13 de febrero de 2016

De Juan Cruz

Se publica hoy en El País esta entrevista que nos hizo a Manuel Borrás y a mí Juan Cruz en El Espejo (como bien dice JCruz, parece que fuimos a buscar el sitio a propósito). El buen interlocutor, y JC. lo fue en grado máximo, nos hace ver las cosas más claras, y decirlas de una manera más sencilla. En efecto, el desplazamiento de la vida está en el origen de estos libros, y de todos, y su historia es precisamente la conquista de un lugar suyo propio, que no es otro que el propio libro, es decir, una vida propia, donde poder quedarse al fin ("hagamos tres tiendas", en palabras de Pedro el Pescador). Por ello quede constancia aquí de mi gratitud a él, y claro, a Manuel Borrás.
* * *
Este editor tenía veinticinco años menos cuando el escritor que tiene enfrente le llevó un mamotreto con sus confesiones. Esa noche, el editor, Manuel Borrás, de Pre-Textos, no pudo dormir, pero no pensando en cómo rechazar el manuscrito sino pendiente de lo que al autor, Andrés Trapiello (León, 1953), le había pasado el año que tan minuciosamente relataba. Desde entonces no sólo son editor y autor sino que también amigos. En ese mundo de egos confrontados que es el universo de los libros eso puede ser milagroso. Los dos hablan de esa relación (y de los diarios) en un café, El Espejo, cuyo nombre parece adecuado para charlar sobre la literatura del yo.
Aquel primer volumen, El gato encerrado, se refería a las peripecias personales de Trapiello en 1987, y se publicó en 1990. Este último, el decimonoveno, trata de 2005. ¿Es un milagro, Borrás, tener a alguien tanto tiempo en el catálogo y además ser su amigo? “No suele ser común, sí. A veces consigues mantener esa amistad, otras no. Si eres leal, eres sincero. Y si aceptan la verdad, todo discurre sobre ruedas”. ¿Pero no ha tenido usted la tentación de decirle: ¡oye, basta de diarios!? ¿Qué pensó cuando le llegó este material? “¡Uf, aquel volumen! Él me había hablado de la existencia de unos diarios. Que se lo había propuesto a cinco editores y se lo habían rechazado. Yo sería el sexto en rechazarlo, me dijo”. A Trapiello los editores del rechazo le explicaron cómo tendría que haberlo hecho. “Son cartas que conservo porque me divierten; no sólo me lo rechazaban sino que, como dice Ferlosio, ¡venían con inri!”… Los libros no tienen por qué gustar a todo el mundo. Y no, no me importó que me dijeran que no. Yo he sido editor desde muy joven… Lo que les interesaba era justificarse quizá porque creían que yo era un autor complicado”.
¿Y usted por qué le dijo que sí, Borrás? “Cuando me fui a la cama, con el original, estaba agotado y me lo leí de un tirón. ¡800 folios! Lo malcrié porque si ahora me manda un tocho así seguro que no lo leo en una noche!”. ¿Y no echó usted de menos los nombres propios, que hubiera tanta X no le interrumpía la lectura? “¡Pero las adiviné todas!”. “Hay mucha gente”, dice Trapiello, “que me ha reprochado tanta X. A otra le da igual. Era un lector muy asiduo de los diarios de Stendhal y en ellos encontraba el escollo de los nombres propios. ¡No sabía nada de ellos!”. Así que optó por las X, “además porque no son unos diarios propiamente, sino que están concebidos como una novela porque salen cinco, seis, siete o diez años después de lo que se cuenta… Si se leyeran dentro de cincuenta años y estuvieran los nombres propios nadie se enteraría de quiénes son, así que para qué… Cada X representa un comportamiento, una conducta moral, el nombre real es en muchos casos secundario. Sólo cuando es significativo el nombre (‘X no cree en Dios’ no es el mismo que ‘el Papa no cree en Dios’)”.
El primer volumen tardó en venderse diez años. ¿Usted, Borrás, como editor, no cree que se venderían mejor si hubiera un índice de nombres propios? “No lo sé. Un diario no se puede vender como un best seller; en el caso de Andrés lo efectivísimo ha sido el boca-oído… Y no sólo se vendió mal la primera entrega, también la segunda, la tercera, la cuarta… Pero seguí publicando porque creo que la misión del editor es también creer en aquello que estás sometiendo a la intemperie de los otros. ¡Publico un libro porque a mí me ha servido!”.
Trapiello ha escrito ya más de diez mil páginas de diario, minuciosamente. En este nuevo volumen, Seré duda, declara muy pronto: “Yo es nadie”. ¿La vida de yo es nadie tiene diez mil páginas? “En algún momento ya he explicado que este tipo de libros los escribe una persona que tiene la sensación de que llega tarde al lugar de los hechos o que se va demasiado pronto de donde suceden las cosas, alguien que está desplazado social, literaria y políticamente, e intenta encontrar ser un encaje en todo ello”.
—¿De veras se siente usted desplazado?
—Personalmente sí. De arranque, este es un diario, aunque luego sea una verdadera novela. Vamos al diario justamente aquellos que salimos de una conversación con la sensación de teníamos que haberle dicho esto a alguien…, porque siempre se nos ocurre la respuesta dos horas después… No, no me siento desplazado; en una obra literaria el autor no se siente desplazado… Estoy muy a gusto en el diario, tal vez no en la vida, pero sí en estos libros.
—¿Y por qué no en la vida?
—Nadie está a gusto en la vida o lo está muy relativamente, muy barojianamente, porque todo está bien relativamente.
—¿Le cura este proceso de escribir?
—¡Me debe curar porque llevo diecinueve tomos!... Son remedios homeopáticos, no son de choque sino de mantenimiento; me mantienen más o menos en forma.
—¿Y usted nunca ha desfallecido, Manuel, como editor, publicando esos diecinueve tomos?
—En ningún momento. Andrés ha tenido dudas por los resultados en algún momento; es inherente a su temperamento y por el ímprobo esfuerzo que hace. Él ha causado con los diarios polémicas y sinsabores; a mi también me han dolido algunas de sus caricaturas, pero jamás le he puesto puertas al campo.
Foto. Jaime Villanueva

