del siglo XXI, no en una versión del XVII, que existe, como puede leer también a Montaigne (su Cervantes) traducido al francés del XXI, si quiere, o los ingleses a Shakespeare en inglés también del XXI), y a los españoles e hispanohablantes se les obliga a hacerlo en esa lengua que, insisto, apenas comprenden, si no es con esfuerzo y tenacidad”.
Y cuando les decía que nadie les impediría seguir leyendo el Quijote en su “prístino estado”, y que podrían seguir haciéndolo, se cerraban en banda con un cerrilismo bastante exasperante, como si pensaran: “no, no, aquí todo el mundo tendría que joderse y leer el Quijote y sus cinco mil quinientas cincuenta y dos notas, como hemos hecho todos”, sin duda molestos de que un compatriota suyo pueda leer el Quijote con la misma soltura y gusto con los que leemos Guerra y Paz o Las mil y una noches aquellos que no sabemos ni ruso ni árabe, o como se leía el propio Quijote hace cuatrocientos años, y como han de leerse las novelas… y todo lo demás.

Yo creo que el temor de los que no hayan podido leer el Quijote, queriendo haberlo hecho, quizá se disipe, porque podrán hacerlo a partir de ahora en su lengua viva, pero el de los otros no se disipará. Encontrarán razones para seguir dando la matraca y tratarán además de meter el miedo a todo el mundo para que no lean nada que no sea el Quijote tal y como apareció en 1605 y 1615 (incluso con sus mismas erratas, ¿por qué no?, o en griego, como la Ilíada, o en latín, como la Eneida, o en inglés, como Borges), porque de lo contrario sobrevendrá a la comunidad de hispanohablantes una infinidad de plagas, propias de estos tiempos degenerados en los que ya no se respeta nada. Yo a estos puedo oírles desde mi casa clamar al cielo: “¿Adónde vamos a llegar?”. A esos yo les respondería: adonde ya estábamos antes, no temáis, al Quijote.

     [Publicado en Jot Down, numero 11, dedicado al miedo, junio de 2015]

7 de junio de 2015

Perdedores

Cuando usted lea este artículo conocerá ya, como yo, el resultado de las últimas elecciones. Cuando lo estaba escribiendo, todo eran, en cambio, conjeturas. No lo eran, sin embargo, para mí: saber que vas a votar a quienes no ganarán en ningún caso en ningún sitio te proporciona cierta serenidad estoica. Los que no atinaron en sus pronósticos, por el contrario, empezando por las casas de apuestas y demoscópicas, siguen explicando las razones por las que se equivocaron tanto, y comprueban con una gran concupiscencia que las cuentas ahora les cuadran al milímetro. Los más inasequibles al desaliento, derrotados pero no derrotistas, nos siguen explicando también que en realidad no erraron ellos, sino los demás. En fin, la alegría en unos, la desolación en otros. 

El arte de escribir estos artículos estriba, pues, en anticiparse a los acontecimientos o en escoger asuntos más o menos intemporales. Intemporales no quiere decir intrascendentes. Los tres grandes asuntos de la literatura universal son intemporales pero no intrascendentes: el amor, la muerte, el tiempo. La edad templa, además, nuestras pasiones. De modo que el escritor escribe a menudo adelantándose a sí mismo, o si se prefiere, dejando atrás, en el mismo momento de escribir, lo que está sintiendo, para hacerse una idea de lo venidero. Tendrían que haberle visto a uno los días previos a las elecciones mirar indiferente el nerviosismo de los que esperaban el premio gordo. ¿Cinismo? No se crea. Cuando por casualidad ha votado uno a ganadores, se vio luego que habían ganado para otros, a menudo para sí mismos. Así lo acreditan hoy tantos juzgados. Pero no querría uno que sacaran una idea equivocada de este artículo. Hay dos clases de perdedores: quienes echan la culpa a los demás, y los que reconocen que no están hechos para las mayorías; los que después de la derrota siguen aún mas convencidos de todo, y los que entonces precisamente dudarán de todo más que nunca, por no ser todavía lo bastante cínicos. 

