2 de marzo de 2015

Tic-tac

RECUERDO que de joven se juró uno, si llegaba a viejo, no oírse decir jamás “no me siento viejo” en ninguna de sus declinaciones (“lo importante no es cómo te veas, sino cómo te sientes”; “hay que sentirse joven de aquí –toquecitos en la cabeza–, y de aquí –toquecitos en el corazón–”; “soy más joven que muchos de los jóvenes que conozco”; “me gustan más los jóvenes que los viejos”; “no me gusta relacionarme con viejos”; “en mi tiempo”, (versión cebolleta: “yo en mi tiempo”; versión wagneriana: “nosotros en nuestro tiempo”), en mi tiempo, digo,  esto no sucedía”, etc. Sentía uno que ese alarde de juventud solía ser el primer síntoma de senilidad. Entonces, de joven, algunos de nuestros mejores amigos eran viejos; ahora, que vamos para viejos, alguno de nuestros mejores amigos son jóvenes. 

Lxs viejos con los que nos relacionábamos eran escritores o artistas vagamente orillados, pero los encontrábamos bastante más divertidos y sabios que a la inmensa mayoría de las gentes de nuestra edad. En los jóvenes con los que nos relacionamos ahora, parece que nos viéramos a nosotros hace cuarenta años, y aprovechamos para hacer  exactamente lo que hacíamos entonces: hablar de todo menos de generaciones y de la edad de cada cual. Ahora, excepto algunos hábitos (resisten mejor el trasnochar y los picantes), seguimos en lo mismo. Si las relaciones no son de igualdad, no valen nada. Y de esto se ha dado uno cuenta ahora: aquellas gentes con las que nos relacionábamos y estos jóvenes tienen algo en común: no son ni viejos ni jóvenes, están un poco fuera de tiempo y se toman muy en serio casi todo, menos a sí mismos.  Acaso por ello puedan ser más felices que otros, son los “happy few” de Stendhal. 

Ha empezado a circular la idea de que no hay partidos de izquierda o de derecha, sino ricos y pobres. Defienden esa idea con una voracidad de poder casi carnívora un puñado de jóvenes wagnerianos, más niños de papá, diríamos, que pobres. ¿Creen lo que dicen? Quién lo sabe. Parecen permanentemente fruncidos, solemnes, sin sosiego, y eso es natural: se ve que ellos mismos se toman muy en serio. De momento han elegido una metáfora para su Movimiento Nacional, “tic-tac”, confirmación de que el mundo está dividido para ellos, sobre todo, en jóvenes y viejos. Los tiempos en que se esgrimió la Juventud como un valor político absoluto propiciaron periodos siniestros, temibles. En el salón de baile vuelve de nuevo a oírse el bolero, viejo como el mundo: “Quítate tú para ponerme yo”.
  
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de marzo de 2015]

26 de febrero de 2015

Cómo ser moderno sin parecerlo

ESTE era el título de una conferencia (lo de "pronunciar una conferencia" no lo he entendido nunca bien) sobre Falla y Picasso y El sombrero de tres picos, dentro de un ciclo dedicado a las relaciones entre música y pintura, dirigido por Félix de Azúa para los Amigos del RSofía, que organiza Marga Paz, y que corrió a mi cargo (lo de "correr a mi cargo" tampoco es manco).
Recomendación de Azúa a los hablantes era la de no leer las intervenciones. La mía empezó en este cartel y con una pregunta: ¿qué ven en él, aparte de la tipografía de un cartel muy poco vanguardista? Esto: el nombre de Picasso está en el mismo cuerpo de letra que el pie de imprenta (de hecho aquí ni se aprecia), y el de Falla, en el de cualquiera de los bailarines. ¿Qué quiere decir esto, el hecho de que el nombre de los dos artistas por los que se ha hecho famoso ese ballet vaya tan pequeño?… Y de ahí hasta el final, una hora.
Estas que siguen son las palabras del programa de mano.
* * *
Se estrenó esa obra de Manuel de Falla en Londres, con decorados y vestuario de Pablo Picasso y coreografía de Leónidas Massine, en 1919.
Podemos hablar por tanto con absoluta propiedad de los “felices años veinte”, conjunción afortunada de muchas artes menores y mayores al servicio de la “alegría de vivir”.
Aquel estreno fue un hito no sólo en la carrera de Falla o en la historia de los célebres Ballets Rusos (Picasso estaba ya sobrado de hitos), sino uno de los cantos del cisne de la modernidad (hubo varios): era posible hacer una obra maestra partiendo de una pantomima decimonónica (aunque magistral, Alarcón, autor del libro El sombrero de tres picos, que a su vez recogía el romance de “El corregidor y la molinera”, era un autor del “pasado reciente”, el peor de los pasados, como es sabido), de algo ligero e irrepetible siempre, como es la danza, y de algo, igualmente efímero, unos decorados de teatro y unos figurines, llamados por lo general al desguace (al fin y al cabo esos decorados no son de mano del artista, sino de la de unos artesanos, como los trajes).
La unión de temperamentos y estilos heterogéneos hizo aún más prodigiosa la síntesis: Falla, un hombre monástico y silencioso, de los que “va por dentro”; Picasso, exuberante y siempre un poco trilero, y Diaghilev un empresario astuto e insaciable.
Tradición y vanguardia fue la enseña más inteligente de la vanguardia. Nada se crea de la nada, y además conviene hacerlo con humor. Sin el humor, la gran aportación de las vanguardias, su elevación a rango de gran arte, como lo fueron en su tiempo la tragedia o la lírica, no se entendería el arte ni la vida.
Falla tomó para su composición, como venía siendo habitual en él, aires, bailes, melodías, ritmos de la tradición española, concretamente andaluza;  en la reutilización de esos elementos nacionales, como sucedió también en Stravinsky, no deja de haber cierta ironía: se habla de neoclasicismo, pero a diferencia del genuino neoclasicismo, el del siglo xviii, que mira al clasicismo de verdad, el de la edad dorada grecorromana, el neoclasicismo de la modernidad del siglo xx da tratamiento de clásico a lo que no siempre lo era.
Picasso, que había fundado, desarrollado y cerrado el cubismo, acaso la última gran innovación de la historia de la pintura, acaba de volver entonces a su neoclasicismo personal. El suyo, más irónico aún, no es la vuelta al clasicismo sino a los neoclásicos, con Ingres a la cabeza. Tras el ascetismo cubista, vuelven en él la sensualidad y redondeces del mundo, en definitiva: la joie de vivre.
Massine-Diaghilev ponen el resto, la cristalización de lo que en arte no dura, aquello que contribuirá a la leyenda de la obra de arte, el perfume, lo más frágil y a menudo lo más duradero y firme en la memoria, aquello capaz de desencadenar todo el pasado. ¿Fueron en verdad sublimes aquellas coreografías, como nos cuentan las crónicas y reseñas de sus contemporáneos? La técnica (el cine, la fotografía, la televisión), nos permiten conservar hoy sonido e imagen de casi todo. El movimiento, la cadencia de las cosas. Hablar de los ballets rusos hoy tiene algo de hablar de una función de Le cirque du soleil a quien no ha podido ver ninguna de las a menudo poéticas puestas en escena de esos magos artistas malabares. Como hablar por señas a un ciego.

