29 de junio de 2016

Y viceversa

LA elección de un Comisionado de la Memoria Histórica en el Ayuntamiento de Madrid ha despertado cierta expectación. Es natural: somos en parte lo que recordamos. Tenemos este ejemplo reciente. En la localidad catalana de Tortosa, a propuesta del alcalde y para mantener o derribar cierto monumento franquista, se convocó un referéndum al que se opusieron muchos de los del “derecho a decidir” (o sea, a destruir sin consultar a todos). El resultado (68% de vecinos en contra de que se desguace) llevó al alcalde, partidario no sólo del referéndum sino de conservar el muy visible armatoste erigido en aquellos célebres “25 años de paz”, a decir: “Pedimos que no se nos trate como fascistas ni franquistas porque no lo somos”. Tiene derecho a pedirlo, incluso tienen derecho a serlo, si  él y sus vecinos respetan las leyes democráticas, asunto que excede el propósito de este artículo.

El Comisionado de la Memoria Histórica de Madrid, presidido por la abogada Sauquillo a petición de la alcaldesa Carmena, lo formamos seis personas, un secretario y un coordinador. Apenas se conoció el nombre de quienes lo integrábamos, la concejala Mayer, a quien la alcaldesa había relevado de esa comisión para dársela a Sauquillo, nos recusó a todos por “sospechosos”. A cada cual por lo suyo: al cura Urías, por cura; a Álvarez Junco por  distinguir entre Historia, Memoria y Ley y a mí “por ser alguien cuyo cuestionamiento al movimiento memorialista es explícito”. Supongo que le habrá  asesorado su “equipo histórico habitual”. Que se llame cerril a un maragato, no es un ataque a la ciudad de Astorga, y jamás ha escrito uno una sola línea contra “el movimiento memorialista” (¿o Movimiento?). Al revés, si estamos aquí para recordar a las víctimas (todas), cómo no va a haber un cura (excelente, por cierto) en ese comisionado: diez mil curas, monjas y frailes y muchos miles más de seglares asesinados durante la guerra sólo por su condición religiosaconvierten acaso a la Iglesia Católica en la Asociación de la Memoria Histórica más nutrida. Y que la actuación de la Iglesia durante el franquismo  fuera aterradora a menudo no es sino el ejemplo penoso de lo que sucedió en aquella guerra (y posguerra) en que las víctimas pudieron convertirse en victimarios tantas veces, y viceversa.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de junio de 2016]

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12 de junio de 2016

Caricaturas

TENER que hablar durante una hora de “la caricatura en la España de la República” a personas que habían pagado una apreciable cantidad de dinero para oírle a uno, me llevó a preparar mi intervención con especial cuidado y a leer o releer algunos ensayos sobre el humor, la sátira y la risa. En uno de ellos, un clásico, titulado precisamente La risa, su autor, el filósofo Henri Bergson, señala de modo muy agudo no sólo la dimensión estética y moral del humor y de la risa, sino de los mecanismos y agentes que la provocan, entre los que se cuenta acaso el más eficaz, “lo casual”, origen de eso que llamamos humor involuntario.

La vida está llena de ejemplos. Con ocasión del reciente nonagésimo cumpleaños de la Reina de Inglaterra, su hijo Carlos, heredero a un trono en el que a este paso no se va a sentar nunca, empezó su brindis con estas palabras asombrosas en las que nadie, me parece, reparó: “Madre, es difícil creer que hayas llegado a los noventa años”. El mismo día, en un periódico español, y hablando de alguien, creo que de un artista que acababa de morir, el panegirista abrochaba su elogio de un modo igualmente insólito: “Va a ser muy difícil olvidarlo”. Queriendo decir que le recordaremos siempre por excelente, parecía sugerir que su obra había sido exactamente lo contrario: una pesadilla. 