“La duda no es un estado demasiado agradable, pero la certeza es un estado ridículo”, le escribía Voltaire en 1770 a Federico Guillermo, heredero de Prusia. Es posible, pero nadie convencerá hoy a muchos de los que han ganado hace dos semanas de que ha sido así gracias a unas certezas que siguen siendo, más aún si cabe, ...etcétera. 

   [Publicado el 7 de junio de 2015 en el Magazine de La Vanguardia]

4 de junio de 2015

En el Retiro

ESTOS son los días y casetas donde estará uno firmando sus libros. El horario es siempre el mismo, de 12:00 a 14:00 (mañana) y de 19:00 a 21:00 (tarde)

Hoy, jueves, 4 de junio, festivo en Madrid (Corpus)
Mañana: Librería Neblí, (caseta, 134)

Sábado 6
Mañana: Librería La Central (caseta 154)
Tarde: Editorial Planeta (caseta 252)

Domingo 7
Mañana: Librería Antonio Machado (caseta 32)
Tarde: Vid (caseta 270)

Viernes 12
Tarde: Editorial Pre-Textos (caseta 312)

Sábado 13
Mañana: Visor (casetas 363 y 364)
Tarde: Miraguano (caseta 75)

Domingo 14
Mañana: Casa del Libro (casetas 128 y 129)
Tarde: Librería Rafael Alberti (caseta 114)