Y eso sucedió en 1919, gracias a quienes, conscientes de su modernidad, no necesitaban probarla ni hacer historia. Podían ser modernos sin parecerlo: Falla, vestido de contable del siglo XIX con su terno eternamente negro y sus aires de Buster Keaton; Picasso, jugando a todas horas con sus españoladas, y los bailarines proclamando lo que proclaman los bailarines desde los tiempos de Dionisos: “carpe diem”, lo que dicho en puntas de pie no deja de tener su aquel.



23 de febrero de 2015

Heidy metal

HACE unos treinta años la cosa esa de la gastronomía  empezó a desplazarse de los fogones y a ocupar los platós de televisión y las primeras páginas de los periódicos. El nombre de algunos cocineros trascendió su comarca, y algunos se hicieron tan populares como futbolistas (su equiparación a intelectuales y estadistas es relativamente reciente, y la inició en 1975 Paul Bocuse, creador de una sopa de cebolla  al parecer sublime, quiero decir que la sublime era la sopa, porque consiguió hacer de algo tan plebeyo como una cebolla, algo sublime, y la bautizó “Sopa de trufa Valéry Giscard d’Estaign”.

Aquella sopa y su éxito arrollador llevó a muchos cocineros de todo el mundo a intentar algo parecido. También en España. A primeros de los ochenta del siglo pasado unos amigos se desplazaron al País Vasco con el sólo propósito de comer en cierto restaurante donostiarra que ya entonces tenía listas de espera de siete u ocho años. No era tan grave, porque dados esos plazos se producían bastantes anulaciones de la reserva por defunción y/o asesinato. Volvieron nuestros amigos algo perplejos de aquel viaje, pero trajeron consigo  una expresión feliz que desde  entonces forma parte de nuestro léxico familiar: gambas con chocolate, referido a todo aquello que no por audaz y novedoso garantiza el acierto. En realidad la experiencia de las gambas con chocolate acabó siendo una versión actualizada de El Retablo de las maravillas: el emperador no sólo estaba desnudo y borracho, como aquel del que se hablaba aquí hace unos días, sino que además cobraba por ello una fortuna.

Acaba uno de leer que Bob Dylan ha versionado diez canciones de Frank Sinatra. Yo no sé nada de música pop ni he seguido nunca a ningún conjunto, pero  tenía la idea, de haberlo oído y leído por ahí, de  que Dylan y Sinatra representaban exactamente lo opuesto: uno, la pureza y la luz, el otro, la mafia y lo tenebroso; Dylan, la rebeldía y la poesía; el otro, la sumisión al mal y lo prosaico; la vida errante uno, y los tugurios de Las Vegas el otro. Sin saber nada de eso, uno se pregunta: ¿Habría Dylan versionado esas mismas canciones de Sinatra hace cuarenta años, lo habrían entendido sus partidarios? Al igual que con Bocuse, acaso oigamos pronto a Julio Iglesias versionado por Serrat, o, por qué no, a Rajoy por Pablo Iglesias, Heidy metal. Es el signo de estos tiempos, gambas con chocolate. Lo decía muy bien Azorín: “Vivir es ver pasar”. Y Falstaff: “¡Las cosas que hemos visto!”.
    [Publicado en Magazine de La Vanguardia en 22 de febrero de 2015]
            

16 de febrero de 2015

¡No es normal!

CUÁNTO le habría divertido a Álvaro Cunqueiro, autor de Las crónicas del sochantre, la del robo del códice Calixtino de la catedral de Santiago. Qué finísimas coñas galaicas habría hilado él. Empecemos diciendo que admite el humor, porque es de los sucesos de final feliz: el códice se recuperó en perfecto estado,  no ha habido muertos ni hechos sanguinolentos, y tampoco  destrozos. Todo ha quedado reducido al procesamiento del ladrón y sus seres queridos, mujer e hijo.  Los tres han comparecido ante la justicia y a los tres les hemos visto gordos,  lucidos. Qué estampa, qué poema sus caras, cómo clavaban al unísono la barbilla en el pecho el día que los sentaron en el banquillo. Y  con ser bien triste, cuánto de cómico tenía esa escena de cine mudo. Más que la familia de un electricista parecía la del sacristán. Daban ganas de decirles aquello de don Quijote a los duques: “Ea, ánimo, ánimo, que todo es nada”.

Y en nada acabará quedando todo: lo condenarán, el hombre perderá los casi dos millones de euros que había robado durante treinta años ordeñando los cepos de la catedral y será para los restos no ya “el ladrón del códice”, sino uno de los más porros y ceporros de la historia, pues si no hubiese robado el códice, a lo que le movieron únicamente las ansias de venganza contra su amigo el deán de la catedral, jamás se habría descubierto lo de los cepos y cepillos y seguiría disfrutando píamente de su rapiña. Sólo una duda sigue aún sin resolverse: ¿la condena se parecerá más a la que pide para él el ministerio público (el fiscal), quince años, o la acusación particular (la iglesia), treinta?

Y aquí queríamos llegar. Por los mismos días en que los curas gallegos se mostraban más justicieros y partidarios del César que de Dios, el Papa Bergoglio decía aquella frase que dio la vuelta al mundo. No justificaba con ella los asesinatos de Charlie Hedbo pero parecía comprender a los asesinos: “si el doctor Gasbarri dice una mala palabra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal!”. Quédese a un lado lo que tiene de desconcertante el hecho de que la Iglesia, que se fundó sobre la doctrina de la otra mejilla, parezca añorar la ley del Talión. Porque, sí, la venganza es humana, pero ¡no normal! De hecho la Ilustración fue posible cuando el hombre empezó a cambiar las normas humanas, divinas, irracionales. Y empezó justamente por la Inquisición, la yihad cristiana de occidente, que fue durante siglos, como sabemos, de lo más normal.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 15 de febrero de 2015]

