24 de noviembre de 2014

Y además... horteras

¿SE puede decir algo más  a propósito de la corrupción y los corruptos, algo nuevo y distinto de lo que hemos venido oyendo o leyendo estos últimos meses? Se puede.

Veamos. Empecemos por el asunto de esas tarjetas de las que hicieron uso los consejeros y directivos de Bankia, antes Caja Madrid, pertenecientes, como es sabido, a políticos de todo  el espectro, representantes de las oligarquías financieras y empresariales o militantes sindicalistas, socialistas y comunistas. Gracias a que todo está informatizado podemos conocer incluso cuándo, dónde y cómo fueron utilizadas estas tarjetas de crédito, es decir, en qué se empleó el dinero que se obtuvo con ellas, a veces en abultadísimas cantidades: lencería fina, vinos de miles de euro la botella, restaurantes exclusivos, coches de lujo, vacaciones en el Caribe, joyerías... No se ha dado el caso, hasta donde sepamos, de nadie que haya empleado ese dinero en, no sé, la compra de unos aguafuertes de Goya, de una primera edición rara, de un abono a la ópera de Salzburgo, incluso de Bayreuth, de un piano. Ni siquiera en algo como un tratamiento médico fuera de España o en los estudios de un hijo en una universidad extranjera... Cabría incluso la posibilidad de que, tratándose de políticos, alguno hubiese necesitado ese dinero para llevar a cabo alguna obra que remediara deficiencias o tardanzas de la administración y mirando al bien común: unas becas para licenciados en paro, la restauración de cierta iglesia románica, un comedor social, la dotación de un laboratorio de i+d... De haber sucedido algo así, nuestra indignación no sería acaso tan furibunda y sostenida.

Pues, al fin y al cabo, tanto como la implacable y patética rapiña del dinero público  abruma y descorazona ver en qué lo emplean. Y se deprime uno aún más, si cabe, porque ve que todos esos tipejxs sin escrúpulos, barcinos, erésicos o pujolos, que tratan de incorporarse aceleradamente al  mundo de los ricos, en realidad no están haciendo nada que no haga la inmensa mayoría de estos, comprarse sus mismos coches, la lencería y las joyas que ellos regalan en secreto, cazar nuestros elefantes y viajar a los mismos hoteles de lujo saudí donde se imparten cursos acelerados para destruir lo poco decente que le queda todavía a este mundo... Es decir, que tan tóxica como su ética, nos resulta esa estética suya de horteras irredentos.
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de noviembre de 2014]