11 de febrero de 2016

El potaje madrileño

LA noche del pasado 20 de diciembre, tras conocerse los resultados electorales, Pablo Iglesias compareció enardecido ante la opinión pública. La formación que lidera había ganado las elecciones generales y, más importante aún, la guerra civil. Empezó a desgranar una letanía abrumadora, melodramática, furiosa, en su línea. Se oyen, entre otras, proclamó, “las voces de Margarita Nelken, Clara Campoamor y Dolores Ibarruri (…) las voces de Durruti, de  Largo Caballero, de Azaña, de Pepe Díaz y de Andreu Nin”. Un “Pepe” que le salió con el mismo arrobo con el que los camaradas españoles hablaban de “Pepe Stalin”. No llamaba tanto la atención que la mayor parte de “las voces” que se oyeran esa noche fueran de la guerra civil, ni la exaltación y el convencimiento de estar escribiendo y reescribiendo de paso la Historia, sino el potaje.
Pablo Iglesias debería leer, en el tiempo que le dejen libre el Juan de Mairena de Machado y “La ética de la razón pura”, La revolución española vista por una republicana, de Clara Campoamor. Es un libro extraordinario. Hay edición reciente. Comprendería las razones por las cuales Clara Campoamor tuvo que salir por pies de España apenas estalló la guerra (como Chaves Nogales, don José Castillejo o Juan Ramón Jiménez): sus vidas corrían peligro, el de verdad; por ejemplo, Margarita Nelken, una escritora mediocre, no parece que hubiera tenido reparo en “pasear” personalmente a Campoamor, o alguno de los partidarios de Pasionaria, Durruti o Largo Caballero, quienes hicieron, por cierto, todo lo posible por acabar con Azaña y lo que él representaba. En cuanto a Andreu Nin… Fue a “Pepe” Díaz a quien debieron pedirse responsabilidades directas por su asesinato, ejecutado por comunistas españoles.
Queda por dilucidar si toda esta confusión de obras, tiempos, ideas es fruto de la precipitación, la ignorancia o el oportunismo, con el fin de “envolver la mercancía”, como suele decirse, para pasar el género averiado. Por esa razón tal vez no sea abusivo parafrasear aquel célebre “quita tus sucias manos de Clara Campoamor; quita tus sucias manos de Andreu Nin”.
El debate sobre los símbolos y monumentos del franquismo es antiguo, y no está en absoluto resuelto (por ejemplo, los restos de José Antonio y de Franco deberían salir del Valle de los Caídos, pero sería un disparate volarlo con dinamita) ni es el objeto de estas líneas.
Lo ridículo de la lista confeccionada por una comisión de la Memoria Histórica de la Universidad Complutense, según este periódico a petición de la alcaldesa (ella lo niega), no es tanto la satanización de  tales o cuales escritores y artistas, sino conocer las razones por las que, “sin salirnos de sus propósitos”, como decía Hannah Arendt de Hitler y sus pogromos antijudíos, no han incluido en ella a Ramón Gómez de la Serna, Azorín, Dionisio Ridruejo, Pío Baroja, José Ortega y Gasset, Julio Camba, Tomás Borrás, José Gutiérrez Solana, Edgar Neville, Emilio Carrere, Ricardo León, Antonio Díaz Cañabate, Jacinto Benavente (o Marañón, con hospital, o Maeztu, con instituto) y muchos otros con tantos méritos como ellos. Seguramente sólo haya habido, en uno y otro caso, en el de las inclusiones y en el de las exclusiones, la ignorancia, una ignorancia que al mismo tiempo que se origina en el fanatismo, conduce irremediablemente a él.
Es absurdo, y una pérdida de tiempo, hablar de literatura con quienes han confeccionado esa lista en la que figuran Manuel Machado, Cunqueiro o Pla, ni tratar de convencerles de que merecen no una calle en Madrid, sino en todas las ciudades españolas, ni que, como decía Nietzsche, el exceso de memoria, mata la vida, ni recordarles que en aquella guerra no fue infrecuente que la víctima acabara en victimario, y a la inversa, ni porfiar enumerándoles a quienes escribieron odas a Stalin o secundaron sus políticas genocidas, con calles hoy en España… pero quizá sí valga la pena este último apunte. En la lista, incumpliendo a todas luces la Ley de Memoria Histórica, figura Muñoz Seca. El mismo 18 de Julio de 1936 salió al escenario del teatro Poliorama de Barcelona, donde se representaba su obra La tonta del rizo, y anunció a los espectadores, al grito de “¡Viva España!”, la sublevación de los militares en África. Lo detuvieron y lo metieron en la cárcel de San Antón, de Madrid, de donde salió tres meses después para ser asesinado en Paracuellos, a manos de verdugos que jamás pagaron por ese crimen. Participó en la guerra civil tanto como Rodríguez Zapatero, Iglesias o yo mismo.