Bergson acopia algunos ejemplos anónimos (“La bolsa, amigo mío, es un juego peligroso; se gana un día y se pierde otro”; “Pues no jugaré sino cada dos días”, le responde su interlocutor) y otros con autoría (en una novelita de Gogol un funcionario le dice a su subalterno: “Robas demasiado para un funcionario de tu categoría”). Voltaire, Chesterton, Gómez de la Serna, Wilde, muchos han recurrido al humor para sobrevivir... Hace unos años recorté este “chiste” de El País: “Traemos soluciones para sus problemas”, dice alguien, y otro le pregunta: “¿Qué problemas?”, y le responde: “Los que le traemos”. El autor, El Roto, un hombre sutil, no declaraba quién hablaba, pero estando ahora en plena campaña electoral, ha pensado uno en los políticos y en la única vacuna conocida contra la retórica y la pedantería: el humor. Hoy y ayer, en tiempos de la República, donde hubo excelentes humoristas, quienes fueron, por cierto, casi siempre conservadores. Pero esta es otra historia.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de junio de 2016]

6 de junio de 2016

De boleros y otras obras

Los derechos de autor del célebre Bolero de Ravel han llegado a su fin hace unas semanas. Si el Bolero fuera la obra de un desconocido esta noticia no habría despertado ningún interés. Pero el diario Libération calcula que Ravel, primero, y luego sus herederos habrían percibido desde su estreno, en 1928, unos quinientos millones de euros en concepto de regalías, cantidad fabulosa que reverbera en el horizonte como los espejismos. 

 Cada año, ley inexorable del tiempo, unos cuantos escritores y músicos, en realidad sus herederos, ven cómo sus derechos de autor pasan al dominio público. En España, sin ir más lejos, ocurrirá este mismo año con  Unamuno y García Lorca, lo que, en el caso de este último, ayudará poco a resolver las irregularidades financieras por las que atraviesa la Fundación que lleva su nombre. 

Los escritores, artistas y músicos que hablan abiertamente de dinero en relación a sus obras, excepto si forman parte del mundo del espectáculo (nuestra sociedad tiende a creer que no hay cultura sin espectáculo), no suelen gozar de buena fama, y se les tiene por peseteros si denuncian lo absurdas que son las leyes que despojan a sus herederos de los derechos de autor. “Yo renunciaré a ellos  cuando se obligue al duque de Alba a renunciar a los suyos sobre sus colecciones de arte y sus palacios, o a usted, al pisito que dejará en herencia a sus parientes; el pisito que dejaré a mis nietos son mis derechos de autor”, han repetido los creadores. Pero se supone que los beneficios de un poema o una novela son inmateriales, y en tal caso, ¿cómo tasarlos con dinero? (Esto, no obstante, se conoce que rige para los poetas, pero no para los curas: los de mi pueblo, León, han empezado a cobrar por entrar en la catedral; o sea, que una catedral puede tener derechos de obra, pero una obra no puede tener derechos de autor). Los defensores de la exoneración de derechos de autor dicen: la Humanidad se beneficiará con ello. ¿De verdad? ¿Las entradas para oír el Bolero serán más baratas a partir de hoy? ¿Valdrán menos los libros de Lorca y Unamuno? Por supuesto que no. ¿Quién se quedará entonces con el dinero que antes iba a los herederos? Respondiendo  esta pregunta acaso pudiéramos hacer al fin una ley justa de propiedad intelectual.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 5 de junio de 2016]