15 de febrero de 2015

Retrato de familia

La caza empezó en tiempos inmemoriales siendo privilegio de reyes, señores y caballeros. Lo que separaba a los ricos de los pobres, a los poderosos de los humildes. Símbolo de poder. Cervantes hace que Don Quijote conozca a los personajes más antipáticos de su libro, los duques, estando estos cazando con halcones. Las armas de fuego introdujeron en la guerra, en opinión de Cervantes, y en la caza, algo que envilecía. Las circunstancias y sus protagonistas, Franco y su corte, convirtieron esta cacería en un ejercicio de villanos, con su toque.
Hay infinitas maneras de contar una historia, pero para esta sólo se le ocurren a uno dos y media: empezando por el principio, empezando por el final y, la media, empezando por la mitad.
La primera arranca una fría mañana de octubre de 1959, y la otra, una fría mañana en el Rastro madrileño, de hace unas semanas; la media, de hace cuatro o cinco años, empezaría con una portada del periódico El Mundo.
Seguramente lo más natural en este caso sea la de empezar por el final.
Va uno al Rastro buscando aquello que Walter Benjamin definió como las rebabas de la Historia, hechos y deshechos, objetos, obras, papeles que quedaron a trasmano, rotos o abandonados, y que acaso por ello, por haberse mantenido a salvo de la sobreexposición, muestran más claramente que otros la verdadera naturaleza de lo sucedido. Si como decía Benjamin la cultura está constituida por documentos de barbarie, no hay nada, por pequeño que parezca, que no sea la prueba de un crimen.
Estas fotos aparecieron en noviembre pasado en un montón, entre otras cien o doscientas de escaso interés, procedente cada una quién sabe de dónde. En todo caso, salvadas de casualidad.
En el Rastro todo es azaroso y se dirime en segundos. La gente ve algo, y sabe, sobre todo a primera hora, cuando aquello está lleno de anticuarios, coleccionistas, ganguistas, friquis, revendedores, que ha de decidir muy rápido. Son verdaderos instantes decisivos, en los que quien vende y quien compra, vende y compra a menudo a ciegas, por instinto, sin conocer el valor exacto de las cosas. Es falso que los que venden en el Rastro sepan latín, pero también es falso que lo sepan quienes compran. El instinto, no obstante, tiene su lengua propia y habla por impulsos y en voz baja. Es lo que se conoce como “corazonada”. Una corazonada le dijo a uno que aquellas fotos eran “algo”.
Al llegar a casa, internet hizo su trabajo: “Cacerías. Franco”. Una de las primeras entradas llevaba a “El día que Franco mató 4601 perdices”, un artículo que firmó Jaime Peñafiel en 2010. Apoyaba a cinco columnas en la portada de El Mundo la gran exclusiva: una foto “inédita” en la que se ve a Franco orondo y rodeado de perdices y del tamaño él mismo de una perdiz. Tiempo después Periodista Digital echaba por tierra la exclusiva: la foto se había publicado doce años antes en el libro, ya agotado, que la Diputación de Ciudad Real había dedicado a su autor, el fotógrafo Eduardo Matos.
Matos,1904-1995. Le retrató el gran Bagaría, perdió un ojo antes de la guerra, lo que no le impidió ser fotógrafo, y de haberse quedado en Barcelona el 18 de julio de 1936, hubiera perdido la vida: a su padre lo asesinaron un día después. Buscó una ciudad donde no le conociera nadie. No están claras las razones de su elección, Ciudad Real, ni cómo él, un hombre conservador y muy religioso, logró sobrevivir allí durante la guerra y sortear después las depuraciones. Pero lo cierto es que ya en la posguerra acabó haciéndose una reputación y contó con el respeto de las fuerzas vivas.
Los autores del libro, José González Ortiz y José López de la Franca, cuentan la historia de las cuatro fotos que reproducen en él, entre las que no están muchas de las del Rastro. Tampoco la más importante, que se publica ahora: “18 de octubre de 1959. Una mañana temprano, Matos recibió la llamada de teléfono del Gobernador Civil Utrera Molina: «Señor Matos, dentro de una hora y media pasará a recogerlo un coche oficial del Parque Móvil y le llevará a un lugar para que usted haga unas fotos de su Excelencia el Jefe del Estado. Vaya preparado y guarde discreción absoluta». Una hora y media más tarde, un vehículo lo recoge de su casa y lo conduce hasta el término municipal de Santa Cruz de Mudela, en la Encomienda de Mudela (Ciudad Real), donde Franco estaba llevando a cabo una de la mayores cacerías de su vida y deseaba tener recuerdo gráfico de las 4.608 perdices (al parecer todo un récord) que habían abatido. Matos fue ayudado a subir a una escalera desde donde dominar toda la escena, el Caudillo al verlo bromeó con él, diciendo: «¡Como se caiga el fotógrafo y se mate, lo tendremos que poner entre las perdices!». Matos, que declinó la posibilidad de saludar a Franco, regresó a Ciudad Real en el coche del Gobernador, acompañado de dos policías y dos motoristas. En el laboratorio de su casa positivó el trabajo en presencia de los citados policías; de los positivos que le requisaron, hizo dos copias, una para la Casa Civil de Franco y otra para él, siendo advertido que sus fotografías no podían salir del país ni publicarse en ningún medio. Aquellos negativos fueron posteriormente recuperados por Matos en 1983, en el Ministerio del Interior, donde se conservaban”.
La versión que cuenta Peñafiel es sustancialmente la misma (aunque sin el comentario de Franco y añadiendo que Matos recuperó las fotos a través de Tierno Galván, en 1986, y alguna consideración sobre la patología venatoria de Franco), con la lista de los que se hallaron presentes en aquella cacería. Cita al teniente general Francisco Franco Salgado Araujo, jefe de su Casa Militar: “La parte más débil de Franco resultó ser su desmedida afición a la caza. Se le adulaba por esto y se le facilitaba satisfacer su afición”. La escopeta nacional de Berlanga da cuenta del rito: tráfico de influencias, informaciones privilegiadas, negocios, negociazos y chanchullos... Los santos inocentes de Delibes, lo hace del fondo miserable del señorito cazador. Y la lista de Santa Cruz de Mudela: José Utrera Molina, Aurelio Segovia Mora-Figueroa, José Ramón Mora Figueroa, José María Sanchiz Sancho, Fernando Final marqués de las Almenas, Dolores Sáinz Aguirre, Sra. de Aznar, Cristóbal Martínez Bordiú y Carmen Franco, marqueses de Villaverde, Carmen Polo, Franco, Mateo Sánchez, Conde de Caralt, Fernando Terry, Cirino Cánovas, ministro de Agricultura, y Sra. de Cánovas, Conde de Teba, Fernando Fuertes de Villavicencio y Vicente Gil, médico de Franco.
En esta lista aparecen diecinueve y en la foto figuran veintiocho. Se imponía, pues, una visita a Jaime Peñafiel.
Jaime Peñafiel (1932), redactor jefe de Hola de 1966 a 1988. Es un hombre avezado en el periodismo visceral. Fue él quien compró y publicó, a moro muerto, las fotos de la agonía de Franco, repulsivas incluso para quienes esperábamos entonces, y cuánto, el final de un hombre cuyas últimas palabras (a su médico: “no me deje”, menos heroicas que las apócrifas que circularon sus secuaces: “qué duro es morir”) fueron tanto una súplica como una orden.