    [Publicado en El País el 11 de febrero de 2016]

7 de febrero de 2016

Las cosas de España

Se hablaba aquí la semana pasada de la atracción que sentimos todos en periodos de crisis por la ficción. Cuando lo real es demasiado real necesitamos evadirnos, sí. ¿Pero qué es lo demasiado real? Si en una novela o película algo no nos convence, decimos: No me lo creo. Cuando nos sucede lo mismo en la realidad, exclamamos: ¡No me lo puedo creer! Y esto parece estar sucediendo en España: nadie puede creer lo que está pasando.

El caso es que no podemos vivir mucho tiempo sin creer en algo. De lo contrario nos desesperaríamos y acabaríamos tirándonos por un barranco. Puede uno vivir desesperado, desde luego, pero no sin esperanzas. Lo mejor sería hacer como si nada fuese real, es decir, como si todo esto fuese cuento, teatro. “La vida es sueño”, decía el Segismundo de Calderón. Claro que todos advertimos la diferencia entre proclamar que “la vida es sueño” o que “la vida es un sueño”. En el primer caso hablamos casi siempre de una pesadilla, y por eso querríamos despertarnos. En el segundo no querríamos hacerlo nunca.

La vida española de ahora no es precisamente “un sueño”, y sin embargo ha decidido uno si no seguir soñando, sí seguir durmiendo. Yo, ahora, leyendo Los otros rostros, un grueso tomo de artículos de Cunquiero. Los escribió de 1975 a 1981, los últimos años de su vida, en la revista Sábado Gráfico. Son extraordinarios. Muchos de ellos, obras maestras de amenidad y finura. Miro con curiosidad lo que escribió durante la agonía, muerte y entierro de Franco. España andaba entonces trastornada de realidad. Él escribió, imperturbable, de sus temas de siempre: fantasmas ingleses y galaicos y el tangueiro de Mondoñedo, el modo de preparar una lamprea o la sublime visión de las estrellas en la costa de Finisterre. Ni la menor mención a aquel acontecimiento. Cuando se publicaron esos artículos andábamos muchos algo atribulados por las cosas de España. Las cosas de España siempre nos han traído un poco a mal traer. Cunqueiro, sin embargo, logró que la ficción fuese algo real, y nos creemos todo lo que nos cuenta, por fantástico que resulte. Cuarenta años después su ficción es la nuestra. Lo leemos arrobados ahora, y confiamos, sí, en que al cerrar el libro lo real no quiera seguir siendo la mala ficción que viene siendo.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de febrero de 2016]