La segunda ruta de don Quijote

EL domingo pasado se publicó este reportaje que hicimos Rafael y yo en el Magazine de La Vanguardia, el primer trabajo que hacemos juntos (para ver algunas de sus bellísimas fotografías pinchar aquí). Lo pasamos mejor que bien. Y no digo más.
* * *
En 1905 José Ortega Munilla, padre de Ortega y Gasset y director de El Imparcial, el periódico más importante del momento, llama a su despacho a José Martínez Ruiz.
Martínez Ruiz tiene a la sazón treinta años. Lleva más de diez escribiendo en todo tipo de periódicos todo tipo de artículos, y apenas uno firmando con el seudónimo de Azorín, que le hará famoso. Ya casi lo es. Bueno, esto es una manera de hablar, porque ser famoso y ser Azorín es casi un oxímoron, como aquel al que se refería su amigo Baroja a propósito de El pensamiento navarro, gran diario pamplonés.
Ortega Munilla quiere en esta ocasión que Azorín viaje a los escenarios del Quijote, cuyo tercer centenario se celebra entonces. Azorín acepta y Ortega Munilla saca un revólver del cajón de su mesa y se lo entrega a su joven reportero, “por lo que pueda tronar”, ya que, asegura, “todo camino tiene una mala legua”.
¿Llevó Azorín consigo el arma? Es posible, pero no parece verosímil. Azorín es un hombre pacífico; su aspecto, insignificante y oficioso, no causa inquietud en nadie. Azorín no ha dado miedo nunca, ni siquiera cuando presumía de ser anarquista. Se diría, al contrario, que será de los que colabore de buena gana con los bandidos, porque Azorín, se nos olvidaba decir, es a esas alturas un pequeño filósofo y sabe que lo primero es vivir, y luego filosofar.
Un siglo después el director de este Magazine, Àlex Rodríguez, quiere también que viaje uno hasta las tierras de la Mancha por las que transcurrieron las aventuras del “ingenioso hidalgo”. Me ha dicho: “Vete allí a ver qué averiguas”. Quiere saber, y me parece razonable, qué tiene que ver todo esto de don Quijote con nosotros, gentes preparadas del siglo XXI.
Azorín viajó al hilo de aquel tercer centenario, como he dicho, y uno lo hace en el cuarto y en vísperas de la publicación de la traducción del Quijote a nuestro castellano actual, del siglo XXI.
El amigo Àlex Rodríguez y yo hemos hablado. Hemos sopesado el asunto. Nos hemos trazado un plan. Cuando creemos haber concluido, guardamos silencio. Se nos olvida algo. Pero uno, que también es, como Azorín, un hombre pacífico pero poco práctico, no sabe cómo abordarlo. Querría decirle a mi director que este es el momento en el que él ha de ofrecerme un revólver, “por lo que pueda tronar”. ¿Qué haré, si me lo ofrece? Un siglo después sigue habiendo bandidos, claro. Algunos, de hecho, están ahora en campaña electoral. Hemos visto sus caras en los carteles. Si hubiésemos leído debajo de algunas de ellas un “Se busca” no nos hubiera extrañado. Nosotros, “los modestos periodistas”, habría dicho Azorín, ya estamos curados de espanto. Y sí, tiene que ser bonito sentirse por unos días un personaje de ficción, como don Quijote, y “desfacer” unas cuantas pifias a punta de pistola. Pero al director se le pasa por alto el detalle del revólver y uno no se atreve a pedírselo, por si decide dejarme en casa. Eso sería una gran calamidad, así que decide uno dejar lo del revólver para mejor  ocasión.
Partimos, al fin, hacia la Mancha. Lo hago con un fotógrafo especial, en la mejor compañía. Azorín, sin embargo, viajó solo. Hay quien prefiere viajar solo y quien prefiere la compañía. Azorín era incluso capaz de viajar menos aún que solo, tan transparente, tan invisible era. Se subió a un tren en Madrid y aportó en Cinco Casas. De allí a Argamasilla de Alba, su primera parada, fue en diligencia.
Para muchos Argamasilla es el famoso “lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”.
Ha dejado uno sin traducir las doce primeras palabras del Quijote, porque esas palabras, que en España se sabe de memoria todo el mundo, incluso quienes no lo han leído, son ya un monumento, como el Partenón. ¿Pero es que habría que traducirlas, acaso no las entendemos? La mayoría sabe que “lugar” no es propiamente lugar, sino “pueblo” o “aldea”, pero hay todavía algunos que creen que cuando Cervantes dijo aquel “de cuyo nombre no quiero acordarme” nos estaba diciendo eso, que no quería acordarse, que no le venía en gana o que no estaba dispuesto a declarar el nombre de ese pueblo o aldea. Y no. Cervantes era persona discreta, afable, sutil. Lo suyo es el humor y decir sin haber dicho. Ese “no quiero” es sólo, pues, un “de cuyo nombre no llego a acordarme” o “de cuyo nombre no puedo acordarme ahora”.
Con todo y con eso, y como al final de la primera parte del Quijote incluyó Cervantes una serie de sonetos burlescos a la memoria de don Quijote, Sancho y Dulcinea escritos supuestamente por unos académicos de Argamasilla, se dio en creer que esta era la cuna del famoso hidalgo. Por si fuese poco, Fernández de Avellaneda, autor de una segunda parte apócrifa, también lo creyó. Y al final, acabó creyéndolo todo el mundo, porque la gente necesita creer en cualquier cosa, incluso en los bandidos.
Y a Argamasilla de Alba hemos ido nosotros dos también a ver si este candente asunto sigue como hace cien años, incluso como hace cuatrocientos; y a Puerto Lápice, donde se supone que veló sus armas don Quijote; y a las lagunas de Ruidera, donde pasaron él y Sancho grandes apuros; y a El Toboso… Por todos estos lugares anduvo Azorín también inquiriendo a unos y a otros. ¿Qué encontró Azorín en ellos? Y nosotros ¿qué hemos encontrado?
Azorín no estuvo en Villanueva de los Infantes, en los campos de Montiel, no muy lejos de Argamasilla. Nosotros sí. Si hubiera ido a Villanueva, habría comprobado que allí nadie duda de que Villanueva es la cuna genuina de don Quijote.