4 de junio de 2016

En astillero


Ilustración de Eva Vázquez

Va a hacer cosa de un año que se publicó la traducción del Quijote al castellano actual. Tres meses antes, hablando de ello con Francisco Rico, de cuya edición me había servido para la mía, me preguntó: “¿Cómo has traducido astillero?”. Él sabe bien que es una palabra difícil de traducir. “Estante en que ponen las lanzas, adorno de la casa de un hidalgo, en el patio o soportal”, se lee en el Tesoro de Covarrubias. Le dije la verdad: aún no me había decidido. Durante catorce años lo había intentado al menos de unas veinte maneras diferentes y aproximadas, que dejaban bastante que desear. Me sugirió que pusiera «de los de lanza en su astillero»: le parecía una manera de conservar la palabra original aludiendo a algo directamente relacionado con las lanzas. Por su significación y relevancia y sabiendo que algunos la examinarían con lupa (al fin y al cabo aparece en la primera frase del Quijote, que nos sabemos todos: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”), quería uno afinar lo más posible.
La palabra significa hoy otra cosa y la expresión en astillero parece un tanto oscura en una frase en la que todo resulta claro, “adarga antigua, rocín flaco, galgo corredor”… No sé, resulta vacía y redundante. ¿Dónde, si no, se van a poner las lanzas? Lo más extraño es que tanto la palabra como la expresión en astillero sólo aparezcan en Cervantes y en ese libro. En mi traducción quedó como “de los de lanza ya olvidada”.
Para los grandes anotadores del Quijote, desde Clemencín y Rodríguez Marín al propio Rico, la palabra astillero significa lo que dice Covarrubias, donde se guardan las lanzas, arrinconadas, en la reserva, olvidadas... Estos detalles tienen su importancia, pues del significado de una sola palabra dependería la interpretación de fondo, literaria y filosófica, de nuestro libro más importante: don Quijote habría combatido las injusticias del presente con armas del pasado, grotescas y “mohosas”, poniendo así de relieve lo desigual y meritorio de sus combates.
Hace dos meses conté en una conferencia en Sevilla mis tribulaciones al traducir esa expresión. Cuando terminé, se acercó a mí un hombre discreto en el sentido cervantino, que se presentó con un nombre en verdad galdosiano, José Cabello. Fue él, archivero de La Puebla de Cazalla, pesquisando unos legajos, quien se tropezó con la firma de Miguel de Cervantes en un documento que le acreditaba a este como comisario de abastos. Bajando la voz, para que no nos oyera nadie por si me molestaba que pudieran escucharlo otros, me dijo que quizá todo lo que había dicho yo de la expresión en astillero podría estar equivocado: acababa de encontrar él en el Archivo de Indias un documento, 1595, en el que se decía que cierta cantidad de harina “estaba en astillero”. A falta de algunas comprobaciones, creía que Cervantes habría oído esa expresión, “harina en astillero”, en su reiterado trato con molineros y harineros, significando una harina que quedaba lista para ser utilizada. Acababa José Cabello de levantar una liebre más grande que la que agarra Sancho y que tanto mosqueó a don Quijote.
Un vuelo entre Madrid y Santiago de Chile da para leer el Quijote. Yo me contenté con Miguel de Cervantes: los años de Argel, el libro de Isabel Soler que comenta de una forma casi novelesca la Información de Argel, en la que el alférez Luis de Pedrosa, hablando de una de las intentonas de fuga de Cervantes, dice que el negocio (comprar una fragata para la huida) fue bien y “se puso en astilleros”.
