19 de septiembre de 2014

Dulces sueños

SE podrá decir más claro, pero no más alto:
Cada paso que se dé en el movedizo territorio a donde quieren conducirnos los nacionalismos mesiánicos, será a costa de una pérdida de derechos de ciudadanía, o lo que es lo mismo, merma de libertad, de igualdad y de solidaridad. No se puede construir Europa, el proyecto político más noble y ambicioso de nuestro presente político, agujereándola por todos lados como un gruyer, hasta dejarla en nada, un agujero negro y sin gruyer.
Escocia a esta hora hace recuento y Europa contiene la respiración. Dentro de unas horas lo sabremos. Me voy a la cama. Si gana el no, brindaremos. No con scotch, como sería lógico, sino con cava catalán (por seguir con lo que estábamos, y no mezclar). Si sale sí, en Europa no habrá nada que celebrar. Dulces sueños.

18 de septiembre de 2014

Todos somos esx y esx es todos


SE inauguró ayer en la Galería Guillermo de Osma una magnífica exposición que lleva por título "Retratos. De Toulouse Lautrec a Eduardo Arroyo". Figuran en ella obras, además de las de los dos citados, de Vázquez Díaz, Man Ray, Picasso, Solana, Gaya, Ricardo Baroja, Bores, Torres García, Alberto García Alix, Dis Berlín o Carlos García-Alix, entre otros muchos. Abre el catálogo este escrito.
* * *
De todos los pintores acaso sea Velázquez el retratista por antonomasia. Nadie parece haber llegado tan lejos. Ortega y Gasset, en el estudio que le dedica, sostiene que la pintura es esencialmente arte de retratar y este, “la primera gran revolución (…) que hace que la pintura toda fuese retrato”. Se alude con ello quizá a la capacidad del arte del retrato para traer a un mismo plano lo real y lo que está más allá de lo real, ya que en todo verdadero retrato hay siempre algo metafísico; dicho de otro modo: un retrato hace visible lo invisible.
Aunque la historia nos hable de épocas en las que las gentes parecieron sentir predilección por otros predicados de la pintura (las naturalezas muertas en los siglos XVI y XVII, la mitología en el siglo XVIII, los paisajes en el XIX o los enredos estéticos en el XX), no ha habido ninguna en la que no se haya considerado el arte de retratar como el más excelso, sofisticado y valioso de cuantos instrumentos tiene el hombre a su alcance para conocer y recordar, es decir, para ahondar en el secreto que trae consigo a este mundo el ser humano y para perpetuar su memoria en aquellos otros que habrán de sucederle.
Siguiendo la idea orteguiana, Ramón Gaya, que tantas páginas memorables nos ha dejado sobre el pintar, recuerda que “se ha pensado –en ese vivir por fuera que se acostumbra– que el “retrato” es un... género, como se ha pensado que lo es también el “paisaje” y eso otro que suelen llamar “naturaleza muerta”; pero el retrato no es un género, un género especial dentro de la pintura, un apartado suyo, ni siquiera un tema suyo; el retrato es tan sólo un fragmento de esa totalidad que viene a ser la naturaleza real viva; una naturaleza que no podemos abarcar de una vez y afrontaremos por lo tanto poco a poco, trozo a trozo, sin que por esto ella deje de ser única, sola, indivisible”.
La contemplación del mar o del fuego o la de tal o cual paisaje sublime o la de ese misterioso rincón de nuestra existencia cotidiana nos llena a menudo el alma de admiración y gratitud inefables. Puede incluso exaltarla hasta extremos desconocidos. Pero ninguna contemplación tan misteriosa y perturbadora, sin embargo, como la de un rostro humano. La intriga y la fascinación que nos produce y su fragilidad ha llevado a los artistas a tratar de fijarlo de una manera categórica, ejemplar, y para ello tan importante es que la apariencia del retrato se aproxime razonablemente a la del retratado, como que el fondo del retrato se nos dé en toda su complejidad. A poca verdad que haya en él, todo en nosotros despierta. Nos preguntamos: ¿quién es?, ¿qué quiere de nosotros?, ¿qué podemos hacer nosotros por él? Y todas ellas son preguntas que no acabarán jamás de responderse de una manera perentoria. Quiero decir que si el retrato responde a su propósito de darse por entero mediante el parecido (el retratado es también un autorretratado que se mira en el espejo del artista) y la revelación (dándonos lo que estando a la vista no era visible), seguirá eternamente vivo, y como vivo, con su misterio a cuestas, perfecto e imperfecto, que decía Juan Ramón Jiménez, completándose eternamente.
Pero sucede que no siempre nuestra vida, acelerada y distraída, “por fuera”, nos permite detenernos con todos y cada uno de esos rostros vivos que pasan a nuestro lado, como tampoco los demás podrían detenerse ante el nuestro. De ahí la importancia de los retratos de los artistas, tanto los que hacen ellos a otras gentes como los que se hacen a sí mismos. Viene a suceder con ellos algo extraño y feliz: detienen el tiempo y muestran toda la minuciosa urdimbre no sólo de esa vida que representan, sino la nuestra misma. Si “El niño de Vallecas”, la desvalida criatura velazqueña, subyuga a tantos es no sólo por descubrir nosotros en ella su expresión angélica en un cuerpo inhábil y una mente devastada, sino por mostrarnos lo cerca que se encuentran la pureza y la dicha de la animalidad, de lo irracional, y, por tanto, por recordar que nada hay tan humano como aquello que está a punto de perder su naturaleza humana, perpetuamente amenazada.
Cuando un pintor o un fotógrafo en su expresión más alta y noble nos dan testimonio de un rostro, están sacando, pues, a la luz no sólo lo que de personal y genuino tiene ese ser, haciendo visible lo invisible de él, sino todo aquello invisible nuestro, aquello que nos hermana a ese ser extraño, como si, finalmente, todos y cada uno de los rostros fueran el mismo rostro. Así lo percibimos en el caso excepcional del aludido niño de Vallecas: él representa a toda la Humanidad, y por tanto, está hablando en nombre de ella.
Por eso, viendo un gran retrato de alguien, no importa el estilo o el siglo en que fue realizado, sentimos en lo más hondo que todos somos esx, y que esx es todos, tanto si hablamos de Inocencio X o de Gertrude Stein, del Baudelaire de Nadar o de la mujer que Dorothea Lange vio durante la Gran Depresión americana. En todos los casos también ellxs nos están interpelando: ¿quién eres?, ¿qué quieres de nosotros?, ¿qué podemos hacer por ti?. Andrés Trapiello.