5 de febrero de 2016

De Juan Marqués

Lo que se dijo aquí el otro día de la reseña de la traducción del Quijote, que se publicó aquí hace unos días, vale para esta de Juan Marqués, que aparece en el número 100 del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza. Acaba de salir, y el buen amigo que él es sabe cuán sinceramente se la agradezco, siendo como es una de las más generosas y hermosas que podrá recibir nunca ese trabajo.
* * *
HUBO una vez un pequeño pueblo, en algún lugar de la Mancha, en el que el habitante que menos horas dormía era el único que soñaba, o por lo menos el que lo hacía con horizontes más altos y heroicos. No sabemos con exactitud su nombre, pero no importa mucho, porque aquel hombre anónimo fue mucho menos real que la criatura que, al final de su vida, inventó: un caballero andante de los de la mejor estirpe, de admirable fuerza y comprobado valor, enamorado ejemplar, cristiano impecable, cuyas aventuras, desgracias y temeridades consiguieron elevar, iluminar y acaso justificar una existencia que hasta ese momento había sido desesperantemente gris, estéril, anodina. No soy cervantista y no domino la ingobernable bibliografía sobre El Quijote, y por tanto no sé si alguien ha estado de acuerdo conmigo en que una de las principales claves del libro está en ese momento final (cap. LXI de la segunda parte) en el que se nos explica que, al llegar a la playa de Barcelona, el anciano don Quijote, por primerísima vez en su vida, pudo contemplar el mar. Tengo para mí que, en ese renglón, Miguel de Cervantes muestra una complicidad definitiva con su propia criatura (de la que, a su vez, sabemos muchas más cosas que del propio escritor, más fantasmagórico y desdibujado aún que Alonso Quijano), y nos está explicando claramente que, en su opinión, aquel viejo hidalgo, loco o no, hizo muy bien en marcharse de su pueblo en busca de peligros y fatigas, como deberíamos hacer todos, huyendo de comodidades y rutinas. Esa visión primera del mar es el impagable detalle que acaba de dar la razón al personaje, y lo que de paso da la razón a Luis Rosales respecto a lo que escribió en aquel libro solemne pero precioso que escribió sobre Cervantes y la libertad.
                  Jamás pensé que escribiría una reseña sobre El Quijote. Parece casi una afrenta, pero ahora, de nuevo en “año cervantino” (se han cumplido cuatrocientos años de la publicación de la segunda parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha), Andrés Trapiello da lugar a ello al publicar el resultado de un trabajo que, en secreto, ha ido llevando a cabo durante los últimos catorce años, y de ese modo nos invita a releer y comentar “el mejor libro del mundo” con ojos menos eruditos, más relajados. Sucede, en efecto, que Trapiello ha traducido El Quijote al español de hoy, cumpliendo con un proyecto que en principio es fácil de atacar si no se lee, pero que resulta altamente convincente en cuanto uno lo hojea unos pocos minutos. En un primer momento a mí mismo me pareció innecesaria tal actualización, pues Cervantes no queda tan lejos y es famosa la modernidad de su lenguaje, de su prosa o desde luego de sus técnicas narrativas…, pero lo cierto es que en el original hay cientos de muestras de paremiología, vocabulario rural o términos técnicos (que ahora ya son arcaísmos) que en efecto siempre han necesitado ir acompañados de una explicación para el lector de nuestro siglo. Lo que otras ediciones hacían con un aparato de notas más o menos profuso, minucioso o directamente agotador, Trapiello lo resuelve por el atajo de la versión, algo que sólo podrá parecer una profanación a quienes ignoran que apenas existen clásicos literarios (también, por supuesto, españoles) que no hayan sido adaptados para facilitar su comprensión. Seguramente ninguno de los que han protestado por la idea de Trapiello ha leído jamás el Cantar de Mío Cid o las sublimes Coplas de Jorge Manrique en la versión literal de sus autores, y no  me refiero tanto a las grafías originales, que por supuesto hay que traer hasta las de nuestro tiempo, como a la morfología de las preposiciones y conjunciones, o incluso a determinadas y casi imperceptibles cuestiones sintácticas. Aportando otras razones, lo explica muy bien el responsable en su introducción, en la que además alude desde el principio a que quiso hacer algo comparable a lo que las Misiones Pedagógicas hicieron con los cuadros de El Prado: llevarlos hasta sus dueños legítimos, aunque fuera a través de copias. Devolver al pueblo lo suyo. Descubrir a la gente que son propietarios de un patrimonio cultural gigantesco, y que tienen derecho a disfrutarlo, sin que limitaciones de ningún tipo puedan impedirlo. Es decir, conseguir que quienes no se vean con fuerzas, ánimos o códigos como para atreverse a enfrentarse con un texto de 1605 puedan beberlo y disfrutarlo en un idioma que, si no es el estándar de 2015, es incomparablemente más próximo, sin necesidad de manipular demasiado el de la época que lo engendró.
                  Es verdad que El Quijote de Cervantes, en lo esencial, se entiende todavía y se entiende bien, pero cabe preguntarse si esto es así también en los casos de quienes no leen con frecuencia, o en el caso de los lectores más jóvenes, o en el de quienes no tienen el castellano como lengua materna… Todos éstos van a encontrar en este ímprobo trabajo de Trapiello una enorme ayuda, lo cual no va a impedir en absoluto que puedan afirmar que han leído a Cervantes con todas las de la ley, pues el novelista de hoy ha tratado al de ayer con todo el respeto y la admiración que ya ha demostrado en muchas otras ocasiones (como en esa osadía de continuar la obra maestra contando qué sucedió Al morir don Quijote, y después, con todavía más talento e imaginación, al narrar El final de Sancho Panza y otras suertes), y sus intervenciones, siendo numerosísimas, son muy discretas y sutiles, nada invasivas, nunca maniáticas ni caprichosas. O casi nunca, pues para decirlo todo he de advertir que he detectado un pasaje en el que Trapiello sí se pone creativo, pero el resultado es tan genial que merece la pena, logrando un aforismo que es también toda una lección para poetas: sucede en ese episodio inolvidable y ya casi epilogal (cap. LXVIII de la segunda parte) en el que el cada vez más intuitivo y contestón Sancho Panza, con más razón que un profeta, afirma en la versión original que “los pensamientos que dan lugar a hacer coplas no deben de ser muchos”. Pues bien, lo que en Cervantes se refería a la exigua cantidad de los motivos inspiradores, en Trapiello, con un giro estupendo y un tanto escéptico de poeta veterano, alude más bien a la sospechosa calidad de los mismos: “los pensamientos que dan lugar a hacer coplas no deben de serlo mucho” (p. 976).
Antes de recorrer esta versión de Trapiello había leído El Quijote tres gozosas veces, en 1996, 1999 y 2004. Supongo que siempre que en el futuro vuelva a él recurriré al texto de Cervantes, pero me alegra haber podido conocer esta adaptación, que sin duda me ha acercado a algunas zonas oscuras que antes pasaría por alto, y sé que cuando revisite el original tendré muy cerca esta edición, para consultarla con frecuencia y aprovecharme de sus comodidades y ventajas. También sospecho que, cuando algún día mis hijos quieran leerlo, será este volumen el que les recomendaré, y de hecho eso es algo que no ha estado lejos de suceder ya. Cuando mi hijo mayor, de tres años y medio y gran lector de cuentos, levantó sus ojos de su Animalario y me observó leer, en pruebas, uno de los cuadernos de Trapiello, me preguntó con curiosidad:
–Papá, ¿tú también estás leyendo un cuento?
–Sí, Bruno –respondí yo–. Es, de hecho, el cuento más hermoso que se ha escrito jamás.
–¿Me lo cuentas?