Una vieja doncella pulcramente uniformada le deja a uno solo cinco o seis minutos en un grandísimo salón, con tiempo para mirar cuadros, vistas, muebles. El recuerdo de la frase “no es casa, que es mansión”, me hace sonreír. Aparece su dueño. Viene con su amabilidad en la sonrisa, acaso un poco reticente. A nadie le resulta agradable que le recuerden una “brutta figura”.  Mira Peñafiel las fotos. “¿Las había visto antes?”. “No, nunca; sólo la que yo publiqué”. “¿Le vendieron sólo esa?”. “Sólo esa, sí”. “¿Quién se la pasó?”. “Un sinvergüenza; no, no te puedo decir su nombre”. “¿La pagó cara?”. “Ya no recuerdo”. “¿Cuánto de cara?”. “Muy cara”. “¿Cuánto?”. “No te lo puedo decir”. “¿Cómo supo el nombre de los que acudieron a esa cacería, si no tenía la foto donde salen todos? ¿Se los sopló el que se la vendió?” “Tengo mis fuentes, pero no te las voy a decir”. Vuelve uno a leer el artículo de Peñafiel: “Este documento excepcional ve por primera vez la luz gracias al historiador José López de la Franca, gran amigo del que fue ilustre fotógrafo y que lo conserva en sus archivos de Ciudad Real”. ¿Serán el “miserable” y de la Franca la misma persona? ¿Cómo de la Franca no le advirtió a Peñafiel que la foto no era inédita? ¿Se pusieron de acuerdo para vendérsela a El Mundo, si es que se la vendieron? Al final uno se decide siempre por las preguntas fáciles: “¿Me ayudaría a identificarlos?”. De los veintiocho reconoce a ocho; él no estaba en aquella, que tuvo lugar el 16, 17 y 18 de octubre de 1959, pero sí en otras muchas cacerías. “A menudo solos yo, con mi máquina de fotos, y Franco, con su secretario. Juntos en el ojeo. Cinco o seis horas. Apenas hablaba. Frases sueltas. Se hacía eterno. En temporada de caza, Franco podía llegar a cazar veinte días al mes.” Duraban dos, tres, cuatro días. Tras la caza, cenas de etiqueta en el cortijo, veladas, sobremesas, cartas. “Fui durante años el único periodista autorizado a asistir a ellas”. Se levanta Peñafiel y vuelve con su libro El general y su tropa (1992), donde, asegura, lo cuenta todo. Todo, en esa clase de libros, suele ser menos de la mitad, y no siempre lo más interesante. Durante nuestra entrevista y desde sus marquitos de plata, de caoba, de fantasía, nos miran atentamente dos o tres docenas de retratos de Peñafiel en compañía de Julio Iglesias, del Sha de Persia, de Farah Diba, de Hussein de Jordania, de la reina Sofía, de la reina Rania, del rey Juan Carlos, todos ya con ese color anémico, exangüe, que se les pone a las fotos en color de hace treinta o cuarenta años. Tiene uno ahora delante el número de Hola de la muerte de Franco. Aquí, en cambio, el color está como el primer día: "La vida del caudillo y del príncipe de España en imágenes. Doña Carmen Polo de Franco: retrato de una dama", se lee en la portada. Busco con la mirada entre las de los marquitos por si en alguna está él con Franco o con la dama. No, no veo ninguna. Peñafiel, que me ha mostrado a los otros, no me señala ninguna de ellos dos. La misma amabilidad del principio preside la despedida. Se va uno con las perdices a otra parte y muchos personajes aún por identificar.
La visita a José Utrera Molina es ya inexcusable.
José Utrera Molina (1926), Gobernador Civil de Ciudad Real, de Burgos, de Sevilla, Ministro de la Vivienda, Ministro Secretario General del Movimiento en 1974. Es la prueba de que cualquiera de nosotros está sólo a tres pasos de conocer a cualquiera, por inaccesible que parezca: uno conoce a alguien, y ese alguien conoce a uno que conoce al que queremos conocer. Alguien conocía a alguien que conocía a uno de los ocho hijos de Utrera Molina. Tres pasos.
Resultó un encuentro muy profesional, cincuenta minutos de reloj, en el despacho de su casa. La presencia en él de una enorme bandera de España, en su astil, del suelo al techo, con un águila negra de tamaño natural; la de Falange, no menos suntuaria, bordada a mano; las cabezas de Franco y José Antonio en bronce y gran tamaño; su propio retrato al óleo con el uniforme de Falange, camisa azul y guerrera blanca cuajada de condecoraciones, y la foto de Hedilla, sobre su escritorio, dicen mucho de un hombre y un despacho que parecen estar proclamando el célebre “Ni me arrepiento ni me olvido”. Su memoria es buena. Por supuesto recuerda aquella cacería en la Encomienda de Mudela, unos cotos propiedad del Instituto de Colonización, o sea, del Estado. “Yo iba por la mañana, cuando empezaba la cacería, estaba un rato y me volvía al Gobierno Civil. Siempre he detestado la caza. Me parecía y me parece cosa de señoritos, una cosa feudal”. Intimidado por las banderas, los bustos y demás no se atreve uno a peguntarle si eso se lo dijo entonces a, no sé, por ejemplo a Franco; o qué le parecía que Franco se hubiese hecho retratar él sólo con las perdices que mataron veinte escopetas, para hacerse la ilusión acaso un día de que se debió sólo a la suya. Decididamente, no vale uno para periodista. Si Giménez Caballero llamó a la estilográfica de Franco “el falo del fascismo español”, qué no hubiera dicho de su escopeta. “Utrera, ¿le parece que veamos las fotos?”. “Sí, las fotos. Desde luego, no se publicaron, pero tanto como estar secuestradas…” Él mismo cree tener una en alguna parte. No sabe dónde. “No, la mayoría no las conocía”.
Le muestro las identificaciones de Peñafiel. “No me hable de ese señor. No voy a decir lo que me parece”. Mira detenidamente con una lupa las que le llevo, y va desgranando algunos nombres nuevos: Benjumea, arquitecto sevillano; Eduardo Aznar Coste, marqués de Lamiaco; el coronel Bahamonde… A veces no recuerda el nombre, pero sí lo que fueron para él: “este dejó mucho que desear”, “este era un adulador profesional”, “Lolita, la más mona”… Al cabo de un rato desiste y se da por vencido: han pasado sesenta años. “De esas fotos creo que sólo quedamos vivos Carmencita [Franco] y yo…”, reconoce sin efusiones.
Sale a despedirme al vestíbulo, frente al reproducidísimo retrato de José Antonio, pintado por del Pino, que perteneció a Raimundo Fernández Cuesta, con el Ausente en mangas de camisa haciendo el saludo fascista. Mirando al retrato José Utrera Molina hace una última confidencia: “Yo desde luego no soy de izquierdas, pero mucho menos aún de derechas”.
Ya en la calle, advierte uno que Utrera y dos de sus hijos, presentes en la entrevista, discretos y respetuosos, han evitado decir una palabra de las fotos. Lo que son en tanto que documentos de barbarie. Lo que cualquiera puede ver. Tal vez la crónica más descarnada de un Régimen que dirigió con mano de hierro el dictador que sembró España de perdices y muertos, sin llegar a distinguir nunca unas de otros. Y 4.601 o 4.608 perdices en un país hundido en la miseria moral y material, el de “La gota de leche” y las cartillas de racionamiento. Es el Régimen posando para la Historia como en ningún otro retrato conocido. La corte franquista. Lo acababa de decir Utrera: “Un gobernador civil entonces era como un virrey”. Y un retrato de familia.
Apareció en el Rastro, entre la mugre, los deshechos y los trastos viejos e inservibles, allí donde Benjamin dice que esperan esas iluminaciones que, como un relámpago, llenan la noche del pasado con una luz no por espectral menos reveladora.
    [Publicado en El País Semanal el 15 de febrero de 2015]