Al llegar a Santiago José Manuel Lucía Mejías, autor él mismo de una excelente biografía de Cervantes, se ofreció con su portátil a hacer de piloto por los fondos que tiene colgados en la Red la Rae. Aparece la expresión en numerosos textos. Suárez de Figueroa, en El pasajero, de 1616, le dice a alguien que “tenéis ya vuestro libro en astillero”, y en La garduña de Sevilla, 1646, Castillo Solórzano habla de quien tenía puesta “en astillero la destilación para que la hiciese el licenciado”… Fue una de esas ocasiones en las que esta justificado decir: “Hmmm...”. Además, si Covarrubias (que sólo menciona astillero como sinónimo de lancera) no se ocupa de la expresión, sí lo hace Gonzalo Correas en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales, 1626: “Estar en astillero: lo que no está en perfección, como las naves acabadas de fabricar de madera, sin haberlas acabado de adornar”. ¿Podría extrapolarse esto a cuanto le queda poco para alcanzar su ser?
Además, ¿para qué demonios iba a querer Alonso Quijano todo un astillero para una sola lanza? ¿No le habría bastado con dejarla detrás de la puerta?: “Una lanza tras la puerta, un rocín en el establo, una adarga en la cámara…” dice del “hidalgo en la aldea” en su Menosprecio de corte y alabanza de aldea Antonio de Guevara.
Sí, “de los de lanza en astillero” no sería de los de lanza ya olvidada, sino todo lo contrario, de los de lanza casi lista para ser usada. Don Quijote había madurado tanto ya su locura, que le faltaba poco para hacer su primera salida, ansioso como estaba ya de embrazar la adarga y echar mano de su lanza para arrostrar su descomunal empresa. En realidad, escribiendo Cervantes que don Quijote era de los de lanza en astillero, nos está diciendo tal vez que Alonso Quijano era a la sazón un “caballero en astillero”, o sea, a punto de serlo. Por cierto, en la primera edición del Diccionario de Autoridades, 1726, tampoco se recoge astillero ni la expresión en astillero, aunque sí en la segunda, 1770, pero acaso sólo en atención al Quijote.
¿Qué hacer? Se imponía consultar con Pedro Álvarez de Miranda. Es Álvarez de Miranda el lexicólogo que más sabe de estos asuntos. Acaba de publicar un libro, prodigio de erudición y amenidad, que lleva por título precisamente el de Más que palabras. “No encuentro ningún otro texto en que astillero signifique 'percha o estante para astas o lanzas', lo que es algo extraño”, corrobora. No obstante, “desmontar más de dos siglos de anotaciones del Quijote exigiría una demostración demoledora, de meridiana claridad, inobjetable”, concluye, y la autoridad de Covarrubias le parece “casi inapelable” en ese caso. Y sin embargo… Sin embargo la expresión sigue siendo opaca, nadie, excepto Cervantes, usa la palabra astillero en el sentido que él le da ni la expresión lanza en astillero, y si Covarrubias es mucho, Correas no es manco… Y siendo la expresión estar en astillero o quedar en astillero de uso corriente cabría pensar que Cervantes pusiese en la suya dos sentidos, como si dijera: "de los de lanza en astillero, y nunca mejor dicho", o sea, una lanza que espera en su astillero a ser usada ya.
Por todo ello sugiero a los que tengan ese Quijote que anoten a lápiz en su ejemplar, como he hecho yo en el mío, junto a “de los de lanza ya olvidada”, un “de los de lanza casi a punto” o “de los de lanza ya en capilla”. Incluso, por darle la razón a Rico (lo que más le gusta), “de los de lanza en su lancera”. O mejor: “de los de lanza a punto en su lancera”. Es, diríamos, la solución baciyelmo aplicada a la filología, pues en estas indagaciones que quedan de momento en astillero lo importante es no hacer el ridículo.