Juan Marqués

31 de enero de 2016

Será real

HAY muchos testimonios de época. Los buques que se cruzaban en la derrota Londres-Nueva York aminoraban su marcha en medio del Atlántico. “¿Qué sabéis de Nell? ¿Qué ha sido de ella?”, preguntaban los que regresaban a Inglaterra, ayudándose de las bocinas, de barco a barco. Nell era la protagonista de Tienda de antigüedades, que Charles Dickens estaba publicando por entregas. La pasión que esa novela había despertado en lectores de toda laya, marineros, artesanos, burgueses o lores del Almirantazgo, fue colosal. Sabemos cómo era la Inglaterra de Dickens: fábricas inhumanas, explotación infantil, ciudades inhóspitas, delincuencia, prostitución, jueces venales, nobleza despótica...

Cuanto más increíble nos resulta la realidad, o más difícil de aceptar, más nos refugiamos en la ficción. Esa es acaso una de las razones por las que nos gustan tanto las series. Gracias a los adelantos técnicos podemos devorarlas además en sesiones  maratonianas, todos los capítulos seguidos, sin tener que esperar como los marineros dickensianos la cadencia semanal. Muchos incluso preferimos esperar a que se hayan emitido todas las temporadas, como cuando en mi infancia, antes de que se estilase el no menos fabuloso adelanto de las pipas peladas, se pasaba uno una tarde  aburrida de domingo pelando pipas y dejándolas en un montoncito aparte, para comerlas juntas de un atracón.