9 de febrero de 2015

Marsé y los cabreros (y 2)

GLOSÁBAMOS aquí la semana pasada esta frase de Juan Marsé: “España es un país de cabreros, joder”. 

Las obras de Cervantes están llenas, sin embargo, de cabreros hospitalarios y cultivados, y Giner de los Ríos escuchó de labios de uno de ellos, soriano, esto, digno de Gracián por su exactitud y concisión: “Todo lo sabemos entre todos”. Si a Giner le impresionó esa frase, hasta el extremo de no olvidarla nunca, fue precisamente por oírsela a alguien que en principio encarnaría como ninguno el individualismo y cerrilismo españoles (cerrilismo viene de cerro, y “cerrera” es como llama a una de sus cabras precisamente uno de esos cabreros a los que me refería, y a cabreros como él dedica don Quijote el maravilloso y célebre discurso de la edad de oro, no a duques, ministros, intelectuales, poetas o novelistas: no, a unos simples cabreros). En cierto modo el cerril viene siendo un individualista extraviado. Y aquí queríamos llegar: al cerrilismo se le combate con un sentido de comunidad del que España ha carecido siempre (la estampa de la Asamblea francesa, puesta en pie, en pleno, cantando La Marsellesa a raíz de los últimos atentados contra Charlie Hebdo es inédita, impensable acaso, entre nosotros). Quiero decir, que de la misma manera que todo lo sabemos entre todos, todo hemos de cambiarlo entre todos.

Ganó Franco la guerra y arrebató la palabra y la idea de España (y cuanto simbolizaban palabra e idea), a la mitad de los españoles, que lejos de defenderlas como suyas, le cedieron una y otra. Los intelectuales de cierta izquierda, a diferencia de los viejos liberales (Azaña, Ortega, Azorín, Unamuno, que creían en el país y en su regeneración), se hicieron un pequeño lío, y llegaron a creer que España y todo lo español de paso (de la literatura a las corridas de toros) eran franquistas o, en su defecto, de derechas: un caso perdido.  “Pesimismo español”, lo llamaba Gaya.  “España es un país de cabreros”.... Ojalá lo fuera, si fuesen cabreros cervantinos, ginerianos. No, en España  nunca han sido un problema los cabreros. Más quebraderos de cabeza han dado los sacristanes, los espadones, los señoritos  y los malos poetas, el elitismo y, como decía Cernuda, el merdellonismo español conjugado en cualquiera de sus lenguas. Los cabreros son en principio aquellos a quienes don Quijote tiene por sus iguales y a los que les da lo mejor de sí, como ellos le dan a él lo mejor que tienen: un fuego y excelente queso de cabra.
    Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 8 de febrero de 2015]

7 de febrero de 2015

Platero al fin

HA llegado el Platero, y en él este prólogo, que pongo aquí.
De lo demás sólo decir cosas buenas y dar las gracias a todos los que lo hicieron posible, empezando por Carmen Hernández-Pinzón, y, claro, siguiendo por aquellos a los que ya se agradeció aquí en su día (interesados en pedidos, busquen entrada).
Creo le habría gustado hasta a JR.
* * *
PLATERO O LA BREVE HISTORIA DE UN LIBRO FELIZ