Ricardo Baroja, Autorretrato. Acuarela.




17 de septiembre de 2014

Un abrecartas (5)

ESTE, que era modesto hace 120 años, despierta la mirada del niño ante un tesoro: no hay mapa que no lance por delante nuestra imaginación. Sus dorados colores y la compañía que lo hizo seguramente para regalo de sus clientes, The Easter Extension Telegraph Company, con oficinas en el 50 y 11 de Old Broad St., de Londres, nos llevan hasta Kipling y con él a tiempos en los que la palabra lealtad valía por sí lo que ningún imperio. 
En su mango figura un calendario, 1895. Todos aquellos días son hoy ya muy lejanos. Este en que los escoceses tienen ante ellos, intonso aún por veinticuatro horas, el libro de su futuro, la ventura o desventura que les deparará mañana su triste referéndum, este, decía, también será lejano día para hombres y mujeres acaso más felices que nosotros porque habrán aprendido a no jugarse la vida a cara o cruz, lanzando una moneda al aire en nombre de la mitología y de la Historia.


Septiembre de 2014. Otras entradas de abrecartas: 12 y 3

16 de septiembre de 2014

Andrestopol

AYER salió hacia Barcelona desde este mismo ordenador El final de Sancho Panza y otras suertes, y ayer vio uno por primera vez en su pantalla, sacada de un fbook, esta cubierta. Se ve que ya circula. La dibujó Guillermo Trapiello, y pocas veces se habrá recogido mejor el espíritu de la letra. No es el momento de decir muchas más cosas, amigxs, sino esta sensación de haberse quedado uno también un poco huérfano. 
¿Ahora qué harás?, me pregunto después de estos diez años de trabajo, sin acabar de hacerme a la idea de estar solo de nuevo, sin todos esos personajes y en esta vieja estación de tren que se llama Andrestopol por la que me parece, hoy al menos, que no va a pasar ningún tren en mucho tiempo. Si miro las vías veo incluso que ya han empezado a crecer las primeras hierbas en el balasto. Ya sabéis, esas hierbas vagabundas, valientes y sin nombre que sólo reconocen por reina a la amapola.