Seguramente existe ya un buen estudio que relacione las novelas por entregas y seriales radiofónicos y de televisión con los periodos de crisis. “Al menos en la ficción”, nos decimos con alivio, “las cosas tienen algún sentido”. El problema es cuando la realidad imita al arte. La realidad política española y catalana ha empezado una andadura de folletón. Cada semana parece más inverosímil que la anterior. La trama se complica. Como los guionistas además no son muy buenos (los Dickens no abundan) no sabemos si estamos en un sainete o en una tragedia. La expectación, no obstante, es máxima. Igual que con las series. Y la tentación de esperar a que todo haya concluido para enterarse del final, enorme. ¿Será feliz o desdichado? El único problema es que a diferencia de Nell, somos mortales: lo que nos suceda... será real y nos hará felices o desdichados de veras.
   
      [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 31 de enero de 2016}

30 de enero de 2016

De Arcadi Espada

Gracias, Arcadi, por esto.
Yo sé que en esta entrevista de El Mundo me haces salir bastante mejor de lo que soy, pero como acabo de ponerte en un correo, no me importa.
El género de la entrevistas es un género especial que tiene mucho si no de ficción sí de espejismo, y sé que lo mejor de lo que dice ese AT. que sale ahí es de un AE. con el que suelo estar de acuerdo casi siempre; en estas cuestiones político/poéticas de la literatura ficcional,  sin lugar a dudas siempre. Él es quien mejor y más extensamente ha pensado en España de ese asunto, a mi modo de ver.



Andrés Trapiello acaba de publicar Seré duda (Pre-Textos), un estupendo título entre la metafísica y la prosa de vestuario, el volumen 19 de su Salón de los Pasos Perdidos. Este colosal ejercicio literario que ya ha cumplido las 9.000 páginas y los 25 años.

Arcadi Espada.- ¿Qué cumpleaños estamos celebrando?

Andrés Trapiello.- Celebramos los 25 años de El gato encerrado, el primer volumen de los diarios. Un año antes se había publicado, a una entrega por semana, en el suplemento literario de Diario de Jerez, que llevaban Juan Bonilla y José Mateos. 

A. E.- ¿A qué año correspondían las anotaciones?

A. T.- 1987. Entonces me tomaba un lapso de tres años. Luego aumentó a cinco y ahora está en 10. Querría acortar el tiempo de nuevo y volver a los cinco años para lo cual tendría que publicar durante algún tiempo más de un volumen por año. Pero, en fin, todo esto tiene poca importancia porque al tratarse de una ficción

A. E.- Veo que ha comprendido enseguida de qué va a ir esto.

A. T.- Me lo imagino, me lo imagino.

A. E.- Ja, ja. ¿Cuántos volúmenes ?

A. T.- 19 volúmenes. Y páginas, 9.904. De las cosas más tristes que he hecho nunca. Contarlas.

A. E.- ¿Cada una de esas páginas tiene su versión manuscrita?

A. T.- No. Yo escribo casi todos los días en unas libretas las cosas que me pasan. Al cabo del tiempo vuelvo a las libretas manuscritas que correspondan al año que toque. Aproximadamente la mitad de lo escrito no me sirve. Digamos que me quedo con 150 páginas, que pueden crecer en el momento de la reescritura en el ordenador hasta las 500 o 600. 

A. E.- ¿En esa ampliación introduce elementos categóricamente ficciones?

A. T.- Sí. Le pondré uno de mis ejemplos favoritos. Un año conté que me encontré con una muchacha en mi barrio y la seguí. La seguí hasta tal punto, que acabamos en un hotel, digamos que en el vestíbulo, porque ahí se detuvieron las fantasías del narrador. Cuando mi mujer leyó ese fragmento cerró el libro furiosa y me pidió explicaciones. Yo le dije, con alarma, que se trataba de una ficción. "Imposible", me contestó, "es imposible que eso que cuentas no haya sucedido, y también es imposible que no hayas pasado del vestíbulo del hotel". Por más que yo protestaba por mi inocencia conyugal no había manera.

A. E.- Como creo que siguen juntos debieron de cambiar sus pactos conyugales.

A. T.- Je, je. Esas cosas se gestionan como se gestionan, no sin problemas. Me dijo: "Te creo, porque es mi obligación y no indago más". Lo cierto es que era pura ficción, y que me habría gustado que no lo fuese. 