Este que tienes en las manos es sólo “un pedazo de libro” y, sin embargo, es tanto o más que un libro.
Apareció en 1914 en una edición que es un depurado ejemplo tipográfico del modernismo, y aunque era, en efecto, sólo la mitad de un libro, se vio desde el primer momento que estaba llamado a ser uno de los más leídos y, después del Quijote, el más editado. A Juan Ramón Jiménez, su autor, sin embargo, nunca le gustaron ni la selección ni su aspecto físico. Tal y como se publicó lo encontraba… fallido. Este es el facsímil de aquél.
Quienes hayan frecuentado a JRJ sabrán que, además de ser un grandísimo poeta, tenía sus pequeñas y grandes rarezas, que los juanramonianos estamos siempre dispuestos a comprender, compartir, celebrar o justificar. Su mujer, Zenobia Camprubí, se refirió a ellas con mucha gracia: las llamó, mientras imperaban, las “manías reinantes”. Una de las suyas más pertinaces fue la de repudiar aquel Platero por su aspecto “ridículo” y… cursi. Claro que la de la cursilería fue también la obsesión de algunos enemigos del poeta, muy activos e insidiosos incluso hasta después de su muerte, empeñados en endosársela (y cuánto le dolió que lo circulara también algún viejo amigo suyo de juventud, Ramón Gómez de la Serna, en un ensayo que tituló precisamente Lo cursi).
Creo que de todas las cosas injustas e inexactas que le dijeron a JR, esa era la que más le dolió siempre, porque nacía de un malentendido: sí, podía rastrearse en su obra, en su temperamento y en sus hábitos algo que lo propiciaba. En un país de cabreros y ateneístas, su delicadeza, su finura y su exquisitez innata para todo, (tipos de letra, el atuendo impecable, los dientes blancos, la barba hecha, las casas en que vivió, las relaciones y tratos educados con todos, incluidos los intratables…), en España, decía, esas que no son sino grandes virtudes, suelen tenerse por una debilidad, y no por lo que realmente fueron en JRJ, su verdadera fuerza. Y bastó que alguien pudiera confundir también la depurada tipografía de este libro con la cursilería, para que JRJ tratara instintivamente de separarse al mismo tiempo de la edición y del adjetivo cursi.
También influyó en su rechazo el modo en que se gestó Platero.
Un amigo de JR, Francisco Acebal, director de La Lectura, editorial y revista en la que colaboraba el poeta, le pide “alguna cosa” para cierta colección de libros infantiles que tiene decidido publicar, y JR, que cortejaba por entonces a Zenobia, le propone a Acebal una traducción de Tagore, excusa perfecta para frecuentar a su futura novia con la que pensaba traducirlo, haciendo bueno aquello del santo y la peana. Pero un enfado entre ellos interrumpe esa traducción y JR, para compensar a Acebal, le entrega el manuscrito de Platero.
Detengámonos un momento en este punto, 1914.
JR tiene entonces treintaidós años, pero Platero lo había empezado a escribir en 1906, a los veinticuatro. Es, por tanto, el libro de un casi muchacho. Las estampas que lo forman tienen mucho de recuerdos de infancia, mocedad y primera juventud, de antes de 1900, cuando su familia era rica, vivía su padre y él mismo era un joven que pensaba dedicarse por entero y despreocupadamente a la poesía. En 1906, sin embargo, habían cambiado ya muchas cosas. Su padre había muerto de una enfermedad que agravó la ruina familiar y JR, a consecuencia de esa muerte, cayó en tal apocamiento que fueron necesarios un sanatorio en Francia y más tarde otro en Madrid. Aquí conoció providencialmente a dos de los hombres que cambiaron su vida personal e intelectual: Francisco Giner, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, y el institucionista doctor Simarro, que lo acogió en su casa como amigo y paciente durante dos años. Pero la escasez de medios y un cierto hastío de la vida literaria y capitalina devolvieron a JR a Moguer, su pueblo. Pasaría en él los siguientes seis años, hasta 1912, solo con su madre, en una casa que ya no era la de los buenos y prósperos tiempos de la calle Nueva, sino otra mucho más modesta en la calle Aceña. Y en esta, que jamás mencionará en sus escritos, empezó a escribir Platero, un librito de breves estampas. No está claro cuántas se escribieron en Moguer entre 1906 y 1912, y cuántas en Madrid, entre 1912 y 1914. Según JRJ, el libro ya estaba acabado en 1912, pero sabemos también que JR tenía una idea muy laxa del verbo terminar. Y en 1914 entra en escena Acebal.
Según JR fue Acebal quien escogió de forma caprichosa de entre las ciento trentaiocho que tenía la obra “completa”, las sesentaitrés estampas de que consta esta edición “menor”, y Acebal también quien decidió decorarla con las tapas de flores, y encomendar las ilustraciones a Fernando Marco. JRJ se habría limitado a quedarse a un lado, fiado de ese editor.
Cuesta admitir que sucedió exactamente como dice JR. Este había pasado ya por la experiencia desdichada de dejar la edición de sus dos primeros libros, Ninfeas y Almas de violeta, en manos de Francisco Villaespesa, también amigo suyo en aquel entonces, 1900, encargado de meter y sacar esos dos libros de la imprenta. Es más que posible que Villaespesa, sin encomendarse a Dios ni al diablo, decidiese poner en los poemas de JR dedicatorias impresas a críticos, literatos y poetas que en su opinión serían útiles para su difusión, con el consiguiente enfado de JR, pero es poco probable que la decisión de imprimir Ninfeas en tinta verde y Almas de violeta en tinta morada, o la de incluir en la cubierta de uno de ellos el retrato en el que aparece como un dandy (obra de Ricardo Baroja), fuese enteramente de Villaespesa. Ninguno de los libros de este incurrieron jamás en esas audacias tipográficas, a la altura sólo del bigote perfiladísimo que gastaba entonces el joven JR. Con el tiempo, este, un tanto avergonzado de aquellas veleidades esteticistas, borró de su rostro el bigotito ayudándose para ello de su recia barba nazarena, y trató de borrar también de la faz de la tierra todos los ejemplares de Ninfeas y Almas de violeta que caían en sus manos… por cursis. (Y algo de burla del destino, como una penitencia que la posteridad le hubiera impuesto a JR “por do más pecado había”, hay en el hecho de que los más buscados y cotizados de su autor en el mercado de libros antiguos, alcanzando precios de fábula, sean precisamente estos dos y el Platero de 1914).
A partir de ese momento JRJ cuidó personalmente de la edición de sus obras, tanto las que le hicieron otros como las que se editó él mismo, conforme al gusto suyo de cada momento, imitando unas veces “los libros amarillos” de Mercure de France y otras, las ediciones inglesas de Whistler, hasta que encontró un estilo tipográfico suyo propio e inconfundible. ¿Cabe, pues, imaginar que JR dejaría en manos de Acebal la edición de Platero? Igual que en ocasiones anteriores, JR quiso que aquel libro, que supo desde el primer minuto destinado a los niños, tuviese esas características. Incluso que no figurase su nombre en la cubierta ni en el lomo tiene todos los visos de haber sido una decisión personal del Juan Ramón “cuáquero” de aquellos años. ¿Cabe imaginar que un editor suprimiría de la cubierta el nombre de un poeta que ya entonces era suficiente reclamo publicitario? ¿Qué sucedió entonces?
Empecemos por la elección del dibujante, Fernando Marco.