Editorial Destino. De próxima publicación (noviembre de 2014)

15 de septiembre de 2014

El carlismo no se cura

SIEMPRE hay algo en Baroja de eso que los franceses llaman pétillant, el grato pellizco que producen las burbujas del champán en la lengua y el paladar. Claro que los maliciosos podrán decir que en Baroja ese picorcillo no lo produce el champán, ni siquiera el agua de Vichy,  sino la castiza gaseosa. Como quieran, pero en orden a burbujas todas son una maravilla, como las estrellas, a las que tanto se parecen. A la debida distancia, no hay estrella fea ni  una burbuja por cuyas venas no corra el mismo aristocrático gas cárbonico, todas son de gas azul. Pero Baroja,  que atinó tantas veces con apotegmas que son ya del acerbo universal  (“El psicoanálisis es el cubismo de la medicina” o “El Pensamiento Navarro. O es pensamiento o es navarro”), se equivocó en el que acaso es el más famoso de los suyos, “El carlismo se cura viajando”. Entendía por carlismo todo lo cerril, oscurantista e intransigente. Pues bien, en esta ocasión el tiempo ha quitado la razón al liberal don Pío: el carlismo no se cura ni viajando. De hecho algunos viajan para acreditárselo y subirlo de punto.

Y no se dice aquí por  el carlismo rampante de Eta en tournée permanente por Argelia o Venezuela ni por esos 2500 europeos que han viajado hasta Siria e Irak para cortar cabezas en las hordas yihadistas. Ni siquiera hablamos de esas otras hordas turísticas que viajan desde el Norte para arrasar el Sur con sus descerebrados  modos de entender el esparcimiento. Piensa uno ahora en un carlismo local no por incruento menos desolador. Vienen a doctorarse en él, nos dicen, de todas partes del mundo. Hablamos, cómo no, de la célebre “tomatina de Buñol”, esa bacanal en la que unos miles de enajenados irreversibles, crónicos y accidentales se rebozan como salvajes en un vómito tomatil de color rojo carlista por las calles del pueblo. Acostumbrados a las protestas ciudadanas por las corridas de toros, no se entiende cómo nadie ha pedido aún el indulto de los pobres tomates de Buñol, siquiera por razones de salubridad mental. Tampoco hace falta viajar mucho para saber que 120 toneladas de tomates tratados así son un serio problema moral (“más de mil millones de seres humanos padecen hambre en el mundo”) y un serio problema estético. Pero como diría Baroja, es difícil acabar con el carlismo en un país de “curas, moscas y carabineros”. Los curas de hoy se llaman concejales y los carabineros prescriben el  calibre de los tomates. Por suerte las moscas siguen siendo las mismas.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de septiembre de 2014]

14 de septiembre de 2014

Decíamos ayer

DECÍAMOS ayer que acaso cuánto mejor, en estas fechas, irse a nadar a la piscina, tal como escribió Kafka en su diario precisamente la mañana en que Alemania declaraba la guerra al mundo.
También parecerán dentro de unos años estos días que vivimos con incertidumbre y una vaga angustia, lejanísimos. Y sin la menor duda, algunos los podrán ver con indiferencia y sin dolor, libres de veras. Felices ellos. La luna les acompañará entonces, como nos acompaña, y su felicidad nos ayuda a pasar mejor estas jornadas, y la vergüenza.
Volvamos, pues, a la lengua de pájaros, rosas y lunas, la que ellos seguirán hablando, más allá de la Historia; volvamos, sí, a su misterio arcano, tan actual, tan vivo, tan presente.


3 de septiembre de 2014

13 de septiembre de 2014

Una confidencia

VIENDO las cosas que están pasando, nadar en la piscina quizá sea la última esperanza, como se dice en aquella anotación de Kafka. Ya hemos visto que la solución no son los bárbaros. Los tenemos en casa, y nada ha mejorado.

El Rastro, 31 de mayo de 2009