   [Publicado en  El País el 4 de junio de 2016]









29 de mayo de 2016

Moisés y Aarón

Moisés y Aarón es el título de una ópera de Arnold Schönberg. Schönberg es un músico mental y difícil. Yo no conozco a nadie que pueda tararear dos compases seguidos de ninguna de sus partituras. Es, en ese sentido, como un poeta del que nadie recordara un solo verso. Pareciéndole poco para dos, inventó un ajedrez para cuatro, fue pintor atonal y padecía, porque estas cosas nunca vienen solas, triscaidecafobia, aversión al número trece. “La contrajo”, dicen sus biógrafos, después de componer un ciclo de trece canciones, y como Moses und Aron tenía trece letras, lo cuadró quitándole una a a Aarón. Sus partidarios nos recuerdan que los genios siempre fueron incomprendidos. Según. A la mayoría se les comprende pronto. Schönberg sigue en eso como el primer día, subvencionado.

Moisés y Aarón  vendrá a Madrid, después de París. La atracción de ese montaje, más que los actores y músicos, es un toro de mil quinientos kilos, que “actúa” de becerro de oro. En París ha causado sensación, en Madrid es de suponer que también. En las fotos promocionales se ve, desnuda, a sus pies, de espaldas, a una joven escultural. El contraste entre el buey y la muchacha es, qué duda cabe, grandísimo. No sé qué más hará, ni qué números y golpes de efecto tendrá preparados el director para distraer a los espectadores, pero todos serán pocos y estarán justificados.