Un equipo científico de la Universidad Complutense, integrado por diez expertos en Geografía, Historia, Filología, Sociología, Matemáticas y Ciencias de la Información, a las órdenes de don Francisco Parra Luna, llegó hace poco a la conclusión de que la cuna de Alonso Quijano tenía que ser Villanueva y no otro lugar, después de aplicar diversas metodologías, entre ellas la velocidad que despliega el rucio de Sancho en su recorrido y la de este y don Quijote a lomos de sus caballerías, estimada en treintaiún kilómetros.
Y querer averiguar eso es bien extraño, pues ¿no era don Quijote un personaje de ficción, loco por más señas? Sin embargo muchos cuerdos lo creen real, buscándole con la mayor seriedad casas, linajes, velocidades, parentescos… De hecho hay una asociación de Quijanos de todo el mundo conectados por internet que afirman descender por vía directa de aquel Alonso Quijano el Bueno, que como sabemos, fue célibe.
¿Y qué decir de lo que sucede en El Toboso?
Es un pueblecito metafísico, soñoliento. A diferencia de otros, conserva cierto carácter. Don Jaime Martínez de Pantonja, alcalde visionario, promulgó hace cien años una ordenanza que impede construir casas en El Toboso de más de dos alturas, y aprovechó de paso para adjudicarle una a Dulcinea. Cuando don Quijote y Sancho entran en El Toboso, sin embargo, la buscaron con ahínco y no dieron con ella. Pero lo que no encuentren los alcaldes, no lo encuentra nadie, y El Toboso tiene ya su casa de Dulcinea, y la labradora Dulcinea una casa que ya la quisiera para sí el marqués de Mantua. La historia ha vuelto a suceder con los huesos de Cervantes. Cuatrocientos años perdidos y han bastado sólo dos para que los haya encontrado una alcaldesa con inquietudes, y al fin tendremos en Madrid un sepulcro de don Quijote, digo, de Cervantes, como Dios manda, si Dios no lo remedia.
Azorín anduvo por esos pueblos manchegos quince días. En ese tiempo escribió quince crónicas. Cuando Azorín estuvo en la Mancha muchos de los molinos de viento funcionaban aún, y lo cuenta; los batanes de Ruidera bataneaban los paños, y también lo cuenta; los trajinantes y cosarios iban de pueblo en pueblo en sus carros y carretas, y él los vio trajinar y llevar sus mercancías y restaurarse en las mismas posadas donde posaba él. Cuando Azorín anduvo por la Mancha no había luz eléctrica en todos los pueblos, y aun en muchos de estos “no la echaban” todos los días ni a su hora. Cuando Azorín estuvo por aquí, en 1905, los pueblos seguían como en 1605, y sus habitantes, poco más o menos. Fue así hasta 1959. En ese año España dejó de ser cervantina, azoriniana; el Plan de Estabilización acabó definitivamente con ella. Claro que no deja de ser una paradoja, y si la Mancha y la España cervantinas y aun azorinianas, que existieron, apenas existen ya, don Quijote, que no existió sino como un ente de ficción, es tan real y existente, como tú y como yo. A Azorín tampoco le parecía cervantino su tiempo, pero a nosotros nos parece cervantino todo lo azoriniano.
Creía Azorín que España vivía una penosa decadencia, una profunda crisis. La palabra crisis viene de atrás, es eterna.  Crisis en la instrucción pública, en la industria, en el agro, en los pueblos y ciudades, en el ánimo de la gente. Era precisa, pues, una tarea quijotesca: volver a contar el mundo, si no como lo había hecho Cervantes, con su gracia y desparpajo, sí, al menos, de una manera humilde, como el que zurce, más que como el que borda. Y así escribió Azorín aquellos artículos, perfumados de suaves galicismos.
Aparecieron en El Imparcial, y meses después Leonardo Williams, un efímero editor, los publicó en libro, con el título de La ruta de don Quijote. Libro bellísimo, único. Debieran leerlo todos los escritores, periodistas y amantes de la magia, porque Azorín se saca de su chistera romántica una España nueva, aquilatada y noble, a pesar de su postración. “Si Cervantes”, parece estar diciéndose, “fue capaz de escribir una novela con personajes a los que apenas les sucede nada que no le pueda suceder a cualquiera y en medio de ninguna parte, yo haré lo mismo”. Azorín viaja, Azorín habla con gañanes, boticarios, recueros, pelantrines. Azorín escucha y luego, en su posada, escribe lo que ha visto, lo que le han dicho. Azorín medita, sueña, guarda silencio ante la siempre misteriosa realidad. Sólo eso. Y lo cuenta a su paso, como camina un río de aguas tranquilas, con su trantrán. Hay algo de milagroso en la naturalidad de esa prosa que unos años después van a tomar por modelo Chaves Nogales, Camba, Gaziel, Pla.
El libro se agotó pronto, y siete años después, en 1912, se reimprimió. Ambas ediciones son hoy extremadamente raras, pero la segunda tiene algo que nos fascina: treintaidós fotografías. Están mal reproducidas y su tamaño es deficiente, pero son un documento excepcional, la prueba de un hecho de grandísima importancia: el Quijote no es una novela, como creyó incluso Cervantes, sino una crónica. Crónica de personajes y paisajes reales. Ahí están estos documentos gráficos que lo acreditan. “Ninguna prueba más tangible, palmaria, irrecusable”, dirá Azorín en la nota que añade. Son los verdaderos retratos de todos ellos. Así consta en los pies de foto: “Argamasilla. D. Quijote”, “Argamasilla. Teresa Panza y Sanchica”. “El Toboso. Dulcinea aechando trigo”. “Puerto Lápice: las maritornes de la venta”. En ellos está el espíritu del libro, ellos son de carne y hueso, como de carne y hueso siguen siendo don Quijote y Sancho. Sí, el Quijote no es una novela, no es un libro; es más que todo eso, tiene vida propia. Ni don Quijote ni Cervantes, a los que la vida no trató precisamente bien, levantaron nunca contra ella un falso testimonio. La melancolía de don Quijote se compensa con la jovialidad con que Cervantes da cuenta de ella. Los dos comparten, además, nobleza y desinterés. Y ningún resentimiento. “Convencer, no vencer: de eso se trata”, parecen decirnos con hamletianas letras esos dos hombres que tuvieron en mucho el oficio de las armas.