23 de noviembre de 2014

El peatón de París


SI alguien os pregunta si es posible compendiar en un pequeño tomo La comedia humana y En busca del tiempo perdido, como pretendía aquel niño queriendo meter el mar de Cartago en un hoyo de la playa, respondedle sin titubeos:
–Sí, si ese libro es El peatón de París.
Es uno de los más hermosos que se hayan escrito sobre una ciudad, obra maestra y dechado de sucesivos y asombrosos hallazgos de todo tipo: verbales, poéticos, literarios, históricos, narrativos, humorísticos… A un tiempo acorde y arpegio. Je ne me fie pas trop à l’inspiration, dirá su autor en una de sus primeras páginas. Lo dice por cortesía: encuentra más discreto y elegante hablar de trabajo que de musas. Y sí, no se fía demasiado de la inspiración, pero acaso sea uno de los libros más inspirados que hayamos leído.
Dicho esto además de una ciudad como París, categórica en sí misma, que contó aquellos años con tantos escritores, y tan extraordinarios algunos, como pintores y artistas hubo en la Italia del Renacimiento. Muchos de ellos aparecen aquí, a veces meros comparsas, pero otras con retratos sagaces y sumarios: Proust, por encima de todos en su estima, Paul Valéry y Larbaud, con los que fundó la revista Commerce, y Morand, Cendrars, Philippe, Radiguet, Mac Orlan, Satie o Ravel, de quien fue amigo íntimo, entre una multitud de gentes de toda laya, hoteleros, músicos, aristócratas, rufianes, artistas, poetas, sastres, entretenidas, bohemios, millonarios, todos y cada uno con su nombre y apellidos propios y señalados en una calle, esquina, plaza, barrio precisos, La Capilla, el Cuartel Latino, Nación, el Monte de los Mártires, los Muelles, la Marisma, San Germán de los Prados, San Miguel, cuando no bares, bistrós, restaurantes, hoteles, salones, cabarés, teatros, cines, antros…
Este es un libro que habría entusiasmado a Stendhal, perpetuo homenaje a los detalles exactos. Épico y moderno. En tal sentido es una obra que sólo pudo haber escrito alguien que había dejado atrás hacía mucho su medio siglo, destilación de toda una vida, al igual que À la recherche es destilación de la de Proust. Como en el caso de Proust podría afirmarse incluso que Léon-Paul Fargue no hizo otra cosa en su vida que prepararse para escribir El peatón de París; toda su existencia, todas sus experiencias humanas y literarias, todos sus libros desembocan en estas trescientas páginas (podrá observarlo el lector de esta edición leyendo D’après Paris, que los editores han tenido el buen acuerdo de dejar para el final, pese a ser anterior; las prosas de ese libro, poéticas y a menudo atemporales, no hacían en absoluto presagiar el todo armónico en su diversidad de El peatón de París, pero leyéndolas después de El peatón no podemos dejar de verlas ya como sus precursoras).
Fargue, que había nacido en 1876 en París (de una modesta costurera y un ingeniero e industrial de la vidriera que tardó años en reconocerle, lo que para alguno de sus escoliastas explicaría la melancolía de sus obras; bah), escribe la mayor parte de El peatón de París en 1938 para publicarlo un año después. Tenía entonces sesentaitrés y apenas llevaba diez casado. Hasta ese momento había sido un hombre libre. Un hombre libre en aquel París a caballo de esos dos siglos, XIX y XX, no quiere decir lo mismo que en otras partes y en otros tiempos. Para que se comprenda de qué hablamos: Fargue asiste de muchacho en el instituto a las clases de Bergson por la mañana y a la tarde se pasa por la tertulia que se celebra en casa de Mallarmé. Si en esta página pudiera linkearse la palabra Mallarmé veríais abrirse la fronda de quienes asistían a aquellos célebres martes y que hoy se nos antojan olímpicos. En fin, la evocación du temps passé no es uno de los menores encantos de este libro.
Como los franceses, y especialmente los parisinos, tienen una predisposición genética para encajar en salones literarios, tertulias y redacciones de periódicos y revistas, ya encontramos a Fargue, antes de cumplir los treinta, en el núcleo de fundadores del que sería bastión de los simbolistas, y con el tiempo, una de las grandes aportaciones francesas a la literatura universal: la Nouvelle Revue Française. Y de ahí, del simbolismo de Mercure de France y de la poesía, no se moverá Fargue en su vida, siempre al lado de Valéry, de Gide, de Claudel… Y siempre fino y sutil, ligero pero nunca superficial.