La ópera se ha convertido en un asunto carísimo que sin el mecenazgo privado, pero sobre todo público, sería insostenible. Pese a los esfuerzos titánicos de directores de escena y figurinistas por hacer de las óperas espectáculos espectaculares (aquí se justifica el pleonasmo), no siempre lo consiguen. Hemos visto recientemente óperas de Haendel con todos vestidos de astronautas y de Mozart con las cantantes en bragas y sostén.  Pese a ello, su música logró que nos olvidáramos de los montajes (al ser el de Mozart medio porno, un poco menos). Sin el toro Easy Rider (ese es su nombre) Moisés y Aarón supongo que apenas será nada. Porque se le olvidaba a uno decir de la música de esta ópera: para mí  el sillón del dentista es más hospitalario. ¿Se está insinuando entonces que habría que suprimir los apoyos a estas obras? En absoluto. La segunda ley de Murphy establece que siempre se puede ir a peor, como acaso comprobemos el 26J.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 29 de mayo de 2016]

27 de mayo de 2016

Feria del Retiro

ACABA de aparecer El tejado de vidrio. De este libro, de Seré duda, último del Spp, y de otros publicados en la editorial Pre-Textos, firmaré ejemplares en su caseta (250) el domingo 29 de mayo por la mañana. De esos y de los demás lo mismo, los días que figuran en el cuadro de abajo. 



22 de mayo de 2016

Soñar no es esperar

Tarjeta postal, regalo de Martín Carrasco. Si bien el dibujo representa a un Unamuno joven (de los años en que escribió su Vida de don Quijote y Sancho, 1905, y con la pluma en astillero –y no digo más–), la postal  parece posterior, acaso de 1947, cuarto centenario del nacimiento de Cervantes. Lo más gracioso de la estampa es que el Rocinante que monta don Miguel es un caballejo de picador, con su ojo vendado. )

EL estado de reposo de Unamuno fue la acción. Dicho a su manera: un ser agónico, en su etimología clásica, combativo. Dedicó todos los minutos de vida consciente a pensar y sentir. Incluso dormido, y acaso más aún en ese estado, jamás dejó su actividad pugilística.
De los escritores españoles de la generación del 98, y aun de toda la literatura española, probablemente sea Unamuno del que puedan espigarse un mayor número de citas, si bien jamás escribió él ni una sola máxima ni un solo aforismo. Sus citas hay que encontrarlas en la densidad de su prosa y de sus versos como las esmeraldas los garampeiros.
Su manera de escribir a partir de iluminaciones, trallazos, relámpagos, intuiciones y, principalmente, paradojas, facilita que se puedan escoger tantas. No en vano escribió que “no se piensa más que en aforismos”. Es rara la página de Unamuno en la que no haya tres o cuatro grandes frases que llamen la atención, y eso en alguien como él que escribió miles de artículos (veinte mil, dicen los expertos) y miles de cartas (entre cuarenta y cincuenta mil), además de unas docenas de libros de ensayos, viaje, novelas, poesía y teatro. Las frases de Unamuno hacen pensar siempre, todo en él hace pensar, no hay nada en él de marquetería ingeniosa o de salón.
Poesías, su primer libro de poemas, 1907, incluye un “Credo poético”. Lo que dice de la poesía, de la suya en realidad, vale para toda su obra. Precisamente el primero de sus versos se ha hecho memorable, y es la primera gran cita de Unamuno: “Piensa el sentimiento, siente el pensamiento”. Y un poco más abajo: “Lo pensado es, no lo dudes, lo sentido” (…) “No te cuides en exceso del ropaje, / de escultor y no de sastre es tu tarea, / no te olvides de que nunca más hermosa / que desnuda está la idea”.
En la obra de Unamuno (uno de los pensadores europeos más influyentes de su tiempo, y desde luego también en la literatura y política españolas, que opinó puede decirse que de todo, y lo manifestó con absoluta libertad) la paradoja llegó a tener el mismo valor que la mayéutica en Sócrates o la duda metódica en Descartes.
Le recriminaron mucho ese carácter paradójico de sus escritos, porque se veía en él falta de rigor, de seriedad, virtud esta que valoran mucho, como es sabido, los académicos y los viajantes de comercio. Unamuno no vendía nada, ni a sí mismo.
Él se justificaba y decía, muy cervantino en eso y luchando contra su temperamento conceptista, que si un pensador no pierde por carta de más, jamás ganará nada. Y eso es lo que hacen las paradojas, forzar la jugada. Se exponía con ello, claro, a ser malinterpretado (como cuando escribió aquel “que inventen ellos”, en el que cifraron algunos el energumenismo o cerrilismo español), o a que lo fusilaran (como el día que profirió otra de sus frases más recordadas, “Venceréis pero no convenceréis”, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, en presencia de Millán Astray, en octubre del año 36).
Van aquí algunas de las que yo mismo he ido escogiendo a lo largo de los años, bien en mis lecturas de Unamuno (el autor que primero leí y del que primero escribí) o en libros de otros sobre él. Seguro que si pudiera releer lo leído o leer lo que aún no he leído de él (¡tantos artículos! ¡tantas cartas! que me quedan afortunadamente aún por leer), podrían salir muchas más. Son, a mi modo de ver, citas todas de un gran poeta. Y es, ni que decir tiene, un escritor siempre sorprendente y asombroso, con el que no hay que estar de acuerdo para tenerlo por un verdadero padre nuestro.
Estas citas son de toda su vida, o sea, que se podrían encontrar algunas de sus primeros años puestas en tela de juicio por otras de los últimos, y al revés, y todas ellas no son más que la punta de un iceberg. Lo importante es el texto de donde proceden. Unamuno es todo un continente sumergido en las aguas heladas de este tiempo que parece haberle dado la espalda. Ni siquiera está uno seguro de que Unamuno sea ya como los clásicos, más admirado y respetado que leído. Ese fue su sino desde joven: tan admirado como discutido.