Quienes han estudiado Platero y yo apenas se han ocupado de él, en parte porque se suele creer que la ilustración, como la tipografía, es un asunto sólo decorativo, y en parte porque no ha resultado fácil saber muchas cosas del misterioso y escurridizo Marco. Había nacido en Valencia en 1885 (donde moriría en 1965, después de pasar la vida en Madrid), y era en los años diez del siglo pasado uno de los ilustradores de moda. Sus dibujos para la revista España, que dirigía Ortega, o sus cubiertas para la editorial Renacimiento (algunas, en obras de Sawa, Baroja, Unamuno, Azorín, Machado, Concha Espina, Belda o del propio JR, son memorables y se cuentan entre las mejores de la edición española), hicieron que fuese muy estimado por la clase intelectual. Alberto Jiménez Fraud, ya entonces director de la Residencia de Estudiantes, le encargaría también las cubiertas de sus “Lecturas de una hora” y de los “Cuadernillos” que cuidó personalmente JRJ. Por tanto, la elección de Marco como primer ilustrador de Platero, si no fue decisión personal de JR, tuvo que ser de su entero agrado. ¿Que sus ilustraciones acabaran decepcionándole con el tiempo? Es posible, pero que el ilustrador gozaba entonces de la mayor consideración del poeta y siguió gozando de ella muchos años, también. Las palabras de JR, por tanto, cargando toda la responsabilidad de la edición en Acebal (“te puso a su gusto, un poco ridículo, en 150 páginas de papel, forrado con flores y con dibujos elementales”, dirá JR al propio Platero años después) resultan exageradas e injustas: ese gusto “un poco ridículo” podía ser el de Acebal, pero también era en ese tiempo el de JR y, desde luego, el de Marco, el mismo a quien JR había imitado dibujando la cubierta de su libro Laberinto (1913) y el mismo a quien encargó un año después el dibujo del perejil que a partir de Estío, 1915, figurará al frente de sus libros, hasta que en 1936 lo sustituye el dibujado por Ramón Gaya. Y lo extraño, o lo fatídico, es que desde 1914 y hasta hoy mismo esas ilustraciones de Marco, en absoluto “elementales” y sí bellísimas y adecuadas (a los cien años las cosas suelen verse de muy otros modos), han acabado siendo las más representadas y representativas de Platero, al modo en que las de Doré lo son de don Quijote.
Llegamos así al asunto de la selección de textos que se incluyeron en esa “primera” edición menor. Por los comentarios de JR, se desprende que Acebal la hizo un poco al buen tuntún, pero lo cierto es que en ella figuran muchos de sus mejores fragmentos, que dan una idea exacta del conjunto, como un fractal respecto de su totalidad. Era, cierto, sólo un “pedazo” del libro, pero presupone el libro completo. El lector de la edición reducida de Platero es un lector de Platero tan completo como el de la edición completa. ¿Completa? Años después de la edición definitiva de Platero, en la editorial Calleja, 1917, JR pensó y planeó (hay borradores de ello: Otra vida de Platero, se titularía) un Platero al que añadiría muchas más estampas, libro que de haber llegado a ver la luz no hubiera incompletado el de 1917. Y este, dicho sea de paso, es otro más de los parecidos de Platero con el Quijote, del que, como es sabido, se hubieran podido suprimir o abreviar algunos de sus episodios interpolados o añadir otros nuevos sin que la historia ni el carácter de sus personajes hubiesen sufrido por ello.
¿Qué sucedió, pues, para que JR le cobrara tanta manía a esa edición ”menor” de 1914 que fue, no lo olvidemos, la misma que tanto le gustó a Francisco Giner, su principal y primer valedor?
Al poco de publicarse, Giner compró un montón de ejemplares para regalárselos a sus amigos en las navidades de 1914. A pesar de estar ya en su lecho de muerte, Giner, “que tanto amó y divulgó” el libro, como recuerda JR, no cesó de hablarle a todo el mundo de él e hizo llamar incluso a su autor. Lo recibió postrado en el mismo catre en el que moriría semanas después. La visita impresionó tanto al poeta que éste decidió después sustituir la dedicatoria original de Platero para dedicárselo a su maestro y amigo. Y aunque es cierto que a Giner tampoco le convencieron las ilustraciones de Marco, lo aclaró diciendo que acaso ninguna ilustración estuviese a la altura de Platero, como ninguna, ni las de Doré, están a la altura del don Quijote que cada lector lleva en su cabeza.
El éxito de aquel primer o “menor” Platero y yo fue tan grande e inmediato como inesperado, y tantas las promesas de ganancias, que Acebal hizo valer sus derechos sobre él y publicó otra edición más modesta destinada a las escuelas. Cuando JR trató de recuperar la propiedad de la obra ya era tarde. Las relaciones se enconaron, los tribunales dieron la razón a Acebal y cuando “yo agoté mi vocabulario de defensa y de insultos”, Acebal y otros se llevaron aquel Platero “menor” para siempre. Desde entonces habló JR de su “burro robado”, aludiendo, claro, al burro de Sancho Panza: “El que encuentre un burro, con 150 pájinas en papel crudo, con pasta florida a dos pesetas, con el apodo Juventud, u otro de igual número de pájinas, con pasta gris, a 0,75 céntimos, bajo el disfraz El libro escolar, devuélvalo a su dueño, Juan Ramón Jiménez, poeta, Madrid, porque es un burro robado”, dirá.
Sólo la edición completa en la editorial Calleja resarció a su autor algo de estos sinsabores (y por poco tiempo: Calleja secuestraría Platero de por vida), pero ya no pudo hacer nada: ambas versiones, la menor y la completa, convivirían ya siempre, y en ambas está Platero y “el universo Platero” por igual y al completo, raro misterio.
Así lo percibieron desde el primer día sus lectores, empezando, claro, por Giner. Éste no llegó a conocer la edición completa, pero leyendo la menor advirtió que en ese libro estaban expresados los ideales de lo que había tratado de hacer en su Institución Libre de Enseñanza, en cuyas escuelas se cultivaban la inteligencia y la sensibilidad, la conciencia y la responsabilidad de los niños.
Y claro que JR sabía que aunque en esa su primera salida Platero trotara hacia los niños, no era un libro para ellos: “Yo nunca he escrito nada para niños, porque creo que el niño puede leer los [mismos] libros que el hombre con determinadas excepciones” (…) “Yo –como en grande Cervantes a los hombres– creía y creo que a los niños no hay que darles disparates –libros de caballerías– para interesarles y emocionarles, sino historias y trasuntos de seres y cosas reales tratados con sentimiento profundo, sencillo y claro. Y esquisito” (…) “No es, pues, Platero, como tanto se ha dicho, un libro escrito sino escojido para niños”. Años después, 1932, y en la preciosa antología de la obra de JRJ “escogida para los niños por Zenobia Camprubí Aymar”, JR volvería sobre ese asunto en un prologuillo: ”El hombre, si es lo que puede, esplicará suficientemente al niño un sentido difícil relativo. (Otras veces lo esplicará el niño al hombre). En casos especiales, nada importa que el niño no lo entienda, no lo comprenda todo. Basta que se tome del sentimiento profundo, que se contajie del acento, como se llena de la frescura del agua corriente, del color del sol y la fragancia de los árboles; árboles, sol, agua que ni el niño ni el hombre ni el poeta mismo entienden en último término lo que significan. La naturaleza no sabe ocultar nada al niño; él tomará de ella lo que le convenga, lo que comprenda”.