Esta fidelidad le trajo algunos problemas con los surrealistas, a los que no tomó nunca demasiado en serio y que acaso por eso lo hubieran querido asesinar, que es, como se sabe, la secreta vocación de todo buen surrealista. A Fargue no sólo no le importó, sino que hizo gala de tales desdenes, pues con toda esa melancolía que atraviesa sus escritos no dejó nunca de ser alguien jovial. La prueba la tenemos en esto: la coña y distancia con la que observaba las sucesivas voladuras de la vanguardia no le impidieron aprovecharse de alguno de sus procedimientos más acreditados: síncopas, vértigo, ligereza, humor, destellos… Este libro está lleno de ellos: hablando de la irrupción del cine en la vida cotidiana nos dirá: “la explosión del grisú cinematográfico”. La palabra grisú nos lleva de la mano a un mundo subterráneo, negro, mineral que estalla a cada momento. Tenía fama de dejar esperando a los taxis en sus recados y visitas (Brassaï le vio junto a uno de ellos en memorable retrato), olvidándose a menudo que los había dejado allí desangrando sus economías: “el contador del taxi cocía a fuego lento”, dirá; recordando… Basta, podríamos encontrar tres ejemplos más por página.
Y fue entonces cuando todo sucedió. 1938. Su carrera literaria había sido muy parecida a la de otros muchos de aquellos hombres de letras que tenían París verdaderamente congestionada de literatura. Pues no contento París con tener una media de tres artistas por metro cuadrado, empezó a recibirlos de todas las partes del mundo en oleadas abrumadoras, en muchos casos en estado lamentable de desnutrición y en otros, con mecenas, inversionistas y publicistas millonarios incluidos, principalmente norteamericanos.
La batahola iba en aumento. El estrépito de las bombas de la Gran Guerra hizo guardar a todos silencio durante un rato, claro, pero pasada la primera impresión, volvieron a la carga y se redoblaron los gritos y el paroxismo de todo lo que llevara una x, incluido paroxismo, se apoderó de París, de los parisinos y en especial de los artistas: el sexo libre, los saxos de las jazz band y los cláxones. París declaraba inaugurados los felices años veinte, los de la plenitud de Léon-Paul Fargue.
La fama de Fargue se debía, desde luego, a sus poemas, en verso y en prosa. Incluso cuando escribía ensayos o relatos, Fargue lo hacía como suelen hacerlo los poetas, con extrema pulcritud y precisión, pero acaso sin olvidarse de sí mismo, de los versos, de la prosa. A fin de cuentas los hombres de letras están para hacer literatura. Y sí, entonces sucedió: Fargue tomó su pluma, contuvo el aliento y no respiró hasta terminar El peatón de París. Un libro que es mucho más que literatura. Acababa de meter en él, a su manera, la Comedia humana y En busca del tiempo perdido. Un soplo de vida y la vida en un soplo. Se diría incluso que lo escribió en un rapto, acaso porque todo el libro parece un único y modulado plano secuencia. O si se prefiere, una melodía. Pour la musique es el título de uno de sus libros de poemas, él, que contó con la amistad de Ravel o Satie, que musicaron algunos de ellos. Secuencia y melodía, sí. Unas veces más rápido, otras más lento, pero sin corte, sin desmayo, sin tropiezo, como a menudo vemos en La ronda de Max Ophüls. Todo fluye en él. También como un calidoscopio que no dejara de girar. Sí, Fargue fue el inventor de un calidoscopio que sintetizó por primera vez simbolismo y cubismo. El mundo lo mira un simbolista y lo cuenta un cubista. La cuadratura del círculo. Claro que no se trata de un simbolismo tétrico, sino también vital. Saint-John Perse, que prologó sus poesías completas, lo advirtió muy bien: “ningún anatema contra la existencia ni tentativa de despreciar la vida, a la manera de los simbolistas”. Es decir, como decía Nietzsche: ningún falso testimonio contra la vida, por mal que vengan dadas.
Y con esa disposición vital el plano secuencia dura, el calidoscopio gira y gira en este libro: la eterna novedad del mundo ( “me siento nacido a cada instante a la eterna novedad del mundo”, decía Alberto Caeiro; y porque viene al caso, recordar que el Libro del desasosiego, el otro gran libro del XX sobre una ciudad, es a Lisboa y a la melancolía, lo que El peatón es a París y a la alegría de vivir; y que los dos son parte de una misma moneda), la eterna novedad el mundo, decíamos, no es en Fargue otra cosa que la novedosa eternidad de la vida.