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EL mundo entero es un Bilbao más grande.
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¿QUÉ me importan “mis ideas”. No hay ideas “mías” ni “tuyas”, ni de “aquél”; son de todos y de nadie. La originalidad de cada cual estriba en vaciar su alma; en el soplo que anima su obra. Nadie se apropia de nadie y todo lo sabemos entre todos.
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OBRA de modo que merezcas a tu propio juicio y a juicio de los demás la eternidad, que te hagas insustituible, que no merezcas morir (…), y si [como decía Sénancour en aquella inmensa monodia de su Obermann] es la nada lo que nos está reservado, hagamos que morir sea una injusticia.
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LOS de 1898 saltamos renegando contra la España constituida y poniendo al desnudo las lacerías de la patria: éramos quien más quien menos unos ególatras.
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SOÑAR no es esperar.
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HAY que ser rígido y antipático hasta los sesenta años; después lo contrario.
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LAS literaturas de vanguardia siempre encubren políticas de retaguardia.
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Tengamos lo que todo pueblo culto, para serlo de veras, debe tener: simpatía, en el rigor etimológico de este vocablo; capacidad de ponernos en el espíritu de otros y sentir como ellos sienten. No digáis nunca ni Bilbao para los bilbaínos, ni Vasconia para los vascos, que al decirlo renegáis de nuestra raza; decid más bien: todo para todos.
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LA libertad es un bien común, y cuando no participen todos de ella, no serán libres los que se crean tales.
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DENTRO de la carne está el hueso y dentro del hueso, el tuétano, pero la novela humana no tiene tuétano, carece de argumento. Todo son las cajitas, los ensueños. Y lo verdaderamente novelesco es cómo se hace una novela.
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SÓLO el héroe puede decir «Yo sé quién soy», porque para él el ser es querer ser; el héroe sabe quién es, quién quiere ser, y sólo él y Dios lo saben.
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NO des a nadie lo que te pida, sino lo que entiendas que necesita; y soporta luego la ingratitud.
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UN partido no crea, no puede crear nada; sólo crea un hombre, un hombre entero y solo.
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CUANTAS menos ideas tenga uno y más pobres sean, más esclavo será de esas pobres y pocas ideas.
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CONVIENE que adentremos la lucha para vivir en paz con los demás, pues sólo batallando con nosotros mismos seremos tolerantes.
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HASTA cuando la mujer tiene menos inteligencia, tiene más sentido común que el hombre.
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SON tantas las familias que viven del contrabando, que hay que meditar mucho antes de suprimir las aduanas, decretando el libre cambio.
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CONOCE tu obra, y llévala a cabo.
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El lenguaje sirve para ahorrar el pensamiento. Se habla cuando no se quiere pensar.
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EN todas partes, pero sobre todo donde la fiebre de negocio hace estragos, hay que aprender a respetar a los haraganes: lo son para que otros puedan darse el gusto de trabajar.
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LA guerra ha sido siempre un factor de progreso. Por ella es como aprenden a conocerse y quererse vencedores y vencidos.
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EL genio es el que llega a ser voz de un pueblo: el genio es un pueblo individualizado.
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LA fe no es creer lo que no vimos, sino crear lo que no vemos.
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NADA denuncia la ordinariez de espíritu, la ramplonería y plebeyez de alma como el apego a la comodidad. El señor que no sabe viajar sin almohada y baño es un mentecato. El desprecio a la comodidad es aún una de las evidentes superioridades de los pueblos de casta ibérica.
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UNA de las astucias maliciosas que la envidia emplea es confundir en un mismo elogio a personas de muy desigual valía, es nivelar en el elogio (…) Cuando uno elogia a otro desmedidamente, hay que preguntarse siempre: “¿Contra quién va ese elogio?”. Puede ir contra el elogiado mismo, puede ir contra un tercero.
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ES débil, porque no ha dudado bastante y ha querido llegar a conclusiones.
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LOS diarios íntimos son los enemigos de la verdadera intimidad. La matan. Más de uno que se ha dado a llevar su diario íntimo empezó apuntando en él lo que sentía y acabó sintiéndolo para apuntarlo. Cada mañana se levantaba preocupado con lo que había de apuntar por la noche en su diario y en vista de él. Y así acabó por ser el hombre del diario, y este tuvo poco de diario de un hombre.
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COMO estoy descansando, no tengo tiempo de trabajar.
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UNA novela para ser viva, para ser vida, tiene que ser como la vida misma, organismo y no mecanismo.
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UNA novela no es un mecanismo –una novela viva, quiero decir–, sino un organismo, y los organismos no tienen tapa. En cosas del espíritu, vida del espíritu, las entrañas se ven en la cara Ni el hipócrita tiene tapa, como no sea de cristal. Y el cómo se hace una novela se reduce a cómo se hace un novelista, o sea un hombre. Y cómo se hace un lector de novela. Y si no me doy a mi lector, él no se dará a mí.
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HAY que resignarse y hay que humillarse (en una carta a su hijo Fernando, al darle cuenta que ha aceptado la medalla de la República como ciudadano de honor).