A. E.- ¿Todo lo que añade pertenece a la memoria del año en que fue escrito?

A. T.- No. También añado cosas contemporáneas al momento de la reescritura. Los aforismos, por ejemplo. Ni siquiera me importa que haya anacronismos, siempre que sean leves y no alteren los retratos morales o históricos de los personajes.

A. E.- Como en cada volumen incluye el año de referencia, deduzco que hasta las fechas son para usted novela.

A. T.- También lo eran para Galdós en sus Episodios Nacionales. Yo lo que no hago es trampa. Yo he explicado las reglas y he dicho que el lector debe tomarse todo lo narrado como un hecho novelístico. Por eso yo he llamado a esto Una novela en marcha, donde incluso la verdad de las fechas sigue aquella sentencia planiana, "más o menos, más o menos...". Una novela que lo único que necesita de modo indispensable es la verosimilitud. Yo no puedo escribir que Madrid tiene playa o que mataron a Kennedy en 2005. Yo soy un escritor realista y hago lo que Tolstoi, por ejemplo. Todo aquello que se refiere a hechos históricos constatables es verdadero

A. E.- No me parece lo mismo. Tolstoi distingue radicalmente entre los sueños del príncipe Andrei y las órdenes de Kutuzov. Hay una zanja. Sus diarios son más bien un delta donde es difícil distinguir entre el agua dulce y salada.

A. T.- Es posible. No me quiero meter en honduras. No compete al autor

A. E.- ¡Hombre!

A. T.- Sí, el autor hace lo que puede, se lo digo en serio. El autor tiene un código ético que trata de seguir con cierta honradez. Es describir la vida de las gentes con las que coincide y la suya propia. Sin trampas. Una vez le reproché a Umbral que en su Leyenda del César visionario metiera a Rafael Sánchez Mazas en el cuartel general de Franco en Salamanca, cuando nunca había estado allí. "Oye, Paco, si haces una segunda edición pon que se llama Sánchez Trazas, no sé". "Ah, no", me contestó, "porque entonces el efecto Sánchez Mazas se jode". Hay quien utiliza de una manera tramposa el dinero falso de la ficción para hacerlo circular entre los hechos.

A. E.- Y otros que utilizan el dinero de los hechos para mover sus ficciones agarrotadas.

A. T.- El tráfico me repugna en las dos direcciones. Es tóxico, porque la gente acaba por no saber cuál es la verdad de lo que se cuenta.

A. E.- Humm... Me temo que eso podría achacársele. No está claro el pacto, en los términos clásicos de Lejeune, que firma usted con su lector.

A. T.- En realidad... Mire yo firmo el pacto de Sherezade. Te voy a contar un cuento para que te mantengas despierto y vas a vivir el cuento con tal intensidad que lo creerás real. El pacto clásico de la verosimilitud.

A. E.- Hummm... En realidad lo único que sabemos de cierto sobre la verosimilitud es que los hechos contados no sucedieron. La verosimilitud es, en realidad, una garantía de que lo contado no es veraz. Y eso es un problema para buena parte de lo que usted explica.

A. T.- Lo importante no es que sean o no veraces, sino que el lector los juzgue verosímiles, es decir, como hechos que podrían haber sucedido. Yo lo dejo en las manos del lector. Y que juzgue.

A. E.- Como lector no me da lo mismo que el tumor de su mujer descrito en esta última entrega fuese una invención.
A. T.- El tono y el crédito del libro exigen que eso sea cierto. No podría ser de otro modo.

A. E.- Humm... Lo dice el mismo hombre que se inventa una (semi) infidelidad

A. T.- ¡Y que su mujer ha creído que es cierta! En el libro cuento algo sobre M y su nódulo que me parece muy a propósito de lo que estamos hablando. Acababa yo de llegar a Bucarest cuando aún en el avión conecté el teléfono y leí este mensaje de M: "Una vez más tu diario nos salva. Perdóname por violar un principio sagrado". Mi mujer estaba convencida de que los médicos y yo la estábamos engañando. Al poco rato de salir yo de viaje leyó la libreta donde yo había anotado la víspera que el nódulo era benigno. La leyó, algo que no había hecho jamás. Y me escribió este mensaje. Y luego, ya por teléfono, me dijo que había vuelto a la vida "porque yo sé que tú en el diario nunca mientes". 