Podrá decirse que el París del que nos habla Fargue ya no existe, que han muerto todos sus actores, que aquel tiempo pasó, que no queda con vida ninguna de aquellas novedades. Pero esa es precisamente la novedad del mundo, que nada hay nuevo bajo el sol y que nada sea igual nunca. “Heme aquí al término de mi viaje sentimental y pintoresco por un París que ya no existe”, confesará Fargue con humildad, “un París cuyos ecos ya sólo nos llegan adoptando la forma de recuerdos cada día más desvaídos o de noticias desgarradoras: la muerte de un amigo muy querido, el fin de una familia hasta hace no mucho prometedora, la demolición de una casa antaño elegida para celebrar reuniones de buen gusto”.
En esta frase se compendia a su vez lo que Fargue escribió en esa larga tirada, conteniendo el aliento: memoria sentimental de la ciudad y de sí mismo, de lo que vio, de lo que ya no existe, amigos, familias enteras con su novela, casa, barrios, plazas. Todo ello saliendo del punto del plumín de su estilográfica con la menor cantidad posible de estilo literario. Digámoslo ya: si Fargue nos gusta tanto es porque no quiere tener mucho que ver con sus colegas los escritores, y prefiere conceder “el noble título de poeta” a los carreteros, vendedores de bicicletas, tenderos y hortelanos, pero no se lo niega al aristócrata o gran burgués, si lo merece. Atget o Proust son la misma moneda, la única que le permite circular libremente por París.  Aunque no es un ingenuo y sabe que “escribir es saber desnudar los secretos que hace falta aún transformar en diamantes”, este flâneur incomparable no pierde de vista lo esencial: el poeta es aquel que está en “perpetuo estado de ósmosis”. ¿Qué quiere decir eso? En su caso “llegar a no tener necesidad de mirar para ver”. Para escribir de París, como Fargue lo hará, era necesario llevar antes París en el corazón. “Llevo toda una sociedad en mi cabeza”, dijo Balzac. Sabido esto, ni siquiera hubiese sido necesario salir a la calle, hubiera podido escribir su Peatón en un cuarto en penumbra, como Proust À la Recherche.
Todo esto es este libro. Desde su publicación gozó de la mayor de las consideraciones. Todos comprendieron y admiraron el fulgor y brío de un libro que se presentaba, como el buen simbolismo, atenuado y  discreto. Hasta los escépticos tuvieron que admitir que Fargue tal vez no había inventado la pólvora (inventada acaso por Baudelaire en su Spleen de París, que inauguró un género, el de los libros sobre París; la lista sería interminable: Apollinaire y Le flâneur des deux rives,  Benjamin y su Libro de los pasajes, la Nadja de Breton, el París de Green, los libros de Mallet, Modiano, y, claro, el trabajo de fotógrafos como Izis, Brassaï. Doisneau, Cartier Bresson, Luc Dietrich, Plossu, Moï Ver o Kertesz que tanto han contribuido a fijar la “idea” de París) pero sí algo mejor, aplicada a París: la epilírica, género enteramente moderno, mitad romántico, mitad clásico, simbolismo y vanguardia. Fargue podía despedirse de esta vida tranquilo y satisfecho, con el deber cumplido.
Lo que le restaba de ella, nada menos que la ocupación, la pasó como pudo, sobreviviendo: encontramos su nombre en el segundo plano de revistas y periódicos poco recomendables, Combats, La Légion, Patrie (al fin y al cabo la mayor parte de sus amigos eran simpatizantes de Vichy, como lo habían sido del bando franquista en la guerra de España, en Occident se publicó la lista de adhesiones; y porque viene a cuento, recordar el pasaje de El peatón donde Fargue, hablando del hotel en el que vive, el Palace, habla de quienes lo comparten con él unos días, son los del Congreso en Defensa de la Cultura, Pasternak, Malraux, Bloch, Aragon y… Carranque de Ríos).
Aquí tienes, lector, una ciudad y un libro ideales. Si lees con atención en una y otro advertirás que el París de Fargue y el París de hoy no han cambiado tanto.
“Los cafés han cambiado de aspecto, pero los amores fugaces permanecen”, nos había dicho Fargue. Y no digamos los amores eternos, como Paris o Fargue.
          (Prólogo a El peatón de París de Léon-Paul Fargue. Ed. Errata Naturae, Madrid, 2014)