Hemos vuelto al escenario del Quijote. Hemos hablado con gentes de Argamasilla, de Ruidera, de El Toboso, de Criptana. Nos hemos asomado a la cueva de Montesinos, en la que aún resuenan las palabras de Beltenebros como resuena el mar en una caracola. Hemos recorrido los campos de Montiel. Hemos posado en modestos, concurridos, simpáticos hostales de carretera. Hemos preguntado también a unos y otros. Y este, amigo Àlex Rodríguez, es nuestro informe: la Mancha tal como la conoció Cervantes, parda y grave, de secano, ha dado paso a otra verde y feraz, de regadío, más rica, sí pero no más próspera. Los pueblos son también otra cosa. No es fácil encontrar en ninguno aquel “maravilloso silencio” que maravilló a don Quijote en la casa de don Diego de Miranda, el del Verde Gabán. De Azorín a acá han cambiado las cosas mil veces más que de Cervantes a Azorín. Pero hay que concluir que don Quijote, Sancho, Dulcinea, Maritornes existen. Los hemos visto. Ninguno de ellos ha leído el Quijote, pero sus afanes, creedme, no son diferentes a los de Cervantes, a  los de sus personajes, a los nuestros.

Manuel Serrano, don Quijote. Ruidera. Foto: Rafael Trapiello