Giner vio en Platero, pues, para sus pedagogías, “las posibilidades que había en el tema de un nuevo Quijote”, tal y como vio el Quijote el bachiller Sansón Carrasco, cuando a preguntas del hidalgo, le dice que es una historia que “los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran”. Y así fue como Platero conoció una gloria parecida a la del Quijote, al tiempo que se le echaba a los pies, como al Quijote, la cadena de “lectura escolar obligatoria”, inoculando en muchos niños y niñas esa resistencia que se ha manifestado secularmente en España a leer uno y otro libro en la edad adulta, y haciendo aconsejable acaso, contra la creencia del propio JR, el sacarlos definitivamente de escuelas y parvularios (y cuántos hombres y mujeres hay en España, que, convencidos de haber leído el Quijote o Platero en el colegio por obligación, se sienten liberados de “la tarea” de leerlos de adultos por gusto).
Porque, vamos a ver, de lo que trata Platero es de la memoria, lo único que a un niño le trae sin cuidado. JRJ lo subtituló precisamente así, Elegía andaluza. La elegía es una forma poética que se ocupa de la pérdida, bien de la muerte de alguien o de algo, bien de los adioses, pasajeros o definitivos. JR cantó en Platero su infancia y primera juventud, que es, de todas, la pérdida más grande en la vida de cualquiera. El joven JR recuerda su infancia y mocedad cuando apenas las ha dejado atrás, como le sucedió también al joven Tolstoi, y aunque sus recuerdos nos resulten tan vívidos por la proximidad de los hechos recordados, no por ello deja de sentir JR que su infancia y juventud y el Moguer donde estas transcurrieron se hayan perdido para siempre. Platero es el relato de aquellos años y de una vida sencilla en perpetuo contacto con la naturaleza. Claro que sencilla no quiere decir idílica, sino  en comunión con la naturaleza.
Necesitaba para ello JR un confidente, para poder hacer de su soliloquio algo con visos de coloquio, y fue a encontrarlo en este asnillo, Platero.
El parecido de Platero con el rucio de Sancho Panza es muy grande, como también la relación que tiene JR con su burro es muy parecida a la que Sancho tenía con el suyo. Y si don Quijote dio nombre a su caballo, llamándolo Rocinante, Sancho Panza llama a su burro con aquel por el que se conoce a todos los burros de capa parda clara, rucio, pudiendo considerarse este, Rucio, un nombre propio. Plateros son también todos los burros de pelo gris plateado, y Juan Ramón, como Sancho, no se quebró más la cabeza buscándole un nombre, porque ninguno le cuadraba mejor que el suyo natural: “El recuerdo de otro Moguer, unido a la presencia del nuevo, determinó mi libro. Primero lo pensé como un libro de recuerdos. En realidad mi Platero no es sólo un burro sino varios, la síntesis de varios burros plateros. Yo tuve de muchacho y de joven varios. Todos eran plateros. La suma de todos mis recuerdos con ellos dio el ente y mi libro”, nos diría JR en el prólogo de una de sus ediciones.
Y al igual que hacía Sancho con el rucio, hará JR con Platero: contarle, como a sí mismo se contaría, aquellas cosas que ve, siente, teme, sueña, espera, y siempre en un tono susurrado e íntimo: ¿qué pensaría alguien que nos viera hablarle a un burro?
Hoy aquella elegía de Juan Ramón se ha hecho más desgarradora: apenas quedan burros, reducidos a especie protegida, y los que quedan no hacen sino acrecentar la simpatía de la que esos animales han gozado siempre entre los hombres: su existencia de bestias, penosa y con trabajos superiores a sus fuerzas, se parece tanto a la de los propios humanos, que estos no pueden dejar de dirigirse a ellos como lo hicieron Sancho, San Francisco, JR: “hermano rucio”, “hermano burro”, “hermano Platero”. ¿Y qué mejor ni más atento interlocutor que un hermano? A un hermano se le cuenta todo. Bien pudo haber parafraseado JR las palabras de Flaubert: Platero soy yo… y tú. Platero y yo es y será siempre un Platero y tú. Y cuánto le habría gustado a nuestro poeta aquella rumba cuyo estribillo abundaba en la misma idea: “Borriquito como tú, tú, tú y tú”.
Y si Platero es suma de todos los plateros, también es compendio Moguer de todos los Mogueres andaluces y aun del mundo, e igual el año que aparece retratado en sus páginas, resumen de todos los años que pasó su autor en aquel pueblo. El lector asistirá, a medida que va leyendo, al paso de las estaciones, de una primavera a otra, y de los acontecimientos que marcan todas las vidas: la llegada de las golondrinas o el canto de los gallos, la floración de los campos o el olor de las bodegas al llegar el otoño, sí, pero también el pudridero de las bestias, el desamparo de una viuda o la felicidad del tontito del pueblo, la llegada del viajante, la muerte de tal o cual vecino, la ilusión de este o la decepción de aquel,  la enfermedad y la desdicha, la injusticia o la fatalidad (como esa repulsiva sanguijuela que se le entró en la boca a Platero, cuando bebía, y lo martiriza). Y todo ello descrito con una viveza, sencillez y colorido nuevos en nuestra literatura. Pues se nos olvidaba decir que el poeta que trata de contar la vida sencilla de su pueblo sólo puede contarla de una manera sencilla, y que quien miraba la realidad luminosa de aquel pueblo andaluz, sólo podría habérnoslo pintado como lo hizo JR, con los ojos del pintor que quiso ser de joven. Frente a los negros y pardos españoles de los tristes, queridos y pesimistas escritores del 98, los joviales amarillos y violetas, encarnados y azules, y, claro, los infinitos verdes de JR, verdinegros, verdeclaros, verdioscuros, verdiazules… Cuántos colores hay en ese libro, cómo tiemblan, con qué aleos… Y que JR no mentía cuando le confesó a Ortega que “ninguna de las estampas me había llevado más de diez minutos”, es cierto. No sólo su brevedad lo confirma, sino un algo directo que hay en todas ellas, como si fueran apuntes del natural, al modo de los que hacen los pintores al aire libre, no apresurados sino urgidos por el paso del tiempo: todo sucede muy deprisa. Nada tampoco de las pinturas oleosas y pesadas del costumbrismo, ni de la denuncia social y regeneracionista que le hubiera gustado a Ortega; aquí todo está apuntado, sugerido, susurrado con la levedad de una acuarela. En pocos libros encontraremos tonos más vivos, fragancias más sutiles, sensaciones más hondas. Porque Platero es el libro de un sensitivo, que siente hacia adentro y hacia afuera. Y si JRJ le dio a Platero esa expresión sencilla, ingenua, poética, repertoriando las miradas, cuitas y preocupaciones de un niño, no hay hombre de cualquier edad que no se reconozca en ellas, que no las haga suyas. Eso es lo que le gustaba a Giner, ver cómo en las páginas de Platero el pensamiento sentía y el sentimiento pensaba, esas eran las posibilidades que se abrían con él, y que seguramente le hicieron concebir a Juan Ramón la esperanza de poder escribir algún día una segunda y aun tercera parte, como hizo Cervantes con su Quijote.
Cuando llegamos al final del libro sentimos la muerte de Platero. Es una maravillosa y memorable página de todos los tiempos. Nos duele su desaparición, sí, pero admiramos la forma estoica y contenida en que se nos relata. Habla de un final, el de Platero, pero lo hace de tal modo que vemos en él el principio de otra vida más plena, consciente y superior. Resulta un pasaje casi tan expeditivo y emocionante como el de la muerte de don Quijote. Y la muerte de Platero no cierra nada, no acaba nada, como nada cierra la de nuestro amigo Alonso Quijano. Sólo por haber asistido a su paso por la vida del espíritu, se hace mejor la nuestra. Siendo muertes bien tristes, no nos encogen, pues no dejan de recordarnos que la vida sigue y que tenemos el deber de cumplirla, tal y como ellos la vivieron: alegremente. Esa es la virtud que nos enseñan sólo unos pocos libros felices, como este.