Editorial Errata Naturae. En librerías a partir del 17 de noviembre.


22 de noviembre de 2014

El trasnochado

RARAMENTE se ha ocupado uno en este almanaque de lo que otros dicen de él. Lo de hoy, siendo festivo, no debería contabilizar ni siquiera como réplica.
Me envía una amiga el enlace de alguien que titula que uno "revela como mínimo una pose de escritor trasnochado". 
Al glosar ese hombre mi artículo sobre el drae y la definición de ruiseñor que viene en él, pensé que lo de trasnochado iba por ahí, ya que el ruiseñor no sólo canta maravillosamente, sino que es el pájaro trasnochado por excelencia: canta todo el día, pero se le oye principalmente de noche, por trasnochar él como ningún otro.
Pero no, el articulista, se agarra a la frase en la que dice uno no acordarse del nombre del secretario de la rae. "¿Pero cómo no va acordarse?", parece decir indignado. "Nada más sencillo. Hubiera bastado con haber entrado en internet y allí habría encontrado no sólo cómo se llama, sino que es una eminencia mundial...". 
Vamos con mi frase: "Pero sucedió algo importante en la vida de cualquier ser humano… cierto día conoció uno al secretario de la rae. Fue hará cosa de un año, en una cena. Ya no recuerdo su nombre, pero sí que me pareció persona importante". 
En un primer momento me dije: "Esto va a ser la decadencia, Andrés; la gente ya no advierte la ironía de tus escritos. Si no se entiende que ese "ya no me acuerdo de su nombre" lleva la misma coña que aquel "de cuyo nombre no quiero acordarme", apaga y vámonos". Pero luego, leyendo la cartela que aparece debajo de la foto del articulista, me quedé más tranquilo: catedrático de álgebra, exrector de la universidad de La Coruña y, a tenor de la indignación que le ha producido que no recuerde uno ese nombre y el entusiasmo que pone él en recordarlo, primo turiferario del secretario de la rae, de cuyo nombre sigo sin acordarme. Ni para catedrático ni para rector ni para primo de un académico, incluso ni para académico, se necesita sentido del humor; ahora, si se escribe, no estorba tenerlo.


Córdoba (desde el tren). 12 de noviembre de 2014



21 de noviembre de 2014

Guzmán de Alfarache / Don Quijote de la Mancha


LA picaresca (Mateo Alemán) está tan cerca de la literatura (Cervantes), que a veces pueden confundirse. Pero nada más contrario a esta que aquella, por lo mismo que lo bueno es enemigo de lo mejor.
* * *
EL pícaro (Guzmán de Alfarache) vive de los demás; el héroe de sí mismo (don Quijote), vive y deja vivir, norma que sólo rompe cuando ve a alguien que trata de explotar a los demás, niño, viuda, pobre, galeote. 
* * *
Guzmán de Alfarache, claro ejemplo del sí, pero no, y del no, pero sí.

Cáceres, 8N de 2014



20 de noviembre de 2014

... y Sevilla

EL olor de la bosta caliente de los caballos, tan familiar e irreductible, es lo único genuinamente cervantino que le queda a las calles de Sevilla. Y las campanas...
* * *
LAS campanas hablan distinto en cada sitio. En Sevilla hablan sevillano, y al caer la tarde lo hacen con un deje... castellano. Esa mezcla de voz y de acento evoca a Cervantes como ninguna otra cosa.
* * *
Y desde luego, ninguna fragancia superará nunca la de la primavera sevillana: a bosta, azahar y cirios. Cada uno de esos olores potencia los otros dos. Ah, si se pudiera meter en un pomo que hiciera menos triste la lejanía.

Desde el la habitación del hotel. Sevilla, 18 de noviembre de 20

19 de noviembre de 2014

Leales

DE estas dos o tres semanas en las que uno está de aquí para allá como un viajante de comercio de sí mismo, acaso lo mejor sean los reencuentros de los viejos amigos. Hace años tal vez que no se ven, pero apenas llevan cinco minutos juntos, la conversación se retoma con la misma cordialidad y reposo que si se hubiera suspendido la víspera. Sucedió anteayer en Ávila, David, Fernando, y volverá a suceder una y mil veces porque así ha sucedido desde los tiempos de Aquiles, tal y como atestigua el nombre de esta calle. ¿Hay otro motor más seguro para la marcha del mundo que el de la lealtad? El libro que trata de su historia, habla precisamente de esa virtud que mantuvo unidos a don Quijote y Sancho mucho más allá de la muerte del primero... y de la del segundo.

Ávila, 17 de noviembre de 2014

18 de noviembre de 2014

Lo que es de nadie

SE encuentra uno en una libreta estos versos escritos quién sabe hace cuántos años, ¿quince, veinte? Son míos y de todos y de nadie, variaciones de los temas tradicionales. ¿Hay algo que no sea una variación? Porque acaso sólo podamos imprimirle a las cosas nuestro acento. La voz es de todos.

En cada rincón del aire
se ha deshojado una rosa
y el aire, que es como el alma,
se satura de un aroma
tan delicado y extremo
que hasta el alma se deshoja.

Madrid, 2 de noviembre de 2014