A. E.- Ya. Pero no hablamos de su libretas, sino de sus diarios publicados. 

A. T.- Es cierto. Pero le repito lo que le dije antes. Yo no podría hacerle eso nunca al personaje M. El novelista no hace con el personaje nada que vaya en su contra. ¿Usted se imagina a Cervantes haciendo a El Quijote protagonista de una gran mentira? El lector sabe que uno no puede jugar con estas cosas. 

A. E.- Humm... Insisto en que usted juega con el adulterio. No es una enfermedad mortal, pero puede matar. Creo que en la reacción de su mujer ante este episodio hay una clave interesante. Ella comprende que usted lo cuente y no lo cuente.

A. T.- Sin duda...A. E.- En las prácticas novelescas siempre hay en el fondo un problema social. Yo no puede decir las cosas que dice él.

A. T.- ¿Sabe lo que significa todo esto? Que yo vivo peligrosamente. Y que los escritores como yo vivimos peligrosamente.

A. E.- Y que tiene una lógica necesidad de protegerse: su experimento tiene escasos precedentes.

A. T.- Sin duda. Hay que salvar a un mismo tiempo la verdad y la vida. Eso es, precisamente, lo que Miriam cree que hice con la narración de mi supuesto adulterio.

A. E.- ¿Y no sería mejor hablar claramente de la ficción, y otras vaguedades, como una forma de protección, sin más?

A. T.- Puede ser. Pero eso es asunto de otros, de los críticos. No es mi asunto.

A. E.- Relativamente. Este párrafo en uno de los prólogos. "Porque lo que sí sé, más o menos, es que estos libros al escribirse día a día son diarios, pero al publicarse cinco o seis años después, con las enmiendas, añadidos y supresiones, son novela. No se me pregunte dónde está el busilis ni cómo se produce la transubstanciación, pero es cosa segura que lo que una mano escribe como diario la otra lo publica como novela, y procuro también seguir el consejo evangélico, de modo que de lo que hace mi mano derecha, la izquierda no se entera, y al revés". 

A. T.- Pues eso: la mano izquierda y la derecha.

A. E.- ¡Ja, ja, bravo!

A. T.- Sinceramente, yo no sé como es mi obra. Yo lo único que sé es que hace 25 años quería escribir una novela. Y que no sabía cómo se escribían las novelas. Decidí que iba a contar la mía. Y a eso me he dedicado. No soy un hombre que cumpla con el decálogo de las buenas costumbres, ni política ni literaria ni personalmente. Eso, y el propósito de contarlo, es lo que ha hecho peligrosa mi vida de escritor. Pero le repito: yo, sobre todo, hago lo que puedo. Entre esa tensión entre la verdad y la vida, por así decirlo, Tolstoi procedía de otra manera. ¿Sabe usted lo de sus diarios?

A. E.- 

A. T.- Llevaba tres. Uno, que tenía muy a la vista, para que lo leyera su mujer. Otro un poquito escondido, porque sabía que su mujer iba a pensar que lo del primer diario no era toda la verdad y para que creyera por fin haberla descubierto. Y luego llevaba un tercero.

A. E.- ¿Y en cuanto a usted?

A. T.- Yo llevo uno.

A. E.- Qué pregunta más tonta.

A. T.- En serio. Uno solo. Un solo nivel de riesgo, con protecciones.

A. E.- Y con X en vez de nombres.

A. T.- Me acuerdo de una frase fundamental de Ferlosio. "Humano es ocuparse de las cosas y no medirse con los demás". Mis X son conductas, no personas.

A. E.- Volviendo al pacto, perdóneme: ¿No habría sido más fácil haber dicho….?

A. T.- Esto es una novela

A. E.- O esto es mi vida y tengo que tomar precauciones.

A. T.- No. No me habría podido tomar tantas licencias. Yo hago hablar y pensar cosas a mis X de tal modo que de ser personas se enfurecerían.

A. E.- ¿Va a seguir?

A. T.- Sí. ¿Si no, qué hago?

A. E.- Usted es su oficio.

A. T.- Pero no hablo de mí. Yo cuento mi vida, que no es lo mismo.

A. E.- Es cierto. "Muestre, no declare", la lección de Stendhal.

A. T.- Fundamental. A la gente le gusta leer vidas. Alguno me reprocha en esta ausencia de mí que no trate las escenas amorosas. Si no lo hago, le aseguro que es por incompetencia. Es verdad que soy pudoroso, pero sobre todo es por incompetencia, porque no he encontrado una manera decorosa, literariamente decorosa, de contarlo. ¡Siendo follar como es, tan bonito, si se hace bien!

A. E. - ¿Qué es hacerlo bien?

A. T.- Hacerlo sucio, que dijo Woody.