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PARA ver la verdad no hay mejor lumbre que la lumbre que sube del ocaso.
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LOS seres empiezan a vivir de veras cuando quieren ser otros de los que son, y seguir, al mismo tiempo, siendo los mismos.
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NO es raro encontrarse con ladrones que predican contra el robo, para que los demás no les hagan la competencia.
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HAY que ganar la vida, que no fina, con razón, sin razón y contra ella.
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LA vida no es sueño. El más vigoroso tacto espiritual es la necesidad de persistencia en una forma u otra. El anhelo de extenderse, en tiempo y en espacio.
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LA virtud es una forma de inteligencia y el vicio o es tontería o es locura.
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LA última y definitiva justicia es el perdón.
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Y quien pretende apoyarse en la supuesta opinión de esa mayoría puramente numérica –iba a decir puramente animal, y no en el mal sentido de la palabra–, y en ella funde su derecho a imponerse arrogantemente, ese es el verdadero demagogo.
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–YO amigo mío, no me defiendo jamás. Ataco. No quiero escudo que me embaraza y estorba. No quiero más que espada.
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PERO ¿para qué viajan la mayoría de los que viajan? ¿Hay algo más azarante, más molesto, más prosaico que el turista? El enemigo de quien viaja por pasión, por alegría o por tristeza, para recordar o para olvidar, es el que viaja por vanidad o por moda: es ese horrible e insoportable turista que se fija en el empedrado de las calles, en las mayores o menores comodidades del hotel y en la comida de este. Porque hay quien viaja, horroriza el tener que decirlo, para gustar distintas cocinas. Y otros para correr teatros, cafés, casinos, salas de espectáculos, que son en todas partes lo mismo, y en todas igualmente infectos y horrendos. Y hay quien viaja por topofobia, para huir de cada lugar, no buscando aquel a que va, sino escapándose de aquel de donde parte.
* * *
Y hay que viajar –lo he dicho antes de ahora– por topofobia para huir de cada lugar, no buscando aquel a que se va, sino escapando de aquel de donde parte.
* * *
ES evidente que los placeres más exquisitos son los más baratos.
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DESPUÉS de todo, la civilización se debe a los vagos, a los desocupados. La civilización empezó cuando sujetando un hombre a otro a la esclavitud, le obligó a trabajar para los dos, y libre él de tener que esforzarse por su parte para ganar el pan, pudo mirar a las estrellas y preguntarse: “¿Por qué darán así vueltas? ¿Por qué saldrán ahora por aquí y mañana por allá?”.
* * *
POR terribles que sean las ortodoxias, son mucho más terribles las ortodoxias científicas.
* * *
DA grima ver lo que hacen los sabios jesuitas con sus alumnos. Les meten en la cabeza una infinidad de logomaquias, juegos de palabras, calumnias, atrocidades, toda la morralla pseudo-científica y todos los detritus de la anémica ciencia ortodoxa.
* * *
CABE volver las riendas del destino
como se vuelve, del revés, un guante.
* * *
LA pasión es como un dolor, y como el dolor crea su objeto. Es más fácil al fuego hallar combustible que al combustible fuego.
* * *
El que no sientas ansias de llegar a más, llegará a no ser nada.
* * *
VIVIR es solamente, vida mía,
saber que se ha vivido.
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NO hay más revolución que la del tiempo.
* * *
LA falta de sencillez lo estropea todo.
* * *
CON maderas de recuerdos armamos las esperanzas.
* * *
MI religión es buscar la verdad en la vida, y la vida en la verdad.
* * *
¡NADA que no sea verdad puede ser de veras poético!
* * *
HAN vuelto los vencejos
(las cosas naturales vuelven siempre);
las hojas a los árboles,
a las cumbres las nieves…
* * *
DEBO declarar que tengo horror al telégrafo y que casi nunca acudo a él. Me parece un síntoma de grave enfermedad social, de urbanismo, eso de telegrafiar en un estilo disparatado y con el menor número posible de palabras, lo que no hace maldita falta que llegue en una o en veinticuatro horas. El telegrafismo ha tenido una funesta influencia en la prensa, contribuyendo a crear –por paradójico que parezca– eso que llaman estilo brillante, y que es el más torpe distraz de la monotonía de pensamiento.
* * *
EL sentido común es el sentido de la pereza, el que juzga con lugares comunes y frases hechas mecánica y no orgánicamente.
* * *
NO me digáis que estas o aquellas ideas no son mías, porque os contestaré que no es más padre de una idea quien no hizo sino engendrarla para abandonarla a continuación, sino que lo es quien la prohijó, la lavó, la vistió, hizo por ella y la puso en su sitio.
* * *
EL hombre suele ser hijo de su nombre y no de sus obras; tu nombre es tu estrella.
* * *
LA moda, es decir, la monotonía en el cambio.
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EL miedo nos tapa la verdad, y el miedo mismo, cuando se adensa en congoja, nos la revela.
* * *
LA trágica historia del pensamiento humano no es sino la lucha entre la razón y la vida.
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“¡ANCHA es Castilla! ¡Y qué hermosa la tristeza enorme de sus soledades, la tristeza llena de sol, de aire, de cielo!
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La jaula del chimpancé aquí, en el Jardín de Plantas de este París, está siempre rodeada de animales humanos, de hombres y mujeres, de niños y niñas. ¿Le tienen lástima? ¿Le admiran? Creo que en el fondo, contemplando al chimpancé, se sienten invadidos de una especie de melancolía, de la melancolía de su civilización.
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¡LA verdad antes que la paz!
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PARA el día próximo la lección siguiente (las últimas palabras de Unamuno, a sus alumnos, la víspera de partir al destierro de 1924).

     [Publicado en Claves de la razón práctica, número 246, mayo/junio 2016]